Mostrando las entradas con la etiqueta ARTISTAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta ARTISTAS. Mostrar todas las entradas

sábado, 28 de octubre de 2017

MARTA MINUJÍN....ÚNICA



La artista siempre lleva puestos cinco anillos que tienen ojos de vidrio incrustados; no se separa de ellos porque, dice, la protegen de las malas energías

Marta Minujín tiene siete ojos. Con dos de ellos, los que oculta bajo sus gafas oscuras, ve sin ser vista. Los otros cinco, los que lleva incrustados en sus anillos, la protegen de la envidia y los celos ajenos. Sin ellos, dice, se sentiría desarmada. Toda una confesión. Una mujer fuerte y segura, que cree en su arte con una intensidad arrolladora, puede al mismo tiempo sentirse vulnerable.


Ella dice que es muy supersticiosa y que ya de joven, cuando era una artista veinteañera que cosechaba éxitos en Nueva York, tenía muchos odiadores que irradiaban sobre su persona energías negativas. Por eso, desde hace décadas neutraliza la mala onda con esos ojos de vidrio que miran fijo montados sobre una base de plata. Lleva dos en la mano derecha y tres en la izquierda, y cuando junta los puños para poner los cinco ojos en hilera con el fin de enseñártelos, te corre un frío por la espalda y aclarás sin que te lo pidan que no tenés intenciones de hacerle daño a nadie.
Los consiguió en Nueva York, en un negocio under de Greenwich Village llamado C'est Magnifique, frecuentado por músicos de rock, motoqueros de los Hell's Angels y toda clase de descastados. Lo atendía un hombre extraño que fabricaba con sus propias manos, allí mismo, los objetos inclasificables que vendía. Marta aclara que ésta es su segunda tanda de ojos. "Antes tenía seis, pero me los olvidé en el baño del Gran Rex, durante un concierto de rock, cuando me los saqué para lavarme las manos", dice. Imposible conocer el destino de esos ojos perdidos y el de la persona que los encontró.



A estos cinco ojos los lleva anillados a sus manos, día y noche, desde hace 30 años. Sólo se los saca para dormir. Los pierde en una baldosa y los vuelve a encontrar. No podría vivir sin ellos, dice, son su antídoto contra el mal de ojo. Pero piensa un segundo y agrega que lo que en verdad la protege de todo mal es el arte. Abre Instagram en su celular y en la pantalla desfilan las selfies que la gente sube desde Kassel, Alemania, sede de la muestra Documenta, con su monumental Partenón de libros prohibidos de fondo. "Todas las mañanas miro las fotos que van entrando. Me dan una energía muy grande. Esta es la mejor obra de mi vida y es muy difícil que la pueda superar. Volví a montarla en Kassel porque hoy el mundo está que arde."
-¿Hay mucha censura?

-Winnie de Pooh está prohibido en China. Y en Europa, por el terrorismo, todo el mundo vive con miedo. Esa es una forma de censura.
Con Minujín las cosas son rápidas. Uno quiere indagar sobre un punto y ella ya está en el siguiente. Se escapa. Uno la sigue y escucha: "Vivo pensando en el arte y en verdad eso es lo que me salva. Por eso no caigo en depresiones y estoy viva. Tengo un ojo que distingue lo que es arte".
Hay entonces un ojo del artista, arriesgo yo, y no es ninguno de esos cinco que lleva en las manos. Acaso, tampoco ninguno de los dos que esconde tras los anteojos oscuros. ¿Hacia dónde mira ese ojo del artista?, le pregunto. ¿Hacia adentro o hacia afuera?
-Hacia afuera -responde Minujín, sin dudar-. Es la realidad y la vida la que te sorprende. Es la gente la que te estimula. Del contacto con la realidad surgen las ideas.
La respuesta me recuerda lo que decía Renoir: jamás la imaginación del artista podrá igualar las infinitas formas que adopta la realidad. Se lo comento a Marta y ella se interesa. Pero enseguida está en otro lado, en otro asunto, lista para despedirse y salir a la calle con sus siete ojos, fuerte y vulnerable, dejando al periodista frente a su café frío en el bar Bogotá de la plaza Vicente López, solo y con una única certeza: es difícil asomarse al misterio de este mujer que desde hace décadas sorprende al mundo del arte.
H. M. G. 

miércoles, 18 de mayo de 2016

ARTE, ARTISTAS, JUNTOS EN EL EDIFICIO CENTRAL PARK DE BARRACAS


El Central Park porteño: vecindario artístico en el corazón de Barracas
Un edificio de 60.000 metros cuadrados fue colonizado por artistas, que encontraron allí nuevos hábitos de trabajo y una vida comunitaria; el martes abre sus puertas al público
Emilio Fatuzzo aprende de cada pintor que se cruza en el espacio común. Foto: Fernando Massobrio
Central Park queda en Barracas, y es una gran manzana multicolor donde trabajan más de 25 artistas. En el edificio de 60.000 metros cuadrados que antaño fue la imprenta Fabril Financiera hoy se acomodan escultores, pintores y afines, en su sector más rústico, donde antes estaban las calderas. Es la vecindad del Chavo, como lo llaman en confianza a Gustavo Fernández, segunda generación de mecenas que da abrigo al talento local. Su padre, Bernardo, fue quien abrió las puertas a Pérez Celis, y éste le devolvió la gentileza con un diseño para la mole de hormigón que se volvió ícono en el barrio. Entre 130 oficinas y depósitos de empresas, artistas de varias generaciones conviven y se acompañan. El martes será el día de estudios abiertos, jornadas de fiesta llamadas Par en Park que van por su tercera edición. El público podrá entrar y ver la cocina de los creativos.


En el espacio central, los visitantes se encontrarán con una muestra de los Splash in Vitro, Ernesto Arellano y Manuel Ameztoy, que llegaron hace pocos meses: "Necesitábamos un lugar para guardar la muestra «Yeso» -que se vio en Colección Fortabat-, y hablamos con Gustavo. Nos dio uno, y nos fuimos quedando acá. Nos hicimos amigos de la casa". Ahora ocupan una sala de exposición en la terraza, montaron una instalación en una de las salas principales y trabajan con los otros dos artistas del estudio, Luis Rodríguez e Iván Enquín, en un galpón del primer piso. "A veces todos trabajamos en la obra de uno, y después cada cual trabaja en lo suyo. Es muy fluido", dice Arellano. "Es bueno conocer la obra de los demás. El año pasado, cuando se hizo un simulacro de incendio, tomamos conciencia de dónde estamos: éramos miles en la calle", dice Ameztoy.
Hace cinco años, Marino Santa María llegó a este lugar para separar su obra en dos talleres: en el de siempre, en la calle Lanín, sigue pintando. Pero en Central Park encontró el espacio para hacer los murales de mosaico que dan vida a varias estaciones de subte, como el de 470 metros cuadrados de la línea H. "Me halaga pertenecer a este grupo. No abundan los mecenas que permitan la vida en comunidad."


"El intercambio con artistas jóvenes te mantiene vivo", añade Santa María, que sin embargo se entiende muy bien con su contemporáneo Horacio Sánchez Fantino: comparten mates o cafés, pasillo de por medio. A Sánchez Fantino también lo trajo un mural. "En 2012 quería hacer uno de 9,5 x 4 metros para la villa 21 con latitas de bebidas recicladas que compraba a cooperativas. En mi taller no podía, y Gustavo me encontró un lugar. Y me quedé. Éste es un espacio único. Todo te incita a trabajar."
Orden en el caos
"Este edificio es muy cómodo. Paso diez horas por día. Te malcrían y entienden las fobias de los pintores", dice Eduardo Hoffmann, contento de entrar con el auto al estacionamiento, sin pisar la calle. "Yo trabajo con el taller abierto pero a veces lo cierro: es como hacer el amor con la puerta abierta. ¿Hasta qué punto se puede ser interrumpido y no morir en el intento?". Hay besos y abrazos con los colegas en los cruces de la mañana o de la tarde. Es feliz con sus metros de taller caótico, donde despliega obras enormes. Vive en traje de homeless: pantalón de jogging manchado, suéteres superpuestos y un gorro de lana raído. Escasea la calefacción.
Eugenio Cuttica, en cambio, aparece como un dandy con pañuelo en el bolsillo del saco, perfectamente combinado. En los 400 metros cuadrados de su taller tiene un vestidor con varias mudas. "Me llevo muy bien con casi todos los artistas, aunque obviamente hay competencia, que entre artistas se acentúa y puede llegar a niveles insanos. Trato de no competir sino de colaborar, para beneficio de todos", analiza. "La visita a la cocina del artista establece un contacto mucho más real con el público", piensa Cuttica, que recibió a miles cuando expuso en el Museo Nacional de Bellas Artes en 2015; ahora algunas de esas obras estarán dispuestas en los pasillos.
El más reciente ocupante es Emilio Fatuzzo, joven pintor alojado en el más escenográfico de todos los talleres: el del premio -Oscar- Eugenio Zanetti. Suena música, se huele un sahumerio, hay varios caballetes con pinturas en curso, una botella a medio beber, algunos libros y un ventanal donde se recorta un perfil de la ciudad. "En los pasillos te encontrás con colegas limpiando pinceles como Daniel Corvino; le mostré un cuadro y me dio un consejo. Soy una esponja", dice Fatuzzo. Coincide con Sara Stewart Brown, que llegó hace tres años, y divide sus días entre Central Park y su tienda Punto Kiwi: "Para mí, que empecé en las artes visuales hace relativamente poco, estar con gente de la talla de Cuttica, Hoffmann, Antonio Seguí... es un honor".


"Es otro mundo, te olvidás de la ciudad. Tienen mucha paz", cuenta Corvino, que comparte atelier con su mujer, Amalia Bonholzer. También tienen sus factorías Marcos López, Mónica Van Asperen, Ana Candioti, Monique Rozanez, Carlos Gómez Centurión, Hernán Dompé, Juan Lecuona, Jorge Roiger, Eliana Aromando, Milo Lockett y otros.
"Estamos muy orgullosos; cada vez se suman más artistas. El open studio es una linda fiesta", dice Fernández, hijo. En las áreas comunes hay piezas de arte de la colección familiar, que son retribuciones de los artistas, en su mayoría. Fernández padre mostrará su colección de 2500 balanzas, que reúne en un museo ahí mismo. La nueva apuesta: en 800 metros cuadrados, una residencia para diseñadores junto con el CMD que abrirá en octubre, para impulsar el barrio, que es Distrito de Diseño. Los une un objetivo: "Entre todos hacemos fuerza para que el sur también exista".
Open Studio
El martes, de 15 a 19, con ingreso libre y gratuito, en el Complejo Central Park: California 2000.
M. P. Z.