domingo, 25 de febrero de 2024
EDITORIAL, Hambre de agua Y LAS PALABRAS
No han aprendido nada
No existe una alternativa al crudo ajuste fiscal que se debe llevar a cabo; para frenar el desplome, es preciso extirpar sus causas de inmediato y con firmeza
En el mundo de la política no puede esperarse benevolencia, ni aun de quienes comulgan con las mismas ideas. Cuando se trata de ganar o retener poder, nadie regala nada, sino lo contrario.
La herencia envenenada que dejó el terceto kirchnerista es terreno fértil –valga la paradoja– para que algunos se aprovechen de quien asumió el costo de rectificar el rumbo y evitar el precipicio social, sin pagar precios individuales. Salvan así su cara, quedan bien con sus grupos de referencia y, como dijo Miguel Ángel Pichetto con ironía, “sostienen posiciones históricas a las que debo respetar”.
En el imaginario colectivo prevalece la inocente idea de que existe una real opción entre el crudo ajuste fiscal que se lleva a cabo y una alternativa más compasiva, volviendo a algún punto del pasado y desde allí, analizar caminos menos penosos e igualmente efectivos.
La realidad es que esa alternativa no existe: quien está cayendo en el vacío no puede optar entre continuar la caída o quedar flotando en una ficticia nube hospitalaria. Para frenar el desplome solo cabe extirpar sus causas de inmediato sin dejar dudas con respecto a la firmeza de la decisión. Solo así cambiarán las expectativas de forma creíble.
El 14 de agosto de 1975 Antonio Cafiero asumió como ministro de Economía de Isabel Perón dos meses después del “Rodrigazo” y, en su discurso de asunción, anunció líneas de crédito con emisión monetaria para reactivar la economía pues los aumentos de precios habían “creado iliquidez”. Ya sabemos lo que ocurrió después.
Ni el récord de inflación, ni los niveles de pobreza, ni el auge del narcotráfico son fruto de la gestión de Javier Milei, quien solo lleva apenas más de dos meses en el gobierno. Y menos aún el calvario de los jubilados, provocado por el aluvión de beneficiarios sin aportes que provocó el déficit del sistema, agravado por el éxodo al trabajo informal.
Tantas penurias son culpa del kirchnerismo, que plantó la semilla del estrago al subsidiar las prestaciones más difíciles de brindar cuando los recursos se acaban: la comida, la salud, la educación, la seguridad, el transporte, la vivienda, el combustible, la luz y el gas. Una bomba de tiempo colocada por quienes ahora se rasgan vestiduras “republicanas” desde sus bancas legislativas.
Los reproches opositores a Milei por su lenguaje violento y falta de diálogo son previsibles y en algunos casos quizás justificados. Pero resultan insuficientes si no se postulan otras vías equivalentes que logren estabilizar sin afectar los bolsillos. Todos llevan agua a sus molinos sugiriendo caminos más amables para proteger a los afectados, pero agravando la crisis colectiva. Si se suavizase el impacto de cada una, el programa se revertiría y la inflación treparía en espiral. Todos lo saben, pero hay quienes aseguran que “el problema es Milei” por sus malos modales.
Los gobernadores no ignoran que el mayor crecimiento de empleo estatal desde la crisis de 2001 ocurrió en provincias y municipios, al punto que en más de la mitad supera el empleo privado. Poco han hecho para reducir su dependencia del poder central achicando gastos y eliminando el clientelismo. Ninguno modificó el régimen de licencias de sus estatutos docentes, ni los privilegios laborales en ministerios, legislaturas y empresas. Y nadie propuso fusionar provincias en regiones, en lugar de aumentar impuestos locales para continuar financiando estructuras redundantes y solventando escandalosas obras.
Se reclaman planes de desarrollo para morigerar el impacto del ajuste, pero cuando “no hay plata” tampoco hay fondos de promoción regional como otrora, ni créditos blandos de la banca oficial. La reactivación debe llegar por otro lado, bajando la inflación y recuperando la moneda.
El Gobierno corre contra el tiempo, pues la opinión pública es lábil y cambiará si no resiste el “shock de sinceramiento” en curso. La carrera no se libra en el Congreso, foro de debates estructurales, sino en el 5º piso del Palacio de Hacienda y en el Banco Central, donde, para evitar que 47 millones volemos por el aire, se procura desconectar los cables de la bomba que el triunvirato saliente dejó con los colores cruzados de forma intencional.
Allí se trabaja contra reloj para eliminar el déficit fiscal y la emisión monetaria, unificar los tipos de cambio y suprimir el cepo cambiario. Si ello ocurriese, habría mayor oferta de dólares para la producción y se regularizaría el movimiento de capitales. Los nuevos flujos de inversión crearían trabajo genuino, mal que les pese a los gestores de la pobreza. Y se habría eliminado la “restricción externa” que la exvicepresidenta sindicó como causa de la inflación. En ese escenario favorable, el público volvería a guardar sus pesos, colocándolos a plazo fijo para aprovechar las tasas de interés ante un dólar en baja y la expansión del crédito impulsaría la expansión de la economía y la recuperación de los salarios.
Sin embargo, la bomba aún no ha sido desactivada, pues el equilibrio fiscal alcanzado no será sostenible si otros factores no llegan en su auxilio, como la cosecha gruesa, el ingreso de capitales, los menores gastos por reformas estructurales y la mayor recaudación por mejora de la actividad económica.
En el difícil tránsito hacia el país normal, quienes fueron cómplices de los desajustes que se deben corregir anuncian más paros y movilizaciones, pretendiendo resolver la dramática crisis actual con más de lo mismo. Deberían escuchar aquel discurso de Antonio Cafiero en el que promete aquello que los sindicalistas actuales quieren oír y preguntarle al fantasma de Casildo Herreras, el secretario general de la CGT que luego “se borró”, qué ocurre cuando se pretende ganarle a la inflación con mayor emisión. Después de 50 años, no han aprendido nada.
En el difícil tránsito hacia el país normal, quienes fueron cómplices de los desajustes que se deben corregir anuncian más paros y movilizaciones, pretendiendo resolver la crisis con más de lo mismo
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Hambre de agua
El derecho humano al agua ha sido consagrado por la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), la Convención sobre los Derechos del Niño (1989) y el informe de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (2011). Reviste la condición de derecho indispensable, pero lamentablemente, la escasez de agua potable afecta a más del 40% de la población mundial. En la Argentina, al menos el 11,2% de la población, esto es, más de 5 millones de personas, no tienen agua corriente, según el relevamiento hecho el año pasado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina.
Esta falta de acceso se asocia a la ausencia de infraestructura, al conflicto de intereses entre el sector público y el privado, y a la contaminación, entre otras causas.
En el 85,4% de las viviendas censadas en todo el país en 2022 los ocupantes informaron que el agua utilizada para beber y cocinar es agua corriente o de red, un incremento de apenas 1,3% en 12 años. En pleno siglo XXI, surge así del censo que aún hay casi un 15% de argentinos sin acceso al agua potable. En la página del Ministerio del Interior, antes de la finalización de la gestión anterior, se afirmaba que se trabajaba en la instalación de 55 mil kilómetros de tuberías para la provisión de agua potable y 30 mil kilómetros para cloacas, anuncios de difícil verificación. Tras su reestatización, en 2006, la empresa AYSA ha sido fuertemente cuestionada por turbios manejos de su última conducción.
El instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), con datos de la Encuesta Permanente de Hogares, publicó un informe sobre condiciones de vida en 31 conglomerados urbanos a julio de 2023, un universo de 29 millones de personas y más de 10 mil hogares. Se midieron el acceso a servicios públicos (agua corriente, gas de red y desagües cloacales), características habitacionales y materiales, hacinamiento y saneamiento. Si bien del relevamiento surge que en el 81% de los hogares los materiales de las viviendas son de calidad suficiente, se verificó que más de 3 millones de habitantes del conurbano no tienen acceso a la red de agua corriente mientras que 8 millones y medio carecen de conexión a redes cloacales. Alrededor de 1.200.000 hogares registran falencias en el saneamiento; es decir que no poseen baño o lo comparten con otros o está fuera del terreno, con desagües que no están conectados a la red pública o carecen de descarga de agua, una dura realidad de la que nos ocupáramos no hace mucho desde este espacio con motivo del Día del Inodoro.
Otro estudio reciente del ODSA reportaba que el 61% de los niños y adolescentes argentinos se encuentra bajo la línea de pobreza y que el 40% no tiene acceso al agua de red en sus hogares. ¿Podemos imaginar lo que esto significa? No debemos olvidar que, siempre, detrás de los números hay personas.
Desde el movimiento La Ciudad Somos Todos, por su parte, se denunció al gobierno porteño por el incumplimiento de un fallo de 2020. Destacan que en el distrito más rico del país, el 15% de sus habitantes no accede formalmente al agua potable. Acusan al gobierno de incumplir la entrega de agua a granel, una solución transitoria que no resuelve tampoco el problema de fondo.
Los seres humanos somos agua en un 70%. También la superficie del planeta está cubierta en más del 70% por agua, pero solo un ínfimo porcentaje es dulce. Todos tenemos derecho a acceder a este escasísimo recurso vital y estamos obligados a cuidarlo y distribuirlo responsablemente. La vida de todos depende de ello y el vaso está, definitivamente, medio vacío.
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A Cristóbal Colón no se lo discute
Graciela Guadalupe
Hace poco menos de 20 años, una pasante española de la Redacción de la nacion se mostraba sorprendida por la “pericia” del periodismo gráfico argentino para seguir teniendo lectores a pesar del enorme cúmulo diario de malas noticias que publicábamos. “¿Acaso no tenéis bellas cosas para contar?”, nos inquirió. La pregunta caló hondo entre los editores, a tal punto que decidimos tener al menos una nota distendida en la tapa cada día. Alguien la bautizó happy ending (final feliz). Recuerdo que solíamos publicarla al pie de la portada, allá abajito, como pidiendo disculpas por “aflojar” la información. Después las llamamos notas distendidas, blandas y, más tarde, soft (paga bien en la jerga meter algún término en inglés, aunque digamos siempre lo mismo).
Pues bien, querido lector: haciéndome eco de aquella oportuna observación de la pasante –quien años después, ya trabajando como periodista en España, debió cubrir la crisis del euro y nos llamó para agradecernos “el entrenamiento feroz” que había recibido de nosotros “para cubrir malas noticias”– es que me permito alegrarle el domingo con dos informaciones optimistas que comparten prácticamente los mismos tips (sigamos con el inglés para no quedarnos out): cómo llegar a vivir 100 años y qué hacer para envejecer con un cerebro mucho más ágil.
Las dos noticias provienen de centros médicos de los Estados Unidos. Le resumo los consejos: moverse, comer más frutas y verduras, no fumar ni tomar alcohol, pensar en positivo, reducir el estrés y tolerar mejor los cambios.
¿Cómo se siente? Seguro que camino de los 100 y no porque todo eso esté completamente probado (recuerde cuando se le dio categoría de demonio a la aspirina y después a la vitamina C para volver a convertirlas en elixires). Vamos camino de la centuria porque, con lo que sube el precio del transporte, mejor caminar y, de paso, nos vamos fijando cuál es la verdura de estación para reemplazar el osobuco, que hoy está a $4600 el kilo, que antes le dábamos al Bobby. Dejar de fumar es fácil. En promedio, según la marca, 30 paquetes al mes cuestan unos $60.000 y es mucha plata para hacer humo. Lo del vino es bravo por lo de olvidar las penas y lo de tolerar mejor los cambios para reducir el estrés nos va a costar un poco más, pero ¿quién le dice? Nos queda “pensar en positivo”. Ya lo dijo el filósofo Eduardo Duhalde en un seminario en 2017: “No podemos seguir discutiendo hasta a Cristóbal Colón”.
“No podemos seguir discutiendo hasta a Cristóbal Colón”
(De Eduardo Duhalde)
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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