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lunes, 2 de octubre de 2017

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ....GABO


La gran obra de Gabo cumplió 50 años
Con gran olfato, el editor Paco Porrúa advirtió que se trataba de un texto excepcional y el 5 de junio de 1967, Sudamericana la daba a conocer al mundo. Anécdotas y curiosidades de la novela fundamental de Gabriel García Márquez

A principios de agosto de 1966, Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos de México para enviar a Buenos Aires la versión terminada de Cien años de soledad, un paquete de 590 cuartillas escritas a máquina a doble espacio y en papel ordinario dirigidas a Francisco Porrúa, director literario de la editorial Sudamericana. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales y dijo: «Son 82 pesos». Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera y se enfrentó con la realidad: «Sólo tenemos 53». Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte. Pero antes de que consiguiéramos el dinero para enviarla, Paco Porrúa, nuestro hombre en la editorial Sudamericana, ansioso de leer la primera parte, nos anticipó dinero para que pudiéramos enviarlo. Así es como volvimos a nacer en nuestra vida de hoy", contó Gabo en 2007, en Cartagena de Indias.
Para hacer posible aquel primer envío y llevar adelante la propia escritura de la novela, el matrimonio debió empeñar varios artículos personales, las joyas de Mercedes y hasta la preciada procesadora de alimentos. Por todo lo vivido en esos dieciocho meses de intensa escritura y con el sobre ya despachado, Mercedes, en la puerta de la oficina de correos y sin haber leído el libro, lo miró a él y le soltó: "Oye, Gabo, ahora lo único que falta es que esta novela sea mala."
Medio siglo pasó desde que ese gran sobre llegó a manos de Paco Porrúa, quien con gran olfato y siguiendo el consejo del crítico chileno Luis Harss, reconoció en las primeras páginas que se trataba de una novela excepcional, la misma que Tomás Eloy Martínez coronó en la tapa del semanario Primera Plana con el título La gran novela de América.

Las páginas perdidas del original que deslumbró a Porrúa, o como bien dice Ezequiel Martínez, hijo de Tomás Eloy y presidente de la fundación TEM, lo hipnotizó, se podrían reconocer por las pisadas que dio su padre sobre esas carillas. "Paco lo llamó a mi papá para que fuera a leer el manuscrito. Era un día de lluvia, las páginas estaban tiradas por el suelo y mi padre pisó con sus zapatos mojados algunas de ellas -narra Martínez la anécdota que hoy es parte del mágico relato que alimenta la edición de Cien años de soledad-. Las suelas de los zapatos marcaron aquel manuscrito, el que más tarde mi padre bautizaría, en la primera reseña de la obra, como la gran novela de América. Sin duda, se trató de una apuesta inédita para la época. La tapa de Primera Plana [publicada el 20 de junio de 1967] consagraba a un autor que muy poca gente conocía."
El propio Tomás recordó en una nota publicada en 2014  que en la casa de Paco Porrúa, en San Telmo, esa noche de lluvia compartió el deslumbramiento: "No había duda. Se trataba de una obra maestra. Porrúa y yo acordamos que la editorial y el semanario unirían esfuerzos para invitar al autor a Buenos Aires".
"Este padre mayor (García Márquez) que se les ha unido (a Cortázar, Onetti, Vargas Llosa, Guimaraes Rosa, Carpentier) definitivamente con Cien años de soledad, viene a aportar, él solo, una bandera nueva para la aventura: la novela que acaba de publicar resume, mejor que ninguna otra, todas las corrientes alternas(...)", destacaba el texto publicado en Primera Plana.
LA PORTADA QUE NO FUE Y LA QUE FUE
Gabriel García Márquez soñaba con que la portada de su novela naciera de la imaginación del artista mexicano Vicente Rojo. "Fui uno de los primeros en leerla y me di cuenta de que era un compromiso muy fuerte", recordó el artista en una entrevista publicada en el diario colombiano El Heraldo. Un problema con el correo impidió que el dibujo llegara a tiempo, por lo que fue necesario improvisar otra tapa para la publicación. Según cuenta Eligio García Márquez, hermano de Gabo, en Tras las claves de Melquíades, la portada realizada para esa primera edición fue una ilustración de Iris Pagano, del Departamento de Diseño de Sudamericana: aquella del galeón hundido en medio de la selva, que se volvería tan conocida. Con esa imagen, el 5 de junio de 1967 Cien años de soledad llegó a las librerías de Buenos Aires con 8 mil ejemplares que en quince días se agotaron.
Un mes más tarde, la segunda edición llevó el dibujo original de Rojo, que aseguró que no pretendía reflejar ningún elemento en particular de la novela, sino plasmar imágenes populares. Sin embargo, algunos han encontrado en esta composición una aproximación al diseño del macondo, un antiguo juego caribeño que se practicaba con un dado que llevaba grabadas seis figuras, entre ellas, la de un árbol macondo. Una de las mayores curiosidades de esta portada fue que a Rojo se le ocurrió escribir al revés la letra E de soledad, lo que causó gran confusión. Cuentan que un librero de Montevideo marcó con una lapicera la letra al derecho y mandó una nota de protesta a Sudamericana; otros devolvieron los ejemplares y se escribió un artículo donde señalaban la falta de cuidado del editor.
La tapa de Vicente Rojo con la E al revés.



La publicación de Cien años de soledad está rodeada de anécdotas, curiosidades y de cierto halo mágico. El británico Gerald Martin, que escribió la biografía Gabriel García Márquez: una vida, afirmó: "Sea cual sea la verdad, desde luego ocurrió algo misterioso, por no decir mágico."
"Son idioteces -dispara Alberto Manguel, director de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, ante la apreciación de Martin-. Cada éxito literario nos maravilla, cada creación de una obra de arte nos sorprende, como si no pudiéramos creer que el ser humano pudiese hacer algo bello e inmanente."
La magia, tarde o temprano, tiene una explicación. De eso está convencido Juan Ignacio Boido, director editorial de Penguin Random House. "Uno puede desarmar un libro, analizarlo, diseccionarlo, pero, para seguir con la analogía, al final lo que importa es si el truco vuelve a funcionar o no. Y Cien años de soledad sigue funcionando: ése, quizá, sea su libro más perfecto."
Más allá de la magia, Cien años de soledad es una de las novelas más universales, leída por más de 70 millones de personas. El académico de Cultura Latina en Estados Unidos Ilan Stavan apunta que se trata de un libro que redefinió no sólo la literatura latinoamericana, sino la literatura universal. El furor de la obra que se editó en la Argentina, a sólo cuatro días del lanzamiento del disco Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, llegó a ser comparado con la beatlemanía.
Apareció en un momento clave. Boido hace hincapié en este aspecto: "Surgió en el momento en que América latina intentaba redefinir su identidad, buscando sus raíces y a la vez participando de los procesos históricos que atravesaban al mundo. En ese sentido, diría que García Márquez reclama para sí dos de los grandes mandatos de la literatura. Por un lado, el de Tolstoi: pinta tu aldea y pintarás el mundo; con Macondo, le dio una dimensión mítica a todo el continente. Por otro, el de Borges en El escritor argentino y la tradición: al no tener una verdadera tradición un escritor puede reclamar para sí la literatura del mundo. Creo que García Márquez siguió ese mandato desde Colombia: ahí están las influencias de Faulkner y Sófocles, de los relatos populares y los bíblicos, de Rulfo y de Hawthorne. Ese libro, en ese momento, se convirtió en uno de los emblemas a través de los cuales América latina se explicaba a sí misma y explicaba al mundo su pasado turbulento y mítico del que emergía. Hoy, no son pocos los autores de países que crecieron bajo una mixtura de culturas o que atravesaron un proceso de descolonización, como Pamuk o Rushdie, que reconocen la influencia de Cien años de soledad para entender cómo contar su propio mundo".
En el año de su publicación los lectores latinoamericanos reconocieron en la obra una suerte de gran epopeya de su continente. "Una nueva forma de contar después de la literatura indigenista de Jorge Icaza, Ciro Alegría y tantos más, y de las ficciones borgianas -reconoce Alberto Manguel-. Pero fueron los anglosajones que eligieron a Cien años de soledad como emblema de lo que ellos suponían era ese mundo exótico al sur del Río Grande. Tomaron la etiqueta realismo mágico de la historia del arte alemán [Alejo Carpentier también lo había usado] y eso les permitió generalizar cómodamente una visión unificada y caricaturesca de veintipico de países hispanoparlantes distintos. Los norteamericanos, por sobre todo, identificaron la novela de García Márquez con sus prejuicios, incomprensiones y deseos proyectados, como lo habían hecho una década antes con la China a través de las novelas de Pearl S. Buck. Más tarde, cuando los escritores de habla inglesa intentaron inspirarse en la novela de García Márquez para escribir sus propias ficciones, el experimento les salió mal: autores como Jonathan Safran Foer en los Estados Unidos y Jack Hodgins en Canadá no lograron ser convincentes en sus imitaciones del estilo de García Márquez. Pero toda gran obra literaria es retrospectiva, crea sus precursores, como dijo Borges, de manera que ahora creemos reconocer la influencia de Cien años de soledad en las ficciones de Rushdie, Christoph Ransmayr, David Mitchell y otros."
UN EDIFICIO DE VARIOS PISOS
"Uno de los grandes méritos de Cien años de soledad -analiza el escritor y editor Luis Chitarroni- es que Francisco Porrúa la leyó en el momento justo y descubrió que la novela reunía una cantidad enorme de elementos que no estaban en otros libros. No era solamente un efecto, o lo que llamarían más tarde García Marketing. Era el momento justo. Esos libros parecían anunciar una libertad absoluta de la literatura. García Márquez, aplica la noción moderna del common reader. Esta idea deriva de su formación como periodista."
Tapa de Iris Pagano.



Y en este punto se detiene Jaime Abello Banfi, director de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y amigo personal del escritor. "Cuando se edita Cien años de soledad, García Márquez llevaba veinte años de periodista, y desde su primerísima crónica se devela un buen escritor. Lo que ocurrió con la novela es que se encontraron el autor y la audiencia en un momento de transformación. En el texto uno descubre su propia experiencia vital, la que recogió de su entorno, de su familia, de la tradición oral de las mujeres, de sus lecturas y por sobre todo de sus vivencias como periodista tras haber recorrido y vivido en distintas parte de América latina y en Estados Unidos. El periodismo le permitió salir de la biblioteca y lo alejó de ser un escritor encerrado. El mismo García Márquez lo confesó en una entrevista: «Soy un periodista, fundamentalmente. Toda la vida he sido un periodista. Mis libros son libros de periodista aunque se vea poco. Pero esos libros tienen una cantidad de investigación y de comprobación de datos y de rigor histórico, de fidelidad a los hechos, que en el fondo son grandes reportajes novelados o fantásticos». Y Cien años de soledad es una buena prueba de ello."
La esencia periodística de Gabo está íntimamente ligada con la idea de common reader, expresión que Virgina Woolf rescató del Dr. Johnson y que Ariel Castillo Mier -uno de los mejores conocedores e intérpretes de la literatura de García Márquez-, enfatiza en la posibilidad de que la novela respondiera al horizonte de expectativas de los lectores. "El boom no era una literatura de masas. El siglo de las luces, Rayuela, La ciudad y los perros, La muerte de Artemio Cruz y Paradiso, entre muchas otras, por su complejidad estructural, sus citas en diversos idiomas, los experimentos con el tiempo y el punto de vista y la densidad del lenguaje, no eran obras para un lector común. Cien años de soledad podía ser leída por el portero del edificio, la cajera del supermercado, el estudiante de ingeniería. El lector común, que podía además identificarse con sus personajes y sus acciones en una obra de alta calidad literaria. La novela, como lo dijo el autor, es un edificio de varios pisos y el lector puede entrar y quedarse en el piso que su bagaje le permita, desde el primero hasta el penthouse. Pero las otras no permitían a veces ni la entrada."
Sobre este permitir la entrada reflexiona Salcedo Ramos: "Se lee como un best seller aunque esté escrita como un clásico. En Cien años de soledad se hibridan la gracia con la pericia técnica. Creo que la novela se conectó fácilmente con los lectores latinoamericanos porque podía leerse como una parábola de nuestra historia. Estaba llena de ocurrencias delirantes. En esta novela es posible hallar un pueblo perdido orientándose por el canto de los pájaros y proponer una fórmula para encontrar el mediodía. Creo que eso fue novedoso y generó un encantamiento inmediato. Cien años de soledad puede leerse como la más delirante adivinanza que se ha escrito sobre la realidad de América latina."
GABO Y BUENOS AIRES
"Cuando Porrúa y yo -escribió Tomás Eloy Martínez- fuimos a su encuentro a Ezeiza, a las 3 de la mañana del 19 de agosto, advertimos la más aterradora de sus cualidades: García Márquez era un vendaval inmune al sueño y a las desgracias. Más que un gitano parecía la reencarnación de Gargantúa. Lo acompañaba una mujer maravillosa que parecía la reina Nefertiti en versión indígena. Era su mujer, Mercedes Barcha."
La fama cayó sobre Gabo en Buenos Aires y nunca más lo abandonó. "Fue en el estreno de Las siameses, de Griselda Gambaro -comenta Ezequiel Martínez-. Entró a la sala y la gente le gritaba ¡gracias por su novela! Fue el momento en que a Gabo le llegó la fama, y como buen supersticioso nunca volvió a la ciudad, porque ahí donde empezó todo también podía terminar."


A 50 años de aquella visita, cuya excusa no fue la edición de Cien años de soledad sino ser jurado de un concurso de novela, la Biblioteca Nacional prepara para agosto una gran muestra que entre otras cosas exhibirá la máquina de escribir Olivetti, donde Gabo dio su frenético golpeteo. "Trataremos de mostrar el recorrido intelectual del escritor, y también su asociación con la Argentina -anticipa Manguel-. En principio, Mercedes [estuvo junto a Gabo 56 años] aceptó participar de los homenajes. Sería maravilloso recibirla."
"Es el homenaje a una obra que llena el vacío dejado por la muerte de los dioses y permite la religación de los colombianos, de los latinoamericanos -señala Alberto Salcedo Ramos, otro de los invitados, junto con Ariel Castillo Mier y Jaime Abello Banfi-. Asimismo la gratitud con la ciudad de Buenos Aires y sus privilegiados editores y los lectores anónimos que hicieron posible el milagro." Abello Banfi bromea: "Somos una especie de agentes de Macondo. Estamos imaginando los talleres que brindaremos como representantes de la FNPI en la Fundación Proa".
Juan Ignacio Boido destaca el homenaje a la primera edición recientemente publicada y la versión ilustrada especialmente curada por uno de los hijos de García Márquez, que verá la luz este mes. "Para nosotros es un orgullo y una responsabilidad ser la editorial que publica la obra de García Márquez desde entonces."
La chilena Luisa Rivera, instalada en Londres, realizará la versión ilustrada de Cien años de soledad. "Tengo la teoría -confiesa Rivera-de que los ilustradores dialogan con los autores, estén vivos o no. En ese sentido, no sólo releí el libro, que ya tan bien conocía, sino que además estuve escuchando su voz durante todo el proceso. Repetí una y otra vez entrevistas o discursos. También estudié las descripciones, porque si bien Macondo es un lugar ficticio, el autor da ciertas pistas geográficas, y quería honrar esos espacios."
Gonzalo García Barcha, hijo de Gabo, lideró la realización de esta edición. "Cuando supe que Gonzalo se unía al proyecto con Enrico, que es una tipografía que él ha diseñado, me emocioné mucho. De alguna manera, era cerrar circularmente este homenaje. Además, Gonzalo es diseñador y artista, y por eso es muy lindo que su colaboración en el proyecto sea a partir de su propio quehacer creativo."
Fue Pablo Neruda quien, por salir del paso ante la insistente pregunta acerca de su opinión sobre la novela, en un festival de teatro en Manizales, dijo que Cien años de soledad era el Don Quijote del Sur. "Comparten temas y trucos técnicos -analiza Castillo Mier- y actitudes, como el respeto por la cultura popular, así como la idea expresada en Cien años de soledad acerca de la literatura como el mejor juguete que se ha inventado para burlarse de la gente solemne, grave o canónicamente seria."
"Ni en el más delirante de mis sueños en los días en que escribía Cien años de soledad llegue a imaginar la edición de un millón de ejemplares. Pensar que un millón de personas pudieran leer algo escrito en la soledad de mi cuarto con 28 letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal parecería a todas luces una locura", pronunció Gabo en Cartagena de Indias.

jueves, 24 de agosto de 2017

RELATO DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ.....CUENTOS DE CAMINOS Y FANTASMAS



Hace muchos años estaba esperando un taxi en una avenida central de México, a pleno día, cuando vi acercarse uno que no pensé detener, porque había una persona sentada junto al conductor.
Sin embargo, cuando estuvo más cerca comprendí que era una ilusión óptica: el taxi estaba libre.Minutos después le conté al conductor lo que había visto, y él me dijo con una naturalidad absoluta que no era ni mucho menos una alucinación mía. “Siempre ocurre lo mismo, sobre todo de noche”, me dijo.
“A veces paso horas enteras dando vueltas por la ciudad sin que nadie me detenga, porque siempre ven una persona en el asiento de al lado”.
En ese asiento confortable y peligroso que en algunos países se llama “el puesto del muerto”, porque es el más afectado en los accidentes, y que nunca merecía tanto su nombre como en aquel caso del taxi.
Cuando le conté el episodio a Luis Buñuel, pocos días después de ocurrido, me dijo, con un grande entusiasmo: “Eso puede ser el principio de algo muy bueno”.
Siempre he pensado que tenía razón. Pues el episodio no es en sí mismo un cuento completo, pero es, sin duda, un magnífico punto de partida para un relato escrito o cinematográfico.
Con un inconveniente grave, por supuesto, y es que todo lo que ocurra después tendría que ser mejor. Tal vez por eso no lo he usado nunca.
Lo que me interesa ahora, sin embargo, y al cabo de tantos años, es que alguien me lo ha vuelto a contar como si acabara de sucederle a él mismo en Londres.
Es curioso, además, que hubiera sido allí, porque los taxis londinenses son distintos a los del resto del mundo.
Parecen unas carrozas mortuorias, con cortinillas de encajes y alfombras moradas, con mullidos asientos de cuero y taburetes suplementarios hasta para siete personas, y un silencio interior que tiene algo del olvido funerario.
Pero en el lugar del muerto, que no está a la derecha, sino a la izquierda del chófer, no hay una silla para otro pasajero, sino un espacio destinado al equipaje.
El amigo que me lo contó en Londres me aseguró, sin embargo, que fue en ese lugar donde vio a la persona inexistente, pero que el chófer le había dicho -al contrario de lo que dijo el de México- que tal vez había sido una alucinación.
Ahora bien: ayer le conté todo esto a un amigo de París, y éste se quedó convencido de que yo le estaba tomando el pelo, pues dice que fue a él a quien le ocurrió el episodio.
Además, según me dijo, le sucedió de un modo más grave, pues le refirió al chófer del taxi cómo era la persona que había visto a su lado, le describió la forma de su sombrero y el color de su corbatín de lazo, y el chófer lo reconoció como el espectro de un hermano suyo que había sido muerto por los nazis durante los años de la ocupación alemana de Francia.
No creo que ninguno de estos amigos mienta, como no le mentí yo a Luis Buñuel, sino que me interesa señalar el hecho de que hay cuentos que se repiten en el mundo entero, siempre del mismo modo, y sin que nadie pueda nunca establecer a ciencia cierta si son verdades o fantasías, ni descifrar jamás su misterio. De todos ellos, tal vez el más antiguo y recurrente lo oí por primera vez en México.
Es el eterno cuento de la familia a la cual se le muere la abuelita durante las vacaciones en la playa.
Pocas diligencias son tan difíciles y costosas y requieren tantos trámites y papeleos legales como trasladar un cadáver de un Estado a otro.
Alguien me contaba en Colombia que tuvo que sentar a su muerto entre dos vivos, en el asiento posterior de su automóvil, e inclusive le puso en la boca un tabaco encendido en el momento de pasar los controles de carretera, para burlar las incontables barreras del traslado legal.
De modo que la familia de México enrolló a la abuela muerta en una alfombra, la amarraron con cuerdas y la pusieron bien atada en la baca del techo del automóvil.
En una parada del camino, mientras la familia almorzaba, el automóvil fue robado con el cadáver de la abuelita encima, y nunca más se encontró ningún rastro.
La explicación que se daba a la desaparición era que los ladrones tal vez habían enterrado el cadáver en despoblado y habían desmantelado el coche para quitarse, literalmente, el muerto de encima.
Durante una época, este cuento se repetía en México por todas partes, y siempre con nombres distintos. Pero las distintas versiones tenían algo en común: el que la contaba decía siempre ser amigo de los protagonistas.
Algunos, además, daban sus nombres y direcciones.
Pasados tantos años, he vuelto a escuchar este cuento en los lugares más distantes del mundo, inclusive en Vietnam, donde me lo repitió un intérprete como si le hubiera ocurrido a un amigo suyo en los años de la guerra.
En todos los casos las circunstancias son las mismas, y si uno insiste, le dan los nombres y la dirección de los protagonistas.
Un tercer cuento recurrente lo conocí hace menos tiempo que los otros, y quienes tienen la paciencia de leer esta columna todas las semanas tal vez lo recuerden.
Es la historia escalofriante de cuatro muchachos franceses que en el verano pasado recogieron a una mujer vestida de blanco en la carretera de Montpellier.
De pronto, la mujer señaló hacia el frente con un índice aterrorizado, y gritó: “¡Cuidado!, esa curva es peligrosa”. Y desapareció en el instante.
El caso lo conocí publicado en diversos periódicos de Francia, y me impresionó tanto que escribí una nota sobre él.
Me parecía asombroso que las autoridades de Francia no le hubieran prestado atención a un acontecimiento de tanta belleza literaria, y que además lo hubieran archivado por no encontrarle una explicación racional.
Sin embargo, un amigo periodista me contó hace unos días en París que la razón de la indiferencia oficial era otra: en Francia, esa historia se repite y se cuenta desde hace muchos años, incluso desde mucho antes de la invención del automóvil, cuando los fantasmas errantes de los caminos nocturnos pedían el favor de ser llevados en las diligencias.
Esto me hizo recordar que, en efecto, también entre los cuentos, de la conquista del oeste de Estados Unidos se repetía la leyenda del viajero solitario que viajaba toda la noche en la carreta de pasajeros, junto con el viejo banquero, el juez novato y la bella muchacha del norte, acompañada por su gobernanta, y al día siguiente amanecía sólo su lugar vacío.
Pero lo que más me ha sorprendido es descubrir que el cuento de la dama de blanco, tal como lo tomé de la Prensa francesa, y tal como yo lo conté en esta columna, estaba ya contado por el más prolífico de todos nosotros, que es Manolo Vázquez Montalbán, en uno de los pocos libros suyos que no he leído: La soledad del manager.
Conocí la coincidencia por la fotocopia que me mandó un amigo, que además ya conocía el cuento de tiempo atrás y por fuentes distintas.
El problema de derechos con Vázquez Montalbán no me preocupa: ambos tenemos el mismo agente literario de todos els altres catalans, y ya se encargará éste de repartir los derechos del cuento como a bien corresponda.
Lo que me preocupa es la otra casualidad de que este cuento recurrente -el tercero que descubro- sea también un episodio de carretera.
Siempre había conocido una expresión que ahora no he podido encontrar en tantos y tantos diccionarios inútiles como tengo en mi biblioteca, y es una expresión que de seguro tiene algo que ver con estas historias: “son cuentos de caminos”.
Lo malo es que esta expresión quiere decir que son cuentos de mentiras, y estos tres que me persiguen son, sin duda, verdades completas que se repiten sin cesar en distintos lugares y con distintos protagonistas, para que nadie olvide que también la literatura tiene sus ánimas en pena.

domingo, 20 de agosto de 2017

EL REINO VEGETAL, CAPRICHOS Y MALOS TRATOS

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
Para que vuelva a entrar la buena suerte en una casa desollada por la desgracia no hay nada más eficaz que un ramo luminoso de flores amarillas.

Es incluso un conjuro invencible contra las nubes oscuras que suelen perturbar en ciertos días inciertos el oficio misterioso de escribir.
Cuando los dedos se nos enredan en la tecla equivocada, cuando no conseguimos que los personajes respiren con su aliento propio en el ámbito de la novela, cuando uno no encuentra la palabra compasiva que los ayude a morir sin dolor, es porque algo falta en el aire del cuarto en que se escribe.
Y lo que falta casi siempre es una flor.De modo que no es por superstición caribe, sino por una experiencia acendrada y fructífera, que nunca me aventuro a escribir sin que haya en el vaso de mi escritorio una rosa amarilla.
“Las flores son gente”, le oí decir alguna vez a un niño de siete años, que sin duda sabía muy bien lo que quiso decir.
En efecto, la conducta humana de las flores y de las plantas se encuentra establecida en la poesía de siempre, tanto en la buena como en la mala.
Es difícil acordarse de las hermanas Brontë sin evocar en algunas de sus páginas más bellas una tibia fragancia de mimosa al atardecer. Mimosa púdica, porque sus hojas se retraen, incluso sin que nadie las toque, con el simple paso de una sombra.


Nadie tendrá derecho a creerse poeta si no comparte con las hermanas Brontë la idea de que el olor de las mimosas es un ánima en pena que vuelve al mundo de los vivos en busca de una persona amada.
En alguno de mis libros me apropié de esa idea con todo el derecho de mi grande admiración. “El jazmín es una flor que sale”, escribí, sin que nadie hasta ahora me lo haya reprochado.
De la novela más hermosa de William Faulkner conservo el recuerdo persistente de una guía de glicinas a la ventana en una tarde de verano ardiente.
Siempre he vuelto con el mismo estupor a la leyenda del conde Drácula, tal como Bram Stoker la implantó para siempre en la literatura; pero lo que más me sigue impresionando de esa obra maestra pavorosa no es la condición sobrenatural del vampiro, su facultad de desembarcar en el puerto de Londres convertido en perro, sino la zozobra que causaban en su ánimo las flores del acónito.



Uno de los asombros de mi infancia era el ceremonial con que mi abuela sacaba las flores de nuestro cuarto antes de dormir.

Alguien me explicó más tarde que ella tenía razón: el anhídrido carbónico que exhalan las flores puede ser perjudicial para quienes duermen con ellas en un cuarto cerrado.
Pero la verdad es que mi abuela tenía relaciones con los misterios mucho más reveladores que las de los científicos, y lo que siempre me dijo fue que las rosas en los dormitorios suscitan sueños indeseables que nos persiguen hasta la muerte.
Hablamos de estas cosas la otra noche en una reunión de amigos, y, uno de ellos hizo una disertación sabia y fascinante sobre el alma de las plantas.
Todo empezó cuando alguien se refirió a El día de los trifidos, de John Wydham, que es una de las novelas más terroríficas que recuerde.


Un trifido -al contrario de lo que muchos creímos al leer la novela- no es una planta asesina, capaz de desarrollar sus tentáculos voraces y exterminar en pocas horas el género humano.
No; es un modesto adjetivo para uso de botánicos, que califica algo que está hendido o abierto en tres partes.
Sólo que el autor de la novela logró infundirle una significación que hoy ha pasado a ser un símbolo de la amenaza tremenda que representa para los mortales el reino vegetal.
Nuestro amigo, y yo creo que con razón, cree todo lo contrario. “Dentro de las casas las plantas llegan a formar parte del núcleo familiar”, nos dijo aquella noche.
“Gozan y sufren con nosotros, se alarman ante las amenazas verbales y pueden morir de terror ante una agresión real, contra la cual carecen de defensas”.
Los animales, sobre todo los perros domésticos, las ratas y ciertos insectos perniciosos, son para ellas un tormento perpetuo.
Esto es posible establecerlo sin ninguna duda mediante el uso de un galvanómetro, que es un instrumento para comprobar la existencia, medir la intensidad y determinar el sentido de una corriente eléctrica mediante la desviación que ésta produce en una aguja magnética. Contacto a una planta: el galvanómetro revela sus reacciones y aun sus sentimientos más íntimos.
Alguna vez se hizo un experimento que hoy es célebre en el mundo entero. Un científico destruyó un filodendro en presencia de otras plantas.
Participaron también cuatro estudiantes que desconocían los planes del agresor y los propósitos del experimento.


Más tarde se comprobó, mediante el galvanómetro, que las plantas se estremecían de horror frente al victimario y no frente a los testigos, y que inclusive reaccionan de un modo distinto ante el cuchillo con que fue destruido el primer filodendro.
“Las plantas”, continuaba el amigo, “reaccionan ante la felicidad y el placer”. Colocada en una habitación donde una pareja humana hace el amor, una planta vivirá los mismos estados de ánimo de los amantes.
El galvanómetro, exacerbado, registrará vibraciones febriles que sólo podrían definirse como un orgasmo.
El centro nervioso de las plantas -concluyó el informante- se localiza en los tejidos de las raíces, los cuales se ensanchan y contraen como los músculos del corazón humano.
Además, tienen memoria: son capaces de acumular impresiones y retenerlas por largos períodos de tiempo.
Uno puede preguntarse, en consecuencia, qué recuerdos históricos podría almacenar una sequoia, ese árbol fabuloso que llega a crecer hasta 150 metros y puede vivir hasta 3.000 años del tiempo humano.


Por otra parte, hay plantas a las cuales se les ha inyectado una fuerte dosis de alcohol, y el resultado se ha visto en su comportamiento: una embriaguez triste.
Al día siguiente, el galvanómetro ha revelado síntomas semejantes a los que sentimos los seres humanos por los excesos de una parranda. También parece demostrado que los sonidos armónicos influyen en el crecimiento de algunas plantas.
Los autores que prefieren en su estado más primario son Johann Sebastian Bach y, en general, los más barrocos. Pero es posible refinarles el gusto, hasta lograr que experimenten un éxtasis real con Bartok o Schoemberg.


En cambio, parece que las plantas de hoy detestan el acid rock, y que sus estridencias hacen disminuir el tamaño de sus hojas.

Me pregunto, después de estas revelaciones que supongo bien fundadas, cómo será el sufrimiento de los bonshais, esos árboles normales que los japoneses convierten en enanos a viva fuerza.



Me pregunto qué sentirán las rosas de cultivo industrial, como hay tantas en Colombia, a las cuales se les ha eliminado el aroma.

Nuestro amigo botánico no pudo explicarnos el motivo de esta mutilación de la fragancia, pero hay quienes dicen que es una exigencia de los importadores norteamericanos, cuyos clientes adoran las rosas, pero detestan su perfume.


El profesor René Dumont, en uno de sus libros de protesta sobre la destrucción del medio ambiente, ha revelado un drama fantástico: cada edición dominical del New York Times consume una cantidad de papel fabricada con hectáreas de bosques.
Sin embargo, no todos los que estábamos en aquella reunión parecíamos tan sensibles al sufrimiento de las plantas y el genocidio de los bosques.
Hace un instante, además, acabo de tener una prueba imprevista de cómo vemos los hombres estos temas insólitos.
En efecto, un amigo, que considero inteligente y serio, me ha llamado por teléfono para preguntarme cuál era el terna de mi nota de esta semana.
“Estoy escribiendo sobre el sufrimiento de las plantas y las flores”, le contesté. Mi amigo, con una alarma cierta, exclamó:
-¡Ah carajo! ¿,No te estarás volviendo marica?

miércoles, 5 de julio de 2017

INOLVIDABLE GABO...Y LA SOLEDAD LLEGÓ...

García Márquez sobre cien años de Soledad
“Era una época en la que uno era fácil porque no teníamos dinero. Pero era importante porque estaba escribiendo como un tren. Cuando vi que Cien años de Soledad venía y no lo paraba nadie. Es curioso que a mis hijos les pregunto sobre esta época y me recuerdan como un hombre encerrado en un cuarto, que no salía nunca y yo tenía la impresión de que era el ser más humano y sociable del mundo y ahora me doy cuenta que durante 18 meses no salí del cuarto. Pero recuerdo que salí de una vez cuando Mercedes me dijo que no había nada que hacer. Yo tenía un carro y le empeñé y le dije a Mercedes aquí tienes como para diez años y duró tres meses. Seguí escribiendo y recuerdo que a mitad de camino, el dueño de la casa llamó a Mercedes y le dijo, señora, ustedes me deben tres meses de casa. Mercedes tapó el teléfono y me dijo ¿cuánto falta para terminar el libro? y yo le dijo: “seis meses”. Entonces, ella le dijo: “no sólo le debemos tres meses, sino que le vamos a deber 6 más”

(Entrevista realizada a Gabo a finales de los setenta en Inravisión, Colombia)
García Márquez sobre sus influencias
“Me formé dentro de esa nueva novela cuyos faros eran Hemingway y Faulkner. Nos metimos a estudiar en serio y allí descubrí que hay una gran afinidad entre los escritores del sur de EEUU y los de Aracataca. Un pueblo bananero, construido por la United Fruit company y los campamentos se parecían a los del sur de EEUU. Lo que me asombraba de Faulkner no se´si era por lo que me contaba de su tierra o la identificación con Aracataca. Me di cuenta tas que las bases de mi literatura no estaban en las lecturas, la de los norteamericanos me ayudaron a entender que lo tenía adentro-. Ahí fue cuando me di cuenta que lo tenía adentro. Y fue cuando agarré el verdadero camino”


(Tomado del canal Libertad Política)
García Márquez sobre la necesidad de tener al Caribe adentro para seguir escribiendo
“Yo vuelo de París a Cartagena y en el momento en que desembarco aquí, no to que todo en el cuerpo y la mente se me reajusta y se identifica con toda la realidad ecológica que tengo alrededor. Uno es de su medio ecológico y a mi me sucede, en cualquier lugar del Caribe. Me sueltan vendado y sé que estoy en el Caribe porque allí todo me funciona como en el Caribe. Se debe a aun identificación total del cuerpo y la mente con el medio. Cuando estaba escribiendo “El otoño del Patriarca” tuve un bloqueo y no sabía como seguir. Sentí que se me estaban olvidando las cosas. El modo de ser de la gente, del país y corté todo e hice un viaje por todas las islas del Caribe, Una tras otra. En el viaje no hice nada especial. Me tiraba en la playa, hablaba con la gente. Me conocían menos y es una zona donde me conocen menos. Regresé y me solté hasta el final y me di cuenta que se me había acabado la gasolina de mi cultura básica. Lo único que hice fue vivir ahí y releyendo los originales me di cuenta que esas cosas me parecían que era volver a tener ese ambiente para seguir escribiendo. Cualquiera que haya leído cualquiera de mis libros se da cuenta de que yo no me he ido. En cualquier lugar del mundo donde esté, yo estoy escribiendo una novela colombiana”

(En conversación con el periodista Ernesto McCausland)
García Márquez sobre Fidel Castro
“Cuando lo vi por primera vez, trabajaba en Prensa Latina en Colombia. yo era de los fundadores. Era una época tan cercana al principio de la Revolución que había un avión en el que estaba haciendo una escala de pronto una movilización… y era Fidel que venía. El avión demoró porque había mal tiempo y me presentaron, conversamos unas cosas y ese avión estaba en el aeropuerto. Acabó de almorzar y él dijo…a Fidel no lo detienen nada esas cosas”Lo que consolidó esa amistad fueron los libros y le pregunté qué está leyendo y me dijo no puedo leer porque estoy leyendo documentos… el maldito libro que me trajiste”


(Entrevista de la TV cubana)
Mario Vargas Llosa sobre García Márquez
“La obra de García Marquez va a seguir ganando seguidores después de muerto que es lo mejor que le puede pasar. Si uno quiere explicar la razón de ser de los años que ha tomado escribir la obra es que los libros sigan conquistando lectores, como el CID. Creo que es el caso de García Marquez. La impresión que da su obra es que todo lo que escribió antes fluía en esa dirección y después, todo lo que escribió derivaba de esa obra maestra. Creo que “Cien años de Soledad” es una obra que va a quedar. Creo que pocas obras contemporáneas se puede decir con tal certeza. Los cuentos de Borges, ensayos de Octavio Paz, pero lo demás, incertidumbre. Creo que “Cien Años de Soledad”, sin ninguna duda”
(Entrevista de la CNN)

García Márquez y la muerte
“La única opción que acepto es la de no morirse. La única cosa realmente importante es la vida, estar vivo. La muerte es una trampa a la que lo sueltan a uno sin ponerle la condición. Para mi es muy serio que esto se acabe y sin ninguna participación de uno. Sino cuando llega. Creo que es injusto”
(La vida según Gabriel García Márquez. Charla con Ana Cristina Navarro. RTV.1995)

viernes, 9 de junio de 2017

TODO SOBRE GABO


Macondo en Buenos Aires: los mundos que imaginó García Márquez
Una completa muestra en distintas sedes, con documentos e instalaciones, revela todos los aspectos de la obra del colombiano


En el mes en que se cumplen cinco décadas de la publicación de Cien años de soledad, las bibliotecas porteñas rinden homenaje a la obra de Gabriel García Márquez con tres muestras y un ciclo de charlas, cine y teatro. Con material documental y libros provenientes de Colombia, Macondo en Buenos Aires. Gabo y el territorio imaginado se despliega en tres sedes: la Biblioteca Ricardo Güiraldes, la Usina del Arte y el Centro Cultural Recoleta.


Organizada por la Dirección General del Libro, Bibliotecas y Promoción de la Lectura, la exhibición tiene tres ejes: un espacio de lectura dedicado a la producción bibliográfica en torno a la obra de García Márquez; un recorrido visual por las ciudades que nutrieron sus historias de ficción y sus textos periodísticos, y obras creadas por artistas colombianos que abordan el universo mágico de Gabo desde el lenguaje audiovisual. Las muestras y las instalaciones artísticas se presentaron por única vez en el pabellón Macondo de la FIL Bogotá en 2015.

En la Biblioteca Ricardo Güiraldes,  tuvo lugar el acto inaugural con el estreno de la obra La visita de Gabo, se presentó Gabriel, el viajero, una muestra que invita a recorrer los lugares que marcaron la vida y la obra del autor. Las veinte vitrinas, que se distribuyen en la galería de planta baja y la sala de lectura del primer piso, tienen un año de referencia y materiales de la época: fotos familiares, recortes de diarios, libros marcados por el escritor, fragmentos de sus textos, mapas con itinerarios de sus viajes. De la Aracataca natal a Barcelona, pasando por Bogotá, Barranquilla, Cartagena de Indias, México y Buenos Aires, cada sitio señalado ejerció una influencia determinante en su formación como escritor, guionista, periodista y maestro de periodistas.
No falta, claro, la única visita a la capital argentina en 1967: junto con la primera edición de Cien años de soledad aparece un ejemplar de la revista Primera Plana, con Gabo en la tapa y el título: "La gran novela de América". Tampoco podía faltar el viaje a Estocolmo, donde García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura, en diciembre de 1982, vestido con un traje blanco, típico del Caribe, en lugar del protocolar smoking. La vitrina de 2007 recuerda los homenajes por los 80 años de Gabo y los 40 de Cien años de soledad.
El Centro Cultural Recoleta dedica su espacio de lectura a la Biblioteca Macondo. Allí hay veinte títulos de García Márquez en variadas ediciones. Resultan muy interesantes los libros teóricos editados en Colombia: bibliografía crítica sobre su obra, reunida por la Asociación Colombiana de Libreros Independientes, como El arte de leer a García Márquez, de Juan Gustavo Cabo Borda, y Más allá de Macondo. Tradición y rupturas literarias, de Luz Mary Giraldo. Se pueden leer en bancos de madera dispuestos en la galería o en alguna de las reposeras instaladas en el patio.
La instalación de la Usina propone un recorrido por los sonidos de Cien años de soledad.
En la Usina del Arte se presenta la zona audiovisual de Macondo en Buenos Aires. Hay una muestra antológica del fotógrafo colombiano Nereo López, amigo de Gabo, autor de los textos que acompañan las imágenes. El material histórico pertenece a la Biblioteca Nacional de Colombia. La exhibición El río de nuestra vida, centrada en el Río Grande de la Magdalena, que atraviesa Colombia de Sur a Norte, lleva el título de un texto del escritor publicado en 1981.
En la Usina también se pueden ver instalaciones interactivas de los artistas colombianos Laura Villegas, Santiago Caicedo y Camilo Sanabria. Radiofónica es una obra sonora que presenta ocho campanas con parlantes de donde salen sonidos vinculados con Macondo. Cada campana reproduce un universo sonoro distinto en un cruce entre lo documental y la ficción. Territorios es una instalación audiovisual que registra un recorrido real por la zona de Colombia donde podría haber existido Macondo.
Un mapa gigante de la ciudad imaginada por Gabo, realizado por la editorial colombiana La Silueta, recibe a los visitantes en todas las sedes de Macondo en Buenos Aires.
Un homenaje desde el arte, el cine y el teatro


Muestras
Las tres exhibiciones se pueden visitar hasta el 13 de julio. Biblioteca Ricardo Güiraldes: Talcahuano 1261, de lunes a viernes, de 12 a 20. Centro Cultural Recoleta: Junín 1930, martes a viernes de 13.30 a 22; sábados, domingos y feriados, desde las 11.30. Usina del Arte: Caffarena 1, martes a jueves de 14 a 19; viernes de 12 a 21; sábados y domingos de 10 a 21.

Ciclo de charlas
Coordinado por Diego Erlan, se realizará en la Biblioteca Guido y Spano (Güemes 4601). Historia secreta del boom. Con Gloria Rodrigué, José Luis de Diego y Luis Chitarroni.  Jueves 22, a las 19. El continente del realismo mágico. Con Luisa Valenzuela y Jorge Lafforgue. Miércoles 28, a las 19.

Cine para lectores
En la Casa de la Lectura (Lavalleja 924) se proyectarán películas con guión de García Márquez, como Tiempo de morir (hoy a las 19); Cartas del parque (viernes 16, a las 19); Fábula de la Bella Palombera (viernes 23, a las 19).

La visita de Gabo
Obra de Pablo Mascareño, con dirección de Santiago Doria. Hoy en la Biblioteca Güiraldes

lunes, 5 de junio de 2017

MI ABSOLUTA ADMIRACIÓN....100 AÑOS DE SOLEDAD



Cincuenta años después de su publicación, en 1967, cuatro escritores releen el libro más influyente de Gabriel García Márquez y, entre la memoria personal y la reflexión, recuperan un universo vivo y un imaginario que contribuyó a reubicar la región en la circulación global de la literatura
La novela "fantasy" mejor escrita


Claudia Piñeiro
Escritora

¿Cómo se valora una obra literaria cincuenta años después de ser publicada? La pregunta clave podría ser: Cien años de soledad, ¿sigue viva hoy? La perspectiva de la crítica, la de los lectores, la de la historia o la del mito pueden llevar a distintas conclusiones.
Claudia Piñeiro. 


No soy crítica literaria, así que bajo ese punto de vista me declaro incompetente. Pero busco la opinión de uno de los más grandes, Harold Bloom, y a lo largo del tiempo aparecen ciertas contradicciones. En su famoso El canon occidental, menciona a García Márquez cuando habla de la "multitud de importantes figuras" que surgieron de lo que llama "la matriz" de Alejo Carpentier para constituir una literatura latinoamericana del siglo XX -que declara más vital que la norteamericana-. En 2000 le exige a un periodista del diario El Tiempo de Colombia que aclare que él nunca dijo que García Márquez fuera "repetitivo", que lo considera uno de los grandes latinoamericanos y que Cien años de soledad es uno de sus mejores libros. Sin embargo, en 2013 dice en una entrevista con El Universal de México que "el realismo mágico es un disparate, una idea tonta", y remata con que "Juan Rulfo es más interesante que el tardío García Márquez", comparando una obra casi única con los destellos finales de un escritor prolífico.
Desde el punto de vista de la historia de la edición, hay varias perlas que abonan el mito de Cien años de soledad. Por ejemplo, que el borrador haya llegado desde México al escritorio de un editor en Buenos Aires, Paco Porrúa, en dos paquetes de correo, uno primero y otro al tiempo, porque el autor y su mujer no tenían plata suficiente para el envío completo. Que el primer paquete enviado era la segunda parte porque se equivocaron al ensobrarlo. Que la novela tuvo un boca a boca que hizo que, a días de publicada, todo Buenos Aires hablara de ella y medio Buenos Aires la leyera. ¿Qué novela de un autor desconocido y sin una apuesta fuerte de marketing agotaría hoy una edición tras otra? El de Cien años de soledad es uno de esos casos en lo que todo podría haber salido mal pero salió bien. Empezando por que el correo haya logrado que un paquete de hojas despachado en una punta del continente llegara a la otra. Para quienes vivimos en América Latina, no deja de ser realismo mágico.
Y por fin el punto de vista del lector, lo que verdaderamente define que la obra siga viva. ¿Puede un lector de hoy sumergirse con el mismo gusto que lo hicimos nosotros en Macondo y la historia de soledad de los Buendía? Tomo el libro y leo: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo". Y esa sola frase me emociona, me intriga, me sujeta. Sigo y compruebo que para mí la novela vibra, está viva. ¿Lo estará para el resto? ¿Lo estará para nuevos lectores? Yo no soy un nuevo lector, mi lectura no es virgen, incluye el texto y el mito. Tal vez lo que necesita Cien años de soledad para renacer con bríos en el siglo XXI es que la adopte un booktuber y le cuente a miles de seguidores que encontrarán en un solo libro toda una saga familiar, un mundo mágico donde las tormentas pueden durar cuatro años, los bebés tener cola de cerdo o los objetos moverse si un personaje se concentra lo suficiente. Que un extraño mal obliga a anotar el nombre de todo lo que los rodea porque poco a poco van olvidando las palabras. Que llegan al pueblo unos extraños gitanos a pregonar que "dentro de poco, el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de su casa", ¡pero no usan Internet sino una lupa gigante! Y por sobre todo, ojalá el booktuber lo diga, que esta "fantasy" está mucho mejor escrita que ninguna que hayan leído hasta ahora.
Un estilo propio, metódico y regular

Luis Chitarroni
Escritor y editor

Después de cincuenta años, los puntos altos del libro permanecen donde los lectores supimos encontrarlos, pero su clave de bóveda y su órbita, sin duda, resultan enigmáticas. El mundo cambió menos que los lectores: aparte de haber menguado, y mitigado su curiosidad, no buscan ni encuentran lo mismo.
Luis Chitarroni. 



El comportamiento retórico de Gabriel García Márquez fue tan regular y metódico que, aunque se tratara de una falsa atribución, podríamos seguir hablando, más que en cualquier otro caso, de Su estilo. Cuando se publicó, Cien años... parecía reunir todos los requisitos que la crítica exigía para hablar los próximos diez años, desde la aparatosidad retórica, capaz de desvelar a los lingüistas, hasta la genealogía de los Buendía, amenazada desde el comienzo por la endogamia, ideal para el análisis estructuralista. Un contemporáneo un poco más joven le rendía admiración casi inmediata, como ocurrió con Mario Vargas Llosa, que le dedicó al colombiano un extenso ensayo hoy en apariencia extinguido como libro: Historia de un deicidio.
El programa de construcción de Cien años..., escrita durante dieciocho meses entre 1965 y 1967 en México, milagro de trabajo e inspiración, de constancia e ingenio, y ejemplo cautivo en la obra del asombroso maestro que García Márquez fue, no es óbice, sin embargo, para que las variaciones temáticas siguieran sorprendiéndonos: un libro tardío como El general en su laberinto (1989) eximiría a cualquier otro escritor de evidencias concluyentes.
"Todo el mundo tiende a no leer más que aquello que todo el mundo podría escribir", había detectado Valéry en las primeras décadas del siglo XX. La afanosa artesanía de Cien años..., obra de un oficio sostenido hasta los cuarenta años con una asombrosa versatilidad, a poco dejó provocar curiosidad o asombro. En una de sus fórmulas sentenciosas estudiadas para la espontaneidad coloquial, Octavio Paz la descartó en Solo a dos voces: "Periodismo y poesía diluida". Era fácil distribuir epigramas de desdén sin una novela como proyecto, y es fácil, asimismo, el contagio: las colonias de opinión están dispuestas siempre a compartir la pereza. A fines de esa misma década, entre intelectuales cool, un libro tan exitoso y popular como Cien años... era ya una peste.
En términos comparativos, de las novelas que emergen en eso que se pergeña sobre la marcha, y que entre Primera Plana y Emir Rodríguez Monegal dieron en llamar boom de la novela latinoamericana, ninguna puede arrimársele. La única novela de una identidad y un entrenamiento de lenguaje e imaginación que podía empardarla, Tres tristes tigres, se publicó el mismo año de 1967, en la ciudad de Barcelona, y es completamente distinta. Cuenta por omisión la Revolución cubana en una especie de larga noche única aunque no unánime. Quien la escribió, Guillermo Cabrera Infante, era también un periodista exiliado con mucho oficio, que había aprendido lo mejor de Borges, creído un tiempo en esa revolución, pero que abjuró luego de ella de manera editorial y que, a fines de los años 60 vivía ya en Inglaterra, desde donde mandaba a Primera Plana notas fulgurantes sobre ese crepúsculo que se llamó el "swinging London".
Crónica de un joven clásico

Ana María Shua
Escritora

Enero de 1968. A los dieciséis años, mis padres me habían mandado a Europa en un viaje supuestamente cultural. Ahora, con otros veinte chicos, comandados y protegidos por la señora Preuss, cruzaba los Alpes en un micro de turismo. Mientras los demás adolescentes charlaban y se divertían, yo, como siempre, leía.
Ana María Shua.




Leía un libro que estaba causando furor en Buenos Aires, una novela de moda, pero también elogiada por la crítica, que había vendido cincuenta mil ejemplares al mes de publicada. Era Cien años de soledad.
La señora Preuss nos incitaba a mirar por la ventanilla: " ¡Miren! ¡Los Alpes!", nos decía, escandalizada. Pero lo que yo veía por la ventanilla no eran más que montañas nevadas, como los Andes pero más chicas. En Macondo, en cambio, pasaban cosas nuevas, insólitas, extraordinarias. Nunca antes había leído algo así. Nunca nadie me había contado una historia de esa manera y no sabía que era posible. Levantar la vista para mirar por la ventanilla me parecía una estúpida pérdida de tiempo, una fractura en la perfección de la magia.
Nadie me había dicho todavía que eso se llamaba realismo mágico. El estilo de García Márquez todavía no había sido bastardeado, imitado hasta la náusea y sobre todo, no se había convertido en obligatorio, y por lo tanto justamente detestado por los escritores latinoamericanos. Hasta casi hacernos olvidar ese primer momento de originalidad y maravilla.
En 1967 Cien años de soledad fue una revolución. Después se convirtió en una carga. Hoy es un clásico.
Se puede empezar a leer por cualquier parte. Todo vale. Historietas, novela rosa, sagas juveniles, libros menores y contemporáneos, libros buenos y malos, libros cualquiera. Pero los libros hablan de otros libros. Y tarde o temprano, el que lee mucho termina por preguntarse qué habrá escrito ese tal Shakespeare, por qué tantos libros mencionan a Dickens o a Cervantes, quién era el doctor Fausto, que hizo de especial Madame Bovary para que todos se acuerden de ella, por qué lloraba Werther, cómo y por qué volaba Remedios la Bella, que tendrá de Divina esa famosa Comedia. Así, en una mezcla enmarañada de títulos con autores y personajes, los clásicos aparecen y se imponen a los ojos del lector.
Y cuando se empieza a buscarlos, a leerlos deliberadamente, además del placer que deparan (por algo son clásicos, por algo cruzaron las barreras del tiempo y el espacio), uno se da cuenta de que está iniciando una etapa parecida al momento milagroso en que aprendió a leer, y los signos sin sentido que le ofrecía el mundo, en los carteles, las vidrieras, las pantallas, se transformaron en palabras, nacieron al significado. Entonces se empieza a relacionar, a entender alusiones, y la literatura, que ya era placentera, se vuelve mágica, un juego de referencias y sobreentendidos al que se puede jugar con el autor.
Es obligatorio y a veces difícil recordar que Cien años de soledad no es un libro garcíamarquezco. Que su autor estaba creándolo todo: un mundo y una forma de contarlo. Como en cualquier clásico.
La puerta a un mundo recién hecho

Carlos Gamerro
Escritor, crítico y traductor

Hay pocos autores que, como Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, sean capaces de franquearnos la entrada, cada vez que abrimos el libro, a un mundo prístino, nuevo, recién hecho. En este momento, me vienen a la mente apenas otros dos: Homero y Tolstoi. "El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo", leemos en el primer párrafo. Parecería que el narrador mirara el mundo por primera vez, y todo en él es vívido, brutal e inocente. No quiere decir que todo sea armónico o sin conflictos: es un mundo que incluye las interminables guerras civiles en las que participa el coronel Aureliano Buendía, las matanzas de los trabajadores del banano, las pasiones que cíclicamente arrasan el orden de la familia; pero el hombre no está solo en un cosmos hostil o, peor, indiferente; vive en un mundo hecho para él, en una realidad sin fisuras donde lo maravilloso y lo cotidiano se funden en un continuo.
Carlos Gamerro. 


Cien años de soledad es la primera novela latinoamericana que no parece derivar de, y ni siquiera dialogar con, modelos europeos o norteamericanos; de hecho no parece surgir del arte sino de la realidad -de la naturaleza- misma. Se trata de una ilusión del arte, por supuesto, ya que este efecto de lo primigenio depende de uno o dos escamoteos: artísticamente, en el de los precursores locales, como Arguedas, Rulfo, Carpentier o Faulkner (Faulkner pertenece tanto a la literatura latinoamericana como a la estadounidense); históricamente, en el de los indios, que parecían no existir cuando los Buendía llegaron a las selvas primigenias y por lo tanto no debieron ser masacrados para hacer lugar a éstos. Más aún, es una novela que se convirtió en modelo para las europeas, no siempre con los mejores resultados, como lo prueban las a veces grotescas incursiones en el realismo mágico de los autores del norte; pero mucho más importante, fue una novela que creó un eje sur-sur o tercer mundo-tercer mundo: a partir de ella las literaturas dependientes se convierten en interdependientes y la de Colombia puede influir en la de la India o en la de Nigeria sin pasar por "relevos" norteamericanos o europeos.
Otra puerta que Cien años de soledad nos abre da al jardín perdido de la familia extendida: esa densa y caliente red de tatarabuelos, padres, hijos, nietos, tíos, sobrinos y primos, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos muchas veces puede ahogar en sus tentáculos la individualidad y la autonomía de sus miembros. No debe ser casual que para recuperar una vivencia análoga, los estadounidenses deban recurrir a la mafia italiana (lo más parecido a Cien años de soledad que ha dado su cultura es la saga de El padrino), ni es casual que una de las novelas más celebradas de la lengua inglesa en los últimos tiempos, Los hijos de la medianoche de Salman Rushdie, responda al modelo de la novela de García Márquez no sólo en el recurso al realismo mágico y a la alegoría, sino también en circunscribirse a un árbol familiar que, como las higueras tropicales, más bien parece un bosque. Cien años de soledad es un hermoso título, pero nunca me pareció muy adecuado: nadie está solo en esta novela, todos los personajes forman parte de una gran familia y esa familia, que es también América Latina, es el centro del mundo.

lunes, 9 de enero de 2017

¡¡ BIENVENIDO GRAN GABO !! TE AMAMOS


El 6 de marzo próximo, fecha en que Gabriel García Márquez -que murió en 2014- hubiera cumplido 90 años, la Dirección General del Libro y Promoción de la Lectura porteña confirmará el megaprograma por desarrollarse en junio con motivo del medio siglo de Cien años de soledad, o la reescritura del Génesis, como lo llamó alguna vez Carlos Fuentes.


Una de las muestras ya confirmadas es Gabriel, el viajero, una selección de veintitrés viajes del Premio Nobel de Literatura colombiano, realizada por el historiador Nicolás Pernett, el equipo de curadores de Macondo y la Biblioteca Nacional de Bogotá.
La exposición busca acercar al espectador a la faceta nómada de Gabo y mostrar la influencia que los viajes tuvieron en su vida y en su trayectoria como narrador y realizador.
La segunda es Librería Macondo, compuesta por títulos clasificados en varias categorías vinculadas con la obra de García Márquez.
Esta exposición incluye también la fuerte presencia del Caribe en su obra, sus otras pasiones (la música y sus amigos, entre otras) y el boom latinoamericano.
Incluye además primeras ediciones de la obra de García Márquez. La tercera exhibición confirmada es Nereo, un conjunto de fotografías de la vida del escritor, realizada por Nereo López, que curatorialmente se basan en la exitosa memoria garciamarqueana Vivir para contarla.
El despliegue alrededor de los 50 años de Cien años de soledad, publicado por Sudamericana el 31 de mayo de 1967 -única vez en que él visitó Buenos Aires- promete ser más amplio.
Un mapa en gigantografía de Macondo, el territorio literario de García Márquez, permitirá acceder a la novela legendaria desde otra perspectiva, así como la obra del artista Santiago Caicedo, Territorio, que proyecta en pantallas gigantes distintos paisajes colombianos que sirvieron de inspiración para la creación del mítico pueblo de la novela y que será parte de las exposiciones en su homenaje.
Las confirmaciones sobre este tributo se completan con la puesta en marcha de la “Biblioteca Digital”, el mes próximo. Mediante una aplicación estará disponible para los socios de las bibliotecas de Buenos Aires.
La aplicación ofrecerá unos 15.000 títulos para leer en línea. El número de copias disponibles no será igual en todos los casos.
Cien años de soledad tendrá un promedio de veinticinco “préstamos” en línea, contó el Director General del Libro, Javier Martínez, a Clarín, tras aclarar que el funcionamiento de esta biblioteca digital es similar a la tradicional.
Este sistema ya es exitoso en BiblioRed (Red pública bibliotecaria de Bogotá), en Dibam (Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos de Chile), The Library Network, de Michigan, y la e-Biblio, de Madrid.
Este parece un año clave para que las veintinueve bibliotecas porteñas recuperen el protagonismo en cada barrio reconvertidas en centros culturales, tal como planificó la actual gestión.
La sede de la Dirección, ubicada en la coqueta calle Talcahuano entre Arenales y Juncal, luce un brillo que había perdido.
Fue restaurada y se recuperó el patio andaluz. Para este año la Dirección General del Libro pondrá en valor la Casa de la Lectura y la Casa de la Poesía Evaristo Carriego, o lo que queda de ella, pues una sucesión de recursos de amparo la dejó a la intemperie y en la espera buena parte se deterioró.


Se conserva sí el mobiliario y una parte de la casa. El proyecto para su restauración ya está aprobado. La Biblioteca José Hernández, en Liniers, también figura en el presupuesto de este año.
Cada mes de 2017 estará dedicado al recuerdo de un escritor y su obra. Enero será para Oliverio Girondo y diciembre para Copi.
En el medio, Horacio Quiroga, Juan Rulfo, Roberto Arlt, Rodolfo Walsh, Ricardo Güiraldes, García Márquez y Roa Bastos son parte de una programación destinada a incentivar la lectura de sus obras y de paso promover que los vecinos se asocien a las bibliotecas, que hoy cuentan con unos 14.000 miembros.
Todo ello sin olvidar la literatura universal. Por ejemplo, octubre será recordada la Revolución Rusa al conmemorarse su centenario.
Con ella se reflexionará sobre la influencia revolucionaria en la cultura. Habrá cine, una exposición fotográfica de Emiliana Miguelez, Buscando a Lenin, ciclos de charlas y de cine.

viernes, 13 de mayo de 2016

TODO GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ EN PDF


10 Libros de Gabriel García Márquez en PDF para descargar gratuitamente

Escritor, editor, guionista, novelista, periodista colombiano, cuentista y premio nobel de literatura en 1982,  Gabriel José de la Concordia Garcia Márquez, mas conocido como Grabriel García Márquez o Gabo, es uno de los personajes de la literatura más admirados en Colombia y el mundo por sus extraordinarios libros de realismo mágico que todavía son los más preferidos por muchas personas en el planeta. El mayor homenaje a García Marques es leer sus libros y recordar su espectacular forma de escribir.
Para los amantes de la literatura de Gabriel García Marquez,  hoy les enseñaremos 10 libros en PDF para que los descargues gratis y leas las obras de este gran escritor.

 10 Libros de Gracía Márquez para descargar en PDF


#2 NOTICIA DE UN SECUESTRO

#3 MEMORIA DE MIS PUTAS TRISTES

#4 CIEN AÑOS DE SOLEDAD



#5 EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA

#6 EL OTOÑO DEL PATRIARCA

#7 DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS

#8 LA HOJARASCA

#9 VIVIR PARA CONTARLA

#10 EL GENERAL EN SU LABERINTO