viernes, 26 de enero de 2024

PARO Y DECADENCIA




Matones y golpistas pochocleros
Laura Di Marco


A 44 días de haber sido elegido por 14 millones de argentinos, Javier Milei afrontó ayer el primer paro de una CGT que permaneció cuatro años en estado vegetativo –1700 días para ser más exactos–, mientras la inflación del 200% devoraba los ingresos formales y, mucho más vorazmente, los informales. El último paro de estos extraños ejemplares fue el 29 de mayo de 2019, durante el gobierno de Macri. Obvio.
Un gráfico del economista Fernando Marull detalla la foto cruda de la caída del salario real: desde 2016, los ingresos informales han perdido el 56% de su poder adquisitivo. Hablamos de la orfandad económica de la mitad de los argentinos que trabajan y que no pueden darse el lujo de las paritarias, como sí lo hace la oligarquía sindical.
Es que el abominable mercado viene haciendo el ajuste por su cuenta desde hace rato, un detalle que se le escapa a Pablo Moyano, devenido matón. Ayer, el más violento de los Moyano no tuvo mejor idea que amenazar con tirar al Riachuelo al ministro de Economía de un gobierno que fue votado para arreglar el descalabro que agudizó su propio candidato presidencial. Sergio Massa agregó, en apenas un año de gestión, casi tres millones de nuevos pobres. También Hugo Yasky justificó los 1700 días de silencio de sus compañeros con el desopilante argumento de que, durante el gobierno de Alberto, había paritarias y empleo.
Como dirían los libertarios: no la ven. ¿O será que no la quieren ver? Otro que no la ve o que no la quiere ver es el “golpista pochoclero” Pepe Albistur. O el pope sindical Héctor Daer, que también amenazó con escrachar a los diputados que aprueben la ley ómnibus o el DNU, desde la comodidad de su Audi.
Audi y Daer reproducidos al infinito por las redes sociales, una de las auténticas llaves del cambio. Cuando posteó la foto, Nik, el dibujante de Gaturro, se preguntó: ¿cómo hacen los sindicalistas para andar en autos de 120.000 dólares? Ni en sus sueños más revolucionarios Alfonsín habría podido imaginar lo fácil que puede ser exponer a la Argentina corporativa, a través de imágenes en X, Facebook, TikTok o Instagram.
De hecho, lo que no lograron Alfonsín ni Macri probablemente lo logre el tiempo. El tiempo y una nueva generación de argentinos que percibe a la vieja casta sindical como quien observa una antigualla de la Segunda Guerra Mundial. Dinosaurios pronunciando palabras que no entienden. Matones confiando en un poder extorsivo que se les esfuma. Millonarios a caballo de una revolución tecnológica que les roba, a tajadas, rebanadas de influencia. Lo “viejo” no está en su edad sino en su mentalidad.
Y, sin embargo, los viejos jerarcas mantienen sus privilegios. Durante el gobierno de Macri se trabajó políticamente para que los Moyano de la vida presentaran declaraciones juradas. No lo lograron. ¿La excusa legal? Aunque manejan millones de sus afiliados, no son funcionarios públicos. Pasado en limpio: si se enriquecen y no lo pueden justificar, no es delito. A lo sumo, y como cualquier ciudadano, afrontarán problemas impositivos. Hay varias causas, pero ninguna condena, por lo que todos sospechamos: la mayoría de los líderes sindicales –sobre todo, los que desde hace décadas están sentados en sus poltronas– son proveedores de sus propios sindicatos, a través de empresas gerenciadas por testaferros: a veces, incluso, por sus propias esposas. Hay algunos que hasta son dueños de diarios y canales de televisión.
Asistimos a un mundo nuevo que puja por nacer, mientras que el viejo no termina de morir. Un ejemplo: solía decirse que un presidente necesitaba 100 millones de dólares para llegar a la Casa Rosada y un enorme aparato. La llegada de Milei al poder desmintió esa máxima. Hay “verdades” consagradas de un viejo paradigma que deberían revisarse. De nuevo, no se trata de Milei sino de un cambio más global y profundo, aunque cambio no siempre signifique algo bueno. De hecho, no lo sabemos.
Otro ejemplo: el “golpista pochoclero” fue denunciado dos veces por su provocador video desde una reposera en Cariló. Primero lo hizo el abogado penalista Jorge Monastersky y luego una ciudadana de a pie, que simplemente entró a Comodoro Py y lo denunció por incitación a la violencia. Argumentó que Albistur no es un ciudadano común sino un publicista del peronismo, al que le ha ido muy bien, y que además conoce el poder de fuego de las palabras. La causa tramita en el juzgado de Ercolini.
El sonoro silencio de Kicillof ante el aberrante asesinato de Uma, hija de un custodio de Patricia Bullrich, no le impidió protestar en la movilización de la CGT. Fue tranquilo, a pesar de que en los últimos diez días se cometieron diez asesinatos en la provincia que gobierna. Kicillof llegó con increíbles laderos, entre ellos el Cuervo Larroque, que esta semana tuvo una brillante idea: colocar una pileta en una cárcel de Virrey del Pino desde donde los propios presos se grabaron, disfrutándola, con sus teléfonos celulares. Argentina, no la entenderías.

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Hace falta una profunda transformación
Bernardo Saravia Frías

para interrumpir la decadencia de un país no basta con cambiar cientos de artículos del ordenamiento jurídico. Se requieren esencialmente dos cosas: una cosmovisión y una profunda transformación institucional. Deleuze lo explicaba mejor que nadie: muchas leyes y pocas instituciones tienden a la tiranía; muchas instituciones y pocas leyes fortalecen la democracia.
Tanto la ley ómnibus como el decreto de necesidad de urgencia propuestos por el Gobierno han sido un error político y conceptual, porque partieron de una premisa errada, que la etimología lo explica a las claras: con la excusa del shock, se quiso instituir (imponer) y no constituir (consensuar) un cambio de envergadura. No se trata de gradualismo ni de malas artes políticas, sino de sentar las bases para un cambio duradero y sostenible, que permita no solo una sociedad gobernada por la ley, sino instituciones que establezcan una praxis apropiada a las necesidades de sus ciudadanos. Eso se logra con propuestas normativas claras y jerarquizadas por importancia, no mezclando todo con supuesta picardía, ni escondiendo los grandes cambios en un articulado incomprensible.
La clave pasa por recomponer el tejido institucional y no por imponer leyes al manchancho. Del derecho como fuerza de cambio y no como un sistema de opresión, en el que nadie sabe qué está vigente y qué no; más aún, en el que se abre la caja de Pandora para que los pícaros de siempre hagan lo suyo y preserven y hasta mejoren sus privilegios, vaya paradoja: el “contra la casta” pasó a ser el terreno fértil para la casta.
Pero es tiempo de pasar la página de las críticas e ir a lo concreto y práctico, porque con muy pocas excepciones todos queremos lo mejor para el país. Hay tres conceptos centrales sobre los que la sociedad y los poderes del Estado deberían poner toda su atención: transformación laboral, impositiva y reforma del Estado. En rigor, son mucho más que conceptos, son verdaderas instituciones que responden a un poliedro conformado por aspectos jurídicos, políticos, sociales y que tienen recepción en nuestra Constitución nacional.
Queda claro a esta altura que hay que dejar de lado nimiedades y absurdos, como el uso del birrete y la toga para los magistrados y el recorte al voleo de artículos del Código Civil y Comercial. Es ir a lo importante, para lograr las transformaciones que liberen al país de la esclerosis impuesta por años de populismo. No es nada nuevo: ya lo explicaron en economía Douglas North y Ronald Coase; en derecho Maurice Hauriou y Santi Romano, y en sociología desde Emile Durkheim hasta Marcel Mauss. Afortunadamente no hay que inventar la rueda.
Ante la improvisación y la falta de densidad conceptual, el mejor aporte es intentar proveerlos, con un cuidado mayúsculo porque el horno no está para bollos: la última publicación del Indec da cuenta de una inflación mayorista del 54%. Para que se entienda, una cifra de ese orden en macroeconomía da cuenta de un estado hiperinflacionario. Es por eso que, con todos los errores y desaciertos, es tiempo de construcción arquitectónica y no de una metodología agonal, como la que proponen sectores que han estado callados por tantos años y ahora se ponen la hipócrita máscara del reclamo. Argentinos, a las cosas.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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