sábado, 5 de marzo de 2016
GERALD DURRELL Y LOS ANIMALES
El zoólogo Gerald Durrell contaba en uno de sus libros el asombro que le causaba la inmensa cantidad de personas, a lo largo y ancho del mundo, que no parecen advertir en lo más mínimo a los animales que las rodean. Lo ejemplificaba con una anécdota ocurrida en nuestro país. Conoció, dice, a un inglés que había vivido toda la vida en la Argentina y que, cuando supo que él se proponía ir a la pampa a echar una mirada, se mostró perplejo.
"La pampa es un montón de hierba -le avisó-, ahí no hay nada, es un montón de hierba con unas cuantas vacas."
El viajero, que a diferencia de su interlocutor seguramente había leído a W.H. Hudson, aquel delicioso naturalista angloargentino que introdujo los paisajes y especies de nuestra llanura en la literatura inglesa, no le hizo caso: se entretuvo fatigando la pampa (una pampa menos atribulada por los cultivos intensivos de hoy) en busca de ranas, patos, cucharetas y armadillos.
Durrell dedicó muchos años de su vida a la captura de fauna salvaje para los zoológicos de mediados del siglo pasado, pero fue también un impulsor de la cría en cautiverio y otros métodos de conservación que aplicó en la reserva creada por él en la isla de Jersey. Es uno de los establecimientos que deberían encabezar cualquier lista de zoológicos que valdría la pena conocer, porque no se centra tanto en los animales de gran porte como en la singularidad de las especies raras y amenazadas. El detalle ecológico atenúa en parte los sentimientos de culpa ante el placer que proporcionan los bestiarios en vivo, donde resulta imposible no hominizar a los animales -a los orangutanes, pero sobre todo a los leopardos y a las panteras, con su sigilo- e imaginar que, obligados al cautiverio y a vernos de este lado de la reja, en realidad mascullan un persistente monólogo interior lleno de desprecio y rebeldía.
Durrell observaba la pampa y encontraba en ella una variedad irrefutable. Estas líneas son escritas, en cambio, durante un domingo silencioso en un patio urbano, mientras anoto más nombres de zoológicos de interés (al de Durrell acaba de sumarse el Tiergarten de Schönbrunn, en Viena, el más antiguo del mundo). Y de pronto se revela que la aparente soledad del ámbito diario es también un engaño de la costumbre. No hay animales exóticos, pero sí otros seres en circulación. Por una de las paredes se desliza, metódica y a deshoras, una babosa. En la enredadera se entrevé la perfección de un colibrí. Sorteando una maceta, avanza en procesión, ida y vuelta, una doble fila de hormigas que desguazan cierta planta del cantero. Y, de pronto, en la mano del lápiz aterriza un mosquito dispuesto a la picadura. La reducción en escala lleva a agregar un nuevo lugar a la lista: en uno de los pisos del Smithsonian, en Washington, hay un espacio entomológico (el O. Orkin Insect Zoo) repleto de insectos vivos y no, como es la norma, disecados. Y, entre un zumbido y otro de la memoria, surge una noticia relevante: hace un tiempo se inauguró en Amsterdam el primer zoológico de microorganismos del mundo. ¿Un zoo de microbios? Según parece, está presentado como un inmenso laboratorio donde pueden verse los recipientes de vidrio en que se reproducen los cultivos. Lo fundamental, de todos modos, dado que resultan invisibles al ojo humano, es que pantallas gigantes transmiten los procesos que registran los microscopios y permiten observar en detalle misterios como la Deinococcus radiodurans (la bacteria más resistente de todas, que soporta desde agua hirviendo hasta el frío más extremo).
Los microbios tienen mala prensa por culpa de algunas bacterias patógenas (y los virus), pero resultan en realidad clave, se lee en la página virtual de Micropia, para la supervivencia del planeta y son responsables de la mitad del oxígeno que respiramos. Un individuo tiene en su cuerpo 14.000 veces más microbios que la cantidad de habitantes que tiene actualmente la Tierra. Sólo en la boca de un humano hay 700 especies, y un escáner (un "besómetro"), la estrella lúdica del microzoo de Amsterdam, mide en tiempo real cuántos de ellos se intercambian en un simple beso. Por no hablar de todo lo que nos rodea.
"Animalículos" fue el primer nombre que le puso a la fauna microbiana el holandés Anton van Leeuwenhoek cuando, en el siglo XVII, descubrió con sus lentes la existencia de ese mundo oculto. Al agregar un nuevo destino en la lista, la pampa inédita del patio, tan tranquila, se convierte de pronto, aunque no se note, en un microcosmos fluido e incesante, sobrepoblado como una autopista en hora pico.
P. B. R.
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