Velar por la democracia
Florencia Sáez Benito y Alejandro Alves
En épocas electorales se evidencia con más nitidez la falta de apego que tienen nuestra sociedad y nuestros dirigentes a los principios constitucionales de nuestra nación. Esta visibilidad se debe a las denuncias cruzadas en el debate político entre candidatos. Por otro lado, es el momento en que el pueblo soberano tiene poder de influencia sobre la agenda política y sus representantes. Pero para ejercerla tiene que estar instruido.
Por el año 1810, decidimos que los pilares de sustentación de la arquitectura de nuestra sociedad serían los principios de igualdad y libertad. Hagamos un repaso de dónde venimos y cómo estos principios se materializan en el ordenamiento de las sociedades en general y de la Argentina en particular. Vayamos al medioevo. Teniendo en cuenta el sistema de organización sociopolítico del feudalismo, vemos que la falta de igualdad entre los miembros de esa sociedad imposibilita el desarrollo integral de los individuos que la conforman, e impone de forma arbitraria y definitiva los roles que cada uno debe ocupar según la procedencia de su cuna.
Esto implicaba que solo los nobles ostentaban el derecho hereditario de ejercer la suma del poder, reuniendo en sí la potestad de gobernar, legislar y juzgar. El resto de la sociedad quedaba a merced de las capacidades intelectuales, éticas y morales del noble al que le tocara heredar esa posición. Entre las profundas asimetrías que este orden social ineficiente producía, las personas se veían arrastradas por las guerras, la pobreza, las injusticias o diferentes arbitrariedades, muchas veces fruto de caprichos o incapacidad del gobernante de turno. La efervescencia que esta situación generaba en el seno de la sociedad posibilitó la sensibilidad necesaria para que surgiera con fuerza la idea de igualdad, que creció tanto que ya era imposible no materializarla en el ordenamiento de la vida colectiva y en la forma de gobierno, retomando los conceptos de la democracia griega y la república romana.
Solo mediante esos conceptos podremos materializar la igualdad entre todos los ciudadanos ante el imperio de la ley. Solo la democracia garantiza que cualquier ciudadano pueda acceder a los distintos roles del poder público. Con la república se pretende dividir este poder distribuyéndolo en diferentes instituciones, logrando que cualquier ciudadano que accede a roles de poder, al no ostentar la suma de ellos, tenga un límite en el ejercicio de las funciones, o le sea imposible perpetuarse en su ejercicio. Independientemente de la organización que adopte un pueblo, las instituciones son esenciales y básicas para la estabilidad y sustentabilidad de la estructura social, puesto que son reglas establecidas que sirven de referencias para las relaciones humanas. La diferencia recae en que las democracias republicanas son flexibles para reconocer y normalizar la legitimidad de instituciones informales que surgen como resultado de la evolución moral de una sociedad. Esta flexibilidad es uno de los motivos por los cuales las instituciones son tan importantes para las democracias republicanas, es necesario estar atentos para que estos cambios, si los hubiere, sean el resultado de pactos sociales.
Entre las instituciones encontramos a los actores públicos, políticos, económicos y sociales. Inmersos en un contexto donde ejercemos la democracia republicana como forma eficiente de organización social, debemos destacar la importancia que desempeñan los partidos como actores políticos, cuyo rol principal se centra en nuclear y representar a las personas que tienen visiones e ideas sobre el modelo de sociedad a que aspiran. Los partidos cumplen la función de legitimar el interés que tienen los individuos de acceder a funciones públicas que encarnan el ejercicio del poder, y regulan la dinámica de competencia interna de los aspirantes
Considerando el rol central de los partidos políticos en cuanto a la representatividad y lucha por la obtención del poder, es necesario preguntarnos cuál es la responsabilidad de los dirigentes en el deterioro o la fortaleza de estos actores y su vida interna. Este interrogante es clave para evitar que el sistema democrático se corrompa transformándose en una “partidocracia” donde priman el clientelismo, el nepotismo y demás arbitrariedades a fin de obtener y retener el poder, amenazando las bases de nuestra genética como sociedad.
En los medios y en redes vemos con estupor a dirigentes que no asumen la responsabilidad pública asociada al ejercicio del rol que desempeñan; es común observar como debilitan el carácter institucional de los actores políticos y su rol como resorte estabilizador.
Por eso, es deber de todo ciudadano en una democracia republicana velar por la fortaleza de los partidos políticos y no permitir dinámicas de competencia interna ilegítimas que pongan en riesgo los principios fundamentales de libertad e igualdad. Y en relación a los dirigentes irresponsables, se debe tener una actitud enérgica contra los que, escudándose en la igualdad, argumentan ser personas comunes y no miden el tono ni la forma de sus expresiones, ni reconocen el efecto desestabilizador que esto genera y su consecuencia en la concordia y el progreso de una Nación
Presidenta y vicepresidente de la Fundación República
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Elecciones críticas y omisiones culpables
Carlos Manfroni
Resulta una coincidencia paradójica el hecho de que un monárquico como Joseph de Maistre y un exmarxista como André Malraux hayan sostenido, respectivamente, que cada pueblo tiene el gobierno que se merece o el que mejor se le parece. Estas sentencias no solo podrían parecer injustas, sino incluso despertar la cólera de una mayoría que soportó aquí veinte años de kirchnerismo o, por ejemplo, de la comunidad venezolana emigrada a la Argentina para escapar del régimen despótico de Nicolás Maduro.
El teorema se aclara un poco más con otro párrafo del propio Malraux, después crítico del comunismo y ministro de Charles de Gaulle, quien aseveró que “entre un gobierno que hace el mal y un pueblo que lo consiente hay cierta complicidad vergonzosa”.
¿Quién podía suponer que un personaje servil y acomodaticio, un “Isidoro
Cañones” de la política, no se iba a mover al compás de los hilos de la expresidenta que lo llevó al escenario de títeres sobre el que todavía él grita impostando una autoridad en la que nadie cree? Y sin embargo llegó, no solo con el voto duro que siempre los elige por encima de todo perjuicio propio y ajeno, sino con el de amplias franjas de la clase media, una vez más, dispuestas a creer lo inverosímil.
Hoy, cuando la hecatombe está a la vista y las voces compradas silenciaron las alarmas que hace cuatro años se encendían con cada centavo de un dólar quince veces menor, abundan los que ligeramente proclaman que son todos iguales. Ese juicio, que revela tanta ignorancia como irresponsabilidad, causa demasiado daño. Quien dice que son todos iguales solo está favoreciendo a los peores. No se puede igualar lo diferente y no hay un solo individuo igual a otro en los tres reinos de la naturaleza. Los motivos que llevan a cada uno a pronunciar semejante insensatez pueden ser tan distintos como lo son las personas que lo repiten. El primero, la imbecilidad, un motor poderoso y poco tomado en cuenta en la política, pero que probablemente provoque tantas víctimas como la maldad misma. El segundo, la necesidad de justificar la propia abulia, en este caso, la más cara de las comodidades, porque la hora que un ciudadano no quiere perder al momento de elegir puede costarnos a todos cuatro años de nuestras vidas.
El tercero, la vanidad de colocarse por encima de la confrontación y diluir lo esencial mezclándolo con lo contingente. Es el motivo que inspira a quienes se horrorizan públicamente por las disputas en una campaña electoral. Y esto sin contar que a veces critican las discusiones aquellos que las alientan, al mejor estilo de los versos de Sor Juana Inés de la Cruz. Por último –al menos para nuestra imaginación–, los que sueñan con un ideal de perfección que no existe en este mundo, los que examinan con lupa los defectos ajenos y creen que se conservan puros porque no votan o votan en blanco.
Somos moralmente responsables de nuestras acciones y de las consecuencias previsibles de nuestras omisiones. El voto en blanco o la omisión de votar tienen una consecuencia por la cual debemos responder. Quien crea que el voto en blanco o la abstención pueden significar un mensaje a los poderosos debe recordar la elección de 2005 en Venezuela, cuando la oposición se retiró en protesta, hubo una abstención del 75% y Hugo Chávez ganó la Asamblea con el 90% de los votos computables. Nuestro deber es dejar este mundo un poco mejor que en el estado en el que lo encontramos, con las herramientas que tenemos a nuestro alcance. Y las que tenemos hoy no son pocas.
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