viernes, 21 de julio de 2023

TESORO EPISTOLAR ENTRE LOS IMPRESCINDIBLES DE LA LITERATURA LATINOAMERICANA





Las cartas del Boom: una célebre “mafia internacional” de amigos escritores
Gabriel García Márquez y Julio Cortázar, en 1976R. Cuellar, album familiar de Mercedes Barcha
“Merece una pachanga”: ¿Qué le dijo García Márquez a Vargas Llosa, y Fuentes a Cortázar? Un tesoro epistolar revela cruces literarios, aventureros y personales entre cuatro hombres imprescindibles de la literatura latinoamericana
Laura Ventura
MADRID.- “Deme usted una envidia tan grande como una montaña, y le doy a usted una reputación tan grande como el mundo”. Así, con este epígrafe de Benito Pérez Galdós, de La desheredada, comienza Historia personal del boom, de José Donoso. Hay otra historia, también autobiográfica, que se construye a través de cartas, donde la envidia queda al margen de un selecto club en el que cuatro de los autores que integran un suceso editorial sin precedentes (ni sucesores) tejen aquello que uno llama “la mafia internacional”. A este tesoro epistolar se puede acceder a través de Las cartas del Boom (Alfaguara), 205 misivas y postales, en su mayoría inéditas, entre Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, publicado en España, un volumen que llegará a la Argentina en octubre.
Vargas Llosa junto a Gabo: los dos escritores, ya emblemas del boom latinoamericano
“Este es un libro histórico. Sus editores creemos que su publicación bien merece una pachanga”, escriben Carlos Aguirre, Gerald Martin, Javier Munguía y Augusto Wong Campos en el prólogo de la edición que recoge cartas escritas entre 1959 y 1975 entre los cuatro miembros más destacados del boom latinoamericano. Otra vez aparece el número cuatro en este volumen: cuatro fueron los años que demoraron en recabar el valioso material que se publica y donde se recoge, por ejemplo, 44 cartas inéditas de Julio Cortázar escritas a Carlos Fuentes.
Las cartas del Boom libro portada
Como lectores asistimos a la construcción de respetuosas relaciones entre pares, que luego derivan en amistades entrañables con espíritu festivo. La idea de “pachanga”, tomada de una carta de García Márquez y que da título a la principal sección del libro, impera en estas cartas: la necesidad de encontrarse, de conocer los proyectos del otro, de pedir consejos y de recibirlos.
Wong Campos señala el hallazgo más curioso que encontró al leer estas cartas: “Lo más sorprendente es el liderazgo explícito de García Márquez sobre lo que él llamaba, con humor, la «mafia internacional» del Boom, desde años antes de Cien años de soledad. Mucho se ha dicho sobre el antiintelectualismo y la espontaneidad del colombiano, pero en el libro se ve claramente que su historia tiene un largo trasfondo, se parece a la de Jesucristo (los otros tres serían como los reyes magos) o a la de Michael Corleone, pues en los comienzos, de los cuatro, era quien tenía menos perspectivas de liderazgo literario. Sin embargo, a diferencia del redentor o del gánster al uso, García Márquez no produjo divisionismos ni violencia sino buen humor y belleza, lo que se demostró incluso cuando al morirse mandaron condolencias tanto Putin como Obama”.
Sin las bondades de la tecnología, las cartas y los manuscritos demoran en viajar entre estos cuatro autores que se convierten en muchas ocasiones en los primeros lectores de las obras de los demás. “La casa verde es monumental”, le escribe García Márquez a Vargas Llosa. Los cuatro están interconectados y así comparten las direcciones de sus nuevos domicilios o residencias temporales y las novedades profesionales y personales. Si bien Fuentes es el primero en entablar un vínculo con Cortázar, el Premio Nobel colombiano impulsa en gran medida esta cercanía y frecuencia. “Toda esta madeja que has tejido me parece sensacional”, le agradece el mexicano.
De izq a der, Mario Vargas Llosa, su mujer, Patricia, Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti; Emir Rodríguez Monegal y Pablo Neruda, en 1966
Se advierte el anhelo de compartir tiempo juntos y vivir aventuras. García Márquez le pregunta a Fuentes, desde Nueva York, en 1965, si viajará a un simposio en la Argentina, e incluso le propone ir o regresar juntos en barco: “Emir [Rodríguez Monegal] traía la misión de averiguar cómo íbamos a hacer los escritores antiaéreos para trasladarnos a la Patagonia. Yo me iré en barco de vela”. También García Márquez le reprocha a Vargas Llosa haber pasado por México, donde vivía en 1966 el autor de Cien años de soledad, y no haberlo visitado. Este le recuerda que viven en una casa grande con un cuarto para amigos: “Lo único malo es el vino, pero compensamos la mala calidad tomándolo en grandes cantidades”.
Estos encuentros epistolares (y en algunos casos también presenciales) son, en cierta medida, un modo de abandonar la soledad, un modo de desenmascararse. “A ti te tengo un gran cariño y me bastó conocerte para que todas mis barreras de argentino metido para adentro se vinieran abajo; me gusta verte cuando vienes a París, como me gustaría verte si un día voy por mi cuenta a México. Pero precisamente el hecho de que frente a ti yo me conduzca con toda naturalidad no debe hacerte creer que siempre soy así. Por desgracia, quizá, soy muy distinto muchas veces; necesito estar solo, soy solo”, le escribe Cortázar a Fuentes en 1964. La personalidad única del mexicano también es destacada por García Márquez en otra carta recogida en este volumen: “En esta casa seguimos queriéndolos cada día más y nos sentimos un poco exiliados sin ustedes. ¿Cuándo carajo van a aparecer?”.
La novela de ficción tiene una aparición tardía en América Latina, después de las guerras de independencia. En los sesenta germina el suelo que habían sembrado autores como Juan Rulfo, María Luis Bombal, Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato. Es en este momento, donde se comienza a mirar a la región como bloque, cuando los autores comienzan a pensar en una identidad común. “Varios escritores destacados de distintos países latinoamericanos se dieron cuenta, sobre todo en París y Madrid, de que sus diferencias nacionales eran mucho menos importantes que lo que tenían en común”, escriben los editores en el prólogo.
Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa en una fotografía reproducida en el libro "Dos soledades"© Archivo revista Caretas
Hay una idea que atraviesa estas cartas y la percepción del propio país como un sitio extraño. Por ejemplo, escribe Vargas Llosa a Fuentes en agosto de 1964: “Estuve en «Lima la horrible» solo diez días, pues el viaje a la selva que debía durar una semana duró tres debido al mal tiempo. […] Todo está corrompido: la política, la gente, el aire. La solución, chez nous, pasa por el apocalipsis. El Perú es el horror, un día va a llover fuego, pero de la tierra al cielo”. Fuentes invita a su amigo Cortázar a una conferencia en México ese mismo año, un evento que se trata en realidad de una excusa para encontrarse: “Tenés que conocer Yucatán y tenemos que conversar. […] Trata de anclarte un mes aquí y recorreremos un país bastante extraño. Benítez asciende a la sierra mixteca y los hongos alucinantes nos esperan!”. A su vez, Cortázar le escribe a Fuentes en 1966: “Yo te imaginaba en Buenos Aires, saboreando las primeras medidas de depuración política del general Onganía. Qué asco de gente, de país, de ceguera. Mejor si no fuiste, habrías vomitado en plena calle Florida”.
“El libro tiene una forma inusual, más cercana a la de una novela (de no ficción) que el de un epistolario al uso. Lo usual hubiera sido asumir un orden cronológico y separar de un lado las cartas de Cortázar; de otro, las de García Márquez, etc. Este libro sigue un orden cronológico, pero prescinde de la clásica segregación por remitente, lo que da la sensación de que es una narración a cuatro voces sobre todos los eventos clave del Boom y la historia latinoamericana del 60 y 70″, explica  Wong Campos, quien prefiere Boom, en mayúscula (”lo más probable es que nadie haga caso a cuanto decimos pero oficialmente el título es tan curioso -y creemos, coherente- como es la mayúscula en Conversación en La Catedral”).
Cuando el "boom" ya era historia: el mexicano Carlos Fuentes recibe las felicitaciones del premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez en su cumpleaños de 80, en 2008
Esta correspondencia se suma a una serie de ediciones que fueron publicadas en los últimos años y que contribuyen a mantener vivos los mitos y la fiebre por los autores del boom. Primero fue la reedición de García Márquez: Historia de un deicidio (Alfaguara, 2021), la tesis doctoral que un joven Vargas Llosa realiza sobre el autor colombiano. Cincuenta años después de la publicación de este libro cuyo propósito fue en un inicio meramente académico, regresó a la librería como el análisis narrativo de un Premio Nobel sobre otro Premio Nobel.
Luego fue el turno de Dos soledades (Alfaguara, 2021), donde se recoge el diálogo del 5 y del 7 de septiembre de 1967 que mantuvieron García Márquez y Vargas Llosa en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Ingeniería, en Lima. También se publicó recientemente Los genios, de Jaime Bayly (Galaxia Gutenberg) que explora el motivo de la ruptura de una amistad tan estrecha entre García Márquez y Vargas Llosa.
En 1966 el chileno Luis Harss publicó Los nuestros, un ensayo (cuya confección aparece en Las cartas del Boom) de crítica literaria con entrevistas a Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Juan Carlos Onetti, Guimarães Rosa y Jorge Luis Borges. ¿Qué fue exactamente esta explosión? ¿Cómo comprender este momento y este movimiento? Esta irrupción significó la utilización de nuevas formas en la estructura y en el estilo de los textos literarios. Se abandona la arquitectura espacial y temporal de la novela decimonónica y se comienzan a explorar nuevas maneras de abordar el tiempo y el espacio. A menudo se asocia el boom con el realismo mágico, aunque Seymour Menton, en Historia verdadera del realismo mágico, se refiere a esta tendencia como una expresión no netamente original a los autores latinoamericanos del boom, sino que encuentra vestigios en la pintura alemana, francesa, italiana, holandesa y estadounidense de la década del 20, 30 y 40. El realismo mágico utiliza elementos improbables, pero no elementos de lo sobrenatural.
Carlos Granés, en el excelente ensayo Delirio americano. Una historia cultural y política de América Latina (Taurus), destaca que el boom, “el punto más alto del americanismo artístico”, tuvo una gran virtud: “Sumar elementos: el interés por la exuberancia el paisaje americano, la importancia de los tipos humanos, la aclimatación del surrealismo a las ensoñaciones y los delirios americanos, la experiencia en la gran ciudad y la vida urbana. Por encima de todo, fue una literatura muy americana que no le temió a la contaminación extranjera y que no desechó las herramientas y las técnicas literarias anglosajonas y europeas que pudieran hacer más persuasivas, modernas, vanguardistas y exaltantes las historias que contaban”.
En una era donde imperan las denominadas literaturas del yo, estas cartas que no nacieron con un afán literario hoy, involuntariamente, son literatura (del yo) y un documento histórico. Con el ego en equilibrio, con un espíritu de diálogo y de hermandad, estas cartas permiten acceder a las personalidades de estos cuatro autores, sus obsesiones, miedos, logros y alegrías y acompañarlos en un proceso de maduración donde harían estallar las Letras universales y clavarían sus esquirlas para siempre en las generaciones venideras.

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