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sábado, 18 de febrero de 2017

DEL AMOR....LECTURAS RECOMENDADAS


Siempre amor: romances literarios argentinos del siglo XXI
En primera persona, 10 autores contemporáneos hablan sobre el papel del corazón en la ficción, fuente de dolor, de intriga y de nuevos vínculos interpersonales
No hay literatura sin amor. Y, como sugieren autores tan disímiles como Martha Nussbaum, Roland Barthes o Daniel Link, tampoco hay amor sin celos, sin la ansiedad de la espera, sin llantos, sin ternura ni ética. El amor en la literatura argentina fue abordado por un amplio conjunto de narradores que, desde Macedonio Fernández hasta el Roberto Arlt de El amor brujo, pasando por Martha Mercader, Ana María Shua, Daniel Guebel (en Nina) o Beatriz Vignoli en Nadie sabe adónde va la noche, encontraron la singularidad que cada historia de amor posee.

Los tiempos y las formas del romance cambian. Amores conyugales, aventuras clandestinas, dramas incestuosos; fugas de adolescentes, pasiones lesbianas y arrebatos proletarios arden en las páginas escritas tras el cambio de siglo. Ofrecemos un panorama en primera persona de 10 escritores contemporáneos en cuyas ficciones el amor es, también, motivo de interrogación e intriga.


Cristina Civale

Buenos Aires, 1960
Escritora, periodista y editora

"En mi última novela, Una historia familiar (Milena Caserola), la protagonista recurre en situaciones donde termina preguntándose por qué no pueden amarla. En la historia late la idea de que el dolor proviene de no ser amada, pero el dolor surge cada vez que ella puede decir «te amo». Es una idea que atraviesa algunas de mis otras ficciones. La enunciación del «te amo» dicho por mis protagonistas es lo que las coloca en una zona de malestar."



Ignacio Molina
Bahía Blanca, 1976

Entre otros, publicó Los modos de ganarse la vida y Los estantes vacíos
"Los puentes magnéticos (Entropía) es una novela que cuenta varias historias de amor. Lo que subyace en esas historias, y en las que se desarrollan paralelamente, es la ausencia del papá de Camila, desaparecido años atrás en la selva amazónica. Creo que la novela termina en el momento en que Camila, tras forzar situaciones, empieza a dejar atrás los duelos para entonces poder vivir otras clases de historias de amor."



Mariana Travacio
Rosario, 1967
Vivió en San Pablo; reside en Buenos Aires. En 2015 publicó Cotidiano
"En medio de la desolación, los personajes de Como si existiese el perdón (Metalúcida) se profesan alguna clase de amor: quizás, bajo la forma de la ternura, incluso precaria, nunca dicha, pero puesta en acto: esos afectos que, en medio de situaciones extremas e inermes, ahí donde no hay casi nada, se terminan por adivinar en pequeños gestos."




Gabriela Cabezón Cámara
Buenos Aires, 1968
Es periodista y autora de La Virgen Cabeza y Le viste la cara a Dios
"En Romance de la negra rubia (Eterna Cadencia), una mujer se incinera de «sacada» por merca, whisky y por desalojo. Sobrevive y deviene performer, pieza central de un envío argentino a la Bienal de Venecia. Otra, rica, compra la obra. Se quedan juntas porque se enamoran, tienen relaciones sexuales, hacen otra obra de arte para terminar la primera, se divierten. Me interesó pensar en un amor trans, que no se acaba nunca porque cada vez que te mirás al espejo y ves tu cara... ves la de tu amor."



Paula Pérez Alonso
Buenos Aires, 1958
Escritora y editora
"El amor es un innombrable, en cuanto se lo nombra desaparece o se convierte en otra cosa. En mis novelas la mirada es oblicua. Parto de que la vida es trágica, no romántica. En No sé si casarme o comprarme un perro (Tusquets), tres de los cinco personajes son personas desesperadas; la narradora ha decidido vivir en el tono provocador y desprejuiciado del título, pero pronto se da cuenta de que el pasado lleno de ideales, dolor, muerte y pérdida reaparece. Cuando uno escribe, descubre cosas que no sabía antes y quiere hacer algo distinto, no previsible, escribir, no reproducir."


Diego Erlan
San Miguel de Tucumán, 1979
Narrador, editor y periodista
"Hace varias semanas que Tony, el canillita al que le compro el diario, me recomienda algún libro diciendo: «Para vos, que escribís sobre el amor». Suelo reírme. Así pasamos de algún cuento de Fontanarrosa al psicoanálisis de Gérard Pommier. Ambos toman, desde su lugar, el amor como problema o, más bien, como enigma. Me interesa ese enigma. En La disolución (Tusquets), Simón intenta reconstruir, con los restos, una relación que terminó. En El amor nos destrozará (Tusquets). Agustín intenta recuperar la voz de su hermana muerta mientras se encuentra sumergido en la ruina de su familia: una sociedad involuntaria donde conviven el amor y el espanto. Sabemos que toda historia de amor contiene el desenlace inevitable del título. Los finales felices no tienen gracia ni historia."



Juan Terranova
Buenos Aires, 1975
Sus libros recientes son El amor cruel y otros cuentos (El Cuervo Blanco) y El monólogo argentino
"No hay nada más allá de las historias de amor y de guerra. La guerra a veces se convierte en política o en genocidio; el amor, en odio, en masoquismo, en envidia, en intransigencia. También es posible formar parejas de híbridos, la política del odio, la guerra del amor. Las variaciones y las combinaciones están en la esencia misma del arte. Mucho antes de la modernidad, el Clasicismo ya lo sabía y exploraba esas posibilidades. Luego el Romanticismo pasó el objeto por la mirada del artista, y la subjetividad y la pasión dominaron todo, pero las variaciones siguieron impregnadas de la demanda caprichosa de originalidad. Si pienso en Walsh, en Piglia, en Saer, en Sarlo, en Ludmer, en Libertella, en Aira, no veo mucha preocupación por el amor y sí bastante por la guerra, la política, sus recomposiciones e intercambios con la tradición y la lengua. Manuel Puig, Jorge Asís, Alberto Laiseca, María Moreno y Fogwill sí se ocuparon del amor y por eso son escritores más deformes, más subjetivos, laterales y feroces."



Iosi Havilio
Buenos Aires, 1974
Autor de las novelas Open Door y Pequeña flor, este fragmento pertenece a la nueva novela inédita
"¿Qué no hice por perseguir un amor? Fui capaz de subirme a un zeppelin que iba al muere, de tirarme al vacío y de cavarme el pozo más profundo del mundo... y ahora soy esto que ves, una estantería estrepitosa que no se anima a casi nada. Hasta que apareciste vos... El amor es el órgano fantasma... el órgano supremo, tenemos el cerebro, la lengua, los oídos, los ojos, los pulmones, el corazón, el timo, el estómago, el hígado, los riñones, el páncreas, el bazo, el pene, el clítoris, los testículos, el útero, la próstata, la vejiga, los huesos, los músculos y la piel... veintiún órganos, el número 22 es el amor..."



Martín Sancia
Buenos Aires, 1973
Colaboró con cuentos y textos breves en la revista Beatrizos. Hotaru obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Novela Negra BAN!-Extremo Negro 2014
"Cuando escribí Hotaru (Del Nuevo Extremo), tenía como referencia lejana la novela bizantina, género que se desarrolló en España entre los siglos XVI y XVII. Pero también tenía una imagen que me guiaba y a la que quería llegar: a fines de la década de 1970, en la Argentina, una chica se despierta en una habitación oscura y sórdida, tirada sobre un colchoneta, y mira a su alrededor y ve, entre las sombras, a una geisha que se acerca con intenciones de darle de comer. Creo que fue esa imagen la que llevó la novela hacia el género negro. Aunque, posiblemente, sea más una novela de amor."



Fernanda García Lao y Guillermo Saccomanno
Mendoza, 1966 y Buenos Aires, 1948
Narradores
Amor invertido (Seix Barral) es una novela escrita a cuatro manos por una pareja de escritores: García Lao y Saccomanno. "No inventamos un género, sino que lo recordamos -declara García Lao-. Hablo de esa literatura que uno leyó y de la que se valió para ser escritor. El amor se narra desde el cuerpo y desde el permiso y la impudicia para decir las cosas cuando es necesario. El lenguaje recrea fantasías y terrores ocultos detrás de cada palabra." Amor invertido fue presentada como una novela erótica, un experimento literario-amoroso y un pequeño manual de perversiones.

D. G.

domingo, 5 de febrero de 2017

AMORES, PASIONES Y AMORÍOS


Ciñámonos a los hechos puros y duros. En 1274, en Florencia, un niño de nueve años llamado Dante, hijo de un tal Alighiero di Bellincione d’Alighiero, se cruza con una niña de ocho años llamada Bice, hija de un tal Folco Portinari.
Puede que los dos niños intercambiaran una sonrisa o se miraran con cara de pocos amigos; en cualquier caso, el
encuentro termina ahí.
Sin embargo, ese instante fugaz arraigará en la memoria del niño, se agigantará y se dilatará en el tiempo.
En 1277, Dante, que cuenta apenas doce años, queda prometido por orden de su padre con Gemma di Manetto Donati.
En 1283 Dante, con dieciocho años, vuelve a cruzarse con Bice. La saluda y ella responde amablemente, preguntándose sin duda quién será ese joven.


El encuentro, al igual que el primero, no tiene continuidad. Pero para él ese saludo se convertirá no solo en un
acontecimiento personal, sino en el origen de una nueva manera de hacer poesía y de ver a la mujer.
Tan noble y tan honesta parece la dama mía cuando a otro saluda, que las lenguas, temblando, enmudecen, y los ojos a mirar no se atreven.
¿No es un poco excesivo para un simple saludo? Y si la muchacha hubiera hablado, si hubieran cruzado alguna frase, ¿qué habría ocurrido?
¿Habría cundido el pánico en la ciudad?¿Estarían todos temblando, mudos y con los ojos cerrados?
Cuatro años después, Bice se casa con Simone di Geri de’ Bardi. Y muere el 8 de junio de 1290. Dante, por su
parte, se casará con Gemma, probablemente en 1295. Del matrimonio nacerán tres hijos varones y una niña.
Es seguro que Dante y Beatriz —así rebautizará a Bice el poeta— nunca tuvieron ocasión de encontrarse cara a
cara ni, por lo tanto, de intercambiar una sola palabra.
Es decir, siguieron siendo dos perfectos desconocidos el uno para el otro. No obstante, Beatriz será para
siempre «la dama mía» de Dante, que la amará durante toda la vida y al final la sublimará como su guía al Paraíso.


Debo confesar mi absoluta y congénita incapacidad para comprender esta historia, a la que suele calificarse
de sublime aventura amorosa.
¿Acaso el amor no es siempre un juego de dos? La pobre Bice es del todo ajena al revuelo que Dante provoca en su nombre, se halla muy lejos de considerarse un ángel o nada por el estilo, es una fiel esposa y una buena madre de familia.
Ignora, hablando claro, ser el objeto ya no del amor, sino del vicio solitario y totalmente imaginario de Dante, quien, cuando tenía una fijación, era incapaz de sustraerse a ella.
Francesco Petrarca, en una carta a su amigo Giovanni Boccaccio, explica que vio a Dante una sola vez, de niño, cuando este fue a su casa a visitar a su padre, con quien más tarde partiría al exilio.
A pesar de los desmesurados elogios que dedica al poeta supremo, Petrarca insinúa aquí y allá que Dante era «tenaz en su propósito, que de nada se cuida sino de procurarse gran nombre» y que nada en el mundo habría podido desviarlo «del camino emprendido».


Dante, pues, se obstina en recrear a una mujer que en la realidad no existió jamás, superponiendo este andamiaje
fantástico a la figura de la Bice auténtica hasta anularla y hacerla desaparecer.
Habrá que esperar a la llegada de la poesía de Petrarca para que la mujer sea considerada en su indivisible unidad de alma y cuerpo.
La «forma verdadera», como la llama el poeta. Ironías del azar, mientras que de Beatriz lo sabemos todo, de la Laura petrarquesca lo ignoramos todo.
Una cosa, sin embargo, es cierta: que la mujer existió en realidad, que el poeta la vio por primera vez el 6 de abril de 1327 en la iglesia de Santa Clara de Aviñón y que entre los dos nació una pasión fulgurante.


Sea como fuere, no cabe duda de que habrá que esperar aún hasta el Decamerón de Boccaccio para encontrar por fin un catálogo completo de mujeres tal cual eran y tal cual son, sin necesidad de exaltarlas ni denigrarlas, con sus defectos y virtudes.
Yo también tuve una Beatriz, pero se llamaba Bice. No obstante, mi historia con ella se ajusta al patrón de la
narrativa de Boccaccio, no al de la poesía de Dante.


La guerra acabó en Sicilia a finales del verano de 1943. Pasados unos meses, todos experimentamos unas inmensas ganas de vivir.



Nuestro grupo, formado en los años del instituto y más tarde dispersado durante el período del desembarco aliado, volvió a reunirse, si bien con algunas ausencias que pronto quedaron suplidas.
Éramos una docena de chicos y chicas de casi veinte años que no dejaban pasar un fin de semana sin organizar un baile, que duraba desde las ocho de la tarde hasta pasadas las tres de la madrugada.
Las reuniones tenían lugar por turnos en segundas residencias, en el campo o a orillas del mar, sin padres.
Siempre por turnos, uno de nosotros se ocupaba de las provisiones: teníamos suficiente con tres cuddriruni grandes y olorosos, encargados expresamente en la panadería, que se cortaban en varios pedazos, y una botella de buen vino.


En realidad, éramos bastante austeros, y no nos emborrachábamos. Entre nosotros no hubo nunca historias de amor, solo algún que otro caso de simpatía muy acentuada.
Estas ganas de estar juntos, bailando, bebiendo, confiándonos nuestras esperanzas, se consolidaron todavía más con la llegada del verano de 1944. Nos veíamos todos los días, al caer el sol, y dábamos largos paseos.
Para nosotros era el primer verano de paz. Y era también, lo presentíamos oscuramente, un adiós a la juventud.
Entonces un día —era, lo recuerdo bien, el primero de julio—, Bice y Filippo nos sorprendieron a todos anunciándonos que iban a casarse.
Confesaron que desde hacía tiempo se veían a escondidas.
No nos habíamos dado cuenta de nada. Para resarcirnos de lo que juzgábamos una traición, condenamos a Filippo, que con veintiún años era el mayor del grupo, además del más rico por familia, a pagar la comida y la bebida de todo el mes.
Poco después, empecé a notar que la relación de Bice conmigo había cambiado por su parte. Hasta entonces yo había sido para Bice, y ella para mí, un amigo de verdad.
Tenía dieciocho años y era una muchacha guapa, luminosa, más alta que yo, de largo cabello rubio rojizo y piernas esbeltas y bien torneadas. Daba gusto verla en traje de baño.


A menudo bailábamos juntos, y lo que mejor se nos daba era el boogiewoogie. Desde que se prometió con Filippo, me pareció normal que solo bailara con él.
Pero un sábado de finales de julio se me acercó diciendo que le apetecía bailar conmigo.
—¿Ponemos un boogie?
—No, una lenta. Pon Stardust.
Mientras bailábamos, con la mano que apoyaba en mi espalda me estrechó contra sí mirándome con insistencia. De
pronto me susurró:
—Te lo digo solo a ti. Me caso a principios de octubre.
Al terminar el disco volvió con Filippo. A él no le gustaba mucho bailar, prefería secuestrar a una víctima, chico
o chica, llevársela aparte y hablar de filosofía.
Por eso, cuando poco después Bice volvió a la carga conmigo, no se mostró molesto.
En esta ocasión el cuerpo de Bice se pegó abiertamente al mío. Tanto que me sentí algo turbado.
—Bice, ¿qué te pasa? —le pregunté, sorprendido e incómodo.
—No hagas preguntas, estúpido.
Si eso era lo que ella quería…Durante el último baile me murmuró al oído:
—No hagas planes para el sábado.
El viernes siguiente, durante el paseo de la tarde, Bice nos dijo que sus padres se habían ido y que la casa de la
playa estaba disponible.
Ella sería la encargada de organizar el baile del día siguiente.
Añadió que Filippo y ella irían por la mañana, y entonces, dirigiéndose a mí, me preguntó:
—¿Vienes con nosotros?


Estuve tentado de decir que no. ¿Qué pintaba yo allí, de carabina? Pero su mirada me persuadió. Asentí. Partimos al día siguiente por la mañana en bicicleta, Bice, Filippo y yo, además de Marina, la hermana de diecisiete años de Filippo, que era el perro guardián de la pareja.
Al llegar a la casa, nos pusimos el traje de baño y bajamos a la playa. El sol era casi insoportable, era como estar sobre una parrilla. Filippo abrió la sombrilla que había traído de la casa y se refugió debajo con Marina.
Bice y yo nos fuimos al agua. Nadamos un buen rato y finalmente nos quedamos quietos. De pronto, Bice entrelazó sus piernas con las mías bajo la superficie. No podíamos besarnos, nos habrían visto desde la arena.
Al cabo de un rato se puso nerviosa, se apartó y echó a nadar hacia la orilla. Nada más llegar a la sombrilla, le
dijo a Filippo en tono perentorio:
—Me apetece mucho comer erizos.¿Me acompañas?
Aquello significaba caminar un kilómetro por la arena bajo el sol, hasta la Scala dei Turchi. Filippo dijo que no
y me miró.
Me di cuenta de que Bice había previsto aquella negativa. Saqué el cuchillo del morral y nos pusimos en
camino.


En cuanto nos hubimos perdido de vista, echamos a correr; el deseo quemaba más que el sol. La playa estaba
desierta. Jadeando, nos desplomamos ala sombra de un espolón de marga blanca.
Durante dos horas hicimos el amor furiosa e ininterrumpidamente, sin intercambiar ni una palabra, olvidándonos de los erizos, del tiempo y del mundo.
Ni siquiera al volver abrimos la boca. No nos rozamos ni las manos. Esa noche bailó solo con Filippo, y conmigo
volvió a ser la amiga que había sido siempre.
Y puesto que entonces no le pregunté por qué, tampoco voy a preguntármelo hoy, a setenta años de
distancia.

Cuento extraído del libro Mujeres de Andrea Camilleri.