Espejo de la sociedad, Laëtitia nació a los ojos de todos en el instante en que murió
En su libro, el autor francés quiere demostrar que un hecho policial tan extraordinario como el que investiga puede ser analizado como un objeto de historia
IVAN JABLONKA Fragmento de la Introducción de Laëtitia o el fin de los hombres, de Ivan Jablonka, publicado por Anagrama
Laëtitia Perrais fue secuestrada la noche del 18 al 19 de enero de 2011. Era una mesera de dieciocho años, domiciliada en Pornic, en el departamento francés de Loira Atlántico. Llevaba una vida común y corriente en la familia adoptiva donde había sido asignada con su hermana melliza.el asesino fue arrestado al cabo de dos días, pero varias semanas debieron transcurrir hasta que se encontró el cuerpo de la joven.


¿Pero qué se sabe de Laëtitia, aparte de que fue víctima de un hecho policial destacado? Cientos de artículos y reportajes hablaron de ella, pero únicamente para mencionar la noche de la desaparición y los juicios. Si su nombre aparece en Wikipedia, es en la página del asesino, en la sección “Homicidio de Laëtitia Perrais”. Eclipsada por la fama que le brindó a su pesar al hombre que la mató, la joven se convirtió en la culminación de una trayectoria criminal, un logro en el orden del mal.
Poder del asesino sobre “su” víctima: no sólo le quita la vida, sino que digita el curso de esta, que en adelante estará orientada hacia el funesto encuentro, el engranaje sin retorno, el gesto letal, el ultraje al cuerpo. La muerte traza su vida.
No conozco relato de crimen que no valorice al asesino a expensas de la víctima. El asesino está allí para narrar, para expresar su arrepentimiento o para pavonearse. De su juicio, él es el punto focal, si no el protagonista. Quisiera, en cambio, liberar a las mujeres y a los hombres de su muerte, arrancarlos del crimen que les hace perder la vida, y hasta la humanidad. No honrarlos en tanto “víctimas”, ya que eso también implica remitirlos a su fin; simplemente rehabilitarlos en su existencia, dar testimonio por ellos.
Mi libro sólo tendrá una heroína: Laëtitia. El interés que despierta ella en nosotros, como un feliz retorno, la devuelve a sí misma, a su dignidad y a su libertad.
Mientras estaba viva, Laëtitia Perrais no atrajo el interés de ningún periodista, de ningún investigador, de ningún político. ¿Por qué dedicarle hoy un libro? Curioso destino el de esta transeúnte fugazmente famosa. A ojos de todos, nació en el instante en el que murió.
Quisiera demostrar que un hecho policial puede ser analizado como un objeto de historia. Un hecho policial jamás es un mero “hecho”, y tampoco tiene nada de “policial”. Por el contrario, el caso Laëtitia oculta una profundidad humana y cierto estado de la sociedad: familias dislocadas, sufrimientos infantiles mudos, jóvenes que ingresan demasiado pronto en la vida activa, y también el país a comienzos del siglo XXI, la Francia de la pobreza, de las zonas periurbanas, de las desigualdades sociales. A partir de él, se descubren los engranajes de la instrucción, las transformaciones de la institución judicial, el rol de los medios, el funcionamiento del Poder Ejecutivo, su lógica acusatoria como su retórica compasiva. En una sociedad en movimiento, el hecho policial es un epicentro.
Pero Laëtitia no cuenta sólo por su muerte. Su vida también nos importa porque la joven es un hecho social. Encarna dos fenómenos más grandes que ella: la vulnerabilidad de los niños y la violencia de género. Cuando Laëtitia tenía tres años, su padre violó a su madre; luego su padre adoptivo abusó de su hermana; ella misma no vivió más que dieciocho años. Estos dramas nos recuerdan que vivimos en un mundo donde se insulta, se acosa, se golpea, se viola y se mata a las mujeres. Un mundo donde las mujeres no terminan de ser sujetos de pleno derecho. Un mundo donde las víctimas responden a la saña y a los golpes mediante un silencio resignado. Un fenómeno a puertas cerradas, tras el cual siempre mueren las mismas.
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