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domingo, 2 de agosto de 2020

EL QUERIDO Y ADMIRADO MAESTRO; JOSÉ NUN,


Tucídides y el coronavirus
En cuanto a la prevención de nuevas catástrofes, nuestra incertidumbre es similar a la de hace 2500 años
Radio Perfil | José Nun: “El coronavirus tapa muchos aspectos de ...
José Nun


En grado diverso según las edades y los lugares, estamos abrumados por la aparición y la difusión del Covid-19. Diariamente, nos apabullan con cifras y la mayoría de los debates giran en torno a una cuestionable oposición entre la salud y la economía. Faltan, en cambio, otro tipo de reflexiones. Por eso, y ya que el confinamiento nos impide viajar en el espacio, le propongo que viajemos en el tiempo. Lo invito a retroceder unos 2500 años porque creo que se sorprenderá.
Nos espera allí Tucídides. ¿Quién es? Un ateniense que desde entonces se disputa con Herodoto el título de fundador de la historia escrita. En el año 431 a. C. estalló una larga guerra entre Atenas y Esparta. Tucídides tomó parte activa en ella, pero cayó víctima de la plaga que azotó a Atenas en 430 a. C., liquidando a una cuarta parte de la población. Sin embargo, logró reponerse y volvió a combatir. Solo que la flota que comandaba fue vencida y lo condenaron al exilio. Esto le permitió viajar y escribir su monumental Historia de la guerra del Peloponeso, que quedó inconclusa, pero lo hizo justamente famoso, dándole razón a su advertencia: “Mi obra no es un texto pensado para satisfacer a un público inmediato, sino para durar para siempre”.
Nos brinda en ella una de las mejores descripciones de una epidemia que se conozca. Al examinar minuciosamente sus síntomas, Tucídides ratifica su aspiración. Lo hace, dice, “para que los médicos puedan reconocerla si vuelve a ocurrir”. Veamos algunos pasajes de su texto.
La gente, nos cuenta, moría como moscas. El miedo al contagio llevó a que nadie quisiera tener a otro cerca. “Algunos escapan de la ciudad y se marchan a sus campos; otros se encierran en sus casas y no dejan entrar a nadie. Todos se rehúyen; su última esperanza es mantener la distancia (…) aun respecto de sus parientes más próximos, sus padres, sus esposos o esposas y sus hijos”. Incluso se abandonan los ritos funerarios y los muertos son enterrados o incinerados de cualquier manera.
Cito una observación particularmente aguda: “El resultado final de una epidemia puede ser el mismo que el de un terremoto; pero en una epidemia la gente ve cómo avanza la muerte ante sus ojos”. Es una batalla en la cual “solo el enemigo está activo" y nadie sabe si va a durar un par de años o más
Había unos pocos que, como él, se recuperaban y se sentían muy felices “porque nadie es atacado dos veces por la enfermedad y, si esto ocurre, el segundo ataque nunca es fatal”
Había unos pocos que, como él, se recuperaban y se sentían muy felices, “porque nadie es atacado dos veces por la enfermedad y, si esto ocurre, el segundo ataque nunca es fatal”. De ahí que “su entusiasmo al curarse fuera tan grande que se imaginaban que no se morirían de ninguna otra enfermedad en el futuro”.
Por si no bastase lo expuesto para comprobar la actualidad del retrato de una plaga trazado dos milenios y medio atrás, una reflexión de Tucídides merecería ser explorada en profundidad aun hoy: “Ningún miedo a Dios o a las leyes humanas puede tener un efecto disuasivo. En cuanto a los dioses, da lo mismo haberlos adorado o no desde que los buenos y los malos mueren indiscriminadamente”. Y en lo que concierne a las leyes humanas, “nadie espera vivir lo suficiente como para ser juzgado y castigado”, y como es muy probable que ya hayan sido sentenciados, “es natural que existan quienes quieran darse en vida todos los gustos que puedan”.
Emprendamos el regreso. Pero antes notemos que, por idéntico motivo, dos preocupaciones le resultaron ajenas al gran historiador griego. Una es el origen de la plaga. Se trató, pensaba, de una catástrofe natural y, por lo tanto, la determinó la voluntad de los dioses. Esto hace que tampoco se halle al alcance de los humanos prevenir pestes futuras. Lo mismo iba a creer Lutero mil años después, cuando su ciudad de Wittenberg se vio sacudida por una epidemia y escribió un notable panfleto titulado “Cómo escapar de una plaga mortal”. Dice allí que se trata de un castigo de Dios y que debe ser aceptado porque todos somos pecadores. O sea que no se debe culpar a nadie y no se sabe cuándo ni dónde se repetirá.
¿Estamos hoy en mejor situación para responder a esas preocupaciones? Ciertamente sí, pero con importantes reservas. Me explico.
Ante todo, es obvio que nuestro mundo es radicalmente distinto al de Tucídides. En su época, la mayor parte de la gente vivía en pequeñas comunidades rurales y ocupaba una porción ínfima de las tierras habitables para agricultura. Es más: desde entonces pasaron 2200 años hasta que, en 1800, la población del planeta llegó a los mil millones, pero apenas 220 años después ya se acerca a los ocho mil millones y bastante más de la mitad se concentra en las ciudades. A la vez, en la era moderna los progresos de la ciencia y de la tecnología han sido prodigiosos, aunque no siempre para bien. Y hoy los grandes laboratorios desafían a los dioses en su búsqueda de una vacuna contra el Covid-19.
¿Por qué mis reservas? Porque no es para nada casual que se aproveche el lógico miedo colectivo para encauzarlo exclusivamente a la lucha contra el coronavirus, evitando que se tome conciencia del contexto que ha favorecido su aparición y que seguirá siendo una amenaza creciente para el planeta aunque se logre controlarlo. La voluntad de los humanos ha reemplazado ahora a la voluntad de los dioses.
Primeramente, el Covid-19 es una zoonosis, nombre de las enfermedades virósicas que pasan de los animales a los seres humanos desde que estos últimos comenzaron a destruir sus hábitats y a arruinar los ecosistemas que los albergaban. Es que hemos ingresado a una era antropocéntrica que ha provocado una brutal devastación de la vida silvestre. De este modo, al agotamiento de los recursos naturales se le suma una pérdida constante de la biodiversidad.
¿A qué se debe? A una suma de factores, que lidera el cambio climático. Según un informe de las Naciones Unidas (2018), la temperatura terrestre ha aumentado 1ºc con relación a los niveles preindustriales. Las consecuencias son los incendios que arrasan Australia, las inundaciones que sufre Indonesia o la rápida desaparición del Ártico. ¿Cuál es la causa del aumento? La creciente emisión de los llamados gases de efecto invernadero, que encabeza el dióxido de carbono (CO2). En medio siglo, sus emisiones se han triplicado. La mayor responsabilidad le cabe al uso de combustibles fósiles, como el carbón, el petróleo y el gas, que actualmente proveen casi 2/3 de la energía mundial. A esto se añaden la deforestación (que libera el CO2 retenido en la madera de los árboles), la megaminería a cielo abierto, el paulatino agotamiento de esponjas naturales como los océanos y el descontrolado crecimiento urbano con todas sus secuelas. Ahora se sabe que cada medio grado de aumento de la temperatura incrementa la frecuencia y la intensidad de las tormentas, los incendios, las inundaciones y las sequías que destruyen los ecosistemas y expulsan a los animales, que invaden pueblos y ciudades.
También en relación con las zoonosis, el biólogo Robert Wallace apunta a la cría industrial de animales, esto es, a un sistema agroalimentario que da lugar a la reproducción de virus y bacterias muy resistentes que los seres humanos retransmiten. En una palabra, las generaciones futuras se sorprenderán de que los grandes intereses económicos y políticos de Occidente y Oriente estén consiguiendo limitar al Covid-19 un debate más amplio acerca de las transformaciones de fondo capaces de preservarlas de nuevas catástrofes. Y es de aplaudir que tantos jóvenes se estén planteando ya estas cuestiones. Es que, nos guste o no, nuestra incertidumbre es similar a la de hace 2500 años. “El verdadero, el temible enemigo es el error en el cálculo y en la previsión”. Lo escribió Tucídides.

lunes, 6 de julio de 2020

EL QUERIDO Y ADMIRADO MAESTRO; JOSÉ NUN,


Una agenda pública para la recuperación después de la pandemia

José Nun
En política , el modo de plantear un problema nunca es inocente. Lo digo por las múltiples discusiones que tienen lugar aquí y en el resto del mundo acerca de cómo serán las cosas cuando pase la pandemia . La pregunta establece un corte entre los tiempos del Covid-19 y los que vendrán y lo totaliza. Esto implica valerse de una anhelada discontinuidad en el plano de la salud para ocultar que los conflictos económicos, sociales e ideológicos se siguen librando ahora mismo a distintos niveles cuyas temporalidades no necesariamente coinciden. La era de la pospandemia dependerá de cómo se vayan canalizando estos conflictos y, por eso, no hay respuestas únicas y las variaciones entre regiones y países serán considerables.
Al sentido común le resulta mucho más fácil de entender la idea del mercado que la del Estado
Despejemos el camino a la reflexión señalando que al sentido común le resulta mucho más fácil de entender la idea del mercado que la del Estado, tal como lo predica a diario el liberalismo económico. La primera se asocia de inmediato con los intercambios de la vida cotidiana, mientras que la segunda resulta distante y borrosa y abarca múltiples aparatos y burocracias que parecen incontrolables. Claro que la realidad tiene muy poco que ver con esta manera de interpretarla. Son varias las razones. Primeramente, todos los mercados (salvo los clandestinos) están regulados por el Estado y este puede ser controlado mediante una auténtica separación de poderes y otros mecanismos de probada eficacia. Después, aquella imagen simplista del mercado soslaya el papel secundario que desempeñan las pequeñas empresas en el terreno de las decisiones colectivas. En términos generales, tanto en la escena nacional como en la internacional los mayores jugadores son desde hace rato las grandes corporaciones y los propios Estados. Y esto al punto de que ni siquiera los gobiernos o las agencias internacionales pueden hoy funcionar sin el apoyo de esas firmas.
Un par de datos a tener en cuenta. Unas 500 empresas (sic) generan un tercio del PBI mundial. A la vez, no más de 1000 firmas dan cuenta del 50% de las transacciones que se realizan en las 60.000 bolsas de valores que existen en el mundo. A todo lo cual se suma que una parte muy significativa del comercio internacional (alrededor de un 40 %) ocurre entre filiales de las mismas corporaciones, con las maniobras y manipulaciones que esto les permite realizar. Como el lector imaginará, este impresionante andamiaje, único en la historia, sufre sacudones durante la pandemia, pero no por eso perderá su sitio cuando esta pase. Ya sucedió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando no por casualidad varios grandes complejos industriales de Alemania ni siquiera fueron atacados. (Recuérdese como temprano ejemplo de globalización que en la década del 30 corporaciones como Ford, Rockefeller o J. P. Morgan financiaron generosamente al gobierno de Hitler, quien condecoró a sus directivos en 1938). Más cerca de nosotros, pasó con el desastre financiero de 2007/8. Y está ocurriendo ahora, cuando en Estados Unidos se reduce el desempleo porque se flexibilizan las restricciones y el Estado subsidia a empresas cuya estructura productiva no fue afectada por el Covid-19.
¿Acaso pienso, como muchos, que todo volverá a ser como era? Espero que no. Pero tampoco comparto los sueños utópicos de otros. En una reciente entrevista (la nacion, 14/6), Muhammad Yunus, Nobel de la Paz 2006, anuncia que el actual colapso abre las puertas de un "mundo nuevo" cuya arquitectura pospandemia se basará en la regla de los tres ceros: "cero concentración de riqueza, cero emisión de carbono y cero desempleo". Y agrega: "El Covid-19 nos dejó en tabla rasa. Podemos diseñar lo que sea e ir hacia donde queramos".
Lo que sí es cierto es que la pandemia ha dejado al desnudo las brutales desigualdades generadas por la globalización capitalista. En palabras de François Dubet, el Covid-19 no tiene moral ni ha creado inequidades nuevas: solo revela las que ya existían. El volumen y la altísima vulnerabilidad de los sectores pobres tanto en los países centrales como en los periféricos son una prueba irrefutable. Frente a ello, hay por lo menos dos tendencias a tener en cuenta.
Una es la necesaria centralidad que ha adquirido el Estado en la lucha contra el virus, lo cual despierta los recelos liberales que indiqué más arriba. En varios lugares, esa centralidad ha desembocado en una notable concentración de poder en el Ejecutivo, so pretexto de las urgencias que plantea la pandemia. La otra es la tendencia a una intensificación del activismo político que da salida al malestar social a través de manifestaciones populares que ganan las calles desde Santiago hasta Beirut, pasando por Nueva York, San Pablo o París. Es indudable el papel crucial de las redes sociales en estas explosiones, que en general carecen de unidad y de liderazgo y cuyo espontaneísmo puede asumir orientaciones por demás contradictorias. Todo indica que las dos tendencias van a persistir y que uno de los objetivos mayores de las luchas democráticas será impedir los excesos de la primera y el desborde de la segunda hacia el apoyo a diversas formas de terrorismo, de xenofobia, de racismo, etcétera.
Por otra parte, los tiempos que corren han promovido rápidos avances y aprendizajes en el campo del teletrabajo y de la automatización, y este es un cambio que permanecerá. Uno de sus efectos será el aumento del desempleo neto y la creciente marginalización de los sectores menos educados, y otro la profundización de la brecha entre países ricos y pobres. De modo similar, sería irracional no reconocer las grandes falencias que han revelado los sistemas de salud, que claman por ser reestructurados. Solo que aquí aparecen nuevamente los contrastes entre los países centrales y los periféricos en términos de recursos. Ambos están siendo seriamente afectados en términos económicos, pero se prevé que los primeros se repondrán en un par de años mientras que el destino de los segundos es en buena medida incierto.
Esto me lleva a una reflexión final, apoyada en algo que suena a perogrullada pero no lo es: para combatir la desigualdad, es imprescindible una mayor igualdad. En el plano nacional, lograrla implica poner ya en la agenda pública una importante y sostenida redistribución del ingreso a través de reformas fiscales progresivas y de gastos públicos eficientes. El punto de referencia inescapable es, otra vez, lo ocurrido al término de la Segunda Guerra Mundial. Por un lado, las naciones derrotadas gravaron fuertemente la riqueza (con alícuotas de hasta un 50% en Alemania y de un 80% en Japón). Por el otro, las democracias capitalistas conciliaron en buena medida los intereses económicos, sociales y políticos sacando partido de la centralidad adquirida por el Estado para erigir los llamados Estados de Bienestar. Las políticas públicas se orientaron a la creación de empleos y a la protección de los trabajadores, al tiempo que se destinaron grandes inversiones a desarrollar, reconstruir y expandir las infraestructuras y los servicios sociales. Para ello, se diseñaron planes específicos (los Informes Beveridge en Gran Bretaña, Marsh en Canadá o Van Rijhn en los Países Bajos) que ahora brillan por su ausencia. Lo mismo que un esfuerzo cultural e ideológico constante para inclinar a la opinión pública a apoyar la transformación democrática, igualitaria y participativa que, con ritmos diversos, podría convertirse en el mediano y largo plazo en el mejor corolario de la pandemia.

domingo, 24 de mayo de 2020

EL QUERIDO Y ADMIRADO MAESTRO; JOSÉ NUN,


El coronavirus, los economistas y el día después

José Nun
La respuesta a la pregunta por el país que queremos para el futuro no puede quedar en manos de los "expertos"
A mediados del siglo XIV, la peste negra liquidó a más de un tercio de la población de Europa. En estos tiempos de coronavirus, se la suele evocar porque fue entonces cuando surgieron las cuarentenas, pero no por sus efectos sociales, que, entre otras cosas, prepararon el camino de la Reforma Protestante. La vida cotidiana fue sacudida hasta sus cimientos. Hubo campesinos que se sintieron desprotegidos tanto por los señores feudales como por la Iglesia y dejaron de obedecerlos. Al mismo tiempo, la escasez de trabajadores provocó enfrentamientos que, en algunos lugares, se resolvieron en una mejora del nivel de vida de la mano de obra y en otros, en una mayor represión por parte de los señores.
¿Qué puede ocurrir el día después de la actual pandemia? ¿Habrá o no cambios de fondo? ¿Todo seguirá más o menos igual, como luego de la crisis de 2008? Reganan actualidad los incisivos aportes de Herbert Simon (Nobel de Economía, 1978) acerca de las limitaciones de nuestra racionalidad para contestar preguntas como estas. No es que nos falte información y menos en la era de internet. Solo que resulta muy acotada nuestra capacidad para procesarla. Esto favorece el papel de los ideólogos, que plantean un diagnóstico de la situación a partir del cual definen qué se debe hacer y establecen rutinas interpretativas que alivian a sus seguidores de la necesidad de pensar y de tomar decisiones propias. Para algunos se trata de dogmatismo y para otros, de sensatez, pero es un mecanismo del que se valen todos los movimientos sociales y políticos, en mayor o menor medida.
En este sentido, llama la atención el modo en que, desde los años 80, el ascenso del neoliberalismo entronizó en casi todas partes la figura del economista como experto. Esto no había ocurrido antes. Uno de los grandes "milagros económicos" del siglo XX fue el espectacular crecimiento de los países asiáticos. Sin embargo, quienes manejaron sus políticas económicas no fueron economistas: en Japón y en Corea del Sur predominaron los abogados; en Taiwán y en China, los ingenieros y los científicos. El título de economista (como cualquier otro) habilita para el ejercicio de una profesión, pero no otorga destrezas especiales para diseñar políticas públicas. Lo notable es que desde que los economistas neoliberales adquirieron protagonismo en los elencos gobernantes -y aunque no hayan sido los únicos responsables-, la productividad y el desarrollo de los países capitalistas casi no han crecido, mientras que la desigualdad subió a niveles inéditos. Y esto en medio de crisis recurrentes (como la de 2008) que no supieron prever. Cedo la palabra al economista coreano Ha-Joo Chang: "Las ciencias económicas, por decirlo de otro modo, no han sido irrelevantes sino algo peor: tal como se han practicado en las últimas tres décadas, han perjudicado claramente a la mayoría de las personas".

Angus Deaton (Nobel de Economía, 2015) viene de confirmarlo en sus análisis sobre Estados Unidos en el contexto de la actual pandemia. Es el país que más gasta en el mundo en el cuidado de la salud a pesar de lo cual la expectativa de vida de su población es la más baja del conjunto de los países ricos. ¿La principal causa? Los grupos de presión de las compañías farmacéuticas, que destinan cinco lobistas a operar sobre cada miembro del Congreso para impedir cualquier intervención del Estado que intente controlar sus precios o poner en cuestión sus patentes de nuevas drogas. Se trata de una industria "que no es buena para promover la salud pero sobresale por su habilidad para beneficiarse con la plata de los contribuyentes" y se vuelve así "una máquina de producir desigualdad". Y esto con el aval de los economistas neoliberales.
La Argentina no escapó a la regla, como lo documenta Mariana Heredia en su excelente libro Cuando los economistas alcanzaron el poder (o cómo se gestó la confianza en los expertos). Con un agregado singular. En términos generales, en los países desarrollados las puertas giratorias oficiales funcionan entre el empleo en universidades (o, eventualmente, en organismos internacionales) y los cargos de gobierno, en tanto que aquí, salvo escasas excepciones, lo hacen entre estos cargos y las consultoras privadas desde las cuales los economistas asesoran a los empresarios. Es un asesoramiento totalmente legítimo pero siembra dudas acerca de la objetividad de las opiniones públicas que luego emiten.
Estos días, es habitual ver desfilar por los medios casi siempre a los mismos personajes (consultores económicos) repitiendo como un mantra que el Estado no debe intervenir en la economía y reivindicando, con mínimas variaciones, la libertad de mercado como única solución a los graves problemas que nos aguardan. Es un empeño que no tiene nada de inocente y pone en evidencia la preocupación por el día después a la que aludí. Claro que hay cosas de las que no se habla.
Para continuar con el ejemplo de EE.UU., en 1932 el presidente Roosevelt creyó que el mejor recurso para salir de la Gran Depresión era imprimir dólares. La falta de resultados lo llevó a cambiar de estrategia, interviniendo para reestructurar los mercados y dando un fuerte impulso a la redistribución del ingreso. Su exitoso New Deal fue uno de los antecedentes del llamado Estado de bienestar de la posguerra, cuyo centro pasó a los países europeos. La defensa del empleo y del salario se convirtió en el eje de las políticas públicas. Es contra esto que luchó y se impuso con diversos ropajes el neoliberalismo en los años 80, para lo cual tomó donde pudo las riendas del Estado a fin de desplazar los problemas del empleo y del salario a la esfera privada y de poner en su lugar el combate contra la inflación y contra los programas redistributivos.
Como lo muestra el ejemplo de Angus Deaton y la manera de operar de la industria farmacéutica para conseguir el tipo de intervención estatal que le conviene, la idea de un mercado libre es uno de esos atajos mentales a los que se refiere Simon, que sirven para simplificar la realidad. No hay capitalismo sin Estado porque ni siquiera la propiedad privada existe sin una ley que la establezca y la proteja. Pero además, todos los mercados (salvo los clandestinos) están regulados y por eso los niños no pueden trabajar y existen los salarios mínimos o las jornadas de ocho horas.
Dicho esto -como lo han comprendido con astucia los economistas que mencioné-, es urgente discutir el país al que aspiramos para el día después. El peronismo ahora en el poder no solo fue explícitamente neoliberal en tiempos de Menem, sino que tampoco planteó un modelo alternativo durante el kirchnerismo. La mejor prueba es que no modificó la matriz fiscal conservadora que se instaló en los 80 ni emprendió una real reforma impositiva y contribuyó a que la Argentina sea hoy uno de los países de América Latina que menos recaudan en relación con el PBI en concepto de impuestos progresivos como ganancias o inmobiliario rural (apenas la mitad de lo que obtiene por gravámenes tan regresivos como el IVA e ingresos brutos y varias veces menos que las naciones desarrolladas). ¿Queremos que esto continúe? ¿O nos interesa luchar por un Estado de bienestar que instale un nuevo régimen social de acumulación y regule los mercados para promover la igualdad y la solidaridad en el marco de una democracia constitucional respetuosa del voto, de la separación de poderes, de instituciones sólidas y de una ciudadanía inclusiva? La respuesta no puede quedar en manos de los "expertos".

lunes, 27 de abril de 2020

EL QUERIDO Y ADMIRADO MAESTRO; JOSÉ NUN,


Coronavirus: cómo decidir en tiempos de incertidumbre

José Nun
Hay múltiples razones para recomendar el tratamiento más democrático posible de la crisis, con debates y el Congreso activo
Qué régimen político combate mejor una pandemia? ¿Uno autocrático u otro democrático? The Economist examinó datos sobre epidemias desde 1960 y estableció que a igual nivel de ingresos las tasas de mortalidad fueron menores en los segundos que en los primeros. Su explicación: los beneficios de un libre flujo de las informaciones y de un diálogo abierto entre el gobierno y la sociedad. Serge Schmemann se planteó una pregunta similar en The New York Times, refiriéndola al Covid-19. Sus conclusiones coinciden aunque no están centradas en las estadísticas. China, el país totalitario donde todo empezó, parece haber tenido éxito, según reconoce la propia Organización Mundial de la Salud (OMS), pero en un comienzo es culpable de haber negado con violencia el brote (también, digámoslo, con el aval de la OMS). Solo que igualmente frenaron la pandemia Corea del Sur y Taiwán, que se proclaman naciones democráticas y actuaron con gran transparencia. (Agregaría varios lugares más y, especialmente, Nueva Zelanda e Islandia). Además, surge un doble problema. ¿Hasta dónde son creíbles los datos que publican los regímenes autocráticos? Hay pocas dudas de que Vladimir Putin, por ejemplo, ha venido manipulando a su antojo las cifras y falseando la información. Por otra parte, las dictaduras aprovechan la situación para ampliar su poder. Así, Viktor Orban, primer ministro de Hungría, ha resuelto gobernar por decreto, cancelar las elecciones y castigar a los supuestos difusores de noticias falsas. Sucede otro tanto en Filipinas, Turquía, Turkmenistán o Tailandia y el fenómeno avanza en América Latina, como lo atestiguan de diferentes maneras México y Brasil.
Pero hay otras razones para recomendar el tratamiento más democrático posible de la crisis y quiero ocuparme de una de ellas. Antes, debemos reconocer lo obvio y es que no existen certezas acerca del Covid-19. No las tienen ni las instituciones sanitarias ni los epidemiólogos y, por mejor asesorados que estén, los políticos se ven obligados a decidir entre opiniones contradictorias, a hacer cálculos de costos y beneficios y a experimentar. Qué mejor ejemplo que el modo en el que han ido variando las recomendaciones sobre el uso de barbijos. La única medida en la que han coincidido la mayoría de los países es la misma que se adoptó hace siete siglos en Florencia para combatir la peste bubónica y se repitió allí 300 años después ante un rebrote: imponer una cuarentena general. (Los florentinos estimaron el período de contagio en 22 días, frente a los 14 actuales). A esto se suma que los respiradores comenzaron a fabricarse en 1907 y que la aplicación de plasma de pacientes curados a otros enfermos data de fines del siglo XIX.
En síntesis, la política ha hecho que los científicos sean capaces de producir misiles intercontinentales, pero que en el caso del coronavirus actúen, al decir de Habermas, con el saber explícito de su no saber. O sea que el mundo se mueve en el terreno de la incertidumbre y por eso hay ya unos 400 pedidos distintos de patentes para el tratamiento del mal. Y es aquí donde las ciencias sociales pueden realizar algunos aportes de interés. Daniel Kahneman, por ejemplo, es un psicólogo israelí que recibió el Premio Nobel de Economía en 2002 por las investigaciones y experimentos que hizo junto con Amos Tversky acerca del proceso de toma de decisiones en situaciones de incertidumbre.
Su punto de partida fueron los trabajos de Herbert Simon (Nobel de Economía 1978), quien formuló la teoría de la racionalidad limitada. Puso así en cuestión el optimismo racionalista que heredamos del Iluminismo, porque nunca disponemos de informaciones perfectas ni evaluamos todas las alternativas posibles. Esto se aplica tanto a los científicos como a los administradores de empresas o a las personas comunes. El pensamiento humano busca siempre atajos mentales que le permitan reformular los problemas haciéndolos más simples y resolubles, ventaja que se obtiene a costa de sesgos cognitivos (e ideológicos) que le ponen límites a la racionalidad.
No es lugar para extenderme en el tema, sino para mencionar dos de los avances de Kahneman en el campo de la psicología cognitiva que me parecen útiles. El primero es que, puestos a decidir en situaciones complejas, apelamos al sentido común y no al cálculo de probabilidades. Esto nos lleva a sobreestimar nuestra capacidad de entender y a subestimar el papel del azar en los acontecimientos. (Como viene de afirmar un ministro formoseño, en su provincia no hay casos de coronavirus porque "Dios es formoseño"). El segundo aporte concierne a lo que llama "disponibilidad", que explica por qué nuestros atajos mentales toman ciertos rumbos y no otros. Ocurre que tendemos a considerar importante lo que nos acude más fácilmente a la memoria y hoy esto es sobre todo función del aparato comunicacional (los medios y las redes sociales), el cual a su vez juzga que es noticia aquello que está más frecuentemente en la mente del público. Ilustra este mecanismo circular de retroalimentación que se hable mucho de la pandemia y de sus costos económicos, pero muy poco de sus efectos políticos e institucionales.
Cité el sentido común. Es un modo de conocimiento que opera en todas las áreas y no solo en el plano de la vida cotidiana. En este último, nuestras interpretaciones de la realidad se basan en un caudal de ideas y de experiencias previas que incluyen tanto las propias como las que recibimos a través de nuestros padres, amigos, maestros, etc. Claro que es un caudal tan amplio, desordenado y heterogéneo que en cada oportunidad solo movilizamos los conocimientos que consideramos relevantes y es aquí donde ejercen su influencia los medios, las redes sociales y, en general, los formadores de opinión. ¿Es diferente el caso de la ciencia? Solo en parte. Ciertamente la base de sus interpretaciones es la investigación, pero quienes la practican parten ya de determinados paradigmas y se apoyan también en lo que han aprendido antes. De ahí que Herbert Simon afirme que la "intuición científica" no es más que el producto de recurrir a la información acumulada en la memoria.
¿Qué conclusiones sacar de lo dicho? La principal es que en momentos tan críticos e inciertos como los que vivimos la confrontación de opiniones es más necesaria que nunca porque moviliza tipos diversos de comprensión de la realidad. Y esto se aplica tanto a los científicos como a los ciudadanos y a los dirigentes políticos, sociales y económicos. Precisamente porque la pandemia ha confirmado las serias limitaciones de nuestra racionalidad se impone el debate entre las múltiples interpretaciones de sentido común que prevalecen en los distintos campos. Esto no cuestiona la importancia de liderazgos firmes en situaciones de crisis, que no es lo mismo que aceptar poderes autoritarios. Estos últimos buscan sacar provecho del coronavirus, como hace sin escrúpulos Donald Trump con la mirada puesta en las próximas elecciones. (Por eso advierte Paul Krugman que los Estados Unidos están mucho más cerca de perder su democracia de lo que la gente cree). Un buen líder debe auscultar lo que piensan los expertos y los ciudadanos y después decidir de manera transparente, explicando los fundamentos de las medidas que adopta y no únicamente con relación al Covid-19. Es momento de que el Poder Legislativo funcione a pleno (no como llamativamente ocurre hoy en la Argentina) y de que se preste atención a los planteos de todos los sectores sociales. Por desgracia, las emergencias son además campo propicio para toda clase de corruptelas. Definitivamente, el mundo debe impedir que este sea el tiempo de los autócratas.

jueves, 26 de marzo de 2020

EL QUERIDO Y ADMIRADO MAESTRO; JOSÉ NUN,


La decadencia argentina y la paradoja de la inclusión
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José Nun
Desde hace décadas, cambian los gobiernos, pero la decadencia económica persiste. La gran mayoría de los dirigentes políticos, empresariales o sindicales solo se preocupa por el corto plazo, y la marginalidad de 2 de cada 5 argentinos se ha convertido en un dato, pese a que todos se digan partidarios de la inclusión social. En verdad, parafraseando a Lincoln, lo que llamamos democracia acaba resultando aquí el gobierno del 10%, por el 10% y para el 10%.
Pensar alternativas obliga a tomar distancia de la coyuntura, sin desconocer su gravedad ni su urgencia. Que el árbol no tape al bosque para poder vislumbrar otros horizontes. Propongo como punto de partida "la paradoja de la inclusión": pasados ciertos límites, que ya hemos superado con creces, la inclusión se vuelve imposible en la sociedad que la genera. Para lograrla son tales los cambios que hay que hacer, que esa inclusión solo puede tener lugar en un contexto diferente. Mientras no se acepte esta paradoja y se actúe en consecuencia, por más promesas que se hagan la inclusión no va a ocurrir y seguiremos girando en un círculo que acaba beneficiando a unos pocos. ¿Cómo salir de él?
Hay coincidencias significativas que nos indican hacia dónde dirigir la mirada. El Foro Económico Mundial de Davos puso este año en su agenda la factibilidad de un nuevo modelo de capitalismo ante los notables niveles de desigualdad que ha provocado el paradigma dominante. La alta comisionada para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Michelle Bachelet, asocia la crisis de estos derechos en nuestra región con "la desigualdad aguda que prevalece en la sociedad de hoy". Y Luis Alberto Moreno, presidente del BID, señala que en América Latina el 75% del gasto social y el 40% de los subsidios "terminan en los bolsillos de personas que no están en la pobreza". Además, apoyado en datos de la Cepal, subraya que, en promedio y en proporción a sus ingresos, el 10% más rico aporta en concepto de impuesto a la renta 4 veces menos que el 10% superior de la Unión Europea. Mientras que en las naciones industrializadas los impuestos y el gasto social, dice, han demostrado ser herramientas eficaces para reducir la desigualdad, no pasa lo mismo en nuestros países dada la falta de progresividad de las políticas fiscales y la mala calidad del gasto público.
Algunos se alarmarán ante la sola mención de los impuestos pues ya sobrellevan una pesada carga tributaria. El gran problema no es el volumen de esa carga sino su composición: sobre quiénes recae y cómo. Por eso vale recordar ciertos principios elementales.
No hay capitalismo sin mercado; pero tampoco hay mercado sin Estado. Y el Estado cuesta plata. ¿Cómo la obtiene? Básicamente de tres maneras. Una, la fundamental, cobrando impuestos. Otra, a través de los eventuales ingresos que aporten las empresas, las inversiones y los bienes públicos. La tercera, tomando dinero prestado. La primera resulta la más deseable y genuina. ¿Quiénes deben pagar los impuestos y para qué? Aquí el tema se conecta con el problema de la desigualdad. Hasta muy entrado el siglo XIX la respuesta dominante era: directa o indirectamente, todos debían pagarlos para financiar los gastos de la administración pública. Solo que es inherente a la lógica del capitalismo generar desigualdad. De ahí que pronto se alzaran voces sosteniendo que los que más lucraban debían soportar las mayores cargas. Apareció así en EE.UU., entre 1865 y 1890, la idea de la progresividad fiscal: que la tasa impositiva fuese proporcional a los ingresos, aumentando cuando estos suben y disminuyendo cuando bajan. En América del Norte y en Europa arreciaron los debates y las luchas por la justicia social, que no es un mero emergente de los mercados. Ganó terreno otra función de los impuestos: proveer de los recursos para una redistribución de los ingresos que atenuara la desigualdad.
Una condición necesaria para salir del círculo en que estamos encerrados es cambiar la matriz fiscal regresiva que desde hace tiempo agobia al país. La alta presión impositiva que soportan los argentinos se debe a esta matriz, que pone a salvo las grandes fortunas y castiga sobre todo a los sectores bajos y medios. Un corolario de la paradoja de la inclusión es que la exclusión no es la causa de la desigualdad, sino al revés.
¿Qué rumbo seguir para escapar del círculo? Lo enseña la experiencia de los países desarrollados durante la época del Estado de Bienestar, que también ha sido hasta hoy la de su más alto crecimiento económico. Fue cuando se instaló la convicción de que la fortaleza de la democracia dependía de la solidez de las instituciones políticas y fiscales y de un gasto social eficiente, que asegurara el pleno empleo y la protección de los más débiles. Conforme a la paradoja de la inclusión, los excluidos se integraron, pero a los contextos nuevos que definieron en esos lugares el New Deal o el Plan Beveridge.
Fueron tres los gravámenes que lideraron la transformación, descoyuntada luego por la revolución fiscal conservadora de los años 80: los impuestos sobre las rentas, los inmuebles y las sucesiones. Especialmente en EE.UU. y el Reino Unido, la mayoría de los recursos los aportó el 50% más rico de la población, en tanto que las contribuciones de la mitad más pobre oscilaron entre apenas un 10 y un 20% del total. Los ingresos tributarios fueron bien administrados y su destino principal fue el gasto en educación, salud, seguridad, infraestructura, etcétera. Esto resultó central para la modernización y el desarrollo de esos países. Desde entonces, sobran las evidencias de que las inversiones capitalistas no dependen del nivel de esos impuestos, sino de que haya perspectivas de realizar ganancias en un marco de previsibilidad que inspire confianza.
Me estoy ocupando aquí solo de una de las vías de salida del círculo, indispensable pero no suficiente. Esta vía exige una reforma impositiva profunda, cuyo significado e importancia deben instalarse en la conciencia colectiva para distinguirla de los parches y remiendos que hoy reciben ese nombre. Es sintomático de un sentido común político que naturaliza el statu quo que, en 1994, la reforma de la Constitución haya prohibido toda iniciativa popular en materia de impuestos. Martínez de Hoz pudo borrar de un plumazo el impuesto a la herencia, pero miles de argentinos no pueden presentar a la Cámara de Diputados un proyecto de ley pidiendo que se reimplante. Así como desapareció este gravamen (que ya existía en la Antigua Roma y que, entre 1950 y 1980, aplicó tipos del 70-80% a las grandes fortunas en el Reino Unido y en EE.UU.), impuestos progresivos como ganancias o el inmobiliario rural recaudan en nuestro país varias veces menos que otros tan regresivos como el IVA o ingresos brutos.
Se trata de discutir ideas y argumentos acerca de las mejores maneras de cambiar esta situación, iniciando un debate público que hasta ahora no parece interesar a los políticos, muy sensibles a los riesgos que para ellos implica la paradoja de la inclusión. Por eso es un asunto demasiado fundamental como para seguir dejándolo en sus manos.

Exsecretario de Cultura de la Nación

sábado, 7 de marzo de 2020

EL QUERIDO Y ADMIRADO MAESTRO; JOSÉ NUN,


La alta presión impositiva es síntoma de la desigualdad

José Nun
Es fundamental diseñar una nueva matriz tributaria y exigir que políticos y funcionarios rindan cuentas comprensibles
Es notable la rapidez con que se ha instalado entre nosotros una certeza: la alta presión impositiva constituye uno de nuestros mayores problemas. Claro que certezas de este tipo deben ser continuamente reforzadas por los sectores interesados en que nadie las discuta. De ahí que se repita a diario que es una de las presiones más altas del mundo (lo cual es falso) y se ponga como ejemplo a las pymes, que no podrían sobrevivir si le pagaran a la AFIP (lo cual, en muchos casos, es verdadero). Solo que esa certeza misma, tal como está planteada, se vuelve un serio impedimento para que se desarrollen nuestra economía, nuestra sociedad y nuestra incipiente democracia. Intentaré explicar por qué. Pero antes, una aclaración. No dudo en absoluto de que la mayoría de los argentinos nos sentimos legítimamente abrumados por los impuestos nacionales y provinciales y por las tasas municipales que debemos pagar. La cuestión es tratar de entender cómo y por qué hemos llegado a este punto.
Comencemos por las evidencias. En números redondos, nuestra presión tributaria equivale a un 30% del PBI. La de Francia, es de un 48%; la de los países escandinavos varía entre un 44% y un 46%; la de Alemania, Italia o Austria oscila en torno al 42%; la del Reino Unido, es de un 35%; etc. (La media de los países de la OCDE supera el 34%.)

Pero ¿por qué esa certeza halló sin embargo un terreno fértil para instalarse? Porque ya desde los tiempos de Adam Smith se sabe que una de las claves de un buen sistema fiscal es el principio de equivalencia: el ciudadano sostiene con sus aportes al Estado a cambio de que este le brinde seguridad, justicia, servicios adecuados, etcétera. Desafía al sentido común que haya que mantener escuelas u hospitales públicos que funcionan mal o no funcionan o a una burocracia que se agranda mientras la economía marcha de crisis en crisis. (Datos recientes de la Cepal muestran que, en América Latina, el gasto público realmente destinado al crecimiento supera apenas el 3% del PBI, o sea, menos de una tercera parte de los fondos que se evaden o fugan de la región). Por eso no es extraño que allí donde el principio de equivalencia opera más o menos bien, la presión tributaria genere pocas quejas y que, en cambio, las encuestas registren una oposición generalizada a que se recorten los programas sociales o las inversiones en infraestructura.

Precisamente, esto es algo que rara vez se discute fuera de los ámbitos especializados: la composición misma de la presión tributaria que se cuestiona. De esto no se habla y no es por casualidad. Justamente porque nuestro país carece de genuinas tradiciones democráticas, nunca se fomentó aquí el interés cívico por el tema y las políticas fiscales han sido decididas siempre de arriba hacia abajo por los dirigentes militares o civiles de turno. Basten dos ejemplos. Uno, la abolición del impuesto a la herencia por Martínez de Hoz en 1976, que persiste hasta ahora. Otro, en los 90 y a impulsos de Cavallo, la suba del IVA del 13% al 21% en poco más de tres años.
A esto se agrega que en el último medio siglo no hemos tenido un auténtico sistema impositivo, estructurado orgánicamente en términos de un proyecto económico y social sustentable en el mediano y largo plazo. De ahí los parches y las enmiendas que han llevado a una maraña de más de 160 gravámenes nacionales, provinciales y municipales, allí donde un país como Alemania no supera los 40. Es cierto que menos de 10 de esas contribuciones dan cuenta del 90% de la recaudación total, lo que nos permite echar un vistazo a las bambalinas elitistas de una presión tributaria que de otro modo sería inaccesible para los ciudadanos de a pie. Guiará nuestra mirada la diferencia entre el carácter progresivo o regresivo de la fiscalidad que se aplica. En términos muy simples, esto quiere decir que en un caso pagan más quienes más tienen y en el otro, acaban pagando más los que menos tienen. Ilustraciones paradigmáticas de la progresividad: los impuestos nacionales a las ganancias y a las sucesiones y los provinciales a los inmuebles. A la inversa, el IVA (en el plano nacional) e ingresos brutos (en el plano provincial) son expresiones típicas de la regresividad.
Tomemos el impuesto a las ganancias. En los países desarrollados, aporta en promedio un equivalente al 14 o 15% del PBI. Entre nosotros, en el mejor de los supuestos, la cifra llega apenas a un 5 o 6%. Inciden en esto el bajo nivel relativo de las alícuotas, la informalidad y, sobre todo, los grados excepcionales de evasión y elusión, que exceden largamente el 50%. ¿Cómo compensa el erario esta falta de ingresos? Con un impuesto tan regresivo como el IVA, con el cual obtiene casi el doble, pese a una evasión también altísima. Otro tanto sucede en la esfera provincial. Como ha mostrado Antonio Figueroa, en un país agroexportador como el nuestro, los ingresos que genera el impuesto inmobiliario rural (dadas las bajas valuaciones fiscales de los campos) resultan 6 o 7 veces menores que en Canadá, Australia o EE.UU. Esto se suple recurriendo a ingresos brutos, un gravamen aun más regresivo que el IVA. Según datos oficiales para todo el país, ingresos brutos le aporta hoy al fisco un 77% y el impuesto inmobiliario un magro 5%. En provincias donde hay niños que se mueren de hambre, las cifras respectivas son aún más bochornosas: Salta, 87% y 1%; Formosa o Catamarca, 82% y 2%; etcétera. Los estancieros duermen tranquilos.
Al descorrer un poco el velo, se advierte de inmediato que la alta presión tributaria es solamente un síntoma. La enfermedad que lo causa es una desigualdad rampante que no se va a resolver desde arriba y mucho menos si es que aspiramos a construir una democracia digna de su nombre. Por eso resulta fundamental no dejar el tema en manos de supuestos expertos, romper los cánones ideológicos que custodian, informarse, diseñar una nueva matriz impositiva y exigir que políticos y funcionarios rindan cuentas que todos puedan entender. Es una tarea ardua que va a llevar años, que va a enfrentar una resistencia feroz y que debe comenzar en el campo de las ideas, todavía dominado por la revolución fiscal conservadora que triunfó en Occidente en los años 80. (Nótese que tampoco esta revolución se impuso de la noche a la mañana, que se gestó durante casi medio siglo y que también se inició en el plano cultural.)

Esto vuelve especialmente útil aprender de otras experiencias, para lo cual contamos hoy con trabajos tan importantes como los de Thomas Piketty, que se apoyan en datos reunidos por más de 100 investigadores de 80 países. Estos datos confirman que un sistema fiscal progresivo y un gasto público eficiente son centrales para el crecimiento y la democracia. Así, la alícuota del impuesto aplicado a las rentas más altas a partir de cierto umbral, alcanzó entre 1932 y 1980 una media del 81% en Estados Unidos y del 89% en el Reino Unido (en la misma época, la nuestra era de menos de la mitad, con una evasión enorme). Y en ambos países, el aumento de la productividad fue mucho más elevado en esos años que durante 1990-2020, cuando se redujeron drásticamente aquellas tasas al amparo de la insostenible "curva de Laffer". En otras palabras, a mayor igualdad, mayor desarrollo; y a mayor desigualdad, menor desarrollo. Mientras quienes se quejan por la alta presión tributaria no comprendan sus causas reales, cambiarán los gobiernos pero no la situación de fondo.

miércoles, 12 de febrero de 2020

EL QUERIDO Y ADMIRADO MAESTRO; JOSÉ NUN


El legado democrático de José Nun
Distintos intelectuales y académicos abordaron el pensamiento del sociólogo argentino en José Nun y las ciencias sociales. Aportes que perduran (Biblos): aquí un fragmento sobre la mirada cortoplacista que prevalece en nuestro país
El sociólogo José Nun
Desde aquel primer artículo sobre los golpes militares de clase media hasta sus escritos más recientes sobre los impuestos y la desigualdad, la pregunta sobre la democracia no dejó nunca de acompañar a José Nun, quien fue abordándola desde distintas aristas. A la exploración sobre las tensiones entre el régimen económico y el político y la capacidad de los partidos y poderes públicos latinoamericanos de atender las demandas del pueblo, le siguieron las reflexiones sobre el ejercicio de la ciudadanía, la construcción de una cultura cívica, la particular configuración de los lazos de representación en América Latina y la Argentina. Precisamente porque su obsesión se desplegó durante décadas y desde ángulos diferentes, es imposible identificar una sola obra donde Nun haya agotado su reflexión sobre la democracia. Incluso si dejamos de lado los textos donde se centra en otras preocupaciones (la marginalidad o el sentido común), necesitamos recorrer un conjunto de trabajos para hacernos herederos de sus análisis sobre la democracia. Sin duda, en la medida en que Nun fue un testigo privilegiado del derrotero político de su tiempo, sus ideas tienen la huella de los desafíos que signaron cada momento. No obstante, como todos los clásicos, cuando uno destila el contenido de sus obras, encuentra elementos fundamentales que tensionan a las democracias occidentales y a la Argentina muy particularmente. [...]
Democracia y el largo plazo

La obra de Nun mantiene su vigencia por su capacidad para identificar ciertos rasgos de la dinámica política argentina que se revelaron particularmente perdurables a lo largo del tiempo. La primera amenaza que conspira contra la posibilidad de consolidar el régimen democrático es la recurrencia del colapso. En la Argentina, la crisis parece una invitada perseverante, a veces un poco impuntual, que cada diez años pone en jaque a las instituciones. Algunos alegarán que la capacidad del régimen político instaurado en 1983 de procesar graves dificultades económicas es una medida de su conquistada lozanía. Nun rechaza la distinción entre economía y política, y plantea una definición exigente de democracia que no se limita a la preservación de ciertos procedimientos y que requiere el apoyo activo de la ciudadanía así como ciertas esperanzas de construir alguna forma de progreso colectivo. Desde su punto de vista, en la medida en que las guerras y los colapsos económicos socavan la confianza pública y afectan las condiciones de vida de las mayorías, son contrarios a la democracia. [...]
La segunda amenaza identificada es hija de la primera: el persistente cortoplacismo. Como plantea tempranamente en 1987, la reducción del horizonte temporal con el que actúan los actores en la Argentina no puede reprocharse solo a las elites. Si bien coincide con Jorge Sábato y Jorge Schvarzer en que quienes ocupan posiciones más aventajadas están en mejores condiciones para obtener beneficios de la inestabilidad política y económica, Nun toma distancia de la "tesis excesivamente economicista" defendida por estos autores. Por un lado, advierte que la burguesía argentina no se caracteriza por "la continuidad" y "la identidad fija" que se le atribuye. Por el otro, ante el desorden argentino, afirma: "El argumento se vuelve más plausible, sin embargo, cuando se lo refiere al sistema en general y no a los actores, porque esa orientación cortoplacista de índole especulativa, guiada por el lucro rápido antes que por la inversión productiva, constituye ciertamente un principio organizativo de largo plazo del capitalismo argentino".
Abigarradamente ligada a las anteriores, se presenta la tercera amenaza que pesa sobre la democracia argentina: los estilos de representación unanimistas. Desarrollado especialmente en el artículo sobre las transformaciones del peronismo de 1995, para Nun este rasgo no se circunscribe a esta formación política sino que puede hacerse extensible a todos los grandes movimientos políticos que conoció el país. En sus palabras: "Si existen estilos nacionales de hacer política, ciertamente la tradición argentina de las últimas décadas no es una de gobernados que tiendan a la acción organizada y autónoma ni de gobernantes que tomen naturalmente como reglas constitutivas de sus mandatos la limitación de atribuciones o la rendición de cuentas al público. Esta propensión cesarista ha sido siempre vigorosa en el peronismo y es lo que permite que el aura populista del menemismo no se haya disipado del todo [.]. En el siglo pasado, Alberdi vaticinó que la única 'república posible' entre los argentinos sería una monarquía con fachada republicana, que unificase a las elites y ejerciese el poder en representación de las clases propietarias. Hay que reconocer que, en materia de vaticinios, este ha probado ser hasta ahora bastante más perdurable que la mayoría".
No es sorprendente que tanto en lo que concierne al crecimiento económico como a la legitimidad política, la Argentina alterne entre lo que podemos identificar como la cuarta amenaza: las burbujas y sus desgastes. Sus observaciones de 1991 revelan una notable actualidad: "Su forma general sería más o menos esta: 1) ascenso al gobierno de políticos que consiguen una mayoría electoral en base a las abundantes y atractivas promesas que realizan; 2) ante la magnitud de la crisis con que entonces se encuentran, fuerte centralización de las decisiones en el nivel ejecutivo, postergando y debilitando al Parlamento y a los partidos políticos e incrementando así aun más las expectativas en torno de un liderazgo providencial; 3) al cabo de un tiempo, creciente defraudación de estas expectativas y rápida caída de la popularidad presidencial; 4) desencanto consiguiente de amplios sectores de la población que, a medida que avanza el ciclo, termina convirtiéndose en una extendida falta de credibilidad en la mayoría de los dirigentes políticos; 5) repliegue defensivo en lo privado, apatía cívica y ensanchamiento acelerado de la brecha entre la legalidad y la legitimidad".

En consonancia con las preocupaciones de
Carlos Nino (1992), Nun subraya que estas amenazas confluyen y a la vez perpetúan la debilidad de los valores y las normas sociales.
 En un diagnóstico que ilumina la importancia de los intelectuales pero también sus limitaciones, el autor apunta que la distancia entre las normas y las prácticas no se resuelve con declaraciones políticas y públicas grandilocuentes. Si bien los discursos pueden despertar en la ciudadanía la sensibilidad por la igualdad y la justicia, esto no alcanza para difundir instituciones y prácticas igualitarias y justas. Si no se corresponden con medidas que fortalezcan la confianza pública y la solidaridad, el riesgo es descalificar el valor de la palabra pública y política.
M. H.