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domingo, 6 de septiembre de 2020

LA OPINIÓN DE LUIS MAJUL,


Alberto sigue a los tumbos y Cristina avanza con su “master plan para quedarse con todo”
La reforma judicial sería solo el punto de partida; el papel de la oposición resultará clave
LN+. Luis Majul recibió fotos y mensajes "intimidatorios" y presentó una  denuncia penal - LA NACION
Luis Majul

Adiferencia de Alberto, Cristina es determinada. Muy determinada. Sabe lo que quiere. Y cómo conseguirlo. Además, posee una mirada sobre el futuro. No solo sobre dónde pararse en las legislativas del año que viene. De acá a varios años. El Presidente, en cambio, tiene la cultura política del “operador”, el “lobista” o el “negociador” entre partes enfrentadas. Es, por qué no decirlo, un fiel representante argento del “vamos viendo”. Todo lo anterior es una descripción, sin consideraciones éticas ni morales. Más: las características esenciales de una y otro, combinadas, les sirvieron, a ambos, para “inventar” una gran “bolsa de gatos” y de oportunistas, denominada Frente de Todos, y ganar una elección. El gran problema para los argentinos es que esta mezcla no sirve para gestionar. Y menos aún para gobernar con un plan estratégico, y con el mínimo consenso de toda la dirigencia política.

No vayamos demasiado atrás. Analicemos el desbarajuste de las últimas horas. ¿Quién gobierna la Argentina? ¿Quién manda, en el mejor sentido de la palabra? ¿Quién marca la orientación, el rumbo a seguir, los grandes lineamientos de la gestión? Por ejemplo, las tomas de tierras en el conurbano, en Villa Mascardi, en Entre Ríos, en el Partido de la Costa, y a lo largo y a lo ancho del país, el Gobierno ¿las alienta? ¿O las condena y castiga? Porque, acaso Grabois, el “joven brillante” bendecido por el Papa, que las justifica y las alienta, ¿no es parte del oficialismo? La ministra de Seguridad, Frederic, justifica las tomas, pero dice que son “un problema de hábitat, no de seguridad”. El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Kicillof, afirma lo mismo. Y comenta, como si él no tuviera la responsabilidad de gobernar: “El Estado debería hacerse cargo”. De paso, vuelve a tirar agua para su molino cuando sugiere que el déficit habitacional, en la provincia, es exclusiva responsabilidad de Cambiemos. Como si todos los bonaerenses se hubieran vuelto pobres y no tuvieran casa por culpa de Vidal. Sin mencionar que los distritos municipales más pobres, y la provincia, en general, fueron gobernados, durante los últimos 40 años, por los mismos peronistas que hoy integran el Frente de Todos. Y por detrás, o por delante, por derecha o por izquierda –lo mismo da–, aparece su ministro de Seguridad, Berni, amenazando con meter preso al primer okupa que vea. Y jura que todas las noches sus hombres desbaratan dos o tres intentos de toma.
Bien. Una pregunta pertinente es: ¿cómo sabemos que no nos está mintiendo? El ministro es muy afecto a subir videos sobre cualquier cosa, empezando por su propio entrenamiento físico mientras cumplía el protocolo de aislamiento por el Covid. ¿Dónde están los registros visuales de sus operaciones? Y si en efecto las hace, ¿no estaría contradiciendo a su propio gobernador y a la ministra de Seguridad nacional, quienes ven las usurpaciones más como un problema social o antropológico? ¿O lo que están haciendo, entre todos, y coordinados, es burlarse de nosotros mientras preparan una oferta electoral que abarque a la izquierda dialéctica que representa Kicillof con la derecha más recalcitrante que expresa Berni?
Burlarse de la oposición y del resto de la sociedad es muy propio de los principales referentes del Frente de Todos. Lo hizo hace pocos días Parrilli, el senador nacional al que nadie toma en serio, pero que expresa como pocos los deseos de Cristina. Se burló cuando, al quitar del proyecto de reforma judicial la cláusula que atacaba a los medios, y en plena sesión, se quiso hacer el gracioso así: “Ehhh. ¡Cómo se tragaron el anzuelo…! ¿eh? Se lo tragaron con caña y todo… ¿ehhh?”. No debería sorprender a nadie. Es la misma persona a la que la vice puso al frente de la inteligencia de la Argentina. El mismo individuo quien, junto con Carlos Beraldi, abogado de Cristina y de Cristóbal López; el diputado nacional Rodolfo Tailhade; el defensor de Pablo y Hugo Moyano, Daniel Llermanos, y un periodista de C5N procesado por extorsión y condenado en dos oportunidades por publicar información falsa, arma causas con datos y acusaciones falsas para lograr la impunidad de la expresidenta, el empresario y los sindicalistas.
Pero lo que pasa con las tomas se puede extender al escándalo en Diputados. Porque ahora Massa, presionado por Cristina y su hijo Máximo, desconoce un acuerdo de consenso al que se había llegado con la oposición y quiere seguir sesionando de manera virtual, aun sobre temas tan controvertidos como la reforma judicial o el ajuste en los haberes jubilatorios que se viene. Y la anomia en el Gobierno se expresa también cuando dirigentes políticos pasan por encima de la ley con una naturalidad pasmosa. El ejemplo más notorio es el de la propia vicepresidenta, que en los últimos días “dictaminó” que “no le corresponde” pagar Ganancias sobre su pensión graciable como viuda del expresidente Kirchner. El otro es Pablo Moyano, quien intentó, por consejo de su abogado, no presentarse a indagatoria hoy, aunque a última hora no tuvo más remedio que hacerlo. Quizá Llermanos haya pensado que vale más una foto con el Presidente en la quinta de Olivos después de comer un asado que la orden de un fiscal para ampliar la declaración indagatoria de su cliente. Por lo demás, Pablo Moyano no está acusado de un delito menor. Está imputado como jefe de una asociación ilícita formada para defraudar a Independiente, el club del que sigue siendo vicepresidente.
Todas estas cuestiones vienen impactando de forma negativa en la imagen del presidente de la Nación. En cambio, no parecen afectar ni un poco a la de la su vice. El diputado nacional Álvaro de Lamadrid, que vivió la mayor parte de su vida política en Santa Cruz, dice que si la oposición no evita que se apruebe la reforma judicial, esta será el punto de partida para el “master plan” de impunidad y eternización cristinista “durante los próximos diez, veinte o treinta años”. “Detrás de la reforma judicial vienen la reforma electoral y la reforma de la Constitución, como hicieron en Santa Cruz”, dijo, la semana pasada.
Lamadrid cree que “Cristina eligió a Alberto Fernández para ganar la elección y así evitar ir presa”. Que ahora “para evitar una futura detención, tiene que poner patas arriba toda la Justicia”. Que si pasa la reforma judicial “impondrán una reforma electoral, que le permitirá al cristinismo ganar una elección perdiendo, como pasó con Alicia Kirchner, quien sacó solo el 26% de los votos”. Que enseguida vendrá la reforma constitucional “para poder decir que [el fiscal Alberto] Nisman se suicidó, que a [Santiago] Maldonado lo mataron, que los periodistas tienen que ir presos y que el de Fabián Gutiérrez es un crimen pasional”.
Lamadrid tiene varias teorías más. Que Cristina a Alberto ya no lo necesita. Que en el fondo lo sigue odiando, igual o más que a Massa. Que los va a descartar como quien se saca de encima una basurita, como hicieron con Carlos Sancho, Sergio Acevedo y Daniel Peralta, los gobernadores que puso a dedo el kirchnerismo para ganar la provincia de Santa Cruz. Que está preparando a Máximo para que sea presidente en 2023, pero que antes lo va a poner como jefe de Gabinete para que la sociedad pueda asimilar su candidatura “como un paso natural”. Le preguntamos: “¿No será mucho?”. Nos respondió: “Miremos lo que pasó. Nos puede servir para entender lo que puede pasar, y ayudar a evitarlo”.
“Detrás de la reforma judicial vienen la reforma electoral y la reforma de la Constitución, como hicieron en Santa Cruz”, dijo el diputado nacional Álvaro de Lamadrid

jueves, 13 de agosto de 2020

LA OPINIÓN DE LUIS MAJUL,


Cuando Cristina Fernández avanza, la Argentina retrocede, y viceversa
Para gobernar en beneficio del país, el Presidente debe abandonar su imperiosa necesidad de caerle bien a la vicepresidenta

Luis Majul
Diagonales | Escándalo: Revelaron que Majul era el "Agente ...
Cuando la vicepresidenta avanza, el Gobierno, pero también el país, retrocede varios casilleros. Sucede lo mismo a la inversa: cuando Cristina retrocede o no se puede salir con la suya, las cuestiones del Gobierno y el país avanzan. Empiezan a salir las cosas bien. Analicemos, con detenimiento y sin espíritu de grieta, el acuerdo con los acreedores privados. ¿Es una buena noticia? Por supuesto. ¿Es para festejar, como si hubiéramos ganado un Mundial de fútbol? De ninguna manera. No en medio de esta pandemia. No en medio de lo que amenaza con ser la crisis económica más grave de la historia argentina. No con el creciente y altísimo aumento de la desocupación y la pobreza. No con el ritmo de emisión monetaria que tarde o temprano se traducirá en crecimiento de la inflación. No con el desdoblamiento del tipo de cambio, el cepo, y la brecha cambiaria, todas medidas que siguen destruyendo la economía real. ¿Es el mejor acuerdo del mundo? ¿Acaso el mejor que se podía conseguir? No hay un acuerdo perfecto. Es un acuerdo con una quita promedio parecida a los 180 acuerdos de deuda privada que se hicieron en la historia reciente. Punto. ¿Era el que esperaba el Gobierno cuando se iniciaron las conversaciones? No. La administración pretendía ahorrar por lo menos 15.000 millones de dólares más. ¿Pero se ahorrará dinero cuando termine la película? Si se cumple, sí. Depende de cómo se mida, nos “salvaríamos” de devolver entre 30.000 y 45.000 millones de dólares. ¿Entonces? Entonces el acuerdo es una noticia que alivia.
Una como para empezar, ahora sí, a presentar un plan económico y ponerse a gobernar, aun en medio de la pandemia. Y gobernar significa que el Presidente abandone de una vez y para siempre la mala costumbre de pensar si Cristina se va a enojar o no, antes de que abra la boca. Por ejemplo, la idea de que Macri es el único responsable de endeudar a la Argentina y Cristina es una gran desendeudadora es puro humo. Que el kirchnerismo desendeudó al país y Juntos por el Cambio le dejó la peor herencia de la historia tampoco es cierto.
El monto de la deuda que se toma siempre hay que analizarlo junto con el déficit y el producto bruto interno. Y cuando se miden juntos, la respuesta es que desde Kirchner hasta Macri, pero antes también, casi ningún presidente dejó de endeudar a la Argentina, porque ninguna gestión terminó recaudando más de lo que se gastaba. Sí se podría decir que la estrategia de Cristina fue emisión y déficit. Y la de Macri fue endeudamiento para equilibrar el déficit. También se podría decir que las dos fracasaron. Pero volvamos al Presidente y la vicepresidenta.
Alberto, en las distintas entrevistas que concedió, se preocupó mucho en poner a Cristina como una de sus buenas consejeras. Más: la llegó a colocar tan alto como lo subió a Lavagna. Los presentó como los consejeros que le habrían sugerido que no se pusiera tan duro, a tiro de default. Para que sonara más creíble, tampoco dejó de usar un clásico del Frente de Todos: plantear que el periodismo y algunos sectores de la oposición habían insistido en que la expresidenta deseaba ir al default, para que terminara de explotar la economía. Bien. Eso no es verdad. O por lo menos no lo informaron ni la oposición ni la mayoría de los economistas ni los periodistas que vienen cubriendo el tema de la deuda.
Lo que sí es cierto, desde el punto de vista político, es que el acuerdo favorece a Fernández y perjudica a la vicepresidenta.
A Cristina parecen no importarle ni el Covid ni la economía ni la inseguridad
Stornelli cuenta, como cualquier otro fiscal, con inmunidad funcional
Le da más relevancia a lagestióndeljefedelestado,quepuso el asunto en su agenda como un tema crucial. También coloca en el lugar a los caprichos personales la embestida de Cristina, a quien parecen no importarle ni el Covid ni la economía nilainseguridad.comosiempre:solo le interesan sus problemas judiciales, el periodismo crítico y demoler a los sectores de la oposición que trabajan para evitar que avance su plan de venganza e impunidad.
Si no, no se explica cómo su mayordomo político, el senador Parrilli, ahora quiere meter por la ventana de la reforma judicial un estricto control sobre los medios y periodistas que, en ejercicio de su profesión, tienen contacto con fiscales, jueces, camaristas y hasta los miembros de la Corte Suprema de Justicia. Se entiende: Parrilli tiene la misma teoría berreta que el exjuez de la muzzarella, Llermanos. Cree que los periodistas tenemos el poder para “apretar” a los jueces y hacerlos fallar según nuestros deseos. El objetivo de ambos, por supuesto, es uno que no se nombra. Porque son ellos, Parrilli, Llermanos, pero también la misma Cristina y el violento, amenazador Rodolfo Tailhade, entre otros, quienes pretenden meter presos por lo menos a un par de periodistas, para que dejemos de hacer nuestro trabajo e informar sobre las causas abiertas que todavía pesan sobre la vicepresidenta, la mayoría de ellas por graves hechos de corrupción.
En el caso de Llermanos la desesperación es mayor: la denuncia contra exfuncionarios y periodistas es la única herramienta que le queda para defender a sus clientes Hugo y Pablo Moyano. No tiene otra. Sin embargo, en eso, Llermanos también estaría fracasando: su pedido al juez de Lomas Juan Pablo Auge de transformar la causa de asociación ilícita contra Independiente que complica a Pablo Moyano en un acto de persecución ha sido rechazado por el fiscal Santiago Eyherabide.
Ahora regresemos al rol de Alberto Fernández. A su imperiosa necesidad de caerle bien a la vicepresidenta. ¿Qué necesidad tenía, en su ronda de conversaciones con los periodistas que lo tratan tan bien, de introducir más ruido en sus verdaderas intenciones sobre cambiar el sistema judicial al mencionar los casos del fiscal Stornelli y el procurador Eduardo Casal? Para empezar, si tanto sabe de derecho penal y tanto defiende una justicia no punitiva, debería contemplar el principio de inocencia. Para seguir, el procesamiento de Stornelli no está firme. Fue decidido por el juez federal Ramos Padilla, en una causa contaminada a la que se denomina Operativo Puf. Es porque, según el diputado nacional y amigo del Presidente Eduardo Valdés, haría volar por los aires al fiscal y al juez de la causa de los Cuadernos, Stornelli y Bonadio.
Yparafinalizar,sitantolepreocupan los procesamientos, debería mirar a su lado, porque Cristina tiene más de una decena. De esos, varios tienen la confirmación del tribunal de alzada. Pero si hablamos de procesados, no habría que detenerse solo en Cristina. Lo mismo vale para Zannini, actual procurador del Tesoro; Juan Mena, secretario de Justicia y segundo del ministerio. Por otra parte, Stornelli cuenta, como cualquier otro fiscal, con inmunidad funcional. Y como si esto fuera poco, la opinión del Presidente en un tema tan delicado como estebienpuedesertomadacomouna intromisión indebida del Poder Ejecutivo en otro poder que se presume independiente. Stornelli, cada vez que el Presidente habla de él, no deja de sorprenderse. Recuerda que hasta que fue candidato lo llamó varias veces para interesarse por la situación de Cristina. Se debe preguntar, igual que muchos, ¿qué le habrá prometido el exjefe de Gabinete de Kirchner y Cristina a la expresidenta? Ayudarla a conseguir su impunidad. Pero esa funciónnoestáentrelasobligaciones que tiene el presidente de República. Por eso, cada vez que lo hace, pierde votos. Cada vez más.

viernes, 3 de julio de 2020

LA OPINIÓN DE LUIS MAJUL,


Cómo desarmar la máquina de destruir periodistas
La embestida contra la prensa tiene como uno de sus objetivos hacer caer las causas por corrupción
Me cuesta llamarlo periodista": duro ataque contra Luis Majul - El ...
Luis Majul

La estrategia de demolición de periodistas tiene una potencia inusitada y recursos abundantes. La desproporción de fuerzas es abrumadora. De un lado, una sola persona. Del otro, un “grupo de tareas” integrado por una enorme cantidad de individuos y organizaciones diversas. Desde la líder del partido oficialista y vicepresidenta de la Nación, en la primera línea de fuego, hastalúm penes que cobran de un Estado municipal por escrachar de manera virtual y física al periodista elegido como blanco de turno. Entre la vicepresidenta y el lumpen hay una “artillería”, lista para “disparar”, con un “arsenal” a disposición y “francotiradores” prestos, compuesta por una señal de noticias produciendo programas especiales que atacan de manera brutal y directa al periodista en cuestión; un sinuoso colega de otra señal que se suma a la embestida; un par de programas de TV abierta cuyos empleados cumplen órdenes porque tienen miedo de perder el trabajo; gente vinculada a corruptos confesos como Ernesto Clarens que deja mensajes intimidatorios en el teléfono personal del profesional; un diputado nacional que amenaza desde su cuenta de Twitter; senadores y abogados que acusan falsamente al periodista de delitos que no existen.
Y todo eso sin contar las cuentas reales y truchas en redes sociales y los miles de portales, web y medios digitales que actúan de manera coordinada, 24 horas seguidas. Cuentas cuyos titulares hacen alusiones mentirosas a cuestiones íntimas y personales, mezclándolas con una batería de difamaciones desopilantes. La pregunta que deberían hacerse los dueños de la máquina de destruir periodistas es la siguiente: si son tantos, tienen tanto poder, tantos medios a disposición y tanto dinero para consumar la destrucción, ¿por qué están perdiendo la contienda que ellos mismos impulsaron? Primero: porque mienten de manera flagrante, descarada y disparatada, y se nota. Hasta un niño lo nota. Y segundo: quieren sacar al periodista de la cancha porque suponen que así también se caerán las causas por corrupción de los vengadores. Y eso también se nota. Demasiado.
En este caso, las causas son las de corrupción de Cristina Fernández, las de evasión fraudulenta de Cristóbal López y las de lavado y fraude que tienen abiertas Hugo y Pablo Moyano, entre otros. Y si mienten de manera descarada, ¿por qué habría que salir a responder? ¿No sería mejor ignorarlos? No cuando despliegan semejante fuerza. Siempre hay una audiencia que no sigue en detalle todos los temas y no cuenta con suficiente información. Una parte del público que puede llegar a creer, de buena fe, cualquier disparate, como el de un abogado que dice que exagentes de la AFI trabajaban de productores o editores de un programa de TV.
Se debe responder, con demandas judiciales, porque cuando las mentiras incluyen la imputación de delitos falsos, los denunciantes deben comparecer ante los magistrados. Y se debe contestar porque es, también, una manera efectiva de desarmar la operación. Así no podrán repetir, de manera exitosa, la embestida contra cada uno de los otros periodistas a los que pensaban ensuciar. En síntesis: es usar a nuestro favor la enorme energía que gastaron, para desenmascararlos de una buena vez. De hecho, ahora mismo, una parte del grupo de tareas que encabezó la maniobra de demolición parece estar en retirada.
Es interesante comprender cómo arranca todo: es la vicepresidenta la que muestra la bandera de largada. La señal son los videos cuya estética le atribuyen al ministro de Cultura, Tristán Bauer. Allí es donde Cristina muestra a los periodistas que, casi de manera automática, se transforman en objetivos a despedazar. Acto seguido, con horas y días de diferencia, se activan las acciones más arriba mencionadas. La hoja de ruta del ataque la suele mostrar, con detalles, pistas y trucos, el mayordomo político de la vicepresidenta, Oscar Parrilli. Hace pocas horas, Parrilli confirmó que Cristina maneja una suerte de lista negra de periodistas a los que iban a considerar “espías inorgánicos” del gobierno de Macri. Para no detenernos en toda la lista, basta mencionar solamente a dos. ¿Alguien podría confundir a Jorge Lanata o a Nicolás Wiñazki con algún espía inorgánico de cualquier servicio de inteligencia de cualquier gobierno de la Argentina? En la enormidad de sus construcciones delirantes también se puede detectar el nivel de desesperación con que se manejan. Dicen y hacen cualquier cosa. Y eso también es una muestra de su doble debilidad: judicial y política.
Pero la máquina de destruir periodistasno es flamante ni novedosa. Solo tiene más recursos y más experiencia en su ejecución. Hay un ejemplo que puede servir para comprender de qué estamos hablando. A Joaquín Morales Solá, en su momento, también lo eligieron como blanco móvil. Y el motivo también fue muy evidente. El reportaje de nuestro colega a Isidoro Graiver, hermano de David Graiver, en el que reconoció que la decisión de vender Papel Prensa había sido exclusiva de la familia. Fue a principios de octubre de 2010. El gran pecado de Morales Solá, una vez más, fue haber realizado las preguntas correctas en el momento justo. Porque terminaron desbaratando un costoso y enorme plan del gobierno para vincular la compra de Papel Prensa con los crímenes de la dictadura.
Era una de las patas del plan para destruir a los medios críticos, junto con la ley de medios. Cristina pronto direccionó su furia hacia Morales Solá. Entonces su variopinto grupo de tareas empezó a trabajar a destajo. Así, Joaquín debió soportar, y lo hizo con estoicismo, una campaña de demolición devastadora. La campaña incluyó noticias falsas sobre su persona –con fotos e imágenes adulteradas para provocar la idea de que estaba de acuerdo con los operativos de la dictadura en Tucumán, cuando en realidad estaba junto a un reportero gráfico cubriendo un hecho noticioso–, escraches y agresiones en la vía pública que llegaron al borde de lo físico, el simulacro de un pelotón de fusilamiento para él y otros colegas, como Magdalena Ruiz Guiñazú, y el ataque sistemático del programa de propaganda 678, entre otros.
Tres años después, ante la OEA, el gobierno argentino tuvo que comparecer y comprometerse a cesar en los ataques. Fue en Washington. Joaquín y Magdalena denunciaron los ataques que sufrieron ambos ante la Relatoría Especial de Libertad de Expresión. Junto con Pepe Eliaschev, Alfredo Leuco, Nelson Castro y otros colegas expusimos los casos, como otras víctimas de la intolerancia del Estado. Ante la perspectiva de que la comisión visitara el país, la máquina de demoler se detuvo de inmediato.
Hoy, una década después, el mismo Morales Solá acaba de plantear otro gran problema alrededor de la estrategia de demolición. Se trata del silencio del Presidente, quien, hasta el cierre de esta columna, no había dicho una sola palabra sobre el asunto. Nadie ignora, por supuesto, que el jefe del Estado tiene como prioridades asuntos urgentes como la lucha contra el Covid-19 y el cierre de las negociaciones con los acreedores privados externos. Pero si, aun en medio de la pandemia, se hizo tiempo para dar retuit a descalificaciones como las que le hicieron al periodista Jonatan Viale, seguramente no va a tener inconveniente en tomarse unos minutos para desarmar este clima enrarecido con un mensaje de moderación.
No se trata de un periodista. Se trata de algo más grande y delicado: la libertad de expresión como pilar imprescindible de una República democrática.
Se manejan con desesperación; dicen y hacen cualquier cosa
A Joaquín Morales Solá, en su momento, también lo eligieron como blanco móvil

miércoles, 10 de junio de 2020

LA OPINIÓN DE LUIS MAJUL,


La “feudalización” de la Argentina del Covid-19
La basura que vos hiciste te está volviendo": Luis Majul y el peor ...
Luis Majul
De la noche a la mañana, el Estado parece haberse adueñado de buena parte de la vida de los ciudadanos Solo unas pocas empresas se daban el lujo de rechazar o dar de baja la compensación ofrecida por el Estado
En este contexto resiste el sector privado
La pandemia lo provocó. Y el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Fernández lo hizo. La Argentina se “feudalizó”. Y todo el país se transformó, de la noche a la mañana, en algo parecido a las provincias de Santa Cruz, San Luis y Formosa, para poner tres ejemplos de lo que estamos hablando. En su inolvidable libro, Miguel Wiñazki llamó a los hermanos Rodríguez Saá los dueños de El último feudo. Y denominó “feudo” a San Luis de manera deliberada. Para comparar a la administración de esa provincia con un sistema de gobierno que funcionaba en la Edad Media, basado en una serie de protocolos y obligaciones que vinculaban, de manera perversa, a vasallos y señores.
Salvando las enormes distancias de aquella época con la actual, ahora mismo parece haber un Estado al que todo el tiempo le estaríamos debiendo algo. Un vínculo paternalista entre el vasallo y el gran señor que resultaría desproporcionado. Un Estado que parece transformarse en el dueño de nuestras vidas, aunque el Presidente no sea un rey ni la vicepresidenta pueda ser comparada con una reina. Un Estado que, de manera incipiente, comienza a hacer un culto de la personalidad al presentar al primer mandatario como el Capitán Beto, o una mezcla de Batman y Superman, en lucha contra el Covid-19, ese bichito maligno y muy inteligente, que supera, él solo y por mucho, al Guasón y la kriptonita. Quizás el propio Alberto Fernández no se haya dado cuenta al hacerlo, pero cuando recomendó a los niños que le manden dibujitos con su imagen no estaba más que alentando ese culto a la personalidad tan propio de los regímenes autoritarios.
¿De qué hablamos cuando hablamos de feudalización de la Argentina? Lo vamos a plantear a través de ideas y con cifras aproximadas. Pusimos el ejemplo de los gobiernos de las provincias de Santa Cruz, Formosa y San Luis porque, desde el punto de vista conceptual, son idénticas. Y “feudales”. El empleo público es altísimo e involucra, directa o indirectamente, a la mayoría de la población económicamente activa. Por supuesto, muy por encima del empleo en el sector privado. La Justicia es, con honrosas excepciones, absolutamente dependiente del Poder Ejecutivo. Los medios viven, casi exclusivamente, de la pauta oficial, y se terminan transformando –de nuevo, con honrosas excepciones– en un apéndice de un poder político concentrado y de prácticas autoritarias. Las legislaturas son dominadas por el Poder Ejecutivo. Así, el peso del “amo” resulta formidable. Porque la mayoría los habitantes se vinculan con él a través del cheque que emite el Estado pero distribuye el gobierno. Ese vínculo genera una dependencia muy difícil de romper. Al mismo tiempo, la economía, la educación, la salud, la cultura general y la integración social se deterioran cada vez más.
Para quienes consideran temerario hablar de feudalización de la Argentina, presentemos algunos números sencillos. Hasta el lanzamiento del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) y el fondo de ayuda a empresas denominado ATP, las personas que recibían un cheque del Estado nacional eran aproximadamente 20 millones. Ahora, en el caso de que sea verdad lo que informa el Gobierno, los individuos que reciben un cheque del Estado alcanzarían los 33 o 34 millones. Es decir: el 75% de la población total. O para plantearlo de manera más dramática todavía: implicaría casi a todos los argentinos, menos los pocos que no están registrados en ningún sistema. Es decir: una suerte de parias en el limbo de las changas, el cuentapropismo y la informalidad.
Vamos de nuevo: el Covid-19 le permitió al Estado emitir 13 millones de cheques más. Mientras cerrábamos este artículo, la organización que representa a las empleadas y empleados domésticos también le pedía al Estado que se hiciera cargo del total o parte de su salario. Se trata aproximadamente de otro millón de personas en toda la República Argentina. Por otra parte, solo unas pocas empresas se daban el lujo de rechazar o dar de baja la compensación ofrecida por el Estado. Algunas, porque no quieren perder otras prerrogativas vinculadas con los dividendos de sus accionistas. Otras, porque prefieren perder mucho capital (o quebrar) a darle la posibilidad al Gobierno de que publique la lista de directivos o el nombre de las organizaciones que recibieron la ayuda. Se lo hicieron, a modo de advertencia, al autodefinido “anarcocapitalista” Javier Milei, quien recibió un cheque de la Anses por su trabajo en el Grupo América. Más allá de sus modos un tanto estruendosos, lo que sufrió Milei se llama escrache mediático. Un escrache parecido, aunque en diferente proporción, al que padecieron un puñado de argentinos, con un patrimonio personal abultado, cuya lista fue publicada por el sitio de Horacio Verbitsky con una intencionalidad clara: como si haber comprado dólares los colocara en el lugar de unos delincuentes comunes.
El problema de estos operadores de los gobiernos de turno como Verbitsky es su manifiesta incoherencia. Porque si pensaran de verdad que comprar dólares implica un delito real o un acto inmoral al que definen como fuga de capitales, la expresidenta Cristina Fernández debería ser declarada culpable, ya que, hace un tiempo, compró billetes de la moneda norteamericana y se los envió a la caja de seguridad que su hija Florencia tenía en el Banco Galicia. Fue en julio de 2016. Bastante más tarde, Cristina explicó que había comprado dólares porque no confiaba en la administración del presidente Mauricio Macri. Es una regla de oro: el discurso envalentonado pour la galerie se vuelve prudente cuando está de por medio el patrimonio propio.
En este contexto político, asfixiado, sin voz ni voto, atacado por una buena parte del Gobierno, resiste, con cierto orgullo, el sector privado que produce bienes y servicios. Suele vivir y trabajar en las ciudades. Y en el caso de los porteños de la ciudad de Buenos Aires, ahora somos doblemente discriminados. Empezó la discriminación, cuándo no, la dueña de la grieta, Cristina Fernández, comparando toda la riqueza de la ciudad con las necesidades del conurbano profundo. Con el verso de los jardines colgantes versus los barrios pobres sin agua potable con personas humildes que chapotean en el barro. Como si los porteños hubiésemos robado los sueños a los habitantes de la provincia empobrecida. Como si ella no hubiera contribuido a multiplicar la pobreza y la carencia en La Matanza, Merlo, Moreno o Lomas de Zamora. La está imitando uno de sus mejores discípulos, Alberto Fernández, quien a todo el que no piense como piensa él acerca de cómo debe ser la cuarentena le adjudica una mirada porteñista. Y, sobre llovido, mojado, reinterpreta la discriminación cristinista el energúmeno del gobernador de La Pampa, Sergio Ziliotto, quien acaba de decir: “A la Argentina que trabaja le sobran porteños”.
La gran pregunta que todavía no tiene respuesta es si la feudalización del país durará lo que dure la pandemia o habrá llegado para quedarse. Economistas de izquierda y de derecha afirman que la emisión monetaria sin límites es suicida, pero ¿qué presidente que se reconozca peronista resistiría la tentación de seguir prolongando el Ingreso Familiar de Emergencia y de mantener el programa de Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción si así se asegurara el voto de, por lo menos, la mitad más uno de los argentinos?

viernes, 17 de abril de 2020

LA OPINIÓN DE LUIS MAJUL,


No pueden ser tan canallas

Luis Majul
A veces, en días como hoy, hacemos mucha fuerza para no estallar. Para no insultar. Para que la indignación se nos note menos. Pero siempre, en este bendito país, ahora atravesado, como todo el planeta, por el Covid-19, hay algo que te termina sacando de quicio.
Lo que me sacó de quicio hoy sucedió cerca de las cinco de la tarde. Se trata de un video de Amado Boudou, colgado en los principales portales de la Argentina. ¿Sabés por qué me saca de quicio? Por el aprovechamiento espúreo que hace Boudou de la bandera de los derechos humanos. Sí. Boudou. El mismo que está condenado por corrupto, y con sentencia firme, por intentar robarse la máquina de hacer moneda del Estado.
Igual que Hebe de Bonafini -quien hace tiempo manchó y adulteró la lucha de Las Madres justificando hechos de corrupción, incluido uno que la tiene como presunta miembro de una asociación ilícita en la causa Sueños Compartidos-, Boudou adultera la lucha de las organizaciones humanitarias e insiste con otro concepto mentiroso e insultante: la idea mentirosa de que en la Argentina existen presos políticos. La idea ruin de que él mismo es un preso político. La idea insultante de que todavía hay varios presos políticos presos, como Milagro Sala.
Sí. Milagro Sala, otra dirigente social que aprovechó a los pobres para robar, y además amenazó y agredió físicamente a otros pobres, como ya lo probó la Justicia, por la que purga una condena que también está firme. Lamento profundamente que estos oportunistas del coronavirus aprovechen la pandemia para forzar y conseguir el arresto domiciliario. Lamento profundamente que este momento tan dramático sea aprovechado por un juez de un tribunal oral para darle la prisión domiciliaria al exministro de Economía y exvicepresidente de la Nación.
El juez se llama Daniel Obligado. Dicen que es nacido y criado en la gran familia judicial. Es para que no quede en las sombras o el olvido. Porque se trata del mismo juez que, diez días antes, le había denegado la posibilidad de estar detenido en su casa con los mismos argumentos que después dio vuelta como una media. ¿Cómo pueden ser tan caraduras? ¿Cómo pueden ser tan canallas?
Leí sus argumentos en el expediente. Están disfrazados de decisión humanitaria. Para que su pareja y los mellizos no sufran más, "en este momento tan angustiante", dice el magistrado. Parecen un chiste. Igual que parece un chiste el argumento de que a Florencia Kirchner no se la podría juzgar, ni interrogar ni condenar, solo porque estuvo o está enferma. Siempre hacen lo mismo. Siempre usan los mismos argumentos. Siempre usan las enfermedades, la muerte y el dolor y lo mezclan con tragedias y muertes de otra naturaleza, como la tragedia de Once.
Ellos no volvieron para ser mejores. Y el coronavirus no hace más de mostrarlos tal como son. Ahora detenete a pensar junto a nosotros. Este tipo, este canalla, que, insisto, tiene condena firme, fue vicepresidente de la Nación. Y también fue condenado por truchar los papeles de un auto usado con un único y ruin objetivo: no compartir los bienes gananciales con la mujer con la que había convivido durante años.
También se probó que él mismo, Amado Boudou, le cobró guita por debajo de la mesa al gobierno de Formosa. Guita de tus impuestos y de los míos. Plata de todos nosotros. Lo que me indigna es que, a horas de conseguir el arresto domiciliario, se ponga frente a una cámara de un teléfono y hable de patria libre, justa y soberana. Disfrace de lucha social y revolucionaria sus condenas por los hechos de corrupción. Que siga repitiendo que a él lo condenaron porque nacionalizó las AFJP, argumento que más de una vez llegó a usar también Cristina Kirchner.
Y ya que estamos hablando de corrupción e indignación, también indignan los intentos del gobierno de barrer el escándalo de los sobreprecios de los alimentos por debajo de la alfombra. ¿Van a apartar a los 18 secretarios y directores a los que les habían pedido la renuncia o los van a terminar reivindicando? ¿Van a usar la enorme preocupación que existe por el coronavirus como una enorme cortina de humo para que todo quede así? El fiscal de investigaciones administrativas, el organismo oficial que abrió una causa, ¿va a avanzar o la va a cajonear, como se hicieron con otras causas parecidas?
Si nosotros, como periodistas, en este caso, el equipo de investigación de La Cornisa, ya encontró, y te mostrará  innumerables inconsistencias en la carrera política y de negocios de Gonzalo Calvo, el hombre a quien el ministro Daniel Arroyo le pidió la renuncia, ¿cuánto puede tardar la justicia en encontrar la punta del ovillo de una madeja que cada vez aparece más grande y más oscura?
Te anticipo algo de lo que vas a ver el domingo. Y te garantizo que cuando lo veas te van a indignar más todavía. Así como había un club de la obra pública cartelizado, que conseguía obras con sobreprecios millonarios y adornaba a decenas de funcionarios de turno, ya está claro que existe un Club de la alimentación, o de la comida, como lo mencionó hoy Carlos Pagni en su columna
Y así como todos los días aparecen sobreprecios escandalosos en las compras que se dispararon para combatir el coronavirus, el equipo de investigaciones de La Cornisa acaba de descubrir algo muy escandaloso: que el avance de otra enfermedad infectocontagiosa y mortal como el dengue, también la están "combatiendo" funcionarios de un Estado "bobo" o "cómplice", que paga más por los repelentes que lo que salen hoy en cualquier farmacia de barrio.
Estamos indignados, cansados y enojados. Pero no somos locos. Sabemos que la decisión del gobierno nacional de impulsar el aislamiento social antes de que se diseminara el virus, como sucedió en Italia o España, fue la correcta. Cumplimos con las reglas que nos impone la cuarentena. Estamos muy atentos para saber cómo va a seguir impactando en coronavirus y cuáles van a ser las decisiones que tomará el gobierno nacional y el resto del país.
Pero no nos pidan que nos hagamos los distraídos con este tipo de canalladas. Porque estamos usando barbijo. Pero todavía el barbijo que usamos, como diría Federico Andahazi, no alcanzó para taparnos los ojos.

martes, 7 de abril de 2020

LA OPINIÓN DE LUIS MAJUL,


El peligro de "malvinizar" la lucha contra el coronavirus

Luis Majul
Esto recién empieza y suponer que "estamos ganando" sería un gravísimo error
Tiene razón Longobardi: la curva de contagios del coronavirus no se va a aplanar amenazando a Rocca, accionista mayoritario de Techint. Tampoco haciendo sonar las cacerolas para que los diputados y senadores nacionales donen parte de sus dietas. No hay que ser muy despabilado para entender que lo ideal sería que ninguna empresa tuviera que despedir a ningún trabajador en medio de la pandemia . Pero la pregunta inevitable es qué emprendimiento, pequeño, mediano o grande, podría mantenerse en pie con la actividad paralizada a nivel cero. O, en todo caso, durante cuánto tiempo. La respuesta no es difícil: pocos, casi ninguno.
Lo mismo vale para la fantasía de que un "ajuste de la política " hecho a las apuradas y en medio de una recesión brutal y a ritmo de vértigo vaya a cambiar el complejo panorama económico, que amenaza con terminar peor que en diciembre de 2001. Porque un ajuste de la política en serio debería ser estructural y administrativo. Además, debería incluir a los organismos nacionales, pero también los provinciales y los municipales. Y, por supuesto, también deberían, ser parte del ajuste aquellos organismos considerados "cajas de la política", como PAMI, AFIP o Aerolíneas Argentinas. Por eso lo mejor, en vez de buscar chivos expiatorios y soluciones instantáneas, es hacer un diagnóstico serio de dónde estamos parados. De dónde está parada la Argentina.
El Gobierno, después de dar un paso en falso al haber subestimado el alcance del Covid-19 , reaccionó a tiempo y dispuso el aislamiento estricto y obligatorio. Así pudo haber evitado una propagación rápida, con una enorme cantidad de infectados y muertos . Alberto Fernández , al mismo tiempo, desplazó al ministro de Salud como vocero principal y eligió una manera de comunicarse cercana y efectiva. Con un lenguaje llano y autoridad "presidencial". Esta "receta" pareció funcionar muy bien hasta ahora. De hecho, la imagen positiva del Presidente alcanzó niveles superiores al 60%. Sin embargo, hay quienes ya le están criticando algunos excesos de "emocionalidad". Uno es Pablo Sirvén, quien confesó que se asustó cuando vio al Presidente responder, ante una pregunta de René, el cantante portorriqueño René Pérez Joglar, con la siguiente definición: "Estamos dominando el coronavirus".
Sirvén, junto con otros colegas, como María O'Donnell, también advirtió sobre la errónea decisión de Fernández de dejarse entrevistar por Rosario Lufrano, presidenta de la radio y televisión argentina del Estado. Lufrano es funcionaria pública. O'Donnell considera que quienes debieron preguntar al jefe del Estado son los periodistas del noticiero del canal público.

En las últimas horas, muchos otros colegas, junto con Sirvén, empezaron a cuestionar la decisión de que en las denominadas conferencias de prensa el Presidente no respondiera preguntas. En su momento, los responsables de la comunicación oficial explicaron que lo hacían para "no abrir la agenda" y evitar "ruidos extras" en el contexto de las decisiones que tienen como objetivo enfrentar la pandemia. De hecho, el secretario de Comunicación y Prensa, Juan Pablo Biondi, afirmó que no se trata de una política predeterminada, sino de una de las tantas modalidades que pueden ir cambiando o no, según lo marca el ritmo del coronavirus.
Pero en una parte del Gobierno están preocupados por el resultado de la transmisión del "teletón" que se realizará el próximo domingo, a partir de las 18, desde todos los canales de aire, bajo el lema "Unidos por Argentina", y con el objetivo de recaudar fondos destinados a los hospitales públicos. Participarían en la conducción figuras como Alejandro Fantino, Ángela Llerena, Sergio Goicochea, Verónica Lozano, Mariana Fabbiani y Guido Kaczka. ¿Cómo evitar, en un programa de esas características, el tono "patriótico" y "celebratorio"? ¿Cómo no asociarlo al recordado 24 horas por Malvinas que condujeron Pinky y Cacho Fontana, por el canal oficial Argentina Televisora Color?
Es verdad. Se trata de un contexto diferente. Para empezar, había una dictadura. Igual, parece inevitable la asociación. Aquel programa se pensó con la intención de recaudar fondos para los soldados que combatían en Malvinas. Fue emitido el 8 de mayo de 1982. Participaron figuras como Diego Maradona, Mirtha Legrand, Susana Giménez y Ricardo Darín, entre otros. Se recaudó cerca de un millón y medio de dólares de entonces. Sin embargo, a casi 40 años de su emisión, todavía no parece estar muy claro qué pasó con el dinero. Y los conductores y participantes, que en su momento fueron utilizados como instrumento del gobierno de facto, fueron estigmatizados durante largo tiempo.
Por eso no resulta exagerado advertir que el peligro de " malvinizar " la lucha contra el coronavuris parece estar latente. Esto recién empieza. Y suponer que "estamos ganando" sería un gravísimo error. Primero, porque todos los días mueren miles de personas en el mundo. Y muchas personas en la Argentina también. Segundo, porque el tono "patriótico" o "autocelebratorio" es, también, primo hermano del "pensamiento único". El mismo pensamiento único que sirvió, para calificar en su momento, entre otros, a Raúl Alfonsín de "traidor a la patria" solo porque no estaba de acuerdo con invadir las islas Malvinas.
El coronavirus casi hizo desaparecer la grieta. Pero no debería desalentar el pensamiento crítico y los otros graves peligros que acechan detrás de la pandemia. Uno, muy fácil de adivinar, es la tentación del ejercicio autoritario del poder. Se hizo muy visible entre algunos intendentes y ciertos gobernadores. En especial los que pretendieron cerrar sus distritos con la fantasía de que el virus se va a detener justo donde coloquen obstáculos físicos, como obedeciendo una orden marcial.
Otro es el riesgo de que avance un tsunami de casos de corrupción. Todo el mundo sabe que, desde que irrumpió el coronavirus, las compras de insumos ya no se hacen por licitación, sino que las direcciona el Estado. ¿Cuánto va a demorar el proveedor de turno en proponer un negocio sucio al funcionario a cargo para venderle la mayor cantidad de unidades a un precio superior al de mercado? Alertar sobre la "malvinización" de la lucha contra el coronavirus no significa dejar de aplaudir cada noche a quienes cumplen trabajos esenciales para evitar la propagación. Tampoco significa dejar de reconocer el trabajo que hacen las fuerzas de seguridad para lograr que todos nos quedemos en nuestras casas. El fin de semana pasado, después de mostrar mi certificado de libre tránsito en cumplimiento de mi actividad, acompañé en silencio, muy emocionando, el llanto entrecortado de un agente de policía. Llevaba muchas horas cumpliendo con su servicio. Extrañaba a su hijo pequeño. Tenía plena conciencia de la situación. Y orgullo por el lugar que le tocó. Pero una cosa es esa y otra evitar poner sobre la mesa las discusiones cruciales.
Demos por hecho que jefes de Estado como Trump, Bolsonaro y López Obrador están obrando con absoluta irresponsabilidad. Pero no cerremos el debate alrededor de estos dilemas: ¿intervención sanitaria horizontal o vertical?; ¿cómo y cuándo salir de la cuarentena?
La información que estamos recibiendo día a día ¿refleja el verdadero estado de situación o atrasa, porque se trata de personas infectadas por lo menos 15 días antes? La lentitud con que se obtienen los resultados de los tests y la demora en descentralizarlos ¿facilitan la manipulación de la información oficial o solo expresan la precariedad de nuestros sistemas de salud público y privado? La estrategia para combatir la pandemia no necesita que el Presidente califique a nadie de "idiota o de miserable". Tampoco que lo haga, en forma personal, ningún empresario, chico, mediano o grande.

sábado, 15 de febrero de 2020

LA OPINIÓN DE LUIS MAJUL,


Alberto Fernández, entre la "terapia intensiva" y "el abismo"

Luis Majul
El Presidente viene corriendo a la realidad desde atrás, y todavía no la alcanza. Es lógico. Arrancó con desventaja: la mayoría de sus votos son prestados, la dirigente que lo ungió lo presiona para obtener su completa impunidad y una parte de los argentinos lo considera, según las encuestas, "poco confiable". Es decir: un político con la palabra "un tanto devaluada", como afirmó días atrás Santiago Kovadloff. Para colmo, todavía no hace dos meses que asumió sin embargo parece que ya se habría consumido gran parte de la luna de miel. Esto se debe a dos razones lógicas. Una: él no cuenta con el hándicap de "los nuevo"; fue parte de un proyecto político que, más allá de sus intenciones, no logró ni solucionar los problemas estructurales de la economía ni terminar con la lógica amigo enemigo. Y dos: integra una coalición que tiene una obsesión reivindicatoria, y no acepta ninguna autocrítica.

A pesar de todo, Alberto Fernández tiene una virtud: no se engaña. Sabe, por experiencia propia, que los trucos dialécticos, una marca registrada del kirchnerismo, tienen fecha de vencimiento. Que la actual estrategia de echar "toda" la culpa a la ineficiente administración del gobierno de Macri, será efímera. Que usar los conceptos de emergencia y solidaridad para ganar más tiempo, tiene un límite. Que al impuestazo sobre los sectores productivos y al ajuste a los jubilados que cobran por encima de la mínima se los puede presentar por un rato como un acto de justicia distributiva, pero es apenas un parche que no garantiza el éxito de nada. Incluso, si la estrategia para negociar la deuda externa, como todo parece indicar, le resultara, a su administración, relativamente bien, después tendría que superar un desafío mayor: bajar la inflación y reactivar la economía, que todavía no muestra ningún signo de vitalidad.
Hace días, el Presidente admitió ante un grupo de empresarios, en Alemania, que la Argentina se encuentra "en terapia intensiva". Horas antes, durante su visita al Vaticano, se lo escuchó decir: "si supieran lo cerca que estamos del precipicio, algunos actuarían con más responsabilidad". ¿Hacia quienes dirigió este último mensaje? Alguien muy cercano a él me dijo que se estaba refiriendo a los formadores de precios. Pero otro dirigente que suele interpretar a Fernández muy bien hizo extensivo el mensaje hacia los sectores más duros del cristinismo. Es que los últimos movimientos políticos de Cristina se parecieron mucho a una provocación. No una provocación concreta hacia el Presidente. Sí hacia el 60 por ciento de los argentinos que no votaron al oficialismo.
Empecemos por el más reciente: acusar a la AFIP y otros organismos del Estado junto a los medios "hegemónicos" de perseguirla, se puede interpretar, de mínima, como un chiste de mal gusto. Eso era precisamente lo que hacía su gobierno con dirigentes de la oposición, medios y periodistas críticos. Con pequeña diferencia: la mayoría de las veces las denuncias no se sostenían con ninguna prueba; solo usaban a sus comisarios políticos, como los panelistas de 6,7,8 para hacer acusaciones falsas y ensuciar a instituciones y personas de manera gratuita. En el caso de la investigación sobre la vicepresidenta, los datos oficiales de la AFIP que constan en los expedientes fueron los que suministraron los exfuncionarios a pedido de los fiscales y los jueces que tramitan las causas. Continuemos.

La visita de Cristina a las represas hidroeléctricas que todavía no se terminaron de construir junto a empresarios procesados por pagar coimas en el expediente de los Cuadernos de la corrupción y su exigencia para que se haga la ruta que debió culminar pero ya cobró, presuntamente, de manera presuntamente ilegal, Lázaro Báez, sí puede ser considerada una doble falta de respeto al sistema de justicia. Porque ella está procesada no solo como la presunta jefa de una asociación ilícita en la causa cuadernos. También está procesada en el juicio por las obras de Vialidad y que incluyen la ruta que ahora pretende que se haga. Es más: esa ruta fue peritada por especialistas. Y los peritos y el fiscal aseguran que está colmada de irregularidades. Hacer y decir lo que dijo es como enrostrar a más de la mitad del país la falsa idea de que un triunfo electoral puede borrar de la memoria los delitos que se le imputan.
En una escala apenas menor se podría encuadrar la designación de Aníbal Fernández al frente de Yacimientos Carboníferos Río Turbio. Es verdad, como recordó el propio Aníbal, que él no está preso. Y que la justicia no le probó ninguna vinculación con el narcotráfico. Pero solo su estilo pendenciero, de compadrito, descalificatorio, y su pobre lenguaje de arrabal, bastarían para que ningún gobierno cargara con semejante lastre. Y menos uno cuyo Presidente pretende dejar como legado el final definitivo de la grieta.
Todo lo anterior no implica que la nueva administración no pueda impulsar denuncias como la del ministro de la Producción, Matías Kulfas contra el exfuncionario del gobierno de Macri, Rodrigo Sbarra. Está probado que encima de su escritorio se encontró un sobre con más de 10 mil dólares. El fiscal Gerardo Pollicita y el juez Julián Ercolini lo acaban de imputar por lavado de dinero. Además decidieron levantar el secreto bancario para determinar si, en efecto, manejaba plata en negro. Sería un error como interpretar esa denuncia como un acto de venganza. Tampoco se debería entender como una decisión caprichosa la exigencia de las flamantes autoridades de ARSAT de pedirle la renuncia a su extitular y esperar que el funcionario no le inicie un juicio al Estado. Eso sÍ. Se debería asumir el mismo criterio para todos los casos. Incluso para un exfuncionario kirchnerista de la ARSAT que cobró una indemnización al terminar su gestión, en 2015, y ahora lo acaban de nombrar como segundo responsable de la empresa estatal.
Lo mismo vale para la controvertida designación de parientes. O se está siempre en contra, como los dirigentes kirchneristas que pusieron el grito en el cielo por algunos casos de nepotismo durante el gobierno de Macri, o se acepta como parte del toma y daca de la política nacional y se rescata la supuesta idoneidad de los parientes, como se escucha ahora de parte de los funcionarios de este gobierno. Y para ir a cuestiones más profundas y estructurales, los sindicalistas y lideres de organizaciones sociales que ahora se muestran más comprensivos deberían haber actuado con igual tolerancia frente al gobierno anterior. Porque el país es el mismo, aunque el color político de los funcionarios sea distinto.

La franja de votantes que termina inclinando el resultado de las elecciones a favor o en contra de un candidato u otro sigue pendiente de este tipo de cuestiones. También sabe, o se imagina, que el gobierno de Alberto Fernández no tiene fondos para hacer populismo. Y avanza una ola cada vez más potente de votantes que vienen pidiendo un "ajuste a la política". No al buen ejercicio de la política. Un ajuste a los gastos administrativos exorbitantes, a la desmesurada oferta de empleo público y a las decisiones de política económica que más bien parecen jueguito para la tribuna. El impuesto a los activos en el exterior es un buen ejemplo. No aumenta la recaudación de manera significativa. Al contrario: es posible que, en Argentina, igual que en otros países del mundo, como Francia, termine perjudicando a las arcas del Estado. Lo mismo se puede decir del congelamiento de tarifas. Provoca un alivio transitorio a millones de argentinos, pero multiplica exponencialmente el gasto público, y provoca un aumento de la inflación, el gran impuesto de los pobres.
Se admite cerca del Presidente la necesidad de ganar tiempo. Por lo menos hasta que termine de negociar con acreedores privados y el FMI. "A partir de ese momento, Alberto podrá gobernar sin condicionamientos". Ojalá.

miércoles, 8 de enero de 2020

LA OPINIÓN DE LUIS MAJUL,

LUIS MAJUL
El nuevo presidente se asemeja al Néstor Kirchner que inició su mandato en 2003, aunque también tiene puntos en común con Raúl Alfonsín y hasta el propio Macri
¿Qué tipo de presidente es Alberto Fernández? Veintidós días de gestión es poco tiempo -incluidos los fines de semana y las fiestas de Navidad y Año Nuevo- para responder semejante pregunta con certeza. Sabemos que se empezó a probar "el traje" de "presidente" días antes de mayo de 2019, cuando Cristina Fernández lo ungió, de manera sorpresiva, candidato. ¿Será verdad que llegó a aquella reunión pensando en pedirle a Cristina "apenas" la embajada de España?
Si asumimos esa hipótesis, podríamos aventurar, además, que no le costó tanto tiempo acostumbrarse a la idea de que podría ser presidente. Imaginarse que podría llegar a hacerlo bien. Y sentirse cómodo con eso. También sabemos que su sueño, desde que supo que sería candidato, es emular el arranque de Néstor Kirchner del 25 de mayo de 2003. (Lo sabemos porque él mismo lo planteó, como un deseo y, al mismo tiempo, un objetivo, en una de las conversaciones que mantuvimos antes de su asunción). Sabemos, además, que, en parte, lo puede estar emulando con cierto éxito porque él mismo estuvo ahí, muy cerca, en la misma oficina, cuando Kirchner puso en práctica algunos de sus "trucos" para gobernar y hacer política.
¿Y cómo empezó a gobernar Kirchner? A golpe de medidas efectivas y gestos efectistas. Como si estuviese sometido a una competencia electoral diaria. Prestando muchísima atención, a veces de manera obsesiva, a lo que decían los medios. Con un inteligente manejo de las expectativas y cierta urgencia por acumular "autoridad presidencial".
En todos estos aspectos, Alberto Fernández se parece mucho al Néstor Kirchner de entonces. Kirchner amplió los superpoderes con los que gobernó Eduardo Duhalde. Fernández también lo hizo. Kirchner entendió el valor de lo simbólico desde el "minuto cero". Y tardó cinco minutos más en entender que esa herida que le hizo el fotógrafo en la frente y el apósito que se tuvo que poner el día que asumió serían tomados como una señal de empatía de un presidente "cercano". Es posible que Alberto Fernández haya decidido recorrer el tramo desde el departamento de Puerto Madero hasta el Congreso el día de su asunción en su propio auto pensando en aquella escena de hace dieciséis años y medio. Los trajes amplios cruzados sin abrochar y la Bic consolidaron entre "la militancia" el imaginario de que Néstor era "un hombre común cumpliendo tareas extraordinarias".
Aquellas fotos tienen un perfume parecido al de Fernández dando clases en la Facultad de Derecho, compartiendo la Navidad con los fieles en San Cayetano y "prohibiendo" a sus colaboradores que se tomen vacaciones. Y mucho menos, vacaciones en el exterior. Hay, incluso, en el discurso de asunción de Kirchner y Fernández cierto "relato" que parece calcado: ambos expresaron, palabras más, palabras menos, que la Argentina no podía pagar la deuda con el hambre del pueblo. Pero los dos fueron lo suficientemente astutos para dejar claro, tanto al Fondo Monetario Internacional como a los acreedores privados, que no iban a dejar de pagar.
Kirchner llamaba a los periodistas y a los dueños de los medios cuando no le gustaban o no compartía los datos o las opiniones publicadas. Alberto Fernández, también. Pero en esta materia Kirchner eligió, a partir de determinado momento, una estrategia que Fernández nunca compartió: llevar sus diferencias con los medios a una suerte de "guerra santa". (Decisión estratégica que Cristina más tarde profundizó y que todavía defiende).
El actual presidente no reivindica ni la ley de medios ni el conflicto con el campo derivado de la resolución 125. En asuntos sensibles como estos, se parece más a Raúl Alfonsín. Prefiere, en primera instancia, convencer, antes que imponer. (Por lo menos hasta ahora). Pero, además, Fernández, más allá de sus "cabronadas", de las que suele arrepentirse, reivindica el legado de Alfonsín. Mucho más de lo que lo hicieron Néstor y Cristina. Todavía el actual jefe del Estado repite con cierto orgullo una fortísima discusión que mantuvo con Kirchner el día que el expresidente abrió las puertas de la ESMA y se "olvidó" del papel de Alfonsín en el juicio a los comandantes de la dictadura y la creación de la Conadep.
¿Más analogías? Kirchner, desde el primer momento, sintió la necesidad de recuperar la autoridad presidencial porque había asumido con el 22 por ciento de los votos y porque el "círculo rojo" de entonces había instalado la idea de que se trataba del "chirolita de Duhalde". Fernández, antes de asumir, sintió la misma necesidad: hacer entender a "la opinión pública" que no habrá doble comando, que el presidente será él y que no será el "chirolita de Cristina".
La megaley que propició y los superpoderes que se atribuyó se podrían explicar, también, como una consecuencia lógica de esa "debilidad de origen". ¿Podrá en los próximos dos años Fernández hacer lo mismo que Néstor y Cristina hicieron con Duhalde en las elecciones de medio término y fundar, entonces sí, el albertismo? Depende del éxito o el fracaso de su política económica.
Hay que decir, sobre la manera de presentar las primeras medidas, que Alberto Fernández también tomó, en parte, algunos "trucos" de Cristina Fernández mientras ejerció la presidencia. ¿Cuáles? Colocar a los anuncios títulos de alto impacto y denso significado, antes, incluso, de explicar por qué, para qué, en contra y a favor de quiénes tomó las decisiones más relevantes.
Un ejemplo, de apariencia inocua: que la locutora oficial Natalia Paratore haya presentado a Fernández como el presidente de "la unidad de los argentinos" es, como mínimo, una exageración. Otros ejemplos, quizá más controvertidos: la ley de "solidaridad social" y "reactivación productiva". Es probable, cómo no, que el conjunto de normas y resoluciones que contiene el paquete económico tenga el propósito de lograr ambos objetivos. Pero dar por sentado que suspender (si no les gusta la palabra congelar) la fórmula de indexación de los haberes jubilatorios es producir "solidaridad social" y subir los impuestos o aplicar un impuestazo al sector privado es generar "reactivación productiva" parece, cuando menos, un acto de fe. Es más: nadie se debería escandalizar demasiado si en vez de colocar a las medidas títulos demagógicos se explicara que la fórmula de aumento de los haberes jubilatorios era insostenible con estos niveles de inflación. Y eso se llama ajuste.
Tampoco nadie se debería enojar si se admitiera que el Poder Ejecutivo lo hace para poder pagar los intereses de la deuda. Y, por supuesto, ningún argentino de bien debería poner el grito en el cielo si Fernández reconociera que lo que persigue este paquete de emergencia es, entre otras cosas, lograr el equilibrio fiscal. Es decir: el mismo objetivo que perseguía Kirchner, pero también Mauricio Macri, y que se puede sintetizar en dos grandes ideas. Una: que a la Argentina le entren más dólares de los que salen. Y dos: que empiece a bajar la inflación, para después comenzar a crecer.
El supercepo debería alcanzar, por lo menos en el corto plazo, para absorber los dólares que necesita el Estado. Lo de la inflación y el crecimiento parece más difícil. Para eso se necesita un plan integral y consistente que trascienda el paquete de medidas de emergencia. Si Fernández lo impulsa y empieza a funcionar, no necesitará parecerse a nadie. Comenzará a ser reconocido por lo que él mismo haya podido lograr. Pero si fracasa, la repetición de gestos "para la tribuna" se le puede volver en contra. Como sucedió, en su momento, con Alfonsín, Kirchner, Cristina y Macri también.

domingo, 15 de diciembre de 2019

LA OPINIÓN DE LUIS MAJUL,


¿Alberto y Cristina no se pelean nunca más?

Luis Majul
Representantes del Frente de Todos han tratado de alejar en los últimos días el fantasma de una división
AEduardo Duhalde le atribuyen haber perdido el denominado "freno inhibitorio". En especial, cuando hace declaraciones públicas. Alejado del día a día, el expresidente se autopercibe "más allá del bien y del mal". Por eso se da el lujo, en este presente de incertidumbre, de jugar con los peores fantasmas. De hecho, hace un par de días, sin ponerse colorado, sin repetir y sin soplar, lanzó, por radio, la siguiente admonición: "Si Cristina y Alberto se pelean, se acabó. Esto termina mal".
¿En qué estaba pensando Duhalde cuando planteó semejante escenario de catástrofe? ¿Sabe algo que el resto de los mortales ignoramos? ¿Se empezó a incubar una disputa temprana entre la vicepresidenta electa y Alberto, a quien ungió, por encima de ella misma, en lo que muchos califican como la jugada política más inesperada, sorprendente y exitosa que permitió al Frente de Todos alcanzar la victoria electoral? ¿Podrían llegar a pelearse ahora y hacer explotar el Frente de Todos por los aires?
Se lo pregunté al presidente electo. Me dijo : "Nos quieren hacer pelear. Pero no lo van a lograr. Quieren hacer aparecer a Cristina como Maléfica, y a mí como un títere. A ella como la dueña del veto, y a mí como alguien sin poder de decisión. Pero no lo van a lograr. Porque yo no me voy a pelear nunca más con Cristina. Nunca más". Casi lo mismo repite el designado presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa: "Quieren hacer pelear a Cristina con Alberto y conmigo. Me quieren hacer pelear con Alberto. Hay gente muy poderosa que está trabajando para romper la unidad del peronismo".
¿Es correcto semejante diagnóstico? ¿Hay una fuerza oculta tratando de enfrentar a los distintos sectores de la alianza que acaba de ganar cuando todavía no asumió? Quizá lo más lógico sea afirmar que desde las PASO hasta ahora Cristina volvió recargada, dispuesta a tirar de la cuerda hasta el límite de la ruptura y que, al mismo tiempo, Alberto Fernández y Sergio Massa optaron por cristinizarse, poniendo por encima de sus propios pensamientos y valores la denominada "ética de la responsabilidad".
Alberto Fernández, el martes, envió una advertencia temprana al peronismo: si logran dividirnos "puede salir otro Macri", los asustó. Massa aún no lo dijo en público, pero lo que piensa es algo todavía peor. "Si esto sale mal, que vuelva Juntos por el Cambio sería el menor de los problemas. Porque lo que podría venir es un nuevo que se vayan todos". ¿Es por eso que Alberto consideró una "maravillosa pieza de defensa" la prepotencia y ostentación de poder que exhibió Cristina ante los magistrados que la deben juzgar? ¿Fue para evitar un problemón antes de tiempo que Fernández asumió la defensa política y de apariencia legal de Cristina forzando algunos argumentos que no mencionó ni utilizó antes de su acuerdo para transformarse en candidato a presidente? ¿Es porque no quiere que se rompa nada ahora que pasó de la "cero injerencia" en el gabinete a un "gabinete no copado" por gente de absoluta confianza de Cristina?
El presidente electo todavía debe guardar en la memoria la espantosa madrugada del día en que Julio Cobos dijo "mi voto no es positivo" y desencadenó la furia incontenible de Néstor Kirchner, quien se mantuvo toda la noche despierto y gritó una y mil veces su deseo de que Cristina renunciara a la presidencia y les tirara "el gobierno por la cabeza" a Cobos, a Duhalde, al campo y a todos los sectores políticos que se opusieron al aumento de las retenciones. Fernández no solo se había opuesto a la caracterización de oligarquía que Néstor endilgaba a los productores del campo y a la definición de piquetes de la abundancia con que Cristina había atacado los cortes de ruta. El entonces jefe de Gabinete, además, durante esa noche interminable y el día siguiente, tuvo que llamar a Lula para que el entonces presidente de Brasil convenciera a Néstor de que cuando un gobierno pierde con la aprobación o el rechazo de una ley, no es el fin del mundo. Si la memoria de Alberto Fernández no lo traiciona, convencer a Néstor y a Cristina de que no abandonaran la administración fue el último gran acto de servicio que les prestó, antes de su propia renuncia. Alberto se fue en julio de 2008. A partir de ese día, él, Néstor, Máximo y Cristina se pelearon. Estuvieron sin hablarse durante casi diez años. Recién el sábado 18 de mayo de este año millones de argentinos se enteraron de que se habían amigado cuando Cristina anunció, a través de un video, que ella lo había designado candidato a presidente de la Nación, y se reservaba para ella la vicepresidencia.
Hubo siempre, en el vínculo entre Néstor, Cristina, Máximo y Alberto, una mezcla de cuestiones personales y familiares con asuntos políticos de altísima relevancia. Cuando el matrimonio decidió exponer a Alberto como un lobista de YPF en el programa neofascista 6,7,8, la justificación para hacerlo fue que el exjefe de Gabinete había sido el único dirigente que había dormido en la cama de Máximo en Santa Cruz, y que "de eso no se vuelve". No es necesario repetir ahora que Alberto fue uno de los más duros críticos del segundo gobierno de Cristina Fernández. Sí interesa repasar cómo explicaron el reencuentro. Cristina, finalmente, había comprendido, después de perder contra Esteban Bullrich, que necesitaba del resto del peronismo para poder ganarle a Macri. Y muchos dirigentes del peronismo no K, representados por Alberto, habían entendido también que "con ella sola no se podía, pero que sin ella tampoco alcanzaba".
Una vez que acordaron la estrategia para ganar, empezaron a hablar con periodistas para que la jugada de laboratorio fuera más digerible. Entonces, instalaron la idea de que Cristina había cambiado, también, en lo personal. Que la enfermedad de Florencia iba a absorber la mayor parte de su energía vital. Que ya había logrado todo lo que un dirigente político puede soñar y más. Que se bajaba de la candidatura a presidenta para sumar. Pero un día volvió de La Habana y se sentó a la mesa del poder. Y dispuesta a pedir lo que cree que le corresponde. Sin embargo, eso no debería escandalizar a nadie. Fueron suyos la mayoría de los votos que obtuvo la fórmula. Fue suya la decisión de ungir a Alberto y nominar a Axel Kicillof, el dirigente que le ganó cómodamente a la dirigente con mejor imagen de Juntos por el Cambio. Es ella la que reclama, al propio Alberto, algo que aparentemente acordaron, pero que el presidente electo no le podría, todavía, garantizar: que no quede en pie ni una sola de la decena de causas de corrupción en las que está procesada. Que todo vuelva a fojas cero. Y, por supuesto, venganza para los fiscales, jueces y exfuncionarios que se atrevieron a investigarla y acusarla. Hasta ahora, con las declaraciones públicas del jefe de Estado electo no parece alcanzar. Con las amenazas públicas y veladas, tampoco. La pelea por los cargos en el Congreso y el gabinete está signada, también, por este intríngulis: que Cristina, Máximo y Florencia queden libres de culpa y cargo.
Muy cerca de Alberto Fernández afirman que todo empezará a cambiar a partir del 10 de diciembre, cuando le entreguen la lapicera y tenga a su disposición "la botonera". Lo cierto es que, durante los últimos días, Cristina arrastró al resto del peronismo con su manera prepotente y ostentosa de ejercer el poder. Y Alberto Fernández parece estar pagando el costo político de su cristinización. Hay una encuesta que advierte que su imagen, desde que ganó las elecciones en primera vuelta, creció menos que los registros históricos de sus antecesores, incluido el propio Mauricio Macri.

domingo, 4 de agosto de 2019

LA OPINIÓN DE LUIS MAJUL,


Macri y Vidal podrían dar el batacazo

Luis Majul
A pesar de la amplia desventaja con que ambos comenzaron la campaña, la distancia con el kirchnerismo parece acortarse
Macri y Vidal podrían dar el batacazo y lograr ambos la reelección, a pesar de la amplia desventaja con que arrancaron la campaña. Hasta hace un par de meses, las encuestas los daban perdiendo por cerca de 10 puntos. Cristina le ganaba cómodamente a él, y cualquier candidato en la provincia que llevara a la senadora nacional en la boleta parecía, también, imbatible en los ejercicios de simulación. Esa foto de la posible derrota de Mauricio y María Eugenia, sumada a los números negativos de la economía, fue la que hizo envalentonar al kirchnerismo y sus nuevos aliados, quienes olieron sangre y salieron a la caza del premio mayor.
Tan mal le daban las encuestas al jefe del Estado que una parte de Cambiemos, impulsada por algunas de las máximas autoridades del radicalismo, intentó imponer la idea de que Macri debía renunciar a su candidatura. Incluso algunos amigos de toda la vida del Presidente se transformaron en entusiastas propagandistas del "plan V" (Vidal presidenta) y alrededor de los más fieles colaboradores de la gobernadora empezaron a trabajar con la idea de separar las elecciones de la provincia de la competencia nacional.
Ahora parece que el clima y la tendencia están cambiando. ¿Cuánto? Todavía la mayoría de las consultoras serias afirman que el 11 de agosto Alberto Fernández le ganará a Macri y Axel Kicillof superará a Vidal. Pero cada día que pasa los encuestadores más serios admiten que el Presidente va recuperando terreno y la gobernadora también. Pero ¿cuánto terreno? ¿A qué ritmo?
"Las PASO las perdemos seguro", dicen muy cerca del Presidente. "No hay manera, en estas PASO, de descontar la ventaja que nos saca Kicillof", repite alguien que habla por boca de Vidal. Ambos se niegan a suministrar números y encuestas con nombre y apellido. Incluso los que responden a los jefes de ambas campañas llegaron a pedir a las encuestadoras que contratan que no filtren a los medios las cifras que los muestran con altas posibilidades de ganar. Y menos en las ciudades a las que hasta hace poco daban por perdidas, como Mar del Plata. Parece que la orden de no mostrarse optimistas e incluso ocultar los datos que revelarían, casi, un virtual empate en las primarias, fue sugerida por Durán Barba a Marcos Peña y transmitida por este a los principales candidatos de Juntos por el Cambio.
Los que minimizan los trucos del consultor ecuatoriano se ríen de la teoría de Durán que dice que siempre es mejor correr desde atrás, con cierta desventaja, para llegar a la victoria en el momento justo. Lo que sucede es que Durán explica la receta, pero no muestra la fórmula secreta. La explicación "oficial" es que el miedo a la derrota evita que se relajen los equipos de campaña. Y, al contrario, a mucha gente le cae más simpático el que va perdiendo que el que ya ganó. Pero la verdad es que en el corazón de esta estrategia se esconde el verdadero secreto. Y el verdadero secreto se llama "manejo de expectativas". Porque es el buen manejo de las expectativas lo que resultaría determinante para ganar una competencia electoral que viene tan peleada.
Si los voceros de Juntos por el Cambio comenzaran a difundir que en las PASO ya casi están empatando con el Frente de Todos, es muy probable que muchos electores decidan no ir a votar y terminen perjudicando al oficialismo. ¿Por qué? Porque se trata de un segmento menos politizado y, aunque no quieren que vuelva Cristina, tampoco se sienten cómodos con ir a votar dos veces. Por lo tanto, esperarían a la primera vuelta de octubre para ir al cuarto oscuro y sufragar.
Los cerebros de la campaña del oficialismo ultiman una fuerte convocatoria para pedir el voto ahora mismo. Necesitan evitar que el casi seguro triunfo del kirchnerismo en las PASO sea tan amplio como para generar un clima de derrota irreversible en la primera vuelta. Para ponerlo en palabras de uno de los coroneles de la campaña del partido del Gobierno: "Ya está instalado que, si las PASO las perdemos por más de 7 puntos, una buena parte de la opinión pública entendería que sería casi imposible revertir ese resultado y se subiría al carro del triunfador, como producto de esa expectativa", explicó. ¿Y si Juntos por el Cambio pierde por menos? "En ese caso, las expectativas previas funcionarían al revés. Porque todos los votantes de Lavagna y de Espert, más otros que anden sueltos por ahí, terminarían inclinando la balanza a favor de nosotros".
Vidal tiene un desafío más grande que el de Macri. Porque en la provincia de Buenos Aires no hay segunda vuelta. Y porque necesita disminuir la ventaja de su rival más rápido y con el mejor resultado posible. Y a la vez, si finalmente llegara a caer derrotada por Kicillof, la onda expansiva de su caída le pegaría bien fuerte a Macri, independientemente de que en la región centro y el noroeste el Presidente pueda compensar los votos perdidos de la provincia de Buenos Aires y en la Patagonia.
La dinámica de campaña del Frente de Todos es la opuesta. Sus voceros transmiten triunfalismo. El grito de guerra "Vamos a volver" suena más a amenaza que a victoria real. Allí no hay un solo jefe de campaña, sino cuatro: Alberto Fernández, Cristina, Sergio Massa y La Cámpora para apuntalar a Kicillof. Los discursos parecen ir por cuatro andariveles separados. Cristina dice lo que se le da la gana en el momento en que se le da la gana. Massa apareció recién ahora, de manera acotada, para hablar de lo mal que está la economía. El candidato a gobernador no termina de ser asimilado ni por los intendentes ni por muchos peronistas del conurbano que lo sienten como una amenaza. Y Alberto tiene una pesada carga: la de justificar por qué se transformó en un aliado incondicional de Cristina después de haber sido su más acérrimo detractor desde el peronismo; la de convencer a los argentinos de que quien tomará las decisiones será él, y no la expresidenta, que lo ungió con el dedo, y la de criticar la política económica sin que muchos indecisos sospechen que lo que en verdad quiere es generar una corrida cambiaria para desestabilizar al Gobierno y hacerle perder al Presidente intención de voto.
Por ahora, la desesperada demanda de un dólar más alto no estaría afectando al mercado financiero. Y su inmersión sin traje de buzo en medidas específicas de política económica está poniendo en un aprieto no solo al propio Alberto, sino también al equipo de profesionales que podría acompañarlo en el gabinete si ganara la elección. Si su objetivo, al aceptar la candidatura a presidente que le propuso Cristina, era romper el techo electoral y conquistar el voto moderado, hasta ahora, lo que está logrando es lo contrario: espantar, con su discurso de cuanto peor mejor, a quienes están enojados con Macri, pero jamás votarían a alguien dispuesto a chocar el país con tal de regresar al poder.
Por lo demás, Cristina, Máximo y los chicos grandes de La Cámpora se siguen preguntando si la comparación que hizo Aníbal Fernández de Vidal con el femicida Barreda fue una bravuconada espontánea o una devolución de favores porque en la repartija de las listas de candidatos, al exjefe de Gabinete no le dieron ni siquiera las gracias. Vidal no ha salido a victimizarse. Solo sigue repitiendo, en voz baja: me sorprende que las mujeres del Frente de Todos no hayan salido a repudiar con fuerza semejante barbaridad.

miércoles, 10 de julio de 2019

LA OPINIÓN DE LUIS MAJUL,


El pecado kirchnerista original

Luis Majul
Es difícil precisar cuándo ocurrió la primera mentira del gobierno anterior, pero a esta le sucedieron otras, con una ausencia total de autocrítica
Contra lo que podría suponer, lo que más impacto puede causar Chernobyl, la serie, no es el ambiente de opresión que la atraviesa, sino algo no tan evidente, pero igual de grave: cómo una mentira, una falla, la mala decisión de unos burócratas, terminó desencadenando una de las mayores catástrofes nucleares de la historia. Aunque la naturaleza del desastre no tiene punto de comparación, se podría decir que eso mismo sucedió con el kirchnerismo. En todo caso se podría discutir, con toda legitimidad, el momento en que aconteció el pecado original. La decisión exacta que configuró la primera mentira.
¿Fue cuando Néstor Kirchner se presentó como un hombre nuevo, honesto y transparente, que prometía traje a rayas para los evasores mientras empezaba a acumular una fortuna y ya se había llevado puesta la división de poderes en su provincia, aunque muchos, en ese momento, no lo quisieron ni lo pudieron reconocer ni aceptar? ¿O fue, para ser más precisos, en enero de 2007, cuando Néstor, que todavía era presidente, empezó a meter la mano en el Indec y a manipular las cifras de la inflación, lo que representó la primera mentira explícita que nunca jamás reconocieron como una falta? Lo que hicieron Guillermo "Patota" Moreno y sus "batatas entry" es el ejemplo más sencillo de cómo la "mentirita" de un burócrata termina arrastrando todos los cimientos de una administración. Porque los retoques falsos de las cifras de inflación repercutieron en toda la estadística oficial. La del empleo. La de la pobreza. La de la deuda pública y privada. En suma: la de todo el PBI. La de toda la economía. Y en la medida en que la mentira original no se reconocía ni se corregía, las barrabasadas cada vez eran más burdas y dañinas. Los argumentos más inconsistentes. De hecho, Cristina Fernández, prohibió, literalmente, que cualquier funcionario de gobierno pronunciara la palabra "inflación".
Todavía recuerdo cuando uno de sus ministros de economía, Hernán Lorenzino, miró, desesperado, a su asesora de prensa y le dijo: "Me quiero ir" porque no podía responder a la sencilla pregunta de una periodista de un canal griego que incluía el término innombrable. Fue el 25 de abril de 2013 y ya venían mintiendo desde hacía seis años. Y tras cartón impusieron el cepo. También se recuerda a Kicillof justificando la no medición del índice de pobreza "para no estigmatizar a los sectores más carenciados". Y al exjefe de Gabinete Aníbal Fernández diciendo, muy suelto de cuerpo, que había más pobreza en Alemania que en la Argentina y hasta la misma Cristina declarando, ante la FAO, el 8 de junio de 2015, que el índice de pobreza apenas superaba el 4 por ciento.
Igual que en los regímenes totalitarios, a los que sostienen la mentira con cierto éxito, los suelen premiar con un cargo mayor. Así, no es extraño comprender por qué Kicillof ahora se transformó en el candidato de Cristina a gobernador en la provincia de Buenos Aires: además de su juventud y su carisma, es por su disciplina y el acatamiento "casi soviético" a las órdenes de la Jefa. Porque los resultados se su gestión, si se miden por los datos económicos, y la deuda que se está acumulando por los juicios contra YPF y Aerolíneas Argentinas, lo volverían el peor candidato de todos. Pero ha sido valorado por su capacidad para negar la realidad y convencer a millones de personas de que los demás son malos, cipayos, ricos e insensibles. Sin el más mínimo ánimo de exagerar, el pecado kirchnerista original de la primera mentira los condujo a seguir produciendo un tsunami de engaños, como lo hicieron las máximas autoridades de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, hasta que la realidad irrumpió con tanta fuerza que se tornó inocultable. Pongámoslo en términos sencillos: si fueron capaces de mentir durante años afirmando que el costo de vida era más bajo de lo que parecía a pesar de que era fácil de desmentirlo con una sola visita a un supermercado, ¿por qué no hacer lo mismo con las estadísticas de seguridad y narcotráfico? ¿Por qué no intentarlo, por ejemplo, con la falacia de que la fallecida Ernestina Herrera de Noble había robado sus hijos adoptados a una pareja de desaparecidos? ¿Por qué no seguir insistiendo con la falsa idea de que la de Santiago Maldonado fue una desaparición forzada? ¿Por qué no montar un enorme sistema de recaudación ilegal que incluía a casi todos los organismos del Estado y descalificar a los periodistas, legisladores, fiscales y jueces que nos pasamos años denunciando lo que era tan inocultable como la radiación en la planta nuclear de Chernobyl? 
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Todavía, después de 33 años, hay rusos que piensan que Chernobyl no fue más que parte de una campaña de propaganda extranjera. Se trata, en general, de exfuncionarios y personas mayores que se quedaron "congelados" en el tiempo y en las creencias que les inculcaron desde que tenían uso de razón.
Lo curioso, en el caso argentino, es que quienes están convencidos de que las denuncias de corrupción constituyen una conspiración de proporciones gigantescas son millones. Y entre esos millones hay jóvenes sin memoria, o cuya reacción ante la aparición de los datos no discutibles es la negación. Y lo que es más sorprendente: entre esos millones de argentinos está el flamante candidato a presidente Alberto Fernández, quien se fue del gobierno de Cristina en julio de 2008, asqueado por el ambiente delictual que atravesaba a parte de su gobierno, incluidos, por ejemplo, Julio De Vido y Ricardo Jaime, ambos presos por delitos de corrupción.
Alberto rompió todos los parámetros de la incongruencia. El último no fue menor. Ha sentenciado que la decisión de Néstor y Cristina de direccionar el 85 por ciento de la obra pública de la provincia de Santa Cruz a las empresas de Lázaro Báez, al mismo tiempo que recibían del contratista dinero del alquiler por habitaciones del Hotel Alto Calafate que ni siquiera se ocupaban, es, apenas, un "descuido ético".
Alberto viene borrando de su memoria cada una de las cosas que dijo y todavía piensa sobre las más relevantes y controvertidas decisiones que tomó Cristina en su presidencia. Desde el memorándum de entendimiento con Irán hasta las medidas de política económica que implementó durante su segunda gestión. Pero como la primera mentira, el pecado original, siguen ahí, sin el debido castigo o autocrítica de quienes las impulsaron, Alberto Fernández no tiene más remedio que pedir a los periodistas que hacen las preguntas correctas que le hagan el favor de mirar hacia adelante. Y cuando todavía no comenzó de manera oficial la campaña, su equipo parece estar volviendo a las mismas prácticas que tenía por costumbre Néstor Kirchner, para evitar que las contradicciones salgan a la luz: llamar a los dueños de los medios y pedir que controlen a los periodistas críticos. Alberto ha prometido también que "meterá presa a la venganza". Sin embargo, antes tendría que desdecirse de la velada amenaza que propinó contra los jueces Claudio Bonadio, Julián Ercolini y los camaristas Martín Irurzun, Gustavo Hornos y Juan Carlos Gemignani. También tendría que aclarar, o elevar una denuncia formal, contra lo que presentó como un contubernio ilegítimo entre Mauricio Macri y los empresarios Nicolás Caputo y Marcelo Midlin, en respuesta a una pregunta que le hizo el domingo pasado Luis Novaresio.

El Presidente, por su parte, podría aprovechar la campaña para hacer una autocrítica más profunda sobre el pecado original que cometió su gobierno al asumir: ocultar a los argentinos la verdadera magnitud de la crisis. Porque eso también es mentir. Y no se puede gobernar bien sosteniendo una mentira.

miércoles, 12 de junio de 2019

LA OPINIÓN DE LUIS MAJUL,


El "Frente para la Venganza", listo para volver y atacar
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Luis Majul

Es difícil creerle a Alberto Fernández que el kirchnerisno no perseguirá a opositores si recupera el poder
El difícil creer en Alberto Fernández cuando dice que, en el caso de ganar, no gastará ni un gramo de su energía ni perderá un minuto de su tiempo en perseguir a los opositores. Es casi imposible hacerlo porque, aunque todavía no cantó victoria, ya amenazó a dos jueces y tres camaristas, y les advirtió que deberán revisar las "barrabasadas" que escribieron en sus fallos judiciales. Es difícil convencerse de que sus palabras son sinceras, de que él mismo es un hombre sincero, después de haber calificado al gobierno de Cristina como deplorable, no una, sino varias veces, y luego de haber renunciado, harto de la corrupción imperante en el gabinete del que era jefe, para finalmente terminar abrazado a sus votos, justificando lo injustificable.
Fernández no es precandidato a presidente precisamente por su sinceridad o la coherencia de su palabra o de sus actos, sino por haber prometido a Cristina que garantizaría su impunidad. Si es a través de un indulto efectivo o de una gran maniobra política poco importa. Sí interesa imaginarse qué sería capaz de hacer un presidente como Alberto para que la Justicia no avance. No hay que ser un gran pronosticador para adivinarlo: si desde la oposición se siente con la libertad de decir lo que dice, e incluso se atrevió, en su momento, a visitar a varios fiscales y jueces para convencerlos de la inocencia de Cristina, ¿qué freno inhibitorio podría tener con la lapicera de presidente en la mano?
Alberto tuvo la audacia, incluso, de invitar a tomar un café al fiscal Stornelli, cuando la causa de los cuadernos de la corrupción recién se empezaba a tramitar. Quería saber con qué criterio y eficacia se podía utilizar la ley del arrepentido. Quizá la información que buscaba de Stornelli le podría servir no solo para defender desde la dialéctica a la expresidenta, sino también para informar, como apoderado, a su cliente Fabián de Sousa, preso en la cárcel de Marcos Paz, acusado de evasión fraudulenta de más de mil millones de dólares al Estado nacional.
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Después de renunciar al gobierno de Cristina, Alberto Fernández trabajó para Sergio Massa, más tarde para Daniel Scioli y al final hizo la parábola completa arrojándose a los brazos de Cristina, la dirigente a la no quería ni respetaba. La explicación que dio a muchos periodistas sobre su borocotización fue que él no cambió. Que la que se dio cuenta de que se había equivocado fue Cristina. Pero Alberto no hablaba de su gestión, ni de su manera de ejercer la autoridad, ni de su prepotencia o su paranoia. Decía que Cristina se había equivocado cada vez que había tomado decisiones en materia electoral. Y que esos errores la habían llevado al fracaso por lo menos en cinco oportunidades, incluida la última, donde ella misma cayó derrotada frente a Esteban Bullrich en la provincia de Buenos Aires.
Alberto no es Luis D'Elía, ni Guillermo Moreno, ni podría ser confundido con un chico grande de La Cámpora. Sin embargo, también se podría poner en duda su capacidad de convencer a Cristina Fernández. En especial debido a que, como hombre de la política, de ninguna manera podría ignorar, en caso de ganar, que su poder es delegado. Que sus votos son prestados.
He sido testigo de cómo funcionaba Alberto cuando Néstor o Cristina se encaprichaban y tomaban una decisión que él consideraba a priori catastrófica. Hacía lo imposible por evitar el choque de trenes. Pero no siempre podía lograrlo. También lo vi funcionar avalando determinada política económica. Y fue muy aleccionador comprobar cómo se fue separando del matrimonio a medida en que crecía el conflicto con el campo. 
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Pero es cierto que la designación de Martín Lousteau como ministro de Economía, el mismo que propuso la suba de las retenciones al campo, fue también, en parte, su responsabilidad. Como lo fue en su momento el apartamiento de Roberto Lavagna, después de que denunciara la cartelización de la obra pública.
La otra gran incógnita que rodea a Alberto Fernández es su nivel de tolerancia y paciencia frente a los actos de corrupción que sucedían muy cerca de su despacho de jefe de Gabinete, cargo que ocupó desde mayo de 2003 hasta julio de 2008. ¿De verdad espera que millones de argentinos crean que nunca vio nada, que nunca oyó nada, que nunca se enteró de nada? Por allí pasaban los bolsos raqueteros del exsecretario de Transporte, Ricardo Jaime. Los mismos bolsos que otro exministro que formó parte del peronismo de la Capital veía ingresar al despacho de Kirchner casi todos los viernes después de las siete de la tarde.
Alberto Fernández, como jefe de Gabinete, ¿podía no saber sobre los arreglos de Néstor con José Francisco López, el hombre de los bolsos con dinero en el monasterio de General Rodríguez? Un hombre que se pasaba tanto tiempo con el exjefe de Estado, incluidos sábados y domingos ¿podía no saber cómo operaba Lázaro Báez? ¿Podía pasar por alto su promiscua relación con Néstor Kirchner, si incluso compartían, con el titular de Austral Construcciones, el servicio part-time del mismo jefe de prensa? Si su límite siempre había sido la conducta del exsuperministro de Planificación Julio De Vido, ¿va a aplaudir la decisión de la Justicia de mantenerlo detenido o va a hacer todo lo posible para sacarlo de ahí, como parte del Plan Todos Unidos Triunfaremos para que Macri no sea reelegido?
Posiblemente haya sido una exageración el vaticinio de Jaime Durán Barba, cuando escribió qué si gana la fórmula Fernández/Fernández, a los pocos meses, uno de los dos se quedará en la Casa Rosada y el otro terminará en prisión. Pero no es una tontería pensar que el poder real lo ostentará Cristina, y que ella está llena de resentimiento, deseo de revancha y un odio acumulado difícil de explicar. Si uno activa el buscador de los nombres y apellidos que aparecen en su libro Sinceramente, la lista de futuras víctimas del "Frente para la Venganza" es muy fácil de adivinar.
De todas las porquerías que generó la grieta, la peor, de lejos, es el odio, el resentimiento, el desprecio por el otro y el deseo de venganza. El "Frente para la Venganza" ahora está agazapado. A la expectativa. Esperando el momento oportuno para atacar de nuevo. Y tiene, como si lo anterior fuera poco e insuficiente, a la Cofradía de los Desesperados de su lado. Se trata de más de 150 personas, entre exfuncionarios y hombres de negocios, privados de su libertad, condenados por delitos de corrupción, con mucho tiempo libre, y en algunos casos, mucho dinero guardado, para preparar una vendetta generalizada.
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El Operativo Puf contra Stornelli, Claudio Bonadio, Elisa Carrió y Leonardo Fariña, entre otros, es apenas una muestra de lo que son capaces de hacer, con ayuda de unos cuantos cuentapropistas inescrupulosos. De nuevo, la pregunta es muy pertinente. Si desde fuera del poder cuentan con un aparato paralelo de inteligencia capaz de fabricar causas como la de Dolores, si con el dinero mal habido que acumularon bancan a medios y periodistas capaces de mentir en la cara a la opinión pública sin que se les mueva un pelo, ¿qué no serían capaces de hacer con recursos ilimitados, provenientes del aparato del Estado, operados por individuos llenos de odio político y personal?
Quizás en el alma de Alberto Fernández haya más piedad que deseo de hacer daño a sus adversarios políticos, pero en el fondo no tendría ninguna importancia, si la que va a ordenar el ojo por ojo y diente por diente será su jefa política, ahora agazapada, pero siempre dispuesta a tirar la última piedra.