viernes, 14 de julio de 2017

CINE Y TEATRO RECOMENDADO


Cars 3: el tiempo pasa hasta para el Rayo McQueen, que debe buscar un nuevo camino
Cars 3 (Estados Unidos/2017) / Dirección: Brian Fee / Guión: Kiel Murray, Bob Peterson y Mike Rich / Fotografía: Jeremy Lasky y Kim White / Edición: Jason Hudak / Distribuidora: Disney / Duración: 102 minutos / Calificación: apta para todo público / Antes se exhibe el cortometraje Lou


La saga de Cars es una de las menos prestigiosas de Pixar, pero al mismo tiempo una de las más queridas por los niños (sobre todo, claro, los varones) y un inmenso éxito no sólo en salas, sino también en cuanto al merchandising. Comparada con la audacia y sofisticación de WALL-E, la historia del Rayo McQueen en el mundo de las carreras y su mirada a ese Estados Unidos profundo con el pueblo de Radiador Springs como epicentro pueden resultar algo convencionales, pero -incluso con sus desniveles y limitaciones- la franquicia nunca perdió su excelencia en términos de animación. Y esta tercera entrega, además, recupera la sensiblidad y la solidez que la segunda parte había perdido en su caótica vuelta por el mundo.
En Cars 3 el conflicto principal pasa por un cambio de paradigma a partir de la aplicación de las nuevas tecnologías en el universo del automovilismo. Frente a la irrupción de jóvenes competidores como Jackson Storm, el Rayo empieza a perder no sólo las carreras, sino también el prestigio y, desde los medios de comunicación hasta los sponsors, muchos empiezan a insistir con la inminencia de su retiro. Pero el protagonista no bajará los brazos tan fácilmente: intentará primero entrenar en modernos simuladores con resultados desastrosos, luego regresará a su pueblo para reencontrarse con la grúa Mate y su amada Sally, y finalmente apelará a un entrenamiento tradicional con esas guías morales que le supo inculcar el viejo campeón Doc Hudson.
Sin embargo, el eje narrativo de Cars 3 no es tanto la disputa de la Copa Pistón como la transmisión de conocimientos y experiencias de una generación a otra. Así como antes lo hiciera Doc con el Rayo, ahora será éste quien se convertirá en el mentor de un nuevo personaje llamado Cruz Ramírez, una entrenadora que nunca se animó a competir con su auto amarillo, pero que no tardará en demostrar sus habilidades sobre la pista.
Las analogías con la saga de Rocky (especialmente con la tercera película) son bastante evidentes, pero Brian Fee, en su primer film como realizador, aunque con amplia experiencia previa en Pixar y aportes directos en las dos anteriores entregas, construye una narración que nada tiene que envidiarle a su maestro John Lasseter, quien fuera responsable de los primeros dos largometrajes de esta popular y querible saga.

D. B. 


Blue velvet revisited: sugestivo homenaje a un clásico de Lynch
Blue velvet revisited (Estados Unidos-Alemania/ 2016) / Guión, edición, fotografía y dirección: Peter Braatz / Música: Tuxedomoon, Cult With No Name, John Foxx / Duración: 86 minutos / En el MALBA, los sábados, a las 20, y en BAMA Cine Arte


Una película tan singular como Terciopelo azul merecía un documental tan poco ortodoxo como el de Peter Braatz, realizador alemán que empezó a producirlo hace muchos años, durante el rodaje de aquella película que fue una bisagra en la carrera de David Lynch. Braatz era en aquel entonces un joven estudiante de cine fascinado por la extravagancia de un artista que trabajaba fuera de toda norma. Llegó a Carolina del Norte con pocos planes y terminó obteniendo un material muy sugestivo que le permitió darle forma a esta especie de meditación impresionista construida en base a un collage audiovisual, que cruza desprejuiciadamente imágenes en Super 8 y más de mil fotografías tomadas durante la filmación. La música de Tuxedomoon, inclasificable banda de vanguardia nacida en San Francisco a fines de los 70, y de Cult With No Name, otros aventureros del post-punk británico, funciona a la perfección para este film de clima ensoñador que no desentonaría si fuera proyectado en una galería de arte.
Como es habitual, Lynch se muestra amable y comprometido con su tarea, pero reticente a revelar los significados de su cine. Entre los valiosos testimonios que recogió Braatz se destaca el de Dennis Hopper, a cargo de un siniestro e inolvidable personaje en ese film. Para el gran actor, fallecido en 2010, Lynch es sobre todo un surrealista que investiga su inconsciente y no emula absolutamente a nadie. Una definición exacta, difícil de discutir.

A. L.  


Teresa está liebre, poner en palabras lo imposible para describir la
Teresa está liebre / Dramaturgia: Florencia Naftulewicz, Jimena González / Dirección: Pilar Boyle, Sharon Luscher / Intérpretes: Florencia Naftulewicz, Fernanda Rodríguez / Sonido en vivo: Mariano Asseff / Escenografía: Jacquie Ferreira, Jair Bellante, Mariano Asseff / Asistencia: Luca Capobianco / Sala: El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960 / Funciones: jueves, a las 21 / Duración: 60 minutos



Nos invitan a jugar por un rato. O, si se prefiere, a meternos de lleno en el universo de Teresa, también llamada Liebre, la protagonista de esta pieza que por momento parece un unipersonal si no fuera por las apariciones casi espectrales de Conejo, su amiga entrañable que ahora ya sólo se encuentra en sus recuerdos. Para que el juego sea completo, nos invitan a subir una escalera para llegar a una sala medio escondida que tiene el teatro. Una especie de altillo, un detrás de un espejo, un espacio olvidado. Como estos temas, como estos dolores. Ya en la escalera nos vamos encontrando con objetos bien desordenados. Y el encuentro con el espacio no deja dudas: aquí hay recuerdos que piden a gritos ser contados.
La tarea ardua que emprenden todas estas mujeres unidas -algunas en la actuación, otras en la dirección y otras en la dramaturgia- es abordar el tema de la esquizofrenia con la suficiente altura como para no perdernos nunca como espectadores y a la vez problematizarlo y ver todos sus costados. Acá no hay miedo sino búsqueda estética sobre cómo tomarlo, con respeto, pero sin sacralizarlo. Teresa (Florencia Naftulewicz) es una paciente ambulatoria. Al contrario, su amiga Conejo, no. Juntas se han puesto otros nombres, han imaginado ser animales. Conejo no sale de allí, Conejo termina sus días de esa forma y Teresa lo sufre, lo sabe. Los recuerdos por momentos la invaden, calla, habla mucho, calla. Lo que tiene para contar la supera pero aun así quiere poner en palabras el dolor.
Como su historia no es lineal, desde la dirección y desde el texto la idea fragmentaria aparece muy claramente. Como recurso eficaz y potente para acceder a la locura. Florencia Naftulewicz se hace cargo del reto y su personaje lo compone superponiendo estados. Es que la locura no admite un relato organizado. Llora, ríe, grita, pone en palabras lo imposible. Por su parte, Fernanda Rodríguez compone un personaje que es evocado, aparece y se esfuma, como la memoria.
El espacio se funde con Teresa, se vuelven uno. Los objetos, los recuerdos, la penumbra, la tristeza y la soledad naufragan en el relato de esta joven. Así, los espectadores tenemos el doloroso privilegio de ser testigos de su angustia. Los límites entre los recuerdos, lo imaginario y lo real, si es que acaso existe algo que se pueda decir real a secas, se mezclan y ahí hace pie Teresa está liebre. Es que la intención es poder acceder al universo de ella, sin juzgar, sin querer entender, sin querer aplicar la lógica consumada. Aquí no hay verdades, hay sensaciones y para ello, la puesta cuidada se vale de un montón de objetos, de un diseño sonoro preciso y de una iluminación tan cuidada que nos hace viajar de los pasillos de la mente de Teresa a los pasillos hospitalarios como sólo el teatro puede hacer.

J. C. 

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