“Como Peppino Di Capri”. La hamburguesería icónica de San Isidro
En el local de Pepino, abierto en 1956 por una familia de inmigrantes italianos, comieron de Menem a Mirtha
Mariano Chaluleu
Uno de los primeros Mcdonald’s que abrieron en la Argentina se ubicó en Acassuso, cerca del cruce entre Avenida del Libertador y Pueyrredón. Tendría que esforzarse para dominar el mercado ya que había un serio competidor a pocos metros: Pumper Nic. Pero los directivos de la cadena estadounidense no estaban preocupados por Pumper; presentían que la pelea sería con otra hamburguesería de la zona que tenía un local único: Pepino.
Rubén Salvucci, que regenta el local desde hace más de 30 años, recuerda el día que los responsables de Mcdonald’s le pidieron una reunión. La organizaron ahí mismo, en Pepino. Los norteamericanos querían saber una sola cosa: si Pepino abriría más locales en zona norte, para poder ellos asegurarse un crecimiento estable en la Argentina. Los Salvucci respondieron “tranquilos, nos quedamos acá, con este local solamente”.
Los jóvenes que empezaron a ir a Pepino a sus 25 años hoy tienen 70 y son clientes regulares. Uno de los de esa camada es Walter Santiago, alias Alfa, el recientemente eliminado participante de Gran Hermano que tanto ha dado para hablar... Pero su nombre es uno solo en una lista de mil celebridades y mil anécdotas.
La historia de Pepino se divide en tres etapas. Primero fue agencia de autos. En 1956, Domingo Salvucci, italiano, con sus ahorros, compró un terreno anexo a una estación de servicio, en Libertador y Pueyrredón. Abrió una concesionaria de marcas importadas. Para no quedarse corto, agregó un taller y contrató un equipo de mecánicos. Rubén Salvucci, su sobrino nieto, explica: “Esto estaba dividido en dos partes, en la agencia de autos y en un kiosco. Lo manejaban juntos mis tíos abuelos, Domingo y Raquel”.
“La agencia vendía autos 0 km, muchos. Luis Sandrini se llevó un Rolls Royce de ahí. Luego otro cliente compró un Maybach Zeppelin, que era el único que existía en la Argentina. También se vendían los DKW”.
“Después, en 1961, llegaron mis padres, Lanfranco y Rina, también italianos. Los 4 empezaron a coordinar el negocio. Así trabajaron durante un par de años, pero luego las cosas cambiaron... Mi tío se enfermó y el kiosco, que era un pequeño negocio en comparación con la agencia, empezó a ser lo más redituable. Entonces mis padres y mi tía abuela cerraron la agencia y apostaron todo al kiosco”.
Luego el kiosco se agrandó y se convirtió en una sucursal de heladerías Laponia. Además, ofrecían bebidas, panchos y sándwiches. “Muchos de los clientes le decían a mi mamá que estaban aburridos de los panchos y de los sándwiches. ‘Rina, preparanos algo diferente, le pedían’. Ella, que ese día justo había comprado carne picada les ofreció una hamburguesa con tomate y lechuga. La probaron, les encantó y le pidieron más”. Así en 1969 se convirtió en la hamburguesería Pepino.
–¿Por qué “Pepino”?
–El nombre de mi viejo, Lanfranco, era difícil de pronunciar para los clientes. En esa época estaba de moda el cantante Peppino Di Capri, que era italiano, como él. Lo apodaron Pepino a él y el local la ligó. Pasó a llamarse Pepino.
–¿Qué los caracterizaba?
–Vendíamos una hamburguesa rica y sencilla. Clásica, sin agregarle nada. Nos iba muy bien. Y a veces hacíamos omelettes. Eran distintos a los de otros lugares, más espumosos.
–Mauricio Macri y varios dirigentes de Pro han elegido Pepino para comer.
–Sí. Van y vienen muchas personas conocidas. Siempre fue así. Acá han comido los de Soda Stereo. Charly Alberti ha venido a comer y a preguntarme qué tipo de auto le recomendaría que se comprara.
–¿Qué otros clientes conocidos tienen?
–¡Los All Blacks! Después de un partido contra Los Pumas, llegaron de sorpresa y se pidieron 40 botellas de cerveza, de 1 litro cada una. También viene Baby Etchecopar, el Burrito Ortega, Francescoli...
–¿Y antes, cuando eras más chico?
–Cuando mis papás estaban a cargo del local, venía Carlos Monzón.
–¿Y en los 90?
–Carlos Menem. Me acuerdo que Menem se desvivía por los cappellettis de mi mamá. Una vez se autoinvitó a nuestra casa para comer cappellettis caseros. Estaba con otros funcionarios. Tenían que irse a una reunión, pero él decía: “Esto está demasiado bueno, ¡¡yo no me quiero ir a ningún lado!!”.
Rina llega a último momento para contar: “Han venido Zulema, Zulemita... Mirtha Legrand... ¡Acá vino todo el mundo!”.
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