LA FRIDA MANÍA, UN FENÓMENO QUE KAHLO “HABRÍA REPUDIADO”
La curadora y experta Mari Carmen Ramírez reflexiona sobre el proceso póstumo que llevó a la pintora mexicana a convertirse en una figura icónica.
Celina Chatruc
Frida era la antítesis de Warhol. Lo que ha sucedido con su figura es algo que ella hubiera repudiado”. Mari Carmen Ramírez dice esa frase en el Malba, donde se exhibe Diego y yo, la pintura de la artista mexicana que marcó un récord para el arte latinoamericano (Eduardo Costantini pagó 34,8 millones de dólares en un remate de Sotheby’s de Nueva York) y que ya atrajo a 35.000 personas en menos de un mes de exhibición.
No es la suma invertida en la obra ni este éxito de público lo que critica la curadora de Arte Latinoamericano y directora fundadora del Centro Internacional para el Arte de las Américas (ICAA) en el Museo de Bellas Artes de Houston (MFAH). Desde hace más de dos décadas lucha junto a su marido, Héctor Olea, contra los estereotipos que solían reducir el arte de la región al muralismo y al legado de Kahlo. También cuestiona la “Fridamanía” –la mercantilización de su obra y de su imagen– que provoca, entre otras cosas, la oferta de miles de productos en plataformas como Etsy o Amazon.
“Ese fenómeno empieza a fines de los años 80, principios de los 90 –señala la experta, de origen portorriqueño–. Yo lo ubico con los procesos que tienen que ver con el tratado de libre comercio entre México y Estados Unidos, cuando todo lo mexicano se vuelve un éxito de mercado. Frida es parte de ese proceso, que se ha acentuado en los últimos treinta años. También porque una parte de su familia vendió los derechos, creó una marca. Y ha comercializado a Frida como mujer fuerte, como ejemplo para las niñas. Hay que tener en mente que ella, al final de su vida, afirmaba con mucha intensidad en entrevistas que no quería influenciar a nadie ni ser un éxito comercial. Porque siempre se opuso al capital, era una intelectual de izquierda que se identificaba con las causas de la gente que sufría”.
Es otro fenómeno paralelo el que a ella le interesa, y que inspira una investigación en marcha que aspira a convertirse en muestra itinerante: el de su figura y su legado rescatados por grupos artísticos y sociales, a los cuales se referirá hoy en una charla en el Malba. “Se convierte en lo que llamo una paradoja polivalente. En un símbolo; todos los grupos encuentran algo para sus propias causas”, observa Ramírez. “Frida no es un ícono, es una figura icónica, que se arma a pesar de sí misma –agrega–. No se propuso en vida ser lo que es hoy en día”.
¿Quién era Frida cuando murió, en 1954? “Nadie la conocía”, asegura la curadora. Entonces era apenas “la esposa de” Diego Rivera, una artista que no había creado escuela y había vendido pocas obras en solo tres muestras en galerías. Con una personalidad y una ideología muy fuertes, y un arte poco convencional que no seguía los parámetros de las vanguardias, sino que se inspiraba en elementos vernáculos, en exvotos y en pintura decimonónica. “Fue una intelectual, lo cual no se le reconoce. Creo que hay que rescatar esa dimensión de su figura”.
En las casi siete décadas transcurridas desde su muerte, Frida Kahlo se convirtió simplemente en “Frida”. Una figura tan inspiradora a nivel global que fue elegida por Google en 2018 para lanzar Caras de Frida, primera retrospectiva virtual de un artista del siglo XX. “Todo el mundo la conoce como si fuera su prima, su hermana –dice Ramírez–. Hay una intimidad que no ha logrado ninguna otra artista mujer. Se podría argumentar que ya sobrepasó el nivel de conocimiento de Picasso, Van Gogh, íconos sociales como el Che Guevara, Malcolm X. Lo que yo me planteo es: ¿cómo sucedió eso?”.
Mucho tuvo que ver primero, según ella, la “bendición” otorgada por André Breton. Al declararla surrealista a su pesar, “le abre las puertas para su entrada al canon del arte moderno”. Dos décadas después de su muerte, llegarían los chicanos. “Son los primeros que introducen su figura en Estados Unidos, a partir de 1975. Ellos se identifican con Frida porque la ven como una figura clave que reúne los aspectos de la identidad y crean las estrategias visuales asociadas hoy con ella: la uniceja, los accesorios, los bigotes, la indumentaria indígena”.
“Para mí, el acierto de Frida, su mayor contribución, fue desarrollar un discurso sobre la identidad que no tenía precedente. Logró expresar su condición de vida difícil a través de una iconografía muy particular. Hay muchos artistas que trabajaron el tema, pero ninguno con su consistencia y persistencia. Y eso es lo que ha resultado en que interpele a las nuevas generaciones”.
Se sumaron luego los neomexicanistas, movimiento surgido en los años 80 en México. “Un movimiento de contracultura que se planteó investigaciones de género y de raza. Utilizaron el autorretrato igual que Frida, se apropiaron de las fuentes vernáculas del arte mexicano”.
A su vez, por haber sido una figura “de género fluido” que tuvo con Rivera una relación poco convencional, fue considerada una figura inspiradora para mujeres, gays, trans y queers. Estos grupos coinciden en ver en Frida “algo de las causas que están enarbolando: luchas por la identidad y sus derechos. Y ella es la figura perfecta, que sirve de portabanderas para todos ellos”.
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