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viernes, 3 de febrero de 2017

LECTURAS RECOMENDADAS



"Al final, siempre leés a escritoras", me dice un amigo, ni tan en broma ni tan en serio; apenas una acusación risueña. Yo le digo que no es así. O que tal vez. O bastante. Pero resulta que acá estoy, llegando a la última página de Weiwei, novela de Agostina Luz López, y pensando que no habría que ir por la vida dándole la razón a la gente con tanta facilidad.



Agostina es una muy joven escritora, actriz y directora de teatro (Los milagros, una de sus obras, se reestrenará en marzo en Timbre 4). Y Weiwei se lee como quien se deja deslizar por un entramado suave; un entretejido de palabras que respiran, sugieren, guardan algo así como un latido secreto. "Una astróloga me dijo que uno se sumerge en una relación a través de un hechizo -se lee en uno de los capítulos-. El procedimiento sobrenatural es enamorarse." En esa zona rondan las historias que engarza la escritura luminosa de López: el amor como hilo intermitente; un tenue embrujo que enlaza a un chico con una chica, a dos chicas, a un muchacho (o a un padre) con la múltiple nebulosa de las "otras", esas que suscitan en la narradora la duda sobre "si eran individuos o pertenecían todas a la misma especie, la especie del amante". En Weiwei el amor circula como potencia, sensación y, sobre todo, historia que se cuenta: nos habla desde una voz táctil, sensitiva; incluso a veces algo huidiza.
"Yo quería crecer, pero ser una nena era una adicción", apunta la narradora con el tono de dudosa ingenuidad que es marca de todo el libro. Hay otra adicción, podría intuirse, que impulsa a la novela: la de sumergirse en los vínculos humanos y ahondar en la secreta mediación que de ellos hace la palabra. Así emerge María, uno de los personajes, que decide emprender la escritura de esa particular novela que es la familia de cada quien. María interroga, observa y apunta. Los dichos de la madre, las ceremonias compartidas con el padre, los abandonos, las pasiones, el desamor. Hay un enigma en todo relato familiar y María busca aproximarse a él -los enigmas de este tipo rara vez se develan; apenas sí pueden merodearse- a través de la palabra escrita.
En este punto, asoma en la novela algo de tratado de escritura. Sin solemnidades; más bien como si se traficaran, con la misma delicadeza con que se hilvanan un bordado, algunas ideas sobre la aventura de escribir. Y es la narradora la que redobla la apuesta y propone la creación de un nuevo tipo de registro: la "escritura prematura", una forma nacida "antes de tiempo", pura búsqueda e intuición; también, un particular llamado al cobijo. "Es una escritura que necesita protección -indica-, la protección del que la lee. No necesita de ese otro ningún tipo de juicio, necesita una lectura nutritiva, una nutrición que haga que esa escritura se haga más fuerte con cada lectura."


Releo Weiwei y veo, sobre mi escritorio, un recuerdo que me traje de una de las ediciones de esa maravilla que es La hora de Clarice (encuentros anuales que se realizan, en distintas ciudades del mundo, en homenaje a la escritora brasileña Clarice Lispector). Se trata de una serigrafía que nos repartieron a los que tuvimos la suerte de llegar temprano a la proyección de un documental. En ella hay apenas una frase; un breve párrafo del libro Silencio: "Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada, un aspecto, las puntas de los dedos, un objeto, es allí a donde voy".Es esa zona de misterio, me digo, esa vocación por el pliegue, por lo apenas visto o quizá susurrado, lo que me impulsa a leer, una y otra vez, a ciertas escritoras. En Lispector, desde luego, es lo abismal, lo más bien inasible, lo perturbadoramente oscuro. Pero también puede ser la ternura sagaz que asoma en autoras como Agostina Luz López: un modo sin duda amoroso de entrever el mundo y a esos seres más bien torpes -todos nosotros- que a duras penas van tejiendo lazos entre sí

martes, 29 de marzo de 2016

LECTURA Y TEATRO RECOMENDADOS

El derecho de las bestia

Salvajada / Libro: Mauricio Kartun, Sobre Cuento De Horacio Quiroga. / Intérpretes: Compañía de Titiriteros de la Unsam; Román Lamas, Natalia Gerardi, Omayra Martínez, Pablo Maidana, Lucía Arias, Clara Chardín, Joaquín Tato, Anibal Flamini, Guillermo Tassara. / Dirección: Tito Lorefice, Hernesto Mussano. / Sala: Centro Cultural de la Cooperación, Corrientes 1543. / Funciones: domingos, a las 20 / Duración: 60 Minutos.
Titiriteros que conectan con lo trascendente
Titiriteros que conectan con lo trascendente.Foto:CCC
En el marco del 7º Ciclo de Teatro de Títeres y Objetos del CCC, se presenta Salvajada. Se trata de una adaptación de Mauricio Kartun del cuento Juan Darién, de Horacio Quiroga, donde se narran las peripecias de un tigre huérfano que tomó forma humana al ser criado por una madre que acababa de perder a su hijo. Esa búsqueda de cariño mutuo propone un cruce entre dos universos: naturaleza y cultura, civilización y barbarie. Kartun lee aquí una recurrencia histórica argentina, esa necesidad de separar a los que pertenecen y a los que no. Así, la obra adquiere una postura política definida. Se escucha a un pueblo enardecido quejarse porque los tigres "entran por una puerta y salen por la otra" y otras expresiones, extemporáneas a Quiroga, pero de toda justicia a partir de esta lectura del cuento. Están, también, los reconocibles procedimientos lingüísticos kartunianos que transforman, por caso, a una serpiente pitón en "Pitonisa". En esos pliegues de la lengua y en las expansiones y giros que encuentra sobre el cuento, Kartun encuentra tesoros que sorprenden y oxigenan la opresión del ambiente.
El reto es hacer una puesta a la altura de lo escrito. La dirección de Lorefice y Mussano responde con creces al desafío. Salvajada es un trabajo coral que, desde sus titiriteros, da vida a una enorme cantidad de personajes. La puesta trabaja con títeres de distinta escala, desde los pequeños hasta los que superan el tamaño humano. También, es una clase magistral de cómo una obra crea sus convenciones y se permitirse romperlas. Una jaula puede formarse con dos palos para luego abrirse y volver a cerrarse, mostrando un esquema en el que todo parece entrar porque siempre es claro por dónde pasa el relato, a pesar de que los recursos para contarlo varíen. De alguna forma, las criaturas de Salvajada habitan un mismo universo, aunque son muy diferentes entre sí. El escenario es una caja negra sin escenografía, apenas hay unos objetos y una proyección detrás. Y allí entra la selva toda, sus atractivos y sus peligros. El juego de texturas y gestos contagia su ilusión de violencia, la música no cesa y carga el ambiente de la ambigüedad sensual de la selva donde se libran batallas entre bestias y hombres. Salvajada es enormemente pregnante desde lo intelectual y lo sensorial, sigue en la cabeza y el cuerpo del espectador mucho después que este deja la sala.
La obra encierra un misterio que se resiste a ser desentrañado, parece conectar con una matriz mítica. El teatro de objetos parece ser terreno fértil para esto, quizá porque el títere nunca miente. Su piel de goma, de madera o de cualquier otro material no contiene falsedad. Es un títere sin disimular serlo. Estar guiado por un titiritero no hace falso lo que ofrece; a menudo ocurre en la vida que hay hilos moviendo las cosas, el problema es cuando no se dejan ver. El títere expone su mecanismo constructivo a partir del trabajo de un manipulador que cultiva por años aquel movimiento capaz de hacer que un muñeco inerte mute su expresividad y se llene de vida por un instante para así poder conectar con lo trascendente. Salvajada funde el mito con la actualidad a partir de un superlativo trabajo de dramaturgia y dirección.
G. I. 

El derecho de las bestias

Hugo Salas

Portada El derecho de las bestias


Ilustración de tapa: El Niño Rodríguez

"El derecho de las bestias está compuesto de evocaciones desquiciadas sobre el peronismo y el antiperonismo, a los que trata como una fábrica de funámbulos desprendidos de la historia, marionetas que hablan mezclando épocas y produciendo encuentros cuya gracia consiste en una inverosimilitud que no les quita ninguna nota trágica. Solo que ésta se halla acompañada por su escudera irrevocable, la comedia. Barajados como voces alusivas que rotan en un lavarropas herético, profieren sus frases características, pero fuera de lugar, entreverados en un módico infierno del Dante, Victoria Ocampo, Perón, Isabelita, Fanny Navarro, Juancito Duarte, López Rega.
Nadie sale indemne del peso ridiculizador de su discurso, pero es indudable que el interés de Hugo Salas es examinar por dentro las ritualidades, hilarantemente bufonescas, del álbum escogido de los lugares comunes del antiperonismo. Pero a esos lenguajes reversibles, que se deslizan de un lado a otro del muro, todos hemos contribuido. El derecho de las bestias nos lo recuerda jocosamente, pues la novela es un censo de situaciones históricas reconocibles y un listado de complicidades lingüísticas, hechas con regocijo burlón por un saltimbanqui alegremente excitado, que comienza su escrito como José Mármol y lo despliega a la manera de Copi."