miércoles, 1 de agosto de 2018

IMPACTANTE...NO FALTES

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Orquesta de Instrumentos Autóctonos y Nuevas Tecnologías Untref
Dirección del Maestro Mario Benzecry, en la Sala Sinfónica - CCK, para el Estreno de la obra “HARAWI RITUAL” (sobre textos Quechuas) de Alejandro Iglesias Rossi.
Asimismo, se presentará por primera vez el Coro de la Licenciatura en Música Autóctona, Clásica y Popular de América
Reserva de entradas: www.cck.gob.ar/reservas

ECONOMÍA....MERCADO EMERGENTE


Qué significa para el país ser mercado emergente
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NICOLÁS GALARZA RICCI
-¿Qué efectos tiene para el ahorrista que la Argentina haya subido a país emergente?
-En realidad, al ahorrista argentino no le cambiará mucho. Esto no significa que no vaya a haber un efecto en el país. Lo que quiero decir es que por costumbre se espera que ocurran cambios puntuales que, al estilo de la lotería, transformen la situación del país de un día para otro. Pensamos solo en el corto plazo, y eso es un problema. Con la suba a la categoría de mercado emergente, muchas empresas del país van a pasar a formar parte del (o los) índice(s) de mercados emergentes, y por lo tanto varios fondos de inversión apostarán a ellas. Además, las instituciones financieras internacionales pueden percibir un menor riesgo en el país y empezar a ofrecer mejores condiciones para el crédito. Incluso, internamente las condiciones para el crédito pueden mejorar para las empresas. Ahora, si me preguntan si esto mejorará la calidad de vida en el país mi respuesta es que por sí solo, no.
-¿Podemos ver entonces con ojos optimistas esta reclasificación como mercado emergente?
-Que la Argentina haya subido a la categoría de país emergente es algo que sin duda nos juega a favor, pero esta es tan solo una variable -entre muchas otras posibles- que influyen en que las empresas y el país en general tengan éxito, y crezcan. Por ejemplo, algo que deberíamos plantearnos es: "¿Qué tan bien se invierten estos nuevos recursos recibidos?". Esta noticia podría compararse con el caso de una familia donde uno de los miembros consigue una nueva fuente de ingresos. Esto no necesariamente implica que toda la familia se va a beneficiar de ello. Hay que tomar decisiones que influyan a ello.
-¿Qué debería hacer el paíspara maximizar los beneficios que trae aparejado este cambio? ¿Y el ahorrista?
-En principio, podemos aprovechar esta situación para reevaluar nuestra percepción sobre la economía del país y la propia (o familiar). ¿Estamos esperando un evento que cambie rápidamente nuestra realidad? Quizás el camino correcto es entender que las cosas toman tiempo, y la disciplina de esperar mientras tomamos buenas decisiones, son claves para mejorar. En el caso de la Argentina, tanto para el Gobierno, como para el ahorrista, el primer paso es aprovechar estos cambios ventajosos para, por ejemplo, mejorar nuestra rentabilidad como empresa gracias a las mejores condiciones del crédito. Imaginemos un país donde las buenas noticias como esta se celebran y se aprovechan para mejorar un poco nuestra condición actual, pero con el objetivo de seguir igual trabajando día a día.

El autor es CEO y fundador de Quiena Inversiones

N. G. R.

LA PÁGINA DEL PROF. EDUARDO LAZZARI,

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“Colonias judías y europeas de Entre Ríos”
No te quedes afuera de este viaje increíble junto a Eduardo Lazzari, el próximo 11 de agosto. ¡ÚLTIMOS LUGARES!
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Actividades de esta semana
Visitas a la Academia Nacional de la historia, de lunes a viernes, 11 y 17 hs.
A partir del 16 de julio. Un recorrido por la Academia Nacional de la historia, uno de los tesoros ocultos de Buenos Aires.
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Visitas guiadas al Centro Naval. Ahora, de lunes a viernes, a las 11 y 15 hs.
Sin reserva previa. Un recorrido por el edificio de arquitectura francesa más bello de Buenos Aires.
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Curso de historia. Todos los jueves y viernes de agosto en El Corte Inglés.
“La historia argentina a través de sus protagonistas", a cargo de Eduardo Lazzari en El Corte Inglés.
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“Historias del barrio de San Nicolás”. Este sábado 4 de agosto a las 18 hs.
Punto de encuentro: En las escalinatas del Palacio de Tribunales , sábado 4 de agosto, a las 18:00.
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"Símbolos y misterios de la masonería". Domingo 5 de agosto 16 hs.
Domingo a las 16:00, en Junín 1760, te esperamos para la mejor visita guiada en el Cementerio. Encuentro a las 15:30 hs.
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El Palacio Barolo abre sus puertas, todos los domingos de 12 a 20 hs.
Un encuentro fascinante con el edificio más emblemático de Buenos Aires. Sus historias, sus espacios y sus curiosidades.
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Otros viajes programados
Salidas grupales por Argentina y el mundo con Eduardo Lazzari
Viaje a Azul. "Comarca salamónica del centro". Del 25 al 27 de agosto.
Viaje a Azul. "Comarca salamónica del centro". Del 25 al 27 de agosto con Eduardo Lazzari
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Viaje a Europa. "Rincones argentinos en Europa". Salida 16 de marzo de 2019.
"Rincones argentinos en Europa". Viaje a Europa con Eduardo Lazzari. 17 días. Salida 16 de marzo de 2019.
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Eduardo Lazzari - El Historiador de Buenos Aires
011-4382-9989
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martes, 31 de julio de 2018

LA PÁGINA DE JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ,


La agonía de un viejo periodista sin familia, que Fernández acompañó durante tres largas noches de internación leyéndole sin esperanzas algunas páginas de Marcel Proust, derivó inesperadamente en un ligero chisme de pasillo, luego en la historia completa de un triángulo sentimental y por fin en un relato de corazones desatados.

JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ
Fernández se enteró, tomando café con el personal nocturno del sanatorio, por qué cargaba tantas penas de amor la enfermera universitaria más linda de Palermo.
La mujer se llamaba Marcela, era morocha y bien desarrollada, y trataba de congeniar su belleza con la eficacia y su ambición con la bondad. Solía ser, según sus propios compañeros, abnegada pero luchadora, y sensual pero fría.
Militaba en un feminismo básico, y detestaba obviamente a los hombres prepotentes e insensibles. Por eso enamoró a un médico clínico y odió con ímpetu a un cirujano de planta.
El clínico resultó ser un hombre separado y responsable, médico de familia, idealista, humano, ético y emocional, dueño de palabras hondas y portador sano de notables signos de admiración: un sacerdote.
En cambio, el cirujano resultó ser un hombre duro, valiente y egoísta, brillante desde la técnica y cerebral en la batalla, dueño de un humor ácido que espantaba y de un escepticismo práctico a prueba de misiles: un guerrero.
El sacerdote se llamaba Juárez y el guerrero, Katz. Marcela quiso al clínico con tanta devoción que a los dos años nadie entendía por qué razón no se había casado con él.
Fue más o menos para esa fecha en la que la dirección incorporó al staff oficial al doctor Katz, que entró como un vendaval y tuvo guerra dialéctica permanente con la enfermera diplomada.
Juárez cortejaba con palabras, cuidado, altruismo y alta sensibilidad a Marcela, y ella sentía que el clínico era su mejor amigo y su compañero de ruta, un maestro sofisticado que le enseñaba el progresismo de la vida.
Katz, en cambio, le parecía aborrecible porque era elemental. Uno curaba con la observación, el otro con el cuchillo, y para Marcela ese detalle instrumental constituía una metáfora acabada de sus diferencias.
Se fraguaba, sin embargo, algo oculto e intangible en la rutina amorosa de la enfermera y el clínico. Cierta clase de amor sólo sobrevive en las incertidumbres.
Cuando se sobreentiende que no hay amenazas posibles, el amor languidece de un modo silencioso y maligno. Es como si el amor fuera un avión a pedal: si el ciclista deja de pedalear el avión cae. Esas parejas se adormecen en las llanuras y renacen en los abismos.
Un poco adormecida, pero todavía sin conciencia de estarlo, Marcela viajó a Mar del Plata con la cúpula del equipo médico del sanatorio para participar de unas jornadas de capacitación.
Juárez no pudo dejar su consultorio privado, pero Katz aprovechó el viaje para hacer sus enfáticos discursos sobre los límites de la vida, contar chistes de humor negro en las sobremesas y jugar de a ratos al tenis.
Les tocó, para desgracia de Marcela, asientos juntos en el avión y luego en el salón de convenciones. Y no pudo evitar que el cirujano la menospreciara con sutil humor, la abordara a cada rato y le sonsacara datos sobre su vida personal.
Ofendida en su ego, batalló con Katz unas horas sin lograr sacárselo de encima, y llegó a la primera noche un poco turbada. No sabía qué estaba ocurriendo y entonces, con la mente en blanco, habló una hora desde su habitación con Juárez, que le contaba anécdotas y proyectos.
Al día siguiente, mientras se hacían dificilísimos juegos de management entre las mesas, Katz vino en su ayuda, y ella sintió por primera vez algo parecido a la simpatía.
Desvelada y extraña, en la segunda noche Marcela bajó al bar y pidió una copa, y el guerrero se le sentó en el taburete de al lado, y estuvieron bebiendo y hablando dos horas en una rara intimidad nocturna.
Un poco mareada, Marcela se metió en el baño y se miró al espejo. Esto no puede estar pasando, se dijo. Pero estaba pasando, y chocaron los planetas.
La enfermera regresó a Buenos Aires creyendo que todo había sido un lamentable error y un mal sueño, y se dio ánimo pensando que no tendría consecuencias. Pero las cosas comenzaron a ser distintas entre ella y el sacerdote.
Y el guerrero la encadenó a su cama y al mes Marcela se dio cuenta de que tenía un novio formal y un amante institucionalizado, y se horrorizó ante la idea. Yo no soy así, esto no puede estar pasando, se repetía.
Pero estaba pasando, y duró seis meses. La enfermera era incapaz de cortar la relación con el guerrero, pero se sentía desfallecer ante la sola posibilidad de perder al sacerdote, que parecía ser el hombre de su vida.
¿Los quería a los dos? Sí, pero de un modo tan distinto. Tenía que admitir, a fuerza de sinceridad, que el guerrero le despertaba algo atávico, algo anterior a la ideología, la civilización y lo políticamente correcto.
Era algo vinculado a esa dimensión cavernícola y animal que deriva del duelo y el cortejo entre el macho y la hembra. El sacerdote, en la vereda de enfrente, representaba todo por lo que ella había luchado, todo en lo que creía y también todo en lo que buscaba convertirse con desesperación.
No había perdido tampoco la pasión por el sacerdote, aunque el conocimiento profundo del guerrero le reveló a alguien sensible e intuitivo escondido dentro del envase de un hombre de acero inoxidable.
Por increíble que parezca, Katz estaba ahora completamente enamorado de ella, y las dudas de la enfermera lo debilitaban, lo convertían en un tipo en paños menores azotado por los vientos del polo.
El cirujano sabía de la existencia de Juárez, pero el clínico nadaba en la ignorancia, aunque percibía que Marcela estaba lejos sin entender del todo a qué se debía esa nueva modorra.
Un obstetra, íntimo de Juárez, escuchó primero el rumor en Enfermería y luego pescó de casualidad un gesto secreto e inequívoco de Marcela hacia Katz en la sala de operaciones.
Un amigo es un amigo: puso al tanto al clínico de la situación mientras lo emborrachaba. Al principio, Juárez no quiso creer la verdad.
Transido por el dolor, comenzó a espiar a Marcela y, como quien busca encuentra, finalmente encontró algunos indicios de infidelidad. Y al final la confrontó desde la cruel honestidad de los inocentes. Ella no pudo negarle los hechos.
El pegó un portazo, se subió a su camioneta y manejó quince horas por rutas perdidas. Estuvo tres días desaparecido, y cuando regresó le dijo a Marcela que se equivocaba, que Katz no podía hacerla feliz y que él daría batalla hasta el final.
Los dos hombres dieron batalla. Cada uno con sus armas, e impostando mutuamente las armas del enemigo. El guerrero fue pasional pero se volvió locuaz y comprensivo; el sacerdote fue entrañable pero se volvió audaz y lujurioso.
Marcela vivía aterrorizada por la guerra declarada, por las mutaciones de sus hombres y por la propia confusión en la que se iba hundiendo. A veces pensaba que quería a uno pero que estaba enamorada de otro.
Y otras veces pensaba exactamente lo contrario. Imaginó en ocasiones tomar una decisión arbitraria y drástica, pero percibía que el corazón no funcionaba con ordenanzas, que no podía equivocarse porque le iba la vida y que quedaría atrapada para siempre en esa encrucijada tenaz.
Los contendientes se evitaban en el sanatorio, pero una tarde coincidieron en la playa de estacionamiento. El sacerdote lanzó un dardo verbal y el guerrero le devolvió una trompada.
Se estuvieron pegando un rato, sin pericia y sin oficio, enmarañados y a los raspones, hasta que lograron separarlos.
Los dos jadeaban, derrotados y contenidos, y el encargado de la playa, que era un filósofo tanguero, arrastró en voz alta: Hay mujeres demasiado importantes para un solo hombre.
El incidente fue narrado una y mil veces en el sanatorio, y la frase del encargado se convirtió en leyenda. Una noche, en vísperas de que el viejo periodista a quien Fernández cuidaba finalmente muriera, el encargado le aceptó un paquete de cigarrillos negros y le reveló el desenlace: Al final ella se quedó con los dos. Es decir, se quedó sin ninguno.
Fernández no quiso conocer los detalles.

Relato extraído de la antología de cuentos Corazones desatados

PENSAMIENTOS COMPLEJOS

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Son los días en que, como pasa por suerte desde hace un tiempo, Daniel Barenboim ocupa el centro de la escena. Nada podría ponernos más contentos que el hecho de que el músico argentino más significativo de la historia agite a sujetos que, el resto del año, no tienen una relación de intimidad con Brahms, con Wagner ni con Schönberg. Pero esto también es parte de su fortaleza. Como él mismo observó una vez: la notoriedad crea obligaciones. Por ejemplo, quiso formar músicos jóvenes para que el nivel de la música argentina no fuera de cabotaje. Lo dijo en una entrevista que le hizo la periodista Sandra de la Fuente: "Propuse formar cuerpos jóvenes y puse como fecha los años 2019/20, es decir, pronto. Todos parecíamos estar de acuerdo, pero muy típico argentino: jamás me hablaron del tema". La mediocridad es la plancha de metal de la Argentina y, por desgracia, de muchos músicos argentinos (no de todos, claro).
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Pero volvamos al principio. Barenboim es lo que es porque es un músico de una pieza y, en su caso, eso quiere decir que es además un hombre de una pieza. El poeta argentino Arnaldo Calveyra (que admiró a Barenboim al punto de escribir un relato para él) me dijo: "Una cosa es el poema y otra cosa es el poeta". Se refería a la distancia que puede existir (y que en ocasiones existe) entre una obra y las posiciones éticas que sostiene quien hizo esa obra. Barenboim es el contraejemplo más perfecto de esa constatación.
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Me gustaría pasar en limpio la idea con una frase del propio Barenboim sobre el director Wilhelm Furtwängler: "Son muchos los músicos que hacen música igual que viven. Furtwängler trató de vivir igual que hizo música. No es precisamente cómodo. Hay que querer y poder hacerlo. Pero únicamente entonces las cosas resultan de manera diferente de aquella a la que estamos acostumbrados". Así pasa con Barenboim. Hay un hilo de acero que une sus decisiones estrictamente musicales con sus posiciones humanas: la inteligencia del oído y la inteligencia a secas; la música y su relación con el mundo. Eso explica su integridad. Barenboim es un hombre valiente, pero lo es (y antes que nada) porque es un músico valiente. Es decir: lo primero es siempre la música. El coraje para acumular un crescendo hasta el punto inmediatamente anterior, inconmensurable, en que esa tensión se hunde en un piano subito o en el silencio no pertenece al simple orden técnico, sino al ético.
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Esa valentía, incluso la valentía musical, procede también de una rigurosa honestidad intelectual. Barenboim nos indica aquello que la música puede enseñarnos: todo está relacionado. Y esta verdad vale también para el propio Barenboim en cuanto ser humano.
La Orquesta del Diván, para poner el caso más evidente, llegó a ser ese proyecto de comprensión mutua entre personas de Israel, Palestina y otros países árabes solamente porque partió de la música. Es la orquesta la que permite imaginar un modelo social alternativo en el que se unen la moral y la estrategia, la razón y la emoción. Es una lección que ni la política ni los políticos terminan de aprender de la música.
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La colaboración entre Barenboim y Edward Said, uno de los intelectuales mayores de la segunda mitad del siglo XX, en el proyecto del Diván es algo que pasa muy de tanto en tanto porque Barenboim y Said (seamos sinceros) son personas que aparecen muy de tanto en tanto.
"Lo único que no es explicable de la música es su inexplicabilidad. Esa inexplicabilidad puede ser lo más interesante". Del mismo modo que no podemos superar del todo esa inexplicabilidad, tal vez Barenboim, cada vez que hace la realización física de una partitura, no disipe la complejidad del mundo, pero sin duda puede ayudarnos a comprender esa complejidad en sus propios términos. Son tantas las cosas que tenemos que agradecerle al maestro. Pero, antes de cualquier otra cosa, tenemos que sentirnos agradecidos de ser contemporáneos de él.

P. G.

CORO KENNEDY


CORO KENNEDY - Oficial
Los esperamos el
4 de agosto de 2018 a las 21 hs
Ingreso a partir de las 20.30 Hs.
NO SE PERMITE EL INGRESO LUEGO DE COMENZADA LA FUNCIÓN!!
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DESMADRE...MUY RECOMENDADA

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Cuatro mujeres en un micro; tres generaciones -madre, hijas, abuela-, la misma sangre. Cuatro mujeres en un micro y una palabra que las nombra, las envuelve, lo dice todo: desmadre. Porque desde antes de realizar el documental que, entre otras cosas, la subió en un micro rumbo a Paraná junto a su madre y sus hijas, la cineasta Sabrina Farji sabía que lo iba a llamar así. Y Desmadre se terminó llamando la película que se estrenó hace unas semanas y que también puede verse en la plataforma Cine.Ar Play.
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Farji quería indagar en un terreno sinuoso, el del vínculo entre madres e hijas. Convocó a su propia madre y a sus dos hijas adolescentes y las invitó a ser parte de una filmación en la que estarían ellas, el amor, la furia, el agotamiento, la exasperación, los recuerdos. Y la certeza de que ese lazo invisible que las anuda, nutre y desespera está ahí para quedarse. Poderoso, imperfecto, por momentos imposible de ser dicho.
"Hay muchas cosas que no soporto de mi mamá. Si me pongo a listarlas, sería terrible", dice, lapidaria y tremenda, Zoe, la hija mayor. La misma que se preguntará, varias veces y sin tapujos, si realmente lo pensaron bien, si en serio están seguras de dejar grabados -así, de una vez y para la posteridad- tanta palabra y tanto gesto íntimo. Pero es también ella la que más de una vez reirá como si no existieran ni las broncas ni los hartazgos. La misma que, previo acuerdo con la madre, empuñará una de las cámaras que irán conformando ese mosaico de encuentros y desencuentros que es, finalmente,Desmadre.
Resultado de imagen para desmadrePELÍCULA
Las cuatro viajan a Paraná, ciudad donde nació la abuela. Visitan el teatro donde cantó de chica, conocen la que fuera su casa de infancia, emprenden una más bien ríspida jornada de pesca. Caminan rumbo al río, y en esas caminatas revelan mucho de lo que son. Van todas a destiempo, unas por delante de las otras; se llaman para acompasarse, lo intentan, se irritan, vuelven a distanciarse.
Sin llegar a ser frenético, el ritmo de la película es ligero; pese a ahondar en una zona de turbulencias especialmente compleja, lo que se muestra nunca ingresa en el tono de la angustia. Lo que ocurre allí es luminoso, incluso a despecho de las discusiones constantes y como a repetición. Hay vida, hay humor, hay energía.
"Te aclaro que yo no creo en el amor incondicional de madres e hijas", le comenta Farji a la periodista Moira Soto en la última edición de la revista digital Damiselas en apuros. Sin embargo, en su película no circula otra cosa más que amor entre esas cuatro que anudan y desanudan conflictos frente a cámara.
Por momentos, las voces se les embarullan. Entonces, en un pasaje especialmente intenso, mientras descansan en un banco a la vera del Paraná, surge el tema -ese tema-: la maternidad como principio, vientre, decisión, azar. Y la hija mayor lanza el dato: su madre, además de traerlas a ella y su hermana al mundo, tuvo dos embarazos que no pudieron ser. La abuela mira a su hija: "¿Cuándo? ¿Me lo habías contado?"; la hermana menor mira a la mayor: "¿Qué estás queriendo decir?". Y asistimos, como quien se asoma por una ventana no tan estrecha, a un intercambio íntimo y la vez ruidoso. Algo parece haber sido dicho por primera vez; las cuatro hablan casi al mismo tiempo, y la feminidad, ese punto donde cuerpo y palabra convergen, es también el espacio de una confianza única. Qué más intransferible que el pulso levemente sísmico que tan a menudo marca nuestros cuerpos. Y qué más empático que la escucha de otra mujer ante ciertas turbulencias.
Si hay algo que le agradecí a Desmadre es la falta de solemnidad. En algún momento de la película alguien dice que el vínculo entre madres e hijas es conflictivo y hermoso, tan conflictivo y hermoso como cualquier otro vínculo. Y en ese dicho risueño descansa algo así como un envión de oxígeno, de ternura, de simple aceptación de esto que somos.

D. F. I.