sábado, 10 de febrero de 2018

PENSAMIENTOS ÍNTIMOS



La genial
pianista Margarita Fernández, la amiga que sabe todo, me decía una vez -a propósito de la decepción que provoca dar clases últimamente, cuando nadie sabe nada de nada- que solo puede haber auténtica comunicación cuando existen algunos supuestos comunes. Esos supuestos compartidos son posiblemente lo que llamamos vagamente "cultura".
 Sin ellos, la conversación no es más que un malentendido (lo que agrava un malentendido natural, puesto que toda conversación es en cierto modo un malentendido). En nuestro caso, hay un territorio común, nuestros escritos fundadores: la Ilíada y la Odisea, la Biblia, algunos latinos, Las mil y una noches. Casi todo el resto viene por añadidura. Claro que hay diferencias porque la Biblia es un texto sagrado, mientras que el resto es artificio, pero también los textos sagrados, aunque no pertenezcan del todo a este mundo (o no tengan su origen en él) pertenecen a la cultura.




Las mil y una noches son un caso completamente particular. Fui siempre un mejor lector -un lector más aplicado- de la Biblia que de los griegos, mejor de los latinos que de los griegos y mejor de todos los demás que de Las mil y una noches. Pero Las mil y una noches tiene la particularidad de que no es un libro sino muchísimos, y esto no solo porque no leemos árabe (o, por lo menos, yo no lo leo) y entonces cada traducción es diferente, sino porque la traducción misma vuelve a inventar el libro entero, que son las historias de Sheherezade. De eso, justamente, se ocupó el artículo de Borges "Los traductores de Las mil y una noches". Lo leí mucho antes de leer el libro -esos muchos libros- de los que Borges hablaba. El ensayo esterilizó mi juicio poético y ya no pude juzgar las traducciones, sino por lo que Borges decía. La versión de J.C. Mardrus se convirtió en mi favorita. Dice Borges: "En general, cabe decir que Mardrus no traduce las palabras sino las representaciones del libro: libertad negada a los traductores, pero tolerada a los dibujantes, a quienes les permiten la adición de rasgos de ese orden". Mardrus inventa un libro nuevo, y lo hace de una manera muy ambigua. Las mil y una noches es un libro completamente salvaje, diría que casi bárbaro, si no fuera porque la barbarie, incluso sexual, adopta el signo del mayor refinamiento oriental. Mardrus hace de esa contradicción una unidad. La lascivia queda aligerada por lo inmaterial; lo inmaterial, por la cruda historia (y ya sabemos que no hay historias sin cosas concretas, y por eso los narradores de historias son tan esclavos de este mundo). A propósito de historias, otra historia.


Nos preguntábamos una vez con Alberto Manguel por las causas -tan evidentes y al mismo tiempo injustificables- por las que Borges había desdeñado siempre a
Marcel Proust.

 Los salones mundanos no eran del gusto de Borges, lo sabemos, pero la precisión de acero de la prosa de Proust tendría que haberlos acercado. También la lectura de Las mil y una noches. Hacia la mitad de Sodoma y Gomorra, el cuarto volumen de En busca del tiempo perdido, el narrador, en el imaginario balneario de Balbec (que en la realidad era Cabourg), decide leer las historias de Sheherezade. Dice: "Igual que antes en Combray, cuando me regalaba libros el día de mi santo, mi madre me encargó a escondidas para darme una sorpresa, Las mil y una noches de Galland y Las mil y una noches de Mardrus. Pero después de hojear las dos traducciones, a mi madre le hubiera gustado que yo optara por la de Galland.". Quiere decir que Proust optó por la otra, por la misma de la que hablaba Borges, y por mi preferida. Esto explica mi predilección por ellos dos.



Las mil y una noches es el libro episódico por excelencia. Antes de que se inventara la droga dura de las series, Sheherezade ya mantenía en vilo al sultán. Todo parece muy medio-oriental, pero no hay nada más occidental. Gracias a Mardrus, Proust, Borges y Margarita Fernández.

P. G.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.