"Yo puedo": tienen una discapacidad y lograron construir una vida autónoma
Algunos necesitan un acompañante terapéutico para poder realizar sus tareas cotidianas; cuando la limitación es adquirida, son vitales los cursos en los que vuelven a aprender cómo ser independientes
Apoyos para la vida diaria:Catalina Kunik aprendió con su asistente Mabel Palli a hacer las compras y pagar cuentas.
"Puedo sola". Con esa afirmación, Catalina Kunik, que tiene 21 años y un retraso madurativo, dejó en claro lo que quiere: ser una persona autónoma. Ella y su familia son conscientes de que, para eso, es indispensable contar con los apoyos necesarios.
"Quería aprender a viajar sola, a cocinar, a organizarme para pagar mis impuestos, por ejemplo", cuenta Catalina.
La responsable de acompañarla en el proceso de adquirir esas habilidades es Mabel Palli, asistente personal del recientemente creado Programa de Apoyo para la Vida Independiente de la Comisión para la Plena Participación e Inclusión para las Personas con Discapacidad (Copidis), organismo que busca la promoción de los derechos de ese colectivo en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires.
Se celebró el Día Internacional de las Personas con Discapacidad y, en sintonía con lo que los especialistas consideran un cambio de paradigma, son cada vez más las iniciativas que, desde el Estado y las organizaciones sociales, proponen que aquellas adquieran las herramientas necesarias para conseguir la mayor autonomía posible.
Si bien aún queda un largo camino por recorrer, Beatriz Pérez, coordinadora técnica de la Obra Don Orione, explica que fue a partir de la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad que garantizar los apoyos para una vida autónoma se volvió prioritario, así como "preparar a las instituciones para acompañar la reestructuración social". Esto implica que brinden más oportunidades para la inclusión, por ejemplo, dentro del ámbito laboral.
El rol de la familia (y que cuente con una contención y un asesoramiento adecuados) también es clave. "Nadie es autónomo de un momento para el otro. La independencia se construye durante la crianza", afirma Pérez.
"Puedo sola". Con esa afirmación, Catalina Kunik, que tiene 21 años y un retraso madurativo, dejó en claro lo que quiere: ser una persona autónoma. Ella y su familia son conscientes de que, para eso, es indispensable contar con los apoyos necesarios.
"Quería aprender a viajar sola, a cocinar, a organizarme para pagar mis impuestos, por ejemplo", cuenta Catalina.
La responsable de acompañarla en el proceso de adquirir esas habilidades es Mabel Palli, asistente personal del recientemente creado Programa de Apoyo para la Vida Independiente de la Comisión para la Plena Participación e Inclusión para las Personas con Discapacidad (Copidis), organismo que busca la promoción de los derechos de ese colectivo en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires.
Se celebró el Día Internacional de las Personas con Discapacidad y, en sintonía con lo que los especialistas consideran un cambio de paradigma, son cada vez más las iniciativas que, desde el Estado y las organizaciones sociales, proponen que aquellas adquieran las herramientas necesarias para conseguir la mayor autonomía posible.
Si bien aún queda un largo camino por recorrer, Beatriz Pérez, coordinadora técnica de la Obra Don Orione, explica que fue a partir de la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad que garantizar los apoyos para una vida autónoma se volvió prioritario, así como "preparar a las instituciones para acompañar la reestructuración social". Esto implica que brinden más oportunidades para la inclusión, por ejemplo, dentro del ámbito laboral.
El rol de la familia (y que cuente con una contención y un asesoramiento adecuados) también es clave. "Nadie es autónomo de un momento para el otro. La independencia se construye durante la crianza", afirma Pérez.
Inclusión laboral: Gerardo Burgos, en la Secretaría de Deportes bonaerense, donde trabaja.
Y agrega: "Dar apoyos implica conocer y evaluar las capacidades de cada individuo. A veces, es necesario un equipamiento tecnológico o determinado elemento, y otras, la asistencia de un tercero para resolver una actividad puntual".
Pérez sostiene que es fundamental que el entorno de la persona con discapacidad no la sobreproteja, para no fomentar que sea un ser dependiente. "No digo que no haya que proteger, pero sí que la sobreprotección inhibe el desarrollo y lo limita", asegura.
En la misma línea, Stella Caniza de Páez, especialista en integración de personas con discapacidad, subraya que este cambio de paradigma del que habla Pérez llegó para quedarse. "Aunque aún falte para alcanzar una cultura general inclusiva, se está avanzando. La ciencia y la educación nos están demostrando que muchas cosas que antes se pensaban como ciertas, no son así", dice. Y ejemplifica: "Antes se creía como verdad absoluta que las personas con síndrome de Down no eran capaces de leer o escribir, y hoy hay egresados universitarios dentro de esa comunidad".
Por otro lado, agrega que desde diferentes organizaciones se está trabajando para que la ley de sistema de prestaciones básicas en habilitación y rehabilitación integral a favor de las personas con discapacidad (Nº 24.901) contemple que las obras sociales "cumplan con sus obligaciones de brindar los apoyos necesarios para sus afiliados, para que muchos en lugar de terminar su vida institucionalizados puedan decidir hacerlo en sus casas acompañados por quienes deseen".
Y concluye: "Si eso no cambia, el destino de una persona con discapacidad, en lugar de ser un abanico de posibilidades, es un camino unidireccional que desemboca en un hogar o una institución similar".
Dar oportunidades
Mercedes Rozental, presidenta de Copidis, explica que el Programa de Apoyo para la Vida Independiente fue creado este año con la finalidad de favorecer la igualdad de oportunidades en la vida en comunidad, a través de la confección de un plan individual llevado a cabo por la persona con discapacidad, el equipo interdisciplinario de Copidis y un asistente personal.
Gracias a aquel programa, Catalina ya aprendió a viajar en transporte público y a cocinar algunas comidas. Además, le gusta ir al cine y asistir periódicamente a clases en el Instituto Génesis de educación especial, en Villa Crespo. Actualmente, cursa octavo año. Allí, tiene talleres artísticos y laborales que buscan desarrollar diferentes habilidades.
Y agrega: "Dar apoyos implica conocer y evaluar las capacidades de cada individuo. A veces, es necesario un equipamiento tecnológico o determinado elemento, y otras, la asistencia de un tercero para resolver una actividad puntual".
Pérez sostiene que es fundamental que el entorno de la persona con discapacidad no la sobreproteja, para no fomentar que sea un ser dependiente. "No digo que no haya que proteger, pero sí que la sobreprotección inhibe el desarrollo y lo limita", asegura.
En la misma línea, Stella Caniza de Páez, especialista en integración de personas con discapacidad, subraya que este cambio de paradigma del que habla Pérez llegó para quedarse. "Aunque aún falte para alcanzar una cultura general inclusiva, se está avanzando. La ciencia y la educación nos están demostrando que muchas cosas que antes se pensaban como ciertas, no son así", dice. Y ejemplifica: "Antes se creía como verdad absoluta que las personas con síndrome de Down no eran capaces de leer o escribir, y hoy hay egresados universitarios dentro de esa comunidad".
Por otro lado, agrega que desde diferentes organizaciones se está trabajando para que la ley de sistema de prestaciones básicas en habilitación y rehabilitación integral a favor de las personas con discapacidad (Nº 24.901) contemple que las obras sociales "cumplan con sus obligaciones de brindar los apoyos necesarios para sus afiliados, para que muchos en lugar de terminar su vida institucionalizados puedan decidir hacerlo en sus casas acompañados por quienes deseen".
Y concluye: "Si eso no cambia, el destino de una persona con discapacidad, en lugar de ser un abanico de posibilidades, es un camino unidireccional que desemboca en un hogar o una institución similar".
Dar oportunidades
Mercedes Rozental, presidenta de Copidis, explica que el Programa de Apoyo para la Vida Independiente fue creado este año con la finalidad de favorecer la igualdad de oportunidades en la vida en comunidad, a través de la confección de un plan individual llevado a cabo por la persona con discapacidad, el equipo interdisciplinario de Copidis y un asistente personal.
Gracias a aquel programa, Catalina ya aprendió a viajar en transporte público y a cocinar algunas comidas. Además, le gusta ir al cine y asistir periódicamente a clases en el Instituto Génesis de educación especial, en Villa Crespo. Actualmente, cursa octavo año. Allí, tiene talleres artísticos y laborales que buscan desarrollar diferentes habilidades.
Seguir adelante: Roberto Quintero encontró en ASAC las herramientas para rehacer su vida.
"Incluso hice una pasantía en un consultorio odontológico como recepcionista", cuenta Catalina. Hoy, con el apoyo de su familia, la joven está buscando un empleo estable.
Concientizar a la sociedad en general (y a los padres en particular) sobre el derecho a la autodeterminación de una persona que tiene discapacidad es el objetivo de la campaña Decido Yo, impulsada por las organizaciones Solar de Integración, Lengua Franca y Cero a la Derecha.
Mariel Postolow, presidenta de Solar de Integración, sostiene: "Nadie elige con libertad y toma decisiones mágicamente, porque se le ocurre o porque alguien le dice de un momento para el otro «ahora podés elegir»".
Para ella, la autodeterminación se va desarrollando a lo largo de la vida, a medida que existen posibilidades de elegir, de tener experiencias, de probar y cometer errores, de conocer las propias limitaciones y capacidades, y de ganar seguridad.
"La clave no está sólo en adquirir habilidades, sino principalmente en tener oportunidades", dice.
Según Postolow, no se trata de fomentar una actitud irresponsable, sino una comprometida, que tiene cuatro características principales: la autonomía (actuar de acuerdo con las capacidades e intereses propios, con la influencia de la historia, la educación y los afectos de cada uno); la autorregulación (para analizar cada ambiente y situación, y responder adecuadamente o corregir errores); la fortaleza emocional (creer que se es capaz de hacer algo para conseguir un determinado resultado), y la autoconciencia (permite conocer los recursos con los que se cuenta y las limitaciones).
Para Postolow el rol de la tecnología (como una de las patas que sostienen un proceso de independencia) es fundamental, como también generar un cambio de mirada en la sociedad, para abrir puertas y derribar prejuicios.
"Debemos entender que no todos vivimos de la misma manera: hay otros tiempos y otras necesidades de apoyo", concluye.
Cuando hay que adaptarse a una nueva vida
Desde hace 70 años, ALPI se dedica al diagnóstico, el tratamiento y la rehabilitación de patologías neuromotrices en pacientes pediátricos y adultos. "Surgió como respuesta al primer brote de poliomielitis que hubo en el país, ya que la población sobreviviente adquiría diferentes grados de discapacidad", recuerda Rodolfo Rey Blanco, responsable de prensa de la institución.
Aclara que no se trata de un centro hospitalario, sino de rehabilitación: la atención se brinda de forma integral y los pacientes reciben un abordaje de contención desde todos los frentes. Además, la entidad es sede de la Escuela Metropolitana de Altos Estudios (EMAE), el primer espacio de inclusión educativa terciaria de América latina.
ALPI brinda apoyo para el entorno de los pacientes, que también deben afrontar y aceptar cambios en su realidad cotidiana. "Cada persona reacciona de manera diferente, es una modificación interna y externa, anímica y estructural. Contamos, por ejemplo, con un simulador de distintos ámbitos del hogar para enseñarles a quienes están internados cómo desenvolverse de forma correcta para adquirir independencia", dice Rey Blanco.
Gerardo Burgos: "Con mi silla de ruedas llegué a donde quería"
Gerardo Burgos tiene 49 años y durante 10 fue guía de turismo en los parques nacionales Lanín, Nahuel Huapi, Aconcagua y Los Glaciares, además de docente de primaria.
Recorrer a pie senderos entre las montañas era una de sus actividades preferidas. Cuando, en mayo de 2007, a causa de una caída de un árbol durante una poda, sufrió una lesión en la médula, su vida dio un vuelco definitivo. Desde entonces, utiliza una silla de ruedas para trasladarse.
"Trabajaba con mi cuerpo: caminaba unos 500 kilómetros al mes, y cuando no estaba en la montaña hacía trabajos de riesgo, como limpiar techos o cortar árboles en lugares complicados. Un día tuve una distracción y me caí", recuerda Gerardo.
Cuenta que al principio fue muy difícil, tanto para él como para su familia. "Pero luego de la operación me desperté, me vi las manos y supe que seguiría con lo que tenía. Miré mi silla de ruedas y asumí que iba a ser la herramienta que me permitiría llegar a donde quisiera ir -dice-. Enseguida, me metí en mi nuevo mundo, empecé a involucrarme con pares y a leer sobre los derechos de las personas con discapacidad".
Tenía temores cotidianos, como estar solo, caerse o encontrarse lejos de un equipo médico que pudiera asistirlo en una hipotética situación de emergencia. Para enfrentar estos desafíos, Gerardo hizo el curso del Programa Vida Independiente Argentina, organizado por la Fundación Fuarpe, destinado a usuarios recientes de sillas de ruedas. Allí encontró las herramientas y aprendió las técnicas necesarias para su nueva vida.
"El empuje personal, el amor de mi mujer y el resto de mi entorno fueron vitales para identificar cada problema hasta minimizarlo y adquirir entrenamiento para enfrentar los más difíciles", afirma.
Mientras Gerardo estaba internado, algunos de sus amigos se organizaron para adaptar su casa a sus nuevas necesidades: fabricaron rampas para que pudiera entrar y desplazarse libremente y ampliaron algunos ambientes.
Sin descanso
Gerardo se propuso no quedarse quieto. Todos los días mandaba un currículum o hacía una llamada telefónica para conseguir un trabajo. Pensó en volver a las aulas, pero sintió que todavía no estaba listo para encontrarse con sus alumnos. Entonces, puso su energía en capacitarse para poder desarrollar tareas administrativas en cualquier ámbito laboral mediante cursos y en intentar seguir ligado al deporte y el turismo. Así, llegó a la Secretaría de Deportes de la provincia de Buenos Aires, donde coordina el programa Jornadas de Deportes, Cultura y Recreación para Personas con Discapacidad.
"Volver a sentirme productivo ayudó al proceso de recomponer la situación a nivel familiar. Llevó tiempo, pero mis hijos vieron que su papá seguía aportando a la causa: que avanzaba, distinto de como era antes, pero lo hacía igual", describe Gerardo. "Y lo mismo sucedió con mi esposa, incluso a nivel sexual. El primer año y medio nos encontrábamos, nos abrazábamos y no sabíamos qué hacer ni de qué forma hacerlo, pero juntos encontramos las maneras para volver a tener una vida de pareja plena, en todos los aspectos".
Una vez que se volvió a sentir activo, Gerardo pensó en retomar las actividades recreativas que le generaban placer, y también comenzó a militar por los derechos de las personas con discapacidad como miembro de diferentes organizaciones.
"Me comprometí conmigo mismo y con los demás. Busqué aprender sobre legislación y me puse a explicarles a algunas personas cómo gestionar una pensión, así como a organizar prácticas para subir y bajar cordones de veredas, o enfrentar otros obstáculos que uno tiene cuando transita por la ciudad", cuenta.
De a poco, retomó también el deporte. Comenzó a entrenar y se sumó a la selección argentina de remo adaptado. Hoy, es un incansable promotor del deporte inclusivo. En junio de 2017, recibió el Premio Bienal otorgado por Alpi.
Al finalizar la jornada laboral, antes de subirse a la camioneta para volver a su casa, Gerardo sostiene: "Siento que sigo siendo el mismo: aquel que cuando se proponía subir a una montaña nada lo detenía. Ahora las cosas que me imagino o sueño están dentro de las posibilidades de un usuario de silla de ruedas". Y cuenta: "Estoy planificando unas vacaciones en el sur, en carpa: inventé una silla especial para ir al baño en esas condiciones y poder seguir disfrutando de la naturaleza como siempre".
Roberto Quintero acababa de perder del todo la visión cuando mataron a Liliana, su mujer, en un intento de robo con él como único testigo.
"Fue un proceso derivado por la alta miopía: me operaron reiteradas veces hasta que ya no se pudo hacer nada. Liliana era mi sostén en todo aspecto, mi lazarillo, fue muy duro no poder reconocer la cara de su asesino", afirma mientras se ceba un mate amargo.
Aunque el dolor por la muerte de su mujer sigue a flor de piel, subraya que logró su independencia a fuerza de una voluntad de acero.
"Primero, tuve que aceptar la ceguera: asimilar mi discapacidad para convivir con ella. Estaba enojado con la vida y eso repercutía de forma negativa en mi entorno, que sólo buscaba contenerme", confiesa.
Por intermedio de su mujer, Roberto había conocido la Asociación Argentina de Ayuda al Ciego (ASAC), donde había comenzado a rehabilitarse y encontrar los recursos para poder afrontar la discapacidad que había adquirido en su adultez.
"Me instruyeron para ser independiente, aprendí computación para comunicarme con el mundo y me enseñaron a llevar el bastón con orgullo", detalla. "Los profesores de movilidad, además, visitaron mi casa para enseñarme cómo manipular o enchufar las cosas, entre otras cuestiones cotidianas".
Moverse solo
Uno de los mayores desafíos para él fue movilizarse por su cuenta sin necesitar asistencia. Sus docentes lo entrenaron para poder dirigirse desde su casa, en Monte Grande, hasta la estación de tren, y desde ahí llegar a Constitución, donde está la sede de ASAC, como también a trasladarse en colectivo. Además, adquirió habilidades para manejarse en un supermercado, una panadería o un restaurante. Sentir que iba ganando autonomía fue para él una satisfacción indescriptible.
Hoy tiene 66 años y va a ASAC dos veces por semana para hacer cursos de informática, actividades físicas y encontrarse con sus amigos para almorzar, caminar, hablar de política y compartir proyectos personales y comunes.
Junto a sus pares de la asociación, mediante una presentación que realizaron a la Comisión de Discapacidad del Congreso de la Nación, lograron que la Defensoría del Pueblo de la Nación contemplara que las personas ciegas accedan a servicios de telefonía y comunicación a un precio asequible. "Lo más importante es tener metas por cumplir y seguir adelante", concluye mientras abre con una llave la puerta del jardín de su casa.
L. G.
"Incluso hice una pasantía en un consultorio odontológico como recepcionista", cuenta Catalina. Hoy, con el apoyo de su familia, la joven está buscando un empleo estable.
Concientizar a la sociedad en general (y a los padres en particular) sobre el derecho a la autodeterminación de una persona que tiene discapacidad es el objetivo de la campaña Decido Yo, impulsada por las organizaciones Solar de Integración, Lengua Franca y Cero a la Derecha.
Mariel Postolow, presidenta de Solar de Integración, sostiene: "Nadie elige con libertad y toma decisiones mágicamente, porque se le ocurre o porque alguien le dice de un momento para el otro «ahora podés elegir»".
Para ella, la autodeterminación se va desarrollando a lo largo de la vida, a medida que existen posibilidades de elegir, de tener experiencias, de probar y cometer errores, de conocer las propias limitaciones y capacidades, y de ganar seguridad.
"La clave no está sólo en adquirir habilidades, sino principalmente en tener oportunidades", dice.
Según Postolow, no se trata de fomentar una actitud irresponsable, sino una comprometida, que tiene cuatro características principales: la autonomía (actuar de acuerdo con las capacidades e intereses propios, con la influencia de la historia, la educación y los afectos de cada uno); la autorregulación (para analizar cada ambiente y situación, y responder adecuadamente o corregir errores); la fortaleza emocional (creer que se es capaz de hacer algo para conseguir un determinado resultado), y la autoconciencia (permite conocer los recursos con los que se cuenta y las limitaciones).
Para Postolow el rol de la tecnología (como una de las patas que sostienen un proceso de independencia) es fundamental, como también generar un cambio de mirada en la sociedad, para abrir puertas y derribar prejuicios.
"Debemos entender que no todos vivimos de la misma manera: hay otros tiempos y otras necesidades de apoyo", concluye.
Cuando hay que adaptarse a una nueva vida
Desde hace 70 años, ALPI se dedica al diagnóstico, el tratamiento y la rehabilitación de patologías neuromotrices en pacientes pediátricos y adultos. "Surgió como respuesta al primer brote de poliomielitis que hubo en el país, ya que la población sobreviviente adquiría diferentes grados de discapacidad", recuerda Rodolfo Rey Blanco, responsable de prensa de la institución.
Aclara que no se trata de un centro hospitalario, sino de rehabilitación: la atención se brinda de forma integral y los pacientes reciben un abordaje de contención desde todos los frentes. Además, la entidad es sede de la Escuela Metropolitana de Altos Estudios (EMAE), el primer espacio de inclusión educativa terciaria de América latina.
ALPI brinda apoyo para el entorno de los pacientes, que también deben afrontar y aceptar cambios en su realidad cotidiana. "Cada persona reacciona de manera diferente, es una modificación interna y externa, anímica y estructural. Contamos, por ejemplo, con un simulador de distintos ámbitos del hogar para enseñarles a quienes están internados cómo desenvolverse de forma correcta para adquirir independencia", dice Rey Blanco.
Gerardo Burgos: "Con mi silla de ruedas llegué a donde quería"
Gerardo Burgos tiene 49 años y durante 10 fue guía de turismo en los parques nacionales Lanín, Nahuel Huapi, Aconcagua y Los Glaciares, además de docente de primaria.
Recorrer a pie senderos entre las montañas era una de sus actividades preferidas. Cuando, en mayo de 2007, a causa de una caída de un árbol durante una poda, sufrió una lesión en la médula, su vida dio un vuelco definitivo. Desde entonces, utiliza una silla de ruedas para trasladarse.
"Trabajaba con mi cuerpo: caminaba unos 500 kilómetros al mes, y cuando no estaba en la montaña hacía trabajos de riesgo, como limpiar techos o cortar árboles en lugares complicados. Un día tuve una distracción y me caí", recuerda Gerardo.
Cuenta que al principio fue muy difícil, tanto para él como para su familia. "Pero luego de la operación me desperté, me vi las manos y supe que seguiría con lo que tenía. Miré mi silla de ruedas y asumí que iba a ser la herramienta que me permitiría llegar a donde quisiera ir -dice-. Enseguida, me metí en mi nuevo mundo, empecé a involucrarme con pares y a leer sobre los derechos de las personas con discapacidad".
Tenía temores cotidianos, como estar solo, caerse o encontrarse lejos de un equipo médico que pudiera asistirlo en una hipotética situación de emergencia. Para enfrentar estos desafíos, Gerardo hizo el curso del Programa Vida Independiente Argentina, organizado por la Fundación Fuarpe, destinado a usuarios recientes de sillas de ruedas. Allí encontró las herramientas y aprendió las técnicas necesarias para su nueva vida.
"El empuje personal, el amor de mi mujer y el resto de mi entorno fueron vitales para identificar cada problema hasta minimizarlo y adquirir entrenamiento para enfrentar los más difíciles", afirma.
Mientras Gerardo estaba internado, algunos de sus amigos se organizaron para adaptar su casa a sus nuevas necesidades: fabricaron rampas para que pudiera entrar y desplazarse libremente y ampliaron algunos ambientes.
Sin descanso
Gerardo se propuso no quedarse quieto. Todos los días mandaba un currículum o hacía una llamada telefónica para conseguir un trabajo. Pensó en volver a las aulas, pero sintió que todavía no estaba listo para encontrarse con sus alumnos. Entonces, puso su energía en capacitarse para poder desarrollar tareas administrativas en cualquier ámbito laboral mediante cursos y en intentar seguir ligado al deporte y el turismo. Así, llegó a la Secretaría de Deportes de la provincia de Buenos Aires, donde coordina el programa Jornadas de Deportes, Cultura y Recreación para Personas con Discapacidad.
"Volver a sentirme productivo ayudó al proceso de recomponer la situación a nivel familiar. Llevó tiempo, pero mis hijos vieron que su papá seguía aportando a la causa: que avanzaba, distinto de como era antes, pero lo hacía igual", describe Gerardo. "Y lo mismo sucedió con mi esposa, incluso a nivel sexual. El primer año y medio nos encontrábamos, nos abrazábamos y no sabíamos qué hacer ni de qué forma hacerlo, pero juntos encontramos las maneras para volver a tener una vida de pareja plena, en todos los aspectos".
Una vez que se volvió a sentir activo, Gerardo pensó en retomar las actividades recreativas que le generaban placer, y también comenzó a militar por los derechos de las personas con discapacidad como miembro de diferentes organizaciones.
"Me comprometí conmigo mismo y con los demás. Busqué aprender sobre legislación y me puse a explicarles a algunas personas cómo gestionar una pensión, así como a organizar prácticas para subir y bajar cordones de veredas, o enfrentar otros obstáculos que uno tiene cuando transita por la ciudad", cuenta.
De a poco, retomó también el deporte. Comenzó a entrenar y se sumó a la selección argentina de remo adaptado. Hoy, es un incansable promotor del deporte inclusivo. En junio de 2017, recibió el Premio Bienal otorgado por Alpi.
Al finalizar la jornada laboral, antes de subirse a la camioneta para volver a su casa, Gerardo sostiene: "Siento que sigo siendo el mismo: aquel que cuando se proponía subir a una montaña nada lo detenía. Ahora las cosas que me imagino o sueño están dentro de las posibilidades de un usuario de silla de ruedas". Y cuenta: "Estoy planificando unas vacaciones en el sur, en carpa: inventé una silla especial para ir al baño en esas condiciones y poder seguir disfrutando de la naturaleza como siempre".
Roberto Quintero acababa de perder del todo la visión cuando mataron a Liliana, su mujer, en un intento de robo con él como único testigo.
"Fue un proceso derivado por la alta miopía: me operaron reiteradas veces hasta que ya no se pudo hacer nada. Liliana era mi sostén en todo aspecto, mi lazarillo, fue muy duro no poder reconocer la cara de su asesino", afirma mientras se ceba un mate amargo.
Aunque el dolor por la muerte de su mujer sigue a flor de piel, subraya que logró su independencia a fuerza de una voluntad de acero.
"Primero, tuve que aceptar la ceguera: asimilar mi discapacidad para convivir con ella. Estaba enojado con la vida y eso repercutía de forma negativa en mi entorno, que sólo buscaba contenerme", confiesa.
Por intermedio de su mujer, Roberto había conocido la Asociación Argentina de Ayuda al Ciego (ASAC), donde había comenzado a rehabilitarse y encontrar los recursos para poder afrontar la discapacidad que había adquirido en su adultez.
"Me instruyeron para ser independiente, aprendí computación para comunicarme con el mundo y me enseñaron a llevar el bastón con orgullo", detalla. "Los profesores de movilidad, además, visitaron mi casa para enseñarme cómo manipular o enchufar las cosas, entre otras cuestiones cotidianas".
Moverse solo
Uno de los mayores desafíos para él fue movilizarse por su cuenta sin necesitar asistencia. Sus docentes lo entrenaron para poder dirigirse desde su casa, en Monte Grande, hasta la estación de tren, y desde ahí llegar a Constitución, donde está la sede de ASAC, como también a trasladarse en colectivo. Además, adquirió habilidades para manejarse en un supermercado, una panadería o un restaurante. Sentir que iba ganando autonomía fue para él una satisfacción indescriptible.
Hoy tiene 66 años y va a ASAC dos veces por semana para hacer cursos de informática, actividades físicas y encontrarse con sus amigos para almorzar, caminar, hablar de política y compartir proyectos personales y comunes.
Junto a sus pares de la asociación, mediante una presentación que realizaron a la Comisión de Discapacidad del Congreso de la Nación, lograron que la Defensoría del Pueblo de la Nación contemplara que las personas ciegas accedan a servicios de telefonía y comunicación a un precio asequible. "Lo más importante es tener metas por cumplir y seguir adelante", concluye mientras abre con una llave la puerta del jardín de su casa.
L. G.
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