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domingo, 10 de septiembre de 2017

DOLORES CANDELARIA MORA VEGA......LOLA MORA


La fascinante vida de Lola Mora, la primera escultura latinoamericana Cosmopolita y audaz, la notable artista argentina desafió tabúes de la época y sufrió censuras por sus trabajos más arriesgados

Dolores Candelaria Mora Vega, más conocida como Lola Mora, nació el 17 de noviembre de 1866. Es controvertido su lugar de nacimiento. Su cuna se la disputan Tucumán y Salta. Los salteños alegan que nació en El Tala, una localidad del sur de esa provincia, en el límite con Tucumán, donde vivían sus padres: un tucumano (Romualdo Alejandro Mora Mora) y una salteña (Regina Vega Sardina). Los tucumanos se basan en que fue bautizada en Trancas, en el norte de esa provincia y que ella siempre se reconoció tucumana.
Los padres de Lola se casaron el 16 de marzo de 1859 en la parroquia de San Joaquín de las Trancas. De esa unión nacieron siete hijos: cuatro mujeres y tres varones. Lola fue la tercera hija. Después de vivir once años en el pueblito de El Tala, sus padres se mudaron con su familia a San Miguel de Tucumán para darle una mejor educación. 


A la edad de siete, Lola asistió al Colegio Sarmiento, donde se destacó como alumna. Durante el mes de septiembre de 1885, con diferencia de dos días, fallecieron sus padres. Lola tenía dieciocho años.
En 1887 llegó a Tucumán el pintor italiano Santiago Falcucci para dar clases en esa ciudad. Lola tomaba clases particulares del maestro, quien la inició en la pintura, el dibujo y el retrato. De Falcucci, Lola aprendería el neoclasicismo y el romanticismo italiano, que caracterizó su vida. Retrató a las personalidades de la sociedad tucumana de entonces. Así aprendió a relacionarse con el poder, mediante su arte. Lola entendía que la única manera de financiar sus obras era mediante encargos de los Gobiernos de turno.
Animada por su éxito, retrató al gobernador de Salta, Delfín Leguizamón, en una obra al carbón. Su trabajo resultó tan perfecto que su maestro Falcucci diría: "Era la copia de una fotografía, pero tenía todo de propio, de individual en la factura". 





Para los festejos del 9 de julio de 1894, Lola pintó una colección de veinte retratos en carbonilla de los gobernadores tucumanos, desde 1853. El diario El Orden encomió su trabajo: "Es la obra quizás de más aliento de cuantas se han llevado a la exposición [...] Muchos de ellos son algo más que un retrato, son verdaderas cabezas de estudio, de franca y valiente ejecución". La Legislatura de la provincia adquirió sus obras en cinco mil pesos. Estas carbonillas se conservan en el Museo Histórico de la provincia.
Lola se había transformado en una celebridad en Tucumán. En julio de 1895 viajó a Buenos Aires en busca de una beca para perfeccionar sus estudios en Europa. El 3 de octubre de 1896 el presidente José Evaristo Uriburu le concedió a "Dolores C. Mora, durante dos años, la subvención mensual de cien pesos oro, para que perfeccione sus estudios de pintura en Europa". 


Al año siguiente se instaló en Roma, como alumna del pintor Francesco Paolo Michetti. Conoció también al escultor Giulio Monteverde, el "nuevo Miguel Ángel", a quien le pidió que la aceptara, también, como alumna. Lola Mora había encontrado su vocación. En pocos meses progresó de tal modo que su nuevo maestro le aconsejó dedicarse exclusivamente a la escultura y la artista abandonó la pintura para siempre.
Lola se insertó naturalmente en los círculos artísticos y culturales de Roma, donde fue muy respetada. La escultura de un autorretrato de la artista, de mármol de carrara, exhibida en la Exposición de París, ganó una medalla de oro. La prensa argentina empezó a publicar sus trabajos, sus viajes por Europa, sus exposiciones y los premios recibidos.
Lola volvió a la Argentina en 1900, con un prestigio ganado. Tucumán le encargó una estatua de uno de sus hijos más notables: Juan Bautista Alberdi. Lola ofreció a la municipalidad porteña su obra más famosa: la Fuente de las Nereidas (un magnífico grupo escultórico con reminiscencias mitológicas romanas) para colocarla en la Plaza de Mayo. También acordó con Salta la fundición de estatuas y relieves conmemorativos para el Monumento del 20 de Febrero. Retornó a Roma y puso manos a la obra.


En agosto de 1902 Lola Mora regresó a Buenos Aires con los bloques de la fuente embalados. Cuando se descubrieron las estatuas desnudas que la conformaban, estalló el escándalo. Muchos la consideraron inapropiada para instalarla enfrente de la Catedral. Para acallar a los descontentos, se la emplazó en la intersección de las actuales Leandro N. Alem y Juan D. Perón. El ex presidente Bartolomé Mitre visitó, admirado, las obras. La hermosa fuente se inauguró el 21 de mayo de 1903, en presencia de una muchedumbre que, curiosa, quería contemplar la fuente del escándalo. Representaba el nacimiento de Venus (mujer nacida de las aguas), que surgía con gracia de una ostra marina, sostenida por dos Nereidas (con escamas en sus muslos, que terminan en colas de pez, enroscadas en una roca). 


Por esa época recibió el encargo de esculpir una estatua de la reina Victoria, a ser emplazada en Melbourne (Australia) y del zar Alejandro I en San Petersburgo (Rusia). Sin embargo, rechazó ambas encomiendas, porque debía adoptar la ciudadanía británica o rusa, respectivamente. Se le encomendó también un busto del presidente Julio Roca, una estatua de Aristóbulo del Valle, una alegoría de la independencia, dos sobrerrelieves para la Casa Histórica de la Independencia en Tucumán y cuatro estatuas para decorar el nuevo edificio del Congreso Nacional; que representarían a los presidentes más célebres de los congresos argentinos históricos: Carlos de Alvear, Francisco Narciso de Laprida, Facundo Zuviría y Mariano Fragueiro. 



En 1904 Lola volvió con todos sus encargos: el busto de Roca, las cuatro figuras para el Congreso, la estatua de Juan Bautista Alberdi, la alegoría de la independencia y los dos frisos, en bronce fundido, para la Casa Histórica. El busto de Roca quedó en la Casa Rosada y las estatuas, en el nuevo Congreso. Viajó a Tucumán para instalar las demás obras. De la alegoría de la independencia, no le gustó el emplazamiento previsto (al ingreso de la Casa Histórica). Movió cielos y tierra para erigirla en el centro de la Plaza Independencia, donde yergue hasta hoy. Para ello, hubo que desalojar una estatua del Gral. Manuel Belgrano, que ocupaba ese sitial, que se trasladó a la plaza de igual nombre, en el antiguo Campo de las Carreras. De la época data la polémica sobre cómo había que instalar la estatua: o mirando hacia el naciente o hacia el oeste (los cerros tucumanos). En la discusión terció Bartolomé Mitre, quien sostuvo que debía mirar el nacimiento del Sol y Lola, apoyada por Roca, insistía en que debía mirar hacia el poniente.

 Sostuvo la indomable artista: "La libertad, cual astro de la moral y la civilización de los pueblos, debe nacer con el Sol y como el que nace, jamás lleva los ojos hacia atrás, mira por tanto al infinito". De más está decir que la polémica la ganó Lola Mora, quien instaló la estatua donde quiso y en la orientación que le pareció mejor. Es extraordinaria esta escultura de una mujer que exhibe, decidida, su cuerpo hacia adelante, luego de romper las cadenas que la oprimían. Su vestimenta, mojada, se adhiere a su pecho, empujada por el viento que recibe de frente. Tiene claras reminiscencias de la Victoria de Samotracia y las obras escultóricas clásicas griegas.
Luego instaló los monumentales altorrelieves de bronce en la Casa Histórica. Uno simboliza el 25 de mayo de 1810, el otro, el 9 de julio de 1816, fechas señeras de la argentinidad. Finalmente, emplazó su magnífica estatua de Juan Bautista Alberdi en la plaza de igual nombre, donde se la puede apreciar hoy. 


Durante 1905 Lola trabajó, de vuelta en Roma, en el monumento a Aristóbulo del Valle y los grupos alegóricos que iban a adornar al nuevo edificio del Congreso: la libertad, el comercio, la justicia, la paz, el trabajo y dos leones. La reina Elena de Italia la visitó en 1906 y quedó impresionada con esos trabajos. En julio retornó al Plata con esos encargos. Vivía y trabajaba en una parte del nuevo Congreso. Vándalos destruyeron el brazo de la estatua de don Aristóbulo. Lola diseñó la cuadriga que se observa arriba del ingreso al Congreso, cinceló el tintero de bronce del Senado y terminó las alegorías para el Parlamento durante 1907.
En 1908 inauguró un busto del presidente Luis Sáenz Peña en la Casa Rosada y esculpió un monumento a Nicolás Avellaneda. Se le encargó también el Monumento a la Bandera, en Rosario, que no alcanzó a concretar, salvo algunas estatuas que se colocaron recién en la década de 1990. 


El 22 de junio de 1909, a los cuarenta y dos, Lola contrajo matrimonio con Luis Hernández Otero, un intrascendente empleado del Congreso, hijo de un ex gobernador entrerriano y diecisiete años menor. En el acta, Lola figura con diez años menos. La pareja nunca fue feliz y luego de cinco años su marido la abandonó. De su vida privada han corrido muchas versiones: desde que fue amante de Julio Argentino Roca, un gran admirador y protector suyo hasta que tenía inclinaciones bisexuales. Versiones que, a su muerte —sus sobrinas quemaron su correspondencia íntima—, corroborarían estos rumores. No obstante ello, su familia siempre negó ambas habladurías.
A partir de 1910 declinó su estrella. Incumplimientos contractuales de sus proveedores la llevaron a endeudarse y a hipotecar su atelier de Roma. Inauguró su monumento a Nicolás Avellaneda en la ciudad del mismo nombre el 8 de junio de 1813, en presencia del presidente Roque Sáenz Peña, el vicepresidente Victorino de la Plaza y su gran amigo Julio Argentino Roca (una de las últimas veces que se verían). Con la muerte de Roca, Lola perdería toda su influencia y los adversarios políticos del Zorro tucumano empezaron a pasarle facturas a la artista. En 1915 el Congreso decidió desmontar su conjunto escultórico tachándolos de "adefesios horribles". El diputado Luis Agote agregó: "No demuestran nuestra cultura ni nuestro buen gusto artístico". El conjunto se desmembró entre cinco provincias. 


En 1917 se separó legalmente de su marido, aunque continuó firmando Lola Mora de Hernández. En 1918 la municipalidad porteña desmanteló la Fuente de las Nereidas y la mandó al ostracismo: donde se erige hoy, en la entrada de la Reserva Ecológica.
Hacia 1920, Lola abandonó, decepcionada, la escultura y se volcó a las nuevas tecnologías; se transformó en la primera emprendedora argentina. Impulsó el dispositivo llamado cinematografía a la luz, que permitía ver cine sin necesidad de oscurecer una sala. Intentó vanamente introducirlo en el mercado. También se le conocen inversiones en el ámbito ferroviario, vial o urbanístico. 


En 1825 recibió otro descontento. El presidente radical Marcelo T. de Alvear dejó sin efecto la encomienda para diseñar el Monumento a la Bandera. Era la última obra encargada por el Estado. Para revertir el golpe, emprendió la extracción de combustibles con base en destilación de rocas fósiles (esquistos bituminosos). Se asoció con otros aventureros y recorrió infructuosamente las montañas de Salta para desarrollar el negocio, que resultó un rotundo fracaso y se llevó sus ahorros.
Desahuciada y con su salud deteriorada, entre 1932 y 1933 retornó a Buenos Aires, bajo el cuidado de sus sobrinas. Le costaba caminar, divagaba y perdía el conocimiento. En 1933 la Sociedad Sarmiento de Tucumán realizó una muestra a beneficio de la empobrecida artista. En 1935, restaurado el orden conservador, el Congreso le aprobó una pensión de doscientos pesos mensuales. El 17 de agosto Lola sufrió un ataque cerebral que la dejó postrada hasta el 7 de junio de 1936, cuando falleció, a los sesenta y nueve años. Sus restos se trasladaron desde el Cementerio de la Chacarita hacia Tucumán en 1977. 


Así la despidió La Nación: "El decidirse por el arte ya había significado una proeza, recordemos la fecha de sus comienzos y su actuación inicial. Mujer y escultora parecían términos excluyentes. Los prejuicios cedieron, sobrepujados por la evidencia de su obra". O el diario Crítica: "Es el homenaje perenne y sincero que compensa, hasta cierto punto, la ingratitud material de los poderes públicos y la sorda hostilidad de nuestros círculos artísticos que veían en Lola Mora la expresión de gustos anticuados y definitivamente 'pasados de moda".
En su memoria, la ley 25003 instituyó, en 1998, la fecha de su nacimiento (el 17 de noviembre) como Día Nacional del Escultor y las Artes Plásticas.

domingo, 1 de enero de 2017

LOLA MORA

 “La antigua osadía juvenil se había vuelto en su contra. La estrella de Lola Mora se apagaba.”
Ayer hablamos de la buena vida que se dio Lola en Italia mientras se formaba en los talleres de los maestros más reconocidos de la Roma donde intercalaba el tenaz estudio de la técnica de la escultura mientras se codeaba con los personajes notables de la Europa de los últimos años del siglo XIX.
Bajo el lejano mecenazgo de Roca, Lola Mora le dio a su carrera un impulso meteórico. Los éxitos se sucedían y la prensa italiana se rendía a sus pies. Cuando la artista dio por concluida su formación decidió regresar a la Argentina. Aquí fue recibida con los máximos honores por su protector, el presidente Roca. La relación de Lola Mora con Roca fue misteriosa, apasionada y contradictoria.


El presidente se convirtió en el más ferviente admirador y el principal impulsor de su obra. A todo le decía que sí; nada era imposible. Así fue como un día Lola desplegó frente a los ojos de Roca el boceto de su proyecto más ambicioso: una fuente monumental cuyas figuras relataban fragmentos de la historia de la patria, inspirada en una estética que mezclaba motivos autóctonos y europeos, para ser emplazada en Plaza de Mayo.
Fue la primera vez que Roca puso un pero: tal vez los motivos telúricos no fueran una buena idea, recordemos que Roca encabezó la Campaña del Desierto sobre los dominios de los pueblos originarios. Entonces, Lola Mora presentó un segundo proyecto en el que reemplazaba el repertorio mitológico americano por la tradición griega: Venus(la Diosa del Amor) y nereidas rodeadas de tritones. Roca, fascinado, aceptó.


En 1903 Lola Mora concluyó la Fuente de las Nereidas, una obra monumental de una belleza inédita en la escultura argentina. La fuente resultó impactante; pero, inesperadamente, habría de significar un golpe durísimo para su autora: la Iglesia, escandalizada ante la voluptuosa sensualidad de los cuerpos desnudos y de la iconografía pagana, se opuso terminantemente a que emplazaran una Venus desnuda frente a la Catedral. Lola Mora recibió con tristeza la noticia de que su fuente sería ubicada en un lugar menos transitado; el primer destino de Las Nereidas fue el Paseo de Julio.
Poco se sabía sobre los altibajos del romance entre Lola Mora y Julio Argentino Roca. El cerrado silencio que guardaban ambos encendía la imaginación de la prensa. La vida extravagante de Lola Mora era comentada en diarios y revistas en la sección de Sociales. Como tantos artistas argentinos, recibió las más despiadadas críticas en su propio país, mientras que los elogios llegaban desde Europa.
Pero el escándalo más ruidoso habría de producirse a comienzos de 1906. Mientras trabajaba en algunas obras ornamentales en las escalinatas del flamante Congreso Nacional, quedó encandilada por un joven empleado del Parlamento que no tardó en convertirse en su discípulo. Ella era una artista consagrada, una mujer famosa y polémica que estaba en boca de todos. Él, en cambio, era un oscuro escribiente sin más talentos que la seducción.


Sin embargo, Lola se enamoró perdidamente de Luis Hernández. Dos años más tarde, Lola sorprendió con una primicia escandalosa: ella, a sus cuarenta y dos años, iba casarse con un alumno de veintiuno. Los novios contrajeron matrimonio el 22 de junio de 1909 y se embarcaron hacia Génova, donde pasarían su luna de miel.
Aquel fue el comienzo de un verdadero infierno. Los recién casados se instalaron en la Via Dogali. Terminada la luna de miel, Lola retomó su trabajo. La producción de aquella época ilustra con claridad cuáles eran sus deseos más profundos: se dedicaba obsesivamente a esculpir niños. Por su parte, Luis, aburrido de la ciudad y muy pronto de la vida conyugal, retornó a su antigua afición: las mujeres. Entre las amantes de Luis Hernández estaba Maruska Oppenhaimer, una bellísima aristócrata húngara cuyo marido había contratado a Lola Mora para que la inmortalizara en el mármol.


Un día, la escultora descubrió a su esposo y a la ilustre clienta en su propio taller. La excusa de que ella se había quitado la ropa para modelar hubiese sonado verosímil de no haber sido por el inexplicable hecho de que Luis también estaba completamente desnudo.
Durante los nueve años que estuvieron juntos, Lola vivió envuelta en una pesadilla hecha de celos. La vida de ambos se había convertido en un martirio hasta que decidieron separarse.
Sin embargo, todo aquello que parecía tolerable para una mujer joven, bella y con buenos lazos con el poder, ya no lo era cuando se encontraba entrada en años y con su mecenas muerto. La antigua osadía juvenil se había vuelto en su contra. La estrella de Lola Mora se apagaba. Las esculturas que había hecho para el Congreso fueron removidas de sus pedestales, a la vez que las tachaban de «esperpentos y mamarrachos».
Como si todo esto fuera poco, la Fuente de la Nereidas, sufriría un nuevo destierro: la remota Costanera Sur, en los confines de Buenos Aires.
Como en la dolorosa escena bíblica de la Pasión, la propia Lola Mora tuvo que cargar con su cruz dirigiendo personalmente el traslado.


Lola mora se retiró de la escultura y gradualmente también de la realidad. Víctima de un derrame cerebral, quedó al cuidado de sus sobrinas.
El 7 de junio de 1936 los médicos la declararon desahuciada.
Pocos saben, sin embargo, que algunos días antes de su muerte Lola había desaparecido de manera inexplicable de la cama en la que agonizaba. Llevada por la intuición, una de sus sobrinas corrió hacia la Costanera Sur; allí, en el monumento junto al río, pudo ver la figura de una mujer sentada en el borde de la fuente abrazada a una de las figuras. Cuando su sobrina, desesperada, le reprochó la escapada, Lola Mora, con la mirada extraviada, le dijo:
––Estoy cuidando a mis hijas

F. A. 

sábado, 31 de diciembre de 2016

LOLA MORA



“Supimos de sus primeros pasos en la pintura de la mano del maestro Santiago Falcucci. Algunos años después, Lola supo con certeza que si quería tener una carrera en el arte debía estudiar en Italia. Y la meca era el taller de Paolo Michetti”





“Contábamos  que Lola Mora era hija de Regina Vega, quien además de los cinco hijos que tuvo con Romualdo Mora, padre de Lola, tenía un hijo natural con otro hombre. La condena social fue implacable. Pero eso no desanimó a la gran artista, sino que forjó su carácter y la preparó para pelear su lugar en un mundo de hombres, donde no había mujeres que, cincel en mano, esculpieran esculturas de la monumentalidad y excelencia de la obra de Lola Mora.
Supimos de sus primeros pasos en la pintura de la mano del maestro Santiago Falcucci. Algunos años después, Lola supo con certeza que si quería tener una carrera en el arte debía estudiar en Italia. Y la meca era el taller de Paolo Michetti.
Claro que no era una tarea sencilla: no existía artista que no quisiera ser discípulo del gran Michetti. Pero Dolores Mora de la Vega, tal el nombre completo de lola Mora, no iba a resignarse sin intentarlo.
El protocolo y el sentido común indicaban que lo primero que debía hacer era obtener una carta de recomendación de algún colega o una nota del embajador argentino, con quien Lola tenía buenas relaciones.
Sin embargo, la joven y resuelta tucumana, fiel a su intuición decidió llegar al taller de Paolo Michetti como lo que era: una mujer sencilla llegada de los confines del mundo sin otros títulos que su pasión y su talento.
Cuando estuvieron frente a frente, Lola inició un largo monólogo que fue interrumpido por un lacónico «no» del maestro. En pocas palabras le dijo que no tomaba nuevos discípulos. En el momento en que el pintor se daba media vuelta, pudo escuchar la insolente respuesta de la argentina quien, llena de indignación le dijo:
“Voy a estudiar con usted. Si usted no me aceptara el mundo se perdería una gran artista. Volveré mañana con la ropa adecuada para que vea cómo pinto.”
Y así fue. Michetti quedó fascinado. En pocos meses se convirtió en la discípula preferida del maestro.
Lola Mora vivió intensamente la bohemia romana: conversaba durante horas con el genial inventor Giuseppe Marconi, era amiga de la famosa actriz Eleonora Duse. Y sería durante esta época de formación artística cuando Lola Mora viviría uno de sus romances más atormentados.
En el taller de su maestro conoció a Gabrielle D’Annunzio, el mayor poeta italiano de la época, un verdadero mito viviente.
Muchos han puesto en duda la veracidad de esta relación; sin embargo, en el diario La tribuna apareció una caricatura de ambos fundiéndose en un abrazo apasionado.
Este romance debió ser tan breve como sufriente, ya que por entonces el poeta repartía su existencia con otras cuatro mujeres: la bailarina rusa Ida Rubinstein, Luisa Beccara, Gisella Zucconi y la propia Eleonora Duse.
Sin embargo, otro hombre habría de resultar decisivo en la vida de Lola: no solamente la haría olvidar a D’Annunzio, sino que abriría las puertas de su verdadera pasión.
En 1897 la artista tucumana conoció al escultor cubano Juan Cepeda quien también estaba viviendo en Roma. Tuvieron un romance apasionado; los furtivos encuentros en el atelier repleto de cuerpos marmóreos desnudos le hicieron comprender la sensual belleza de la escultura.
No nos consta que Lola Mora se hubiera enamorado de Juan Cepeda; sabemos, en cambio, que se enamoró perdidamente de la escultura y que jamás, a partir de entonces, habría de abandonarla.
Si los amores de Lola eran pasajeros, a veces por voluntad propia, otras a su pesar, su pasión por el arte, en cambio, era de una entrega incondicional y de un amor sin límites.
El día que supo que su destino era la escultura decidió tomar clases con los máximos maestros; con Constantino Barbella aprendió las sutilísimas técnicas de la miniatura, pero también la dura faena del volcado del bronce fundido, tarea que muchos hombres imaginaban imposibles para una mujer.
Con Giulio Monteverde, el mejor escultor de su época, aprendió a cincelar el mármol y a trabajar en escalas monumentales.
Lola tenía dos grandes virtudes: al talento natural para la plástica se sumaba la inteligencia para abrirse camino, generando situaciones que trascendían al hecho artístico.
El maestro Monteverde no sólo le enseñaba a cincelar la roca, sino también a esculpir su propia imagen pública.
A su taller había llegado una sencilla muchacha de pueblo y ahora todos veían salir a una mujer exótica, audaz y de una elegante extravagancia.
Lola Mora sabía mezclar con delicado equilibrio los dictados de la moda europea con pinceladas de la vestimenta criolla: bombachas gauchas combinadas con toreras españolas muy ceñidas a la cintura y una boina de campo a guisa de gorro de pintor.


Si bien Lola ganaba notoriedad en el ambiente del arte, el dinero que obtenía vendiendo algunas de sus obras no le alcanzaba para cubrir los enormes gastos de la gran vida romana que se daba.
Así, viendo que su viaje de iniciación y aprendizaje estaba llegando a su fin, la escultora decidió recurrir al auxilio del embajador argentino, Enrique Moreno, quien habría de interceder ante la instancia más alta para que se le mantuviera la beca que le había otorgado el Estado argentino: el Presidente de la República, Julio Argentino Roca decidió personalmente extenderle la subvención.
Este sería el comienzo de una larga y calurosa relación tan misteriosa como contradictoria: “Lola Mora, Roca y cincel”

viernes, 30 de diciembre de 2016

LOLA MORA

“Lola Mora padeció lo mismo que muchos otros artistas argentinos: su obra sufrió el castigo por los supuestos pecados del autor y, a la inversa, su nombre fue vapuleado por el carácter provocativo de su obra.”
“Cuántas veces nos detuvimos a mirar los detalles de la Fuente de Las Nereidas, ahí en costanera sur, y nos preguntamos cómo habrá sido la vida de Lola Mora, esa mujer que a fines del siglo XIX y principios del XX talló el mármol con sus propias manos dejándonos una obra tan maravillosa y potente.


Lola Mora tal vez sea la artista plástica más notable que haya dado este país. Y hoy quiero traer la apasionante historia de Dolores Mora de la Vega, que ese el nombre completo.
Las polémicas y escándalos alrededor de su vida y su obra son muchísimos; atacada desde distintos sectores, en algunos casos opuestos entre sí, fue objeto de diversos reproches por sus esculturas cargadas de una sensualidad pagana, contraria a la iconografía promovida por la Iglesia Católica.
Lola Mora también fue acusada por los presuntos «excesos» de su vida privada de la que, en rigor, bastante poco se sabía.
Sin embargo, Lola Mora, una artista excepcional, no obtuvo, tampoco, el favor ni el afecto de los sectores progresistas a causa de su cálida relación con el general Julio Argentino Roca.


Lola Mora padeció lo mismo que muchos otros artistas argentinos: su obra sufrió el castigo por los supuestos pecados del autor y, a la inversa, su nombre fue vapuleado por el carácter provocativo de su obra. Una costumbre argentina, por cierto, muy extendida.
Lola Mora nació el 17 de noviembre de 1866 en la finca El Dátil, departamento de La Candelaria en la provincia de Salta, pero fue inscripta y bautizada en la iglesia de San Joaquín, en la localidad de Trancas, provincia de Tucumán. Más allá de cuestiones administrativas, lo cierto, es que ella siempre se consideró tucumana.
El escándalo la acompañó desde su más tierna infancia, cuando, al morir su madre, Regina Vega, se hizo público el hecho de que además de los cinco hijos que tuvo con su marido Romualdo Mora, tenía un hijo natural con otro hombre.
Basta imaginarse lo que significaba semejante cosa en aquella época y en un pueblo chico del interior.
Al dolor de la muerte temprana de su madre y, al poco tiempo, de su padre, se sumó la condena pública de la sociedad que, por lo bajo, llamaba a los huérfanos «hijos de mala madre». Este estigma determinó su carácter rebelde.


Hubo un hecho en la vida de Lola que marcó su vocación: cuando ella tenía veinte años llegó a Tucumán un prestigioso maestro de pintura italiano: Santiago Falcucci.
Lola, se acercó tímidamente al artista para mostrarle sus dibujos. Esperaba la opinión del maestro como si se tratara de una sentencia de vida o muerte.
Falcucci no solamente le dijo que tenía un gran potencial, sino que la admitió como discípula. En poco tiempo, Lola se convirtió en su mejor alumna. Sin embargo, un hecho lamentable habría de empañar su entusiasmo: Lola Mora presentó sus primeras obras en una exposición organizada por la Sociedad de Beneficencia de Tucumán, pero, habida cuenta de su pasado familiar marcado por la «indecencia» de su madre, la fundación decidió rechazar sus cuadros con un argumento humillante:
“La Srta. Mora no armoniza con el apellido de las demás expositoras.”
Lola Mora estaba indignada. El maestro Falcucci, en un gesto valiente y desafiando a la poderosa fundación, salió en defensa de su discípula: si no aceptaban la obra de Lola, retiraría la de todos sus alumnos. También sus compañeros mostraron una conducta ejemplar al solidarizarse con Lola.
Fue aquélla la primera y decisiva gran victoria de Lola Mora contra la prepotencia del poder ya que, al fin, le permitieron exponer sus cuadros. Pero más temprano que tarde le harían pagar caro su osadía.

 Todavía no había concluido la muestra, cuando empezó a circular el rumor de que la encendida defensa de Falcucci hacia Lola tenía un fundamento dudoso: tal vez, decían, la relación que los unía no fuese sólo la de un maestro con su alumna. La obra de Lola era juzgada ya no con la vara de la estética, sino con la balanza adulterada de la moral.
Dos años más tarde Lola Mora decidió redoblar la apuesta contestando a los rumores sobre su vida privada con una nueva y elocuente producción artística; presentó para la exposición los retratos de los sucesivos gobernadores de Tucumán. La obra, desde el punto de vista artístico, era sencillamente deslumbrante; y aunque alguien se hubiese atrevido a poner en duda aquel pincel magistral, nadie se habría animado a rechazar una muestra con tan insignes retratados. ¿Qué iban a decir ahora las damas de la sociedad, que la pintora se había acostado con todos los mandatarios de la provincia?


Lola Mora descubrió que para poder abrirse camino en el tortuoso mundo del arte había que moverse con inteligencia. Fue una jugada maestra: no sólo consiguió exponer nuevamente en el salón de la Sociedad, sino que el gobierno provincial compró la colección completa, pagando a la autora una suma formidable para la época: cinco mil pesos.
Aquella venta le permitió a Lola Mora dar el primer gran salto de su carrera.
Ella sabía que para poder avanzar debía seguir estudiando, perfeccionado sus técnicas y abrirse a otras disciplinas. Dolores Mora de la Vega resolvió entonces viajar a la meca del arte: Italia.


Esta es apenas la introducción que nos acerca a la vida de esta artista formidable que hasta hoy no se ha valorado en su verdadera dimensión.

F. A.