miércoles, 1 de diciembre de 2021

CONOZCAMOS LOS ORÍGENES DEL IDIOMA YIDDISH....UNA FECHA OPORTUNA


"El yiddish un idioma tan antiguo como el español, el inglés o el alemán.

Es un idioma que se ha gestado en el corazón del continente europeo por casi mil años, la lengua vernácula de los judíos ashkenazim; sin embargo, más allá de ser un idioma, es el reflejo de la cultura judía centroeuropea tanto ortodoxa como secular. Es el idioma del shtetl (aldea), la yeshiva (el centro de estudio) y la sinagoga; de las grandes ciudades y los medios de comunicación escrita y oral; de la política y los negocios; de los amigos y la familia.
Nombres tan famosos como Isaac Bashevis Singer, M. M. Sforim o Scholem Aleichem conviven en el imaginario literario con autores menos conocidos, pero no menos audaces o brillantes como I. Pffefer, Tzvi Grinberg o D. Holfshtein.
Ellos mismos viven la gracia y el dolor que describen en sus obras, rememoran la fe de sus ancestros y se ríen de las desventuras que ha padecido su pueblo, tanto en Europa como a su llegada a los Estados Unidos o Palestina escapando del odio, la persecución y el genocidio.
La narrativa y la lírica del yiddish nos conduce desde los valles nevados de la Polonia rusa y las amplias avenidas de ciudades cosmopolitas europeas tales como Lodz, Odessa y Kiev, hasta los paisajes áridos y calurosos de Palestina y las calles populosas de Nueva York y Montreal atestadas de templos, restaurantes y comercios judíos.
El yiddish representa una tradición pictórica (Marc Chagall), musical (Jan Pearce), actoral (A. Goldfarben y A. Yoelshon), política (S. Dimanshtein), religiosa (Reb Schnersson) y culinaria.
Es una institución rica en rimas, versos, parábolas y refranes; pero irónicamente, carente de un vocabulario jurídico y militar.
Hasta antes de 1939, había más de 10 millones de hablantes de yiddish, sin embargo, tras la Shoah, menos de un millón y medio de hablantes subsisten en la actualidad, no obstante, las grandes comunidades judías localizadas en Israel, Norteamérica, Europa, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda han fomentado su uso y estudio constante, evitando la desaparición paulatina y en última instancia, su extinción".
Edición Silvio Jazanovich para Comunidad Judía Masorti Bet-El Madrid.
Fuente: Personalidades Judías de Todos los Tiempos
Amando Nuestra Cultura Judía- Lilian Rotter
https://www.facebook.com/groups/741862765870055/?multi_permalinks=4639812916075001%2C4639805386075754%2C4639792999410326%2C4639777596078533%2C4639761916080101&notif_id=1638072906976359&notif_t=group_activity&ref=notif


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ECONOMÍA COTIDIANA


El desacople de los precios locales de los internacionales, ¿una política viable?

Santiago Bulat

Mariano Enriquez


1. Desacople. La discusión sobre el “desacople” de precios internacionales a los locales vuelve todo en loop en la Argentina. Es lógico, para cualquier economía es deseable que lo que se consume sea barato y que lo que se vende al mundo sea caro y no se consuma localmente, para que así entren dólares. Si efectivamente desacoplar precios fuera tan simple y no tuviera consecuencias, los países lo harían permanentemente. Pero “desacoplar” no es otra cosa que generar alguna distorsión en el mercado, ya sea subsidiando el precio de un bien importado para que el consumidor pague más barato, o interviniendo las exportaciones para que suba la oferta y baje el precio local. Pero la magia no existe y lo gratis tampoco.

2. Restricciones.
Las prohibiciones y restricciones a la exportación están generalmente no admitidas por la Organización Mundial de Comercio. El GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio) de 1994 prohíbe a los miembros aplicar restricciones a la exportación que no sean derechos o impuestos. Sin embargo, ciertas políticas están dentro del alcance de esta medida general, que permite “prohibiciones o restricciones a la exportación aplicadas temporalmente para prevenir o aliviar la escasez crítica de alimentos u otros productos esenciales”. En una crisis o emergencia, un país miembro puede restringir la exportación para garantizar que haya suficiente suministro de productos claves o que estén disponibles a un precio más bajo que el mundial. Sin embargo, los efectos negativos pueden ser sustanciales, sobre todo si el país es un gran exportador del bien en cuestión.

3. Políticas.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura resalta dos tipos de políticas. Primero, las vinculadas al comercio y a la gestión del mercado: la reducción o eliminación de aranceles de importación, las restricciones e impuestos a la exportación y las restricciones a la tenencia de stocks por parte de comerciantes privados. Estas últimas, cuyo objetivo es controlar los precios a corto plazo, se aplicaron ampliamente en los años 70 y 80, y se discontinuaron por sus desventajas. El segundo tipo de políticas es el apoyo directo a los consumidores y grupos vulnerables a nivel micro: transferencias en efectivo, entrega de vouchers para personas en situación de vulnerabilidad, y medidas de más largo plazo, que tienden a facilitar el acceso a los insumos y a mejorar las tecnologías y la infraestructura para aumentar la producción de alimentos.

4. Consecuencias.
Cuando un gran exportador prohíbe o restringe la venta de un producto, la oferta mundial baja y el precio aumenta. La caída del precio interno reduce el incentivo de los productores para fabricar los bienes en el país, y el precio internacional más alto crea un incentivo para el contrabando, lo cual afecta aún más la oferta, las cuentas fiscales y la correcta asignación de precios. Además, se genera un quiebre en las relaciones con los compradores, que optarán por cambiar de proveedor ante el incumplimiento. Y será difícil volver a abrir mercados.

5. Excepción.
La intervención en un mercado exportador, si se hace, debe ser excepcional, por un corto plazo y, sobre todo, creíble. El cese de exportaciones como política lleva a una merma en la producción y en la entrada de dólares, algo que se vincula con un tipo de cambio real más alto y, por ende, con salarios más bajos.

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TECNOLOGÍA.....AUTENTICACIÓN EN GMAIL


Gmail empieza a imponer la autenticación en dos pasos. Lo que hay que saber
Ya no podrá ingresarse en los servicios de Google sin una verificación adicional, además de la contraseña. Los detalles y el paso por paso para configurar tus cuentas
A. T.
El logo de Google en una alfombra en las oficinas de la compañía en París; en seguridad, estamos cerca de tocar el piso, y los usuarios ahora deben emplear técnicas que 15 años atrás solo necesitaban los altos ejecutivos de las corporaciones multinacionales


El martes me llegó la primera de las que presumo serán muchas consultas de este tipo. Un amigo me mandó por WhatsApp una captura de pantalla acompañada de una pregunta que sonaba alarmada, como mínimo. En la captura, Gmail le avisaba que pronto iba a tener que iniciar sesión con la verificación de dos pasos.
Por supuesto, en medio del desastre de seguridad informática que estamos experimentando, lo primero que piensa el usuario más o menos sensato es que un aviso de este tipo es alguna clase de trampa. No obstante, el mensaje de Google intenta evitar una de las señas particulares de todo ataque de ingeniería social. Esto es, la urgencia. Te dice que podés dejarlo para más adelante, no te apura.
Pero incluso así, si no estás siguiendo las noticias de tecnología con una minuciosidad casi obsesiva, el aviso asusta. Es lo que le pasó a este buen amigo mío, con lo que supe que lo que oportunamente habíamos publicado en el canal tecnología empezaba a llegar a los usuarios locales. Es decir, que la autenticación de múltiple factor va a ser obligatoria para los usuarios de Google. ¿Por qué? Porque ya no alcanza ni siquiera con una buena contraseña. Dado que los piratas las roban de a millones (de a cientos de millones, para ser más preciso) es menester complicarles más la vida para mejorar la seguridad de una cuenta.
Lo que lleva al aviso que mete miedo. Pero, hay que reconocerlo, no había muchas opciones mejores. Además, la principal preocupación que a los veteranos de la Red se nos cruza por la cabeza no tiene que ver con que el aviso sea una trampa (eso también, desde luego, pero es un asunto relativamente fácil de descartar), sino con la privacidad. ¿A partir de ahora va a ser imposible usar una cuenta de Gmail sin tener que dar un número de celular?
Más o menos
La respuesta corta es no. No hace falta poner un número de teléfono. La respuesta larga es que el celular es un dispositivo demasiado insidioso para que la privacidad tenga alguna posibilidad de sobrevivir en un aparato que tiene, para empezar, un identificador único independiente del número de teléfono. Volveré sobre el tema al final.
Dejando de lado la privacidad, sí es cierto que a los que no se sienten cómodos con las cosas técnicas la movida de Google les va a complicar la vida. ¿Cuánto? Dependerá de cada caso. Me temo que en algunos escenarios va a ser inviable; aunque no es menos cierto que, dada la negligencia generalizada de las organizaciones respecto de la seguridad informática, tarde o más temprano todos los proveedores de servicios de correo, redes sociales y demás van a tener que adoptar una estrategia similar. Hace 15 años, cuando empecé a alertar sobre la tormenta de seguridad informática que se venía, los únicos que usaban autenticación de múltiple factor eran los altos ejecutivos de las grandes corporaciones multinacionales. Así estamos.
Múltiple, pero empecemos por dos
OK, ¿y en español, qué es exactamente lo que está empezando a hacer Google? La historia es así: hoy, para ingresar a tu cuenta de Gmail tenés que poner tu nombre de usuario y una contraseña. Bueno, eso ya no alcanza. Tu nombre de usuario y tu contraseña casi seguramente están en alguna base de datos en manos de los piratas, si no seguiste con la regla número 2 de la seguridad digital; es decir, no reciclar claves (la primera regla es la de usar contraseñas robustas). Como esta conducta es algo que ni siquiera Google puede controlar, entonces hay que añadir un segundo factor de autenticación. De allí la frase algo críptica de autenticación de múltiple factor. El factor que usábamos hasta ahora era la contraseña. Ahora hay que añadir otro más. ¿Por qué?
Porque el pirata puede tener tu nombre de usuario y tu contraseña, pero es mucho menos probable que también tenga tu teléfono (o que de alguna manera logre interceptar los mensajes que llegan a tu teléfono). Por lo tanto, sería suficiente con que Google te envíe un mensaje de texto con un PIN después de que ingresás la contraseña correcta para que el malviviente quede cancelado. Esa es una de las maneras más elementales (y frágiles) de añadir un segundo factor de autenticación. Tiene tres problemas. No siempre funciona, ya han logrado hackearla y además hay que tener una línea de teléfono.
Otro modo, y posiblemente el más sencillo, es el de usar una app en el teléfono que genere un PIN al azar cada, digamos, 30 segundos. Es el caso de Authenticator, también de Google, aunque existen también dispositivos de verificación (como Yubikey). Así, cuando ponés tu nombre de usuario y tu contraseña para entrar en Gmail, la plataforma te pregunta el PIN de ese momento. Abrís la app, lo consultás, lo escribís y listo, entrás en tu cuenta. (Dicho sea de paso, el espacio en blanco que muestra Authenticator entre las dos series de tres números no es necesario; podés ponerlos de corrido y funciona igual.)
¿Pero siempre vamos a tener que ingresar ese dichoso PIN? No, no siempre. Si tenés una computadora a la que solo accedés solo vos, podés poner un tilde en la casilla correspondiente (normalmente algo del orden de “No volver a preguntar en este dispositivo”) la primera vez que iniciás sesión y entonces no te lo va a volver a pedir. De todos modos, mi mejor consejo es preferir un poco de incomodidad en lugar de correr el riesgo de perder una cuenta, porque después es extremadamente difícil recuperarlas.
Las opciones de la verificación en dos pasos
Google (y lo mismo van a hacer los demás, cuando implementen esta doble verificación de identidad) ha simplificado un poco más el asunto cuando sabe que un teléfono es efectivamente el tuyo. Así, toda vez que iniciás sesión en un dispositivo nuevo, te envía un mensaje (no un SMS, sino uno que llega siempre, porque usa Internet) en el que te pregunta si fuiste vos el que inició esa sesión. Alcanza con decirle que sí para entrar, sin escribir ningún PIN. Facebook hace lo mismo. Otros te avisan por email (es el caso de Dropbox y Netflix, por citar solo un par), aunque sin verificarte.
Paso por paso por paso por paso
Excelente, ¿y qué tengo que hacer para vincular la app Authenticator en mi celular con mi cuenta de Gmail, en la notebook? Como dije, este es el punto flojo en toda la trama, porque para ciertas personas que no se llevan bien con la tecnología este procedimiento puede ser excesivamente enredado.
Como hay una serie de posibles ramificaciones, aquí va el paso por paso para el escenario más complicado.
Abrís Authenticator en el teléfono, apretás el botón con un signo más (+) y ahí te da dos opciones. La primera es Escanear un código QR. La otra es Ingresar clave de config.; esta se usa, por ejemplo, para validar el mismo dispositivo, que no puede escanear su propia pantalla.
Elegí Escanear código QR. Ahora abrí Gmail, andá a los Ajustes de tu cuenta de Google y hace clic en Seguridad. Ahí hace clic en Verificación en dos pasos; Google te va a pedir que ingreses la contraseña (sí, eso está bien) y en el listado vas a encontrar el ícono de la app Authenticator. Dale clic y acá van a abrirse dos posibilidades. Una es que ya haya un teléfono ahí y que puedas cambiarlo, en cuyo caso ya conocés los pasos. Para cambiarlo, claro, hay que escanear un código QR.
La otra opción es que te de la bienvenida y veas un botón Comenzar. Dale clic. De buenas a primeras da la impresión de que hace falta poner tu número de teléfono. Pero no es así. Abajo vas a ver que hay más opciones. Una de ellas es enviar un mensaje al celular en el que registraste originalmente la cuenta de Gmail.
Si tu teléfono no aparece a la vista, hay que agregarlo. Aquí viene la parte más complicada, porque te va a pedir un código. ¿Otro más? Sí, como dije, la cosa se va a poner muy áspera para los que no se llevan bien con la tecnología. Vamos despacio.
Necesitás agregar en la notebook un código que te va aparecer en el celular, para que esa cuenta de Google (es decir Gmail, a los fines prácticos, pero también todas las demás) quede vinculada a ese celular. Para encontrar el código hay abrir Gmail en el teléfono (sí, en el teléfono), tocar el ícono de tu usuario, arriba a la derecha, luego tocar Cuenta de Google y ahí deslizarse hacia la derecha (o sea, arrastrar la pantalla hacia la izquierda; ignoro si esto tiene algún significado ideológico) hasta la pestaña Seguridad. Ahora bajá hasta encontrar un ítem etiquetado Código de seguridad. Te va a pedir el PIN que usás para desbloquear el teléfono (de verdad, y tiene lógica; paciencia), y luego de eso vas a ver dos códigos de 10 dígitos. Cualquiera sirve.
Códigos de 10 dígitos en un teléfono con Android
Tras ingresar ese PIN de 10 dígitos, el teléfono queda relacionado con la cuenta y cuando quieras ingresar desde un dispositivo nuevo (otro teléfono, la tablet, una computadora, la Estación Espacial Internacional) te va a mandar un mensaje a ese teléfono, informando la geolocalización, un dato que es clave, y alcanzará con apretar el botón “Sí, soy yo” para entrar.
Hecho esto, también podés agregar esa cuenta a Authenticator. Nunca estás de más.
Puede optarse por que el teléfono pregunte cuando un dispositivo nuevo intenta entrar en nuestras cuentas de Google
Otra cosa: es posible y altamente aconsejable también imprimir una serie de códigos de seguridad, por si todo falla. Dato no menor, dos servicios que en general no está bueno que nos secuestren (Facebook y Twitter) también permiten autenticación de múltiple factor; conviene activarla. Y vendrán más, pueden apostarlo. ¿Qué pasa con la privacidad? Es complicado y el panorama no se ve nada prometedor. La buena noticia es que hay servicios alternativos, como ProtonMai

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ESTRÉS PANDÉMICO


¿Fue este año o el año pasado? Por qué el estrés pandémico altera la percepción del tiempo
Una extraña sensación de atemporalidad entremezcla los acontecimientos y dificulta ponerlos en perspectiva
E. H. 
La alteración de la percepción de la temporalidad es uno de los síntomas del agotamiento físico y psíquico que protagonizan muchas personas


“¿Fue el año pasado? ¿O este?” La duda existencial se instaló en la conversación de estas dos madres, en la puerta del colegio en el que estudian sus hijos. Mientras esperaban que los chicos salieran, Nadine Fourcade y Mariela Nozzi conversaron sobre la fecha en que Mariela se contagió de Covid y quedaron atrapadas en la misma nebulosa que hoy envuelve a miles de personas. Una extraña sensación de atemporalidad que entremezcla los acontecimientos de la pandemia y dificulta ponerlos en perspectiva. “Tenés razón, fue este año. Es que estoy tan agotada, este año fueron como tres años juntos. Y todavía falta para que se termine”, dijo Mariela.
Los especialistas apuntan que el impacto que produjo la pandemia en la vida cotidiana generó, entre otras consecuencias, una alteración de la percepción de la temporalidad, un efecto similar al que viven los astronautas en el espacio, cuando no saben si es de noche o de día o cuántos días hace exactamente que salieron de su casa. Este es uno de los síntomas del agotamiento físico y psíquico que protagonizan muchas personas en esta etapa, que se percibe como el final de la pandemia, aunque nadie sabe a ciencia cierta cuándo realmente va a terminar. ¿Por qué se produce? Entre otras cuestiones, la necesidad de resetear tantas veces el sistema, adaptarse a tantos cambios de protocolo y reorganizar una y otra vez la vida cotidiana, que hacen que al final todo lo que ocurrió a partir de 2020 –desde la llegada de la pandemia– quede encapsulado en un paréntesis temporal con final incierto, se explica.
“La pandemia alteró nuestra percepción del tiempo”, advierte un estudio publicado en junio en la revista científica Time & Society. El trabajo de dos investigadores, la psicóloga uruguaya Tianna Loose y el investigador alemán Marc Wittmann, reveló que el sentido del paso del tiempo ha cambiado drásticamente desde marzo del año pasado. “La pandemia de Covid-19 afectó de manera importante muchos aspectos de la vida de las personas, provocando angustia psicosocial. Las actitudes temporales de disposición impactan en la angustia psicosocial porque desencadenarían cambios situacionales en nuestra percepción del tiempo y enfoque temporal”, afirma el trabajo.

La alteración de la percepción de la temporalidad es uno de los síntomas del agotamiento físico y psíquico que protagonizan muchas personas
Al evaluar la percepción del tiempo en un grupo de 144 estudiantes uruguayos encontraron que el 80% de las personas sintieron que el tiempo había pasado más rápido o más lento durante la pandemia. Muchos experimentaron la pandemia como “un tiempo vacío duradero que se prolonga sin un objetivo”, dice la investigación. Esto se debe a que, de la primera etapa de la pandemia (el encierro) habría poco que recordar, es decir, pocos marcadores temporales como festejos, encuentros, recitales, cumpleaños o casamientos, entre otros. Los especialistas los llaman “rastros episódicos” que se registrarán en la memoria a largo plazo. Por el contrario, en la etapa posterior al aislamiento, el cambio permanente en el presente y la dificultad para proyectar un futuro alteran la capacidad de ubicarse a uno mismo en una línea temporal.
“Creemos que este es el final de la pandemia, pero no lo sabemos. Esto genera tensión y angustia. Esta sensación de agotamiento extremo es una realidad para una gran parte de la población, después de casi dos años. Esto es parte de lo que nos va dejando la pandemia, que se suma al tipo de sociedad en que vivimos, la sociedad del cansancio, como dice Byung-Chul Han”, apunta Mónica Cruppi, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina.
Sin planificación
“Tenemos alterada la línea del tiempo; tuvimos muchos cambios y nos reseteamos varias veces. Ahora, que estamos en una cierta normalidad, nos seguimos adaptando todo el tiempo a distintas circunstancias. Esto nos demanda un esfuerzo psíquico muy grande. Existe un gran desgaste, el mecanismo de adaptación se empieza a agotar a medida que el procedimiento se vuelve repetitivo. Tenemos dificultad para ubicar 2020 y 2021 en una línea de tiempo porque vivimos forzando el psiquismo. Vivimos en un estado prolongado de incertidumbre que nos genera dificultad para planificar, ni siquiera las próximas vacaciones. Y la incertidumbre en la noción de futuro afecta la sensación de presente”, explica Cruppi.
El filósofo y psiquiatra José Eduardo Abadi acaba de publicar el libro Y el mundo se detuvo, sobre el impacto de la pandemia en la vida cotidiana. “El agotamiento psíquico que produjo la pandemia se tradujo en hartazgo, agobio físico y vivencia de ausencia de futuro”, sostiene Abadi. “Existe una dificultad para poder descargar la energía en proyectos. Quedó inhibido el soñar con el mañana. Hay mucha energía que no se pudo convertir en algo productivo y se tornó en angustia. El sentimiento y la vivencia de falta de futuro generaron un impacto enorme. Hubo que encontrar una nueva cotidianeidad, en la que el cambio fue la constante. La amenaza nos obligó a reconfigurar permanentemente nuestra realidad y esto demandó un gran esfuerzo no solo en lo físico, sino en lo psíquico. También produjo mucha rabia contenida, que es una sensación viscosa parecida al agotamiento y generó formas de depresión reactiva, que se manifiestan como desinterés, desgano, ausencia de motivación”, describe Abadi.

Quedó inhibido el soñar con el mañana; hay mucha energía que no se pudo convertir en algo productivo y se tornó en angustia
“Tenemos alternada la percepción del tiempo. De pronto, el mundo se detuvo y desaparecieron nuestra autonomía, nuestra libertad para movernos. Todo quedó suspendido en el tiempo y espacio hasta que algo suceda. El reloj y el tiempo interno ya no coinciden. La gran pregunta sobre qué va a pasar sigue sin respuesta, y eso genera mucha ansiedad”, agrega.
“La pandemia fue al principio una situación aguda, un cambio que duraba unos días y finalmente se volvió crónica”, explica Fernanda Giralt Font, subdirectora del Departamento de Psicoterapia de Ineco y directora del curso de posgrado Abordaje Cognitivo Conductual del Estrés de la Universidad Favaloro. “Esto significó que hubo que desplegar recursos adaptativos frente a una situación de alarma. Sin embargo, cuando la situación se prolongó, terminó provocando un estrés crónico y casos de burn out en el ámbito laboral. Este estrés generalizado produce síntomas cognitivos y fisiológicos, esa sensación de que la situación desborda los recursos que tenemos para afrontarla. También, en situaciones de trabajo, agotamiento, sensación de no dar más a nivel emocional; fatiga mental y emocional y un distanciamiento, una despersonalización de la tarea que realizamos. Más indiferencia y desapego, se reduce el compromiso y baja la productividad. Una sensación de ineficacia profesional”, enumera Giralt Font.
El nivel de estrés sostenido afecta la memoria y las funciones ejecutivas del cerebro, ya que el cuerpo segrega elevadas cantidades de cortisol. Esto impacta en la percepción temporal, se produce fatiga y cansancio muscular. “La pandemia generó una gran cantidad de estresores. La falta de predictibilidad, la sensación de amenaza, el aislamiento, la difícil situación económica, por mencionar algunos”, dice la especialista. “En la nueva normalidad, se superpusieron roles. Lo sabe quien trabajó todo este tiempo desde su casa. Todo transcurre en el mismo espacio, superpuesto. No hay escenarios variados y son pocos los estímulos. La percepción del tiempo y el espacio está afectada”, concluye.

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PODEROSA NOVELA AMERICANA


Jonathan Franzen La novela americana recobra su pulso
— Anunciada como la primera entrega de una trilogía sobre los años setenta, Encrucijadas es el poderoso regreso a la ficción del autor de Las correcciones, un diseccionador serial de familias sin rumbo
(Traducción de Jaime Arrambide)
 Dwight Garner

La nueva novela del estadounidense Jonathan Franzen (Chicago, 1959),
SALAMANDRA
640 PÁG.
2999 $

 Encrucijadas, es la primera de un proyecto de trilogía, y con eso alcanza para desconfiar. Las buenas trilogías rara vez lo parecen desde un principio. Y el título abarcador de la saga, “Una clave para todas las mitologías”, bien podría ser un guiño a Middlemarch, el clásico de George Eliot, pero también es como si Franzen estuviera conjurando al mitólogo Joseph Campbell, o al poeta Robert Bly, o a J.R.R. Tolkien, o al grupo Yes.
Pero después está Encrucijadas en sí, una novela sensible y pausada en tonos sepia y ambientada en los años 70, tal vez lo más amable que Franzen haya escrito hasta ahora, más amplia en sus simpatías humanas, más densa en imágenes e intelecto. Y si se extraña algo de la acritud de novelas anteriores como Las correcciones o Pureza, hay en este nuevo opus poderosas compensaciones.
Encrucijadas es una novela larga, de casi 600 páginas. Franzen se toma su tiempo para dar espacio al lento ascenso y caída de su personaje, para machacar con sus temas y para una avalancha de acontecimientos –un choque de autos, violación, intentos de suicidio, adulterio, trafico de drogas e incendios provocados– que van apareciendo de a poco, como si llegaran arrastrándose por el jardín y quedaran expuestos a la luz del sol.
La novela transcurre en la Chicago suburbana, y los protagonistas son los Hildebrandt, otra de esas familias aparentemente sólidas del Medio Oeste norteamericano que suele retratar el autor –como los Lambert de Las correcciones (2001) y los Berglund de Libertad (2010)– que en realidad tienen pies de barro.
Es una novela de fuerte temática religiosa. En la narrativa de Franzen, las familias son su propia forma de religión, con sus propias opciones de salvación y purificación, y otras tanta de apostasía. Y tal vez el mayor peligro en estas familias sea malinterpretar el papel que ha cada uno le ha tocado.
El título, Encrucijadas, es el nombre de un grupo juvenil muy popular de la iglesia local, pero tiene un segundo significado. El patriarca de la familia, Russ Hildebrandt, es también el idealista pastor asistente de esa iglesia y un fanático del blues, y le presta sus discos de Robert Johnson a una joven y adorable viuda de su feligresía con la que le gustaría acostarse (Russ está casado.)
Es conocida la leyenda sobre Johnson: dice que el bluesman se encontró con el diablo en la encrucijada de las rutas 49 y 61 en Clarksdale, Misisipi, donde le vendió su alma por el dominio de la guitarra. A lo largo de esta novela, cada uno de los personajes principales –Russ, su esposa Marion, y sus tres hijos, Clem, Becky y Perry– sufre una crisis de fe y de moral. Están parados en su propia encrucijada y analizan lo que el diablo tiene para ofrecer.
Para Russ, que ha sufrido una variedad de humillaciones profesionales, la crisis es de autenticidad. Su potencial amante pone Johnson en el tocadiscos, y ese sonido sumerge a Russ “en ese mundo siseante de baja fidelidad que canta Robert Johnson. Nunca se había sentido tan atravesado por la belleza del blues, por la punzante sublimidad de la voz de Johnson, pero tampoco tan condenado por ella.”
De joven, Russ había participado con Stokely Carmichel en las marchas por los derechos civiles y había luchado contra la segregación de las piscinas públicas de la gente de color. Pero en su iglesia de suburbios se siente “un parásito del fin de los tiempos, un fraude. Y empezó a pensar que todos los blancos eran un fraude, una raza de espectros parasitarios, y él más que ningún otro.” Sus hijos lo miran día a día con mayor desaprobación. Clem le pregunta: “¿Tienes idea de la vergüenza que pasamos por ser tus hijos?”
Como le ocurre avece al propio Franz en–sino en la página en la arena pública, debido al tiempo que se toma entre novelas–, Russ es tan intolerable y tan poco cool, un espantajo poco agraciado de una era anterior, que uno lo siente al borde de la redención. Los chicos Hildebrandt están bien, o eso parece al principio. Pero Clem, que se fue a la universidad, vuelve con noticias que herirán profundamente a su padre pacifista: se enlistó como voluntario para luchar en Vietnam. Becky es la reina social de la escuela secundaria que descubre el derrape en la contracultura del sexo, las drogas y el rock ‘n’ roll. El hermano menor, Perry, es un dealer de drogas inadaptado con un altísimo coeficiente intelectual, una bola sin manija que gira a toda velocidad con objetivo desconocido.
Franzen narra estas historias y sus derivaciones con tanta habilidad y calma que en algunos momentos puede parecer que está en piloto automático a velocidad crucero, al estilo de John Updike. Pero el personaje que realmente parte la novela al medio, y que es uno de los personajes gloriosos de la reciente ficción estadounidense, es Marion, la esposa de Russ.
Al principio Marion es como un mamarracho, casi un cero a la izquierda, la esposa de un pastor con sobrepeso, invisible excepto como una “cálida nube” materna. Russ, a quien la gente le encuentra similitudes con Atticus Finch (el de Matar a un ruiseñor) o Charlton Heston, siente vergüenza de Marion y de su “lamentable cabello, su maquillaje inútil, la perjudicial elección de su vestido”.
Marion es otra de las mujeres torpes y sufridas de Franzen, como Enid Lambert y Patty Berglund, que completan el círculo. Franzen va despegando metódicamente las capas de la vida de Marion, capas que su esposo y sus hijos en gran parte desconocen: su internación de varios meses en un hospital psiquiátrico cuando tenía 20 años, su romance proscrito con un vendedor de autos casado en el Oeste, un aborto conseguido solo por la intercesión de un hombre que la viola repetidamente durante varios días.
Y a mitad de la novela, Marion se despierta y se da cuenta de que “era una madre con cuatro hijos con el corazón de una chica de veinte”. Se dice a sí misma que no es una buena persona, que miente, que roba joyas. Más adelante en la novela, dinamita la poca vanidad que le queda a Russ. Por momentos, a ella solo parece aplicársele la lógica del diablo.
En Encrucijadas la acción es un flujo y reflujo hacia varias escenas de elevada intensidad. Una ocurre durante un cóctel, otra en territorio navajo, en Arizona, donde el grupo juvenil de la iglesia se ha ido de retiro.
Flannery O’connor hablaba del “momento de la gracia” que aparece en muchos de sus cuentos, “ese momento en que la gracia es ofrecida, y generalmente rechazada”. La novela de Franzen está llena de esos momentos. Son las pruebas que la mayoría de los que leen tienen miedo de no poder superar. “Era raro que la autocompasión no esté en la lista de pecados mortales”, pensó Russ. “Ninguno ha sido más letal”.

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ANORMALIDAD EN TODAS LAS ÁREAS, RETROCESO HISTÓRICO Y MORAL....UN ASCO..


¿Un fin de semana de gloria para Cristina Kirchner?
Los nexos entre su insólito sobreseimiento y la carta que otorgó el dispositivo “manos libres” a Alberto Fernández para acordar con el FMI

Claudio Jacquelin

El texto de Cristina Kirchner dejó el peso del acuerdo con el FMI sobre las espaldas de Alberto Fernández
 

La cronología ofrece evidencias concluyentes. No hay posibilidades de desligar el insólito sobreseimiento de Cristina Kirchner, antes del comienzo de un juicio oral en su contra, de la carta en la que (a su estilo) le otorgó el dispositivo “manos libres” a Alberto Fernández para negociar con el Fondo Monetario Internacional.
El tiempo permitirá dilucidar si se trata de causalidad o de mera correlación. Lo que pueden descartarse son las casualidades. Son demasiados los puntos que unen los dos hechos que marcaron el fin de semana de gloria de la vicepresidenta. Tres días en los que la jefa volvió a recuperar la centralidad absoluta de la agenda pública con la voracidad de quien sufrió el síndrome de abstinencia, después de dos semanas de riguroso ayuno.
La noticia deseada que la defensa judicial (y extrajudicial) de Cristina Kirchner tanto había gestionado irrumpió casi al mismo tiempo en que en la residencia de Olivos se hablaba de la necesidad de emitir alguna señal destinada a despejar las dudas sobre la actitud del cristicamporismo frente a la negociación con el Fondo Monetario Internacional. Los tiempos habían empezado a urgir, tanto como lo hizo evidente la polémica e intempestiva decisión de prohibir que se paguen en cuotas los gastos turísticos en moneda extranjera.
No habían sido suficientes las expresiones de apoyo a un acuerdo formuladas el día anterior por el ministro Eduardo (ex Wadito) de Pedro ante empresarios españoles. Ni aunque provinieran del embajador de Cristina y Máximo Kirchner en la Casa Rosada. Como admitió (entre el orgullo y la pretendida molestia) la propia vicepresidenta en su carta, lo que todos querían y quieren saber siempre es su opinión sobre los temas en los que su capacidad de veto sigue intacta.
En esa secuencia, más algún mensaje anticipatorio de la misiva cristinista que llegó a Olivos, le permitió al entorno presidencial interpretarla como un apoyo a la dilatada negociación en marcha, que necesita de una aceleración desesperada.
“Hay que verlo como un respaldo a la manera de Cristina, que nunca te va a regalar nada ni jamás entrega ninguna de sus banderas. Menos su capital simbólico cuando está en retroceso. Así que teniendo en cuenta las anteriores cartas, no hay otra manera de verla que como constructiva”, admite un alto funcionario del Gobierno, en coincidencia con otros destacados dirigentes de la coalición gobernante.
También es mayoritario el reconocimiento de quienes conocen la intimidad del poder de la simultaneidad del fallo judicial y la gestación de la carta. Hacía mucho que la realidad le escamoteaba buenas noticias a la vicepresidenta. Fue una alineación de planetas en el módico universo albertista, que procuraron no desaprovechar.
Los funcionarios prefieren hacer una edición cuidada del texto cristinista. No niegan que la vicepresidenta buscó despegarse de las consecuencias políticas negativas que pudiera tener ese acuerdo al deslindar todas las responsabilidades en Fernández y cargar todas las culpas en la oposición. Prefieren comprar (y vender) el vaso medio lleno, aunque el contenido sea venenoso.
Así es como en el entorno presidencial también publicitan la cita al discurso presidencial del 9 de julio último, a pesar de que la mención parece encerrar más una amenaza que un reconocimiento. Tan escasa de afectos ha sido la comunicación epistolar pública de la vicepresidenta al Presidente que hasta una mención que termina con una velada advertencia es motivo de festejo. “Antes que eso [claudicar ante los acreedores], me voy a mi casa”, recuerda Cristina que dijo Alberto, Y lo hace propio. “Tenés las manos libres, pero…”, sería el subtexto.


El optimismo urgente

En otro de los gestos de optimismo que suelen caracterizar al Presidente y su entorno cuando algo no les sale mal, ya empezaron a difundir perspectivas favorables para una economía que hasta acá solo aportó sinsabores, algunos tan grandes como el traspié electoral. Aunque no fue ese el motivo excluyente de la derrota, tema sobre cuyas causas y significados sigue habiendo disidencias entre Fernández y Fernández.
Durante el fin de semana de gloria cristinista, en la quinta de Olivos se dedicaron a recopilar las señales positivas que creen encontrar para los próximos meses. Entre ellas, sobresale la creencia de que entre la Navidad y el Año Nuevo se podría firmar un preacuerdo o carta de intención con el FMI. Los escépticos dicen que Papá Noel no existe y recuerdan que la vestimenta con la que se lo representa tiene origen estadounidense. Luego advierten que hay varios puntos nodales todavía abiertos.
Vencidas ya las ínfulas cristicamporistas que pretendían plazos más largos de pago que los que la carta orgánica del Fondo permite, ahora la discusión pasa por el escalonamiento de esos pagos y los respectivos montos. El objetivo es que las cuotas más pesadas lleguen lo más tardíamente posible para despejar más temprano la incertidumbre y el riesgo de manera de poder acceder pronto a financiamiento en los mercados. Tecnicismos con efectos prácticos.
Otro tanto tiene que ver con el permiso del organismo para que puedan utilizarse los aportes conocidos como derechos especiales de giro a modo de préstamos entre países. En los sueños del Gobierno repican las charlas al respecto con los gobiernos de Rusia, México, Italia y Portugal, junto con las conversaciones para obtener un aporte (swap) de los Emiratos Árabes Unidos. La credibilidad tiene que lidiar con los antecedentes. “Firmar para creer”, parece ser el otro subtexto que surge de la carta en la que Cristina Kirchner da permisos para intentarlo y evitar las acusaciones de obstruccionista.
A Fernández no le quedan más opciones que intentar todas las opciones que se le presentan. Aunque el camino por el que transita es siempre estrecho y escarpado, y lo expone a asumir más riesgos de los que está acostumbrado. Desde el acto en la Plaza de Mayo, los que hace mucho esperaban alguna reacción personal del Presidente cuentan los pasos dados hacia adelante y los días transcurridos, aunque con el temor siempre presente de que en cualquier momento pueda escabullirse por algún atajo o retroceder.
La carta de Cristina Kirchner les devolvió ánimos a los que alguna vez soñaron con el “albertismo” y ahora se conforman con que el Gobierno dé algunas señales de autonomía. Se complacen, además, con que la tensión con Máximo Kirchner y La Cámpora no haya bajado. A veces hay que limitarse a festejar los córners a favor. No hay mucho más para celebrar.
Los temores a un diciembre caliente no están despejados, pero subidos a un cálculo pragmático y bastante cínico en el Gobierno dicen descartar conflictos serios: “Abajo hay contención y no faltan recursos. Los que más enojados están y es posible que lo estén más son los de las clases medias. Pero ya nos golpearon con el voto y esos no salen a tomar supermercados”, explican sin miedo a quemarse, a pesar de la temperatura en alza en esos segmentos.
Las últimas noticias, seguramente, en nada ayudarán a enfriar los ánimos de los dos tercios de votantes que se pronunciaron contra el oficialismo. Son demasiados los estudios de opinión que muestran que la razón de su rechazo no fue solo la situación económica.
La distancia que media entre la realidad de la dirigencia y la vida cotidiana de los ciudadanos comunes es un factor de descontento creciente. Las discusiones de temas alejados de los problemas que afectan, sin solución, a la mayor parte de la sociedad o los privilegios de los que gozan sus representantes aparecen como las causas de mayor irritación.
Un golpe al sentido común
Si la carta de Cristina poco aporta para modificar la ecuación, su inédito sobreseimiento antes de que comience el juicio oral en su contra puede parecerse a combustible en campo seco.
Es comprensible que ella celebre el contorsionismo procesal de algunos jueces que la favorecen, pero cuesta entender que en la coalición gobernante no adviertan las posibles consecuencias de esas maniobras que golpean lo que para muchos es un sentido común.
Destinada definitivamente a pérdida la confianza en la Justicia, como reflejan todas las encuestas, y sobre la base del natural desconocimiento legal de la mayoría, el juicio ético prevalece sobre cualquier discusión jurídica. Por ajena, inaccesible e incomprensible.
En ese plano, nada puede hacer más ruido para el ciudadano común que el argumento tantas veces expresado por la defensa judicial de la expresidenta en el sentido de que los beneficiosos negocios de la familia Kirchner con los contratistas del Estado amigos Cristóbal López y Lázaro Báez pueden no ser éticos, pero (a su entender) no son ilegales.
Así explica el abogado Carlos Beraldi y repite el kirchnerismo todo cuando se los interpela sobre el aumento sideral del patrimonio de la familia bipresidencial mientras ejercieron el poder.
No parecen reparar (para ser benévolos) en que ese enriquecimiento veloz y descomunal solo fue posible merced a una posición de privilegio ajena a la mayoría de los argentinos. Para muchos, si eso no es una agresión, cuanto menos es una burla.
El mismo argumento exculpatorio, basado en la supuesta ausencia de delito, utilizó el Presidente para sentirse exonerado por haber protagonizado una fiesta clandestina en la residencia de Olivos mientras mantenía a la inmensa mayoría de los argentinos enclaustrados por la cuarentena.
Idéntica actitud adoptó toda la coalición gobernante cuando se destapó el vacunatorio vip. En ambos casos, no obstante, avanzan las causas judiciales. A la mayoría de la ciudadanía le importa ya demasiado poco la suerte de esos procesos. Su veredicto se expresó en las urnas y en las encuestas de opinión sobre la gestión del Gobierno y la imagen de los principales funcionarios, empezando por Alberto Fernández y Cristina Kirchner. Más de dos tercios los reprueban.
Si los antecedentes cuentan, deben abrirse, inexorablemente, algunas preguntas: ¿habrá sido este un fin de semana de gloria para Cristina Kirchner? ¿Tendrá el Gobierno motivos para sostener su optimismo?

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LA DESPRESTIGIADA JUSTICIA ARGENTINA Y EL BOCHORNO Y HARTAZGO DEL PUEBLO


Una Justicia moralmente quebrada

Joaquín Morales Solá


Dos jueces, Daniel Obligado y Adrián Grünberg, tiraron por la ventana el poco prestigio que le quedaba a la Justicia argentina. Un país sin respeto a la Justicia; eso es lo que quedó. Cayeron al vacío muchos jueces y fiscales con sensibilidad moral y profesional. Para desgracia de estos, lo que resalta es el hecho que perpetraron en la avanzada tarde del viernes aquellos dos jueces, el mayor escándalo judicial de los últimos tiempos. Obligado y Grünberg pasaron del prevaricato a la obscenidad y de la obscenidad a la pornografía. Sobreseyeron a Cristina Kirchner y sus hijos sin juicio previo por el delito de lavado de dinero en los hoteles y edificios de la poderosa familia política. Es, junto con la causa de los cuadernos, la denuncia de corrupción más grave que interpela a la actual vicepresidenta. El expediente Hotesur y Los Sauces, que esos dos jueces cerraron sin vergüenza y sin pudor, investiga delitos cometidos por la familia Kirchner y los empresarios kirchneristas Lázaro Báez y Cristóbal López. No hay exfuncionarios en el medio, como es el caso de los cuadernos. Son solo los Kirchner y sus socios acumulando millones de dólares que le habían sustraído al pobre Estado de un país pobre.
Las tropelías cometidas en Hotesur fueron investigadas inicialmente por los periodistas Hugo Alconada Mon y Mariela Arias, corresponsal en Santa Cruz. Arias sufrió luego de la investigación graves represalias en Río Gallegos, que afectaron a su casa y a su auto y pusieron en riesgo su integridad física. El caso fue tomado luego por la Justicia. El expediente de Hotesur lo llevó adelante al principio el fallecido juez Claudio Bonadio, quien allanó las oficinas de los hoteles de la familia Kirchner en noviembre de 2014, cuando Cristina era presidenta de la Nación. Bonadio se hizo acompañar por la policía metropolitana, que le garantizaba reserva. Cristina estaba en El Calafate cuando llegó Bonadio. Ella ordenó que la Gendarmería rodeara su casa e impidiera el ingreso del juez. Pero Bonadio no iba a su casa, sino a los hoteles. El infaltable Jorge Capitanich calificó esos allanamientos de “golpe de Estado”, una denuncia elefantiásica que compartió Carlos Kunkel. Dos jueces de la Cámara Federal, Jorge Ballestero y Eduardo Freiler, apartaron luego a Bonadio, pero la causa cayó en manos de otro juez inflexible y honesto, Julián Ercolini. Ballestero y Freiler se fueron más tarde de la Justicia acusados de prácticas corruptas.
No cometieron un delito, se arrepintieron y dejaron de hacerlo. Lo cometieron hasta que dejaron el poder. La obscenidad se vuelve pornografía
Ercolini y los fiscales Ignacio Mahiques y Gerardo Pollicita, que unificaron las causas Hotesur y Los Sauces (parecidas entre ellas), llegaron a la conclusión de que se habían usado hoteles y edificios para lavar dinero de la corrupción. La práctica era muy simple. Báez y López eran beneficiados con contratos con sobreprecios. El dinero espurio lo recibían en blanco de parte del Estado (no podía ser de otra manera); parte de ese dinero debía ser convertido en negro para pagar los sobornos –la ruta del dinero K–, y al final tenían que ponerlo en blanco de nuevo para que los sobornos tuvieran otra forma. Para blanquear ese dinero (o parte de él) crearon el negocio de los hoteles y edificios. Báez contrataba la administración de los hoteles y les pagaba a los Kirchner un canon anual que superaba cualquier ganancia posible de un simple propietario. Lo mismo hacía Báez, ya junto con López, en edificios de los Kirchner, agrupados en la sociedad Los Sauces. La corrupción y el lavado de dinero fueron comprobados en primera instancia y confirmados por la Cámara Federal. La propia Cámara de Casación, el máximo tribunal penal del país, acaba de ordenar que el juicio oral y público se realice, respondiendo a otro pedido de Cristina Kirchner. Pero la expresidenta tenía en la manga la descarada complicidad de los jueces Obligado y Grünberg, que eran los que debían llevar adelante ese juicio oral y público. Decidieron sobreseerla antes de juzgarla. Obligado está al servicio del kirchnerismo (es amigo de Aníbal Fernández) y Grünberg es un aliado ideológico de la expresidenta. Sobresale la digna soledad de la jueza Adriana Palliotti, la única del tribunal que votó en minoría para juzgar a la vicepresidenta.
Es bochornoso que esos dos jueces, que integran un tribunal oral y público, hayan llegado a la conclusión de que hubo inexistencia de delito antes del juicio oral y público. Esa figura jurídica puede reclamarse, y resolverse, en primera instancia, pero no cuando la causa ya llegó al juicio oral. El expediente está en situación de juicio oral cuando las instancias previas (la primera, la Cámara Federal y, eventualmente, la Cámara de Casación) coincidieron en que el caso debe resolverse en un debate público. Sobreseer a alguien, a cualquiera, sin juicio previo cuando el caso ya está en manos de un tribunal oral y público es un contrasentido jurídico y una inmoralidad política. Grünberg está además interinamente en ese tribunal, interinato que vence el próximo martes. Llegaron al absurdo (ahí está la obscenidad) de sobreseer a la poderosa vicepresidenta sin esperar el resultado de medidas de pruebas que se habían pedido. Todo debía ser rápido. La ansiedad de Cristina se puede explicar, pero ¿qué llevó a esos jueces a actuar contra el derecho, el sentido común y la ética? Habrá en algún momento, no ahora, un Consejo de la Magistratura en condiciones de investigar qué pasó.
Obligado y Grünberg dijeron que, aun cuando se haya cometido el delito (ellos mismos lo aceptan como posible), este se cometió en 2008 cuando el lavado de dinero no era un delito autónomo y, por lo tanto, debe comprobarse de dónde salió esa plata sucia. Mienten. Si bien el lavado de dinero como delito autónomo (no se necesita probar de dónde salió la plata) rige desde 2011 por una imposición de las autoridades internacionales que monitorean el trasiego del dinero, también es cierto que en este caso se trata de un delito continuo porque se perpetró hasta 2015. No puede aplicarse la ley más benigna porque el delito se siguió cometiendo aún después de sancionada la ley sobre el delito autónomo. No ocurrió que cometieron un delito, se arrepintieron y dejaron de hacerlo. Lo siguieron haciendo hasta que dejaron el poder. La obscenidad se vuelve entonces pornografía. Ya en la causa llamada la ruta del dinero K, la mayoría del tribunal oral, que condenó a Lázaro Báez, sostuvo que ese dinero salió de la corrupción de la obra pública. Cristina Kirchner debió ser procesada en esa causa, pero el juez Sebastián Casanello se opuso. La causa de los sobreprecios de Vialidad, también en beneficio de Báez, está en un proceso lento, insoportablemente cansino, de un juicio oral. La Corte Suprema debe decidir un pedido de Cristina Kirchner para que se haga una auditoría sobre la obra pública desde 2003; es decir, una auditoría que llevaría el final del juicio hasta cuando ya solo vivan los nietos de Cristina Kirchner. La mayoría de los miembros de la Corte (Horacio Rosatti, Juan Carlos Maqueda y Carlos Ronsenkrantz) está integrada por jueces íntegros, cuya honorabilidad nunca fue puesta en duda. Ellos tienen ahora una decisión crucial en sus manos.
“Después de este fallo, es difícil decir que en la Argentina rige el Estado de Derecho”, sostuvo el viernes un funcionario judicial que conoce la causa sepultada por los jueces Obligado y Grünberg. “El sistema está roto, la Justicia está quebrada”, señaló, no sin dramatismo, otro magistrado. El Consejo de la Magistratura, tal como está, es impotente para cubrir vacantes de jueces o para sancionar a los jueces que frecuentan el prevaricato (dictan fallos arbitrarios cuando saben que la resolución es injusta) o la corrupción. Es probable que la Cámara de Casación deje sin efecto la decisión de Obligado y Grünberg. Deberá elegir a otro tribunal, lo que no dejará de ser una buena noticia. La decisión vigente ahora habrá sido, en tal caso, una infamia vana, un inservible escándalo político y moral.

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