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jueves, 9 de enero de 2020

HECTOR GUYOT, OPINIÓN


Un país que elige vivir en el engaño

Héctor M. Guyot
La reconciliación con Cristina Kirchner obligó al Presidente a cambiar muchas de sus convicciones. Es un hombre inteligente y pega la pirueta con habilidad. Sus nuevos enfoques sobre viejos asuntos parecen fruto de profundas cavilaciones. Despliega sus argumentos con paciencia pedagógica, como un devoto de la razón, hasta arribar a conclusiones que aparentan la solidez de un teorema matemático. Pero el estilo no lo puede todo. El archivo ofrece contundentes muestras de que, durante el interregno en que se emancipó del kirchnerismo, Alberto Fernández sostuvo exactamente lo contrario de lo que dice hoy con el mismo tono doctoral y la misma elocuencia.
Así ha sido hasta aquí en cada uno de los temas judiciales que tienen a mal traer a la vicepresidenta, sobre quien ya pesan nueve causas por corrupción elevadas a juicio oral. En asuntos de Justicia, Fernández se ve compelido a ensayar un doble salto mortal sin red que, además de consagrar la impunidad, degrada el valor de su palabra. Un costo nada desdeñable para un presidente recién llegado que se declaró defensor del diálogo y ha asumido la tarea de sacar al país de una crisis profunda.
En estas cuestiones, las principales amenazas para los planes conjuntos del Presidente y su vice quizá vengan de afuera. Eso sugiere el estreno de Nisman: el fiscal, la presidenta y el espía, un documental dirigido por un cineasta inglés que Netflix puso en pantalla esta semana. Aquí el pasado irrumpió en el presente con una fuerza inusitada. Tanta, que el Presidente tuvo que salir a desmentirse a sí mismo para que su testimonio en la serie, grabado en 2017, no desentonara con la melodía que debe cantar ahora. Entonces dudaba de que el fiscal se hubiera suicidado, pero el miércoles afirmó que las pruebas no permiten pensar que se trató de un asesinato. Además de desestimar el peritaje de la Gendarmería, que concluye que hubo un homicidio y será ahora objeto de un ataque oficial, deslizó por las dudas una rara defensa explícita de la expresidenta: si se tratara de un crimen, ella "debía ser ajena al hecho" por tratarse de "la única perjudicada".
El documental muestra algo más que las contradicciones del Presidente. Al ofrecer una reconstrucción coral de lo ocurrido desde el atentado contra la AMIA, con el foco puesto en la muerte del fiscal que denunció a Cristina Kirchner por encubrimiento de los iraníes acusados del ataque, el trabajo desnuda los graves problemas con la verdad que arrastra la sociedad argentina. Después de 25 años, poco y nada se sabe del atentado que en 1994 terminó con la vida de 85 personas, así como tampoco de la muerte violenta de Nisman aquel fin de semana de enero de 2015. Lo que hay es un cuarto de siglo de expedientes y audiencias que no conducen a nada, de formalismos judiciales que quedan en parodia y dejan todas las preguntas abiertas, pues la verdad no parece ser siquiera una aspiración de los magistrados y la impunidad es asumida desde el vamos como la resignada suerte de toda causa que involucre al poder.
La orfandad judicial produce un daño enorme. El espacio vacante que dejan las instituciones que deben aplicar la ley es ocupado por la división y la grieta. En medio de la falta de certezas, el poder instala versiones interesadas que alientan la impunidad y polarizan a la sociedad, como se ve en el documental. Quedan entonces enfrentados quienes dicen que al fiscal lo asesinaron y aquellos que insisten en la hipótesis del suicidio, en una pulseada cuya dinámica tiende a radicalizar las posturas y a alejar la verdad de los hechos. También, el ánimo que se requeriría para aceptarla.
Pero el asunto excede lo judicial. El documental, que ofrece la reveladora mirada de agentes de la CIA y el FBI que actuaron en el caso AMIA, refleja a un país inmaduro y atravesado por fuertes intereses ocultos, muy proclive a vivir en el engaño. ¿Por qué una sociedad, o buena parte de ella, rechaza la verdad? ¿Por qué, en tantas cosas y de tantos modos, buscamos refugio en la ilusión o la mentira? Vivir en un cuento habilita un espacio de irresponsabilidad que permite desentenderse de lo que sucede o adjudicar a otros la causa de nuestros padecimientos. Vivir en la fantasía abre la puerta a los fabuladores y las soluciones mágicas. El principal problema de la Argentina, aquel que nos condena al eterno retorno de lo mismo, no es la economía. Sin verdad desaparecen las normas y se impone el más fuerte, en todos los órdenes. Sin verdad no hay posibilidad de vida en común.
Como se sabe, el Gobierno puso soldados de la vicepresidenta en los cargos que determinan el funcionamiento de la Justicia. Esta semana Hugo Alconada Mon informó, por otra parte, que el FBI seguirá investigando a los exfuncionarios kirchneristas que lavaron dinero sucio en el exterior. ¿Tendrán que venir otros, de afuera, a confrontarnos con la verdad? ¿O seremos capaces de asumirla por nuestra cuenta?

jueves, 1 de septiembre de 2016

LA BELLA PÁGINA DE HECTOR GUYOT


En estos días miramos embelesados a hombres y mujeres que corren como gacelas, que vuelan sin peso de una barra a la otra, que juegan con la ley de gravedad en su viaje del trampolín al agua o que lo dejan todo en competencias agónicas. 



¿Por qué nos atraen tanto los Juegos Olímpicos? Más allá del entretenimiento y el fervor patrio, más allá de la belleza coreográfica de cuerpos entrenados en disciplinas muy exigentes, sospecho que hay una razón más inasible.

En tiempos líquidos donde todo vale lo mismo, los Juegos ofrecen al espectador la posibilidad de recuperar algo que quedó en desuso: la creencia de que la vida tiene (o puede tener, si se lo otorgamos) un sentido.

En estas lides, eso se cumple cuando alguien que consagró su existencia a una determinada disciplina es capaz de hacer cosas vedadas al resto de los mortales y cierra el círculo de tanta dedicación y esfuerzo con una medalla colgada del cuello, símbolo que condensa la trayectoria de una pasión que primero habrá sido juego, después carrera deportiva y al final metáfora de la vida.
Lo que digo es que en los Juegos queremos ver deporte, pero también algo más. A ese algo más yo lo encontré en la emoción de Del Potro y en la felicidad de Santiago Lange. Tras derrotar a Djokovic y a Nadal, Del Potro festejó sendos triunfos, pero su alegría, sus ojos colgados del cielo, celebraban algo mayor y más íntimo.


Esos partidos tuvieron una dimensión deportiva, pública, y otra más secreta y vital, imposible de traducir en palabras. Esa otra dimensión se impuso incluso tras perder el oro con Murray: la emoción y la gratitud estaban intactas.
Mejor hubiera sido un triunfo, claro, pero hacía falta una derrota para demostrar que lo deportivo, ganar, es secundario. Lo importante es la otra historia, la que se oculta en el revés de la trama, la invisible, la que preserva el sentido. Así lo intuyó la gente.
En el caso de Lange, la felicidad se condensó en la lágrima que dejó escapar mientras, desde el podio olímpico, escuchaba en plena ceremonia el himno argentino. Lloraba por el triunfo, por ese oro que habían conseguido con Cecilia Carranza, pero también por algo más. En una entrevista, Lange soltó unas palabras que acaso ofrecen una pista de lo que encierra esa otra trama: “La vida es maravillosa. Soy un agradecido”. Se completa el círculo. Se cumple un destino.
Se sabe que Lange acaba de superar un cáncer. Que tiene 54 años y que compitió contra muchachos a los que dobla en edad. Que dos de sus hijos participan también en los Juegos y compartieron la experiencia con él.
Esa lágrima contenía todo eso, seguro. Pero el origen de esa emoción se remonta mucho más atrás, cuando un chico desgarbado y de grandes anteojos empezaba a vivir en silencio su pasión por los barcos mientras sus compañeros de colegio, más predecibles, corrían todos detrás de una pelota de fútbol. Esto me consta. Hice con Santiago toda la primaria y buena parte del secundario.
En aquellos años sabíamos que ese chico callado y amable era también dueño de una firme determinación. Tenía su mundo en el río. Un mundo solitario de vientos y velas. De todos modos, me sorprendí cuando, a los 15, se consagró campeón argentino de la clase Optimist. Teníamos entre nosotros a un campeón, pero él, como si nada.
Esto lo acompañaría siempre: jamás hizo alarde de sus logros. Aun hoy, cuando los ex compañeros de colegio nos reunimos, hay que insistir para que cuente por dónde anduvo navegando o compitiendo. Yo le envidio en secreto sus viajes y ese rostro marcado por la intemperie y los elementos, que habla de su vida de navegante.
En esos encuentros entre amigos de toda la vida nos ha contado, antes y después de otras Olimpíadas, los esfuerzos por llegar a competir mejor y la precariedad de medios en la que solía encontrarse respecto de sus rivales del Primer Mundo. Nunca una queja. Siempre estuvo acostumbrado a luchar.
Y a hacer sacrificios. Era el primero en irse de las fiestas de nuestra adolescencia: debía madrugar para ir a entrenar. A veces, de puro agotado, te lo encontrabas dormido en un sillón.
Esa obstinación lo fue forjando a lo largo de los años y hoy es parte de él. Otra lección de Santiago: el éxito llega como consecuencia del amor por lo que se hace, y no al revés.
Vamos por la vida tratando de encontrar un sentido. Los deportistas como Lange nos recuerdan que el sentido es construcción y está en nosotros sostenerlo, como una antorcha.
También, que el verdadero triunfo es siempre una experiencia interior y no depende de medallas. Importa el trayecto, no el orden de llegada. Pero, siempre, hay que soltar amarras y salir al mar.