Sacrificio de millones para una sola impunidad
En ausencia de un liderazgo serio, tenebrosos apóstoles de la política prebendaria acompañan a la vicepresidenta en la ejecución de las tácticas que la salven de la cárcel
La imagen en blanco y negro que cierra la película El séptimo sello (1957), del cineasta Ingmar Bergman, ha perdurado a través del tiempo por la eterna vigencia de su mensaje existencial. A contraluz, los personajes siguen a la muerte, que encabeza la marcha, con guadaña de un lado y reloj de arena del otro, tomados de la mano y bailando detrás de ella.
Pero cuando esa filmación terminó, el director y los actores volvieron a sus rutinas en un país normal, como Suecia, donde la vida transcurre por canales previsibles, gracias a su sólido capital social, con gobiernos que siempre privilegiaron el bienestar de largo plazo sobre los tentadores desvíos del oportunismo cortoplacista. En la serie danesa Borgen se muestran esos dilemas éticos a pesar de las luchas de poder, innatas a la política.
No ocurre eso en la Argentina. Sesenta y cinco años después, aquella imagen es metáfora de una realidad de la que todos queremos salir, como en Suecia luego del rodaje. Pero aquí no es posible y ese dramático final continúa, con elenco nacional, arrastrando tras de sí toda nuestra vida colectiva. Para quienes desconocen los vericuetos del peronismo, sorprende ver a gobernadores, senadores, sindicalistas, lideres sociales, artistas y empresarios clientelistas acompañando a Cristina Kirchner, con su guadaña y su reloj de arena, iphone 13 y cartera Louis Vuitton, seguida del Presidente, Massa, Kicillof, Grabois y otros tenebrosos apóstoles, en su camino hacia la nada misma, poniendo en juego el destino de los recién censados 47.327.407 de argentinos, incluyéndose ellos mismos y sus familias.
En el trayecto, muchos se preguntarán adónde vamos, sintiendo que esa marcha se lleva puesto al país entero. El desconcierto es enorme, pues hemos aprendido desde niños que la Argentina es uno de los países más dotados del planeta y así lo ven, con envidia, quienes carecen de agua dulce, costas marítimas, minerales de ley y tierras fértiles.
En su momento, cuando la generación del ochenta la puso en marcha, fue potencia mundial, basada en la agricultura y la ganadería. Ahora suma otros recursos que el mundo necesita, como el gas de esquisto y yacimientos de litio, científicos de nota y jóvenes creativos, además de calidez humana, bellezas naturales y vida cultural, ya sea que se la tome como destino turístico o residencia permanente.
Los gobernadores, senadores, sindicalistas y empresarios que la acompañan tomados de la mano no creen que la inflación se deba al sistema bimonetario, ni que el déficit fiscal sea irrelevante ni que un país crezca con emisión para el consumo. Todos ellos entienden de negocios, compran y venden, tienen inmuebles, comercios e inversiones líquidas, saben bien cómo funcionan el mundo y los mercados. No son, solo se hacen.
Perdidos ante el colapso del frente gobernante, los 18 gobernadores de la liga buscan mantener su poder y sus privilegios, pues no conciben el mundo sin sus lapiceras ni sus fondos para designar parientes y amigos, adjudicar contratos, entregar subsidios, viajar en jets sanitarios con fines de turismo, controlar jueces y comprar periodistas dispuestos a venderse. Tampoco los sindicalistas imaginan cómo ejercer sus liderazgos sin cajas negras alimentadas por contratistas de sus gremios y prestadores de sus obras sociales, para las movilizaciones que el poder (peronista) les requiera.
Todos ellos saben, porque lo vivieron o porque se lo contaron, qué fue el Rodrigazo, aquel plan de ajuste anunciado por Celestino Rodrigo, ministro de Economía de Isabel Perón, un aciago miércoles 4 de junio de 1975. Saben que la realidad no se puede ocultar tras discursos, mesas de diálogo o supuestos acuerdos de concertación. Sin confianza ni dólares para bancar esa falencia, la tensión de variables atrasadas culmina en un acomodamiento natural, aunque destructivo. En física se la denomina energía potencial, que se convierte en energía cinética al liberarse, como las placas tectónicas, con su secuela de terremotos y tsunamis. En la Argentina se llama Rodrigazo a la liberación de precios, tarifas y tipos de cambio muy desfasados, cuando falta la red de contención de un programa con apoyo político y las consecuencias se desmadran.
En ausencia de un nuevo liderazgo, los tenebrosos apóstoles acompañan a la vicepresidenta en la ejecución de tácticas improvisadas para lograr su impunidad. Al no quedarle alternativas en el plano judicial, pretende lograrlas a través de algún cata clismo político que altere el funcionamiento de las instituciones, pues, al fin y al cabo, “la historia me absolverá” –como dijo Fidel Castro en su juicio por el asalto a la Moncada (1953) y como la propia vicepresidenta ya anunció que ocurre con ella misma, según ha dejado constancia en un escrito que presentó en diciembre de 2019 en la causa en la que se la investiga por haber direccionado obra pública en favor de Lázaro Báez.
Entre esas nefastas estrategias figura la ampliación de la Corte Suprema, para que sea controlada por gobernadores peronistas. ¿Otro 17 de octubre, con La Cámpora, sindicatos y movimientos sociales ocupando la Plaza de Mayo hasta que ella aparezca en el balcón como Madonna o Esther Goris?
El presidente Alberto Fernández designó como ministra de Economía a Silvina Batakis, una funcionaria de carrera con experiencia en gestión administrativa. Fue una manera de salir del paso y no llegar al lunes con el cargo vacío. Pero todos saben –y los gobernadores, senadores, sindicalistas y empresarios clientelistas también– que es inútil exhibir currículums, hacer planillas en Excel, incluso hablar búlgaro cristalino, para poner a la Argentina de pie, como reza (verbo muy adecuado) la pauta oficial. Nada hay que Batakis pueda lograr sin un programa consistente, con apoyo político del kirchnerismo y también de la oposición. Esa fue la condición que pusieron otros candidatos al cargo para no dañar su nombre ante un fracaso seguro. Batakis, subordinada de Eduardo de Pedro, no tuvo esa opción, aun si la hubiera considerado.
Aunque la sucesora de Guzmán quisiera ordenar las cuentas públicas, carece de autoridad para reducir los subsidios a la energía, los sociales y a las empresas deficitarias. No podrá reformar el sistema jubilatorio ni detener la incorporación de personal a la planta del Estado. Ante la presión de Cristina Kirchner seguirá aumentando el déficit fiscal y la absorción con títulos para demorar el impacto inflacionario. Al final del camino, cuando la brecha cambiaria se cierre sola (por las malas razones) y se incumpla con el FMI, millones de argentinos serán sacrificados por el empecinamiento de la lideresa y la pusilanimidad del peronismo en tratar de alcanzar lo que nunca logrará: su impunidad.
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