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domingo, 22 de diciembre de 2024

EL PENSAMIENTO DE JOAQUÍN MORALES SOLÁ


Verdades y mentiras de los jueces

Joaquín Morales Solá
La única intención era matar un rumor. Un mensaje urgente de la Corte Suprema de Justicia aterrizó el mismo lunes en el despacho del ministro de Justicia, Mariano Cúneo Libarona. La decisión de los jueces supremos que reglamentó la designación de conjueces de ese decisivo tribunal no estaba dirigida contra el Gobierno, sino contra la versión que indicaba que el funcionamiento de la Corte era inviable con solo tres miembros. Esa fue la aclaración que recibió Cúneo Libarona. Sucede que varios funcionarios y también jueces influyentes (como el propio Ricardo Lorenzetti, el hosco y solitario integrante de la Corte) deslizaban ante los oídos del Presidente que la inminente jubilación del juez Juan Carlos Maqueda dejaría al máximo tribunal impotente, paralizado y fracturado. El Presidente se apuraba para firmar en enero un decreto por el que designaría en comisión a los candidatos propuestos por el Gobierno, Ariel Lijo y Manuel García-Mansilla, que aún no tienen el acuerdo de los dos tercios del Senado. El ala jurídica del Gobierno (¿Sebastián Amerio, viceministro de Justicia, quizás? ¿Rodolfo Barra, jefe de los abogados del Estado, tal vez?) le deslizó, en cambio, que era preferible no tomar esa clase de decisiones en enero porque el decreto podría ser declarado inconstitucional mediante una cautelar por un juez de primera instancia, y no habría muchas posibilidades efectivas de apelación. La mayoría de los jueces está de vacaciones en enero. Y esperar hasta febrero con esos dos jueces nombrados, pero sin poder asumir, significaría demasiado tiempo. El Presidente, aseguran, insiste con que los quiere a Lijo y a García-Mansilla sentados pronto en las poltronas de la Corte. Para peor, el bloque de senadores peronistas firmó un acta por la que se comprometió a declarar nulo el eventual decreto que nombraría a esos dos candidatos. El bloque tiene 33 senadores, pero podría tener 34 si asumiera la política camporista que reemplazará a Edgardo Kueider, el exsenador peronista sorprendido in fraganti en la frontera con Paraguay con 200.000 dólares y una secretaria. Le faltan al peronismo entre 3 o 4 senadores para alcanzar la mayoría absoluta (se necesitan 37 senadores), pero con una mayoría simple de los presentes en el recinto le alcanzaría para tumbar el eventual decreto de Milei. Algunos senadores sostienen que con solo un tercio de los votos se podría voltear un decreto de designación de jueces de la Corte, porque estos necesitan los dos tercios para el acuerdo. Un tercio sería una prueba contundente de que nunca alcanzarían los dos tercios necesarios. De todos modos, el Presidente deberá enfrentar cuestionamientos desde la Justicia y desde la política por designaciones de jueces de la Corte en comisión y por un simple decreto. Resta saber si el juez federal Lijo renunciará a su actual cargo en tales precarias condiciones. Nunca un juez de instancias inferiores podría llegar hasta la cima del Poder Judicial con una simple licencia en el cargo actual. ¿Y si en esa instancia inapelable debiera decidir sobre una decisión suya como juez federal o sobre una decisión de sus muchos amigos en Comodoro Py, donde es un magistrado que influye en otros jueces y fiscales? Ser juez de la Corte Suprema significa también desprenderse de todos los compromisos del pasado. Pero debe existir la certeza de que el pasado no volverá.
Maqueda fue un ejemplo de juez que venía de la política y se apartó de cualquier compromiso partidario al ser designado en la Corte
Maqueda fue un ejemplo de un juez que venía de la política y se apartó de cualquier compromiso partidario cuando fue designado en la Corte. De hecho, hasta se enojaron con él dirigentes que habían sido amigos suyos durante muchos años de política por decisiones que tomó como integrante del tribunal. A propósito, el jueves Lorenzetti no asistió al acto de despedida de Maqueda; ellos fueron muy cercanos hasta que Maqueda votó por Rosatti como nuevo presidente de la Corte. Imperdonable traición para Lorenzetti, que considera la presidencia del cuerpo como el único lugar que vale la pena ocupar en el tribunal más empinado y decisivo del país. Esa ambición estropeada lo llevó a agraviar públicamente a sus colegas, y a hacerle más daño a la Corte del que cualquiera puede imaginar. Maqueda subrayó la ausencia de Lorenzetti cuando nombró afectuosamente solo a sus otros dos colegas (Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz) y eludió al tercero –Lorenzetti–, que no estaba. El propio Rosatti, presidente del cuerpo, aludió a Lorenzetti cuando recordó que Maqueda sufrió “injustos agravios y cobardes ataques”, que sobrellevó “con hidalguía y tolerancia”. Se refería a una campaña de afiches callejeros, que aparecieron solo cerca del Palacio de Tribunales y cerca de la casa de Maqueda, que difamaron al juez de la Corte. La rumorología de los tribunales le atribuyó a Lorenzetti la autoría intelectual de esa campaña.
El supuesto tema que colisionó con el Gobierno fue la decisión de los tres jueces de reglamentar la designación de los conjueces de la Corte. Cuando se vaya Maqueda, dentro de una semana, la Corte necesitará del voto unánime de los tres jueces que quedarán (Rosatti, Rosenkrantz y Lorenzetti), porque está integrada por cinco magistrados, o deberá llamar a un conjuez o a dos para alcanzar la mayoría necesaria. Los conjueces son los presidentes de las Cámaras Federales; se elige a los necesarios por sorteo para cada caso que debe resolverse. Es el sistema de siempre, solo que antes se hacía de hecho y ahora se hará por reglamentación de la Corte. El único agregado es que el secretario del tribunal deberá advertir en el acto al presidente del tribunal si fuera necesario el sorteo de un conjuez para que las causas no esperen demasiado tiempo. Intentaron despejar la idea de que una Corte de tres es inviable. Lorenzetti votó en contra señalando que es sabido que ya existen dos jueces nombrados por el Presidente, y que sus colegas tratarían de condicionar al tribunal sin tener en cuenta a esos dos eventuales jueces. Lorenzetti da por hecho lo que no está hecho, que es el acuerdo y la designación de Lijo y García-Mansilla. Con ese criterio, la Corte debería estar paralizada desde marzo pasado, cuando Milei propuso a los candidatos. La acordada sobre los conjueces fue lo que motivó el mensaje de la Corte a Cúneo Libarona: no actuó contra el Gobierno, sino para neutralizar las intrigas de un miembro del tribunal. El Gobierno entendió rápidamente el mensaje y aceptó la versión de la mayoría de los jueces supremos.
Guillermo Francos, jefe de Gabinete, señaló, al principio de todo, cuando no había partido el mensaje ni mucho menos había llegado, que la Corte demora entre 15 o 20 años sus decisiones. Hubo algunos casos excepcionales que duraron tanto, pero el promedio de espera de los expedientes en la Corte es de entre 3 y 4 años. Es mucho, de todos modos. Es cierto que el recorrido íntegro de un expediente en los tribunales puede durar hasta la sentencia definitiva entre 15 y 20 años. Muchísimo. De hecho, hubo sobreseimientos porque “pasó el tiempo razonable”. Pobre argumento. La Corte Suprema debería empezar a delegarle muchos pleitos a la Justicia de la Capital Federal, que hasta ahora se ocupa solo de peleas entre vecinas. De una buena vez, la Capital debe tener su propia y amplia jurisdicción judicial, como lo señala el espíritu de la Constitución reformada en 1994. La Corte Suprema argentina dicta entre 7000 y 16.000 sentencias por año (muchas de ellas no tienen espectacularidad), mientras la Corte de Estados Unidos trata solo entre 80 y 100 casos anualmente. La Corte local tiene cinco jueces, cuando está totalmente integrada, mientras que la Corte de Estados Unidos tiene nueve magistrados. La Corte Suprema no es una instancia de apelación, como suponen muchos; es un recurso extraordinario, como bien se interpreta en Washington. En esa sobrecarga de trabajo radica gran parte de la razón de las demoras en la Corte local, aunque no sean tan largas como las contó Francos.
El Gobierno debería poner paños fríos en su relación con la Justicia, justo cuando una instancia judicial importante (la Cámara Federal Penal) decidió reflotar el caso del atentado del grupo guerrillero Montoneros contra el comedor de la Policía Federal en 1976. Murieron 23 personas y 110 resultaron gravemente heridas. Era un lugar donde comían policías y sus familiares. La Cámara consideró que se trató de un crimen de lesa humanidad y que, por lo tanto, no prescribió ni prescribirá. Es una mirada novedosa de la Justicia argentina porque hasta ahora se sostenía que los crímenes de lesa humanidad solo los cometía el Estado. El criterio de que en la orgía de sangre de los años 70 participaron los militares pero también los grupos insurgentes del peronismo y del marxismo es una conclusión más objetiva del pasado reciente. Ya Raúl Alfonsín había establecido esa doctrina cuando se instauró la nueva democracia argentina, en los años 80; Alfonsín ordenó la detención inmediata de los jefes militares, pero también de los jefes guerrilleros. Mario Firmenich fue extraditado de Brasil en 1984, pero resultó beneficiado por los indultos de Menem, que también sacaron de la cárcel a varios guerrilleros más y a todos los jefes militares. La decisión de la Cámara quedó expuesta en un par de párrafos escritos por el presidente de ese tribunal, el juez Mariano Llorens, en un voto histórico sobre el doloroso pasado argentino. Después de una durísima descripción de lo que fue la dictadura militar, Llorens escribió: “Pero, aun así, su barbarie no absuelve ni exculpa a quienes planearon el atentado –la conducción de la organización Montoneros-; a las distintas células encargadas de su logística y su realización (…); ni a los que lo ejecutaron materialmente. Las atrocidades de unos no neutralizan los crímenes de los otros”. Y agregó, justo y preciso: “Las grietas no son patrimonio único de estos tiempos. Hay demasiados ejemplos (en nuestra historia) de ese enfrentamiento entre dos miradas absolutas, entre dos posturas radicales e irreconciliables que tanto han mancillado el ideal de unión nacional”. Los jueces buenos no deben quedar solos entre tanto griterío inservible.

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domingo, 15 de diciembre de 2024

EL PENSAMIENTO DE JOAQUÍN MORALES SOLÁ


Cristina es peor que Kueider

Joaquín Morales Solá
Edgardo Kueider
La hipocresía les sienta bien a ciertos dirigentes políticos. Edgardo Kueider, que fue senador hasta que se conocieron sus fechorías, es solo un ejemplo del fingimiento generalizado de la dirigencia. La presencia de Javier Milei en el poder tiene muchas explicaciones, pero la más sólida es la que señala que una mayoría social detestaba la sola idea de volver al pasado. El Presidente debería cuidar esa diferencia que la gente común notó en él, y respetar el orden jerárquico del Estado. No es posible que su hermana, Karina, esté disputando con Santiago Caputo, el hombre fuerte del Gobierno, el control de la política oficial. “No sé si Javier sabe algo que comienza a decirse: que no hay muchos antecedentes en la historia de alguien que tuvo tanto poder en el gobierno como Santiago Caputo con solo un contrato de locación de servicios”, reflexiona un amigo de Milei que lo frecuenta asiduamente. La hipocresía no es un error del que haya que culparlo al Presidente. Al contrario, él se pavonea señalando que les habla a los argentinos con sinceridad, aunque esa sinceridad conlleve promesas antipáticas. Es cierto. La hipocresía es, por ahora, patrimonio del kirchnerismo y de su jefa, Cristina Kirchner. Ella fue la primera en salir a pedir la destitución del exsenador Kueider por corrupto. Kueider era un senador de la Nación y no tenía por qué andar cruzando fronteras con 200.000 dólares en una mochila, haya sido de quien haya sido esa mochila. Lo expulsaron del Senado. ¿La sesión es ilegal porque Villarruel estaba a cargo del Poder Ejecutivo y no podía presidir el Senado? Ridículo. La vicepresidenta no fue notificada formalmente del viaje al exterior del Presidente hasta después de concluida la reunión del Senado y, además, ella ni siquiera vota las decisiones del cuerpo, salvo cuando hay empate. Kueider hubiera sido expulsado del Senado con Villarruel o sin Villarruel. ¿Le es tan difícil a Milei hablar por teléfono con su vicepresidenta para avisarle que se va al exterior? La pregunta más importante es otra: ¿era Cristina la que debía hacer de fiscal de un senador que llegó a uno de los cargos más importantes del Poder Legislativo de la mano de ella? Su pasado y su futuro la desautorizan: Cristina Kirchner tropezará en los próximos días con otra decisión fulminante de la Corte Suprema. El máximo tribunal de justicia del país ordenará que se realice el juicio oral y público por lavado de dinero en Hotesur y Los Sauces, empresas de edificios y de hoteles propiedad de la familia Kirchner. En 2021, Cristina Kirchner, sus hijos Máximo y Florencia; su contador, Víctor Manzanares, y los empresarios Cristóbal López, Fabián de Sousa y Lázaro Báez, entre otros socios más de los Kirchner, fueron increíblemente sobreseídos por un tribunal oral, sin juicio previo. Lo mismo había sucedido con el caso del expediente sobre el memorándum con Irán, denuncia iniciada por el fiscal asesinado Alberto Nisman. Vale la pena detenerse en un juez que decidió en ambos casos: es Daniel Obligado, el mismo magistrado que le otorgó prisión domiciliaria a Amado Boudou (estaba en la cárcel por el caso Ciccone) argumentando que el exvicepresidente debía hacerse cargo de su pareja y de sus hijos cuando arreciaba la pandemia del Covid. El principio de igualdad ante la ley debió entonces dejar libres a todos los presos del país. Después de caer en ese desvarío, Obligado protagonizó el hecho inusual en la Justicia de sobreseer a acusados de delitos penales, Cristina entre ellos, sin que antes hayan pasado por un juicio oral. El lawfare denunciado por la expresidenta existe, pero a favor de ella, no en su contra. Hay poquísimos casos en la historia judicial de sobreseimientos sin juicio previo, pero en esos casos excepcionales existieron hechos nuevos y determinantes que cambiaron la dirección del juicio. Nada nuevo pasó con Cristina.
Hay prácticas de la política que forman parte de un período histórico que ya pasó, definitivamente herido
El caso Hotesur y Los Sauces fue denunciado ante la Justicia por la diputada Margarita Stolbizer, aunque ambos delitos habían sido ventilados antes por el periodismo. Paréntesis: no es una mala función ser esbirros de la verdad (para usar una palabra insultante a la que tanto recurre el Presidente). Por eso, merece leerse y releerse el discurso que el periodista José Claudio Escribano pronunció en un acto en ADEPA, sobre todo cuando le pidió a Milei que señale “quién es quién en el periodismo” antes de seguir esparciendo acusaciones al voleo. “Así no, señor Presidente”, aconsejó Escribano con precisa síntesis. Regresemos al caso judicial que estallará en los próximos días. Hotesur y Los Sauces es la causa judicial más delicada que tienen Cristina Kirchner y su familia, aunque la Cámara de Casación desvinculó del supuesto delito a su hija Florencia. Los jueces Diego Barroetaveña y Daniel Petrone revocaron el sobreseimiento de los jueces del tribunal oral, Obligado y Adrián Grunberg, pero señalaron también que Florencia Kirchner había sido ajena a cualquier sospecha de delito. En el tiempo en que se cometió ese fraude, la hija del matrimonio Kirchner tenía menos de 20 años. Hotesur y Los Sauces es el más grave caso judicial que acosa a Cristina Kirchner porque se trata del lavado de dinero en hoteles y edificios de la entonces familia presidencial con solo tres empresarios: Lázaro Báez, Cristóbal López y Fabián de Sousa. Para muchos funcionarios judiciales, en esos hoteles y edificios se cerraba el círculo que comenzaba con la corrupción en la obra pública, que ya se juzgó. La expresidenta fue condenada por este delito a seis años de cárcel e inhabilitación perpetua para ejercer la función pública. Según la opinión de jueces y fiscales, el dinero corrupto que resultaba de la obra pública (que también iba a manos de Lázaro Báez y Cristóbal López) se habría lavado en parte en esos hoteles y edificios que ambos empresarios alquilaban y no usaban. Por eso, en esta causa están acusados la familia Kirchner, los dos empresarios, el histórico contador de los Kirchner y socios y familiares de todos ellos. No hay exfuncionarios kirchneristas en el medio, como sucede en las otras causas por corrupción. El lavado de dinero mal habido era un acuerdo, si lo fue, solo del matrimonio Kirchner y los empresarios. Es una causa mucho más simple de resolver que cualquiera de las otras, tanto para la Corte Suprema de Justicia como para el tribunal oral que dictará sentencia.
La Justicia vacila entre dos extremos. Uno es honesto e independiente y el otro es obsceno e indecente. Las dos caras de la Justicia se exhibieron en los últimos días. La primera la encarnó el juez de la Corte Juan Carlos Maqueda, quien se jubilará el mismo día en que cumplirá los 75 años, el 29 de diciembre, edad máxima que estipula la Constitución para ejercer la judicatura. Ni un día más, se propuso quien fue constituyente de la reforma constitucional de 1994 que les puso ese límite etario a los jueces. Maqueda estuvo en la Corte Suprema durante 22 años y nunca lo acusaron de nada ni nadie sospechó nada de él, aun cuando debió enfrentar una conspiración que urdió uno de los miembros del propio tribunal que integra. Aunque viene de la política, eligió eludir las exhibiciones públicas desde que se convirtió en juez supremo. Los jueces no están para el espectáculo público, dice siempre. Seguramente, no abandonó el corpus de sus ideas (se formó en el peronismo cordobés de José Manuel de la Sota), pero abandonó por completo cualquier lealtad partidaria cuando lo ungieron como juez. Hace pocos días, en el primer discurso público que pronunció como juez en el Colegio Público de Abogados, donde le hicieron un homenaje, promovió “volver a recuperar el camino de la democracia constitucional” porque veía, subrayó, “nubarrones en esta nueva etapa”. “Soy un enamorado de las instituciones”, confesó en un país que les dedica la indiferencia a las instituciones. Maqueda integra con el presidente del cuerpo, Horacio Rosatti, y el vicepresidente, Carlos Rosenkrantz, la mayoría de tres jueces que se impone casi siempre contra el voto de Ricardo Lorenzetti, el cuarto juez de la Corte. Al revés de los otros tres, Lorenzetti hasta estudió la Escuela Austríaca de Economía para debatir el tema en sus encuentros frecuentes con Milei, a quien le propuso el nombre del juez federal Ariel Lijo como miembro de la Corte. Lijo es seguramente el candidato a miembro de la Corte más universalmente cuestionado en la historia del país. Lorenzetti no se priva de nada.
La otra cara de la Justicia fue la deplorable imagen que dio el fiscal Ramiro González cuando celebró sus 60 años con una fiesta carísima y cargada de invitados, muchos de ellos integrantes del Poder Judicial. No hay sueldo en la Justicia capaz de financiar una fiesta de esa envergadura. El fiscal no nació rico, pero ahora tiene propiedades y campos. Tampoco eso se consigue con los salarios de la Justicia. “Lo peor es que todos los fiscales y jueces quedamos embarrados por este tipo”, se enfureció otro fiscal que obviamente no estuvo entre los invitados a la megafiesta de Ramiro González. Aunque tuvieran dinero, un fiscal o un juez no deben actuar con obscenidad y desfachatez. El Código de Ética de la Función Pública señala que los funcionarios públicos (y Ramiro González lo es) “deben evitar cualquier ostentación que pudiera poner en duda su honestidad” y “deben observar una conducta digna y decorosa”, que es lo que no hubo en la escabrosa fiesta cumpleañera del fiscal. Ramiro González no puede seguir siendo el fiscal de un expresidente como Alberto Fernández, por más ruindades que este haya cometido. Ramiro González es el fiscal en el caso de la violencia de género de Alberto Fernández contra su expareja Fabiola Yañez. Debe irse cuanto antes de esa función, como Cristian Ritondo debe pedir licencia como presidente del bloque de diputados de Pro, el cargo institucional más importante que tiene ese partido. Ritondo está acusado de haber incrementado de manera significativa su patrimonio en los últimos años. Hay prácticas de la política que forman parte de un período histórico que ya pasó, definitivamente herido.

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domingo, 27 de octubre de 2024

EL PENSAMIENTO DE JOAQUÍN MORALES SOLÁ


Milei ataca en medio del vacío político


Joaquín Morales Solá
Solo Javier Milei cosecha después de la devastadora implosión del sistema de partidos políticos. Una Cristina Kirchner con la oreja mojada por el más intranscendente de los gobernadores peronistas, el riojano Ricardo Quintela, y por una criatura política suya, Axel Kicillof, es el mejor ejemplo del derrumbe final de lo que existía. Un radicalismo fragmentado en tres partes (los mileístas fanáticos, los antimileístas fanáticos y los que hacen equilibrio entre el elogio y la crítica al Presidente) es la prueba de que un partido que vivió 133 años podría no existir para festejar los 134. La debilidad opositora deja a la intemperie a sectores sociales o a instituciones que están bajo el fuego cruzado del oficialismo. En tales condiciones excepcionales, el jefe del Estado se atrevió a anunciar una modificación significativa de una ley de Mauricio Macri, que en 2018 les había sacado el IVA a los medios periodísticos para promover una sociedad informada; el Presidente también nombró jefe de la DGI a Andrés Vázquez, quien en 2009, poco después de la guerra de Cristina Kirchner con el campo, comandó un operativo con 200 personas de la AFIP contra el diario Clarín y otras compañías de esa empresa periodística. Milei no quiere un recaudador, sino un acosador profesional. Según una investigación de Hugo Alconada Mon, Vázquez, un especialista en inteligencia fiscal, conserva una excelente relación con Antonio Stiuso y Francisco Larcher, los jefes de la SIDE en tiempos de Néstor y Cristina Kirchner. Los espías no se jubilan nunca. Y el líder de la batalla contra la casta, como se autodefine Milei, insiste hasta el cansancio en sus intentos de enhebrar un acuerdo con Cristina Kirchner (o de conseguir cierta simpatía de ella), aunque sea la jefa de la casta. El valor de las palabras es relativo en un mundo relativo.
Los conspiranoicos se quedaron sin argumentos cuando escucharon a Estela de Carlotto contar cómo fue un encuentro circunstancial entre Cristina Kirchner y Kicillof. “Frío, muy frío”, dijo la dirigente de Abuelas, que milita en el kirchnerismo. Algunos ya estaban suponiendo que esa pelea electoral por la conducción del Partido Justicialista era una estrategia de Cristina para lograr que sus seguidores vayan en masa a votar el día de la elección partidaria. Entre esos divagadores están los que la quieren y los que la odian a Cristina; todos ellos ven a la expresidenta con tal poder de construcción política que no podría ser desafiada por dos indigentes políticos. Resígnense: haya o no elecciones en el peronismo, está siendo desafiada por ellos. Tanto Quintela como Kicillof dicen cosas que son ciertas sobre la finitud del liderazgo de Cristina, pero es raro que las señalen quienes no tienen más pergaminos que viejas capitulaciones ante la expresidenta. Ella terminará siendo presidenta de una organización política en la que no creyó nunca (“Ese pejotismo”, llamaba desdeñosamente al Partido Justicialista), pero el cargo no disimulará el comienzo de su decadencia en la vida pública. Ningún peronista –viejo, como Quintela, o disfrazado, como Kicillof– desafiaría nunca un liderazgo partidario con destino político o electoral. Todos sus opositores internos lo saben, pero no lo dicen: a Cristina Kirchner no le importa el partido de los peronistas, sino tener un poco más de poder frente a los jueces que están cerca de condenarla nuevamente por lo que hizo con la obra pública, y también frente a los magistrados que resolverán futuros juicios por supuestos actos de corrupción. Está más segura de estas exhibiciones de aparente poder que de la eventual incorporación de Ariel Lijo a la Corte Suprema. Los jueces que llegan a la Corte Suprema hacen su propio camino inmediatamente después de que aterrizan en la cima del Poder Judicial. El oportunismo político es la gimnasia cotidiana de no pocos jueces. Dicen, por ejemplo, que Ricardo Lorenzetti estudió los manuales de la escuela austríaca de economía hasta el extremo de debatir sobre ella con Milei cuando se reúne a escondidas con el Presidente. Logró la admiración del jefe del Estado. Lorenzetti, padrino político y promotor de Lijo, es un experto en el arte de seducir al poder.
Tanto Quintela como Kicillof dicen cosas que son ciertas sobre la finitud del liderazgo de Cristina, pero es raro que las señalen quienes no tienen más pergaminos que viejas capitulaciones ante la expresidenta
Martín Lousteau no es el autor exclusivo del ocaso del radicalismo, pero se encargó de fulminarlo cuando creyó que podía presidirlo después de haber sido un alto funcionario de Felipe Solá y de Cristina Kirchner. Lousteau edificó también la crisis terminal de los Kirchner con el campo argentino cuando se le ocurrió firmar la resolución 125, que disponía impuestos confiscatorios para los productores de soja. Casi provoca la renuncia de Cristina Kirchner a la presidencia. Lousteau es un orfebre de la destrucción ajena. Termine como termine la crisis del radicalismo, luego de que el bloque de senadores vota casi siempre contra la opinión del presidente del partido, lo cierto es que la acefalía de hecho de ese partido provocó la división de la bancada de los diputados radicales. El presidente del bloque de diputados, Rodrigo de Loredo, intentó hacer equilibrios entre los elogios a la economía de Milei y la crítica a sus modos y su destrato institucional. Con todo, no pudo contener a los fanáticos antimileístas, que no quieren convivir con los radicales que prefieren las ventajas del poder. La carencia de una conducción nacional y de una expectativa de poder, luego de que se disolviera Juntos por el Cambio, explican la crisis del radicalismo. En el mientras tanto, serán los gobernadores del radicalismo los que liderarán las posiciones de los legisladores de ese partido en el Congreso. El más influyente es el mendocino Alfredo Cornejo, que ya fue presidente del radicalismo y que ideológicamente está más cerca de Milei que de Lousteau. La posición de Cornejo es parecida, en sus ensayos de objetividad y equilibrio, a gran parte del radicalismo de Córdoba, uno de los más importantes del país.
Entre el desorden y el caos, vale la pena detenerse en la posición de Pro porque es el único partido que apoyó institucionalmente algunos proyectos de Milei y, sobre todo, le evitó hace poco en el Congreso el rechazo a los vetos de la reforma previsional y del financiamiento universitario. Los dos proyectos se habían originado en las filas opositoras del Parlamento. La importancia de la relación de Milei con Pro puede medirse con cierta precisión si se imagina qué habría pasado si aquellos rechazos a los vetos se hubieran concretado. La imagen de un presidente sin Congreso, hasta el extremo de ni siquiera poder usar el derecho de veto, habría repercutido de mala manera en los mercados. Los inversores nacionales e internacionales habrían dejado de mirar a la Argentina. Ya le pasó a Mauricio Macri cuando perdió las elecciones primarias de 2019; al día siguiente, fue un lunes negro en el que se fueron los amigos y los enemigos del mundo de los negocios. También le sucedió a Fernando de la Rúa cuando en el año 2000 renunció a la vicepresidencia Carlos “Chacho” Álvarez y dejaba teóricamente al oficialismo sin mayoría parlamentaria. Hasta el Fondo Monetario Internacional huyó del país.
El Gobierno está dividido en su relación con Macri. Karina Milei, la hermanísima; Santiago Caputo, el ingeniero del caos; Sebastián Pareja, el audaz armador libertario en La Matanza arisca, y Eduardo “Lule” Menem, asesor principalísimo de Karina, aunque percibió salarios durante 40 años en el Senado como empleado peronista, creen que La Libertad Avanza debería absorber a Pro porque, dicen, “sus votantes ya están con nosotros”. Javier Milei es más astuto que los supuestos astutos: el día en que Pro se plegó a la oposición para tumbar el decreto de necesidad y urgencia que le transfería 100.000 millones de pesos más a la SIDE, el Presidente lo invitó a Macri a una ronda de milanesas. Cerca de esa predisposición presidencial a no romper con el macrismo están también el jefe de Gabinete, Guillermo Francos, quien en reuniones con empresarios en el reciente Coloquio de IDEA les dijo que el Gobierno necesitará de Pro hasta 2027, por lo menos, y la ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello, quien suele reunirse con Macri. Sin embargo, el propio Mauricio Macri debe serenar a su primo Jorge Macri, jefe del gobierno capitalino, porque este le reclama el apoyo que le da al mileísmo cuando él recibe solo destrato del oficialismo nacional. Sucede que los legisladores de la Capital de La Libertad Avanza votan contra los proyectos de Jorge Macri en la Legislatura como si fueran cerriles opositores. Los mileístas de Karina y Caputo el joven hasta quieren tener el año próximo candidatos propios en la Capital compitiendo, entre otros, con los del macrismo. La Capital será el escenario de la gran batalla electoral de 2025 porque elegirá senadores nacionales. Santiago Caputo le explicó al presidente del bloque de diputados de Pro, Cristian Ritondo, que el proyecto de ellos es que La Libertad Avanza y Pro se queden con los tres senadores nacionales de la Capital. “¿Cómo? ¿Por un senador van a destruir una posible alianza nacional en todo el país?”, le respondió, estupefacto, Ritondo. Nadie le contestó hasta ahora.
Desde el Gobierno, Macri es desafiado también por Patricia Bullrich, quien aspira a ser jefa de Gabinete en lugar de Francos. Francos es el artesano parlamentario de Milei. ¿Podría Bullrich cumplir ese papel? Improbable. Bullrich y Rodríguez Larreta se quedaron con una minoría imperceptible en el bloque de diputados nacionales de Pro, que lideran Mauricio Macri y Ritondo. Funcionarios cercanos a Patricia Bullrich contaron que esta lo vio no hace mucho a Macri y le reprochó su rechazo a la candidatura de Lijo a la Corte Suprema. “Parecés Carrió: te oponés a todo”, dicen que le reclamó al expresidente. Macri le habría contestado despectivamente. Al lado de Macri no respondieron la consulta sobre la veracidad de esa versión. Macri la llevó a Bullrich a cimas políticas desconocidas para ella, pero esta no tuvo nunca ningún reconocimiento para el expresidente; tampoco lo tuvo con Carrió, que la hizo diputada nacional. Cuidado, Presidente: la ingratitud no tiene cura.

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domingo, 20 de octubre de 2024

EL PENSAMIENTO DE JOAQUÍN MORALES SOLÁ


La política discute sobre lo que no existe

Joaquín Morales Solá
Victoria Villarruel descubre el busto de Isabel Martínez de Perón, en el Senado, junto a Claudia Rucci
Tan inexplicable como reivindicar a Isabel Perón es que la dirigencia política se haya entusiasmado con las elecciones legislativas que sucederán dentro de un año. La experiencia no enseña nada. Hace justo un año, en el balotaje del 19 de noviembre de 2023, Javier Milei se imponía como presidente de la Nación. Hasta dos meses antes, la política presentía que el eventual futuro jefe del Estado sería Patricia Bullrich o Sergio Massa. Bullrich es ahora una disciplinada subordinada de Milei, y Massa pierde el tiempo participando en marchas estudiantiles. El poder, en síntesis, está en manos de quien la política no imaginaba en la Casa de Gobierno.
Las discusiones electorales son también absurdas. Un sector del mileísmo (Karina Milei, por ejemplo) pone en discusión una probable alianza electoral con Pro. La última encuesta de Poliarquía contiene una lección para la hermana del Presidente. Midió a Cristina Kirchner y a Karina Milei como candidatas en la provincia de Buenos Aires, donde el próximo año se elegirán diputados nacionales, no senadores. Cristina Kirchner le ganaría a Karina Milei por ocho puntos (33 a 25). Pero si la hermana presidencial fuera en alianza con Pro alcanzaría los 40 puntos. Le ganaría a Cristina por 7 puntos. En esa encuesta, Karina Milei aporta sus 25 puntos y Diego Santilli, del partido de Mauricio Macri, contribuiría con 15 puntos. Juega en contra de la estrategia de Karina Milei una información de Poliarquía: Macri subió 5 puntos en la simpatía social, y ahora cuenta con 31 puntos a favor. En la vereda de enfrente, la supuesta discordia entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof por el liderazgo del peronismo es igualmente ridícula. En primer lugar, ninguno de los dos es peronista. Cristina se imaginó siempre a sí misma como una instancia superadora del peronismo, que debería ser reemplazado, según ella, por una variante más de izquierda, bolivariana si se quiere. Kicillof viene de la izquierda universitaria; es un economista más cercano a Marx que a Keynes. El peronismo calla. Es célebre la vocación ciega del peronismo por la obediencia. Ya que han puesto de moda a Isabel Perón, es conveniente evocar que durante toda la década del 80 el peronismo se inclinaba ante ella, sin objetar nada, sin recordar nada. Llevaba el apellido Perón, justificaban los peronistas, y con eso les bastaba. Isabel fue una pésima presidenta de la Nación, que ayudó a instaurar la represión ilegal del Estado (con la Triple A de López Rega) frente a los crímenes de la insurgencia guerrillera, práctica que luego siguieron y perfeccionaron los militares, y colocó al país en medio del caos político, económico y social. Su influencia duró hasta que otro peronista, Carlos Menem, ganó una elección presidencial sin el dedo de Isabel. Nadie se puede explicar que una mujer sensata, como lo es la vicepresidenta Victoria Villarruel, haya decidido rehabilitar a un personaje que estaba bien guardado en el desván de la historia. Sucede lo mismo con Cristina Kirchner: el peronismo le teme, no ha sido seducido. ¿Saben todos ellos qué país los aguardará dentro de un año? No, ninguno. “Una semana es mucho tiempo en política”, decía el escritor y diplomático británico Harold Nicolson. Un año de política argentina se parece, entonces, a la eternidad.
Es célebre la vocación ciega del peronismo por la obediencia
Dos encuestadoras, Poliarquía e Isonomía, tuvieron resultados aparentemente contradictorios en su última medición. Mientras para Isonomía Milei lleva dos meses con la simpatía popular en caída, sobre todo en lo que se refiere a la aprobación de su gestión, para Poliarquía el Presidente logró recuperarse en octubre del descenso que sufrió en septiembre. El aspecto más novedoso de ambas encuestas es que el jefe del Estado conserva entre un 42 y un 52 por ciento de aprobación de su gestión. Novedoso porque no hay muchas experiencias, ni aquí ni en el exterior, de un ajuste de la economía tan fuerte como el que aplicó Milei sin grandes consecuencias sociales. Algunos analistas de opinión pública suponen que el fenómeno se debe a que el Presidente no tiene a nadie haciéndose cargo de una alternativa a él. Macri no puede elaborar un discurso de cerril oposición a Milei porque simplemente coincide con muchas de sus políticas, aunque disienta en la manera de instrumentarlas. No descarta, además, una alianza electoral el año próximo. El peronismo está pendiente de Cristina Kirchner, y ella solo habla de sí misma y de la interna partidaria. Cristina debe atravesar, además, la inminente sentencia de la Cámara de Casación por la corrupción en Vialidad en beneficio de Lázaro Báez. Es el caso que ya pasó por un juicio oral y en el que fue condenada a seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos. Oportuna aclaración: la inhabilitación para ejercer cargos públicos no es una decisión que el juez pueda tomar o no. Es una pena inherente a la condena por administración fraudulenta del Estado, que es el delito que la Justicia le atribuye hasta ahora a la expresidenta. Ya votaron dos de los tres jueces de la Cámara de Casación (Mariano Borinsky y Gustavo Hornos) y falta el tercer voto, el del juez Diego Barroetaveña. La sentencia se dará a conocer el 13 de noviembre. Si la resolución de Casación fuera igual a la del tribunal oral, Cristina Kirchner apelará seguramente a la Corte Suprema, última instancia de la Justicia. Solo una resolución del máximo tribunal del país convierte una sentencia en “firme” y “definitiva”. La Corte no tiene plazos legales para expedirse, pero se los impondrá la opinión pública. Cristina Kirchner no es Menem, que se alejó del ejercicio activo de la política después de 2003; solo fue un senador más durante los años restantes. Al revés, y tal como se ve en los últimos días, Cristina no resigna su papel protagónico en el peronismo ni en la política. Aspira a liderar ese partido que no es suyo; a escribir el año próximo con su lapicera los nombres de los candidatos a legisladores nacionales y a elegir al candidato presidencial de 2027. La sociedad le reclamará a la Corte que decida cuanto antes si ella está en condiciones judiciales –o no– de hacer todo eso.
Aquella encuesta de Poliarquía que coloca a Cristina Kirchner ganándole a Karina Milei en la provincia de Buenos Aires no es una buena noticia para la economía. Ya le sucedió a Macri: cuando Alberto Fernández ganó las elecciones primarias de agosto de 2019, al entonces presidente le restaban cuatro meses de gestión, pero nunca pudo controlar las variables económicas a partir de ese triunfo kirchnerista. Los inversores se espantan; los argentinos que pueden corren a comprar dólares, y los empresarios suben los precios de sus productos por las dudas. No sucederá eso ahora, pero es, por el momento, una mala novedad. Mientras tanto, nunca antes se había visto un apoyo social tan importante a decisiones profundas de la economía; a resoluciones que cambiarán la idea del Estado que tenían los argentinos, y a la reinstauración de una noción del orden público. Todo debe decirse: la ministra de Seguridad, Bullrich, perdió seis puntos de simpatía popular en los últimos dos meses, según Poliarquía. En cambio, la participación del ministro de Economía, Luis Caputo, en el seminario de IDEA se pareció a la actuación de un rockstar, salvo por la división que provoca entre los empresarios el cepo al dólar. Algunos comparten el criterio del ministro de que no es necesario levantarlo para que crezca la economía, pero otros sostienen todo lo contrario. No habrá una importante reactivación de la economía con cepo al dólar, dijo uno de los más destacados empresarios. Caputo respaldó su opinión sobre el cepo con ejemplos (China, Corea del Sur, Chile) que son muy distintos de la Argentina. Es probable que al Caputo ministro lo persiga la traumática experiencia como presidente del Banco Central de Macri, cuando no pudo frenar las corridas cambiarias. El cepo es más seguro. Para él.
Al argentino común le va mal “en su metro cuadrado”, como describe uno de los más sagaces analistas de la sociedad. Es cierto: las tarifas de los servicios públicos son muy altas para los ingresos de los argentinos, y encima suben constantemente las expensas, las prepagas y los medicamentos. Nunca fue más cierto que ahora el argumento de que “no hay plata”. Y no la hay también porque la emisión de dinero espurio está prohibida. La clase media es la principal afectada (los sectores más pobres tienen subsidios y ayudas estatales de las que carecen los sectores medios), pero es a la vez el estrato social que intuye que las decisiones de Milei, las que toma sin insultar ni agraviar a nadie, podrían cambiar definitivamente el país. Esos argentinos se detienen, sobre todo, en el fin del descomunal gasto público; en el consecuente superávit fiscal; en la baja de la inflación; en las desregulaciones de la economía que anuncia el ministro Federico Sturzenegger; en la boleta única para votar el año próximo, o en la decisión de privatizar Aerolíneas Argentinas. Vale la pena releer el discurso del presidente de IDEA, Santiago Mignone, porque le reconoció al Gobierno lo que es ponderable, pero le reclamó también la designación de jueces irreprochables, probos y con formación intelectual (Ariel Lijo estaba sin estar) y el respeto a la Constitución y a la libertad de prensa y de expresión. Impecable.
Todavía no se sabe si habrá elecciones primarias (PASO) el año que viene, pero lo más probable es que las haya. Solo una ley del Congreso con la aprobación de la mayoría absoluta de las dos cámaras podría suprimirlas; es el procedimiento que indica la Constitución para las leyes electorales. Hay poco tiempo: este año se está agotando, y no se pueden –ni se deben– tomar decisiones electorales en un año electoral, como será el próximo. Encima, todavía falta el azar: la política depende también de hechos inesperados o inevitables, que son siempre inasibles para los políticos profesionales o amateurs.

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domingo, 13 de octubre de 2024

EL PENSAMIENTO DE JOAQUÍN MORALES SOLÁ


La definitiva advertencia de Macri a Milei

Joaquín Morales Solá
Milei y Macri se saludan en la toma de posesión del Presidente
Les habló serenamente. Sin escándalo y sin broncas reales o fingidas. Primero le avisó a Santiago Caputo, el asesor que integra el trípode de hierro del poder, y después se lo dijo al propio Presidente. El diálogo de Mauricio Macri con Milei sucedió luego de la votación en la Cámara de Diputados que confirmó el veto presidencial al proyecto de ley de financiamiento universitario. Milei lo llamó al expresidente para agradecerle los votos de Pro a favor del veto. Era la última vez, le señaló Macri, que él y su partido colaboraban con el Gobierno en una iniciativa de la que no habían participado y de la que no pudieron ni siquiera opinar sobre su contenido ni sobre su oportunidad. Antes, sucedió la reunión con Caputo, que duró dos horas y en la que Macri se explayó largamente sobre los errores de implementación y de comunicación que comete el Gobierno y que terminan, según él, por desvirtuar las buenas políticas. ¿Qué le contestó el Caputo asesor? Responden cerca del expresidente: “Caputo siempre le dice a Macri que tiene razón, pero después hace lo que quiere”. Son deslealtades que los políticos serios no cometen, fundamentalmente porque no saben cuándo pedirán el próximo favor. Sin los 35 votos que aportó el macrismo, el rechazo al veto de Milei hubiera sido la más seria derrota presidencial en los diez meses de administración libertaria. Milei logró confirmar su veto por apenas siete votos. Los otros aportes que recibió el Presidente fueron muy pequeños, tan necesarios como insignificantes. Los cuatro radicales disidentes –el quinto se ausentó– fueron el bloque más numeroso después del macrismo. Dicen que Macri se lo explicó de esta manera a Caputo: “Ustedes no quieren funcionarios de Pro. Están en su derecho. Pero nosotros no queremos ser el eterno furgón de cola de ustedes. Ese es nuestro derecho”. Punto. Con Milei fue más escueto: “Es la última vez en las actuales circunstancias”, lo sorprendió. Las circunstancias deben cambiar, entonces. ¿Cómo? Los eventuales nuevos apoyos ocurrirían si el macrismo participara, antes de que se precipiten los hechos, en una negociación profesional sobre lo que se firma y se decide, y en qué momento se firma y se decide.
La libertad de prensa no es una cuestión exclusiva de periodistas; los empresarios deberían también velar con más convicción por ella. Recuerden: el kirchnerismo no ha muerto
El problema de Macri es que también su margen político y partidario se encogió. Solo una gestión insistente, larga y difícil de su parte pudo reunir los 35 votos de Pro, aunque perdió dos en el camino. Son 38 en total los diputados de ese partido; uno estaba enfermo. Pero varios de los que votaron a favor del veto hasta habían anunciado públicamente que votarían en el sentido contrario. El domingo último, Macri se explayó en un tuit sobre el conflicto que plantea una universidad que desvía sus recursos a la acción política de ciertos partidos. “Lo que se discute ahora, subrayó, es la parte del presupuesto que se deriva a la política”, y precisó: “Desde 2015, la UBA no presentó ni una sola factura”. La universidad libre y gratuita tiene un enorme valor simbólico en la política argentina, pero también es –cómo negarlo– un recurso político y financiero de dos facciones: el radicalismo y el kirchnerismo. Los radicales acamparon en las universidades (sobre todo en la UBA) desde la época de Oscar Shuberoff, quien fue rector de la UBA durante 16 años. Desde Raúl Alfonsín hasta Eduardo Duhalde. Shuberoff alentó política y financieramente a la organización universitaria Franja Morada, claramente identificada con el radicalismo, hasta el extremo de que ningún docente podía aspirar a ingresar a la Universidad de Buenos Aires sin el respaldo de esa agrupación presuntamente de estudiantes. Shuberoff perdió la reelección como rector luego de que se revelara que había comprado varios departamentos en los Estados Unidos que no fueron declarados en la Oficina Nacional de Ética Pública ni en la Oficina Anticorrupción. Sería injusto hablar solo de Shuberoff. Hace menos tiempo, el entonces rector de la Universidad del Chaco Omar Judis debió renunciar luego de ser procesado por la Justicia por hechos de corrupción en esa casa de estudios. Su sucesor, Germán Oestmann, la distinguió a Cristina Kirchner con el título de doctora honoris causa de la Universidad del Chaco. El segundo problema es, precisamente, el sectarismo ideológico que el kirchnerismo le impuso a la universidad. Hay universidades en el Gran Buenos Aires que se crearon en la época de Cristina Kirchner solo para nombrar claustros de profesores kirchneristas; fue una manera de contar con una militancia rentada. Algunos eran –y son– directamente kirchneristas y otros tienen un específico sesgo ideológico. De hecho, el vicerrector de la UBA, el exdiputado radical Emiliano Yacobitti, quien relevó a Enrique “Coti” Nosiglia en el liderazgo de la UCR de la Capital, dijo públicamente en las últimas horas que la universidad pública enseña mal si allí se graduaron dos ministros de Milei: Federico Sturzenegger y Luis Caputo. Esto es: para la segunda autoridad de la universidad más poblada del país los profesores deberían enseñar a pensar en clave progresista, jamás ortodoxa. En efecto, Sturzenegger se graduó en la Universidad de La Plata, pero se doctoró en universidades de los Estados Unidos. Actualmente es docente en la prestigiosa Universidad de Harvard. El Caputo ministro se recibió en la Universidad de Buenos Aires y luego trabajó en los bancos más importantes del mundo. Yacobitti nació y se formó en Franja Morada, y ahí debió aprender que la universidad no solo sirve para formatear el pensamiento de los jóvenes, sino también para financiar la vida política. El dogmatismo y la intolerancia en la universidad tienen raíces más profundas y amplias que las que aparecen a simple vista. Sin embargo, nadie puede desconocer –por qué negarlo– el atraso salarial que sufren los verdaderos docentes universitarios. Los malos antecedentes de las conducciones universitarias borronean los problemas reales de las casas de estudios. La universidad debe tener los recursos que necesita, pero sus gastos deben ser transparentes; una periódica auditoría no significaría un atropello a la autonomía universitaria. La única universidad posible, por lo demás, es abierta, plural y respetuosa de todas las ideas.
Regresemos a Milei. Consiguió 85 votos en una cámara de 257 diputados. Es poco, aunque parezca mucho porque esos módicos votos evitaron que le rechazaran el veto al proyecto de financiamiento universitario. El Presidente está a un puñado de votos de perder el tercio de la Cámara de Diputados y, por lo tanto, a un puñado de votos de tener los dos tercios en contra. Cuidado: los dos tercios de las dos cámaras del Congreso es el requisito constitucional para iniciarle un juicio político al jefe del Estado. No hay razones a la vista para asestarle a Milei un juicio político, pero nadie sabe de qué está hecho el futuro, sobre todo cuando la ofensa personal se convirtió en una manera de decir y de gobernar. Cabe señalar que la ofensa personal no es revolucionaria ni significa un cambio ni expresa una renovación; es, simplemente, un síntoma de la mala educación de quien la dice. Una ofensa expresada por un presidente de la Nación es, además, una doble ofensa por la vasta repercusión que tiene. Milei tiene un estilo –es cierto–, pero su principal asesor, Caputo el joven, le recomendó que intensifique la polarización porque de esa manera se consiguen las victorias políticas. Un Ernesto Laclau sin los pergaminos académicos de Ernesto Laclau; las ideas rupturistas y posmarxistas de este filósofo argentino radicado en Gran Bretaña, ya fallecido, penetraron intensamente en los gobiernos de Cristina Kirchner y le hicieron mucho daño a la política argentina. También de la cantera de ideas del asesor Caputo saldrían las permanentes agresiones de Milei a los periodistas y medios periodísticos. Ese proyecto supone que siempre hay un rédito para el gobernante que se enfrenta con el periodismo y que, también, tales agravios, por más injustos que sean, van deslegitimando y sacándole autoridad moral a la crítica de la prensa a los gobernantes. Ni Milei ni Caputo inventaron nada nuevo. Donald Trump ensayó –y ensaya– esa estrategia política contra el periodismo, como bien lo contó el viernes en LA NACION la periodista Gail Scriven. El término “ensobrado” es altamente ofensivo para el periodismo porque alude a un acto corrupto, pero un juez, Sebastián Ramos, acaba de rechazar in limine una denuncia contra Milei del periodista Jorge Fontevecchia por haberlo llamado así. La misma denuncia –y por la misma razón– la hizo Jorge Lanata, pero su presentación cayó en manos del juez Ariel Lijo, que hace lo que siempre hizo Lijo: demorar, anestesiar, cajonear. Nada se sabe de la suerte de la presentación del periodista ahora enfermo. Pero la resolución del juez Ramos constituye un precedente nefasto para la libertad de expresión y para la relación necesariamente respetuosa que debe existir entre el poder y el periodismo. Una cosa es lo que el juez resuelve al final de una investigación; otra cosa es un rechazo in limine (en el umbral mismo) de una denuncia de periodistas ofendidos por el jefe del Estado. La libertad de prensa no es una cuestión exclusiva de periodistas; los empresarios, por ejemplo, deberían velar con más convicción por ella. Recuerden: el kirchnerismo no ha muerto.
Aunque nadie lo dice, esas cosas de Milei y de su asesor Caputo también lo alejan de Macri. Macri tiene seguramente otros defectos, pero no dice malas palabras ni frecuenta el agravio. En los últimos tiempos se lo escuchó hablar a Macri de la necesidad de preservar el “respeto” a las personas y a las instituciones. Sea como fuere, la reciente advertencia de Macri a Milei y Caputo (“este es el último aporte de Pro”) es una noticia política que el Presidente no debería desdeñar. Patricia Bullrich no es una alternativa de Pro. Ella cumple el papel de los conversos: tiene más fe que los viejos creyentes. Aunque la inflación bajó otro poco –conquista que debe reconocerse–, es fácilmente perceptible que los márgenes políticos del Presidente ya no son los que eran.

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lunes, 26 de julio de 2021

EL PENSAMIENTO DE JOAQUÍN MORALES SOLÁ



Ante una dirigencia sorda y ciega

Joaquín Morales Solá


El presidente Alberto Fernández
Muy pocas veces antes, la política estuvo como ahora tan lejos de la sociedad. Los plazos electorales existen, y las elecciones también. Pero la dirigencia argentina se abocó en el último mes, día y noche, a resolver las internas que se disputarán en las elecciones primarias de septiembre y en las generales de noviembre. Asuntos y disputas que no provocan el entusiasmo de nadie. Todos los dirigentes políticos, sean oficialistas u opositores, vienen cayendo en la consideración pública, según todas las mediciones de opinión. La razón de tanta agitación en la cúpula política se debe, quizás, a que unos quieren moderar el enorme poder de Cristina Kirchner y los otros aspiran a recortar la influencia de Mauricio Macri. Los dos dirigentes que han liderado los bandos opuestos y casi excluyentes de la política en la última década. ¿Lo han conseguido? Relativamente.
La consagración de Victoria Tolosa Paz como primera candidata a diputada nacional por la enorme provincia de Buenos Aires fue una decisión astuta de Cristina Kirchner. Tolosa Paz es una persona que responde más a Alberto Fernández que a la vicepresidenta. Aunque en el último año y medio se hizo conocer como una mujer mediática, su carrera política es corta y módica. Es la esposa de Enrique Albistur, un viejo amigo personal del Presidente. La calidad y cantidad de políticos que Alberto Fernández puede proponer es muy limitada. Ya se había visto con la integración del gabinete.
 Se confirma ahora. Que solo pueda proponer a la esposa de quien le presta el departamento cuando vive en Puerto Madero es una expresión cabal de esa limitación. Cristina la aceptó, después de llenar la mayoría de los casilleros de la lista de diputados nacionales. A ella le importan los números finales, no solo las apariencias.
Su concesión no significa que le cede la victoria a nadie. ¿Quién discutirá, sostienen a su lado, que fueron ella y su protegido Axel Kicillof los padres de la victoria si sucediera la victoria? ¿Quién pondrá en duda que el liderazgo peronista de la provincia de Buenos Aires es de ella? ¿Quién, cuando ella urdió una coalición peronista que ganó abrumadoramente esa provincia en las últimas elecciones? La derrota será del otro. Si el kirchnerismo gobernante perdiera las elecciones bonaerenses, Cristina lo mandará a Alberto Fernández a explicar por qué imaginó una fórmula perdidosa. Siempre será así. La victoria será de ella, y la derrota será del Presidente. No obstante, Cristina debió abrirse a negociaciones y pactos con los otros peronistas. No le gusta ninguna de las dos cosas. Pero sin unidad no existe ni la esperanza de la victoria.
El problema que se avecina es que el Presidente no descartó el proyecto de su propia reelección en 2023. ¿Qué otro dirigente de la coalición gobernante, desafían los albertistas, está mejor que el Presidente para enfrentar una elección presidencial? Nadie, se responden. Aunque la consideración pública de Alberto Fernández bajó mucho en los últimos meses, lo que dicen sus seguidores es refrendado por las encuestas. Ni Kicillof ni Máximo Kirchner ni Sergio Massa tienen mejores números que el Presidente. Un conflicto político e institucional podría ocurrir dentro de poco si la actual vicepresidenta no aceptara la reelección de Alberto Fernández. Nunca se amaron. Se conocen demasiado desde hace demasiado tiempo. Alberto era para Cristina un traidor hasta que ella se fue del poder, en 2015. En algún lugar de la memoria del Presidente está guardada, una parte al menos, la pésima consideración que él tenía de ella como gestora política. Las palabras y los gestos de reconciliación, sobre todo de Alberto hacia ella, son actuaciones propias de la política. Ella no disimula nada.
Si el kirchnerismo perdiera las elecciones bonaerenses, Cristina lo mandará a Alberto Fernández a explicar por qué imaginó una fórmula perdidosa
¿Por qué no fue Sergio Berni el primer candidato bonaerense, si es la figura peronista que mejor mide en ese vasto distrito? Berni, que tiene una muy buena relación personal con Cristina, es también un verso suelto del kirchnerismo. Contra el dogma garantista del cristinismo, Berni suele pedir mayor rigor del Estado para combatir el delito. Es teatral; aparece en los lugares donde se cometió un robo o un crimen subido a una moto con una escopeta al hombro. Se manifestó públicamente contrario al cierre parcial de Ezeiza que dejó varados en el exterior a miles de argentinos. “El Estado no puede soltarle la mano a ningún argentino, esté donde esté”, se despachó, suelto de cuerpo. Es un outsider de la política. Cristina demostró que, a pesar de su discurso disruptivo, ella es también una integrante cabal del establishment político. Afuera los outsiders. Sucede que los outsiders pueden ser, si ganan, satélites sin órbita, elementos fuera de todo control. Es mejor no darles la posibilidad de una victoria. Es preferible, en fin, que la oligarquía política siga manejando la política.
Otro outsider le apareció a Horacio Rodríguez Larreta, con mejor suerte que Berni. Es el médico Facundo Manes. Rodríguez Larreta había conseguido que María Eugenia Vidal pasara de la provincia a la Capital, aunque fue más decisión de ella que de él. Pero era el paso que cerraba supuestamente el proyecto presidencial de Rodríguez Larreta. Vidal está pagando en las encuestas la decisión de abandonar la provincia de Buenos Aires. El alcalde de la Capital consiguió también neutralizar la decisión de Patricia Bullrich. Y al mismo tiempo consiguió que Jorge Macri no compitiera en la provincia de Buenos Aires contra su ahijado político Diego Santilli. Sin hacer vanas exhibiciones públicas, Rodríguez Larreta logró apartar del primer plano a Mauricio Macri y a Elisa Carrió, dos de los tres fundadores del viejo Cambiemos que echó al kirchnerismo del poder en 2015. Macri cedió. La unidad interna permite la ilusión del triunfo.
El plan era perfecto, y parecía perfecto su resultado. Sin embargo, apareció el radicalismo bonaerense con la candidatura de Manes. El médico neurólogo se pasó los últimos años llenando teatros en la provincia de Buenos Aires para divulgar la neurociencia. Les contaba a las personas comunes los misterios del cerebro. Tiene un discurso político que no se detiene en las miserias de la política, sino en las desventuras del país y de sus habitantes. Santilli deberá vérselas con él. Santilli es una buena expresión de la política clásica, que también recorre el conurbano y es conocido allí por su presencia en los medios audiovisuales nacionales. 
El problema de Rodríguez Larreta es que Manes puede ganar. No es seguro y ni siquiera lo más probable. Pero es probable. Manes ya dijo que su objetivo final es la presidencia de la Nación. Un eventual triunfo de Manes descendería a Rodríguez Larreta a ser uno más dentro de Juntos por el Cambio, después de haber logrado ser un primus inter pares. Macri observa desde su forzado exilio de varado en Suiza. Espera, como espera Cristina.
Las encuestas señalan que los números electorales de las dos principales fuerzas están parejos. Cualquiera puede ganar y cualquiera puede perder. Faltan casi cuatro meses para las elecciones generales. La pandemia y la economía decidirán más que los candidatos. ¿Logrará el Gobierno una vacunación masiva antes de los comicios? ¿Rusia se apiadará de sus amigos argentinos? ¿Por qué la carta al gobierno ruso, divulgada  por el periodista Carlos Pagni, la firmó una asesora presidencial, Cecilia Nicolini, y no la ministra de Salud o el jefe de Gabinete? El problema con la vacuna rusa no es con un laboratorio privado, sino con el Estado ruso. La devaluación del peso está advirtiendo, a su vez, una inflación más alta en los próximos meses, el primer problema de la sociedad en cualquier encuesta. No sirvieron ni el congelamiento de las tarifas ni cierto control de precios (ni las amenazas veladas o abiertas a los empresarios) para frenar la escalada de los precios. Los líderes solo se miran en su propio espejo, autorreferencial y egoísta.

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