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domingo, 15 de marzo de 2020

HISTORIAS DEL CRIMEN,


La banda salvaje. Butch Cassidy y Sundance Kid, del lejano oeste al indómito sur
Se llamaban, en verdad, Robert Leroy Parker y Harry Alonzo Longabaugh, pero pasaron a la historia como Butch Cassidy y Sundance Kid . Sobre el final del siglo XIX ya eran los ladrones de bancos y ferrocarriles más famosos de los Estados Unidos. Líderes de "la banda salvaje" -y ladeados por la pistolera y prostituta Etta Place y una banda de criminales despiadados, The Wild Bunch - cometieron golpes importantes en el lejano oeste y tuvieron a la Agencia Nacional de Detectives Pinkerton mordiéndoles los talones. Huyendo de ellos fue que llegaron a la inhóspita Patagonia.
Butch nació en Utah el 13 de abril de 1866. Fue el menor de 13 hijos nacidos en un hogar mormones ingleses que llegaron a Norteamérica en 1850. Cuando apenas era un niño, comenzó a trabajar en granjas aledañas a las parcelas para criar ganado que su familia tenía en Circleville.
Fue durante esta etapa que tuvo su primer choque con la policía. Una tarde cabalgó varios kilómetros para comprar unos pantalones. Al llegar a la tienda la encontró cerrada. Irrumpió, tomó las prendas que necesitaba y dejó una nota con sus datos, avisando que se había tratado de una urgencia y pasaría al día siguiente a pagar. Evidentemente, no le creyeron: fue denunciado y arrestado.
Kid, Etta Place (¡cebando mate!) y Butch Cassidy, en Cholila
Poco tiempo después, trabajando en el campo, conoció a un viejo ladrón de poca monta que también criaba ganado y robaba caballos, llamado Mike Cassidy. Fue quien le enseñó cómo disparar montado sobre el lomo de los animales.
En 1884, con 18 años, el joven Butch dejó atrás Utah y salió en busca de su destino. Viajó sin rumbo. Trabajó como minero en Telluride, Colorado, y dejó registro de su paso por Wyoming y Montana. El 24 de junio de 1889 cometió su primer asalto: robó un banco junto a varios cómplices. Se llevaron 20.000 dólares.
Se afincó en Rock Springs, Wyoming. Allí trabajó como carnicero -butcher, en inglés- y con eso, y tomando el apellido de su mentor como homenaje, moldeó su identidad definitiva: Butch Cassidy.
La banda salvaje, de Butch Cassidy y Sundance Kid
En 1894 fue condenado a 18 meses de prisión por robar un caballo. Al salir de la cárcel se integró a la "banda salvaje", de la que se convertiría en líder. Asaltaban bancos y trenes, pero se caracterizaron por trazar rutas de escape en las que escondían provisiones que les permitían ir más allá del alcance policial. El grupo criminal se terminó de conformar en Browns Park, un punto neurálgico cercano a las fronteras internas de Colorado, Utah y Wyoming adonde solían refugiarse los prófugos. Allí llegó Butch Cassidy con su mejor amigo, William Lay, que en 1899 fue condenado a cadena perpetua por ejecutar a tiros a un comisario durante el robo a un tren en Folsom, Nuevo México.
No muy lejos de Browns Park, en un campamento de forajidos en Utah, Cassidy conoció a Harry Alonzo Longabaugh -Sundance Kid-, hijo de un obrero que había partido siendo adolescente rumbo al oeste y se había ganado su apodo a los 20 años por robar un caballo en un pueblo llamado Sundance.
Tras años de raid infernal, el 19 de septiembre de 1900 la "banda salvaje" atacó el First National Bank de Winnemucca, Nevada, de donde se llevaron casi 35.000 dólares. Ese fue su último golpe en los Estados Unidos. El 20 de febrero de 1901, Butch, Sundance y Etta abordaron en Nueva York el buque Herminius y zarparon hacia a Buenos Aires. Apenas arribados, abrieron una cuenta bancaria y abordaron un tren rumbo a la Patagonia. Pasaron por Cipolletti y Neuquén, y también por Trelew, sobre la costa del Atlántico. Finalmente se instalaron en un valle cercano a Cholila, en Chubut. Allí, frente a la majestuosa Cordillera de los Andes, se pusieron al frente de una finca de 6000 hectáreas llamada "Flores amarillas", en la que, según distintas versiones, también albergaron a otros norteamericanos prófugos.
La banda salvaje, de Butch Cassidy y Sundance Kid
Fue desde ese lugar que, en 1902, Butch envió una carta a una amiga suya en Utah en la que habló de sus últimos asaltos: "Probablemente le sorprenderá tener noticias mías desde este país tan lejano, pero los Estados Unidos me resultaron demasiado pequeños durante los últimos años que pasé allá. Otro de mis tíos murió y dejó 30.000 dólares a nuestra pequeña familia de tres miembros. Tomé, pues, mis 10.000 dólares y partí para ver un poco más del mundo".
Agregó: "Visité las mejores ciudades y puntos de América del Sur hasta que llegué aquí. Y este sector del mundo me pareció tan bueno que me establecí, según creo, para siempre, ya que cada día me gusta más. Tengo 300 cabezas de vacunos, 1500 ovinos, 28 caballos de silla, dos peones que trabajan para mí y, además, una buena casa de cuatro habitaciones y galpones, establo, gallinero y algunas gallinas".
Sobre su comportamiento y su afinidad con la población local, el diario Río Negro publicó declaraciones del historiador Raúl Cea, miembro de una familia que conoció a los bandidos: "Siempre se mostraron correctos y afables con las 14 familias que ocupaban tierras en Cholila. Incluso los primeros medicamentos que se conocieron por estos pagos los trajeron ellos".
La banda salvaje, de Butch Cassidy y Sundance Kid
Cea agregó: "Butch Cassidy era un hombre simpático y sociable, siempre dispuesto a aceptar con absoluto humor las pruebas a las que lo sometían los paisanos. De figura felina, andar muy suelto y mirada poderosa, siempre se encontraba a la defensiva".
Información similar fue aportada por el escritor e investigador norteamericano William Goldman, que contó al diario español El País: "Eran hombres arrogantes y brutales. Y allí, a la cabeza, estaba Cassidy. ¿Por qué? La respuesta es increíble, pero cierta: le caía bien a la gente".
Una crónica publicada por el diario El Mercurio de Chile sobre la vida de estos bandoleros en la Patagonia argentina afirma: "Aunque cada uno de los miembros de la 'familia de tres', como los llamaba la gente del pueblo, aportaba al trabajo en la pampa, Cassidy era el verdadero experto. Los incipientes ganaderos de Cholila aprendieron de él la relación entre patrón y peón: los 'gringos' pagaban bien y a tiempo, cumplían lo pactado y les enseñaban a sus trabajadores".
De regreso...
La casa de la banda sigue en pie en Chubut
El 14 de febrero de 1905 los "gringos" volvieron a las andadas: asaltaron un banco en Río Gallegos, Santa Cruz, y se llevaron un botín de más de 100.000 dólares. El gobierno de Chubut ordenó capturar a Etta, Butch y Sundance, pero un policía local les avisó y ellos lograron escapar hacia Chile. El 19 de diciembre de ese año volvieron a cruzar la frontera y asaltaron el Banco Nación de Villa Mercedes, San Luis, que por aquellos días era punto de confluencia tanto para comerciantes de Córdoba y La Pampa como para traficantes de cueros y de cereales robados; cada día, según los textos históricos, entraban al pueblo decenas de carros con mercadería.
Al día siguiente de ese atraco, el diario La Reforma publicó: "A las 10.40, cuatro individuos que desde el día anterior se habían exhibido en hoteles y confiterías simulando ser estancieros ingleses, con una audacia exagerada asaltaron el Banco Nación, penetrando a balazos por la puerta de la gerencia y la tesorería, alzándose en seguida con 14.000 pesos".
Testimonios de habitantes de Villa Mercedes recogidos en textos históricos revelan que el trío de asaltantes, al que escoltaban dos pistoleros, había sido recibido por las autoridades de la ciudad. Llegaron con ropas, monturas y armas caras, y afirmaban ser empresarios que buscaban tierras para afincarse y desarrollar prósperos negocios. Muchos se desesperaban por guiarlos hacia una posada o un restaurante. Ellos eligieron el Hotel Young, en la esquina de Balcarce y Posadas. En ese edificio situado frente al Banco Nación fueron recibidos prácticamente como héroes.
La banda salvaje, de Butch Cassidy y Sundance Kid
Recorrieron tiendas, compraron perfumes. Hablaron con todas las personas que querían congraciarse con ellos por creerlos prósperos emprendedores extranjeros que habían bajado de un tren con los caballos más caros que habían pisado ese lugar.
Fue así que se reunieron con feriantes, ganaderos y autoridades políticas. Investigaron por completo los distintos círculos sociales de Villa Mercedes. Pocos días después, dejaron atrás el hotel, y atacaron la entidad financiera.
Durante la fuga, los policías alcanzaron a la banda, por lo que los bandoleros bajaron de sus caballos y se enfrentaron a balazos empuñando pistolas Mauser y rifles Winchester. Dos gatilleros, también extranjeros, cubrían al famoso trío de asaltantes. Hirieron a varios agentes y lograron escapar. Solo en el banco habían disparado cincuenta tiros. Y el enfrentamiento en el desierto fue aún más encarnizado.
La banda salvaje, de Butch Cassidy y Sundance Kid
Las crónicas de los días subsiguientes dieron cuenta de que "la banda de los gringos" había sacado buena distancia a las partidas policiales que los seguían. Fuentes oficiales confirmaban que ya se encontraban muy cerca de cruzar, nuevamente, la cordillera hacia el oeste. "Las autoridades nacionales ya han encargado la captura a las policías de Chile", rezaba un artículo de La Reforma.
En agosto de 1908 ingresaron en Bolivia y en noviembre de ese año asaltaron, cerca de la localidad de Tupiza, un convoy que trasladaba dinero del empresario minero Carlos Víctor Aramayo: pretendían llevarse medio millón de dólares: 90.000 fue todo lo que obtuvieron. Huyeron hacia el pueblo de San Vicente, pero fueron alcanzados por policías y militares en un hotel donde se alojaron, como siempre, con nombres falsos. Durante el enfrentamiento, un soldado murió y Sundance recibió siete tiros. Butch vio agonizar a su amigo y le disparó en la cabeza para poner fin a su dolor. Luego, él se suicidó.
Primera etapa
Desde Utah, por las Rocosas - En campamentos para forajidos Butch Cassidy se encontró con Kid y el resto de The Wild Bunch; entre 1889 y 1900 no dejaron de atacar bancos y trenes; ganaron dinero, fama y enemigos
Escape en barco
Rumbo a Buenos Aires - El 20 de febrero de 1901, Cassidy, Kid y Etta Place embarcaron en Nueva York rumbo a la capital argentina; un tren los llevó a la Patagonia, donde se asentaron en una finca en Cholila
Último raid
Robos, huidas y tiroteo fatal - En febrero de 1905 asaltaron un banco en Río Gallegos y a fines de ese año, otro, en San Luis. En 1908, tras un atraco en Bolivia, Kid fue herido; Cassidy lo remató y, acto seguido, se suicidó

B. S.

lunes, 9 de marzo de 2020

HISTORIAS DEL CRIMEN,


Asalto en la Patagonia: el letal golpe al blindado del Banco de Chubut
En octubre de 1995, un grupo comando frenó la marcha del camión de caudales cerca de un paraje desolado; abrieron fuego para amedrentar a los portavalores y alzarse con los 400.000 dólares que llevaban, pero los policías que iban en el vehículo no se amilanaron: mataron a un delincuente e hirieron a los otros dos
En medio del desierto y a diez kilómetros del paraje Las Chapas, con el sol tajante que a pleno mediodía iluminaba los valles dorados de Chubut, tres delincuentes iban a toda velocidad en un Renault 21. Frenaron de repente en medio de la ruta provincial 25, en la estepa patagónica. La maniobra sorprendió a los dos choferes y a los dos policías -miembros de las fuerzas especiales- que viajaban en el blindado Mercedes-Benz con el que, con la calma esperada, acababan de dejar atrás el poblado de Dolavon, 80 kilómetros más al este.
Una hora antes, aquel 3 de octubre de 1995, el camión de caudales había partido desde Rawson en dirección a las localidades de la Cordillera de los Andes con 400.000 dólares para abastecer las sucursales del Banco de Chubut. Los policías llevaban sus armas reglamentarias y un FAL con 20 municiones. Les bastaron pocos segundos para advertir que los iban a atracar.
Del Renault 21 se apeó un criminal. Él también tenía un FAL y, parapetado detrás del auto, abrió fuego contra el parabrisas del blindado. El hampón que conducía el coche también bajó; llevaba peluca, bigotes falsos. El hombre del fusil hizo un segundo disparo.
Todos en el blindado se lanzaron al suelo y comenzaron a trazar su propia estrategia ante el ataque. Un sonido seco les hizo saber que otro tiro de FAL había hecho explotar un neumático del camión. Luego, los asaltantes reventaron de un escopetazo la antena del equipo de comunicaciones policiales. Gritos y disparos intimidatorios precedieron a una reacción que los criminales, que creían tener la ventaja táctica, seguramente no intuyeron.
El cabo 1º Sergio Aguerre, todavía cuerpo a tierra, tomó el FAL y colocó el pesado cargador; luego llevó hacia atrás la corredera y colocó sus dedos sobre el arco guardamonte. Retiró el seguro con un dedo y esperó el momento preciso. Agazapado, a través de una tronera del camión, disparó y le acertó en el tórax a Juan "Turco" Muracioli. El impacto fue letal: el asaltante moriría minutos después, al costado de la ruta. 
Esa bala de calibre 7.62 puso fin a la carrera de este asaltante de 75 años, un trotamundos del hampa.
Cuando el Turco cayó y sus cómplices dejaron de disparar para intentar asistirlo, los conductores civiles del blindado pusieron en marcha el motor y aceleraron. Mientras, el cabo Bulacios pidió el fusil y comenzó a disparar a través de la tronera de la puerta trasera del camión. Ciego de rabia, pero con la precisión de un tirador entrenado, hirió a los otros dos criminales. Juan Ramón Pereyra recibió un tiro que le atravesó el hombro, y a Julián "Conejo" Molinari un proyectil de guerra le reventó la cadera y le salió por la ingle.
Prontuarios "pesados"
Los asaltantes no eran novatos osados ni hambrientos improvisados. De hecho, Muracioli fue un atracador serial cuyo golpe más importante fue, mientras vivía en Buenos Aires, el robo de 400 kilos de oro y muchísimo dinero en efectivo de la Dirección Nacional de Aduana en el Aeropuerto de Ezeiza. Caerían casi tres meses después, cuando usaron parte del botín: 38 millones de pesos, alrededor de un millón de dólares de la época.
Fue el 13 de enero de 1961. Entraron al aeropuerto cuando el reloj marcaba las 4.15 en una camioneta en la cual habían pintado el logo de la empresa Pan American Grace Airways (Panagra).

"Entraron y salieron del aeropuerto por el mismo camino: la autopista, pasando por delante del puesto policial sin ser detenidos por ningún motivo", publicó en aquellos días de la cobertura del golpe en Ezeiza.
Muracioli corrió, luego del robo, a comprarse en efectivo una casa en la que guardó el resto de su tajada. Dispersó el tesoro por toda la vivienda: levantó dos baldosas de la cocina y cavó un pozo de medio metro de profundidad por cuarenta centímetros de ancho. Allí escondió algo de oro.
También asaltó en 1967 el Banco Sureño de Ingeniero White, de donde se llevó, junto a sus cómplices, varios millones de pesos. Más de 30 años después de su gran golpe en Ezeiza, murió bajo el peso de la ley criminal: el plomo.
Molinari -que en 1995 era más joven que su mítico compañero- abrió con este hecho una carrera delictiva que pondría su nombre entre los rumores de todos los hampones del bajomundo patagónico. Tal como  se confirmó entre 1977 y 2003 protagonizó más de 40 causas penales. Escapó de diferentes presidios, comisarías y alcaidías.
La más grave de sus carátulas es de 1977: lo acusaron de matar a un policía -el padre de su pareja- y recibió una condena de 19 años de prisión. Pero logró fugarse de la cárcel de Mar del Plata.
A pesar de su prontuario de ladrón clásico, con audaces atracos a bancos y blindados, también se dedicó al tráfico de drogas. Según los viejos códigos carcelarios, los asaltantes nunca venden "falopa". Pero a Molinari eso parecía no importarle. En septiembre de 2016, según registros del diario Jornada, de Chubut, cayó con 35 kilos de marihuana: tenía 66 años. Antes ya lo habían detenido con cocaína en la provincia de Santa Cruz.
Sobre los vínculos de Molinari con el narcotráfico, luego de su detención, el diario chubutense publicó: "En el operativo intervinieron efectivos del Cuerpo de Operaciones Especiales y Rescate (COER) de Río Negro, de la Policía de Patagones y de Bahía Blanca. La aprehensión de Molinari se produjo cerca de las seis de la mañana en el puesto fitosanitario ubicado a la vera de la ruta nacional 3, entre Pedro Luro y Pradere, unos 150 kilómetros al norte de Viedma en dirección a Bahía Blanca. En el marco de esta investigación, que llevaría varios meses, se realizaron allanamientos en Bahía Blanca, Necochea, Patagones y Viedma".
Sin embargo, esta detención por transportar marihuana reveló más información acerca del "ladrón más conocido de la Patagonia". Tras su captura, el diario Río Negro publicó: "Molinari se encuentra cumpliendo una condena de seis años de prisión con detención domiciliaria. La Justicia de Misiones lo condenó por el secuestro de más de 2000 kilos de marihuana". Pero su nombre quedaría señalado, sobre todo, por aquel tiroteo infernal en la Patagonia.
Fuga y condena
Aquella tarde de 1995, el cabo Bulacios dejó de disparar cuando Aguerre le tocó el hombro para que conservara municiones. Sin embargo, el grupo de asaltantes ya había comenzado su fuga.
En un punto no muy lejano, una mujer los esperaba con dos vehículos. Incendiaron el R21, abandonaron el cadáver de Muracioli y huyeron sin robar un solo dólar. Tres meses después, "perderían" por su indiscreción con el botín.
Los policías, en tanto, manejaron casi un kilómetro y se detuvieron. Aguerre se quedó allí, mientras los conductores cambiaban el neumático agujereado por el tiro de FAL y Bulacios se dirigía a un poblado cercano a pedir ayuda.
Un lugareño se acercó lentamente en una camioneta porque advirtió que algo raro pasaba. Pero el cabo, con la adrenalina todavía por las nubes tras el tiroteo, pensó que se trataba de un grupo de apoyo de los delincuentes y disparó con su pistola reglamentaria. El vecino huyó a toda velocidad. Varios minutos después, y de pura casualidad, llegaron dos policías que transitaban por la ruta y se quedaron junto a él.
El 30 de septiembre de 1996, los ladrones fueron condenados a siete años de prisión, y una mujer -pareja de Molinari-, a seis. Se sabría luego que la banda contó con el apoyo de otros dos cómplices, también condenados como encubridores o partícipes necesarios.
Tanto Aguerre como Bulacios fueron condecorados y ascendidos. Permanecieron también en el Grupo de Operaciones Especiales. En 2002, Bulacios asesinó en un tiroteo a un policía que delinquía durante su tiempo libre. Luego se retiró y se mudó a Catamarca. Sobre el atraco de 1995, recordó: "Estuvo bien planificado. Hay que rescatar que los policías están vivos; no hubo un mártir que no la pudiera contar".
Aguerre dijo a El Patagónico: "Ser policía es honorífico, hay que llevarlo adentro, prepararse y no descuidarse. No somos empleados, sino funcionarios policiales. Hay una diferencia. El empleado no tiene la capacidad de que dependan muchas cosas de él, y el funcionario sí. Para ello uno se debe preparar, saber usar el arma, mantener el cargador siempre lleno, el arma es nuestra herramienta. Lo importante no es el hombre, sino la misión".
El juez del caso, Raúl Martín, concluyó: "Lo inesperado ocurre, justamente, en el lugar inesperado. La sorpresa, el descuido y el miedo son las monedas con que los ladrones más atrevidos apuestan al logro delictivo".
El ataque
Entre Dolavon y Las Chapas
Un Renault 21 frenó delante del blindado; uno de los ladrones disparó con su FAL contra el parabrisas del camión y el otro, con un tiro de Itaka, acabó con el equipo de comunicaciones.
La respuesta
Disparos desde la tronera
Pasado el primer ataque, el cabo 1° Aguerre asomó la puntera de su FAL por la tronera y abrió fuego; el primer tiro dio en el pecho del legendario ladrón Juan Francisco "Turco" Muracioli.
La caída
La pista de los billetes
Dos de los asaltantes, malheridos, lograron escapar tras el golpe en Las Chapas, pero tres meses después fueron atrapados cuando uno de ellos usó parte del botín.

B. S.

viernes, 28 de febrero de 2020

HISTORIAS DEL CRIMEN,


Robo en el Bellas Artes: un golpe audaz y solo tres obras recuperadas
Retrato de mujer, de Renoir, una de las tres obras recuperadas
En el comienzo de la Navidad de 1980, cuatro expertos ladrones se descolgaron desde los techos del museo de Recoleta y fueron en busca de lienzos y objetos de la colección Santamarina; 25 años después, tres de las 16 pinturas robadas fueron ofrecidas a la venta en París y terminaron siendo restituidas a la Argentina
El 24 de diciembre de 1980, durante la Nochebuena, cuatro delincuentes especializados en robos de arte se preparaban para el golpe más importante de su vida. A la una de la madrugada, en pleno festejo de la Navidad, ingresaron al Museo Nacional de Bellas Artes, en el corazón de Recoleta, y se apropiaron de 16 pinturas impresionistas y siete objetos de porcelana y jade valuados en 20 millones de dólares.
Según confirmarían luego detectives de la Policía Federal, los ladrones ingresaron por los techos valiéndose de una serie de andamios y estructuras metálicas que estaban provisoriamente en el museo porque había obreros que realizaban reformas. Operaron entre la 1 y las 5 de esa Navidad.
Irrumpir no les requirió demasiado trabajo, pues no había alarmas activas y solo dos serenos recorrían las inmediaciones del edificio de la avenida del Libertador. Una vez adentro, el grupo se dividió en dos parejas que encararon, separadas, hacia el primer piso y la planta baja. Buscaban obras específicas que no estaban aseguradas: las de las colecciones de Mercedes y Antonio Santamarina.
E
l 27 de diciembre se confirmó que las obras robadas eran El abanico, un dibujo a lápiz de Henri Matisse; Retrato de mujer, Gabrielle et Coco y Coco dibujando, de Auguste Renoir; Recodo de un camino y Duraznos sobre un plato, de Paul Cézanne; El llamado, de Paul Gauguin; Ruta por la nieve al puerto de Chateau, de Charles Lebourg; El vendedor de diarios, de Thibion de Libian; Fiebre amarilla, de Juan Blanes; Feydeau y su hijo Jorge, de Honore Daumier; dos dibujos de Edouard Degas; dos desnudos en acuarela de Auguste Rodin, y un óleo de Eugene Boudin.
"Entraron en el edificio por los techos tras aprovechar los andamios de las obras de refacción actualmente en curso para llegar a ese lugar, y se retiraron por el mismo camino. Los delincuentes tenían total conocimiento acerca del valor de las obras expuestas, ya que se apoderaron de las más valiosas",se publicó cuando se conocieron los primeros detalles del atraco.
Ninguno de los accesos al museo fue violentado; fuentes del caso indicaron que el grupo de ladrones operaba internacionalmente y que se trataba de "auténticos profesionales en ese tipo de delitos", que enfrentaron medidas de seguridad "sumamente precarias" dispuestas en torno de las obras. Inicialmente, la causa quedó a cargo de la jueza Laura Damianovich de Cerredo, y la secretaría de Norberto Guanziroli.
Detectives de la comisaría 19» y de Robos y Hurtos de la Federal trabajaron codo a codo con el entonces director del museo, Adolfo Luis Rivera. Incluso, el jefe de la PFA durante el último gobierno de facto, el general Juan Bautista Sasiaiñ, se encargó personalmente del asunto. Pero no lograron identificar a los ladrones. De hecho, las primeras de estas obras robadas en el MNBA fueron encontradas y restituidas 25 años después, cuando la investigación ya estaba radicada en la Justicia Federal.
En 2003, el juez Norberto Oyarbide tomó la causa y convocó a Interpol. Casi dos años después, esos detectives dieron con el director de una agencia británica especializada en rastrear obras de arte. Al menos tres de las obras robadas habían sido ofertadas en una galería de París y estaban en poder de la familia Lung, de Taiwán y con intereses madereros en Surinam: Recodo de un camino, El llamado y Retrato de mujer.
Todo indicaba que el botín había salido del país casi inmediatamente después del hecho. En aquel tiempo, los principales destinos de las obras de arte robadas eran Suiza, Austria, Alemania, Gran Bretaña y Japón. Fue Julian Radcliffe, de la agencia Art Lost Register, quien aportó la información vital para dar con aquellas tres obras: entregó a la Justicia argentina nueve carpetas repletas de datos y fue interrogado durante largas horas.
Luego, en el Palacio de Justicia de París, la decana de los jueces, Fabienne Pous, entregó a Oyarbide las tres pequeñas obras, lienzos de unos 50 por 40 centímetros, todos parte de la colección Santamarina, que había comenzado a ser diezmada al menos seis años antes del robo al Bellas Artes.
Antonio Santamarina fue un dirigente político conservador que terminó volcado por completo al coleccionismo. Poseía obras de Picasso, Van Gogh, Bonnard, Manet, Corot, Millet, Patinit, Zuloaga, Daumier y esculturas de Boucher y Bugatti.
Era una colección sumamente apreciada por sus obras del período impresionista. En 1957, Santamarina -miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes- donó 45 cuadros de artistas argentinos al MNBA, pero muchas de ellas fueron desviadas hacia Londres y subastadas por casi cinco millones de dólares, pese a los intentos diplomáticos de frenar la venta en Sotheby's. Luego, la familia Santamarina donó al MNBA varias decenas de obras valiosísimas, de las cuales al menos 23 fueron robadas la Navidad de 1980.
Tras la restitución de las tres obras, se encargaron los peritajes de rigor a Christie's. Los especialistas de la casa de subastas evaluaron: "Por suerte, donde sea que hayan estado guardadas, no les dio la luz del sol. Están bien. El Renoir tiene una capa de barniz amarillo que habrá que quitarle, pero que posiblemente estuviera desde antes del robo. También habrá que estirar el lienzo con un marco de madera. El Cézanne y el Gauguin están OK también, a pesar de pequeños problemas de acidez normales en el papel".
En 2002 -tres años antes de la restitución de las obras, y tal como se publicó, el Departamento de Protección del Patrimonio Cultural de Interpol investigaba al menos otros 160 robos de obras de arte en la Argentina. "La mayoría de las víctimas de estos robos de guante blanco son particulares. De hecho, representan casi la mitad de las investigaciones, seguidos muy por debajo por otros afectados, como galerías, anticuarios, museos e iglesias".
Oscuras conexiones
Cuando, en 2005, llegaron las obras desde Europa, el juez Oyarbide dijo que podría existir una conexión entre el robo y Aníbal Gordon, exmiembro de la sangrienta Triple A y agente de inteligencia estatal y paraestatal que durante y después de la dictadura fue señalado por operar en centros clandestinos, atacar a dirigentes políticos y delinquir bajo diferentes modalidades, como los secuestros extorsivos y el robo de arte.
Gordon fue señalado como uno de los jefes operativos de Automotores Orletti, centro de tortura de los años de plomo ubicado en Floresta. Según información oficial, "se estima que en este lugar, llamado El Jardín por los represores, estuvieron secuestrados alrededor de 300 ciudadanos uruguayos, chilenos, bolivianos, paraguayos, cubanos y argentinos; la mayoría continúan desaparecidos".
De hecho, a los miembros de la banda de Gordon se los acusó por el atraco de 1983 al Museo de Arte Decorativo Odilio Estévez, de Rosario, de donde se llevaron obras valuadas en unos 12 millones de dólares: Retrato de un joven, de Doménikos Theotokópoulos, El Greco; El profeta Jonás saliendo de la ballena, de José de Ribera; Retrato de Felipe II, atribuido a Alonso Sánchez Coello; Doña María Teresa Ruiz Apodaca de Sesma, de Francisco José de Goya y Lucientes, y Santa Catalina, de Bartolomé Esteban Murillo.
El 31 de octubre de 1995, el chofer de Gordon, Ernesto Lorenzo -alias Mayor Guzmán-, cayó en el barrio de Belgrano con el Goya robado 12 años antes en Rosario. De aquel golpe, finalmente, han sido recuperadas las obras El profeta Jonás saliendo de la ballena, de José de Ribera; Santa Catalina, de Murillo, y Retrato de Felipe II, de Sánchez Coello.
Gordon, líder del grupo y sospechoso del robo al MNBA, murió en 1987. En 2005, varios miembros de su banda fueron condenados. Él, que había ingresado en la ex-SIDE en 1968, siendo ya miembro de la casa de los espías fue acusado de robar un banco y una joyería. Lo condenaron a tres años de cárcel, pero en 1973 obtuvo la libertad y se incorporó a la Triple A.
En el recorrido de una historia sanguinaria que incluyó extorsiones y ataques, Gordon apareció involucrado en el homicidio del abogado de presos políticos Rodolfo Ortega Peña y en el secuestro, en agosto de 1983, del periodista Guillermo Patricio Kelly. Recibió una condena de 16 años de cárcel. "El coronel" murió en prisión el 13 de septiembre de 1987.
En 2005, la Justicia Federal condenó a siete miembros del grupo criminal por hechos cometidos entre 1982 y 1984, bajo las carátulas de secuestro extorsivo y asociación ilícita. El grupo, que se hacía llamar Brigada Panqueque, estaba compuesto por Marcelo Gordon (hijo de Aníbal), Carlos Membrives, Carlos Rizzaro, Jorge Rizzaro, Oscar Herrador, Rubén González Figueredo y Ernesto Lorenzo, que años después volvió a caer, pero por tráfico de cocaína.
Sobre este grupo criminal, el expediente detallaba: "Actuaban entre 10 y 15 personas en, al menos, dos automóviles; desplegaban su accionar ilícito a plena luz del día en lugares céntricos de esta ciudad". Entre los crímenes probados, por ejemplo, está el secuestro de un contador llamado Ricardo Espósito. Estuvo cautivo entre el 20 y el 21 de diciembre de 1983, hasta que su familia pagó 100.000 dólares de rescate.
Hoy, Interpol sigue la pista de al menos 50.000 objetos y obras de arte robados en todo el mundo. Entre 2002 y 2017, según información pública, recuperaron 12.277 piezas en la Argentina, entre las que había 4344 obras de arte y 4808 objetos arqueológicos.
Santa Catalina: la obra de Murillo, de Rosario a Montevideo
Restitución. El lienzo de Murillo estaba en poder de cinco sujetos que lo llevaban a Punta del Este para venderlo; ya fue entregado al Museo de Arte Decorativo de Rosario, su dueño 
Tres días después de la histórica y arrasadora victoria de Raúl Ricardo Alfonsín en las elecciones presidenciales del 30 de octubre de 1983, que encendía las luces de la democracia tras la larga noche de la última dictadura, un grupo comando paramilitar irrumpió en el Museo de Arte Decorativo de Rosario y sustrajo cinco valiosas obras, tesoros del arte europeo de los siglos XVII y XVIII. El botín, calculado en unos diez millones de dólares de la época, incluía cuadros de Goya, El Greco, Ribera, Sánchez Coello y Murillo.
El miércoles 2 de noviembre de 1983, un puñado de minutos antes de las 8, un empleado del museo Firma y Odilo Estévez baldeaba la vereda cuando tres sujetos de mameluco azul lo sorprendieron; cuando los miró, tres armas lo encañonaron allí, a un par de cuadras del Monumento a la Bandera y de la costanera del Paraná.
Para los expertos ladrones fue un trámite: una vez adentro redujeron a dos mujeres que vivían en la casona con fachada de mármol que aquel gallego que hizo en el país una fortuna como yerbatero compró en 1922, frente a la plaza 25 de Mayo. Las amordazaron y con precisión de especialistas enfilaron hacia las salas Francesa y Española; descolgaron cinco cuadros, separaron las telas de sus bastidores y, sin oposición, salieron por la misma puerta por la que habían irrumpido y escaparon en un auto con un botín valuado en 12 millones de dólares.
El 28 de octubre de 1995, Retrato de doña María Teresa Ruiz de Apodaca y Sesma, de Francisco José de Goya y Lucientes, el mítico pintor y grabador aragonés, apareció en el barrio porteño de Belgrano. Llevaba la tela, oculta en su camioneta, un tal Ernesto Lorenzo, que no era otro que "el mayor Guzmán", chofer y lugarteniente de Aníbal Gordon, conspicuo integrante de la Triple A, represor en Automotores Orletti, exagente inorgánico de la SIDE durante el gobierno de facto y, antes, durante y después de aquellos años de plomo, líder de una banda paramilitar que financiaba sus actividades -y llenaba sus bolsillos- con secuestros extorsivos y robos "especiales"; de hecho, ya se sospechaba de ellos por el golpe en el Estévez y se les atribuía el que sufrió otro importante museo rosarino, el Juan Castagnino.
Del resto del botín del Estévez nada se supo durante 23 años hasta que, el 31 de octubre de 2018, en un operativo en Canelones, junto a Montevideo, la policía uruguaya detuvo el paso de una camioneta y encontró, dentro, el Santa Catalina de Bartolomé Esteban Murillo arrebatado al Estévez.
La valiosísima pintura del barroco sevillano del siglo XVII apareció al otro lado del Río de la Plata 35 años después. A diferencia de lo que ocurrió en 1995, la recuperación del Santa Catalina no fue fruto del azar: en octubre de 2018 apareció un sujeto que decía tener información de primera mano sobre la localización exacta del Murillo; los datos y las descripciones que aportó eran verosímiles. Incluso dejó sujeto al éxito de la operación el cobro de una recompensa.
Interpol detuvo el paso de la camioneta en la ruta Interbalnearia, sobre el arroyo Pando. Cinco sujetos llevaban la obra a Punta del Este para venderla.

B. S.

lunes, 24 de febrero de 2020

HISTORIAS DEL CRIMEN,


La Masacre de Flores: el asesino que incineró a una familia por dinero
El interior de la casa de los Bagnato, consumido por las llamas
Fructuoso Álvarez González amenazaba con que mataría a José Bagnato y a su hijos si no pagaba los US$180.000 que le reclamaba; hace 26 años, prendió fuego la casa de su exsocio, en la que había cinco personas; fue condenado a prisión perpetua, y el único sobreviviente de la tragedia teme que cuando salga de la cárcel intente asesinarlo
Matías Bagnato tiene hoy 42 años, la misma edad que tenía su padre, José Salvador, cuando lo mataron, en uno de los mayores asesinatos múltiples de la historia criminal argentina. El 17 de febrero de 1994, Cacho, un exsocio de la fábrica de zapatillas de los Bagnato, incendió la casa en la que vivía la familia, en Baldomero Fernández Moreno y Pumacahua, y mató a José; a su esposa, Alicia Noemí Plaza; a Fernando y Alejandro, hermanos de Matías, y a Nicolás Borda, un vecino del barrio que se había quedado a dormir.
Por el quíntuple homicidio, recordado como la masacre de Flores, el Tribunal Oral Nº 12 condenó a prisión perpetua a Fructuoso Álvarez González, señalado por el testigo Norberto Corda como la persona que llegó a la esquina de la casa en una cupé Renault Fuego y arrojó dos bidones con fósforo líquido hacia la vivienda.
Matías tenía 15 años y fue el único integrante de la familia que logró escapar. Para la Justicia, Álvarez González decidió matar a los Bagnato, hace 26 años, porque no pudo cobrarles la deuda de 180.000 dólares que reclamaba por su participación en la fábrica.
Según Matías, Álvarez González llamaba de madrugada y amenazaba a su padre. Le advertía que si no retiraba las denuncias que había hecho en su contra los mataría a todos. También llamaba de día, cuando José y su esposa estaban en la fábrica. Las comunicaciones eran atendidas por Matías y Fernando, que escuchaban a un hombre que a través de un distorsionador de voz les decía: "Se quemaron, están todos muertos".
Debido a que el hombre de las amenazas usaba ese dispositivo para enmascarar su voz real, Matías y su hermano le decían "el monstruo". Y resultó que lo era.
Matías Bagnato, amenazado por el asesino
"Me desperté casi asfixiado. No podía respirar. Me levanté sobresaltado y caminé hacia la habitación de mi hermano Fernando. Salía una llama por debajo de la puerta. Cubrí mi cara con una remera y abrí la puerta. La llamarada me tiró al piso. Se me prendía fuego el pelo y me quemaba un brazo. Aturdido, busqué a mi hermano y fui a la pieza de mis padres. El fuego había tomado el techo y el placard. Entonces les grité a mis padres que salieran. 'No vengan a mi cuarto. Yo puedo salir solo. Estoy bien'. Les grité a todos, los nombré uno por uno, una y otra vez", recuerda Matías.
Eran las 3.30 y la faena asesina de Álvarez González estaba en su punto más dramático. El incendio que inició con los dos bidones de fósforo líquido en la cochera de Baldomero Fernández Moreno 1906 convirtió el chalet en una trampa mortal de fuego y humo.
"Cuando me asomé a la ventana, pude ver a mi vecino Norberto Corda. Me estaba quemando. Sentía el fuego en la espalda. Intenté saltar hasta un cantero que había en la vereda. Pero Corda me advirtió que no lo hiciera porque estaba todo rociado de líquido inflamable. Entonces, entre él y un policía me guiaron hasta la terraza de la casa vecina", recordó el único sobreviviente de la masacre.
Antes del múltiple homicidio, José Bagnato había hecho varias denuncias por amenazas en la comisaría 38» de la Policía Federal. En una de esas presentaciones incluyó la agresión sufrida por la abuela de Matías, que fue golpeada por Álvarez González.
"Después del incendio fui a la seccional. Entonces, el comisario Arístides Agostini me preguntó quién podía haber cometido semejante acto criminal. Lo confronté y le recordé la cantidad de denuncias que mi padre había presentado contra Álvarez González. Primero me dijo que no había ninguna constancia. Luego de mucho insistir, y cuando le recordé el nombre de mi padre, pareció recuperar la memoria y, de repente, aparecieron todas las exposiciones hechas contra Álvarez González. Estoy seguro de que si la policía no hubiese subestimado las denuncias, los asesinatos de mis padres, de mis hermanos y de Nicolás se habrían evitado", afirma Matías.
Álvarez González cuando fue detenido en 2011
Según el testigo Corda, minutos después de las tres de la mañana salió de su casa para fumar y le llamó la atención el conductor de la cupé Renault Fuego que se había detenido en la esquina de Baldomero Fernández Moreno y Pumacahua. Advirtió que ese sujeto, el único ocupante del auto, miraba hacia la casa de los Bagnato.
Luego vio que un hombre arrojaba dos tachos o bidones dentro de la cupé y abordaba el rodado. Al chirrido de las ruedas, cuando el auto arrancó a toda velocidad le siguió una explosión. Corda corrió hasta el lugar de la detonación, vio el fuego y comenzó a gritar para que quienes estuvieran dentro salieran, al tiempo que pedía auxilio en forma desesperada.
"El cuerpo de mi madre fue hallado en el baño, dentro de la bañera, junto con el de mi hermano Fernando. Creo que quiso mojarlo para apagarle el fuego del cuerpo. La encontraron con el teléfono celular en la mano; trataba de llamar a los bomberos. Fue una leona tratando de salvar a sus cachorros. Mi padre falleció al lado de la reja de la ventana, cuando intentaba arrancarla para poder salvar a su familia. Mientras que Alejandro y Nicolás murieron asfixiados por el humo. Ellos estaban en la misma habitación", recordó el hijo mayor de los Bagnato.
La noche que los mataron, los Bagnato habían visto el clásico entre San Lorenzo e Independiente por el torneo de verano, en Mar del Plata. Toda la familia era simpatizante del Santo de Boedo. Nicolás Borda se había quedado a dormir porque era amigo de Alejandro, el menor de los hermanos Bagnato, que tenía 9 años. Al día siguiente su madre pasaría a buscarlo para ir con él y Alejandro a la pileta.
El laberinto judicial
En noviembre de 1995, el Tribunal Oral Nº 12 condenó a prisión perpetua a Álvarez González y, entre tanto dolor, parecía que Matías Bagnato empezaba a cerrar un capítulo de su drama. Ocho años más tarde, La Justicia aceptó el pedido de Álvarez González, que tenía la doble nacionalidad argentina y española, de cumplir el resto de la sentencia en España.

Pero el 22 de noviembre de 2008, los tribunales españoles convirtieron la perpetua en una sentencia a 20 años de cárcel, el equivalente en aquel país a nuestra pena máxima. Así, Álvarez González logró licuar el monto de la condena impuesta aquí y recuperó la libertad. Un año después regresó a la Argentina. Nadie lo detuvo porque contaba con la documentación que indicaba que se había agotado la pena en su contra.
"El monstruo" intentó vincularse con su familia, pero lo rechazaron. Entonces comenzó a llamar a Matías. La primera comunicación fue a las 3.30, a la misma hora en que había comenzado el incendio que le arrebató a su familia.
Indignado y angustiado porque nadie le había advertido que el asesino estaba en libertad, Matías Bagnato se presentó ante el Juzgado de Ejecución Penal y denunció las amenazas.
En diciembre de 2011, Álvarez González fue detenido nuevamente. La Cámara Nacional de Casación Penal resolvió entonces que había cumplido 15 años y cuatro meses de prisión y que le faltaban cumplir poco más de nueve años de cárcel.
Álvarez González sigue detenido en el penal de Ezeiza y constantemente presenta pedidos para que le concedan la libertad condicional. Sabe que le faltan pocos meses para que se agote la pena en su contra.
En los últimos días, la fiscal de Ejecución Penal Guillermina García Padín rechazó un pedido de libertad condicional en favor de Álvarez González. El dictamen de la representante del Ministerio Público se fundó en un informe del Gabinete Interdisciplinario del penal de Ezeiza.
"Nos encontramos frente a un sujeto que ha sido evaluado en reiteradas oportunidades a lo largo de toda su condena, destacando su personalidad psicopática. Por lo tanto, su pronóstico de reinserción social es desfavorable", concluyeron en su informe de los psicólogos que entrevistaron a Álvarez González.
Después de seis años de insistir, Matías logró que se sancionara la llamada ley de víctimas, que establece la obligatoriedad de informar a quien haya sufrido un delito sobre el estado y avance de la ejecución de la pena del condenado.
Matías admite que en él crece la angustia a medida que se acerca el momento en que se agotará la condena. Teme que si lo dejan salir Álvarez González intente terminar la masacre que inició el 17 de febrero de 1994 para matar al único miembro de la familia Bagnato que sobrevivió al fuego.
Enemigos declarados

Hace nueve años, la Justicia no le avisó a Matías Bagnato que el hombre condenado a prisión perpetua por matar a toda su familia había recuperado la libertad. Se enteró de que Fructuoso Álvarez González no estaba tras las rejas una madrugada, a las 3.30, cuando recibió una llamada en la que lo amenazaron de muerte. Desde entonces, Bagnato libra una batalla para que el condenado siga en la cárcel. Matías logró que se sancione una ley para que las víctimas sean aceptadas como parte en la etapa de ejecución de la pena. Ese hombre al que teme podría quedar libre este año.

G. C.

martes, 18 de febrero de 2020

HISTORIAS DEL CRIMEN,


El caso Cóppola: la causa inventada de "la cocaína en el jarrón"
Cóppola, trasladado desde el juzgado de Bernasconi hasta la cárcel de Dolores
El representante de Maradona pasó 60 días preso en el penal de Dolores, pero fue liberado y absuelto en un juicio oral; en cambio, el juez federal que lo había detenido, su secretario y dos policías sí terminaron condenados, acusados de valerse de su posición para armar causas de drogas contra miembros de la farándula
Detrás de los muros de 40 centímetros de espesor del centenario penal de Dolores en el que hoy una decena de jóvenes esperan que se resuelva si les dictan la prisión preventiva en su contra por el homicidio de Fernando Báez Sosa, hace 23 años, Guillermo Cóppola, entonces manager de Diego Maradona, pasaba allí lo que describió como los peores dos meses de su vida.
Tras las rejas de esa cárcel de provincia terminó Cóppola un recorrido de 200 kilómetros desde su departamento de Avenida del Libertador 3460 cuando, el 10 de octubre de 1996, se entregó a los policías que lo buscaban porque estaba acusado de integrar una organización de "ricos y famosos" dedicada al tráfico de drogas.
En el núcleo de los investigadores policiales y judiciales, el procedimiento contra esa banda de narcotraficantes se conoció como "Operación Cielorraso", en alusión a la cabellera blanca del representante del astro del fútbol mundial. Pero nadie recuerda el caso con el nombre de ese operativo.
El caso judicial que generó las páginas más memorables de la historia de la televisión argentina, por las insólitas peleas ante las cámaras de un grupo de jóvenes atrevidas y vistosas que se codeaban con los policías que detuvieron a Cóppola y con el poder, quedó grabado para la posteridad en el imaginario social como "la causa del jarrón". Es que, justamente, dentro de un adorno de ese tipo, en aquel departamento de la Avenida del Libertador apareció casi medio kilo de cocaína, hecho en el que se fundó la detención de Cóppola.
El jarrón en el que hallaron 409 gramos de droga
Tras varios meses de efervescencia inigualable, la causa que comenzó con un escándalo que llegó a salpicar a connotados referentes de la Casa Rosada de la época cayó por su propio peso. En una curiosa parábola, el expediente terminó con Cóppola y el resto de los acusados liberados y con el entonces juez federal de Dolores Hernán Bernasconi, su secretario Roberto Schlägel y los dos policías bonaerenses que integraban su grupo operativo de confianza contra las cuerdas.
Bernasconi, Schlägel y los policías terminaron condenados por haber inventado la causa de drogas más mediática y escandalosa de la historia criminal argentina.
Hasta el penal de Dolores llegó Maradona dos días después de la detención de su representante. En vano el Diez intentó ingresar en la Unidad Penal 6 para festejar el cumpleaños de su amigo.
Su presencia en Dolores fue un pandemónium. Ante el despliegue de periodistas y técnicos de los móviles de TV, la curiosidad por ver en directo al ídolo acercó hasta la cuadra de Riobamba al 200 a una multitud que conformó una barrera casi infranqueable.
Luego de varios intentos, Maradona dio marcha atrás con su camioneta negra y se marchó sin poder visitar a su representante.
Bernasconi, en el Juzgado Federal de Dolores, cuando todavía dirigía la causa Cóppola
Este hecho fortuito colaboró para que se cumpliera la orden que había impuesto el secretario de Bernasconi, que tenía decidido impedir que la celda de Cóppola se convirtiera en una suerte de salón de fiestas con 18 invitados, entre los que figuraban el crack y su esposa, Claudia; Sonia Brucki, que en esa época era novia del manager de Diego; Natalia, su hija, y su yerno, Mario Dobronich.
Entre otros, Cóppola compartió sus días en la cárcel de Dolores con Máximo Nicoletti, alias Alfredito, preso por liderar la banda que en 1994 asaltó un camión de caudales de la empresa Tab-Torres en Moreno e integrante del grupo comando enviado a sabotear a la flota británica que se abastecía en Gibraltar de camino a librar la Guerra de las Malvinas.
Luego de 60 días en la cárcel dolorense, cuando las pruebas que decía tener Bernasconi comenzaron a resquebrajarse y la presión de las defensas forzó que la causa cambiara de juez y se mudara a la Capital, Cóppola fue trasladado al penal de Caseros. Allí pasó otros 37 días hasta que fue liberado.
Dos policías conocidos
Si bien las condenas por armar "la causa del jarrón" recayeron sobre el exjuez federal Bernasconi, su secretario Schlägel y los policías Antonio Gerace y Daniel Diamante, lo cierto es que el caso había comenzado con la declaración de otros dos uniformados que pronto también se volverían famosos, pero por un hecho todavía peor.
En los primeros días de octubre de 1996, el oficial Sergio Camaratta le pidió a su compañero Gustavo Prellezo, que dirigía la Oficina de Judiciales del destacamento de Cariló, que redactara un oficio para pedirle al juez Bernasconi la intervención de varios teléfonos, entre ellos, el de Cóppola.
Camaratta fundamentó que mientras investigaba un caso de drogas en la costa le había llegado un anónimo que revelaba las presuntas operaciones de una red de narcos vinculada con la farándula. Con esta declaración, Bernasconi abrió el sumario Nº 575, que pocos días después derivó en los operativos que terminaron con las detenciones de Cóppola, Héctor Rubén "Yayo" Cozza, Tomás "Paco" Simonelli, Claudio Alberto "Gordo" Cóppola, Gabriel "la Morsa" Espósito -cuñado de Diego Maradona- y el exfutbolista Alberto César Tarantini.
Bernasconi procesó al representante de Maradona y a tres de los cuatro imputados por presunta tenencia ilegítima de estupefacientes con fines de comercialización, agravada por la cantidad de intervinientes. El cuñado de Diego fue liberado al día siguiente de la detención de Cóppola, pero el juez lo procesó por suministro de estupefacientes a terceros y tenencia para el consumo. Tarantini fue liberado y procesado por supuesta "tenencia de drogas para consumo".
Al ser indagado, Cóppola negó la acusación en su contra y le dijo a Bernasconi: "La droga no es mía, me la pusieron". Cuatro años después de aquella declaración con la que se inició la causa contra Cóppola, Camaratta y Prellezo fueron condenados a prisión perpetua por el asesinato del fotógrafo de la revista Noticias José Luis Cabezas, ocurrido en Pinamar el 25 de enero de 1997.
Cóppola, trasladado desde el juzgado de Bernasconi hasta la cárcel de Dolores
Tres mujeres se convirtieron en protagonistas mediáticas y judiciales de "la causa del jarrón": Natalia Denegri, Samantha Farjat y Julieta La Valle. Con Cóppola preso, las tres coparon horas de televisión junto con Cozza y Tarantini, una vez liberados. Por entonces, sus presencias en los programas del prime time aseguraban escandalosas discusiones y, por supuesto, altísimo rating.
Recordaría Cóppola más tarde: "Durante el viaje los policías me sugirieron que repartiera culpas, que distribuyera el juego. Después el juez quiso que implicara a Maradona y a Marcelo Tinelli. Pero cómo voy a hablar de Diego, si es mi hermano, o de Tinelli, a quien conozco circunstancialmente. Allí vino lo peor. 'No tengo nada que decir', le dije" a Bernasconi, que tras recibir esa respuesta dispuso que el manager fuese llevado a la cárcel de Dolores.
Fue Sonia Brucki, por entonces novia de Cóppola, la primera en revelar el extraño vínculo entre las tres mujeres y los policías que metieron preso al representante.
"Estoy indignada porque vi cosas que no me gustan. Por ejemplo, a los policías que intervinieron en el procedimiento durante el que detuvieron a Guillermo y a esta tal Samantha en el Hotel Plaza. Los vi juntos y compartieron una mesa en un restaurante al que fui a cenar con mi madre", contó.
En realidad no hacía más que confirmar algo que se veía a diario en Dolores: la estrecha relación entre las tres mujeres y los policías al servicio de Bernasconi.
"A Natalia y a Julieta las conocí dos días antes del allanamiento, cuando vinieron a mi casa con una amiga de mi mujer y con mi mujer. Samantha dijo que me conocía de Punta del Este, pero yo casi no la recordaba", explicó Cóppola en una entrevista
Un mes después de la detención de Cóppola, Farjat y Lavalle revelaron cómo había llegado la droga al jarrón. Ambas se presentaron ante el juez federal de San Isidro Roberto Marquevich y dijeron que Denegri -que entonces salía con Tarantini y que hoy es una actriz y conductora de TV radicada en Miami y ganadora de siete premios Emmy- había colocado en el jarrón los 409 gramos de cocaína.
Denegri, a su turno, le inició un juicio millonario al Estado: demandó por el tiempo que estuvo detenida injustamente y porque le colocaron droga para imputarla.
Como consecuencia de las declaraciones que La Valle y Farjat prestaron durante la madrugada en el juzgado de San Isidro, la Cámara Federal de Mar del Plata le sacó el expediente a Bernasconi y lo mandó a Comodoro Py.
"La causa del jarrón" se cerró en diez minutos. Fue el tiempo que le llevó al juez Jorge Tassara, del Tribunal Oral Federal Nº 2, leer el fallo en el que se absolvió a Guillermo Cóppola, en junio de 1999.
Tres años después, Cóppola volvió a Comodoro Py. Junto con Maradona, Denegri y el empresario de la noche Carlos Ferro Viera presenció la lectura de la sentencia del Tribunal Oral Federal Nº 5 que condenó a nueve años y medio de prisión al juez que lo había metido preso, una pena que, finalmente, se redujo a ocho: Bernasconi pasó 33 meses preso.
La caída. El exjuez fue hallado y detenido en un convento carioca
La Usina. En este barrio serrano del Gran Tijuca el exjuez Hernán Bernasconi vivió tres meses hasta que fue detenido; pasó por dos penales cariocas hasta que fue extraditado
En una vivienda de la Usina, cerca de Tijuca, al oeste del centro de Río de Janeiro, Hernán Gustavo Bernasconi vivía como un ciudadano común. Podía serlo para los cariocas que circunstancialmente se lo cruzaban en las intrincadas calles de aquella zona durante esos días intensamente cálidos del inicio del verano de 2000. Pero no lo era en absoluto: ese hombre, que a los 50 años, en octubre de 1996, había llegado al cenit de su carrera como juez federal cuando anunció al país, desde su despacho de Dolores, que había desbaratado una narcobanda VIP que abastecía de droga a ricos y famosos capitaneada nada menos que por el manager de Diego Maradona, estaba allí desde hacía tres meses como clandestino, cobijado por los curas del convento de San Camilo. La Justicia argentina lo requería desde el 4 de noviembre de 1999 como jefe de una asociación ilícita.
Según la circular de difusión roja de Interpol DR-3705/99/UDI/G9, o sea, el requerimiento de detención con fines de extradición, "de marzo a noviembre de 1996 Bernasconi, aprovechándose de su cargo de juez federal de la provincia [de Buenos Aires], formó una asociación ilícita junto con tres policías y el secretario del juzgado [Roberto Schlägel] para involucrar a distintas personas conocidas públicamente en el comercio de estupefacientes".
El entonces juez federal porteño Gabriel Cavallo, que instruía la causa 10.237, en la que le imputaba a su colega los delitos de asociación ilícita, encubrimiento, prevaricato y privación ilegítima de la libertad, había encomendado a la Unidad Antiterrorista y al Departamento Interpol de la Policía Federal rastrear a Bernasconi por toda la región. Temía que pudiera usar Brasil como escala para desplazarse hacia España o Italia.
Los pesquisas federales pudieron precisar que en octubre de 1999 el brasileño Luis Leite dos Santos había acompañado a Bernasconi a San Pablo y le había conseguido un refugio provisorio. Ese hombre, pues, se convirtió en objetivo.
El 20 de enero de 2000 se detectó que Leite dos Santos había abordado el vuelo 941 de la extinta aerolínea Varig con destino a la mayor ciudad de Brasil. Y le pasaron el dato, crucial, a sus colegas de Interpol Brasilia. Esperaban que tomara contacto con el prófugo.
Los agentes brasileños detectaron a Leite dos Santos y lo siguieron. A 30 minutos de viaje desde las playas de Copacabana, el rastro los depositó en el convento de San Camilo, en el barrio Alto da Boa Vista, una zona serrana de Gran Tijuca donde funcionó la usina termoeléctrica usada en el tendido ferroviario carioca.
A las once de la noche del 21 de enero de 2000, ocho agentes lo rodearon. Él no se resistió. El 22 de enero, Bernasconi fue trasladado al presidio de Ponto Zero, en el barrio de Benfica. En ese curioso penal que carecía de mínimas medidas de seguridad rápidamente congenió con los otros presos en su corta reclusión allí: varios policías corruptos, dos abogados y un político menor. "Es un gran hombre, una mente brillante. Dijo que era un perseguido político. Que se había animado a acusar a gente poderosa, pero aun con las pruebas en su favor lo acusaron injustamente para hacerlo a un lado", explicó uno de esos reclusos en aquellos tórridos días, veinte años atrás.
Tanta exposición mediática obligó a las autoridades brasileñas a buscar un nuevo lugar de reclusión: lo sacaron de Ponto Zero, donde mientras leía al cobijo del aire acondicionado el resto de los presos se movían a sus anchas, recibían a sus mujeres y definían sus propios privilegios, y lo enviaron a otro presidio "con mayor seguridad". Finalmente, el juez Moreiro Alvez, el ministro relator del Superior Tribunal de Justicia de Brasil, decretó la extradición y en julio Bernasconi voló a la Argentina.

G. C.

lunes, 10 de febrero de 2020

HISTORIAS DEL CRIMEN,


Matías Bragagnolo: la víctima mortal de una patota de Palermo
En abril de 2006, el chico, de 16 años, fue atacado por un grupo de siete adolescentes y jóvenes cuando estaba en un quiosco con dos amigos; falleció en el hall de un edificio después de ser reducido por un agente de la Policía Federal, que fue condenado por vejaciones; casi 14 años después, la causa sigue abierta en los tribunales
"¡Vamos a darles a esos!", ordenó el que parecía el líder de la patota. Segundos después, Matías Bragagnolo, de 16 años, recibió una trompada desde atrás. El golpe, artero, cobarde, lo alcanzó a la altura de la oreja derecha. Intentó defenderse, pero esta vez le pegaron en el rostro. La víctima y dos amigos supieron que debían correr para salvarse. Mientras huían eran perseguidos por los agresores, que a cada paso les arrojaban piedras. Agitados y con miedo, los tres adolescentes lograron ingresar en el hall de un edificio de Palermo Chico. Buscaron refugio allí.

Matías no lo sabía, pero no estaba a salvo. Cuando estaba por subir al ascensor fue interceptado por un agente de la Policía Federal. El uniformado había sido engañado por los atacantes, que le habían dicho que esos que habían entrado les habían robado un celular. El agente fue en busca de un presunto ladrón, y le ordenó a Bragagnolo que se tirara al piso. Lo tomó de un brazo y lo empujó, y luego le dio puntapiés en distintas partes del cuerpo. Fue todo muy rápido. Una vez de pie, a un par de metros de la puerta, camino a la comisaría, Matías se desvaneció. Cuando llegó la ambulancia del SAME ya era tarde.
La madruga del 9 de abril de 2006 Matías Bragagnolo moría en el hall del edificio situado en Ortiz de Ocampo 2882, a metros de la avenida Figueroa Alcorta.
"El homicidio de Bragagnolo es muy similar al de Fernández Báez Sosa [asesinado por una patota en Villa Gesell]. Lamentablemente, pasan los años y los hechos se repiten", afirmó el abogado de la familia de la víctima, el exfiscal federal porteño Jorge Álvarez Berlanda.
Casi 14 años después, la causa sigue abierta a la espera de que la Justicia defina si se realiza un segundo juicio para uno de los acusados, que en el primer debate fue absuelto, o si la imputación prescribió por paso del tiempo.
En el primer juicio, en 2014, el Tribunal Oral de Menores (TOM) Nº 3 condenó al joven que le pegó la primera piña a la víctima, aquel del golpe por atrás. Ese puñetazo, según la autopsia, le provocó a Matías un edema pulmonar que derivó en la muerte. La pena impuesta fue de dos años de prisión en suspenso por homicidio preterintencional (aquel en el que el agresor actúa con la intención de causar lesiones a otra persona, con un medio idóneo para hacerlo, pero finalmente produce una muerte).

Otros cinco imputados, que en el trámite del expediente habían sido sobreseídos por prescripción de la causa, siguen siendo investigados por orden de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. En 2015, los ministros del máximo tribunal del país dejaron firme una resolución de la Cámara Federal de Casación Penal que había revocado los sobreseimientos de la Cámara del Crimen porteña. Ahora, un Tribunal Oral de Menores debe definir si los juzga o si dicta el sobreseimiento por el principio del plazo razonable de tiempo transcurrido.
El único integrante de la patota agresora condenado hasta el momento trabaja en la panadería de sus padres, en Recoleta, dijo una fuente del caso. En la época del crimen era un adolescente, como la víctima. Este año cumple 30.
El grupo que atacó a Bragagnolo y a sus dos amigos, según fuentes vinculadas con la causa, era conocido como La Palermo.
En el debate oral de 2014, los jueces Inés Cantisani, Sergio Real y Gustavo González Ferrari también condenaron al agente de la Policía Federal Luis Villegas. Se trata del uniformado que les creyó a los agresores de Bragagnolo e interceptó al adolescente en el hall del edificio de Ortiz de Ocampo 2882, creyéndolo un ladrón.
Policía condenado
Villegas fue condenado a dos años y seis meses de prisión en suspenso. Los magistrados lo habían encontrado culpable de los delitos de vejaciones e incumplimiento de deberes de funcionario público. Pero lo absolvieron del homicidio preterintencional.
Luis Villegas, el policía federal condenado 
"No, de ninguna manera. Solo hice lo que se hace en un procedimiento policial. Tomé del brazo a los muchachos y les indiqué que se tiraran al piso. Una vez que estaban en el suelo, con mi pie les separé las piernas y los requisé. Como no había delito, me retiré", dijo Villegas  en junio de 2006, cuando se le preguntó si había golpeado a la víctima.
La fiscal del juicio, Patricia Quirno Costa, había solicitado cuatro años de prisión para Villegas por considerarlo culpable de vejaciones e incumplimiento de los deberes de funcionario público.
En cuanto a los menores involucrados, Quirno Costa había pedido cuatro años y medio de prisión para uno y tres años de prisión para el otro, ambos por ser considerados coautores de homicidio preterintencional.
El caso había ganado la atención de la opinión pública, que aún retenía, frescos en la memoria, los detalles del mortal ataque a Ariel Malvino en la playa brasileña de Ferrugem, un caso que sigue impune. La patota que actuaba en Palermo Chico, integrada por adolescentes de clase media alta, era noticia. Diez días después del fallecimiento de su hijo, Marcelo Bragagnolo dijo : "A esta altura del partido, y por los datos que me han dado, tengo la convicción de que la muerte de Matías fue un homicidio. Hubo muchas llamadas a la fundación de Juan Carlos Blumberg para denunciar cómo actuaba esta patota".
Catorce años después, y con el expediente aún abierto, Bragagnolo afirma que no tiene "más remedio que aceptar" lo que la Justicia resuelva. "Además de la bronca y de la impotencia que siento, lo que pasó con la causa es una pésima señal para la sociedad", dijo ayer 
Recordó, como si fuera hoy, que aquel 9 de abril de 2006 su hijo y dos amigos -ambos llamados Santiago- habían ido a un quiosco en Figueroa Alcorta y Salguero a comprar gaseosas. Venían de la casa de una amiga, en el piso 14 de Ortiz de Ocampo 2882, a metros de la embajada de Uruguay.
"Los tres chicos [la víctima y sus amigos] estaban muy bien vestidos. Querían comprar bebidas alcohólicas, pero les dijimos que no se las podíamos vender. De pronto comenzó una pelea y un chico le pegó una trompada a otro. El golpe lo hizo caer al piso", contó  pocas horas después de los hechos, Lucas, el quiosquero que los había atendido.
Según informó oportunamente el sitio de noticias del Ministerio Público Fiscal www.fiscales.gob.ar, la acción de la patota comenzó "sin mediar ningún tipo de agresión ni intercambio de palabras por parte de la víctima".
Reconstrucción
Los investigadores pudieron reconstruir que uno de los acusados le pegó a Matías un "fuerte golpe de puño desde atrás en la zona auricular derecha". Según hicieron constar en el requerimiento de elevación a juicio, "a partir de ese momento se originó un intercambio de golpes entre ambos, a raíz del cual fueron desplazándose en dirección a la avenida Figueroa Alcorta" hasta que "el otro acusado golpeó a la víctima con un puñetazo en el rostro".
Cuando Bragagnolo y sus dos amigos estaban huyendo los agresores comenzaron a arrojarles piedras. Una de ellas pegó en la cabeza de la víctima.
"Las agresiones, pero en especial el primer golpe, ocasionaron una rápida rotación angular de la cabeza de Bragagnolo a nivel de la unión cérvico-encefálica que distorsionó la arquitectura cerebral dentro de la caja craneana, provocando un edema encefálico difuso generalizado a ambos hemisferios", se informó en www.fiscales.gob.ar.

En el dictamen de los fiscales se afirmó que "los signos y síntomas físicos que evidenció [la víctima] durante la corrida y al ingresar en el inmueble [de avenida Figueroa Alcorta y Ortiz de Ocampo] confirman que el edema traumático desencadenado por la riña [sic] mantenida en la vía pública momentos antes iba en progreso, generando secundariamente una hipoxia encefálica por la compresión de los vasos sanguíneos, estableciéndose de esa forma un círculo vicioso de aumento incesante".
Villegas admitió que había ido hasta el edificio donde habían ingresado Bragagnolo y sus amigos porque un joven le había dicho que la víctima y sus amigos les habían robado un celular, aunque sin darle ningún tipo de detalle sobre el supuesto hecho invocado.
"No puede existir una Justicia que tarde más de 13 años en resolver un homicidio. Esto no existe en un país desarrollado, solo sucede en un país donde la Justicia tiene ciertas laxitudes que no son controladas por nadie", opinó Álvarez Berlanda.

La víctima
Matías Bragagnolo tenía 16 años. Había nacido el 29 de mayo de 1989 y tenía un hermano mellizo: Martín. Cursaba el quinto año del secundario en el Colegio Esquiú, del barrio porteño de Belgrano

Los agresores
Siete sospechosos fueron investigados, pero por ahora solo uno terminó condenado; un segundo acusado fue absuelto en el juicio; la Corte Suprema ordenó seguir con la investigación judicial

El policía
El agente Luis Villegas, Suboficial de la Policía Federal, fue condenado a dos años y seis meses de prisión por los delitos de vejaciones e incumplimiento de los deberes de funcionario público


G. D. N.

domingo, 2 de febrero de 2020

HISTORIAS DEL CRIMEN,


Ariel Malvino: el homicidio impune de "los hijos del poder"
Ariel Malvino fue asesinado por una patota; tenía 23 años
La víctima tenía 23 años y era estudiante de Derecho; fue asesinado a golpes en sus vacaciones en las playas de Ferrugem, en el sur de Brasil; a pesar de que hay tres acusados por el brutal crimen, 14 años después, el caso continúa impune; sus padres luchan desde entonces por justicia y esperan que este año los imputados sean finalmente llevados ante un jurado popular
Rodeado por sus agresores, Ariel Malvino retrocedía. No quería pelear. Uno de los atacantes le pegaba golpes de puño y patadas. Otro lo noqueó con una trompada. El joven estudiante de Derecho, después de pegar su cabeza el suelo, quedó desvanecido. Los testigos circunstanciales miraban sin entender lo que sucedía. Pero lo peor no había pasado. Cuando la víctima estaba en el piso, inconsciente y sin poder defenderse, un tercer atacante le arrojó una piedra de 17,5 kilos a la altura del abdomen. Pocos minutos después murió Malvino, de 23 años. Todo ocurrió el 19 de enero de 2006 en el balneario brasileño de Ferrugem, adonde el joven había ido de vacaciones con un grupo de amigos. Un asesinato con muchas similitudes con relación al brutal homicidio de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell.
El crimen cometido en Ferrugem está impune. Catorce años después, Patricia Martín y Alberto Malvino, los padres del joven asesinado, esperan que en el transcurso de este año los tres acusados -Eduardo Braun Billinghurst, Horacio Pozo (h.) y Carlos Andrés Gallino Yanzi- sean sometidos a juicio oral y público. Por momentos, la causa judicial estuvo paralizada con demoras injustificables en traducir las indagatorias de los imputados y las declaraciones de los testigos. Los cuestionarios llegaron a la Argentina desde Brasil vía exhortos judiciales, pero una vez concluidas las diligencias judiciales no se traducían del castellano al portugués por falta de un perito oficial.
"No podemos entender cómo todavía no fue habilitada otra instancia para que sea respetado el derecho de acusación. La causa está demorada por un trámite de traducción desde hace meses", decía el padre de la víctima en enero de 2010, cuatro años después del crimen. Como Malvino, los tres acusados, oriundos de Corrientes, habían ido de vacaciones a las playas de Ferrugem, en el sur de Brasil. En el momento del homicidio, Braun Billinghurst tenía 22 años; Gallino Yanzi, 27, y Pozo, 22.
Gallino Yanzi y Pozo fueron imputados de "forma definitiva" por el delito doloso de lesiones corporales con resultado de muerte. Braun Billinghurst fue acusado de tentativa de homicidio agravado. "Cuando Ariel [por Malvino] estaba tirado en el piso, apareció Eduardo [por Braun Billinghurst] y le arrojó la piedra a la altura de la cintura. Luego salió corriendo. Gallino, en el momento de la pelea, tiraba patadas dirigidas a Ariel, que retrocedía porque no quería pelear. Mientras Ariel se alejaba de los golpes de Gallino, Horacio [por Pozo] le pegó una piña [sic] en uno de sus pómulos", sostuvo Sofía una testigo que respondió un cuestionario que mandó la Justicia de Brasil. El testimonio fue tomado en mayo de 2013 por el juez federal Daniel Rafecas.
En enero de 2007, al cumplirse el primer aniversario del homicidio, s entrevistó a Pozo. El joven, que en ese momento estudiaba la carrera de Veterinaria, afirmó: "Yo sostengo que nunca me peleé con Malvino, no lo vi nunca".
Pero para la Justicia de Brasil no hay dudas de su participación. Según el Ministerio Público de Santa Catarina, el 19 de enero de 2006, a las 5, en la calle general de la playa de Ferrugem, Gallino Yanzi, Pozo y Braun Billinghurst, participaban en una "riña" y peleaban contra diez personas "en agresiones físicas recíprocas". Malvino estaba cerca y observaba la gresca en "forma pasiva" e "hizo en voz alta un comentario despectivo sobre la actitud de los denunciados destacando la estupidez de las personas involucradas en la pelea".
Según reconstruyeron los investigadores judiciales, Gallino Yanzi y Pozo abandonaron la pelea y se dirigieron hacia el joven estudiante de Derecho y lo "interpelaron" por su comentario. Después se "lanzaron" [sic] en conjunto e intencionalmente contra la víctima y le pegaron varios puñetazos.
Malvino pudo esquivar los golpes. Retrocedió hasta que Pozo (h.), siempre según la imputación, "consiguió arrojarle en forma certera un puñetazo en el maxilar". La víctima se desvaneció. Al caerse, su cabeza dio contra el suelo. El golpe, según la autopsia, le provocó la muerte.
Como se dijo, el ataque continuó. Cuando el joven estudiante de Derecho, que vivía con sus padres en Belgrano, estaba desvanecido en el piso, "Braun Billinghurst con la inequívoca intención de matar, se apoderó de una piedra con un peso aproximado de 17,5 kilos que se encontraba en el lugar del hecho, e irguiéndola [sic] sobre su cabeza la arrojó violentamente contra Malvino. El resultado letal pretendido no llegó a consumarse solamente por circunstancias ajenas a su voluntad", afirmó en su momento el Ministerio Público.
Al describir la imputación cuando se le tomó una de las declaraciones indagatorias, el Ministerio Público Fiscal sostuvo: "Para la práctica del crimen, Braun Billinghurst se valió de un recurso que tornó imposible cualquier defensa por parte de la víctima, aprovechándose del hecho de que Malvino yacía en el suelo, inmóvil e inconsciente, para entonces arrojarle la piedra. Debe dejarse registrado que el homicidio fue cometido por un motivo banal, un simple comentario hecho por la víctima".
Las defensas
En diciembre de 2013, en una de sus declaraciones indagatorias, Braun Billinghurst dijo ante el juez federal de Corrientes Juan Carlos Vallejos que todas las acusaciones eran falsas.
"Suponiendo que alguien haya tirado una piedra de 17,5 kilos y a eso sumarle la fuerza que multiplica el peso de ese objeto, el sentido común de cualquier persona diría que tuvo que haber dejado rastro alguno. Según me informa mi abogado de Brasil, en el examen cadavérico o autopsia en el cuerpo de la víctima no existía ningún indicio de lesiones provocado por un objeto de semejantes características. Y vuelvo a resaltar que nunca tiré ni vi que alguien haya tirado piedra alguna. Nunca vi a la víctima ni la conozco", afirmó según la documentación a la que se tuvo acceso
Gallino Yanzi, entre otras cuestiones, sostuvo que no le pegó ningún puñetazo a Malvino ni a otra persona y aseguró que intervino en una pelea para separar a su amigo Horacio (por Pozo), que era golpeado cuando estaba en el piso ensangrentado.
En su declaración indagatoria, Pozo afirmó: "No es verdadera la acusación que se me hace. La víctima de una golpiza producida por una patota fui yo provocándome importantes lesiones de las cuales he presentado pruebas".
Pozo fue más allá: "Según lo que pude averiguar, el hecho que se me imputa para nuestra legislación penal ya estaría prescripto, por lo que entiendo que se debería dar por finalizada la investigación en la que se me imputa. Más allá de esto, sigo a disposición para esclarecer el hecho".
El fiscal general federal de Corrientes, Carlos Schaefer, explicó a la agencia de noticias Télam que fue necesaria una articulación diplomática entre la Argentina y Brasil para que los tres acusados fuesen indagados por un juez argentino. "Fueron válidas esas indagatorias, que llegaron a ser tomadas luego de una instancia de casación", dijo el funcionario judicial.
Elevación a juicio
En marzo de 2017, hace casi tres años, los padres de Malvino recibieron la noticia que esperaban desde que comenzaron su lucha en busca de justicia: la jueza Elaine de Souza Freitas, en ese momento a cargo de la causa, había aceptado la acusación del Ministerio Público e imputó en forma definitiva a los tres acusados y decidió que un jurado popular definiera si Braun Billinghurst, Pozo y Gallino Yanzi eran culpables o inocentes. Ahora, el expediente está en el Tribunal de Justicia del Estado de Santa Catarina, a la espera del debate oral. Pero todo volvió a demorarse.
Según Télam, las defensas de los acusados, en octubre pasado, hicieron un último intento de que la Justicia de Brasil postergue la realización del debate,lo cual fue rechazado.
"Ya están en condiciones de que fijen fecha de juicio porque no quedan otras instancias de apelación. Estamos ansiosos y esperamos que eso ocurra este año", dijo el padre de Malvino.
Hoy, 14 años después, según pudo reconstruir, Braun Billinghurst está casado, tiene dos hijos y, junto con su hermano Lautaro, maneja una empresa dedicada a la venta de maquinaria pesada como representantes de una marca internacional; Gallino Yanzi vive en Neuquén y está en pareja, y Pozo está casado, tiene dos hijos, y si bien es veterinario está abocado a una empresa constructora propiedad de su familia. En 2006, a los acusados se los conoció como "los hijos del poder correntino": Horacio Pozo padre era secretario de Turismo de Corrientes cuando su hijo quedó involucrado en el asesinato de Malvino y renunció a los pocos días. Hoy es legislador provincial. La abogada Nidia Alicia Billinghurst de Braun, madre de uno de los acusados, según su perfil de Linkedin es jueza de la Cámara de Apelaciones en lo Contencioso Administrativo y Electoral de Corrientes.
"Solo queremos [por él y su esposa, Patricia] que haya juicio y que ambas partes sean escuchadas. Con un juicio nos consideramos recompensados a nivel judicial. Las circunstancias dirán si hubo o no culpabilidad. Estamos convencidos de la culpabilidad absoluta de los acusados", había dicho el padre de la víctima en 2014. Todavía, 14 años después del homicidio, continúa con la espera.
Los acusados por el asesinato
1 Eduardo Braun Billinghurst. Según la acusación del Ministerio Público de Brasil, fue la persona que arrojó una piedra de 17,5 kilos de peso contra el cuerpo de Ariel Malvino cuando estaba desvanecido en el piso de la avenida principal de Ferrugem. Tenía 22 años cuando, según la imputación, fue uno de atacantes de Malvino. Su madre es jueza
2 Horacio Pozo (h.). La investigación de la Justicia brasileña determinó que fue el autor del golpe que derribó a Malvino y que provocó el golpe mortal de la cabeza de la víctima con el pavimento. Con 22 años en ese momento, tenía un cuerpo fornido. Algunos testigos afirmaron que le pegó desde atrás a la víctima. Su padre es diputado provincial
3 Carlos Gallino. En la elevación a juicio oral en Brasil figura imputado como coautor del homicidio de Malvino. En la acusación aparece como el primer atacante del joven estudiante de Derecho, que solo veía cómo el grupo correntino golpeaba a otras personas. Testigos aseguraron que ese sospechoso, que tenía 27 años, golpeó varias veces a Malvino
G. D. N. 

Patota: un hombre lucha por su vida tras recibir fuertes golpes
Javier Ferreyra, de 39 años.
La víctima fue perseguida varias cuadras por un grupo de jóvenes; las patadas afectaron un pulmón
Un hombre permanecía ayer internado en estado crítico en un hospital de Ramallo tras haber sido atacado a golpes por siete personas a la salida de una fiesta familiar en una casa de esa ciudad bonaerense, y por el hecho fueron detenidos tres de los presuntos autores, informaron fuentes policiales.
Se trata de un hombre de 39 años identificado por la policía como Javier Ferreyra, quien fue atacado el último sábado en la madrugada en la esquina de las calles España y Santa Fe, en pleno centro de Ramallo, a unos 200 kilómetros de la Capital Federal, y permanecía internado en la sala de la Unidad de Terapia Intensiva (UTI) del Hospital Municipal de Ramallo.
La violenta agresión en patota se registró casi al mismo tiempo en que otro grupo violento provocaba la muerte del adolescente Fernando Báez Sosa. Ese joven, de 19 años, recibió una patada mortal y hay diez sospechosos por ese crimen, ocurrido en Villa Gesell. Al igual que lo ocurrido en la ciudad balnearia, en Ramallo los agresores eran jóvenes.
En el caso conocido hoy en Ramallo, según las fuentes policiales, el hombre presenta un fuerte traumatismo de cráneo, fractura expuesta de mandíbula y un golpe en el tórax que le afectó el pulmón izquierdo.
El hecho ocurrió cerca de las 6 del pasado sábado, cuando Ferreyra participaba de una fiesta familiar en la que comenzó a discutir con otros participantes del encuentro.
La discusión continuó en la calle hasta que Ferreyra decidió irse a su casa, dijeron las fuentes. Sin embargo, el hombre fue perseguido por alrededor de siete personas que lo sorprendieron a unas cuatro cuadras del escenario del primer enfrentamiento y comenzaron a golpearlo con patadas y trompadas en distintas partes del cuerpo.
El hombre golpeado fue finalmente auxiliado por vecinos que oyeron los gritos y llamaron a la policía y a una ambulancia que lo trasladó al Hospital Municipal.
Los investigadores de la Comisaría 1» de Ramallo, con los testimonios de los invitados de la fiesta, comenzaron a buscar a los agresores y el martes a la tarde lograron la detención de tres sospechosos, mientras que se busca a los otros cuatro presuntos atacantes.
Los detenidos fueron identificados como Juan Cruz Ríos, de 19 años; Guillermo Retamal, de 19, y Francisco Mendoza, de 22.
Los policías secuestraron una moto Honda Titan y un auto Fiat Uno que, se cree, fueron utilizados por los agresores cuando atacaron a Ferreyra.
"Sigue grave y luchando por su vida", dijo una de las hermanas de Ferreyra.
"Su estado es muy delicado, pero él es fuerte y estoy segura de que va a salir adelante. En el parte médico nos dijeron que lo fueron despertando del coma farmacológico y que estaba muy violento porque las heridas fueron muy graves. Así que lo estaban tratando de calmar para poder ver cómo evoluciona, pero igual nos dijeron que el estado sigue siendo muy delicado", agregó la familiar de la víctima en declaraciones al diario El Norte.
La investigación se encuentra a cargo de la Justicia descentralizada de Ramallo, dependiente del Poder Judicial de San Nicolás, y el expediente fue caratulado como homicidio en grado de tentativa. El fiscal Ariel Tempo confirmó además a los medios de prensa locales que la policía bonaerense busca a un cuarto sospechoso por el ataque en patota contra Ferreyra.
Otro ataque luego de una fiesta
En el mismo momento en que en Villa Gesell fue atacado Fernando Báez Sosa, en Ramallo fue brutalmente golpeado por varios jóvenes Javier Ferreyra, de 39 años.

viernes, 3 de enero de 2020

HISTORIAS DEL CRIMEN,


Cromañón: a 15 años de la tragedia que dejó 194 muertos, no quedan detenidos
El interior del local, con los rastros de la devastación
A consumirme, a incendiarme, a reír sin preocuparme hoy vine hasta acá...
Abordo del sonido de la filosa guitarra de Maximiliano Djerfy y del ritmo monolítico que le imprimían a la base el baterista Eduardo Vázquez y el bajista Christian Torrejón, Patricio Santos Fontanet, líder y voz de Callejeros, arengaba a la marea de seguidores que atestaban República Cromañón. El local de Once, bajo el gerenciamiento del mítico Omar Chabán, iba camino de convertirse en el templo del nuevo rock. Y la banda de Villa Celina esperaba cerrar el mejor año de su carrera.
Eran las 22.50 del 30 de diciembre de 2004 y con "Distinto", el tema de apertura de su disco Rocanroles sin destino, Callejeros arrancaba el último show de la temporada. De repente, un fogonazo iluminó el techo de un rojo-anaranjado que comenzó a esparcirse. El sonido se apagó, y la confusión mutó rápidamente en miedo, y luego en terror, gritos, humo. Una bengala -técnicamente, un "tres tiros"- se había elevado en corto trayecto hasta encender la media sombra que cubría los paneles acústicos del techo de lo que había sido una bailanta antes de convertirse en el nuevo Cemento en el barrio de Once.
Los paneles hicieron su trabajo, pero no impidieron el incendio; favorecieron las expansión de las llamas con una consecuencia letal como nunca antes ni después se vio en la Argentina. Desde el techo bajó, sin aviso, la muerte lenta del ácido cianhídrico despedido por la combustión de la espuma de poliuretano de los paneles. Debajo, a nivel de la superficie, miles de jóvenes y adultos, incluso de niños de un puñado de años de edad, intentaban escapar. A oscuras se empujaban, se arremolinaban, trataban de enfilar hacia las puertas batientes a través de las cuales habían entrado. Pronto advirtieron, todos, que habían quedado encerrados y que República Cromañón se había convertido en una trampa mortal.
Las zapatillas, un símbolo de la tragedia
El lunes se cumplirán 15 años de la mayor catástrofe por causas no naturales de la Argentina: 194 muertos y 1432 heridos. Miles de familias devastadas y otros miles con secuelas que aun hoy no pueden superar. Resarcimientos que recién empiezan a llegar. Y consecuencias que fueron más allá de lo que se puso en juego en el largo e intrincado proceso judicial.
La tragedia de República Cromañón desnudó el descontrol de los controles del Estado, la ineptitud y la corrupción en las áreas de inspección y de habilitaciones comerciales porteñas y la connivencia de la policía, haciendo la vista gorda a cambio de dinero. Pronto se supo que en el local, habilitado para albergar un máximo de 1031 concurrentes, había más de 3300 fanáticos de Callejeros. Se supo, también, que los planos presentados a la Ciudad por los dueños de la propiedad no coincidían con la arquitectura del salón. Los matafuegos estaban vencidos, la manguera de incendio no funcionaba, no había plano de evacuación y la puerta de emergencia había sido criminalmente cerrada. Donde debía haber una puerta, la gente se topó con una pared...
El horror de Cromañón reconfiguró el mapa del poder de la época y marcó un punto de inflexión en la política de la Ciudad. Le puso fin al gobierno progresista, con la destitución de Aníbal Ibarra, y fue el punto de partida de una carrera que llevó a Mauricio Macri primero al despacho principal de Bolívar 1 y, ocho años después, le permitió cruzar la Plaza de Mayo para ocupar, desde el 10 de diciembre de 2015 hasta hace dos semanas, el sillón de Rivadavia.
El dramático incendio de Once tuvo profundas consecuencias en la producción de recitales de rock en la Ciudad. Marcó, inicialmente, un "apagón" de los shows en vivo, ya que mientras se discutían las condiciones en las que los locales que hasta entonces albergaban a las bandas podían funcionar, nadie ofrecía un escenario seguro para músicos y el público.
La vereda de Cromañón y las víctimas
Pero también puso en entredicho las formas; en especial, cuestionó ese estilo de "rock chabón" que encarnaba Callejeros, que convertía al público en protagonista, en un espejo del modelo de las barras en los estadios de fútbol. Banderas y fuegos artificiales como parte de un decorado global que excedía el escenario, en un ida y vuelta que los músicos de la banda capitaneada por "Pato" Fontanet reconocía e incluso arengaba.
La tragedia desnudaba, también, la falta de preparación del Estado para atender una situación de semejante magnitud. Minutos después del incendio, las ambulancias que comenzaron a llegar a Cromañón pronto no bastaron. Colectivos de línea fueron desviados desde Plaza Miserere hasta Bartolomé Mitre al 3300 y terminaron convertidos en transportes de heridos a destajo. Los hospitales se vieron superados a la hora de la atención. En la emergencia se advirtió la falta de suficientes insumos. No había un protocolo uniforme de intervención de urgencia, lo que se conoce como triage. Sobre todo eso también se discutió durante meses en busca de una legislación y medios que sirvieran para enfrentar una crisis excepcional como esta.
Las escenas que entregaba Cromañón eran escalofriantes. Primero, cuando se descubrió que las puertas del local estaban cerradas con cadenas y candados que las hacían infranqueables. Los cuerpos se apretujaron contra el metal, unos sobre otros; mientras desde afuera la policía intentaba abrirlas, por las rendijas asomaba brazos y se escuchaban desgarradores gritos y pedidos de ayuda.
Cuando la puerta de emergencia de dos hojas finalmente cedió, los cuerpos exánimes comenzaron a recortarse entre la densa humareda; era algo nunca visto. Entre los que lograron salir de aquel primer horror, hubo incluso quienes, a poco de caminar por las veredas enloquecidas de aquella calurosa noche de la antevíspera del fin de año, caían como moscas, muertos. El sucio gas caído del techo había quemado las vías respiratorias de muchos; sus pulmones y sus corazones sucumbían ante el veneno negro del ácido cianhídrico.
La hora de la Justicia
A olvidarme de olvidar, a recordar lo que vendrá... llegó a cantar Fontanet antes de que entre el círculo de fanáticos del grupo que se identificaba como "El Fondo no fisura" encendiera el fuego de artificio que desencadenó el drama en el enorme local convertido, de repente, en un aquelarre.
Mientras los hospitales explotaban de pacientes, mientras miles de padres buscaban a sus hijos, y otros revisaban los listados oficiales en busca de hermanos, tíos, sobrinos y amigos, la Justicia comenzaba a mover sus engranajes. El primer desafío fue un fracaso: identificar al autor primario de la tragedia. Pasados 15 años, se sabe que quien encendió la bengala letal fue un miembro de El Fondo no fisura, pero los códigos de silencio y la ausencia de otros testigos impidieron ponerle nombre y apellido. Hoy ni siquiera se sabe si está vivo.
Obturada esa vía, el fiscal Juan Manuel Sansone y la jueza María Angélica Crotto avanzaron por una vía novedosa: a falta de autor material, desentrañarían toda la cadena de responsabilidades para buscar a los autores mediatos.
Uno era obvio: Chabán. Como gerenciador de Cromañón y productor de los espectáculos, le correspondía velar por la seguridad de los concurrentes, para lo cual estaba obligado a cumplir con todos los requisitos de habilitación. Pero se descubrió, muy rápido, que lo que decían los planos y los formularios de inspección no se correspondía con la realidad: ni salidas de emergencia, ni sistema claro de evacuación; una media sombra donde no debía haberla; matafuegos vencidos y mangueras de agua inútiles por falta de presión.
No solo eso: cuando todavía muchos de los cuerpos de las víctimas no habían sido entregados a sus familiares, se estableció que Cromañón tendría que haber estado cerrado: tenía certificación de bomberos vencida. El 8 de diciembre un inspector de bomberos paso por allí para revisar el local, pero nadie lo atendió.

Pronto se volvió claro que la responsabilidad no terminaría en Chabán y en quien era su "mano derecha" en el manejo de Cromañón, Raúl Villarreal. El show de Callejeros era, en realidad, una coproducción entre el gerenciador del local y la banda. Juntos decidieron que venderían 3500 localidades, tres veces más que los 1031 permitidos para un "local bailable clase C", como había sido habilitado. Como coproductores, entonces, también les cabía la responsabilidad de garantizar la seguridad de los espectadores.
Y si el local funcionaba en flagrante infracción, era evidente que la responsabilidad no se acababa en Chabán y la banda. El siguiente paso fue imputar a los responsables de las áreas de inspecciones del gobierno de la Ciudad. Así se llegó hasta Fabiana Fiszbin, subsecretaria de Control Comunal, y sus subalternos inmediatos Ana María Fernández y Gustavo Torres.
Y a todo eso no podían ser ajenos los jefes policiales de la zona. El subjefe de la comisaría 7ª, Carlos Díaz, fue acusado de cobrar coimas de Chabán para hacer la "vista gorda" con Cromañón.
Sentencia y revisión
A ser idiota por naturaleza, y caer siempre ante la vaga certeza de que en esta tierra todo se paga... cantó Fontanet cuatro años y medio antes de terminar sentado, junto con otros 14 imputados, en el banquillo de los acusados.
El 19 de agosto de 2009 llegaron las sentencias para Chabán, Diego Argañaraz (mánager de Callejeros) y el subcomisario Díaz por estrago doloso seguido de muerte y cohecho, y para dos funcionarios por incumplimiento de deberes.
En 2011, Casación cambió la carátula a estrago culposo seguido de muerte y condenó a Callejeros. Un año después fue condenado Rafael Levy, dueño del local. Chabán murió en noviembre de 2014. En mayo de 2018 Fontanet salió libre. Solo queda preso el baterista Vázquez, condenado por el femicidio de su esposa, Wanda Taddei.
Todos los condenados
Patricio Fontanet, cantante y líder de Callejeros
Patricio Fontanet
La Justicia le impuso la pena de 7 años de cárcel. Formó otra banda de rock. Está en libertad condicional.
Omar Chabán, gerenciador de Cromañón
Omar Chabán
Fue condenado a 10 años y 9 meses de prisión. Murió en 2018, cuando estaba internado en el Hospital Santojanni.
Christian Torrejón, bajista de Callejeros
Christian Torrejón
El Tribunal Oral le impuso una pena de cinco años de cárcel. Está en libertad condicional.
Diego Argañaraz, manager de Callejeros
Diego Argañaraz
Condenado a cinco años de prisión. Su mujer murió en Cromañón. Cumplió dos tercios de la pena y quedó libre.
Daniel Cardell, escenógrafo de Callejeros
Daniel Cardell
Condenado a tres años de cárcel. Fue el primero de los miembros de la banda en salir en libertad.
Maximiliano Djerfy, guitarrista de Callejeros
Maximiliano Djerfy
Recibió la pena de cinco años de prisión. Terminó enfrentado con Fontanet. Quedó en libertad.
Elio Delgado, guitarrista de Callejeros
Elio Delgado
Condenado por el tribunal a cinco años de cárcel. Fue beneficiado con la libertad condicional.
Juan Carbone, saxofonista de Callejeros
Juan Carbone
Sentenciado a cinco años de prisión, de los cuales pasó detenido tres años y medio. Tiene libertad condicional.
Raúl Alcides Villarreal, colaborador de Chabán
Raúl Alcides Villareal
Fue condenado a seis años de prisión. Recuperó la libertad. Tenía a su cargo la seguridad del local.
Eduardo Vázquez, baterista de Callejeros
Eduardo Vázquez
Fue condenado a seis años de prisión. Sigue detenido: le dieron prisión perpetua por el femicidio de su esposa.
Gustavo Torres, funcionario porteño
Condenado a tres años y nueve meses por incumplimiento de deberes. Le dieron la libertad condicional.
Fabiana Fiszbin, jefa de control comunal
Condenada a cuatro años de prisión. Quedó libre luego de que le redujeron la pena a tres años y seis meses
Carlos Díaz, subcomisario de la Federal
Condenado por estrago culposo seguido de muerte y cohecho a ocho años de cárcel. Quedó en libertad
Ana María Fernández, funcionaria porteña
Condenada a tres años y seis meses por incumplimiento de deberes. Recibió la libertad condicional
F. R.