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martes, 7 de mayo de 2019

EMOCIÓN Y SENTIMIENTO,


Tristán e Isolda, pero sin promesas: caminábamos por la ciudad más bella
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Hicimos una flora juntos. Tenía el pelo claro y lacio, tan lindo como un cepillo pueda peinar. Caminaba con un encanto felino que aunaba una cierta modestia de hidalga belleza y agrado. Se bajaba la pollera como si cuidara un tesoro. Su desaliño habitaba las fronteras y vértices de un paraíso prometido que por momentos parecía vacío y por otros un vergel de palpitaciones. Era, en su silencio, un resumen erudito de encanto y sus ojos negros egipcios, sombreados de un azul negro de ojeras, parecían albergar los pasos hechizados de historia que la habían llevado hasta allí, hasta el día que nos conocimos mientras caminábamos por la ciudad mas bella del mundo.
Cuando la vi, pensé: el pasado y el futuro es solo una memoria, lo que tengo es el ahora que a veces me acecha como un beso alado y otras con la suma de años que me devora entre los pliegues de mis libros ajados de preguntas sin respuestas.
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Ciertas mañanas, cuando la amaba sobre el pequeño sillón de la chimenea, ella era como el ranchito desabrochado del Uruguay, el de la playa, el que, en los días de sol, en vez de abrir las puertas se bajaban las dos paredes que dan al mar y se vivía el día entre sombras con las brisas del sur, sin resguardos de ropas o cortinas, almorzando duraznos con queso de oveja, retozados y revolcados en la arena con baños de mar. Desnudos, lejos de los caminos y de la simetría pérfida de la vida.
Allí no valía sumar medallas, diplomas o distinciones. Allí todo discurría entre miradas y silencio. A la playa solo llevaba mi pesado canasta con algunos de mis libros de la pléyade, a saber; Colette, Saint-John Perse, y las antologías de poesía, que leía a viva voz entre brisas y besos de verano.
En esos momentos, su aliento mezclaba lo salobre con el dulce de mi boca luego de haber besado sus tesoros, allí en los límites mas umbrosos del deseo, donde el amor trastabilla con la más agraciada oscuridad humana. Sin embargo, son aquellos gestos e instantes de extrema unión los que le dan luz a un amor, que parecía estar apoyado sobre los rieles y las ruedas de un tren que en lento andar le hacía el amor a todo lo posible.
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Porque si el agua es solo agua, ella era solo amor de amor, ya que abrazaba el deseo con infinita y curiosa apetencia, y al amarla era como si todos los hombres y mujeres la amaran a la vez. Poseía la más amplia generosidad con la vida, y sus secretos, que parecían vivir sobre los camalotes de los Esteros del Iberá, eran lánguidos y misteriosos.
De mañana, bajaba desnuda a la cocina y preparaba el café y los huevos con tostadas de pan negro. A veces la acompañaba para mirarla. Sentado en la banqueta, mientras sus manos, con cariñosa precisión, parecían adorar la sartén entre el burbujeo de la manteca y el dorar de tostadas sobre el fuego. En su ir venir de sabores, recogía en mis ojos, la ínfima pero bella ventana de su ingle: "El crepitar amarillo-naranja de las llamas del fuego de la cocina".
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Yo sabía que aquel raudal de belleza -próvido y fértil- que adornaba mi vida con sus pezones rojos azulados no estaría para siempre; sabía que era una alegría temporaria, sus pequeños pies me lo hacían saber cuando se ponía los zapatos, cerraba su valija y salía hacia otro aeropuerto, otra ciudad, otro amor.
Ese día, cuando se fue, supe que las otras flores, las que estaban en los floreros de mi casa, las que había comprado y arreglado hacía pocos días para agasajarla, ya ajadas, eran tan solo un enunciado de la belleza que abrazábamos en los largos pasillos de las horas y los minutos de los días juntos.
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Tristán e Isolda, madreselva del monte, nuestra poción de amada lujuria, sin promesas.

F.M.

sábado, 30 de diciembre de 2017

CON EMOCIÓN EL INDEC INFORMA

¡Felicidades!

Muchas gracias por acompañarnos en un año de intenso trabajo. Los esperamos en 2018 para celebrar nuestro 50º aniversario con más estadísticas para el país. ¡Feliz año!

miércoles, 29 de noviembre de 2017

EMOCIÓN Y SENTIMIENTOS......MUY RECOMENDADO


Todos somos el otro de otro
Existe un adagio tan aceptado como poco comprendido. Se lo ve por doquier. En cualquiera de los supuestos manuales de usuario de la existencia -mejor conocidos como libros de autoayuda- y también en los consejos de un anciano a quien ya no le quedan más lecciones por aprender, excepto la postrera.
Algunos abjuran de esta máxima, es cierto, y otros declaran que, simplemente, es impracticable. El escepticismo inquebrantable siempre ha sido una madriguera de lo más acogedora.
Pero ¿qué significa que la verdadera felicidad es hacer felices a los otros? ¿Es un eslogan políticamente correcto? ¿O contiene, acaso, una de las pocas simientes de verdad en las que podemos confiar?
Me encontré por casualidad con
Daniel López Rosetti en un pasillo, , hará un mes. Le agradecí su último libro, Emoción y sentimientos, cuyo subtítulo es tan brillante que lo cito toda vez que puedo. A mi juicio, explica en dos líneas casi todas nuestras conductas. Dice: "No somos seres racionales, somos seres emocionales que razonan".
En esa charla, que no duró más de cinco minutos, volvió a iluminarme y, por fin, luego de años de presentir que aquel adagio es cierto, que buena parte de nuestra dicha está en hacer felices a los otros, López Rosetti me proporcionó un dato clave, la pieza que cerraba un complejo e insondable rompecabezas.
Nos pusimos a hablar de las emociones humanas más básicas, las que están al mando en la mayor parte de las nuestras decisiones, y resulta que todas ellas tienen una explicación evolutiva. La emoción más primigenia es el miedo, lo que es bastante lógico.
La siguiente tiene que ver con la enormidad de tiempo que nos lleva dejar de ser unas criaturas indefensas y convertirnos en adultos independientes. Esa emoción es el amor, y al ser fundamental, impensada, ciega e indiscutible, cimenta la familia humana.


Miedo y amor. Tiene sentido. Pero entonces López Rosetti me dijo cuál era la otra emoción básica que completa la trinidad de nuestra naturaleza. "Tiene que ver con la tribu, con el grupo humano -explicó-. Esa emoción es el altruismo".

La palabra altruismo tiene, como muchas de nuestro idioma, una sutileza guardada en uno de sus pliegues semánticos. El altruismo es procurar el bien ajeno, cierto, pero es hacerlo aun a costa del propio. No llega a ser un sacrificio, pero podría serlo. Supone poner al otro primero, cuando menos.

Hay aquí algo del imperativo categórico kantiano. Si el altruismo no fuera una emoción básica o si su lugar lo ocupara el egoísmo, como cree el cínico de fuste, hace rato que el mundo hostil en el que dimos nuestros primeros pasos nos habría devorado.
El altruismo suena como algo raro. No lo es. Es una de las leyes de nuestra psiquis, y es tal vez la más interesante, porque es contraintuitiva. No es hacer el bien al prójimo porque nos sobra; es hacer el bien al prójimo incluso cuando nos falta, cuando no podemos, cuando estamos atravesando una mala racha. Constituye una de las deliciosas paradojas de nuestra condición, y es, como la mayoría de ellas, un inagotable juego de reflejos. Nos hace bien hacerle el bien a otro, incluso a costa del nuestro; al hacerlo salimos de una angustia que nos cierra la garganta y de esa suerte conseguimos el ánimo para doblegar nuestra propia adversidad.
Cada acto de altruismo, pequeño o grande, es un punto en el tejido de la humanidad. Cada acto de altruismo confirma una verdad inmemorial, esa que dice que el otro es inaccesible, que es un misterio, pero que es, al mismo tiempo, uno mismo. Dar parte de tu tiempo a tu comunidad, ayudar a resolver un problema al vecino, donar sangre, no importa lo que hagas por los demás, el altruismo está por todas partes, todo el tiempo. Porque todos somos el otro de otro.

A. T.