Josefina Delgado. “Fui a un par de clases de Borges y me aburrí; rendí libre y me puso 10”
La gestión pública, su amistad con Donoso, la relación con el autor de “El Aleph” y el estado de la literatura argentina hoy según una “personalidad destacada de la cultura” honrada en la Legislatura
Texto Daniel Gigena | Foto Alejandro Guyot
Escritora, profesora egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, editora, traductora, lectora inquieta y funcionaria en varias ocasiones, Josefina Delgado (Buenos Aires, 1942) fue distinguida ayer en la Legislatura porteña como personalidad destacada de la cultura. A los 80 años, continúa tan activa como siempre: lee y recomienda libros sin descanso, asiste a conferencias, muestras y festivales literarios, interviene en debates y da cursos en instituciones como el Museo de Arte Popular José Hernández –donde tuvo lugar esta entrevista y el mes próximo coordinará un taller sobre el escritor español recientemente fallecido Javier Marías– y la Asociación Amigos del Museo de Bellas Artes. “La Pepita”, como la llamaba el chileno José Donoso, es parte de la memoria viva de la cultura argentina.
Desempeñó varios cargos públicos. De 1986 a 1989 y de 1996 a 2000 dirigió las bibliotecas de la ciudad y de 2001 a 2002 fue subdirectora de la Biblioteca Nacional. De 2003 a 2007, convocada por Kive Staiff, dirigió el Centro de Documentación de Teatro y Danza del Complejo Teatral de Buenos Aires. “Fueron los años más felices de mi gestión –recuerda–. Kive fue un caballero de la cultura y una persona muy generosa”. En 2007 fue designada subsecretaria de Cultura de Buenos Aires.
–Gran parte de tu vida estuvo y está dedicada a la cultura.
–Toda mi vida, porque la gestión pública fueron hitos, pero en el momento en que no estaba en la gestión trabajaba en editoriales, daba clases, o en investigación, o escribía para diarios. Mi debut en la gestión pública fue en 1986, con Eduardo Belgrano Rawson; luego él se va y quedo yo como directora de Bibliotecas. Para mí fue genial, aunque encontramos las bibliotecas abandonadas. La Miguel Cané, por ejemplo, tenía en su sótano libros apilados y destruidos por las inundaciones. Ahí empecé a hacer un trabajo lenta y sostenidamente, abriendo las bibliotecas a la gente no solo para la consulta y el préstamo de libros, sino también para actividades que atrajeran y fomentaran la lectura. Luego me vine a trabajar a la biblioteca del Museo Hernández. Y volví a Bibliotecas del 96 al 2000, durante el gobierno de Fernando de la Rúa en la ciudad. En esa época teníamos más presupuesto y más presencia.
–¿Se sostienen las políticas culturales?
–Es muy difícil porque en general los funcionarios que reemplazan a otros creen que lo más importante es innovar. De algún modo aprendí que uno llega a un lugar y hay que decir “vamos a ver qué onda”. Visitar, recorrer, conocer a la gente, interiorizarse de los proyectos que están en desarrollo, y ahí sostener lo que se esté haciendo bien y plantear nuevas líneas de trabajo; porque desde luego a todo el mundo le gusta proponer nuevas ideas. Las bibliotecas públicas deben tener un patrimonio recreativo, de lectura abierta a los distintos géneros, y no ser solo lugar de estudio; para eso están las bibliotecas escolares y universitarias.
–Luego fuiste subdirectora de la Biblioteca Nacional.
–Exacto, en 2000 y 2001 con Francisco Delich. Esa experiencia fue muy buena; en realidad, la directora iba a ser yo, pero el presidente De la Rúa pensó que se necesitaba, yo por un lado digo un varón, aunque no lo dijo en esos términos, alguien muy preparado para manejar el problema gremial. Él había sido el primer rector de la Universidad de Buenos Aires con la vuelta de la democracia, en el 83. Nos llevamos rebién; dejaba en mis manos todo lo que tenía que ver con lo bibliotecológico.
–¿Qué déficits ves en la Biblioteca Nacional?
–Muchos. Es muy importante entender que la Biblioteca Nacional no es una biblioteca estudiantil ni el centro cultural de una ideología política. Es la biblioteca que preserva el patrimonio. Una cosa que es muy importante es el catálogo central. Otra de las cosas que se han perdido en las bibliotecas es la figura del referencista, una persona a la que se le consultaba y te orientaba. La mejor directora que tuvo la institución en estos últimos años, la más preparada, fue Elsa Barber.
–¿Cómo es en tu opinión la relación de las dos grandes fuerzas políticas con la cultura?
–Hoy la consigna debería ser no politizar, y es muy importante que los funcionarios tengan la formación necesaria para desarrollar un proyecto en corto, mediano y largo plazo. No lo veo del lado de ninguna de las dos fuerzas políticas principales. Y cuando digo formación me refiero no solo a que tengas un título, sino que además seas una persona vinculada con la cultura de verdad.
–Trabajaste en el legendario Centro Editor de América Latina.
–De 1965 a 1973; entré como dactilógrafa cuando era estudiante de Letras, después dirigí la colección La Historia Popular. Ahí aprendí un montón. Traduje La educación sentimental, de Gustave Flaubert, escribí prólogos. Era un proyecto cultural masivo y la consigna “más libros para más” se podía cumplir.
–¿Y a Jorge Luis Borges cuándo lo conociste?
–A Borges lo veía porque iba a la Facultad de Filosofía y Letras, pero debo confesar que fui a un par de clases de Literatura Inglesa y me aburrí. Era lento, despacioso, esa manera de hablar, daba vueltas, se iba por las ramas, y yo estaba en otra. Me aburrí, la di libre y en el examen me saqué 10 porque Borges era hipergeneroso, fueras quien fueras.
–Pero la relación continuó.
–Alberto Vanasco fue quien me propuso para Círculo de Lectores, donde necesitaban a una persona que fuera a trabajar con Borges todas las mañanas para un prólogo de obras de Shakespeare.
–¿Le contaste que te habías ido de sus clases?
–Totalmente. Al principio era una relación formal, pero él tenía una especie de coquetería muy simpática. Esto era en 1980; de pronto un día llamaba y decía: “¿Usted puede venir ahora?”. Y me tomaba un taxi. Decía, riéndose, “¿Qué se propone hacer usted conmigo?”, que es una cosa muy simpática, para los que piensan que Borges es una especie de monstruo de la derecha argentina. Nada que ver. Poco a poco fuimos haciéndonos amigos. Nos divertíamos; de 10 a 14 se trabajaba, después bajábamos a almorzar a un restaurante a la vuelta de su casa, sobre Marcelo T. de Alvear, caminando del brazo. Una vez, en plena hiperinflación no declarada, hubo que pagar el almuerzo y cuando nos dijeron una cifra rarísima le pregunté si pagábamos a medias. “Usted se ha vuelto totalmente loca”, me dijo, porque quería pagar todo él, como un caballero.
–Y después integraste con Borges el jurado del concurso de cuentos de Círculo de Lectores.
–Él, Pepe Donoso, Jorge Lafforgue, Enrique Pezzoni y yo. En ese concurso ganó Carlos Gardini con un cuento sobre la Guerra de Malvinas muy bueno. Leerle los cuentos a Borges fue maravilloso. Le leí los 60 cuentos que habíamos seleccionado.
–Donoso fue un gran amigo tuyo.
–Fuimos muy, muy amigos. Tengo un libro de conversaciones con él que nunca logré publicar. Rarísimo, ¿no? Se lo hizo responsable del suicidio de su hija [Pilar Donoso] y su obra dejó de leerse como merece; es uno de los escritores latinoamericanos más importantes. Nos hicimos amigos porque él amaba Buenos Aires y yo era una especie de novia, la persona con la que él se entendía muy bien y que lo llevaba a pasear por lugares de la ciudad que no había visto en su vida. En 1990 publicó una nouvelle,
Taratuta, en la que aparezco como personaje.
–Publicaste tus propios trabajos: la biografía de Alfonsina Storni, la de Salvadora Medina Onrubia y Memorias imperfectas. ¿Qué estás escribiendo ahora?
–Algo que llamo la “novela postergada”, una ficción con base real, la historia de una tía mía que se fue a Marruecos detrás del amor de su vida y que engañó a su familia para hacerlo. Y están las cartas que tengo con muchos escritores y amigos, y gente de la cultura como Julio Cortázar, y mis cuadernos, de distintas épocas. Desde el renacer de la democracia llevo una especie de diario que dura varios años, y tengo otro donde un personaje muy importante es mi amigo el poeta Alberto Szpunberg.
“la biblioteca nacional no es una biblioteca estudiantil ni el centro cultural de una ideología política. es la biblioteca que preserva el patrimonio” “Fuimos muy, muy amigos con Donoso. Él amaba buenos aires y yo era una especie de novia con la que él se entendía, y lo llevaba a pasear”
–¿Creés que es un buen momento de la literatura argentina?
–Sí, me gustan mucho los libros de Samanta Schweblin, Mariana Enriquez, Selva Almada, Betina González. Mis reparos son que algunos autores se cierran mucho en un tema. A veces uno lee a otros novelistas latinoamericanos actualísimos y se advierte que están más abiertos al mundo; acá veo una especie de cerrazón casi barrial, como un costumbrismo mediocre
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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