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jueves, 14 de septiembre de 2017

BOB DYLAN


Para la mayoría de los oyentes, la experiencia de la música es la experiencia de la canción. Masivamente, escuchar música se convirtió, sin más, en escuchar canciones. Claro que hay aquí un empobrecimiento, que excluye la música sin texto, y que excluye también tantas otras piezas (en rigor, buena parte de la historia de la música occidental).


Sin embargo, como suele decir una amiga que vivió lo suficiente como para saber cabalmente aquello que dice, "lo que viene conviene".
La canción como arte mayor encierra dentro de sí (a veces incluso en su sencilla superficie cantabile) todo un laberinto. No es que la canción revele la "voz interior" de un poema o de una "letra". Más bien, inventa una voz que no existía; justamente, la voz de la canción, que no es la voz ni del texto que se canta ni de la música. Por eso, la traducción de una canción a una lengua diferente de aquella en la que fue escrita (y cantada) parece tarea imposible, o bien demanda, sencillamente, la invención de una canción nueva, de una nueva unidad indivisible. Porque, en el fondo, la clave consiste en eso: la canción no está hecha de "dos cosas". Es una unidad compartida.


Pensaba en esto a propósito de la nueva edición bilingüe de las Letras completas. 1962-2012 (Malpaso) de Bob Dylan. Es un mamotreto monumental de 1300 páginas que reúne la obra de una vida; una obra (una vida) que todavía no se cerraron. Los traductores son los mismos de la edición anterior (en realidad este libro es una edición corregida y ampliada del que ya se había publicado hace unos años).
Dicen en el prólogo Miquel Izquierdo y José Moreno, los sufridos traductores: "No hemos tenido la tentación de concebir poemas poniendo a parir unas canciones cuyo tono, cadencia y prosodia sólo existen en el acto mismo de la ejecución, sean cuales fueren su virtudes líricas sobre el papel".
Los traductores reconocen así la imposibilidad de su tarea, de la que, pese a todo, como podrá ver cualquiera que revise el libro aun en desorden (la letra de tal canción, la de tal otra) salen con la más completa dignidad.
¿Pero qué importa en la canción, qué cosa la define, los versos o la música? Un trovador del siglo XII no se hubiera enfrentado jamás con ese dilema. Pero los tiempos cambiaron y esa duda es muy moderna.
El arte de Dylan tiene tres vértices: la música, la voz y las palabras. Éste es su "pensamiento equilátero", para decirlo con Christopher Ricks, profesor ya retirado de las universidades de Cambridge y Boston. Las canciones son diferentes de los poemas, pero eso no quiere decir que queden más allá del linde de la literatura.


Dylan dio tres definiciones de la relación entre poema y música. Según la primera, de 1965, "la letra es tan importante como la música"; en la segunda, de 1968, "sólo importa la música que sostiene la letra". Por fin, ya hacia 1978, dijo Dylan, casi como confesión: "Ante todo me considero un poeta".
Es cierto, las canciones son objetos tridimensionales. Pero Dylan advirtió también más de una vez que lo importante de sus canciones eran las palabras y en segundo lugar, la música. "Hace mucho tiempo que escribo canciones, y las letras de las canciones no las escribo simplemente para cubrir el expediente, las escribo para que se puedan leer. Si se les quita aquello que es propio de la canción -el ritmo, la melodía-, todavía las puedo recitar." Esa declaración de mediados de los años sesenta sería suficiente para liquidar la cuestión del estatuto de la canción como forma.
La letra de un poema puede no ser un poema, pero se lee como tal, y si se lee como tal quizá deba ser juzgado en esos mismos términos. Bien. Estamos de acuerdo. ¿Y la canción? Es ese ilusionismo por el que las palabras dejan de ser palabras y siguen, sin embargo, teniendo sentido.

P. G. 

jueves, 17 de marzo de 2016

BOB DYLAN Y SUS CRÓNICAS


Los grandes artistas provocan un temor reverencial. Solemos pensarlos como gigantes tocados por la mano de Dios. Bajo el impacto de sus obras, y empujados por una tendencia a la mitificación que acaso obedezca a la necesidad de dar consistencia y jerarquía a la realidad, los colocamos en un altar y les rendimos pleitesía. Así, nos alejamos de ellos. De tan distantes, dejan de ser ejemplo a seguir para convertirse en objetos de adoración. Tal vez resulte cómodo olvidar que la mayoría de ellos enfrentó dudas, incertidumbres y zozobras en su proceso de formación e incluso ante cada una de sus grandes creaciones.


Un buen libro para recordar esto es el primer volumen de las Crónicas, de Bob Dylan. Lo había recibido años atrás, pero no sentí entonces la necesidad de tirarme de cabeza en sus páginas, como me habría ocurrido a los 20. Este verano lo tomé de la biblioteca. Aun apagados los fanatismos, Dylan es una de esas cosas a las que siempre se vuelve. Por otra parte, no tenía intenciones de que novelas como La montaña mágica o Guerra y paz (que siguen en el debe) amenazaran el estado de disponibilidad con el que pretendía zarpar hacia la costa.


Así descubrí que Dylan el insondable, el hermético, es también un hombre que no siempre está seguro de sí mismo ni de su talento, que se pierde y se equivoca, pero que supo desde el principio que el arte, como la vida, es búsqueda. "El camino podía ser traicionero, no sabía adónde conduciría, pero lo tomé de todos modos", dice al final del libro, un modo de volver al principio, cuando era un muchacho que llegaba a Nueva York con su guitarra y una sola convicción: lo suyo era la música. Tenía también un lenguaje, el folk, en cuya tradición creía, y una fe insobornable en el poder de la canción.
En esto se parecía a muchos de los cantantes que a principios de los años 60 pululaban por los cafés de Greenwich Village. Pero Dylan tenía algo más: una mente abierta a casi todo, y antenas muy sensibles para dar con aquellos artistas que podían contribuir al desarrollo de su propia voz, todavía en ciernes. Pronto supo que iba a componer, pero sabía también que aún no sabía cómo. Intentaba descubrir entonces qué hacía funcionar a las buenas canciones. Las desmontaba para analizar sus partes. "Todavía no había hecho nada, no era cantautor, pero me asombraban las posibilidades físicas e ideológicas que encerraban la letra y la melodía -escribe-. Era consciente de que el tipo de canciones que me sentía cada vez más inclinado a cantar no existía."


Se sabe: primero está su devoción por Woody Guthrie. Después, el deslumbramiento por el blues de Robert Johnson. Un día asistió a una obra teatral con canciones de Brecht y Kurt Weill, y un largo tema plagado de personajes y extrañas visiones, "Pirate Jenny", le abrió un mundo. Por entonces, su novia, Suze Rotolo, lo introdujo en la poesía de Rimbaud. A la azarosa conjunción de todas estas cosas atribuye Dylan la composición de "A Hard Rain's A-Gonna Fall", "Mr. Tambourine Man", "Desolation Row" y tantos otros temas que, promediando la década del 60, marcarían un antes y un después. Pero ¿podemos atribuir al azar lo que hemos estado buscando sin pausa? En cualquier caso, lo que no existía antes había empezado a existir.
Pero en el arte, como en la vida, todo es intemperie. Otro capítulo cuenta la tortuosa grabación del disco Oh Mercy, más de 20 años después, durante una etapa en la que Dylan había perdido su rumbo artístico. Junto al productor Daniel Lanois y los instrumentistas, grababa los temas decenas de veces, probaba cambios en las melodías, en las letras, en el ritmo, en los arreglos, en el acompañamiento, buscando algo que, fuera lo que fuese, parecía siempre muy lejos. "Formábamos parte de una expedición pesquera a ninguna parte", escribe. 

Hasta que, hundidos en el caos y el desasosiego, empezaron a detectar pequeños grandes momentos en pasajes de las tomas desechadas, y de allí se agarraron para salir a flote. Ése es el secreto. Saber a qué asirte cuando estás perdido. Y seguir. Como cuando un Dylan desorientado salió a caminar sin rumbo hasta meterse en un bar en el que actuaba una ignota banda de jazz. Dylan se concentró en el cantante. "Me asaltó la sensación de que el tipo tenía una ventana abierta a mi alma, de que me decía: «Deberías hacerlo así»".
Ahora me gusta pensar a Dylan como un eterno aprendiz. Es un modo de volverlo más humano: los mismos titubeos y dudas que lo asaltaron en la grabación de aquel disco después tan celebrado me aquejan ahora cuando -salvando todas las distancias- termino este manuscrito

H. M. G.