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martes, 31 de octubre de 2023

40 AÑOS DE DEMOCRACIA



1983: cómo fue el final de la dictadura y por qué el peronismo, su víctima principal, perdió la elección
Para sorpresa general, el radical Raúl Alfonsín se impuso en las elecciones del 30 de octubre. Entre euforia y esperanza, se abría una etapa de legalidad constitucional. La democracia, que no tuvo un padre, está hoy consolidada
Claudia Peiró
Tanto la UCR como el PJ cerraron sus campañas con actos multitudinarios en la 9 de Julio 

La derrota de Malvinas, en junio de 1982, marcó el comienzo del fin del Proceso de Reorganización Nacional, como ambiciosamente se había autodenominado la dictadura iniciada el 24 de marzo de 1976. Desde ese momento, empezaron los reacomodamientos de cara a las urnas. Las fuerzas políticas y sindicales que ya habían comenzado a salir del letargo antes de Malvinas se lanzaron decididamente a la calle, con un reclamo de libertad y justicia.
Desde el año anterior, se había iniciado la movilización política y sindical ante el evidente desgaste del gobierno militar y su fracaso económico. De hecho, la operación Malvinas nació del intento de la cúpula del Proceso de buscar una salida al empantanamiento, recuperar consenso y hasta conquistar la gloria.
A mediados de 1981 se había conformado la Junta Multipartidaria, por iniciativa del líder radical, Ricardo Balbín, y con la finalidad de negociar con el general Roberto Viola, que ocupaba entonces de facto la presidencia desde la cual había llamado a un “diálogo”, obviamente condicionado por las armas.
Raúl Alfonsín y Ricardo Balbín
Poco después, desgastado, Viola fue reemplazado por el general Leopoldo Galtieri.
Los sectores sindicales más combativos, reunidos en la CGT Brasil (la central sindical estaba dividida entre este sector y el dialoguista, o CGT Azopardo) convocaron a una marcha el 30 de marzo de 1982 a plaza de Mayo. En la represión, hubo un muerto y cientos de detenidos. La situación política y social era muy tensa, pero, 48 horas después, el 2 de abril, los militares sorprendieron a la Argentina y al mundo desembarcando en Malvinas.
La tregua con la sociedad que surgió de esta iniciativa duró hasta la rendición, el 14 de junio de 1982. Galtieri renunció y asumió la titularidad del Ejecutivo el general Reynaldo Bignone, que anunció el levantamiento de la veda política e intentó negociar con la Multipartidaria. Pero ya no había freno posible para las demandas de apertura.
La hora de las urnas
Balbín había fallecido en septiembre de 1981. Era la hora de Raúl Alfonsín, líder del Movimiento de Renovación y Cambio, corriente interna del radicalismo, con la cual se impuso primero como presidente del partido y más tarde como candidato a la presidencia de la Nación.
Raúl Alfonsín era el líder del Movimiento de Renovación y Cambio, corriente interna del radicalismo (AP)
El 16 de diciembre de 1982, la Multipartidaria –integrada por el justicialismo, el radicalismo, el partido Intransigente, la democracia cristiana y el desarrollismo– congregó a 100 mil personas en una marcha en reclamo de elecciones libres, por los desaparecidos y por los derechos sindicales. Al frente iban Oscar Alende, Arturo Frondizi, Deolindo Felipe Bittel, Carlos Contín y Francisco Cerro. Después del acto, cuando las columnas sindicales, con Saúl Ubaldini al frente, quisieron llegar hasta Plaza de Mayo, se desató la represión con un saldo de un muerto, el obrero metalúrgico Dalmiro Flores –baleado por la policía frente al Cabildo- 80 heridos y más de 100 detenidos.
“¡Que se vayan, que se vayan...!”; “¡Paredón, paredón, a todos los milicos que vendieron la Nación!”; “¡El que no salta es un militar!”, “¡Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar!”, eran las consignas que empezaban a sonar en las calles.
Se multiplicaban, además, los reclamos por los desaparecidos, tanto internos como desde el exterior, por gobiernos extranjeros.
En febrero de 1983, Bignone anuncia la fecha de las elecciones: 30 de octubre.
Raúl Alfonsín recibe la banda presidencial del último presidente de facto, Reynaldo Bignone, el 10 de diciembre de 1983 (AFP)
El 28 de marzo, la CGT convocó a otro paro, en reclamo de aumento salarial, pero también en recuerdo del paro del año anterior, cuando había lanzado la campaña Paz, Pan y Trabajo.
El fracaso de la dictadura también era patente en el plano económico, con una realidad mucho más grave que la de 1975. La caída del salario real había sido brutal (representaba en 1983 el 50% de los niveles de comienzos del Proceso) mientras que la deuda externa había pasado de 7.000 millones de dólares a 44.000 millones de dólares, por préstamos devorados por la especulación financiera.
El peronismo no podía perder
En el imaginario de la época, la derrota del justicialismo era algo muy difícil de concebir, porque el movimiento peronista había triunfado en todos los comicios libres desde su creación y sólo había podido ser excluido del poder por la fuerza o por el fraude.
Pero la competencia electoral se pareció a la fábula de la liebre y la tortuga. Mientras Alfonsín avanzaba sostenida y trabajosamente hacia la meta, los dirigentes peronistas daban por ganada la carrera antes de la señal de largada. Y así actuaron. En vez de abrir las puertas a la participación, se encerraron en la cúpula a repartirse la piel de oso que aún no habían cazado.
La campaña radical que asoció las iniciales de Raúl Alfonsín con la sigla de la República Argentina
El 23 de agosto, el justicialismo proclama su fórmula integrada por Ítalo Argentino Luder (1916-2008), que había sido presidente del Senado durante la gestión de Isabel Martínez de Perón, y por Deolindo Felipe Bittel (1922-1997), ex gobernador del Chaco y vicepresidente del PJ.
El binomio Luder–Bittel fue elegido por “consenso” del Congreso Nacional Justicialista reunido en el Teatro Lola Membrives. La elección era indirecta, por congresales votados en los distritos, pero el Congreso fue hegemonizado por las 62 Organizaciones del dirigente de la UOM, Lorenzo Miguel, quien calificó la reunión como “fabulosa”.
Ese día, se decidió impulsar también la candidatura de Antonio Cafiero (1922-2014) a la gobernación de Buenos Aires, pero nadie contaba con Herminio Iglesias (1929-2007), sindicalista de origen vandorista y caudillo político en su distrito, Avellaneda, del que había sido Intendente. En definitiva, Herminio fue el candidato, y Cafiero y la corriente que él representaba quedaron fuera de todo.
La fórmula justicialista: Deolindo Felipe Bittel e Ítalo Argentino Luder, candidatos a vice y a presidente respectivamente
“Pacto” militar-sindical
Por una combinación entre la inteligencia de Alfonsín y su acertada estrategia electoral, la hipocresía de sectores de la sociedad que habían respaldado al Proceso y ahora necesitaban endilgar culpas a terceros, y la mediocre y antidemocrática conducción del PJ, el peronismo, que había sido la víctima principal de la dictadura, quedó en el lugar de la sospecha, mientras que la UCR encarnó los valores democráticos y antidictatoriales.
La muerte de Balbín había contribuido a allanar el camino a la renovación del radicalismo, ya que Alfonsín había sido su rival histórico y públicamente al menos aparecía ajeno a los enjuagues del viejo líder con la dictadura, a la que la UCR había facilitado varios intendentes. Alfonsín, además, había sido cofundador de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, en el año 1975.
El candidato radical se anotó varios puntos cuando denunció el llamado “pacto militar-sindical”, un supuesto acuerdo de protección mutua entre esos dos sectores.
No hubo pacto sindical-militar. No hacía falta. Además de que Luder apoyó la autoamnistía que la dictadura se otorgó a sí misma –”son derechos adquiridos que no pueden ser removidos”, dijo–, el movimiento peronista, por historia e ideología, seguramente habría privilegiado la concordia por encima de la revisión del pasado, a pesar de las persecuciones de que sus líderes y militantes habían sido objeto. De hecho, el radicalismo, salvo un par de excepciones, no fue molestado por la dictadura, mientras que casi toda la dirigencia peronista, política y sindical, de la Presidente de la Nación para abajo, fue a dar con sus huesos a la cárcel.
La victoria de Alfonsín se intuía en las semanas previas al comicio
Pero para una sociedad que rechazaba ya masivamente al Proceso, para los muchos sectores que querían borrar toda huella de connivencia -activa o pasiva- con la dictadura, el voto a Alfonsín apareció como la mejor alternativa, ya que el candidato radical logró presentarse como el más anti militar de todos en los modos y en el discurso.
Campañas y militancia
Las campañas eran más políticas y menos “publicitarias”, en especial la del PJ. Alfonsín fue el primero en apelar a publicistas profesionales (su campaña la dirigió David Ratto), pero aún así se trataba de cuadros y simpatizantes de la fuerza, no de agencias “independientes”.
No había Photoshop, se usaban fotografías tomadas en los actos: todo era más artesanal. Los afiches de campaña tenían mucho texto y, por lo general, no más de dos colores.
El peronismo, que no tenía candidatos carismáticos, puso el acento en las consignas políticas, las caras de Perón y Evita y la reivindicación del pasado (“Los años más felices fueron peronistas”).
El radicalismo se centró en la figura de su candidato, en eslóganes y en una iconografía muy definida: desde el óvalo con los colores de la bandera y las iniciales R.A. que asimilaban “Raúl Alfonsín” con “República Argentina”, hasta el gesto del candidato que saludaba juntando las manos hacia el costado.
Alfonsín y la UCR: una campaña más profesionalizada que la del PJ
Eran tiempos de movilizaciones multitudinarias de gran espontaneidad; había menos bombos y menos carteles que en el presente, pero muchísimo entusiasmo. Había hambre de participación luego de 7 años de hibernación política y sindical. La gente se afiliaba masivamente a los partidos.
Dos cierres multitudinarios consecutivos en el mismo escenario –el Obelisco y la avenida 9 de julio– confirmaron la fuerte polarización entre los dos partidos mayoritarios, la UCR y el peronismo. Lo mismo indicaban los sondeos, con una leve inclinación a favor del radicalismo. Pero nadie creía en encuestas ni éstas tenían el despliegue y la presencia que tienen hoy.
Ahora, Alfonsín
El 31 de julio de 1983, la Convención Nacional de la UCR había proclamado la fórmula Raúl Alfonsín-Víctor Martínez. El candidato a vice era oriundo de Córdoba, entonces bastión del radicalismo. El otro precandidato a presidente, Fernando de la Rúa, había declinado su postulación al ver la creciente adhesión que despertaba en todo el país la candidatura de Alfonsín.
Fernando de la Rúa declinó sus aspiraciones presidenciales al ver el crecimiento de la figura de Alfonsín en los meses previos a las elecciones de octubre del 83 (
Más de un millón quinientos mil radicales habían participado en las internas que habían tenido lugar distrito por distrito.
Alfonsín convocó a “levantar banderas de unidad nacional” y pidió “que se acabe en la Argentina la tortura, para que no haya otros baños de sangre”. “En nuestra tierra del trigo y la carne juramos que no habrá más desnutrición infantil”, prometió.
“Con la democracia se come, se cura y se educa”, fue una de sus muletillas de campaña. Y cerraba sus discursos recitando el preámbulo de la Constitución Nacional. Eso, la igual que su logo, marcó una mejor identificación nacional que la de la fórmula peronista.
El 26 de octubre de 1983, su cierre de la campaña en la 9 de Julio fue apoteósico. La concurrencia superó las 800 mil personas.
Alfonsín habla desde el balcón de la Rosada
El reduccionismo de atribuirle la derrota al cajón de Herminio
Dos días después, en el mismo escenario, el peronismo convocó algo más de gente. Sobre todo, hubo una gran presencia sindical.
Ítalo Luder fue el único orador, flanqueado en el palco por Lorenzo Miguel y Herminio Iglesias. El candidato peronista se mostró seguro del triunfo: “Junto a nosotros están como siempre las grandes mayorías populares que han permanecido fieles a las causas nacionales.”
Luder no se privó de señalar la participación de algunos conspicuos radicales en dictaduras militares. Pero ya era tarde.
Pocos días antes, la revista Gente había publicado el “prontuario” de Herminio, con documentos que mostraban supuestos antecedentes por estafa y robo.
Concluía el acto, cuando alguien le acercó a Herminio Iglesias un cajón fúnebre pintado de rojo y blanco –colores del radicalismo- con la sigla UCR al que el candidato a gobernador prendió fuego. La imagen fue transmitida por la televisión. La interpretación posterior de que ese gesto fue la clave de la derrota del PJ es hoy un lugar común y un reduccionismo.
El momento de la quema del cajón durante el acto de cierre de campaña del PJ
por una dirigencia que creyó que el peronismo podía ser vehículo de cualquier política. La antidemocrática definición de la fórmula Luder–Bittel, lejos de acentuar el entusiasmo de las bases peronistas, lo enfrió. Luder fue el candidato del dedo de Lorenzo Miguel.
El dirigente metalúrgico había sido abucheado, unos días antes, el 17 de octubre, en un estadio de Vélez que rebalsaba para las 130.000 personas que había, según la policía, y 350.000 según los organizadores. Ese día fueron oradores Bittel y Herminio. Pero cuando Lorenzo Miguel quiso hacer uso de la palabra, los silbidos no se lo permitieron, señal de que todo el mundo lo identificaba ya como responsable de la falta de participación. Y cuando dijo que había “infiltrados de Alfonsín” en el acto, de todos lados le replicaron “Perón, Perón”. Tuvo que cederle el micrófono a Saúl Ubaldini, signo de un liderazgo que se consolidaría en los años siguientes. Ese acto fue un anticipo de la derrota.
Saúl Ubaldini, un liderazgo en ascenso
Al reduccionismo de atribuirle la derrota al gesto de Herminio Iglesias, le correspondió otro reduccionismo: el de atribuirle a Raúl Alfonsín la paternidad de la democracia, borrando de un plumazo el aporte, el protagonismo e incluso el sacrificio de tantos otros y convirtiendo la necesaria, compleja y profunda interpretación histórica de todos los factores que determinaron el golpe, el desarrollo del Proceso, su fracaso y la posterior restauración democrática en una simplificación empobrecedora e injusta.
A las urnas
Hasta último momento hubo dudas, pero finalmente el 30 de octubre de 1983 la dictadura levantó el estado de sitio para permitir el libre desarrollo de las elecciones.
Alfonsín ganó con el 52% de los votos. Obtuvo la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y minoría en el Senado. Tras la victoria electoral, el radicalismo festejó con un afiche generoso, que decía: “Ganamos, pero no derrotamos a nadie”.
Después de más de siete años y medio de dictadura, la más dura y violenta que vivió el país, todos los argentinos habíamos ganado, y se inició el ciclo democrático más largo de nuestra historia.
A 40 años de aquellos hechos, el contraste de las ilusiones de entonces con el presente de hoy resulta duro. Pero la democracia no está en peligro, pese al imperfecto cumplimiento de sus promesas.
Para honrar el legado de 1983, la política debería dejar de representarse a sí misma y volver a encarnar los sueños y esperanzas de los argentinos.

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40 años de democracia
20 años de progreso y 20 de retroceso
Ramon Puerta
Asuncion Presidencial de Raul Alfonsin. Se cumplieron 40 años del retorno de la democracia

Los 40 años de democracia que cumplimos año nos dejan, en primer lugar, una enseñanza muy clara: la democracia es el único sistema que existe en el mundo capaz de garantizar el progreso, las libertades y una vida digna.
Para quienes nos gusta la democracia, esta constituye el mejor de los sistemas políticos. Pero para aquellos a los que no les gusta, tienen que reconocer que es el menos malo. No hay otro.
Ahora bien, nuestra democracia, al cumplir 40 años de existencia, tuvo un primer paso importante en 1983 cuando el Presidente Raúl Alfonsín tuvo un claro, fuerte y para muchos sorprendente triunfo.
Su gestión, lamentablemente, no pudo completar su mandato como consecuencia de problemas que se fueron sucediendo y que no se supieron manejar, llámese Semana Santa, la rebelión de los Carapintadas, la hiperinflación.
Pero también podemos decir que esta gestión fue conducida por un Presidente que tuvo la enorme responsabilidad de ir poniendo en marcha los distintos poderes del Estado en un marco democrático. En el campo de las libertades democráticas se avanzó muchísimo respecto a la dictadura obviamente, pero también hubieron contratiempos que luego, en la segunda gestión democrática, se resolvieron.
Raúl Alfonsín, primer presidente del último periodo democrático en Argentina.
Ese segunda tramo estuvo a cargo del presidente Carlos Menen, a quien hay que reconocerle que terminó con el acoso que venían dando algunos sectores golpistas a fines del año 1990. Esta historia se cierra con una clara definición de Menen de no negociar con los sediciosos: no sólo no va a Campo de Mayo a hablar con ellos, sino que pone mano dura y nunca más vivimos esa triste experiencia de golpistas tratando de intrusar la democracia.
Otra cuestión también resolvió el presidente Menem, de gran importancia: el drama de la hiperinflación.
Entonces, en los tres primeros gobiernos las instituciones funcionaron -decimos tres porque también vamos analizar el gobierno de Fernando De la Rua que, lamentablemente, no llegó hasta el final de su mandato, pero bajo cuyo gobierno las instituciones funcionaron correctamente.
Todos ellos respetaron la Constitución Nacional y se pudo encauzar el cuarto gobierno que fue el de Eduardo Duhalde, en una etapa que cierra los primeros 20 años de democracia: Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando De la Rúa, Eduardo Duhalde. Fue en ese marco, durante el interregno de la crisis 2001, que me tuvo como protagonista, donde hubo una crisis que también pudimos resolver aferrándonos a la Constitución .
Estos primeros 20 años de democracia, con estos cuatro presidentes que acabo de nombrar, tiene un salto positivo.

Ahora bien, los siguientes 20 años tienen un giro no deseado. Un periodo de dos décadas donde no se encontraron caminos que avancen. Al contrario, volvimos al flagelo de inflación y elevamos a más del 40% la pobreza.

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sábado, 17 de junio de 2023

40 AÑOS DE DEMOCRACIA


Fortalecer la defensa nacional
Alberto Asseff

En estos 40 años de democracia la defensa nacional ha sido lamentablemente relegada. Primero, como reacción ante el gobierno dictatorial que la antecedió. Después, por imperio de una ideología tan absurda como excepcional en el mundo. Finalmente, por haber otras prioridades en el marco de famélicos recursos y elefantiásicos gastos fiscales. Decimos absurda y excepcional porque una rápida panóptica muestra que sea de izquierda o derecha, de arriba o abajo, a la defensa no la margina nadie en este planeta.
Nuestra nación tiene un programa escrito en 1853. Es el Preámbulo de la Constitución. Expone seis objetivos. Uno de ellos, la defensa común. Han pasado 170 años y todos están relativamente incumplidos. Son las asignaturas que nos llevamos a marzo. Lo peor es que no sabemos de qué año. Más grave: se discute por caso si uno de los objetos del Preámbulo –“afianzar la justicia”– requiere un poder autónomo como lo establece la ley fundamental o habría que devenirlo oficina administrativa del Ejecutivo. También se pone bajo análisis si existiendo paz regional necesitamos Fuerzas Armadas, apuntando a un desopilante desarme unilateral, tan incondicional como inédito en la historia contemporánea
La defensa es condición necesaria, aunque no suficiente, para que la Argentina disfrute de paz interior, promueva el bienestar general y asegure los beneficios de la libertad a sus habitantes, para decirlo con las palabras del Preámbulo. La defensa no es agresiva, sino disuasiva de la eventual agresión. Preparándose para una buena defensa se evita el conflicto abierto. Diferendos, desde llevaderos hasta los de alta tensión, siempre existieron y existirán. Las tiranteces son consustanciales a la vida de los Estados. Cualesquier período histórico, en cualquier latitud y tiempo prueba que el desenvolvimiento de los Estados va desde serios entredichos hasta conflagraciones graves.
Es hora de volver a tener defensa nacional. La defensa también está en el radar del cambio ineludible. Comienza por el principio: la recuperación del salario militar con el doble fin de jerarquizar a los miembros de las fuerzas y de retenerlos para la defensa. Hoy, personal excelente y costosamente formado es atraído por fuerzas de seguridad o la actividad privada como resultado de la degradación remunerativa que experimenta. Cierto es que recientemente se ha comenzado a revertir esta situación. Se debe seguir en el camino de la jerarquización salarial. Otra área clave es la ley de personal militar. Rige un decreto ley de 1971 que reclama actualización. Hay elevado consenso político para esa actualización, pero se producen inexplicables dilaciones. Igualmente, la defensa reclama una moderna ley de reservas, incluso para atender emergencias, catástrofes y otros desafíos. Es menester ampliar la competencia de las Fuerzas Armadas en materia de agresiones externas, ya que el mundo actual exhibe incontrovertiblemente que las amenazas no son solo de Estados extranjeros. Debe volverse, en última instancia, a la ley original sancionada con consenso casi unánime en tiempos de Alfonsín, derogándose el decreto, ideológico y limitante, de Néstor Kirchner. Se deben restaurar las capacidades en tierra, aire y aguas. Blindados para el Ejército, en acuerdo con Brasil para incorporar trabajo argentino al Guaraní. Para la defensa aérea, ante el ridículo veto británico pasados 41 años de la guerra, habrá que negociar con EE.UU. para que el F-16 venga con su sistema de armas. Las opciones son varias, algunas geopolíticamente complejas. Sea con Francia o con Alemania, debemos restablecer la capacidad submarina –obviamente, con paulatina transferencia tecnológica y trabajo local – y controlar el Mar Argentino incluyendo hasta la milla 350 y comprometiéndonos para la protección del ecosistema en alta mar, es decir, en el océano abierto. Este reguardo de los espacios marítimos inexorablemente necesita poder de patrullaje con asistencia aérea y monitoreo terrestre. Con Brasil ya es momento de instalar el Estado Mayor Combinado. Quizá sirva de modelo estimulante cómo los países escandinavos acaban de unificar sus fuerzas aéreas. Se debe contemplar una forma más intensa de cooperación con la OTAN. Pero para ser socios tendremos que fortalecer nuestra defensa nacional.
Para el reequipamiento, el Fondef es un buen instrumento que deberá reforzarse en materia de recursos y controlarse para que no se asignen partidas provenientes de él que no sean estrictamente para reponer capacidades militares. Los ejercicios con fuerzas de países aliados y amigos son una inmejorable oportunidad para la camaradería, para el entrenamiento y hasta para la diplomacia militar, un auxiliar inesperado para la política exterior. Integrar las misiones de paz de la ONU es un honor para nuestras fuerzas y para el país entero.
La conjuntez llegó para quedarse. La tendencia irreversible es hacia una gran fuerza para la defensa que articule a sus diversas ramas, abarcando las áreas cibernéticas y aeroespaciales. La relación entre defensa nacional y seguridad interior es cada vez más innegable. Por eso habrá que reformular el actual deslinde legal. No habrá ninguna posibilidad de ser un país próspero –hoy debemos decir que salga de pobre– sin defensa nacional. La colosal crisis que nos agobia necesita de un poder nacional robustecido. Parte de esa vigorización es la defensa nacional rehabilitada.ß

Diputado nacional

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lunes, 10 de abril de 2023

40 AÑOS DE DEMOCRACIA


Intolerancia y periodismo en 40 años de democracia
La salud republicana requiere que la prensa, además de promover el diálogo, cuente aquello que el poder busca ocultar
Daniel Dessein
Raúl Alfonsín habla desde los balcones del Cabildo, el 10 de diciembre de 1983
En 2023 se celebran en nuestro país 40 años de democracia. Borges quizá diría que se trata de un homenaje exagerado al sistema decimal asociado a un abuso de la estadística. Esto último lo escribió en el prólogo de La moneda de hierro. En tiempos de corrección política, alguien podría sugerir la conveniencia de eliminar esa frase en las futuras ediciones de sus Obras completas. Fue el propio Borges quien se rectificó en otro escrito publicado en el diario Clarín, en diciembre de 1983. “El 30 de octubre de 1983 –dice Borges refiriéndose a esa frase– la democracia argentina me ha refutado espléndidamente”. Y sigue así: “Asistiremos, increíblemente, a un extraño espectáculo. El de un gobierno que condesciende al diálogo, que puede confesar que se ha equivocado, que prefiere la razón a la interjección, los argumentos a la mera amenaza. Habrá una oposición. Renacerá en esta república esa olvidada disciplina, la lógica”.
Cuarenta años en términos históricos europeos u orientales son un suspiro. Para los niveles de aceleración histórica de nuestro país, una eternidad. En ese lapso, la democracia argentina sobrevivió a períodos de hiperinflación, una sucesión de cinco presidentes en trece días, endeudamientos y déficits record. Lo que cabe celebrar, fundamentalmente, no es el aniversario redondo de un hito sino la resiliencia que expresa la continuidad. Una continuidad desafiada por movimientos sísmicos que, por un lado, prueban su fortaleza pero que, por otro, afectan sus pilares, su estabilidad.
"Las tensiones entre prensa y gobernantes usualmente provienen de los desvíos de los carriles democráticos"
Entre los objetivos liminares de Adepa figura la defensa de las instituciones democráticas. Sus fundadores entendieron que la libertad de expresión y de prensa son el predicado indispensable y, al mismo tiempo, el presupuesto fundamental de la democracia.
A lo largo de las décadas, la entidad invitó a sus actividades a representantes de los más diversos partidos políticos. Presidentes, gobernadores, ministros, legisladores, candidatos, miembros del oficialismo y la oposición. Esas reuniones no estaban desprovistas de cordialidad, basada en un respeto compartido por el diálogo, y tampoco de la tensión natural entre la política y el periodismo. El presidente Raúl Alfonsín lo dijo claramente en una asamblea de Adepa: “Nada peor para un gobierno democrático que una prensa incondicional; nada peor para los periodistas que un presidente agradeciéndoles su complacencia”.
La ética de la derrota
Las tensiones entre prensa y gobernantes usualmente provienen de los desvíos de los carriles democráticos. Julio María Sanguinetti, otro de los invitados a encuentros de Adepa, suele recordar una anécdota. Llamó por teléfono a Felipe González para levantarle el ánimo después de la ajustada derrota que sufrió su partido, transcurridos 14 años en el gobierno. “Hemos perdido y lo importante es la aceptación”, dijo González. La anécdota terminó resumida en una frase, elaborada a dos cabezas por González y Sanguinetti: “En la esencia de la democracia está la ética de la derrota”. Cuánto del deterioro democrático y de la mala relación entre gobernantes y periodistas está ligado a la falta de esa ética, de esa aceptación, traducida en obstinados intentos de perpetuación. Sobran los ejemplos notorios en nuestra región, empezando por los Castro, Chávez, Maduro, Ortega, y seguido por infinidad de proyectos personalistas que desmantelan, a veces de manera solapada y otras abiertamente, los mecanismos que promueven la alternancia.
"El mapa regional está teñido de incertidumbre y extravío"
Las actitudes reactivas frente a las reglas de juego hoy las vemos en países con una intensa y extendida gimnasia democrática. Es el caso del impactante asalto al Capitolio después del triunfo de Joe Biden.
En noviembre de 2016, durante la realización de la conferencia Digital Media Latam en Buenos Aires, coorganizada por Adepa, nos visitó Michael Golden, el entonces presidente de Wan Ifra (Asociación Mundial de Editores de Noticias) y vicepresidente de The New York Times. Pocos días antes, contra lo que indicaban las encuestas y pronosticaban –y esperaban– los principales medios norteamericanos, Donald Trump ganó las elecciones presidenciales. La primera lección de esa noche fue que el periodismo no supo detectar los síntomas, las señales de la irrupción de un fenómeno que cambiaría la vida institucional de los Estados Unidos. Trump eligió a la prensa, y particularmente a los dos grandes diarios norteamericanos, como su principal enemigo.
Algunos meses más tarde, me reencontré con Golden en su diario. “Ustedes necesitan un Trump”, me dijo, en broma, refiriéndose a la paradoja de que el presidente que derrumbó muchas de las tradiciones democráticas norteamericanas multiplicó las suscripciones de The New York Times y de otros medios. Fue el factor que aceleró y consolidó, como ningún otro, la transformación digital y el cambio de modelo de negocios de la prensa de los Estados Unidos, marcando un rumbo para la industria de los medios a nivel global. Había un aspecto transaccional en el incremento del pago para acceder a información en momentos en que esta se cotizaba por los intentos de condicionarla o destruirla. Y también una cuota de convicción, por parte de un porcentaje relevante de la ciudadanía, en la necesidad de reequilibrar el sistema ante un avance autoritario, apoyando a quienes buscan echar luz sobre el poder. The Washington Post lo resume con un lema impreso cada día en su portada: “La democracia muere en la oscuridad”.
Consensos
Contar lo que el poder no quiere que se cuente es una definición de periodismo y también de la razón fundamental de sus conflictos con los gobernantes. Contar las cosas como son es otra posible definición de periodismo y también otro factor que genera las fricciones que sufre. Hay entre el periodismo y quienes ejercen –o buscan ejercer– el poder una disputa de sentido. Los intentos de simplificar lo complejo, imponer lo accesorio sobre lo principal, sustituir los argumentos por la descalificación personal o tergiversar la realidad –con enfoques sesgados o incluso impugnando la posibilidad de enfocarla–. Todos estos intentos chocan con el ejercicio del oficio periodístico. Los medios proponen una agenda de temas, apoyada en hechos verificados, para ensayar un debate ciudadano. Ese es el papel que deben jugar para que se active el diálogo democrático. Este se desdibuja cuando se deteriora el consenso sobre los temas de la agenda pública y el consenso sobre la veracidad de los hechos.
La dinámica del mundo digital conspira contra esos consensos, potenciando la fragmentación, la polarización, la incredulidad y la desinformación, generando un terreno fértil para la demagogia. Males que contaminan la convivencia cívica y que requieren un periodismo fuerte para combatirlos y restaurar la calidad de la conversación democrática.
La democracia no goza de buena salud en nuestra región. Se multiplican los signos de su debilitamiento o de la pérdida de esperanza sobre su recuperación. Es lo que ocurre en Cuba con seis largas décadas de autoritarismo. Con Venezuela y Nicaragua, convertidas en grandes maquinarias de opresión y de generación de exiliados. Los peruanos, con su sexto mandato presidencial en cuatro años, no logran salir de una extensa crisis política. En el verano de este año, vimos en los medios el ataque a los emblemáticos edificios de las principales instituciones de Brasil y multitudes frente a cuarteles militares reclamando un golpe.
El mayor desafío es identificar los procesos de regresión democrática en la que los movimientos son sigilosos, en los que cuesta detectar el punto de inflexión en el que la democracia se transforma en autocracia. Se trata de procesos en los que se remueven lenta, pero sostenidamente, las clavijas que sostienen la estructura institucional.
El mapa regional está teñido de incertidumbre y extravío. El centro político se encoge y se fracciona, los partidos son débiles o caducos y las posiciones extremas crecen. En muchos de nuestros países, las planicies necesarias para alcanzar consensos se han convertido en abismos, lo que entre nosotros llamamos grieta.
El periodismo es antigrieta en la medida en que impulsa el diálogo y la construcción de acuerdos para la definición de un camino común. Hoy el debate es acorralado, por un lado, por el fanatismo explícito y, por otro, por una corrección política que es una forma difusa de censura, una intolerancia disfrazada. Se recicla un viejo interrogante. ¿Debemos tolerar a los intolerantes? La democracia y la libertad corren el riesgo de resquebrajarse cuando se usan, con el objetivo de preservarlas, fórmulas propias de quienes las atacan. Prescripciones y prohibiciones. El debate es la mejor terapia para combatir la intolerancia. No tanto por la posibilidad de convencer a los intolerantes sino por la posibilidad de exponer la fragilidad de sus argumentos. Para eso, hay que tener claros, y saber esgrimir, los argumentos democráticos.
¿Cuán saludable es nuestra democracia en este contexto? La Argentina parece, por ahora, resistir mejor que otros países los vientos de la antipolítica que soplan con fuerza en buena parte del continente. Nuestro país hoy exhibe una coalición gobernante y a la principal coalición opositora conformadas por una combinación de los partidos políticos históricos con las fuerzas predominantes de las últimas dos décadas. Incluso, como algún analista ha señalado, las propuestas antisistema están contenidas dentro del menú electoral, reduciendo la posibilidad de un estallido sin liderazgos como los que experimentaron distintos países de la región y nosotros mismos en la crisis de 2001.
Ahora bien, el aniversario de nuestra democracia llega en una etapa en la que la independencia judicial está bajo ataque en nuestro país. En su discurso de cierre de campaña de 1983, Alfonsín concluyó recitando el Preámbulo de nuestra Constitución, convirtiendo en una oración laica a esos postulados del gran acuerdo nacional. Hoy cabe recordar al primero de sus artículos. “La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma representativa republicana federal”.
Esperanza sin optimismo
En la Argentina convivimos con un 100% de inflación, más de 40% de pobres y un 50% de nuestros jóvenes que no entiende lo que lee. Jóvenes, en definitiva, que representan el futuro del país pero que no piensan en él porque no pueden concebirlo. O que, por el contrario, piensan en él, pero proyectándolo muy lejos del lugar en el que viven.
¿Solo hay lugar para el pesimismo? La prensa no puede caer en él. El periodismo cuenta lo que ocurre, opina sobre ello, impulsa a otros a hacer lo mismo para ensayar ese diálogo que toda democracia requiere. Santiago Kovadloff lo dijo de este modo en un encuentro de Adepa: “Un auténtico pesimista no se expresa, no se pronuncia. Simplemente calla y renuncia”. Quizás los editores y periodistas tampoco seamos necesariamente optimistas. El optimismo y el pesimismo, finalmente, son variantes de un fatalismo que prescinde de la acción y la voluntad. Parafraseando el título de un libro del crítico inglés Terry Eagleton, editores y periodistas tal vez somos esperanzados sin optimismo.
La esperanza requiere que forjemos ese futuro que anhelamos. Ese porvenir, al igual que una democracia fuerte, no es algo que nos sea dado. Es algo que, cada día, con mucho esfuerzo, debemos construir.

Presidente de ADEPA (Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas)

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Daniel Dessein

jueves, 23 de marzo de 2023

40 AÑOS DE DEMOCRACIA


1983-2023: otro cambio de era
Jesús Rodríguez

A cuatro décadas de la inauguración democrática, el balance tiene intensos claroscuros. Del lado luminoso, haber dejado atrás medio siglo de golpes y dictaduras convierte al año 1983 en un auténtico cambio de era, al sepultar para siempre la violencia como método de acción política.
Sin embargo, la institucionalidad ganada en 1983 ha sido hasta ahora insuficiente para construir un patrón productivo sostenible, social y económicamente, que reemplace el agotado modelo de sustitución de importaciones.
Un indicador de la frustración es que mientras el Índice de Desarrollo Humano, elaborado por las Naciones Unidas, ubicaba a nuestro país en el puesto 34 en 2005, en 2019 la Argentina descendió al puesto 48 en el posicionamiento global. La combinación de facilismo en lo económico y modos populistas en la acción política explica las malogradas expectativas sociales de progreso individual y colectivo.
En este contexto, de rutina en la elección popular de los gobernantes y estancamiento económico, el cuarto gobierno peronista con impronta kirchnerista consolidó el atraso relativo. Unos pocos datos ilustran esta afirmación: al finalizar la administración Fernández- Kirchner, los argentinos seremos más pobres que al inicio de su mandato; la inflación escalará a tres dígitos por primera vez en el siglo; 38,9% de la población urbana vive en situación de pobreza; dos de cada tres niños y adolescentes viven en hogares pobres; la mitad de las personas entre 18 y 24 años no cuenta con estudios secundarios.
El oficialismo pretende justificar esta dramática realidad con las derivaciones de la pandemia y el impacto económico de la guerra en Europa, desatada por la criminal invasión rusa a Ucrania. Sin embargo, así como el entorno económico internacional no ha sido hostil para nuestro país – el indicador que mide la evolución relativa de los precios de los productos de exportación e importación es un 40% superior al promedio histórico y está en los máximos niveles desde la recuperación democrática–, la pésima gestión oficial de la pandemia de Covid –en términos relativos con otros países, incluidos los de nuestra región– contribuye a explicar los desalentadores resultados en el período.
Los datos muestran que: formamos parte del grupo de 15 países con mayor número de fallecidos por millón de habitantes; la caída de la actividad en el primer año de la pandemia fue tres veces mayor al promedio global; el incremento de la pobreza en ese mismo año triplicó el promedio de 18 países analizados de América Latina; el confinamiento superó el 40% del promedio mundial; el riesgo sobre la calidad institucional de las decisiones oficiales nos ubica en el segundo puesto, solo superado por Sri Lanka. En el caso del presente gobierno peronista, además del estilo populista y del facilismo económico, su desempeño se ve negativamente afectado por una anomalía congénita: el núcleo de la decisión político- estratégica no está en la sede oficial de gobierno.
Esta situación, además de asegurar consecuencias negativas, como la propia historia argentina y los antecedentes internacionales muestran, está agravada por otras particularidades.
El titular del Poder Ejecutivo carece del liderazgo social que supieron ofrecer otros presidentes peronistas, como Carlos Menem y Cristina Fernández, y adolece de la legitimidad partidaria que exhibieron los otros dos presidentes peronistas de este siglo, Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner.
Un indicador de los riesgos que ofrece el modo de funcionamiento del consorcio oficialista es que, de no ser por la actitud cooperativa de la oposición, la irresponsable decisión de un nutrido contingente de legisladores oficialistas pudo haber producido el rechazo del Congreso al acuerdo con el FMI suscrito por el Poder Ejecutivo. La gestión del binomio Alberto Fernández y Cristina Fernández será recordada por dos registros: el gobierno que más decretos de contenido legislativo produjo y el que más endeudó a la Nación en toda la historia.
Así, a pesar de las crecientes urgencias, lo máximo que puede esperarse de la actual administración es que, dada la falta de convicción y aptitud para intentar reorientar el rumbo, la situación no empeore. No obstante, el riesgo es que la acción de los múltiples actores con capacidad de veto en el consorcio oficialista amplifique la impotencia gubernamental, y que el deterioro de las condiciones sociales abone el terreno para la acción de los que impugnan la política, entendida como el gobierno del espacio público compartido con reglas basadas en el respeto de la ley y los derechos humanos.
La posibilidad de afrontar con éxito los desafíos mayúsculos a los que nos enfrentamos, luego de esta etapa caracterizada por el populismo recargado y el ultrafacilismo económico, exige asumir que el diseño, la implementación y la gestión política del programa de gobierno conforman un conjunto inseparable y que, en materia económica, el plan de estabilización debe ser acompañado por un programa de reforma que haga posible no solo el control de la inflación sino sentar las bases de un crecimiento sostenible, social y económicamente. La viabilidad de las transformaciones que nos permitan superar el estancamiento secular está dada por una integración racional de la Argentina a un mundo convulsionado y por la solidez de nuestro sistema político.
Estamos en una etapa de los asuntos internacionales caracterizada por una “desoccidentalización” de la globalización que está condicionada, además, por un doble riesgo: una muy débil gobernanza y Estados nacionales limitados por la mundialización, como lo prueba la pandemia. En este contexto global, signado por la volatilidad y la incertidumbre, el único camino posible para países como el nuestro es afirmar la voluntad de compartir un mundo gobernado por reglas aceptadas y respetadas por todos desde nuestra pertenencia a Occidente –con su carga valorativa de afirmación de la fe democrática, la promoción de los derechos humanos y la defensa de la paz– y al sur global –con nuestro acervo cultural de economía mixta de base capitalista que propicia normas y regulaciones eficaces para el comercio y las finanzas internacionales–.
Desde esa perspectiva, luce como una condición necesaria que la próxima administración se proponga iniciar el proceso de ingreso en la OCDE y culminar con la aprobación legislativa del Acuerdo Birregional Mercosur-Unión Europea. Las buenas prácticas que guían las recomendaciones de la OCDE y, sobre todo, el Acuerdo con la UE son el camino que conduce a consolidar un patrón productivo, ausente desde antes de la dictadura, caracterizado por la decisión de incorporarnos a las corrientes más dinámicas del comercio mundial con creciente valor agregado en nuestra producción exportable.
Ese Acuerdo, además, tiene la virtud de acelerar el fortalecimiento del Mercosur, no solo en términos comerciales, sino como una vigorosa plataforma protagonista de la discusión geopolítica global a la que nos sumamos, con sus contenidos de democracia, multilateralismo, respeto a las reglas, promoción de los derechos humanos y protección del medio ambiente.
Existe suficiente evidencia empírica para afirmar que la dimensión institucional es clave para explicar los resultados económicos y sociales de una comunidad. No es resultado del azar que, aun siendo nuestro país el iniciador de la ola democratizadora de Sudamérica hace cuatro décadas, las únicas tres democracias categorizadas como plenas en nuestra región de América Latina, Chile, Costa Rica y Uruguay, no solo exhiben indicadores económicos y sociales relativamente satisfactorios, sino que, además, afrontaron la pandemia con recursos institucionales más efectivos que sus vecinos.
En los últimos años, según la Cepal, esos tres países pudieron reducir significativamente los niveles de pobreza (Chile casi 30 puntos porcentuales entre 2008 y 2017; Costa Rica y Uruguay 11 y 15 puntos porcentuales, respectivamente, entre 2002 y 2021). En relación a la pandemia, esos tres países también tuvieron un mejor desempeño, ubicándose en las posiciones 27, 36 y 45, sobre 149 países, frente a la Argentina que integra el lote de quince países más afectados, de acuerdo al indicador de fallecidos por millón de habitantes.
Es sabido que, así como el riesgo es consustancial al modo de producción capitalista competitivo, el capitalismo tiene máxima aversión a la incertidumbre. De allí que el orden político debe ser apto para maximizar la certeza en un entorno, de por sí, volátil e incierto. En China, por caso, esa previsibilidad está dada por un régimen político de partido único, pero, en contraposición, donde la libertad es un principio basal de la convivencia social el orden político deseable se asienta sobre tres pilares complementarios. Uno democrático, donde las elecciones libres, limpias y verificables sean la única fuente legítima de poder. Pero no es suficiente el principio de la soberanía popular; debe también asentarse sobre un pilar liberal que asegure derechos individuales para todos, pero especialmente para las minorías. Y, no menos importante, un sustento republicano que garantice la división y la independencia de los poderes y una efectiva rendición de cuentas.
Así, entonces, la reparación institucional y la integración racional al mundo son las vigas maestras del cambio de era necesario para hacer realidad la realización individual y el progreso social en la Argentina. De allí que una principal responsabilidad de la dirigencia, entendida en un sentido amplio, es la docencia –esa noble faceta de la acción política que incluye la formación de ciudadanos antes que antagonistas– para que seamos protagonistas de una nueva gesta que, a 40 años del momento inaugural de la democracia, sea la de la definitiva senda a la plena libertad y a la solidaria igualdad.

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sábado, 4 de marzo de 2023

40 AÑOS DE DEMOCRACIA


Administrar la tensa y larga agonía del Frente de Todos
Nunca un gobierno peronista enfrentó una coyuntura similar: liderazgo presidencial licuado e irrelevante, con una narrativa disociada de la realidad y sin candidatos competitivos en un año electoral
Sergio Berensztein
En cuatro décadas de vida democrática, nunca un gobierno peronista enfrentó una coyuntura similar: un liderazgo presidencial tan licuado como irrelevante, caracterizado por una narrativa disociada de la realidad, que aspira a que la economía, con suerte, no le quite aún más apoyo popular y que carece de candidatos presidenciables competitivos en un año electoral. En esta categoría, el primus inter pares es el propio Alberto Fernández, que en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso mostró que no solo está alejado de la realidad de la sociedad, sino también de las necesidades de su propia coalición. Una encuesta de d’Alessio IROL/Berensztein detectó que el 67% considera que el Presidente omitió hablar de los problemas reales de la Argentina; el 63%, que mantuvo una actitud inadecuada contra los miembros de la Corte Suprema, y el 58%, contra la oposición. El 74% considera su gestión “mala” o “muy mala”. Curiosamente, la opción en principio más potable del FdT, que podría en teoría pelear el segundo lugar y llegar al ballottage, se ha autoexcluido del proceso electoral con el exótico argumento de una proscripción, que permanece firme ante la inexistencia de un “operativo clamor” contundente como para que la vicepresidente revise su decisión.
Los mismos sondeos que marcan un deterioro casi sin precedente de la imagen presidencial y de la confianza en el Gobierno (donde resaltan, sobre todo, las preocupaciones respecto de las cuestiones económicas, fundamentalmente la inflación) también sugieren que el techo electoral del FdT oscila en torno al tercio de los votantes. Cristina Kirchner parece resignada a aceptar que ya no está en condiciones de modificar esa dura realidad: ni designando por sorpresa, como en mayo de 2019, a un candidato con chances de ampliar aunque sea parcialmente su base electoral, ni mucho menos compitiendo ella misma por la presidencia, dada su altísima imagen negativa. ¿Explica esto el tono “testimonial” de la queja por la imaginaria proscripción y de la insistencia para que revea su autoexclusión por parte de sus más fieles seguidores, incluyendo los integrantes de La Cámpora?
Si la situación económica no empeorase, lo que constituye hoy una hipótesis muy optimista, el peronismo se enfrenta ante un escenario sombrío: una derrota electoral que, proyectando los datos actuales, sería la peor de su historia. En privado, muchos de los principales referentes del FdT reconocen esta situación. dos preguntas muy básicas aparecen de manera inevitable. ¿Qué puede pasar en los próximos meses que mejore el actual estado de cosas? ¿Cómo hará el peronismo para reinventarse luego de esta potencial derrota y quiénes serán los protagonistas de ese proceso?
Respecto de lo primero, parece imposible que esta administración imprima un giro más pragmático para implementar algo parecido a un plan de estabilización: carece de la convicción, del liderazgo y de la credibilidad como para intentar esa salida. En este escenario de fragilidad extrema, una nueva edición del “plan platita” implicaría un salto al vacío con consecuencias impredecibles tanto desde el punto de vista económico como, en especial, del político-electoral. Cuando faltan siete meses y medio para las elecciones, sostener el statu quo (que la situación no empeore) surge como la opción menos mala para el oficialismo. Administrar esta larga y tensa agonía constituye un objetivo muy 
poco edificante. Pero el peronismo debería priorizar el futuro: la etapa de reconstrucción.
En varios países de América Latina, el debilitamiento de los partidos políticos que protagonizaron las transiciones a la democracia tuvo derivaciones muy negativas
Cuanto peor termine este gobierno, más difícil será la tarea posterior. “Quemar las naves” puede ser una idea desastrosa tanto para el corto como para el mediano y el largo plazo. En varios países de América Latina, el debilitamiento de los partidos políticos que protagonizaron las transiciones a la democracia tuvo derivaciones muy negativas en la estabilidad política y la gobernabilidad democrática, con casos donde se verifican involuciones o regresiones hacia regímenes no liberales, híbridos o aun autoritarios. La crisis endémica en Perú es expresión de lo que ocurre cuando colapsa el sistema de partidos. Algo parecido explica el fenómeno Bolsonaro en Brasil, con una dinámica de polarización extrema cuya resolución aún no está clara. El desgaste de los partidos tradicionales en Chile dio lugar a una fragmentación extrema que el gobierno de Boric, con suerte, no terminará agravando. México es tal vez el ejemplo más contundente y preocupante de cómo un liderazgo ex ante “renovador”, como el de Andrés Manuel López Obrador, puede terminar erosionando el acervo institucional, fundamentalmente en el plano electoral. Es imposible entender el fenómeno del chavismo sin considerar la profunda crisis del sistema bipartidario que estalló a comienzos de la década de 1990 en Venezuela. Con todos sus vicios y dificultades, los sistemas de partidos contribuyen a la estabilidad política, la previsibilidad y la gobernabilidad.
Puede argumentarse que en la Argentina uno de los componentes del FdT, el kirchnerismo, exhibe evidentes elementos antiliberales, con una permanente pulsión por erosionar la institucionalidad democrática en su búsqueda por concentrar el poder en la persona del líder (primero Néstor Kirchner, luego Cristina). Sin embargo, la debilidad relativa en términos político-electorales obligó al ecosistema K a buscar aliados dentro y fuera del peronismo: la sociedad argentina es mucho más diversa, plural y moderada de lo que el kirchnerismo hubiera necesitado para desplegar sus proyectos hegemónicos sin los límites que siempre encontró. Y si bien es cierto que, como se quejan muchos líderes sindicales y no pocos gobernadores, tuvo “secuestrado” al resto del peronismo por prácticamente dos décadas, hubo infinidad de transacciones y acuerdos de conveniencia que explican la relativa pasividad con que sus aliados históricos y coyunturales se dejaron colonizar. En todo caso, el fenómeno K es la principal causa de la explosión de gasto público que experimenta el país desde 2003.
Esto permite entender el otro componente de la política que conmociona el sistema de partidos: el fenómeno Milei. El líder libertario ganó un espacio determinante en la oferta electoral por denunciar los excesos de gasto público, capitalizando parte de la enorme frustración que caracteriza a un amplio segmento de la sociedad, sobre todo a los votantes más jóvenes. Monopoliza el discurso antisistema, ya que la izquierda vernácula carece de una narrativa original y compite con los segmentos más radicalizados del oficialismo en desplegar una retórica anticapitalista.
Hasta ahora, las terceras fuerzas nunca lograron desplazar o romper el orden bipartidario (o bicoalicional) que imperó históricamente en la Argentina: las altas barreras de entrada a la competencia electoral, el sistema de votación y las reglas informales constituyeron límites insoslayables para quienes por izquierda (el Frepaso, antes el Partido Intransigente), por el centro (Massa, Lavagna) o por derecha (el Partido Federal de Paco Manrique, la Ucedé de Alvaro Alzogaray, la Acción para la República de domingo Cavallo o Recrear de Ricardo López Murphy) pretendieron, de 1983 a la fecha, ampliar las posibilidades de alternancia. ¿Podrá el líder de La Libertad Avanza modificar esta tendencia?

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viernes, 3 de marzo de 2023

40 AÑOS DE DEMOCRACIA


Argentina 2023
Martín Balza
En pocos meses, en nuestro país se llevarán a cabo elecciones generales mediante el sufragio, que Roque Sáenz Peña acertadamente calificó como “la esencia de la soberanía”. Reconocidos politólogos afirman que es la institución en virtud de la cual los ciudadanos eligen a la persona o personas encargadas de desempeñar los poderes públicos.
¿El sufragio es un derecho natural o un derecho político? Distintos autores han incursionado respecto de su naturaleza. Opto por aquellos que distinguen entre el sufragio como un derecho en potencia y el voto como ejercicio de aquel. El primero sería un derecho natural, inalienable e imprescriptible que, pese a su contenido político, no pierde nunca su naturaleza; el segundo –el voto– es una forma del único soberano, que es el pueblo, de hacer efectivo aquel derecho. Las elecciones son un acto esencial y de confianza en la democracia. No se trata de un acto sublime y misterioso, es algo que hace a la convivencia de los argentinos, y se realizarán en un clima caracterizado por una expresión utilizada para denominar una división, normalmente violenta, binaria y maniquea: la llamada grieta, que se remonta a principios del siglo XX.
No pocos aseguran que se institucionalizó en 1955 con los bombardeos en la Plaza de Mayo –más de trescientos muertos, casi la mitad de los caídos en Malvinas y cuatro de los seis golpes de Estado cívico-militares del siglo XX–, pero se agudizó por otros medios en el siglo actual. No me atrevo a calificar y analizar nuestras grietas desde un purismo ético, hay que hacerlo con y desde los instrumentos de la hermenéutica histórica. Algunas grietas han sido estúpidas y funestas. En cuanto a los golpes de Estado, me remito a lo expresado por el expresidente Raúl R. Alfonsín: “Han sido siempre cívico-militares. La responsabilidad indudablemente militar de su aspecto operativo no debe hacernos olvidar la pesada responsabilidad civil de su programación y alimentación ideológica” (Memoria política, pág. 255). En cuarenta años no hemos superado nuestro pasado de desencuentros, pues este es, según Borges, “… indestructible, tarde o temprano vuelven las cosas, y una de las cosas que vuelven es el proyecto de abolir el pasado”.
En tal sentido, debe respetarse el disenso y sobre todo el diálogo; ambos movilizan emociones y deseos, siempre y cuando las partes estén dispuestas a admitir la evidencia, aunque sea descubierta y propuesta por el otro, en el marco de la veracidad y la coherencia. De otro modo, aprecio que el diálogo se convierte en profanación. En el diálogo debemos dejar de lado el enojo, el insulto, y los rostros ceñudos, agrios, incapaces de sonreír. Algo propio de los mediocres es la vanidad, la soberbia agresiva y el odio, cuando no la venganza, que puede impregnar todos los ámbitos humanos, uno de ellos, de muy fácil infiltración es la política. No puedo dejar de mencionar la frecuente omisión intencional e hipocresía. ¿Un ejemplo? Thomas Jefferson escribió en la declaración de la independencia de los Estados Unidos que “todos los hombres son creados iguales”, sin embargo era dueño de algunos esclavos. No es necesario estar de acuerdo, se puede discrepar enérgicamente pero sin romper la concordia, que no es acuerdo, sino la firme decisión de convivir juntos. Ello impone escuchar y escucharse, empatizar y evitar una ideología rígida y una exaltación mesiánica.
El hecho de que el objetivo de un partido sea oponerse a otro por la oposición misma es la perversión de la democracia, es una heresiología laica. El adversario político no es un enemigo. Una oposición seria y madura, con predisposición a consensuar proyectos indispensables para nuestro país, no debería desconocer que en la alternancia republicana puede ser también un beneficio para ella.
Sobre la conflictiva situación actual en la región, el presidente Alberto Fernández dijo: “Difícilmente pasaría algo así en la Argentina, porque tenemos Fuerzas Armadas (FF.AA.) alineadas con las instituciones” (la nacion, 23 enero de 2023). Concepto indiscutible, pero olvidado por gran parte de la dirigencia política. En rigor, desde hace más de tres décadas las FF.AA. están subordinadas al poder civil y a la esencia de los valores republicanos contenidos en la Constitución Nacional (CN), a pesar de la desatención a que han sido sometidas en el siglo actual: presupuesto y sueldos más bajos de la historia; sanción de decretos inconstitucionales y resoluciones de contenido político, partidario e ideológico que interfieren en la designación de nombramientos y ascensos. Todo ello afecta la profesionalidad, el reequipamiento, la operatividad, la moral y limita seriamente el cumplimiento de la misión de las FF.AA.: disponer de una capacidad de disuasión creíble que posibilite desalentar amenazas que afecten los intereses vitales de la Nación, y nuestra propia soberanía. Esta última es la facultad de autodeterminación, como manifestación del poder del Estado. No protegerla es perder el derecho de fijar nuestro destino. Recuerdo que la conducción primaria de las FF.AA. corresponde al Poder Legislativo (artículo 75, inciso 27) y al Ejecutivo (artículo 99, inciso 12/14) de la CN.
El actual marco internacional es multipolar, imprevisible y conflictivo; y el regional, incierto con una democracia en retroceso. Nuestro frente interno –carente de sólidos liderazgos– evidencia serias dificultades en lo político, psicosocial, económico, y un vacilante accionar en nuestras relaciones exteriores. No obstante, se abre la posibilidad de consensuar y mejorar la difícil convivencia en libertad que hemos logrado. Encauzar, y avanzar en la solución de todo lo expresado, no será fácil y demandará más de tres mandatos presidenciales. Recuerdo que Nelson Mandela dijo: “Debemos usar el tiempo disponible y darnos cuenta de que siempre es el momento oportuno para hacer las cosas bien”.
Es hora de avanzar hacia una difícil y necesaria reconciliación, con los sectores polarizados y consolidados en torno a su propia verdad sobre el pasado; lo que exige fomentar una cultura para que las partes revisen su historia con sentido crítico y reconozcan las distorsiones en su autocomprensión. De lo contrario, será construir una casa sobre arena, débil e inerme ante las tempestades y los huracanes de la historia.
Exjefe del Ejército Argentino. Veterano de la Guerra de Malvinas y exembajador en Colombia y Costa Rica
Nelson Mandela dijo: “Debemos usar el tiempo disponible y darnos cuenta de que siempre es el momento oportuno para hacer las cosas bien”

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miércoles, 15 de febrero de 2023

40 AÑOS DE DEMOCRACIA


¿Quién será el próximo (des)tapado en la Argentina?
Santiago C. Leiras
A casi 40 años de la instauración de la democracia en nuestro país, disponemos de una muy rica experiencia de actores no detectados por el radar de la política tradicional ni de los medios de comunicación que culminaron en la Casa Rosada. El radar no estaría todavía detectando al próximo presidente de nuestro país a partir de diciembre de 2023.
En los comienzos de la transición a la democracia impulsada por la debacle militar en el conflicto de Malvinas en junio de 1982, Raúl Alfonsín era un desconocido líder de la Unión Cívica Radical y la política partidaria emergente daba por descontado el triunfo del “más grande partido de Occidente”, el justicialismo. Una muy convincente campaña electoral del candidato radical acompañada de un proceso de renovación generacional del centenario partido, sumado a los desaciertos estratégicos del justicialismo, generó condiciones para el triunfo el 30 de octubre de 1983 de aquel desconocido candidato al comienzo de la reapertura política de 1982.
En julio de 1988, un dirigente periférico del justicialismo, gobernador de La Rioja, derrotaba en muy competitivos comicios internos al “candidato natural” del Partido Justicialista, Antonio Cafiero, gobernador de Buenos Aires, iniciando Carlos Menem su ascendente camino hacia la presidencia de la Nación entre 1989 y 1999. De la misma manera, Néstor Kirchner, Mauricio Macri o Alberto Fernández integran esa lista de una rica tradición de “tapados” de la política argentina.
Kirchner llega a la candidatura presidencial patrocinado por Eduardo Duhalde, ante el fracaso de los intentos de instalación de la candidatura de Carlos Reutemann, en primer lugar, y de José Manuel de la Sota, en segundo término. Derrotado por Menem en la primera vuelta, y ante la renuncia del expresidente a participar en el ballottage, asume la presidencia el 25 de mayo de 2003.
Contra todos los pronósticos que auguraban el triunfo del candidato del Frente para la Victoria Daniel Scioli, Macri termina derrotando al candidato oficialista por un estrecho porcentaje en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2015, al frente de una coalición electoral con la Unión Cívica Radical y la Coalición Cívica: Cambiemos. El sábado 18 de mayo de 2019, mediante un mensaje transmitido en video, la expresidente Cristina Fernández comunicó el ofrecimiento de la candidatura presidencial al exjefe de Gabinete Alberto Fernández, proponiéndose para acompañarlo como su compañera de fórmula, con el propósito de garantizar la unidad de un fragmentado peronismo y su victoria en las elecciones presidenciales de 2019, en un procedimiento sin precedente en la política argentina. Excepciones a la “regla” han sido Fernando de la Rúa, elegido candidato presidencial a través de un procedimiento de primaria abierta mediante el cual derrotó a Graciela Fernández Meijide en 1998, y Cristina Fernández, aun con el suspenso de una candidatura de “pingüino o pingüina” al que hacía referencia Kirchner para introducir algún grado de “incertidumbre” a la resolución de la definición de la fórmula presidencial.
Luego de la debacle futbolística del Mundial de Rusia de 2018 tuvo inicio un nuevo proceso conducido con un joven entrenador sin experiencia en el cargo en clubes de primera división y que terminó representando una alternativa por default para la conducción de la selección nacional: Lionel Scaloni. El “tapado” lleva a la selección argentina a los más importantes logros deportivos luego de muchos años de frustración (Copa América en 2021, Finalísima y Copa del Mundo 2022); los “tapados” en la arena política nos han hecho transitar a lo largo de estos 39 años por un ciclo caracterizado por escasos logros (una democracia resiliente) y muchas frustraciones (aumento de la pobreza, mayor desigualdad social, aumento de la inseguridad urbana, etc.). ¿Quién será el próximo (des)tapado? ¿Será producto de las PASO o de algún otro video? ¿Estaremos en presencia del futuro Scaloni de la política nacional o frente a una nueva frustración colectiva? Preguntas que abundan, respuestas que escasean.

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