Mostrando las entradas con la etiqueta HECTOR M. GUYOT ANALIZA. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta HECTOR M. GUYOT ANALIZA. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de julio de 2020

HECTOR M. GUYOT ANALIZA,


Impunidad y venganza son lo mismo
El punto de vista de Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot

Con el ardid de inculpar a quienes mostraron y denunciaron la corrupción del kirchnerismo, Cristina Kirchner busca venganza e impunidad al mismo precio: en un solo gesto, se desquita de ellos y esconde sus propios pecados. Hasta ahora nadie ha podido ocultar un elefante detrás de un pocillo de café, pero conviene no subestimarla. Tiene poder como para que cínicos, advenedizos y miedosos no vean al paquidermo aunque lo tengan frente a sus ojos. También, un relato sugestivo que, repetido hasta el hartazgo por sus seguidores y trolls, crea una ficción alienada que desplaza la realidad.
La lucha del kirchnerismo no es contra la oposición, sino contra la verdad y el sistema democrático. Pervirtiéndolo, la vicepresidenta pretende evitar que se repita lo de 2015. Es decir, perder unas elecciones y dar paso a la alternancia, que implica rendir cuentas. Esa parece su obsesión. Pero el país no es Santa Cruz. Por eso, aun en medio de una cuarentena que causa sufrimientos enormes a la población, avanza con artillería pesada contras dos instituciones claves de la democracia republicana. La Justicia y el periodismo son su piedra en el zapato. Dicen lo que la señora no quiere escuchar y no puede permitir que se diga: que el rey está desnudo.
Llevado al extremo, extraviado y sin contrapesos, el poder es eso: que te pongan frente a una manzana y te obliguen a decir que ves una pera. Hacer pasar la pobreza por prosperidad y los vicios por virtudes. Y, llegado un punto, que te lo creas.
Para neutralizar al Poder Judicial, el kirchnerismo abrió un frente fáctico y otro simbólico. Con la coartada de “democratizar la Justicia”, se lanzó a colonizarla mediante una tropa que no tiene reparos en ponerse la camiseta y liquidar un atributo esencial de una Justicia que merezca ese nombre: la imparcialidad. Los jueces militantes son un contrasentido que nos devuelve al medioevo. Justicia Legítima tiene unos 500 adherentes y delegaciones en todo el país. La señora puso a referentes de la agrupación en las jefaturas de la Agencia Federal de Inteligencia, la Oficina Anticorrupción, el Servicio Penitenciario Federal y en la administración de los fondos del Poder Judicial. Su fundadora, María Laura Garrigós de Rébori, podría llegar a la Corte Suprema (el objetivo final) si la reforma judicial en carpeta le abriera el camino.
Mientras, el kirchnerismo libra otra batalla en los tribunales. Las detenciones que ordenó el juez Villena, apartado ayer de la causa por “falta de objetividad y buena fe procesal”, parecen un calco de la Operación Puf que llevó adelante el juez Ramos Padilla en Dolores para desbaratar la causa de los cuadernos. Si hay espionaje ilegal, habrá que investigarlo. Pero de allí a construir la idea de una asociación ilícita que involucre a periodistas y a altas figuras del macrismo para tapar la que se investiga en Comodoro Py (venganza e impunidad a un tiempo) hay un trecho demasiado grande.
Como cortina de humo el intento resulta insuficiente. Otro secretario, además del de Macri, fue noticia en estos días. El fiscal Stornelli pidió la elevación a juicio de 26 testaferros del fallecido Daniel Muñoz, todos involucrados en un entramado de sociedades que compró y vendió inmuebles en Miami y Nueva York por 75 millones de dólares. Pocos días antes se supo que, con Lázaro Báez en la cárcel, Austral Construcciones lavó 200 millones de pesos usando como testaferros a cuidacoches, albañiles e indigentes, a quienes engañaron por unos pocos pesos o con promesas de planes sociales, de acuerdo a un fallo del juez Casanello. Detrás del pocillo de café, el elefante pisa fuerte y avanza en la causa de los cuadernos y en la que investiga la corrupción en la obra pública K, entre otras.
Así como necesita jueces parciales, la vicepresidenta quiere un periodismo militante, otro oxímoron kirchnerista. De allí la embestida contra la prensa. En la causa de Dolores, trataron de involucrar a Daniel Santoro. Ahora cargan contra Luis Majul, quien está siendo hostigado, y contra otros reconocidos periodistas de investigación. Oscar Parrilli, que habla en nombre de la vicepresidenta, llegó a comparar a Jorge Lanata con el represor Alfredo Astiz. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar el kirchnerismo duro? ¿El Presidente avala?
La Justicia y el periodismo corren velos de aquello que se pretende ocultar. En la recordada escucha legal que divulgó Majul, una Cristina Kirchner sin máscara propone apretar a jueces y humilla a un subordinado. En las causas de la obra pública y los cuadernos de las coimas hemos visto al rey desnudo y hemos señalado esa constatación sobre la base del peso de las evidencias y de los fallos judiciales. ¿Puede una sociedad volver a cerrar los ojos y seguir adelante, como quiere el kirchnerismo? Hacerlo implicaría aceptar el sometimiento y la humillación. El problema de la vicepresidenta es que hay jueces, fiscales y periodistas que, tal como un importante sector de la ciudadanía, no parecen dispuestos a tal cosa.

jueves, 5 de marzo de 2020

HECTOR M. GUYOT ANALIZA,


Un límite del que no se vuelve

Héctor M. Guyot
La marcha que acompañó el pedido de justicia de los padres de Fernando Báez Sosa resultó el hecho más impactante de la semana. Fue una convocatoria de la gente, hecha al margen de la política, a la que acudieron miles de personas. La Plaza del Congreso terminó cubierta por una verdadera marea humana. Entre los presentes palpitaban una fuerte indignación y el reclamo de castigo a los miembros de la patota que, a fuerza de golpes, terminó con la vida de Fernando aquella noche en Villa Gesell. A la luz de la prueba reunida, de las imágenes del castigo que le infligieron a la víctima, de los mensajes de Whatsapp que denotan la conciencia de lo que hicieron y la falta de remordimientos, uno podría suponer que la Justicia, tantas veces remisa, no necesita en este caso de la presión popular para dar curso al proceso y arribar a una sentencia. De todas formas, la gente estaba allí. 
Por Fernando y por esos padres que han quedado sin su hijo, en primer lugar. Sin embargo, es probable que cada cual haya llevado a la plaza, además, motivos más personales, más íntimos, más difíciles de articular.
Seguí el acto desde uno de los televisores de la Redacción del diario. Era fácil constatar, incluso a través de la pantalla, que la gente se había congregado por el fin de la violencia, lema de la cita. Como sociedad que tiene un respeto resbaladizo hacia las normas, convivimos con la violencia a diario, en distintas dosis y circunstancias. Donde no hay reglas, el otro resulta una amenaza, pues no se sabe qué esperar de él. Y la calle es una jungla donde prevalece el más fuerte o el más vivo, aquel que se anticipa y pega primero, el que roba una ventaja a los demás antes de quedar aventajado. Esa falta de ley impera también en la política. Apenas disfrazada, la hemos naturalizado. No es sencillo medir el impacto de esto en la cultura en la vida de todos los días, pero sin duda corroe el sentido, el para qué, una carencia que muchas veces se traduce en más violencia, en una espiral que se retroalimenta. ¿De qué otra forma explicar este crimen sin motivación, consumado mediante la descarga gratuita de agresiones que se ceban en sí mismas hasta acabar con la vida de un inocente?

Tal vez la Plaza del Congreso se haya llenado por la presunción de que el crimen de Gesell, que podría haberle tocado a cualquiera, marca un límite del que no se vuelve, así como la imperiosa necesidad de recuperar la racionalidad perdida. Con gran acierto, Alejandro Katz calificó la manifestación de “marcha moral”. Es decir, no se trata solo de una cuestión de seguridad. Esa tarde, frente al Congreso, la gente allí reunida lanzó una crítica al modo en que estamos viviendo. A la forma en que nos relacionamos. Este reclamo interpela a toda la sociedad y especialmente a los políticos, tanto del Gobierno como de la oposición.
Todo vale cuando se pierde el sentido y no hay ley. La violencia empieza por la palabra, el medio para entendernos en las diferencias. Más precisamente, cuando el poder la vacía de significado para convertirla en un arma a su servicio. “La guerra es la paz”, decía el gobierno totalitario en 1984, la novela de Orwell. Ese es el método que aplican los populistas de todo el globo. El día de la marcha, el Presidente lanzó una pieza de propaganda en la que se alinea disciplinadamente con la vicepresidenta. En ella, Alberto Fernández dice que, durante el gobierno de Macri, “el Estado de Derecho fue vulnerado sistemáticamente mediante la aplicación regional de las tácticas de persecución del lawfare”. Falso. A las causas contra el saqueo del kirchnerismo les sobran pruebas y constituyen una excepción ante la atávica pasividad de la Justicia argentina frente a la corrupción política. Luego, tras hablar de “armado de causas y detenciones arbitrarias” con la imagen de Milagro Sala detrás, el Presidente afirma: “A dos meses de gobierno, comenzamos a reparar los daños realizados. Estamos construyendo una Justicia independiente del poder político”. En verdad, están haciendo lo contrario. El listado de acciones que lo prueban no entraría en esta columna. Solo digamos que ese día Fernández retiró del Congreso unos 200 pliegos de candidatos a juez que había impulsado Macri, con el fin de eliminar a los que hubieran participado de alguna investigación sobre Cristina Kirchner y sus funcionarios.

La oposición, sin liderazgo ni organicidad, tampoco parece haber prestado oídos a la marcha del martes. Tras unas largas vacaciones de la política, Macri y María Eugenia Vidal están volviendo al ruedo, pero se mostraron más preocupados por sus propias acciones de marketing. El expresidente visitó a un chico internado en la ex-casa Cuna y Vidal rindió homenaje a una bonaerense de 100 años que volvió a la escuela. Hace falta otra cosa. La salud institucional del país exige una oposición de reflejos rápidos, articulada y decidida.
¿Cuánto tiempo ha de pasar para que los dirigentes escuchen y asuman el reclamo de la Plaza del Congreso?

martes, 25 de febrero de 2020

HECTOR M. GUYOT ANALIZA,


Mentime, que me gusta

Héctor M. Guyot
El gobierno actual nació de un acto marcado por una alta dosis de hipocresía. Y por partida doble. Aunque Alberto Fernández ha mantenido una cierta coherencia desde que asumió, resultan difíciles de olvidar las piruetas discursivas que dio tras cerrar el pacto que lo llevaría a la presidencia: su socia pasó de ser una traidora a la patria a encarnar la esperanza nacional. Por su parte, Cristina Kirchner simuló un paso al costado y se puso el traje de actriz secundaria: resultaba imperioso volver al poder y aliviar su gravísima situación judicial. En campaña, la verdadera naturaleza de ese acuerdo quedó velada por el discurso populista de los candidatos y la condescendencia mediática. Ahora, ese vicio de origen, que no fue obstáculo para resultar favorecidos por el voto, está empezando a pasar factura al Gobierno y al país.
La verdad acaba por aflorar. Eso es algo que los argentinos no aprendemos. Pareciera que vivimos cómodos en el engaño. Nos dejamos mentir y nos mentimos. Por ingenuidad, conveniencia o pereza, tendemos a creer que haciendo lo mismo de siempre vamos a obtener resultados distintos, así como esperamos que los que siempre hicieron las cosas de una manera esta vez las hagan de otra. Esa mezcla tan autóctona de hipocresía y voluntarismo, que la clase política ha sabido usufructuar, nos mantiene atados al fracaso.

La deuda es un buen ejemplo de nuestra tendencia a barrer la mugre bajo la alfombra. Hay aquí dos autoengaños flagrantes. El primero es la idea de que la Argentina resulta víctima de crueles usureros extranjeros que, en un sistema perverso, buscan que el país se desangre. Los usureros existen, qué duda cabe; el sistema financiero internacional fue entramado por aquellos que manejan la plata, que saben cómo inclinar la cancha. Pero no es verdad que la Argentina sea una víctima, como dieron a entender el Papa y el ministro de Economía, un técnico aparentemente bien intencionado al que le están enseñando a hacer la pausa para el aplauso populista. En todo caso, la Argentina es un rehén voluntario, condición que les debe al cinismo y la impericia de una clase dirigente que, a lo largo de décadas, ha edificado un Estado signado por la corrupción y el clientelismo.
Lo insostenible no es la deuda, sino el gasto público que la sostiene y eleva. Más allá de la necesaria inversión social, ese gasto tiene mucho que ver con la concepción del Estado como botín político (llenarlo de militantes y amigos, conceder prebendas y favores) y económico (robar de cuanta caja pública haya, en los tres niveles). De nuevo, el país no es la víctima de grandes potencias, sino de dirigentes que han desvirtuado la naturaleza del Estado al punto de convertirlo en un instrumento de sus privilegios mientras alrededor crecía la pobreza. Con el permanente tironeo por la torta entre las corporaciones instaladas, ¿qué queda para los excluidos?

Segundo engaño: creer que una exitosa renegociación de la deuda acaba con el problema y nos deja a las puertas del milagro argentino, ese que está siempre por llegar y nunca llega. Esquivar el default es imprescindible, pero no arregla nada. Por si hacía falta, lo comprobamos de nuevo con el préstamo que el FMI le dio a Macri. El déficit del Estado argentino no es circunstancial, sino estructural. Y está tan inscripto en nuestra cultura que nadie sabe cómo desarmar el monstruo, alimentado durante generaciones y fortalecido con anabólicos durante el gobierno de Cristina Kirchner. Nadie se atreve, tampoco. Más fácil, pedir plata o imprimir. Así, el delirio de vivir por encima de nuestras posibilidades (en nombre de los pobres) es pagado finalmente por los pobres mediante la inflación. Costos de la política, que no repara en costos.
También el engaño de origen empieza a mostrar fisuras. A pesar de ser la vicepresidenta, Cristina Kirchner parece estar más allá, por encima, como una suerte de diosa omnipresente que tiende sus hilos en silencio. Así, se ha quedado con el control de cajas y organismos fundamentales, en especial aquellos con los que acaso espera salvar los pruritos de Alberto Fernández en relación con un rápido despliegue del operativo impunidad. Cada vez que habla, en forma directa o a través de alguno de sus soldados, esmerila la autoridad o la gestión del Presidente, que resiste en sus posiciones, como en la disputa por los detenidos K, o se hamaca (polémica con el FMI). A la luz de los hechos de esta semana, la confrontación futura entre los socios parece inevitable y la convivencia en el poder, ilusoria.
La apuesta de la vicepresidenta es extrema. Pretende que el país tolere vivir en el relato: las causas de corrupción que se le siguen son fruto del lawfare, es decir, invento de medios "hegemónicos" y jueces venales para someter a una abanderada del pueblo. ¿Aceptará el país tal cosa luego de toda la prueba reunida y de las confesiones de tantos empresarios? ¿Viviremos con semejante nivel de hipocresía en sangre?

miércoles, 22 de enero de 2020

HECTOR M. GUYOT ANALIZA


El amor. Una sociedad menos dispuesta a aceptar los riesgos del querer

Héctor M. Guyot
Los sentimientos son intransferibles. Nadie puede ponerse la piel de otro. Sabemos lo que significan la alegría, la tristeza o la ira, pero de poco sirven esas definiciones generales para asomarnos a las emociones particulares y concretas de los demás. Solo podemos imaginar qué siente el otro en una determinada situación apelando a nuestra propia experiencia, que a su vez está destinada a quedar confinada en uno. De esta limitación, y del misterio de la muerte, se alimenta el arte. También, posiblemente, el amor, el sentimiento acaso más sublime y esquivo, un viento capaz de liberar al yo de su encierro y de anular la distancia que lo separa de la experiencia del otro. Primera cuestión: no es fácil ensayar ideas acerca de algo que cada uno experimenta a su modo, y menos todavía si ese algo es el sentimiento que viene a romper esa condición intransferible que los sentimientos tienen.
En principio, el viento del amor sopla donde quiere. No acata órdenes ni leyes predeterminadas. Lo comprueba quien se haya visto arrebatado por los raros síntomas físicos y anímicos que produce el enamoramiento. Así los describió, en De amore. Comentario al Banquete de Platón, el filósofo renacentista Marsilio Ficino: "Tus ojos, que han penetrado a través de los míos hasta el fondo de mi corazón, encienden en mis entrañas un vivísimo fuego. Ten, entonces, misericordia del que perece por tu causa".
Es posible que esa atracción súbita que está más allá de la propia voluntad y supone una dulce muerte, ese fuego que otro puede encender sin aviso en el momento menos pensado, no haya cambiado mucho desde los griegos hasta el presente. Tampoco ha cambiado la idea, acuñada por la flecha de la que hablaba Ovidio, de que el amor es una herida y, en consecuencia, produce dolor. Cuando la flecha se clava, ya no somos enteramente dueños de nuestra persona. Alguien nos ató a su yunta, como dice Serrat, y eso exige de algún modo una renuncia de nosotros mismos, una entrega, alentada por la promesa sin garantía de algo mejor que empieza a ser un bien a conquistar ya no de a uno, sino de a dos. En esa tensión se dirime el amor y por eso supone un riesgo. En la sociedad actual estas cuestiones esenciales parecen mantener vigencia, como se dijo. Sin embargo, lo que está cambiando, en virtud de la tecnología y la nuevas formas de relacionamiento social, es el gerenciamiento de ese riesgo, lo que acaso está promoviendo nuevas maneras de conjugar el viejo verbo.
Muchas de las protagonistas de las novelas románticas del siglo XIX sufrían de amor porque las reglas de la sociedad en la que vivían les impedían seguir sus sentimientos. Eso ha cambiado hace rato. Más que al entorno social, la cultura de hoy impulsa a escuchar lo que dice el corazón. En su libro ¿Por qué duele el amor?, la socióloga Eva Illouz afirma que en las relaciones actuales predomina un régimen de autenticidad emocional que supone que las personas conocen sus sentimientos y actúan guiados por ellos. Lo que no necesariamente facilita las cosas. La incomunicación que nos aísla de los demás a veces se vuelve sobre nosotros mismos y no resulta sencillo leer en el propio corazón. En asuntos de amores abundan los confundidos y las confundidas. En ese retrato descarnado del amor contemporáneo que Ingmar Bergman trazó en Escenas de la vida conyugal y Saraband, el Johan interpretado por Erland Josephson, un confundido irrecuperable, muestra el colmo de esta incapacidad de sondear los propios sentimientos cuando busca el perdón de Marianne (Liv Ulmann) con la siguiente confesión: "Mi amor es como es. No puedo describirlo y no suelo sentirlo".
Luego de señalar que los habitantes de la posmodernidad no están exentos de los tormentos románticos, Illouz apunta otra dificultad que trajo aparejado el cambio de paradigma: "Cuando el yo se transforma en esencia, cuando el amor se define como un sentimiento que apunta a la interioridad profunda de la persona más que a su posición social, este último pasa a conferir valor de manera directa al ser amado y, por lo tanto, el rechazo se convierte en un ataque contra el yo".
En los últimos cincuenta años se produjo un crecimiento exponencial de la libertad y la igualdad en el vínculo amoroso, dice la socióloga, así como un divorcio entre emocionalidad y sexualidad, todo al calor de la tensión entre "las dos revoluciones culturales más importantes del siglo XX": la individualización de los estilos de vida y la utilización generalizada de modelos económicos para configurar la identidad.
En muchos de sus libros, Zygmunt Bauman habla de la fragilidad y la inestabilidad de los vínculos amorosos actuales, que producen a un tiempo júbilo, pues reducen el riesgo de quedar "atado", y angustia, dada la incertidumbre que provoca la revocabilidad de todo compromiso.
"Las redes de comunicación electrónica ya ingresan al hábitat del individuo consumidor con un dispositivo de seguridad: la posibilidad de desconexión instantánea, inocua y (eso se espera) indolora -advierte el sociólogo polaco en Vida de consumo-. El dispositivo de seguridad que permite la desconexión instantánea a pedido se ajusta perfectamente a los preceptos esenciales de la cultura consumista, pero los lazos sociales y las habilidades necesarias para establecerlos y mantenerlos son sus primeras y más graves víctimas colaterales".
¿El amor convertido en un commodity que abunda en las redes o sitios de encuentros y citas? En La agonía de Eros, el filósofo surcoreano Byun-Chul Han dice que la crisis del amor se debe a otros aspectos de la cultura actual. En una sociedad cada vez más narcisista, la libido se concentra en la propia subjetividad y se produce lo que él llama la erosión del otro. Ensimismados en el consumo que nos proponen los algoritmos, somos cada vez menos capaces de reconocer al otro en su alteridad. En una versión pasteurizada, el amor es despojado de sus aristas dolorosas y queda reducido a una fórmula de disfrute. "La sociedad del rendimiento, dominada por el poder, en la que todo es posible, todo es iniciativa y proyecto, no tiene ningún acceso al amor como herida y pasión", escribe Han, que ofrece, en contrapartida, una descripción del modo en que opera el verdadero sentimiento amoroso: "El Eros pone en marcha un voluntario vaciamiento de sí mismo. Una especial debilidad se apodera del sujeto del amor, acompañada, a la vez, por un sentimiento de fortaleza que de todos modos no es la realización propia del uno, sino el don del otro".
Hay un contraste entre la cultura narcisista de la red, que promueve la autoexposición y la autogratificación en una búsqueda constante de likes, y los riesgos que se asumen en una relación amorosa. En la intimidad con otra persona no solo afloran los aspectos menos gratos de nosotros mismos que suelen quedar fuera de los perfiles de las redes sociales, sino también las miserias que hasta entonces habíamos tenido la prudencia de escondernos. Inevitablemente, el amor quita brillo y ensucia el espejo en el que nos miramos. Y no es un daño colateral. Al contrario, se trata de una invitación a la aventura de madurar en el sinuoso camino del autoconocimiento.