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viernes, 24 de mayo de 2024

HÉROE, el trío lírico-pop que conquista el mundo, llega al Teatro Nini Marshall. 🎤



PARQUE DE LA COSTA

PERÚ 1401----TIGRE

011 4002-6OO2

¡Prepárate para una noche inolvidable!
HÉROE, el trío lírico-pop que conquista el mundo, llega al Teatro Nini Marshall.
Sábado 22 de junio - 21:00 hs
Disfruta de la fusión única del género classical crossover con las voces de Federico Picone, Alejandro Falcone y Sebastian Russo. ¡No te pierdas esta oportunidad de vivir una noche mágica y llena de emoción! Reserva tus entradas ahora y déjate llevar por el talento de HÉROE. #HéroeLíricoPop #ClassicalCrossover #TeatroNiniMarshall


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martes, 15 de mayo de 2018

IGNACIO EZCURRA; UN HÉROE ARGENTINO QUE MURIÓ EN VIETNAN


Emoción y recuerdos de la guerra en el homenaje a Ezcurra en Vietnam
Los hijos de Ignacio Ezcurra, Juan Ignacio y Encarnación, su nieta, Luisa Duggan, y la directora del Museo, Tran Xuan Thao, en el homenaje al periodista
Los hijos de Ignacio Ezcurra, Juan Ignacio y Encarnación, su nieta, Luisa Duggan, y la directora del Museo, Tran Xuan Thao, en el homenaje al periodista
HO CHI MINH.- Antes de llegar al tercer piso del Museo de los Restos de la Guerra de Vietnam, en Saigón, uno debió cruzar -como los círculos del infierno de Dante- un patio con helicópteros, tanques y aviones de caza, las salas donde describen el programa de desmonte de minas, los carteles de apoyo a las fuerzas del Norte que varios grupos pacifistas hicieron llegar desde países remotos, entre ellos la Argentina, una descripción de crueldades perpetradas por los ejércitos del Sur en asaltos y batallas, los daños y las deformaciones provocadas por el combustible napalm arrojado sobre campos y ciudades, y dibujos de niños que representan con colores primarios aviones tirando bombas o palomas de la paz.
Por fin se llega hasta la sala Requiem, que exhibe el trabajo de 133 fotógrafos muertos en la guerra. La muestra fue recopilada desde 1997 por los fotógrafos Horst Faas, un alemán que acreditado en Saigón durante el conflicto por la agencia UPI y que también colaboraba con las revistas Time y Life, y el inglés Tim Page, editor de AP en Vietnam por casi 10 años. Fue un libro, una exposición itinerante por varios países y finalmente recaló en el Museo.
Aun en el impacto de sus imágenes, es en ese espacio donde se recupera la respiración que quedó contenida dos pisos más abajo. Cada foto y testimonio refleja un momento en que la necesidad de contar la historia primó sobre la prudencia. Y con ese calidoscopio los estremecidos paseantes juzgan el conflicto y la humanidad que lo llevó a cabo.
Donación
En esa sala se emplazó una vitrina que contiene la Lettera 32 de Ignacio Ezcurra, mi padre, periodista argentino desaparecido hace 50 años, un libro que recoge parte de sus notas y fotografías, el carnet de periodista  y una reproducción parcial del último artículo, escrito el 8 de mayo.
Frente a los objetos se realizó un homenaje y un minuto de silencio donde participaron por el Gobierno argentino el embajador en Vietnam, Juan Valle Y el cónsul, Francisco Lobo. Por la parte vietnamita, Nguyen Van Manh, presidente de la la Unión de las organizaciones de amistad de ciudad de Ho Chi Minh, y el coronel Dinh Van Ruat, representante de la asociación de la ciudad acompañado por varios ex combatientes que se mantuvieron erguidos y en silencio. También estuvimos mi hermano Juan Ignacio Ezcurra, mi hija Luisa Duggan y yo por parte de la familia. La anfitriona fue la directora del Museo, Tran Xuan Thao, quien tomó la palabra con evidente emoción, inusual para quien lidia con el tema del museo en forma diaria y con oficio.
La vitrina con las pertenencias de Ezcurra que se exhibirán en el Museo de los Restos de la Guerra de Vietnam
La vitrina con las pertenencias de Ezcurra que se exhibirán en el Museo de los Restos de la Guerra de Vietnam
Más tarde, la misma Thao servía té a los visitantes. Habían llegado hasta allí, además de otros empleados de la embajada, media docena de argentinos residiendo en Ho Chi Minh. Sus fascinantes historias de progreso y vivencias sin fronteras, se entremezclaban con los recuerdos de las cicatrices de la guerra subyacente.
Recuerdos de la guerra
Thao, que tenía un mes cuando murió Ezcurra, los rememoraba, sin saña ni rencor. "Pensaba sólo agradecer en mi discurso, ya lo había escrito. Pero anoche leí los artículos periodísticos traducidos y volvieron a mí las imágenes de mi infancia, no como si hubieran sido hace 50 años si no ayer. Pensé en mis padres y mis hermanos", decía ya sin contener las lágrimas. Es el museo más visitado de Vietnam y todos los días llegan personas que fueron heridas o perdieron a alguien. La guerra no le sirve a nadie", dijo.
Después del acto también se entregaron dos DVD con las fotos en alta resolución del archivo de Ezcurra, que fueron donadas por la Biblioteca Nacional, custodia de ese material. Una carta de su director, Alberto Manguel, menciona una próxima muestra en Buenos Aires de una treintena de esas imágenes.
El encuentro terminó al mediodía y cada cual volvió a sus ocupaciones. El cielo se oscureció y resonaron los truenos, como sucederá a cada rato mientras dure la larga temporada de lluvia. Así que tomamos las cartas que nos enviaron los hermanos de Ignacio para su desaparecido destinatario, nos enfundamos en los ponchos plásticos que nos unifican con los millones de transeúntes en el hormigueo de la ciudad y partimos rumbo al barrio de Cholón.
Juan Ignacio y Encarnación, sus hijos
SUS HIJOS

O CHI MINH.- Cuando Ignacio Ezcurra , mi padre, llegó a Vietnam, en abril de 1968, había 647 periodistas acreditados en Saigón y la atención del mundo estaba en este país. Era el primer argentino y la ansiedad se revelaba en su primer despacho: "Las caras se estiran, serias, por la ventanilla, tratando de adivinar la costa baja de Vietnam. Un matrimonio de edad que va a visitar a su hijo soldado me pregunta si lo encontrarán bien. 'Por supuesto, señora'. En la distancia finalmente se dibuja un perfil de sombra".
Ayer, en el mismo lugar, Juan Ignacio Ezcurra, mi hermano, oteaba desde el aire la silueta de una ciudad muy diferente. Llegó a Ho Chi Minh, que como una burla a la afición de los estadounidenses a los acrónimos se anota como HCM City y se decora con banderas rojas, hoz y martillo, centros comerciales, el tráfico endiablado de autos, motos y ocho millones de habitantes, los imponentes edificios estatales, las aún más grandes moles corporativas.
A Juan Ignacio no le fue fácil tomar la decisión de venir, y sin la presión de familiares, amigos y la oración de un piadoso no habría subido a último momento a ese avión donde se nos unió en la travesía a mi hija Luisa Duggan, y a mí.
Ezcurra tenía 28 años cuando murió, durante su cobertura de la Guerra de Vietnam
Ezcurra tenía 28 años cuando murió, durante su cobertura de la Guerra de Vietnam 
Antes del acto

En unas horas se realizará un acto en el Museo de los Restos de la Guerra, donde seincorporará a Ignacio Ezcurra al listado de periodistas muertos durante la guerra. Allí nos encontrarán el embajador de la Argentina, Juan Valle, y el cónsul, Francisco Lobo, quienes realizaron las gestiones ante las autoridades del museo.
Estas recibirán para su exhibición la máquina de escribir Lettera que utilizaba Ezcurra, el carnet de periodista y una copia de Hasta Vietnam, el libro que reunió parte de sus trabajos. Además, se entregará la donación de la Biblioteca Nacional que guarda su archivo fotográfico, de dos DVD de las imágenes en alta resolución tomadas durante la cobertura.
Al aterrizar, cruzamos la ciudad y compartimos impresiones recogidas por la recorrida que precedió a este día, en la que madre e hija escudriñamos algunos rincones de esta geografía.
El carnet que será exhibido en el museo
El carnet que será exhibido en el museo
Le contamos que no es fácil encontrar las huellas de la guerra en un país que parece crecer sobre sus heridas, que no hemos visto ni un signo de hostilidad ni rencor, aunque los casos personales están a menos de una generación de distancia. Que entre los pliegues del apabullante progreso que cantan sus estadísticas y demuestran las monumentales obras que brotan como hongos sobrevive una economía básica. Que los hábitos del consumo llegaron antes que los de la democracia; que los niños practican inglés con los extranjeros y, una vez encendida, nada detiene la mecha de la curiosidad. Que la diversidad de creencias religiosas, mitos y supersticiones apabulla, pero todas mantienen en el pináculo a los ancestros. Que qué rara circunstancia a la que nos expone nuestro padre, en este homenaje en unas circunstancias y en un lugar tan ajenos.
Siguen nuestros comentarios hasta la entrada del museo, adonde entramos para conocerlo antes del acto. Llegamos hasta el tercer piso y nos detenemos en la sala donde está expuesto el trabajo de 133 fotógrafos muertos en la guerra. En unas horas a se incorporará Ignacio a ese pabellón.
Todavía estamos ahí cuando se oye un trueno y el cielo cae a plomo en un aguacero tan copioso que no distingue gotas, como un baldazo uniforme e infinito. "Empezó la temporada de lluvia", nos avisan. Ante nuestra consternación, agregan: "Es bueno, limpia el aire".

E. E.

lunes, 18 de septiembre de 2017

GUILLERMO DELLEPIANE; HÉROE DE LA PATRIA


Tenía veinticuatro años, volaba a ras del mar y estaba a punto de bombardear un destructor y una fragata misilística.
Le decían Piano porque se llamaba Guillermo Dellepiane, y era alférez en una fuerza que no tenía héroes ni próceres porque jamás había entrado en combate. Se trataba de la primera misión de su vida y acababa de despegar de Río Gallegos.
Su padre se había muerto sin poder cumplir el sueño de realizar en el terreno de la realidad lo que a lo largo de toda su carrera había simulado hacer: la guerra del aire.
Tan inquietante como entrar en batalla debe de resultar el hecho de consagrar una vida a un acontecimiento que no ocurrirá.
Guerreros de la teoría y el entrenamiento, muchos cazadores se reciben, se desarrollan y se retiran sin haber cazado jamás una presa verdadera.
El padre de Piano , cerca de la jubilación, había muerto hacía dos años en un accidente absurdo, cuando se derrumbó un ala del edificio Cóndor.
Volando hacia el blanco en un A-4B Skyhawk, el hijo venía a cumplir ahora la escena deseada y urdida por el fantasma de su padre.
Era el 12 de mayo de 1982 y una escuadrilla de ocho aviones argentinos avanzaba en silencio de radio hacia dos barcos británicos.
Los cuatro primeros iban adelante y dispararían primero. Los cuatro halcones de atrás, a una distancia prudencial, tendrían una segunda oportunidad o entrarían a rematarlos.
Para Piano, era una misión iniciática, la última lección de un profesional de la guerra: la guerra misma. Hasta entonces todo habían sido aprendizajes y pruebas.
Alférez es el primer escalafón de los oficiales, y Dellepiane ni siquiera había experimentado el reabastecimiento en vuelo, una compleja operación que en este caso consistía en acercarse volando a un Hércules, encajar la lanza de la trompa del A-4B en la canasta de combustible y cargar tanques para seguir viaje.
Muchos fallaban en ese intento: se ponían nerviosos y no podían meter la lanza. “Mirá si yo no puedo, es una vergüenza”, se decía. Estaba más preocupado por ese bochorno que por la muerte.
Pero cuando tuvo al Hércules frente a frente no falló, y rápidamente se unió a su jefe, un primer teniente, que ordenó bajar a menos de quince metros de las olas y avanzar a toda máquina. Volaban tan bajo que dejaban estelas en el mar.
Evadiendo misiles
Con el alma en vilo escucharon que, cinco minutos antes de llegar al blanco, los primeros cuatro aviones atacaban. En el horizonte no se veía nada pero Piano se dio cuenta en seguida de que a sus compañeros no les había ido muy bien.
En dos minutos supieron que tres aviones habían sido alcanzados por la artillería antiaérea y que habían sido derribados en medio de hongos de fuego y estampidos de agua. El cuarto avión regresaba por las suyas.
El sol volvía espléndido un día negro. Negrísimo. Piano vio de repente los buques enemigos. Eran efectivamente dos y les estaban disparando.
En ese momento no pensaba en la patria ni en Dios, sólo veía con una cierta incredulidad esa película fantástica y en technicolor. La veía como si él no fuera parte de ella.
Era un espectáculo corto y alucinante pero sin ruidos, porque en la cabina no se oía nada.
Fueron fracciones de segundos: Piano contuvo el aliento verificando la velocidad y la altura, y en el momento exacto en el que pasaba por encima de uno de los dos barcos, mientras recibía y eludía disparos de todo tipo, apretó el botón y soltó una bomba de mil libras.
Las bombas impactaron en el destructor y le abrieron agujeros horribles y definitivos.
Quedó fuera de servicio, pero eso Piano lo supo mucho después porque en ese instante lo único que pudo hacer fue salir rápido de la ratonera evadiendo misiles y huyendo a toda velocidad.
Cuando una escuadrilla dispara, los aviones se dispersan y cada uno regresa como puede. El joven alférez se sintió solo unos minutos pero de pronto divisó la nave de su jefe y la alcanzó.
No podían hablarse, porque las navegaciones aéreas eran en silencio, pero volaban juntos, como hermanos, a una distancia de doscientos metros uno del otro, con el infierno atrás y el continente adelante.
Habían cumplido y volvían con la gloria; era una extraña y grata sensación.
Hasta que de repente un proyectil rasante surgido de la niebla pegó en un alerón del avión del primer teniente.
Fue un golpe mortal a velocidad infinita que le hizo dar una vuelta de campana, pegarse contra la superficie del océano y explotar en mil pedazos. Todo en un pestañeo de ojos. Piano lo vio sin poder creerlo pero sin dejar de apretar el acelerador.
Descendió todavía más y prácticamente aró el mar con un gusto metálico en la boca. Dependía emocionalmente de su jefe.
Había bajado por un momento la guardia, pensando “me va a llevar a casa”, pero ahora estaba solo y desesperado. Ahora dependía únicamente de su propia pericia, o de su suerte.
Voló un rato de esa manera, huyendo del diablo, y luego, cuando estuvo seguro de que no lo seguían, avisó al Hércules C-130, que los cazadores le llaman “La Chancha”, e inició el ascenso.
“La Chancha” puso la canasta y sin perder el pulso el joven alférez empujó la lanza y recargó combustible. Después voló el último tramo casi a ciegas: el mar había formado una gruesa capa de salitre en el parabrisas del avión.
El salitre de la desolación le nublaba a Piano los ojos. Lo más duro era entrar en la habitación de un compañero muerto, juntar su ropa, hacer su valija y dejarla en el vestíbulo del hotel donde pernoctaba su escuadrón.
Ese ritual lo esperaba en Río Gallegos al final de aquel día en el que finalmente había tenido su bautismo de fuego en el Atlántico Sur. Los dioses, como decía la vieja sentencia griega, castigan a los hombres cumpliéndoles los sueños.
En los años sucesivos sólo recordaría esa primera misión. Y la última. En el medio únicamente quedaban vuelos de reconocimiento, incursiones en la zona del Fitz Roy, nervios terribles y más caídos y duelos.
También el ánimo de los mecánicos, que siempre despedían a los pilotos de combate con banderas y aclamaciones, y el regreso de la base al hotel que, con éxito o sin éxito, con muertos o sin ellos, hacían en un jeep o en una camioneta Ford F100 cantando canciones contra los ingleses.
No tenían, por supuesto, la menor idea de cómo iba la guerra. Y cuando los trasladaron a San Julián sufrieron cierta tristeza: ocuparon una hostería y anduvieron por esa pequeña ciudad en estado de alerta total.
No eran muy supersticiosos, pero tenían cábalas y de hecho no se sacaban fotos entre ellos porque creían instintivamente que eternizarse en esas imágenes significaba un pasaje directo hacia la desgracia.
Nada pensaron, sin embargo, de aquella misión en día 13: estaba nublado y frío, y a Piano y a sus compañeros les ordenaron partir hacia las islas. Decían que los ingleses habían desembarcado y que se luchaba cuerpo a cuerpo en tierra.
Los A-4B llevaban bombas, cohetes y cañones. Piano estaba, como siempre, ansioso. Aunque esa ansiedad solía terminarse cuando lo ataban en la cabina y había que salir al ruedo.
Los nervios entonces desaparecían, como el torero que siente un nudo en el estómago hasta que baja a la arena y enfrenta con su capote al toro.
Pero el despegue no fue tan fácil. Se rompieron unos caños de líquido hidráulico y hubo que buscar a mil quinientos metros un avión gemelo.
Al alférez lo desesperaba que su escuadrilla partiera sin él, de manera que se subió al otro A-4B y empezó el rodaje sin cargar el sistema Omega, que permitía coordinar y volar con precisión.
Piano no quería quedarse en San Julián, y como los suyos ya se habían marchado llamó al jefe de la segunda escuadrilla y le pidió permiso para plegarse a su grupo. Le dieron el visto bueno y despegó sin tener bien configurado el avión.
Ascendió y buscó entre las nubes el rumbo, y encontró en un momento al Hércules, que llevaba doce hombres y tenía la orden de no entrar en la zona de la batalla ni quedar al alcance de los misiles enemigos por ningún motivo.
Cargó combustible y siguió a su guía por el norte de las islas Malvinas, luego tomó dirección Este a vuelo rasante y hacia el Sur bajo chaparrones.
Y se sorprendió al escuchar que el operador de radar de las islas preguntó si había aviones en vuelo. El jefe de la formación le respondió con un pedido, que les proporcionaran las posiciones de las patrullas de Sea Harriers.
Cuando llegó el informe verbal los pilotos argentinos sintieron un escalofrío. Había cuatro patrullas en el aire y una quinta al norte del estrecho de San Carlos.
El cielo estaba infestado de aviones ingleses. Era una trampa mortal, y la lógica indicaba regresar de inmediato al continente.
Pero ya estaban a cinco minutos del objetivo y el día se había despejado, y entonces el guía tomó la resolución de seguir. Después descubrirían que estaban atacando un enorme vivac armado por los ingleses en Monte Dos Hermanas.
Más de dos manzanas con carpas, containers y helicópteros, un campamento desde donde dirigía la guerra el general Jeremy Moore.
Todo ocurría en el término de minutos. Los A-4B iban a ochocientos kilómetros por hora y a veinte metros de distancia entre unos y otros. Los pilotos temían que una fragata misilística les cortara el paso antes de llegar al blanco.
No llevaban armamento para atacar un buque; las bombas tenían espoletas para objetivos terrestres.
Por la gran movilización de helicópteros de esa zona los generales de Puerto Argentino habían conjeturado que allí podía estar el mismísimo centro de operaciones de los británicos. Y no se equivocaban.
Las cartas de vuelo decían que el ataque debía hacerse a las 12.15.
Y faltaban dos minutos. Los cazadores pasaron por encima de la bahía San Luis y el operador del radar de Malvinas les advirtió que los Harriers los habían detectado y que ya convergían sobre ellos.
Cuando faltaban un minuto y veinte segundos la escuadrilla casi despeinó a un soldado inglés que subía una loma.
Ahora los aviones, en la corrida final, volaban pegados al suelo. Más allá de la elevación apareció el campamento. Y Jeremy Moore evacuó su carpa un minuto antes de que le cayeran los obuses.
Dellepiane lanzó sus tres bombas de 250 kilos, provocó destrozos, y percibió que les tiraban con todo lo que tenían. Desde misiles y artillería antiaérea hasta con armas de mano.
Era un festival de fuegos artificiales. Y casi todos los pilotos se desprendieron de los tanques de reserva y de los portamisiles e hicieron una curva para regresar por el Norte, cada uno librado a su inteligencia.
Piano voló haciendo maniobras de elusión y acrobacias, y sintió impactos en el fuselaje. Era otra vez un espectáculo increíble y aterrador.
A la altura de Monte Kent se topó con un helicóptero Sea King en pleno vuelo y le disparó. Salieron dos proyectiles y se le trabó el cañón, pero una bala pegó en las palas y obligó al piloto inglés a un aterrizaje de emergencia.
Enseguida, por la izquierda, vio que pasaban dos bolas de fuego que iban directamente hacia el avión de su teniente, así que le gritó por la radio “Cierre por derecha” y siguió virando hasta ver que los misiles pasaban de largo y se perdían.
Más adelante se topó con otro Sea King y volvió a intentar dispararle, pero también fue en vano: el cañón no se destrababa.
Así que en el último instante levantó el Skyhawk y pasó a centímetros de las aspas del helicóptero para evitar que el piloto de casco verde lo liquidara con su gatillo.
Fue más o menos en ese instante cuando se dio cuenta de que estaba sucediendo algo inesperado: se estaba quedando sin combustible. Un proyectil le había perforado el tanque, y tenía sólo 2000 libras.
Precisaba más del doble para alcanzar la posición de “La Chancha”. Pero no pensaba en ese momento crucial en llegar a ningún lado sino en escapar del acoso de los Harriers.

Se desprendió entonces de los portamisiles y siguió volando un trecho pidiéndole al radar de Malvinas que le dijera, sin tecnicismos y con precisión, dónde estaban sus verdugos.
Los Harriers volaban a una distancia considerable, así que ya sobre el norte del estrecho San Carlos dudó sobre si debía eyectarse en la isla o tratar de llegar al Hércules.
Sus maestros, en las lecciones teóricas, le habían recomendado siempre que en una situación semejante intentara regresar. Eyectarse significaba perder el avión y caer prisionero.
Cruzar significaba enfrentar el riesgo de no lograrlo y terminar en el mar. Si caía no podría sobrevivir más de quince minutos en las aguas heladas, y no había posibilidades operativas de que ninguna nave pudiera rescatarlo a tiempo.
Sus compañeros, por radio, trataban de darle consejos y sacarlo del dilema. Pero su jefe tronó: “Déjenlo a Piano que decida”. Y entonces Piano decidió.
Salió a alta mar, se puso en la frecuencia del Hércules y comenzó a conversar con el piloto que lo comandaba.
Dos hombres hicieron ese día caso omiso a las órdenes de los altos mandos: el piloto de “La Chancha” salió de su posición de protección, entró en la zona de peligro y avanzó a toda máquina al encuentro del A-4B de Piano , y un oficial de San Julián tuvo un arrebato, se subió a un helicóptero y se metió doscientas millas en el mar a buscarlo, un vuelo completamente irregular y arriesgado que no ayudaba pero que mostró el coraje suicida del piloto y la desesperación con que se seguía en tierra la suerte de aquel cazador herido de combustible que intentaba volver a casa.
El alférez escuchó “Vamos a buscarte” y trató de mantener el optimismo, pero el liquidómetro le indicaba a cada rato que no conseguiría salir vivo de aquel último viaje.
“¿A qué distancia están?” -preguntaba cada tres minutos-. “¿A qué distancia están?” La radio se llenaba de voces: “Dale, pendejo, con fe, con fe que llegás”.
El alférez sacaba cuentas sobre la cantidad de combustible, que se extinguía dramáticamente, y pronosticaba que se vendría abajo. Y sus oyentes redoblaban los gritos de aliento: “¡Tranquilo, pibe, con eso te alcanza y sobra!”
Sabía que le estaban mintiendo. Cuando llegó a 200 libras se dio por perdido. De un momento a otro el motor se plantaría y se iría directamente al mar. Comida para peces.
Cuando llegó a 150 libras recordó que eso equivalía, más o menos, a dos minutos de vuelo. “¡No me abandonen!” -los puteó, porque había silencio en la línea-. De repente el piloto del Hércules C-130 creyó verlo, pero era un compañero. Piano pasó de la euforia a la depresión en quince segundos.
No rezaba en esas instancias, sólo le venían relámpagos del recuerdo de su padre. El fantasma estaba dentro de aquella cabina, metido en sus auriculares.
“Dame una mano, viejo”, le pedía guturalmente, con las cuerdas vocales y con los ventrículos del corazón.
El liquidómetro marcó entonces cero, y de pronto Piano escuchó que lo habían divisado y vio por fin a “La Chancha”. La vio cruzando el cielo, hacia la derecha y bien abajo.
Le pidió al piloto que se pusiera en posición y se largó en picada sin forzar los motores, planeando hacia la canasta salvadora.
Cuando la tuvo enfrente le dio máxima potencia con una lágrima de combustible en el tanque y al ponerse a tiro pulsó el freno de vuelo y metió la lanza. Todos atronaban de alegría en la radio y se abrazaban en tierra.
Piano también gritaba, pero quería abastecerse rápido, retomar el control y regresar a San Julián por su propia cuenta. Pronto descubrieron que eso no era posible. Todo el combustible que entraba, pasaba al tanque y caía por el orificio.
“Quedate enganchado”, le dijo el piloto del Hércules. No tenían alternativa. Volaron así acoplados el resto del camino, perdiendo combustible y con el riesgo de una explosión o de no llegar a tiempo.
Fue otra carrera dramática hasta que vieron el golfo y luego la base. Entonces el A-4B se desprendió y chorreando líquido letal buscó la pista. Piano intentó bajar el tren de aterrizaje pero la rueda de nariz se resistía.
Estaba todo el personal de la base de San Julián esperando, y él dando vueltas, dejando estelas de combustible de avión y tratando de lograr que esa maldita rueda bajara.
Finalmente bajó, y el alférez aterrizó, se desató rápido, se quitó el casco, saltó al asfalto y se alejó corriendo del enorme lago de combustible que se formaba a los pies del A-4B.
Medalla al valor
Hubo fiesta hasta tarde y felicidad desenfrenada en San Julián. Como Piano se consideraba vivo de milagro se tomó muchas copas y tuvieron que acompañarlo hasta su habitación: se durmió con una sonrisa y se despertó muy tarde.
Era el 14 de junio de 1982 y sus compañeros le informaron que la Argentina se había rendido.
Gracias a una licencia providencial, dos días después ya estaba en Buenos Aires. La ciudad permanecía hundida en la ira y en la depresión. Y también en la indiferencia.
Cualquiera que se cruzaba con Piano se le acercaba con precaución y al rato le pedía que contara todo lo que había vivido. Pero Piano no tenía ganas de contar nada.
Durante años soñó con aquellas piruetas mortales, aquellos vuelos rasantes, aquellas muertes: insomnio pertinaz y espectros atemorizantes que lo perseguían como Sea Harriers impiadosos.
Le dieron la Medalla al Valor en Combate, y se mantuvo dentro de la Fuerza Aérea haciendo una callada carrera con foja intachable y mucha capacitación profesional. Hace dos años fue enviado como agregado aeronáutico a Londres.
Los ingleses lo recibieron como un gran guerrero. En la misma tradición de Wellington y de Napoleón, los ejércitos europeos aún practican el honor para sus antiguos y respetables enemigos.
Las aspas atravesadas del Sea King que había derribado Piano en Monte Kent están en el Museo de la Royal Navy, y el helicopterista que conducía aquel día está vivo pero retirado.
Piano consiguió su teléfono y conversó afectuosamente con él. “Me alegra no haberlo matado”, se dijo.
Los veteranos ingleses que lucharon en el Atlántico Sur tienen un enorme respeto por los aviadores argentinos.
Y sienten nostalgias por aquellos tiempos: “Fue la última guerra convencional -dicen-. Unos frente a los otros por un territorio concreto. Hoy todo se hace a distancia, metidos en terrenos sin fronteras definidas y por causas borrosas, con terrorismos atomizados y combatientes religiosos eternos. Con esos enemigos al final no podemos juntarnos a tomar una cerveza”.
Aquel alférez, convertido en comodoro, fue invitado una tarde a entregar un premio en la escuela de aviación de la RAF. Por la noche, los pilotos de guerra recién recibidos y sus señores oficiales cenaban en un salón majestuoso de mesas larguísimas.
Piano ocupó un lugar privilegiado, y el director de la escuela pidió silencio y habló del piloto argentino.
Se sabía su currículum bélico de memoria y en su discurso mostraba el orgullo de tener esa noche a un hombre que había luchado de verdad contra ellos.
El jueves pasado Guillermo Dellepiane asumió como director de la Escuela de Guerra Aérea en Buenos Aires. Ocupa un despacho en el Edificio Cóndor, donde murió su padre. Piano es ahora un cincuentón bajo y gordito.
Se le cayó el pelo, es sumamente cordial y tiene un pensamiento moderno, y por supuesto en la calle nadie lo reconoce. Nadie sabe que forma parte de la hermandad del honor, y que es un héroe imborrable de una guerra maldita.

martes, 2 de febrero de 2016

JUAN CRUZ AMERICE; HÉROE ARGENTINO



Juan Americe, hijo de un bombero voluntario, reanimó a una beba atropellada por delincuentes

"Dame un rato, no comí nada en todo el día", pide casi con culpa. Y es que los últimos días de Juan Cruz Americe fueron frenéticos, emotivos, y jamás los olvidará. El joven de 15 años, que el martes último salvó a una beba de siete meses que había sido atropellada en brazos de su madre por un grupo de delincuentes que huían de la policía, vive una semana de celebridad impensada.
Hijo de un bombero voluntario de Loma Hermosa enseguida adoptó al cuartel de bomberos como su segundo hogar. De pequeño supo que seguiría el mismo camino: el de salvar vidas ajenas. Muy pronto el destino le daría la primera oportunidad.
Una foto con sólo seis años, el uniforme que le sobra por todos lados, pero la actitud de un verdadero bombero ocupa un lugar privilegiado en casa de sus tías, donde Juan duerme varias veces a la semana. Ama compartir tardes con sus primos y su abuela. El resto del tiempo lo divide entre la casa de su madre y sus otros hermanos, y la del padre.


"Lo llevo en el alma el ser bombero", reconoce sin timidez. Y en la familia no pueden más que coincidir. Cuentan que su madre es igual, solidaria con todos. Sus hermanos, Morena y Diego, son chicos y no entienden del todo lo que pasa, pero lo miran con orgullo; perciben que su hermano algo hizo bien.
La tarde del martes había acompañado a su tía Sonia a hacer unas compras a la vuelta de su casa. Cuando se despidieron, Juan siguió camino con su primo y un amigo hacia la panadería. Pero no llegó: un increíble concierto de bocinas y sirenas lo hicieron frenar en seco para ver lo que nunca habría querido: un auto que hacía volar por el aire a una mujer y a una beba. Sin dudarlo, corrió hacia ellos. "Los chicos salieron corriendo, asustados, pero él enseguida fue a ayudar, instintivamente", relata Sonia.
Se quitó la remera, la dobló y en ella tomó a la beba. "Creí que estaba muerta, porque no respiraba", cuenta. Se paró en medio de la avenida Márquez intentando frenar un auto que los auxiliara, pero con impotencia notaba que todos seguían de largo. Finalmente un patrullero los llevó hasta el hospital Eva Perón. En el camino, Juan le realizó las maniobras de resucitación cardiopulmonar (RCP) que había aprendido en el cuartel. Como en la guardia no le prestaron atención, subió a zancadas las escaleras hasta la sala de Pediatría. Ahí la doctora lo felicitó.


Juan desfila sin cesar por canales de TV, radios y entrevistas varias. Poco a poco va saliendo del shock. Su familia cuida que no sufra un episodio de epilepsia, por la cual se trata desde hace años. Pero él habla con calma, con su gorra de los Boston Celtics hacia atrás y las zapatillas negras de básquet embarradas de tanto entrar en la casa de Roxana, la madre atropellada, quien se recupera poco a poco. Es amable con todos, cuenta la historia mil y una vez y confiesa, con una mezcla de pudor y orgullo, que los padres ya lo eligieron como padrino de la beba.
Y es que la gratitud es inconmensurable: "Tanto agradecimiento es demasiado para él", dice Roxana. Aunque vivían apenas a tres cuadras de distancia, no se conocían. A partir de hoy serán inseparables. Juan los visita a cada momento, está pendiente de su evolución y no se cansa de maldecir la mala suerte que corrieron esas mujeres. Como todos, en el barrio, reclama justicia para ellas y que los acusados vayan a la cárcel.
"Lo único que me importa es que la beba esté bien, porque es un milagro lo que pasó", dice Juan Cruz. Su familia cuenta que en el momento no paraba de llorar, angustiado: "Estaba shockeado, es un chico de 15 años", justifica su tía Natalia, como si hiciera falta. Amante de la mecánica y de Racing Club, hasta el martes sus días eran los de un adolescente común, aunque con un sentido del deber y una solidaridad poco comunes.


"El lunes que viene va a ver a la gobernadora Vidal y a la ministra Bullrich", cuenta orgullosa su tía Natalia. El intendente de San Martín, Gabriel Katopodis, también le dará un reconocimiento por su heroísmo. Pero todo parece poco. Juan, a sus 15 años, no quiere medallas, sólo quiere ayudar, quiere ser un buen bombero.