martes, 31 de mayo de 2022

ELECONOMISTA....NOTICIAS

 


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LOS ENOJOS


Hablemos de familia. Enojarse no está mal, solo hay que aprender a hacerlo
Furia de pasiones: no se trata de reprimir la ira, sino de identificarla, encauzarla y convertirla en una energía positiva

Maritchu Seitún
Salir del enojo es un logro para el que no hay atajos, pero primero es necesario conectarse con el mundo interno
El enojo es parte de un mecanismo de supervivencia que se pone en marcha desde hace muchísimo tiempo, cuando el ser humano vivía en cuevas o en la selva; en esa época su permanencia en esta tierra dependía del enojo y del miedo que habilitaban respuestas rápidas y eficaces en momentos de peligro. Hoy sólo muy pocas veces es de vida o muerte, pero sigue siendo necesario que nos enojemos en muchas situaciones: por ejemplo, cuando se violan nuestros derechos, cuando nuestra seguridad o la de nuestros seres queridos están en juego, o ante injusticias que sufrimos u observamos.
El enojo es una de las emociones básicas, una señal de alarma necesaria que nos ofrecen nuestras hormonas para avisarnos que algo está mal o que algo o alguien está invadiendo nuestra frontera (física o emocional). Sentir enojo nos alerta y prepara para defendernos, pero a diferencia de los animales (a ellos nadie les enseñó que está mal enojarse), es muy probable que tengamos una opinión negativa sobre esta emoción: es lo que aprendimos de chicos cuando nos decían a cada rato: “¿cómo te vas a enojar si no lo hizo a propósito?”, o “es chiquito, no te enojes”, o “por algo habrá sido”…
El enojo es humano, necesario e inevitable. Pero tiene mala prensa, por la forma impulsiva, no pensada, en que a menudo reaccionamos, en lugar de utilizarlo como señal para responder reflexivamente, desde nuestro cerebro integrado –sumando la corteza, la parte más humana de nuestro cerebro–, tomándonos el tiempo de evaluar la situación, entender el porqué de nuestro enojo y actuar en consecuencia. De ese modo podemos elegir lo que hacemos a partir de lo que sentimos, y así aprendemos (y con nuestro ejemplo enseñamos a nuestros hijos, alumnos, amigos, empleados o jefes) a manejar este sentimiento y usarlo en nuestro beneficio, sin olvidar al otro ni al entorno.
El buen enojo, la agresividad sana, es una fuente de fuerza: nos da energía, nos motiva a mejorar, alimenta nuestras ambiciones y nuestras metas, ayuda a definir nuestra identidad y nuestras fronteras, quiénes somos y quiénes no somos, qué queremos. Reconocer que no está mal enojarnos mejora nuestra autoestima.
El buen enojo, la agresividad sana, es una fuente de fuerza: nos da energía, nos motiva a mejorar, alimenta nuestras ambiciones y nuestras metas, ayuda a definir nuestra identidad y nuestras fronteras, quiénes somos y quiénes no somos, qué queremos. Reconocer que no está mal enojarnos mejora nuestra autoestima. En cambio nos debilitamos cuando no nos conectamos con el enojo porque consumimos energía en tapar, negar, reprimir, racionalizar o acusar a otro de ser el causante de ese sentimiento con el que no estamos cómodos.
Hace años que me interesa el tema y eso me llevó a elegirlo para la charla TEDx Córdoba en 2016, y este año a escribir con mi hija Sofía Chas el libro Coco y Mini se enojan, en el que además abordamos el tema de los berrinches de los más chiquitos.
Es necesario tomarse el tiempo para evaluar el porqué del enojo y usarlo en nuestro beneficio, sin olvidar al otro ni al entorno
Hay enojos que no son agresividad sana:
a) La violencia y la agresión de cualquier tipo hablan de una respuesta impulsiva no procesada ni integrada.
b) En algunas oportunidades el enojo aparece en lugar de otra emoción, nos hace sentir fuertes y nos prepara para defendernos. Aparece después de haber sentido otra emoción “fragilizante”, como vergüenza, ofensa, frustración, miedo, humillación, incomodidad, incluso tristeza. En esos casos “preferimos” (no conscientemente) sentir enojo a ver y/o mostrar nuestra vulnerabilidad. ¿Suena raro? Puede ser, pero es muy humano…
c) Otras veces nos enojamos con el otro como proyección de nuestro enojo con nosotros mismos, por no poder hacernos cargo, como el chico que se enoja con su mamá (¡”Perdí a la Play porque vos entraste y me distrajiste!”) porque no puede aceptar que fue él el que perdió.
¿Qué pasa cuando no procesamos bien el enojo? La emoción no procesada sigue por “rizoma”, va por debajo de la tierra y aparece en los momentos y lugares y con las personas menos pensados y apropiados.
El enojo contenido, reprimido, negado, suprimido, vuelto contra nosotros mismos, tanto puede llevar a enfermedades o ansiedad, como a ciclos de represión y estallido o a violencia de cualquier tipo, mal humor permanente, irritabilidad.
Así, andamos por la vida con el freno de mano puesto porque gastamos energía en no sentir (energía que sería nafta de primera calidad para poder defendernos bien) y nos falta energía vital, fortaleza, habilidad, confianza, autoestima.
O damos respuestas equivocadas y tomamos malas decisiones, fruto del desconocimiento de lo que sentimos.
O sacamos el enojo estallando como la lava de un volcán, como si el solo sacarlo para afuera sirviera para resolver.
Pensar o sentir no es hacer: concedámonos a nosotros y a nuestros seres queridos el derecho a la protesta, aceptemos todo lo que sentimos, pensemos “en borrador”. Porque cuando solamente lo hacemos “en limpio”, desaparece nuestra conexión con el mundo interno, la espontaneidad y originalidad. Siempre hay tiempo para ver qué hago con lo que siento.
Por el simple hecho de vivir causamos dolor y/o enojo a otros, y otras personas nos hacen sentir lo mismo a nosotros. Salir del enojo es un logro para el que no hay atajos, pero primero es necesario conectarse con el mundo interno.
Lleva muchos años acompañar a los chicos para que aprendan a sentir y a resolver bien lo que sienten, a encauzarlo. Es fundamental ese acompañamiento ya que, por ejemplo, la energía de un válido enojo con la injusticia social podría usarse con objetivos muy diferentes: tanto podría llevarlos a robar o a poner una bomba, como a estudiar Asistencia social, colaborar en alguna ONG, o trabajar en Médicos sin fronteras.
Tenemos que animarnos a conectar con ese buen enojo para poder cuidar bien nuestras fronteras: las de nuestra persona, nuestra gente querida, nuestras pertenencias, nuestra casa, incluso de nuestra patria.

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LOS CAMBIOS IMPORTANTES EN LA ADULTEZ

 


Volantazos profesionales: historias de los que se animaron a dar un salto vocacional y empezaron una nueva vida
Los especialistas plantean que las trayectorias laborales ya no son lineales y que, en plena adultez, suelen surgir intereses postergados o desconocidos; los desafíos y los aprendizajes del cambio, en primera persona
Mariana Israel
Pasar de las ciencias duras a las blandas. Virar de lo intelectual a lo manual. Los giros vocacionales adoptan distintas formas y, si bien suelen aparecer como volantazos abruptos, pueden formar parte de un proceso que se venía gestando. Algún evento ayuda a tomar la decisión, actúa como disparador para dar el salto, a pesar del vértigo.
“Cada década tiene su crisis vital, que puede reflejarse en lo laboral. Hay jóvenes que, cuando terminan de estudiar e ingresan al mundo del trabajo, se dan cuenta de que no era lo que esperaban. A los 40 años, cuando uno se replantea el rumbo y piensa en los siguientes 30 o 40 años de su vida, pueden surgir nuevos intereses o habilidades que tal vez no existían antes, o no estaban de moda”, explica Mercedes Korin, asesora en desarrollo profesional.
La experta señala que también puede suceder que el volantazo irrumpa “porque viene un camión de frente”: nos despiden, la empresa cierra o necesitamos salir de una situación tóxica. De todos modos, según su experiencia, la mayoría de las veces el cambio llega de la mano de preguntas que nos empezamos a hacer y de redefiniciones profundas.
“Me animé a mi tiempo”
Luz Birba trabajó 15 años en marketing, pero hace 5 inició un rumbo completamente diferente. “No me arrepiento de nada de lo que hice antes. No solo me dio herramientas, sino que pienso que cada cosa madura a su tiempo. Me animé a mi tiempo”, expresa la mujer de 52 años, de San Isidro.
Desde su taller en San Isidro, Luz asegura que no cambia por nada su nueva vida, aunque le llevó años tomar la decisión de dedicarse a otra cosa
“Siempre me gustaron las manualidades y el arte. De hecho, hice orientación vocacional y me daba música como primera sugerencia. ¿Pero qué iba a hacer yo como profesora de arte? Ahora hay más aceptación de otras carreras”, analiza Luz.
Primero estudió Sistemas y después Administración de Empresas. “Buscaba una buena salida laboral”, confiesa. Y lo logró. Creció y se consolidó en una compañía de bebidas y alimentos. Cuando nació su segunda hija, sintió que ya había cumplido una etapa y decidió renunciar.
“Me abrí por mi cuenta, con una colega y un amigo que tenía una agencia de viajes, y organizábamos eventos para empresas. Era muy divertido, pero me estaba cansando, me sentía fuera de ritmo. Me pesaba el trabajo en eventos. No dormía bien. Además, mi sueño era trabajar en mi casa, con mis horarios”, dice.
La alfarería siempre había sido un hobby, al que podía dedicarle más o menos tiempo en función de la rutina. Pero en algún momento empezó a pensar la idea de abordarlo como un oficio. Era una oportunidad concreta de trabajar desde su casa y de tener algo propio. Finalmente, en 2017 comenzó a dar clases en su living comedor. “Ya tenía un torno para uso personal y me compré otro. Empecé con mi tía, mi prima, mi hermana, hasta que me llamó alguien de afuera de la familia. Pero yo no había estudiado Bellas Artes, no me sentía capacitada… ¿cómo voy a enseñar sin estudiar? Tenía inseguridades, a pesar de que había hecho como 15 años de taller de alfarería”, relata.
Pero la demanda era insistente y los comentarios, muy positivos. Luz recibía mensajes que la fueron convenciendo de que tenía que animarse. “Vi que a la gente le gustaba y yo la pasaba bien, entonces agregué tornos, invadí el living y todo fluyó. Al mismo tiempo, tenía miedo de largar todo, por eso en 2017 hice los dos trabajos a la vez”, cuenta. El taller fue creciendo y a finales de ese año le avisó a sus socios que ya no seguiría con los eventos.
En 2018 abrió un espacio en el frente de su casa, donde asisten unas 80 alumnas y hay otras tantas en lista de espera. “El barro tiene un costado terapéutico. Si no estás centrada, se te revira la pieza. Refleja todo. También enseña a pensar en el camino, no tanto en el resultado, que a veces es frustrante porque la pieza no sale como esperábamos. Lo importante es disfrutar del proceso, más allá de lo que surja”, resalta Luz. Y remata: “Hoy, siento que tengo más futuro haciendo esto que con la carrera que tenía. Voy a ser viejita y voy a seguir haciendo alfarería.”
"El barro tiene un costado terapéutico. Si no estás centrada, se te revira la pieza", dice Luz
¿Hay una vocación para toda la vida?
Estas reinvenciones se inscriben en una época en la que la estabilidad de las trayectorias profesionales no es la de antes, según los especialistas. “Las personas van produciendo estos cambios conforme al ritmo vertiginoso de la vida social y laboral actual”, indica Sergio Rascovan, psicólogo referente en orientación vocacional.
“El contexto va formateando las formas de vivir. La idea de la vocación para toda la vida proviene de otro contexto histórico. Parte de lo que podemos trabajar con orientación vocacional es construir nuevas ideas, erradicar las heredadas. Hasta podríamos cuestionar la propia idea de vocación en el sentido de algo estable. Hay una búsqueda a lo largo de la vida que tiene que ver con aspectos de cada sujeto y las oportunidades que tiene, y es muy probable que vayamos recorriendo diferentes caminos sinuosos, donde pueden aparecer varias vocaciones”, plantea Rascovan.
Podría ser el caso de Gustavo Luque, de 62 años, que durante 40 se dedicó a la producción audiovisual hasta que se lanzó a una transformación rotunda. “Siempre tuve la fantasía de hacer otra cosa”, admite.
Tuvo su propia productora, era exitoso, pero trabajaba en una suerte de “maratón imparable”, como él dice, sin poder dedicarle a su familia el tiempo que quería. “Cuando despegó mi último hijo, al día siguiente cerré la productora. Vendí los equipos, una moto y me compré máquinas para montar una carpintería en mi casa”, cuenta. Actualmente, vive en una casa quinta en Benavídez donde tiene su taller de muebles infantiles junto al showroom donde se venden.
Gustavo vive en una casa quinta en Benavídez, donde tiene su taller de muebles junto al showroom
“Me cambió la vida, es como jugar todo el día. Nunca pensé que esta podía ser mi profesión. Tampoco quería que este ‘juego’ complicara la educación de mis hijos; necesitaba ser libre de la presión de criarlos”, afirma.
Sus amigos todavía lo miran incrédulos: “No pueden entender de dónde saqué el empuje para largar todo y cambiar de profesión. Nunca tuve miedo. No medí la diferencia económica, ni me importó dejar de viajar por el mundo. No sufrí ni siquiera la nostalgia. Hoy estoy más liviano”, expresa.
Gustavo está convencido de que este viraje “tiene que ver con una maduración que llega con los años” y no reniega de lo que hizo antes.
A los 62 años, Gustavo redescubre a diario su pasión por la carpintería
Cómo transitar el cambio
“Ante un giro profesional, el gran dilema de muchas personas es qué hacer con todo lo realizado hasta el momento. Pero no hay que desmerecerlo. Uno no es una nueva persona, es una persona con un nuevo trabajo. La idea es dejar en la etapa anterior lo que uno no quiera replicar, pero traer todo lo que nos puede ayudar”, indica Korin.
Los factores externos pueden acelerar procesos internos, algo que quedó evidenciado con la irrupción de la pandemia. “Estar más tiempo en casa nos obligó a prestar más atención a cómo comemos, cómo pasamos el tiempo y en qué plano están los seres queridos”, describe la experta.
La finitud se hizo presente durante el encierro, que actuó como “un gran apalancador de cambios”, subraya. Además, la posibilidad de hacer el mismo trabajo pero de forma remota habilitó todo tipo de replanteos sobre el estilo de vida anterior.
Sin embargo, los giros profesionales no siempre marcan el mejor recorrido y no cualquier momento es el indicado. Korin aconseja, en lo posible, tomarse un tiempo para explorar el nuevo camino. “Cuando el volantazo no es pensado, sino que es reactivo, hay que tener cuidado. Parar la pelota, planificar el andamiaje para lo que viene, conjugar lo que es el arrojo y la valentía con la planificación y la exploración”, sugiere.
Otra recomendación es escuchar a los demás, pero no de cualquier modo. “Cuando uno hace una transformación profunda en lo laboral, se convierte en vocero de su propio cambio. Eso despierta en los demás diversas reacciones. Está bueno escuchar, pero hay que ver qué escuchamos. La otra persona seguramente dé su opinión desde sus propias aspiraciones, intereses y temores. Está bueno escucharse a uno mismo, qué nos resuena, qué nos resulta orgánico. No es ser necios, sino ser selectivos”, advierte.
“Dejé tapado lo que quería”
Los mandatos de los padres y ciertos moldes familiares juegan un papel central en la trayectoria laboral. Si bien el recorrido suele ser más confortable o lineal en estos casos, no siempre nos representa. ¿Me identifico con esta profesión? ¿Me pertenece esta elección? Animarse a semejantes interrogantes no es fácil.
“Estás en tu caja de comodidad, pero no sos feliz. Esperás que venga algo diferente, empezás a preguntarte si de esto vivirías el resto de tus días. Cuando te sentís así, hay un camino que se abre”, resume Manuel Montaner, master coach profesional.
Si cuando era chica le preguntaban qué quería ser cuando fuera grande, Magdalena Sofía Guaglianone, hoy de 40 años, respondía muy segura: “Maestra jardinera”. Pero un poco por mandatos familiares y otro poco por prejuicios hacia la docencia, terminó cursando Relaciones Internacionales en la Universidad del Salvador.
Magdalena dejó Relaciones Internacionales para calzarse el delantal de maestra jardinera
“Dejé tapado lo que quería. Sentía que era una carrera que me iba a brindar otras oportunidades”, admite. Hasta que un día, volviendo de la facultad, se reencontró con su vocación en el tren. “Estaba sentada con mis carpetas, vestida con tapado, camisa y tacos, y subió al tren una maestra jardinera con delantal y una valija muy decorada. La vi y sentí un cimbronazo. ‘¿Realmente estoy estudiando lo que yo quiero? ¿Quiero estar horas en una oficina con gente adulta? ¿Y qué pasará el día que tenga hijos?’, pensé. Me taladraban las preguntas, pero no me animaba a contárselo a mis padres”, relata.
Aquel deseo insistía. Y no lo pudo seguir ignorando. A dos meses de recibirse, dejó la carrera que no la terminaba de colmar. Hoy es feliz rodeada de chicos, el volantazo fue un acierto.
Trabajar rodeada de chicos, el sueño logrado de Magdalena
A Ricardo Messina, ingeniero de 66 años, la madurez le permitió explorar una actividad postergada. Hizo el Liceo Militar y tenía la opción de ir a la escuela de aviación en Córdoba, pero a los 16 años la disciplina militar lo había cansado y optó por la ingeniería. “Trabajé con mi padre, dueño de la inmobiliaria A. Messina Propiedades, empecé construyendo con él y después seguí el negocio con mis hermanos. Pero me seguía gustando la aviación”, reconoce.
Nacieron sus tres hijos y la posibilidad de aprender a volar se diluyó. No quería arriesgarse a que le pasara algo. Entonces, esperó a que fueran adolescentes y, a los 40 años, empezó a estudiar para ser piloto. Con una herencia de su madre, en 2016, compró un avión de entrenamiento para armar una escuela de vuelo y hoy lo alquila a instructores.
“Volar es mi pasión. Me escapo durante la semana a hacer algún vuelo. Lo que más me gusta es conocer lugares y participar de ‘aerocampings’ con gente que comparte la misma afición”, asegura Ricardo, que no cambia por nada su nueva vida.
“Accionar produce en uno un estado de ánimo diferente, cuando sabés que vas por algo que te pertenece, que es el lugar donde querés estar, el mundo se alinea en esa dirección”, cierra Montaner.

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EL ECONOMISTA....MUNDO SUSTENTABLE

 

UNA HISTORIA DE SUPERACIÓN


“Yo soy mucho más que mis ojos”. Una mala praxis la condenó a la ceguera, pero no guarda resentimientos
Historia de superación: en su juventud, Pilar Constenla se quedó ciega por una operación mal hecha, pero ella nunca bajó las brazos; a los 64 años, da clases, vive sola y se maneja a la perfección con la tecnología
Carlos M. Reymundo Roberts
Pilar Constenla, profesora de literatura, vive en las sierras de Córdoba y sigue con sus clases de apoyo escolar en su casa
CÓRDOBA.- Todo iba muy bien para Pilar Constenla. Tenía salud, dinero y amor: una familia (marido y un hijo), buen trabajo, casa, muchas amigas. Y juventud: andaba por los 35 años.
Primera de seis hijos, sus padres eran inmigrantes españoles que se establecieron en la ciudad de Córdoba. Para alguien que abrazaría la docencia, durante la secundaria en el Jesús María, uno de los más tradicionales colegios de la provincia, no le gustaba tanto estudiar, pero sí prestar mucha atención en clase. “Teníamos excelentes profesores. Disfruté mucho el colegio”.
Hizo el bachillerato humanista, que incluía latín y griego. Allí descubrió lo que marcaría su trayectoria académica y profesional: le gustaban los idiomas (incluidísimas esas dos “lenguas muertas”) y leer. Ya desde los 14 años daba clases particulares a chicos de primaria; después, a los del bachillerato humanista del Monserrat, otro de los grandes colegios cordobeses. Lo hacía por gusto y por necesidad: su padre, principal sostén de la familia, había muerto cuando ella tenía 13 años.
Al egresar, estudió la carrera de bibliotecología, y siguió dando clases y estudiando por su cuenta latín y griego; trabajaba en bibliotecas y preparaba alumnos para el examen de ingreso a los colegios nacionales: el Monserrat y la Escuela de Comercio Manuel Belgrano, que dependen de la Universidad Nacional de Córdoba.
Además, leía vorazmente: arte, literatura, filosofía…
Todo iba muy bien. A los 33 años se casó y tuvo un hijo, y alternaba familia y trabajo con una intensa vida social. Era miope (visión borrosa de objetos lejanos) de nacimiento, malformación con la que convivía sin ningún problema. “No le daba importancia porque era tan miope a los 3 años como a los 35. No es que se me iba agravando”. Usaba anteojos solo para leer. “Cuando quería coquetear me los sacaba”, se ríe. Igual, sus padres la habían hecho ver por especialistas de Buenos Aires y de España, que coincidieron en que su miopía no podía ser corregida mediante una intervención, que además entrañaba graves riesgos.
Pilar Constenla (a la Der., con saco a cuadros) pudo seguir adelante: vive sola, sigue trabajando y suele salir a pasear con sus amiga
En un año en el que tenía menos alumnos, empezó a trabajar en una empresa de medicina prepaga como asistente de la dirección. Allí conoció a un renombrado oftalmólogo (al que no quiere identificar), que la revisó y llegó a la misma conclusión: sus ojos no eran operables. Ella lo siguió consultando periódicamente por la graduación de sus anteojos. Hasta que un día, el médico la sorprendió: ahora sí estaba dispuesto a recurrir a una cirugía. ¿Qué había cambiado? “Aparecieron nuevas técnicas”, le explicó.
Pilar, entonces de 36 años, debió confrontar esa opinión con la de otro profesional. “Un amigo de mi familia, el doctor Enrique Urrets Zavalía, uno de los mejores oftalmólogos infantiles del país, me dijo rotundamente que no me operara. Pero Enrique era joven… y era amigo, como que confié más en lo que me decía el otro, que era muy famoso, muy reconocido”.
Se operó y el resultado pareció ser bueno: veía mejor. Los problemas aparecieron pocos años después. “Fui perdiendo visión en los dos ojos. El médico me dijo que eso tenía que ver con mi edad, que usara anteojos”. Llegó un momento en que ya no podía leer ni siquiera con anteojos. “El diario, que tiene letra chica, se me hacía cada vez más difícil”.
Malas señales
Justo para esa época dejó el trabajo en la prepaga y abrió un instituto de apoyo escolar en Villa Allende, cerca de su casa (vive en Mendiolaza). Alquiló un local, lo equipó, y contrató un staff docente para cubrir todas las materias. Ella daba las clases de latín y griego, y se ocupaba de preparar en literatura y matemáticas a los ingresantes en los colegios nacionales. Le fue tan bien que al año siguiente mudó el instituto a un lugar más grande.
Un día, en noviembre de 2004, se dio cuenta de que ya no podía ver la pantalla de su teléfono celular, y que le costaba distinguir las caras de las personas. Llamó a su marido y le pidió que la llevara al médico que la había operado. La atendió esa vez y después ya no quiso hacerlo más: la derivó a un profesional de su equipo, que no le terminaba de explicar qué estaba pasando.
Pero su visión seguía disminuyendo. Un día, en noviembre de 2004, se dio cuenta de que ya no podía ver la pantalla de su teléfono celular, y que le costaba distinguir las caras de las personas. Llamó a su marido y le pidió que la llevara al médico que la había operado. La atendió esa vez y después ya no quiso hacerlo más: la derivó a un profesional de su equipo, que no le terminaba de explicar qué estaba pasando. Durante 2005 la operaron allí varias veces, por desprendimiento de retina, sin resultados positivos. “Me decían que hiciera reposo boca arriba…”.
La historia de Pilar Constenla, una mujer a la que una mala praxis dejó ciega
Consultó a otra especialista de Córdoba, que después de revisarla le dijo, espantada: “Los cortes que te hicieron en la operación están mal. Se nota claramente que acá intervino una mano temblorosa”. Pilar se enteraría después de que ese temblor tenía origen alcohólico, y que pesaban sobre ese médico muchos reclamos, incluso en la Justicia, por mala praxis.
Familiares y amigos averiguaron quiénes eran los mejores oftalmólogos del país y entonces recurrieron al doctor Cristian Dodds, en Buenos Aires. Cuando la atendió, el 1° de diciembre de 2006, Pilar ya no veía prácticamente nada. “Cada día era peor que el anterior”. El dictamen que le dio Dodds fue lapidario: se había tratado de un mal diagnóstico, porque era una miopía no operable, y de una muy mala cirugía. Además, sus ojos, si bien tenían esa malformación congénita, eran sanos; apenas se requería el uso de anteojos. Con poco margen, porque el daño era prácticamente irreversible, la operó tres días después; a esa intervención le fueron siguiendo otras, gracias a las cuales su ojo derecho –el izquierdo ya estaba perdido– pudo salir de la oscuridad total y distinguir, al menos, entre luces y sombras.
Pilar pensó en demandar al primer médico, pero desistió. La relación con su marido no estaba bien (terminarían separándose). “Tenía muchos frentes abiertos como para sumar uno más: la vista, mi hijo era muy chico, tenía que dirigir el instituto por teléfono… Además, consulté a un abogado y ahí me enteré de que este señor estaba lleno de juicios y que zafaba de todos porque tenía muy buenos contactos en tribunales”.
Pilar pensó en demandar al primer médico, pero desistió. La relación con su marido no estaba bien (terminarían separándose). “Tenía muchos frentes abiertos como para sumar uno más: la vista, mi hijo era muy chico, tenía que dirigir el instituto por teléfono… Además, consulté a un abogado y ahí me enteré de que este señor estaba lleno de juicios y que zafaba de todos porque tenía muy buenos contactos en tribunales”
Aprender de nuevo
Un día le comentó a Dodds que había analizado denunciar a su colega. “Cristian, que es un señor muy controlado, pegó un puñetazo en la mesa y me dijo: ‘Si lo hacés, contá conmigo. Yo voy a ser tu perito de parte’. Porque él también vio que los cortes estaban mal hechos, y que el ojo izquierdo directamente había sido abandonado. Pasa esto: cuando la retina deja de funcionar, se termina enroscando, es una tela que se enrosca y queda hecha como un tubito. Si eso no se desenrosca rápido, se empieza a secar, se endurece, y ya no hay nada que hacer. Cristian me pudo desenroscar la del ojo derecho, me la alisó y la volvió a poner. Pero con la otra, que también se hubiese podido corregir, ya era demasiado tarde”.
Por el deterioro que sufrió debido al mal tratamiento, en el ojo derecho tiene un glaucoma y apenas recibe cuidados paliativos. “Hasta hace dos años salía sola a la calle, no usaba bastón, iba al supermercado… Ya no puedo hacerlo. Nunca salgo sola, me da miedo. Y estoy usando bastón”.
¿Cuánto es lo que ve con el único ojo que le queda? “Usted está ahora enfrente mío y no lo veo, o veo una mancha, una sombra. Apenas distingo claros de oscuros, y además, no sabría decir si algo lo veo realmente o lo intuyo. Uso mucho la cabeza. Si hay ciertos contrastes, por ejemplo, una hoja blanca sobre una mesa oscura, puedo llegar a verla”.
Cuenta que desde hace mucho ya no siente resentimiento, bronca u odio hacia el médico que la dejó ciega. “Esos sentimientos me los saco de encima porque me hacen daño, no me sirven para vivir mejor”.
Cuenta que desde hace mucho ya no siente resentimiento, bronca u odio hacia el médico que la dejó ciega. “Esos sentimientos me los saco de encima porque me hacen daño, no me sirven para vivir mejor”.
No pierde el humor, ni la coquetería: dice que lo grave es cuando tiene que elegir qué ropa ponerse y no distingue los colores. “¡No quiero salir hecha un mamarracho!”
Lo que admira a quienes la conocen es su actitud ante la adversidad: se las arregla para vivir sola en una casa grande, sigue trabajando como profesora y leyendo (gracias a los medios electrónicos), escucha radio y noticieros de televisión, le gusta juntarse con amigas, ir a asados y reuniones sociales. Ha aprendido a desenvolverse perfectamente con su teléfono celular en todas las operaciones: desde escribir mails y mensajes de texto, hasta hacer transferencias; y está activa en las redes sociales.
Pilar da clases en su casa y prepara chicos para exámenes
Años atrás cerró el instituto, pero lunes, martes y miércoles (jueves y viernes se los reserva para ella) da clases particulares en su casa; prepara chicos para exámenes, con índices de aprobación muy altos. “Ayer, cinco rindieron literatura: cuatro aprobaron y uno no. Como les tocó un profesor muy exigente, puedo decir que el 4 a 1 no está mal”.
Optimista
Una vez por semana asiste a una rehabilitación que está enfocada especialmente en el uso de la tecnología: PC, notebooks, teléfonos, aplicaciones. Está contenta porque acaba de aparecer una app que reconoce los colores. “Trato de estar muy al tanto de lo que va apareciendo que me pueda ayudar. La última vez que estuve en España me compré una balanza que habla, te dice el peso. Cada vez hay más aparatos parlantes”. En la rehabilitación también aprende a moverse, a reconocer cosas y lugares, a usar el bastón. Aunque conoce su casa a la perfección, a veces se desorienta, pierde las referencias, y tiene que empezar a tocar paredes y muebles. Una vez por semana va una chica a hacer la limpieza.
“Lo peor es cruzarte de brazos, dejarte estar. Además, se habla mucho de inclusión, pero la verdad es que no estamos en una sociedad inclusiva. Por ejemplo, yo tenía un servicio de internet y no podía pagarlo porque te exigía cuestiones visuales. Contraté otro y más o menos sigo con los mismos problemas”.
Agradece que todo esto le haya pasado en tiempos en que la tecnología da una mano tan grande. “Cuanta más tecnología, más independiente puedo ser”. Y agradece especialmente tener un grupo de amigas y amigos que se han puesto a su disposición. Los llama “hermanos de adopción”, que velan por ella. “Siempre me tienen en cuenta, siempre están pensando en qué necesito. Después de mi hijo, son lo mejor que me pasó en la vida”.
Sostiene que, en su situación, la alternativa es “vivir con mucha dignidad o morir”. Por momentos siente impotencia, le agarran bajones, pero enseguida intenta superarlo. El solo imaginarse llorando y deprimida, que tengan que consolarla, darle pastillas, internarla, la rebela. Le da mucho miedo esa perspectiva. Por eso, se propuso conservar la alegría, el humor, vestirse bien, pintarse –”aunque termine hecha un Picasso”–, trabajar… Disfrutar de la música, de leer, de darse una buena ducha de agua caliente. Seguir siendo la que era antes de perder la vista.
Un concepto la define: “Yo soy mucho más que mis ojos”.

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LOS CUENTOS DE MAURICIO DAYUB


Comprá el libro de cuentos del reconocido actor y director de teatro Mauricio Dayub¡Disponible en todas las librerías del país!

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NABUCCO....VAMOS AL COLÓN

El miércoles 1°, jueves 2, sábado 4, martes 7, miércoles 8, jueves 9 y sábado 11, a las 20; domingos 5 y 12, a las 17. En el Teatro Colón, Cerrito 628. Entradas desde 900 pesos.

Mucho más que “Va pensiero”: razones para redescubrir la nueva puesta de Nabucco en el Colón
La impactante puesta visual de Stefano Poda para "Nabucco", de Giuseppe Verdi, en su ensayo genera
Desde el martes, con dirección escénica de Stefano Poda, sube a escena una nueva puesta de la celebérrima ópera de Verdi que transformó al rey caldeo de Babilonia en un símbolo de la reunificación de su país y que, desde hace décadas, tiene en su aria más famosa un bis obligatorio
Pablo Kohan
En los viejos libros de historia, esos con los cuales hace añares estudiábamos la Antigüedad en la escuela secundaria, nos presentaban a Nabucodonosor II, “El grande”, como un rey todopoderoso. En el siglo VI a.C., el monarca caldeo más importante de Babilonia extendió sus dominios por Asia occidental y el Medio Oriente. Venerado en Irak, el actual territorio de la lejanísima Babilonia, la historia occidental le habría de deparar otra nombradía mucho menos gloriosa. Nabucodonosor conquistó Judea y destruyó el primer templo de Jerusalén, el Templo de Salomón, que era el santuario más importante para el judaísmo de aquel tiempo, y esclavizó a los judíos, pueblo que, en su exilio mesopotámico, no dejaría de llorar recordando a la patria perdida. Así, en el bíblico Libro de Daniel, el rey caldeo es descrito como idólatra y cruel. La historia posterior amplió aquel retrato con adjetivos menos favorables aún. Hasta que Verdi acudió en su rescate y presentó otra imagen.
La puesta que se verá a partir de mañana enfatiza los elementos universales de la historia a través del simbolismo...TEATRO COLÓN
Hacia 1840, lo que hoy es Italia era un mosaico caleidoscópico en el que coexistían principados, ducados, ciudades independientes, los estados pontificios y regiones completas que pertenecían a los reinos de Austria y España. Bajo los postulados del Risorgimento, aquel movimiento que propugnaba por la liberación y unificación italiana, Verdi, todavía un compositor más dentro de la gran pléyade de músicos italianos, comenzó su historia con óperas heroicas y libertarias. Y en 1842, en La Scala de Milán, estrenó Nabucco. La aceptación clamorosa le otorgó una enorme celebridad que, sabido es, nunca más habría de abandonarlo. De su mano, y de la de Temistocle Solera, su libretista, Nabucodonosor el Grande, el déspota, el desalmado, el sanguinario, devino en Nabucco, un rey magnánimo, justo e, increíblemente, hasta respetuoso de los judíos y su religión. Después de todo, el arte y la literatura no tienen por qué atenerse al rigor histórico. Para Verdi, era necesario presentar una ópera de simbolismos claros con los cuales los italianos pudieran identificarse, en este caso, los judíos en su cautiverio babilónico, anhelando la libertad y el regreso al hogar.
Más allá de arias y escenas de conjuntos muy logradas y dignas de ver y admirar, en el tercer acto está el “Va pensiero”, el coro de los esclavos hebreos recordando a Jerusalén, posiblemente el coro más popular y conocido de todos los que se hayan escrito dentro de una ópera
Como auténtica y paradigmática ópera romántica, en Nabucco hay pasiones, muertes, traiciones, conjuras, abnegaciones, tensiones, renunciamientos, amores y personajes virtuosos y otros de malignidad extrema. Pero más allá de arias y escenas de conjuntos muy logradas y dignas de ver y admirar, en el tercer acto, está el “Va pensiero”, el coro de los esclavos hebreos recordando a Jerusalén, posiblemente el coro más popular y conocido de todos los que se hayan escrito dentro de una ópera. Los wagnerianos, no sin razón, podrían argüir la fama del coro nupcial de Lohengrin que, atravesando fronteras y océanos, ha acompañado a millones de parejas en su camino nupcial hacia el altar. Pero el “Va pensiero” tiene otra significación y devino en un auténtico himno nacional italiano en el tiempo del Risorgimento y, largamente, ha superado los límites temporales. Como testimonio, vale la pena recordar que en la apertura del Mundial de Fútbol de 1990 -el día que Camerún nos propinó una derrota inesperada- fue entonado, a viva voz, por los miles de hinchas que poblaron el estadio Giuseppe Meazza. Todo esto sin olvidar que, dentro del mundo de la ópera, este coro sigue siendo un momento de una magia especial.
El director italiano Stefano Poda, en su debut en el Colón, marcando la puesta antes de subir al escenario
Desde hace algunas décadas, cada vez que se representa Nabucco, el público está expectante aguardando el tercer acto. Y cuando concluye el “Va pensiero” los aplausos y las ovaciones se multiplican buscando su reiteración. Sí, casi una rutina, la orquesta, el coro y el director saben que deberán repetirlo. Hace exactamente veinte años, en el Metropolitan Opera House neoyorquino, después del griterío, en el minuto 5.28, James Levine dio la orden para recomenzar, como puede verse aquí.
En algunas ocasiones, como en La Scala, en 2011, hubo agregados inesperados. Antes de la reiteración, Riccardo Muti, giró sobre sí mismo, se dirigió al público y, sin nombrarlo, habló en contra de las políticas culturales del gobierno de Silvio Berlusconi y en favor de los derechos colectivos.
Seguramente, a partir del martes, en la nueva producción que propone el Colón, la experiencia se repetirá en cada una de las diez funciones programadas. Al frente de la orquesta estará Carlos Vieu y la dirección escénica, escenografía, vestuario, iluminación y coreografía será de Stefano Poda. Encabezando los dos elencos que se alternarán sobre el escenario estarán Sebastián Catana y Leonardo López Linares (Nabucco), Rebeka Lokar y Mónica Ferracani (Abigail), Guadalupe Barrientos y Florencia Machado (Fenena) y Darío Schmunck y Santiago Vidal (Ismael) y Abramo Roselen y Christian Peregrino (Zaccaria). Y sí, por supuesto, también estarán la Orquesta y el Coro Estables del Teatro Colón para hacer el “Va pensiero”.
Nabucco, de Verdi. El miércoles 1°, jueves 2, sábado 4, martes 7, miércoles 8, jueves 9 y sábado 11, a las 20; domingos 5 y 12, a las 17. En el Teatro Colón, Cerrito 628. Entradas desde 900 pesos.

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