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miércoles, 1 de marzo de 2023

DE ARTURO PÉREZ-REVERTE


Patente de corso. Mi París y otros amores

Arturo Pérez-Reverte


Hay ciudades que sosiegan y otras que estimulan. El efecto, supongo, varía según cada cual. En lo que a mí se refiere, Sevilla, Lisboa o Tánger, por ejemplo, son de las primeras. De las que inspiran paz y ganas de pasear tranquilo, sin complicarte la vida: comer, leer, tomar una copa, mirar los lugares hermosos y ver pasar a la gente. Aquéllas donde no sientes la necesidad de hacer nada diferente a lo que haces. Otras ciudades, sin embargo, me causan un efecto distinto. En ellas es como si te tomaras una taza de café solo, bien cargado, o te fumaras un cigarrillo de los tiempos en que fumabas. O tuvieras quince años y te enamorases de alguien. Ciudades que abren puertas, que sugieren cosas quizá interesantes que todavía no has hecho. Puestos a seguir con los ejemplos, eso me ocurre en Londres, o en Nueva York, o en la ciudad de México. Son ciudades que incitan a hacer, a vivir, a imaginar. Que, como digo, estimulan. Que te vuelven lúcido y creativo.
De ese segundo grupo, mi favorita es París. Hay ciudades que me gustan más –en ninguna soy tan feliz como en Nápoles–; pero la capital francesa es el amor intelectual de mi vida. Quizá porque fue la primera y fueron muchos los libros que me llevaron allí. Nunca fui fetichista en el sentido de buscar la huella de los autores; por el contrario, siempre procuré evitarlas. Me da igual que Scott Fitzgerald se emborrachara en el Ritz o Hemingway fanfarroneara en el Harry’s Bar de Venecia. Lo que me interesa es el rastro de sus personajes, el eco de la ficción. Por aquel París anduve de jovencito, buscando lugares descubiertos en Los tres mosqueteros, en El conde de Montecristo, en La comedia humana, en Los misterios de París o en El fantasma de la Ópera, y frecuenté innumerables librerías a la caza de tesoros tempranos que conservo en mi biblioteca. Allí, en cafés hoy desaparecidos, como el de Cluny –que era mi favorito–, y en librerías de viejo como las de la rue Odéon o en las ya inexistentes de Saint-André des Arts, me sentí lector contumaz, buen cazador de libros, mucho antes de soñar siquiera con un día escribir novelas. Cuando, sin haber cumplido los veinte años, a lo único que aspiraba era a vivirlas.
He vuelto a París, como hago de vez en cuando. Hace un par de semanas recorrí otra vez los lugares habituales: un trayecto que, a estas alturas de mi vida, podría hacer con los ojos cerrados. Ni el café de Cluny, ni la gran librería de la esquina de Saint-Michel, ni la tienda de cómics de esa misma calle, ni la anticuaria de Fabrice Teissèdre, ni la náutica de Michéle Polak existen ya –el inconveniente de vivir demasiado tiempo es que ves desaparecer demasiadas cosas–, y los buquinistas del Sena tienen más recuerdos baratos para turistas que libros, grabados y revistas antiguas –¿qué habrá sido de aquella librera pelirroja de la que me enamoré hace medio siglo?–. Sin embargo, aún quedan lugares como L’Écume des Pages, próxima a mi hotel, la magnífica Gibert-Joseph, casi frente a La Sorbona, muchas de la rue Odéon y viejos cafés –Départ Saint-Michel, Les Deux Magots, Le Bonaparte–para sentarte a revisar el botín del paseo diario. Lugares donde, con esos libros recién comprados sobre la mesa, y ahí está la magia última del asunto, seguir imaginando.
Porque a eso me refiero con lo de ciudades que estimulan. Cada vez que regreso a París creo recuperar aquella inocencia original, la del joven lector para quien los libros eran un formidable camino que conducía directamente al futuro; cuando todo era posible porque aún estaba por leer y descubrir con una intensidad que proyectaría los libros leídos en la existencia vivida o por vivir. Y también en esta ocasión, como cada vez que vuelvo allí, sentí la inocencia del autor de mis primeras novelas, escritas hace más de treinta años: cuando narrar no era todavía una actividad profesional, sino una nueva forma de aventura, un modo de mezclar lo vivido con lo leído y lo imaginado. Y mientras caminaba con mi bolsa de libros en una mano y el paraguas en la otra –nada es del todo perfecto, y en esa ciudad llueve siempre–, en busca de un café donde hojear tranquilo el fruto de la jornada, me sentía otra vez, de nuevo y como de costumbre, capaz de urdir más historias que me hagan feliz mientras trabajo en ellas. Era, o es, como si cuanto tengo en la cabeza se airease y pusiera al día, llenándose de ideas y tramas inéditas, de nuevos personajes y puntos de vista, de relatos hermosos todavía por escribir, para los que no bastará –y no hay dramatismo alguno en esta certeza tranquila–,mucho o poco, lo que aún me pueda quedar de vida.

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martes, 31 de enero de 2023

DE ARTURO PÉREZ-REVERTE


El bar de Zenda
Sobre piojos y garrapatas
ARTURO PÉREZ-REVERTE /
Patente de corso

Confío en que alguien se sienta ofendido, porque escribo este artículo justamente para ofender. Hay días en los que a uno se lo pide el cuerpo, y hoy me lo pide. Porque existe una fauna parásita, una plaga de sabandijas chupasangres originalmente propia del periodismo, aunque engrosada también por políticos y por simples particulares en demanda de un minuto de gloria, que en los últimos tiempos no es ya que infecte las redes sociales, sino que parece adueñarse de ellas. Gente sin brillo ni ideas propias que vive a salto de mata, construyendo su triste existencia, sus argumentos, su presencia pública, con los mordiscos que pretenden arrancar a la fama, la opinión, el prestigio, el trabajo de otros.
A esos piojos y garrapatas se les veía venir de lejos, asomando sin pudor las ventosas, y hace cinco años les dediqué en esta página un artículo describiendo el mecanismo: la sanguijuela mediática, habitualmente oportunista y mediocre, no cifra su medro en expresar las propias opiniones respaldadas por su precaria autoridad, que a menudo son inexistentes, sino en opinar sobre lo que previamente han opinado otros. «Por su propia naturaleza, raro es que el parásito tenga la formación, la cultura o el talento del parasitado. Lo que hace es aplicar sus propias limitaciones, sus carencias de comprensión lectora, sus complejos, envidias y mediocridades, y a veces también un sectarismo analfabeto, al texto ajeno, en burda manipulación del original. Así se beneficia de que, en las redes sociales, un nombre de prestigio puesto en titulares, en buscadores de Internet, es tuiteado y alcanza una difusión amplia; con lo que, gracias al nombre y texto ajenos, el parásito consigue lo que jamás habría alcanzado por su propio nombre y mérito».
Hay trucos sucios, además, que completan la infamia. «Por mala fe o porque su intelecto no da para más –añadía en 2017– el sujeto en cuestión suele descontextualizar frases del parasitado; e incluso titula, no con lo que éste dice, sino con su interpretación sesgada o malintencionada. Y en un lugar tan atrozmente falto de comprensión lectora como España, donde no suele opinarse sobre lo que alguien dice, sino sobre lo que alguien dice que le dijeron que otro ha dicho, los efectos adquieren dimensiones disparatadas».
Y, bueno. Desde que escribí esas líneas, la infección se ha extendido, con el detalle complementario de que ya no son sólo los practicantes del periodismo parásito –y los medios que los cobijan– quienes viven del discurso ajeno manipulando, descontextualizando y sesgando, sino que al negocio se han sumado en los últimos tiempos numerosos políticos oportunistas, tanto de derechas como de izquierdas, e incluso no pocos particulares anónimos en busca de salir del anonimato. El auge de las redes, Twitter, TikTok y otros mecanismos donde campean la rapidez y la simpleza contribuye mucho a eso.
Pero cuidado: no es ya que se apliquen a ello los parásitos de toda la vida, o sea, los articulistas emboscados en el sectarismo habitual, incluidos varios –y varias– que pasaron sin ducharse de la política al periodismo, ni que cada vez haya más políticos de todo signo que se suben a los trenes baratos construyendo intervenciones parlamentarias o senatoriales a costa de lo que dicen que fulano o mengana han dicho; sino que cualquier tiñalpa de las redes, cualquier miserable de ambos sexos en busca de fama rápida, intenta hacerse viral vinculando su triste nombre, su gracieta, su meme, su comentario, a personas cuya altura intelectual no alcanzaría en su puta vida. No menciono nombres porque son tantos que no caben aquí; y tampoco me apetece dar un instante de fama a tan promiscua basura.
Aunque, desde luego, ocurre a diario. Columnistas brillantes, élite de prestigio sea cual sea su punto de vista político, pensadores u observadores sociales imprescindibles para la vida intelectual en este desdichado país de cultura y educación agonizantes, gente sólida, atrevida y necesaria como Manuel Jabois, Ignacio Camacho, Antonio Lucas, Edu Galán, Rafa Latorre, Juan Soto Ivars, Jesús García Calero, Jorge Bustos, Rosa Montero, Sergio Vila-Sanjuán, Karina Sainz Borgo, Raúl del Pozo y tantos otros que opinan, arriesgan y dan la cara, se ven a menudo en boca de esa chusma parásita que no les llega ni a la altura de la tecla. Acaban, con frecuencia, troceados y tergiversados por advenedizos incapaces de manejar discursos originales propios. Y así, la inteligencia y el prestigio ajenos se han convertido en abrevadero habitual de oportunistas mediocres, de opinadores analfabetos, de políticos demagogos y demás ratas de cloaca mediática.

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miércoles, 18 de enero de 2023

DE ARTURO PÉREZ-REVERTE


Patente de corso. Sapore di sale

Arturo Pérez-Reverte
Canciones de Serrat –te levantarás despacio– y los Brincos –la otra noche bailando estaba con Lola–, rock, bailes sueltos o música lenta
Hace mucho que no sé nada de ellos. Los recordé ayer viendo otra vez la película italiana Sapore di sale, que va de un verano con jovencitos, sus guateques, sus amores y sus cosas, en los años sesenta: los mismos chicos, casi con la misma música y las mismas situaciones, que algunos fuimos en esa época. Me acordé de mis amigos de entonces, como digo. De aquel grupo de once muchachos con los que cursé bachillerato de letras en el Instituto de Cartagena cuando me expulsaron de los Maristas. No he vuelto a encontrarme con ellos desde que hace unos diez años nos reunimos los supervivientes para cenar con Gloria, nuestra profesora de Griego –en su momento, la más escueta minifalda y las más lindas piernas del colegio– y con Antonio Gil, nuestro sabio profesor de Latín. No he vuelto a verlos desde entonces, como digo. Pero los recuerdo a menudo, incluso en esta página.
Los guateques, claro. Canciones de Serrat –te levantarás despacio– y los Brincos –la otra noche bailando estaba con Lola–, rock, bailes sueltos o música lenta buscando los rincones oscuros de la discoteca o la casa donde nos reuníamos: Paquita, Gloria, Juani, Carito, Pepa… Chicas espléndidas que como nosotros despertaban a la vida, sacudiéndose convenciones y moralidades apolilladas antes de regresar a casa poco antes de que dieran las diez. Sesiones de cine en las que lo de menos era la película –Arde París tuve que verla dos veces, porque la primera ni me enteré–, aquellos bailes muy agarrados y el delicioso lenguaje no verbal de ellas, tan expresivo: de los codos interpuestos, al principio, a los brazos al cuello cuando la mutua batalla estaba resuelta. También las excursiones a la playa, los fines de semana, los amigos: Paco Escudero, Jaime, Paco Cervantes alias Ojazos, Toni Fuentes, Ginés, Joaquín, Alfonso el Bolchevique, Ballesteros, Carrión, Juanico alias el Espía para Misiones Arduas y Difíciles –epíteto ganado a pulso durante un viaje de estudios a Italia– y alguno más.
De Juan el Espía, uno de los más notables entre nosotros, mezcla extraordinaria de ingenuidad y osadía juveniles, conservo dos recuerdos gloriosos. Uno es cuando, en un guateque, advertimos que él llevaba una gruesa pila de linterna en el bolsillo derecho del pantalón. Interrogado sobre su utilidad, la explicó así: «Cuando me arrimo mucho bailando les presento el lado derecho, el de la pila. Entonces, al notar eso duro, se mosquean, se apartan y se arriman al lado izquierdo… Y allí estoy yo, esperándolas».
La otra historia suya es maravillosa. Salía Juan con una chica a la que llamaré Teté, y un compañero de nuestro instituto, un tal Julio –casi dos metros de estatura–, afirmó en público que había tenido con ella algo más que palabras. Juan se indignó mucho; aunque, como era de natural pacífico, iba a dejarlo pasar sin más consecuencias. Pero para eso estábamos los amigos. «No puedes tolerarlo, Juanico», le dijimos. «Ese miserable ha puesto en entredicho tu honor y el de Teté. Tienes que hacer algo». Y añadimos, alentadores: «Además, para eso estamos nosotros. Iremos contigo a echarte una mano». Tras muchas dudas, convencido al fin por nuestro respaldo, Juan decidió pasar a la acción. Cortó un tubo de plomo para darse fuerza en la mano, y en un recreo del Instituto se dirigió a Julio escoltado por sus fieles amigos. «¿Creéis que debo hacerlo?», dudaba todavía en los últimos pasos. «Por supuesto, Juanico. Es el honor de tu chica. Y estamos contigo».
Julio estaba recostado en un muro y Juan, con todos nosotros alrededor, se le puso delante. Nos miró inquieto, miró hacia arriba a Julio, tragó saliva y dijo con voz apenas audible: «A ver, ¿qué has dicho de Teté?». Y acto seguido, sin esperar respuesta del desconcertado adversario, alzó el puño y le dio un blandito golpe en el estómago, tímido e inofensivo, que el agredido acogió con estupor. Tres segundos después, Juan estaba en el suelo con el otro encima arrimándole una somanta de hostias que sonaban como tamborazos, mientras los amigos contemplábamos la escena cruzados de brazos, con ojo interesado y crítico. Por fin, cuando Julio se quedó a gusto y se fue, nos agachamos a recoger lo que quedaba de Juan y, sosteniéndolo entre todos mientras arrastraba los pies, nos lo llevamos a la enfermería del cole. «¿Cómo he estado?», nos preguntaba entre farfullos, con la boca hinchada como un tomate. «Has estado estupendo, Juanico», le decíamos, solemnes. «Has estado de puta madre». Y mientras tanto, Alfonso el Bolchevique, que era el más culto y cínico de todos, iba declamando pasajes de la Ilíada: «Cayó el héroe a tierra, y resonaron sus armas».

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jueves, 24 de febrero de 2022

DE ARTURO PÉREZ-REVERTE


Patente de corso. Una historia vieja y triste

Arturo Pérez-Reverte


Era rollizo, feo y patoso. Lo llamaré Pablo, aunque algunos –las chicas sobre todo, pues alguna era despiadada– lo apodaban Grasitas. A veces lo hacían en su propia cara, y él lo encajaba con humor resignado y benévolo porque era una excelente persona. Lo conocí en 1972, durante el tiempo que viví en un colegio mayor universitario de Madrid. Había otro de chicas muy cerca y la relación era estrecha. Hacíamos pandilla con ellas, íbamos a las discotecas o a escalar a la sierra, pasábamos largas veladas discutiendo de política, de cine, de música. De cuanto anhelábamos. Agonizaba el franquismo, en Madrid se calentaba la movida cultural y el futuro estaba a la vuelta de la esquina y nos parecía espléndido.
Pablo era huérfano de padres. Quería estudiar Medicina. Llegó en mi segundo año de estancia en el colegio mayor, desvalido y torpe. Así que los amigos y yo –Pepe Tejada, Esteban, Manolo, Vicente– lo tomamos bajo nuestra protección para protegerlo de las novatadas. Su agradecimiento hizo que se nos pegara como una lapa. Era obsequioso y leal, siempre dispuesto a hacer algo por los demás. Nuestras amigas también lo adoptaron, aceptándolo. Venía con nosotros al cine, a la discoteca Copains o a El Latigazo. Las chicas eran listas y guapas, nosotros teníamos aspecto razonable –pocos no lo tienen, a esa edad–, y soplaban aires de libertad, de modo que entre unas y otros se daban situaciones que ustedes pueden imaginar. Nos las arreglábamos bien, excepto Pablo. Ya he dicho que era gordito, feo y torpe. No se comía una rosca. Y cuando se lo proponían, las chicas eran –supongo que lo siguen siendo– bastante cabronas. Pero él lo llevaba, como dije antes, con humor y resignación. Incluso cuando algún imbécil lo llamaba Grasitas en la cara. En todo caso, no se hacía ilusiones. Asistía a nuestros episodios con solidaridad de camarada, alegrándose. Así aprendo, decía. Para cuando me toque.
Pero nunca le tocaba. Supongo que hoy, a cincuenta años de aquello, no es fácil para un joven imaginar cómo eran las cosas entonces. En interminables charlas nocturnas bebiendo café y vodka en alguna habitación los amigos dábamos a Pablo consejos sobre esto y aquello: cómo acercarse y entablar conversación –regla de la aproximación indirecta, primero la amiga fea– y cómo llenar silencios. Aplicado como buen alumno, escuchaba atento y tomaba nota de todo, pero a la hora de actuar era un desastre. Se volvía invisible para ellas. Llegamos a sufrir por él, pues lo queríamos mucho. Su bondad era desconcertante. Había perdido a sus padres muy pequeño; y una noche, en una sesión de hipnotismo –Vicente, aficionado a esas cosas, intentaba hipnotizar sin éxito a Pepe–, fue Pablo, que estaba cerca, quien de pronto inclinó la cabeza y, para nuestro asombro, empezó a hablar con su madre muerta. Nos enterneció tanto que emparejarlo con una chica se convirtió en nuestra obsesión.
Lo conseguimos al fin, con ayuda de nuestras amigas: una cita en una cafetería de Madrid y luego cine y discoteca. Durante días lo preparamos para el momento crucial, le dimos consejos sobre cómo comportarse y qué decir. Pablo estaba ilusionado y feliz. El día de autos lo hicimos ducharse y lo afeitamos nosotros mismos. Esteban le prestó su mejor camisa y yo lo repeiné y le puse en la cara unas gotas de colonia Nenuco. Lo acompañamos al autobús y lo despedimos deseándole suerte. Ya nos contarás esta noche, dijimos. Pepe, que como buen gaditano era un optimista, le había metido un preservativo en un bolsillo.
Después de cenar estábamos en mi habitación fumando Ducados y bebiendo Smirnoff cuando apareció Pablo, deshecho. Lloraba. Había esperado tres horas y media, pero la chica no se presentó nunca. Se derrumbó a nuestro lado, sobre mi cama. Siguió llorando mientras lo abrazábamos y le poníamos en la mano un vaso de vodka tras otro. Hizo un globo soplando en el preservativo y lo reventamos con un cigarrillo. Al fin se quedó dormido, húmedo el rostro de lágrimas. Cargándolo entre todos, lo llevamos a su habitación.
Yo empezaba a trabajar y a viajar en serio por esas fechas. Poco después dejé el colegio mayor y alquilé un apartamento. No volví a ver a Pablo. Me dijeron que abandonó la carrera y se alejó por las vueltas y revueltas del camino. A partir de ahí ignoro qué fue de él. Pero si aún vive y lee esta página, deseo que sepa que no lo he olvidado. Que su fracaso de aquel día fue también el de cuantos lo queríamos. Que sus amigos nunca lo llamamos Grasitas. Y que estoy seguro de que la vida le habrá concedido, al fin, toda la felicidad que su nobleza y su bondad merecían.

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