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jueves, 29 de marzo de 2018

LAS IZQUIERDAS; ....OPINA LORIS ZANATTA


LORIS ZANATTA
Mientras la vertiente reformista pierde terreno, ganan espacio los radicalizados, que tienen una visión religiosa de la política
La izquierda está en crisis, moribunda, ya murió: tal es la música que se escucha por todos lados, desde Inglaterra hasta Australia, desde los Estados Unidos hasta la India. Partidos gloriosos como el SPD alemán y el socialista francés boquean; en América Latina la "marea roja" es un recuerdo. Cada elección repite la lección. Todo el mundo lo dice, los sabios y los militantes, en los cafés y en las aulas. Debe ser cierto.
El tema es serio e impone preguntas. ¿De qué izquierda estamos hablando? ¿Padece un resfrío o una enfermedad terminal? ¿Es un concepto que tiene todavía sentido? Los sociólogos explican la crisis por el cambio en la composición social: hacen su trabajo. Los politólogos estudiando los flujos electorales: ganan su salario. Juristas y filósofos hacen lo mismo. Los periodistas buscan respuestas claras y simples. Pero, a fuerza de simplificar, confunden más de lo que ayudan. Luego están los militantes. Su pregunta es: ¿de quién es la culpa?
La respuesta más recurrente a la pregunta fatídica es: la "culpa" la tiene la izquierda misma, porque ha abandonado al "pueblo", descuida a "los últimos"; toma aperitivos en la City en lugar de una copa de vino en la barra de los bares de la periferia, frecuenta los bancos en lugar de los mercados barriales. A un conocido actor italiano le va el premio a la claridad: la izquierda pierde porque ya no es comunista. Hay idioteces que dan en el clavo.
De hecho, ¿cuál es la izquierda que agoniza? Es la izquierda moderada, reformista, gubernamental, para llamarla de algún modo. A la otra izquierda, en cambio, la que dice comer la comida de los marginados, no le va tan mal: puso el vino viejo en barriles nuevos, bautizó conceptos antiguos con palabras modernas, cambió la escuela de Fráncfort por Laclau y Zizek. ¡El laborista inglés Jeremy Corbyn se volvió un ícono! ¡Y Pablo Iglesias! Están con viento a favor.
Por supuesto, tienen un secreto: están en la oposición, pueden prometer la luna, hablar de grandes sistemas, sin bajar del peral. En cambio, mira al pobre Tsipras: ahora que se ensucia las manos para sacar a Grecia del pozo, nadie se acuerda de él. Los otros ídolos que han gobernado, Correa, Lula, no han salido bien parados. Dejemos de lado a Maduro. ¡Lo más gracioso es que muchos de ellos se dicen herederos de la socialdemocracia! ¡Qué lindo cuando estaba! ¡Qué bueno sería volver a ella! Como si fuera posible, como si olvidaran haber odiado a la socialdemocracia! Era un pacto deshonroso con el capitalismo, decían; un pacto que frenaba la Revolución, se indignaban! Hay gente que siempre llega tarde, pero igual se cree adelantada.
Al historiador no le importa quién tiene la "culpa": no es un sacerdote que imparte penas y absoluciones. Más que buscar "culpas" y, por lo tanto, culpables, se pregunta "por qué". ¿Por qué la izquierda reformista está mal? ¿Y por qué se diría que gozan de mejor salud las izquierdas apocalípticas y redentoras, a menudo diluidas dentro de abarcativos frentes nacionalpopulares? ¿Y por qué lo mismo ocurre con las derechas?
Creo que poco a poco, a través de un largo pero inexorable proceso histórico, la izquierda reformista, más que abandonar al "pueblo", dejó de creer en "el pueblo" como sujeto mítico al que ella tendría la tarea de redimir. La izquierda reformista es, en este sentido, una "izquierda secular": tiene una visión desencantada del mundo, no cree en la política como religión, no cultiva relatos épicos, no cree que matando al dragón, llámese como se llame, hará feliz al "pueblo".
No sé si puede existir una política sin épica, sin una pizca de visión salvadora de la humanidad. Me gusta pensarlo, pero no estoy seguro. Una cosa, sin embargo, es cierta: en tiempos de crisis, de transformaciones rápidas y profundas como los nuestros, su visión del mundo les parecerá inadecuada a muchos: no calienta los corazones, no moviliza, no excita. Muchos, en cambio, desearán creer que el dragón existe, que se llama capitalismo y neoliberalismo, que cuando lo hayamos matado el camino hacia la tierra prometida será liberado y en el valle del Edén el "pueblo" encontrará paz, justicia y prosperidad. Esta es la izquierda religiosa, esto es, "el comunismo" romántico e inexistente que el actor mencionado sueña con resucitar.
Pero ¿por qué la izquierda secular cultiva el desencanto? ¿Quién la obliga, si al hacerlo padece derrotas, burlas, impopularidad? Por dos razones, creo, vinculadas entre ellas: porque la historia pesa y por honestidad intelectual. Me explico. Quien quiere gobernar y no predicar, progresar y no redimir, sabe que no hay atajos, no hay mundos ideales de reserva; sabe que evocarlos es engañoso y deshonesto. Para decirlo brutalmente: la izquierda secular sabe que no será una cruzada anticapitalista la que hará caer desde el cielo el bienestar y la equidad. No se anima a especular con aquella vieja carta, melodiosa e ilusoria como el canto de las sirenas: porque aprendió que aquellos bienes no dependen de si hay capitalismo o no, que no sirve imaginar el mundo como debería ser, sino hacerlo mejor a partir de lo que es. La izquierda democrática llegó a la conclusión de que lo que llamamos capitalismo no es un lugar moral donde crece el pecado, no es El Capitalismo, un concepto metafísico, sino un complejo fenómeno histórico, multifacético, cambiante, maleable, que puede dar buenos o malos frutos, mejores o peores, dependiendo de cómo se lo gobierna.
Aparte de todo eso, la izquierda secular ha tomado nota de lo que la izquierda religiosa olvida o remueve: que no solo todos los regímenes antiliberales y anticapitalistas han pisoteado la libertad, sino que nunca han logrado crear prosperidad ni igualdad. Al prometer prosperidad e igualdad invocando el anticapitalismo se alimentarán sin duda grandes ilusiones, pero perpetuando el engaño. Fingir no saberlo, no saber que así como la derecha no tiene el monopolio de la libertad, la izquierda no lo tiene de la equidad, puede consolar a algunos, pero no traerá beneficios para nadie. Lejos de estar en declive, de hecho, el capitalismo se mantiene en constante ascenso y se extiende cada vez más. Por una simple razón: ningún otro sistema ha sabido generar ni remotamente el extraordinario crecimiento producido por él durante más de dos siglos. Guste o no, no es necesario ser historiador para saberlo. Más vale, entonces, encauzarlo, reglamentarlo, gobernarlo con sabiduría. Matarlo es dañar al "pueblo", aunque se haga en nombre del "pueblo".
¿Entonces? Estas consideraciones no tienen ni conclusión ni moraleja. Solo que el principal clivaje de nuestro tiempo no es entre la derecha y la izquierda, sino entre visiones más o menos seculares y más o menos religiosas del mundo. Creo que en realidad ha sido así desde hace muchísimo tiempo. Pero si esto es así, no me dejaría encantar por el presente: la izquierda y la derecha religiosas que hoy engordan invocando al "pueblo" retrocederán cuando les toque pagar el peaje a la realidad: descubrirán que "el pueblo" es una abstracción cambiante, que no saben cómo crear riqueza ni garantizar igualdad, que hay cada vez más personas que piden soluciones, no redenciones. La actual agonía de la izquierda secular podría entonces aparecer como el arancel pagado a una transformación saludable.

Ensayista y profesor de Historia en la Universidad de Bolonia, Italia

miércoles, 9 de marzo de 2016

¿LAS IDEOLOGÍAS MURIERON? NUEVOS PARADIGMAS


Un gobierno impulsa la ley de matrimonio igualitario y crea una ayuda social universal para los más pobres. Pero también permite que la inflación aumente, pone al país al borde del colapso energético y lo deja con las reservas en rojo. ¿Es de izquierda o de derecha? Otro gobierno amplía esa ayuda social y propone devolver el IVA en la canasta básica alimentaria. Pero también crea un protocolo para la represión de las protestas sociales, despide empleados del Estado y elimina retenciones para beneficiar a grandes empresas. ¿Es de izquierda o de derecha? Los dos gobiernos pagan la deuda. ¿Son de izquierda o de derecha?



En la Argentina, el país de River-Boca, hay una antinomia que pierde peso: "izquierda" y "derecha", las tradicionales categorías que dividen el espectro político entre los defensores de la igualdad y los de la libertad, como dice la teoría clásica, se han vuelto crecientemente insuficientes para caracterizar el escenario político argentino. Y no sólo porque, aquí y en todo el mundo, la fragmentación de los partidos políticos, el rechazo ciudadano a las formas tradicionales de hacer política y los partidos nacionalistas y antisistema las están vaciando de sentido. Sino también porque la política argentina -donde, dicho sea de paso, nació el peronismo, esa identidad cultural panideológica- se apoyó históricamente en otras oposiciones, que hasta hoy siguen siendo más poderosas para marcar la cancha: peronismo-antiperonismo, alto-bajo, conservadurismo-progresismo, republicanismo-populismo y -con la llegada de Pro al gobierno- vieja política versus política "posideológica". "Definirse como de izquierda o de derecha en la Argentina significa pertenecer a una minoría hiperpolitizada. La opinión pública habla otro idioma", advierte Andrés Malamud, politólogo e investigador en la Universidad de Lisboa. "De los cuatro partidos de alcance nacional (PJ, UCR, Pro y PS), el único que se define ideológicamente es el socialismo. Los demás pueden tener algún dirigente que lo hace, pero la interpelación al electorado es más emocional o personalista que ideológica."

¿Qué sentido conserva hablar de izquierda y derecha en la Argentina? ¿Por qué ser progresista está bien pero nadie se presenta a sí mismo como de derecha? ¿Se puede explicar el crecimiento de Cambiemos del 28% en las PASO al 51% en la segunda vuelta como un volantazo a la derecha de la sociedad argentina? ¿O hay otras variables que cruzan el tablero y agrupan a los ciudadanos en coordenadas distintas que tienen para ellos más sentido?
Ilustración: Sebastián Dufour.

No son pocos quienes piensan que la distinción izquierda-derecha sigue resultando útil para hacer comparaciones con otros países o para distinguir énfasis en los valores de los partidos (y hasta, como dice el sociólogo Marcos Novaro, que representa "tradiciones potentes como culturas políticas, al contrario de lo que se cree"). La Argentina, sin embargo, es un país con identificaciones ideológicas frágiles. "Dice más de alguien si es peronista o antiperonista que si es de derecha o de izquierda", apunta María Laura Tagina, profesora e investigadora de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam). Más aún: la Argentina pertenece al conjunto de países de la región menos polarizados ideológicamente.

"El combate por la definición de qué es o debe ser una posición de izquierda ha sido parte del trabajo ideológico de ese sector, no sólo en la Argentina. Por lo que respecta a la derecha, entre nosotros no es habitual que alguien reclame ese título. Lo usual es que las definiciones sobre la derecha provengan de la orilla izquierda del campo ideológico, mientras que los clasificados de ese modo se identifican como representantes del centro político", dice el sociólogo e investigador del Conicet Carlos Altamirano.



"Ninguna coyuntura política se define en ese eje. El equipo de dirigentes de Pro viene de una tradición de centroderecha, lo que no quiere decir que todo el voto a Cambiemos se explique así, sino que está cruzado por cierta concepción de la democracia liberal, con volver o no al sentido fundacional de la democracia argentina, que no corresponde a una distinción de izquierda y derecha. En la última coyuntura electoral se pusieron en duda las credenciales igualitarias del gobierno anterior y eso quebró el eje ideológico. Creo que algunos sectores del Gobierno son muy conscientes de esto y por eso no vemos hasta ahora políticas de mucha radicalidad o extremismo", apunta Gerardo Aboy Carlés, investigador del Conicet y profesor de la Unsam. Quizá sean los mismos sectores preocupados por revertir el percibido sesgo clasista de Pro: en una encuesta nacional reciente de Ibarómetro, casi el 45% dijo creer que Macri favorece a la clase alta.
Para Gustavo Marangoni -politólogo y ex presidente del Banco Provincia-, en tanto, "izquierda y derecha responden a calificaciones ideológicas más del siglo XX que del XXI", en consonancia con el discurso Pro. "Hoy el juego político se distribuye de otra manera. Está más vinculado a la capacidad de interpretar y gestionar las coyunturas locales y globales." Solucionar los problemas de la gente -terminar o no los mandatos, como escribió Malamud, en un sentido similar- podría trazar una línea distintiva entre fuerzas políticas.

¿Y si las clasificaciones no fueran sólo de ese tipo? "Me preocupa que las distinciones estén descriptas en términos de pertenencias políticas. Los clivajes sustantivos en la sociedad no son ésos. Más bien corresponden a la diferencia básica entre los pocos que poseen mucho y los muchos que tienen poco; entre los que pueden practicar sus derechos y los que no; los que pueden ser libres (porque tienen plata y formación) y los que no; entre las mujeres y los hombres; entre los que ejercen el poder y los que les otorgaron poder y no pueden controlarlos", enumera Dante Caputo, ex canciller del gobierno de Raúl Alfonsín.
Civilización y barbarie



¿Hay raíces históricas que explican las débiles adscripciones a derecha e izquierda en la Argentina? Aunque la respuesta más citada está en la existencia y buena salud del peronismo (esa "identidad más cultural que de proyecto ideológico-político", como escribió el politólogo Pierre Ostiguy), los expertos recomiendan ir más atrás. Sumar, por ejemplo, el radicalismo que, según dice Aboy Carlés, "a principios de siglo XX era un partido ómnibus que iba del radicalismo rojo tucumano a sectores cercanos a la Liga Patriótica". Y registrar la oposición entre los próceres del siglo XIX que intentaban imponer las ideas de la época, importadas de Estados Unidos o Europa, y los caudillos que defendían la relación con la tierra y la población local (civilización o barbarie), como señala Malamud en un artículo reciente publicado en El Estadista.

"Los partidos populares de la Argentina no han sido lo que se llama ?partidos de ideas', sino que se han inclinado a ordenarse en torno de caudillos más que en torno de programas, a identificarse con sus jefes y marchar con ellos", completa Altamirano.

¿El peronismo es causa o consecuencia de esa flexibilidad ideológica? "El peronismo se inserta bien en una cultura política preexistente que ya es supraideológica: ni Alem ni Yrigoyen se reconocían en el continuo izquierda-derecha, así que el peronismo, fundado por un militar que admiraba a Mussolini, termina licuando su carga ideológica inicial para confundirse con el paisaje nacional", sintetiza Malamud.

Tagina suma otra explicación: "En el país no tuvimos la lucha desde abajo para conquistar derechos sociales que se dio en Europa y tuvo el correlato de las identidades de clase. Los derechos fueron dados desde arriba, por el gobierno peronista, y eso puede explicar que la ideología no sea un parteaguas", sugiere.

Detengámonos, a pesar de las prevenciones de algunos, en esos espacios ideológicos, que sin duda persisten en las discusiones, las autopercepciones y los estereotipos colectivos. La izquierda, según definen los expertos, aparece hoy fragmentada y con representatividad en crisis ("No está representada por ningún partido político, el peronismo ocupó su espacio social", apunta Caputo). Atravesada y desconcertada por la experiencia kirchnerista, Cambiemos también la ha descolocado: algunas de las banderas de la izquierda son levantadas por un gobierno al que ubican del centro a la derecha.

Altamirano ensaya un mapa político de la izquierda, en el que encuentra tres franjas: "En un extremo está la izquierda radical, heredera del trotskismo, que obra como minoría activa en el movimiento sindical y la universidad y que cobró cierta notoriedad en la competencia electoral en algunas provincias. En el otro extremo está la izquierda reformista, anclada en los sectores medios y en corrientes del movimiento estudiantil universitario, con una agenda que incluye el combate por la justicia social ligado a los medios que brinda la república democrática. Son los que más dificultades tienen para hacer pie como opción política. En el medio está la ancha avenida de la izquierda populista, que tiene su principal polo de agregación en el kirchnerismo, que editó el relato militante de la izquierda peronista de los años 70 para hacerlo compatible con las vicisitudes del gobierno de Cristina Kirchner".


Otras divisiones ve en ese espacio Aboy Carlés, que describe una izquierda "inmovilizada en la tensión" entre dos grupos: "Una izquierda más apegada a la tradición de la democracia liberal y otra más ?movimientista'. La primera está debilitada, se ha quedado en los límites de la crítica al kirchnerismo por autoritario; para la segunda, liberalismo e institucionalidad son malas palabras. Es una izquierda incomunicada". Con la disposición a la crítica en su ADN, la izquierda también puede contener su propio veneno: "El populismo, redistribución efímera y dañina de la modernización, es en ciertos casos más antagónico con la izquierda que las derechas democráticas", dice Caputo.
No todos ven retrocesos en el espacio progresista, sin embargo. "En los años kirchneristas apareció una idea de libertad republicana popular, de libertad colectiva, vinculada con la soberanía. Otro hallazgo del kirchnerismo es la idea de derechos como categoría del pensamiento político, es decir que una sociedad no es más democrática cuando tiene más libertad, sino cuando la ciudadanía tiene más derechos. Eso obliga a repensar el Estado, que se convierte en garante y promotor de esos derechos", apunta Eduardo Rinesi, filósofo político, ex rector de la Universidad Nacional de General Sarmiento e integrante de Carta Abierta.
Otra derecha
En el libro Mundo PRO, Gabriel Vommaro, Sergio Morresi y Alejandro Bellotti describen a Pro como un partido de derecha según ciertos criterios objetivos (posturas sobre políticas concretas, pertenencia a redes partidarias internacionales, por ejemplo) pero cuyos integrantes se resisten a ubicarse en ese espacio, en parte por las connotaciones antidemocráticas y reaccionarias de la derecha en el país, y en parte porque Pro está hecho de un agregado de heterogeneidades no amalgamadas por la ideología. Pero encuentran allí una novedad: Pro sería una derecha distinta de la tradición argentina, interesada en gobernar y en llegar al poder a través de la competencia democrática en las urnas.
"La derecha hoy insinúa cierta transformación. Quizá se acerque a la forma que adopta en las democracias europeas y el gobierno de Macri sea la primera expresión de ese cambio", advierte Caputo.
¿Es el de Macri un gobierno de derecha? Sí, dice el kirchnerismo, igualando esta pertenencia con el neoliberalismo de los años 90 y las posturas reaccionarias; no, replican analistas y opositores reclamando matices; ésa es una pregunta del siglo XX, responde Pro.
"El macrismo no es equívoco, es claro y transparente. No usa categorías complicadas como ?pueblo', les habla a los individuos, que tienen que ser felices, a quienes hay que quitarles el Estado de encima para que se realicen, no habla de derechos, incorpora la eficiencia empresarial y el discurso del orden. En eso es de derecha: posee un pensamiento ordenancista, poco respetuoso de la división de poderes y de los fallos de la Justicia, y una impronta antipolítica, que ve la militancia como algo malo -afirma Rinesi-. El macrismo tiene un lenguaje llano, simple, casi constatativo. Eso es de derecha: suponer que el mundo entra en las categorías con que la gente habla por la calle, o reemplazar la historia por los animales en los billetes; es deshistorizar los debates y simplificar los procesos."
Otros ven matices. "La derecha está contenta y hay gente de derecha en el gobierno, pero el gobierno de Cambiemos es pragmático y posideológico. Por ahora", dice Malamud.
"No creo que el gobierno de Macri sea de derecha; sería tratar de meter el vino nuevo en odre viejo. Es una expresión nueva, en momentos en que las fuerzas políticas son híbridos. En el gobierno hay cultura radical, de centro, gente que proviene del justicialismo? Es una nueva forma de construcción política", acerca Marangoni.
No está lejos del propio discurso de Pro, que ubica las discusiones ideológicas en el siglo XX, es decir, en el pasado y cerca del kirchnerismo. Le agrega teoría Iván Petrella, académico, ex legislador porteño y actual funcionario del Ministerio de Cultura: "El principal clivaje no es ideológico sino cronológico. El gobierno de Cambiemos es el primero del siglo XXI en la Argentina, lo que se ve en la relación más horizontal con la ciudadanía, la comunicación más llana, la manera de encarar los problemas basada en resoluciones prácticas, y la relación con el resto del mundo, que se ve como oportunidad y no como amenaza -dice-. El 50% de los que votaron el año pasado tiene 40 años o menos. Es un país que deja atrás el contexto político del siglo XX y Cambiemos refleja eso".

¿Es un gobierno posideológico, entonces? "Eso tiene una connotación negativa, de política light. Es más bien transideológico, es decir, libre de tomar herramientas que antes hubieran sido incompatibles. Preguntarse si el gobierno de Cambiemos es de derecha es volver la discusión a marcos anteriores, metiéndonos en un juego que hay que dejar atrás", dice Petrella.
uando se pasa al ejercicio cotidiano del poder, sin embargo, la transideología puede complicarse porque, se le ponga etiqueta o no, políticas de distintas inspiraciones no pueden conformar a todo el mundo. "El gobierno de Macri ha tomado temas de la agenda de la izquierda y se ha hecho fuerte en ellos por lo débil que fue la izquierda peronista, que se mostró ineficaz en fortalecer los bienes públicos y dejó un flanco enorme para disputar temas -aporta Novaro-. Dice Durán Barba que ?Macri es más de izquierda que Cristina Kirchner, porque ella es reaccionaria'. Es cierto que Cristina lo es, pero Macri no es la izquierda. No se puede representar todo ni cambiar la configuración de la escena política por voluntad. Macri fue votado por ideas desarrollistas más que distribucionistas, y puede dar acento a políticas de desarrollo de bienes públicos y atraer votos progresistas, pero un programa desarrollista necesita inversiones, y eso es un tema más de la derecha."


"No creo que éste sea un gobierno de derecha, creo que es de centro, pero con algunas luces preocupantes, como el intento de nombramiento de dos miembros de la Corte por decreto, que fue un retroceso a tiempo, porque afectó al corazón de las promesas de Cambiemos. Y la detención de Milagro Sala, independientemente de su culpabilidad o inocencia, que atenta contra el pilar de la credibilidad -dice Aboy Carlés, que tiene un pronóstico optimista sobre el regreso de la ideología al primer plano-. Es posible que con el paso del tiempo volvamos a tener un esquema ideológico más similar al de los primeros años 80 (dos partidos de centro y formaciones más pequeñas a los costados). El eje izquierda-derecha va a volver si la cuestión republicana se vuelve menos conflictiva de lo que fue en los últimos años."
En un punto se encuentran las opiniones: es necesario un nuevo menú de conceptos para pensar el macrismo en el poder.