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martes, 20 de febrero de 2018

LA OPINIÓN DE MIGUEL ESPECHE

MIGUEL ESPECHE


"Yo largo todo y me voy al demonio". ¿Quién no lo ha dicho alguna vez?
Los edificios que nos encierran, la rutina estresante, las bocinas y ese colectivo que no llega o está atestado, mientras las dificultades económicas, sociales, profesionales hacen lo suyo... Todo apunta a que el deseo sea irse, largarse, rajar... Quizás usando aquel transportador maravilloso que usaban el Señor Spock y el inefable Capitán Kirk, de Viaje a las estrellas, cuando querían salir a pasear por fuera de la nave Enterprise.
Para empeorar las cosas, llegan los relatos, a veces gloriosos o épicos, de quienes se vanaglorian de haber dejado todo así, "de una", tras lo cual arribaron al paraíso, sea versión ecológica en un edén verde y puro, o de prosperidad económica y de nivel de vida amable y confortable en el Primer Mundo. Desde allá, rodeados de montañas, valles y playas, o en territorios primermundistas en donde no hay basura en la calle y los trenes llegan a horario, comentan acerca del coraje de partir, del aroma de los árboles en primavera, las bondades de la organización social próspera y la serenidad del nuevo paisaje que los acerca a lo divino.
Una tarde estival en un subte sin aire acondicionado, una cuenta con aumento descomunal, un estado de precariedad laboral insufrible o la inseguridad de cada día hacen que aquellos lugares, lejanos y perfectos, suenen a la vía regia para zafar de tanto despropósito y alcanzar el paraíso en la Tierra.
Es lógico, es natural, y debemos saber que a veces es un deseo real, y otras, una reacción de bronca, de hastío, que no responde, sin embargo, a un deseo sustentable.
Nadie dice que debamos someternos a un lugar que no nos gusta. De una forma u otra, sea bajando de los barcos desde otros continentes o llegando a Retiro o Constitución provenientes de otras provincias, todos somos descendientes de alguien que partió de algún lado, dejando atrás su paisaje (geográfico, emocional, espiritual) de origen.
Ocurre sin embargo que una cosa es irse y otra huir. No hay que olvidar que el efecto rebote, producto de partidas impulsivas e imprudentes, es muy pernicioso cuando se tienen responsabilidades y, en particular, hijos.
No se aconseja huir para adelante. Tampoco idealizar otros lugares, ya que, como dice el refrán, "en todas partes se cuecen habas". Si alguien quiere partir, que planifique, y eso ayudará a que, además de irse, pueda sostener su proyecto.
La frase "me quiero ir" o "quiero largar todo" contiene un alto nivel simbólico respecto de cómo nos manejamos con nuestra realidad. Como aquel dicho adolescente que decía "paren el mundo que me quiero bajar", es lógico renegar de la realidad, desear vivir otra cosa, respirar otro aire. Pero de una forma u otra nos llevamos a nosotros mismos, y eso hay que tenerlo en cuenta ya que, sabemos, ni la geografía más linda y próspera nos salvará de ser quienes somos.
Uno se va de la casa de los padres, de su ciudad, de su país. También puede irse de un trabajo, de un matrimonio, de un grupo de amigos?, pero no se va de ser quien uno es. En tal sentido, ni el miedo ni la bronca son buenos consejeros, y mejor se va quien mejor sabe valorar el lugar desde el cual parte.
Vale saber qué es lo que se lleva a título de equipaje, y, como ocurre con los padres, si bien es ley partir del hogar paterno alguna vez, conviene llevar en el corazón lo mejor de ellos, un equipaje que ayuda a nutrir y encontrar referencia en los nuevos lugares y mejorar la calidad de las vivencias que en ellos se desplieguen.
Por eso, irse es el fruto de un proceso, no la huida de una circunstancia. Uno se va a favor de un sueño que pide pista, no en contra de una realidad, por más áspera que esa realidad pueda ser.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta

jueves, 15 de febrero de 2018

LA OPINIÓN DE MIGUEL ESPECHE


A favor del cortejo en la era feminista


Miguel Espeche
Sin cortejo los vínculos entre hombres y mujeres se marchitan pronto y languidecen en el hastío o la desolación, sobre todo cuando se trata de personas que desean generar un vínculo que ofrezca alguna hondura y horizonte significativos. No hablamos solo del cortejo propio del amor cortés, hoy tan vituperado por la militancia feminista radical (esa que ve como signo del heteropatriarcado el hecho de que un señor deje pasar por la puerta primero a la dama), sino de cualquier tipo de cortejo, sea un coqueteo por WhatsApp que derive en algo más importante o un juego de miradas y palabras en un aula de facultad, una oficina o donde sea.
Como en un clinch de boxeador, quien para no recibir golpes en vez de alejarse se acerca tanto al contrincante que impide sus movimientos, muchas personas se arrojan al vínculo sin un juego de conocimiento previo. La industria de los pañuelos descartables debe gran parte de sus ganancias a las lágrimas vertidas tras la frustración de aquellos que creyeron haberse entregado heroicamente al sentir, pero aquella cercanía explosiva e inmediata era, paradojalmente, para no ver y soportar el "ir llegando" del cortejo, que muestra la realidad (propia y ajena) que va más allá del primer impacto.
Claro, es verdad que el cortejo no garantiza nada, pero sí ofrece la oportunidad de conocer mejor por dónde va la cuestión, disminuyendo los riesgos de comprar los buzones del caso.
El cortejo es un juego que, por otra parte, y en función de profundas causas biológicas, tienen diversos animales. El que sea la biología la que manda no impide la belleza que se ve, por caso, en el juego de los cisnes o de otras aves que cantan y danzan en la previa del amor, o en la liturgia de algunos mamíferos, peces o incluso insectos, que se transmiten información y van entrando en sintonía a través de complejas ceremonias que, con suerte, llegan a la fecundidad.
Permítase un toque telúrico y percíbase la belleza de algunas danzas de cortejo, como la samba o la chacarera, que tienen su homólogo (en lo que a cortejo se refiere) en todas las culturas del mundo. No hay violencia, pero sí fuerza; no hay sumisión, pero sí receptividad en clave de juego... Pura belleza en la que nadie es débil, nadie es más o menos, pero cada uno cumple su rol en un juego de encanto.
El cortejo no busca dominar, sino influir en el otro, desde la receptividad de lo femenino o la intrusividad de lo masculino, y lo hace en clave de atracción y no de posesión. Esto se aclara porque hoy en día se está discutiendo acerca de la pertinencia del cortejo, ya que, por caso, hay quienes en nombre del cortejar en realidad cometen abusos y atropellos.
No hacía falta el caso Weinstein para que se supiera desde siempre que hay cortejos genuinos (aun aquellos, al decir de los franceses, "torpes") y otros violentos y delincuenciales que, estrictamente, no merecen el nombre de "cortejo". El abuso es abuso y el cortejo es cortejo. Que eso quede claro.
El cortejo verdadero muestra, no encubre, la naturaleza de las personas. Les permite conocerse, saber de la capacidad de autodominio, de honestidad, de intensidad real o impostada, de interés singular o regido por un afán estadístico... Tantas cosas se saben a través del cortejo si se lo sabe entender.
Y, por las dudas, cabe recordar lo obvio: el juego puede terminar en negativa por parte de cualquiera de sus actores, ya que no es un precio que se paga como garantía para llegar a un lugar determinado. Se trata, por supuesto, de un juego para el acercamiento, que a veces termina en "no" y hay que bancársela. En ese riesgo también está su disfrute, así como su mayor tormento.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta

martes, 30 de enero de 2018

EN " EL ESPACIO MENTE ABIERTA"; EL LIC MIGUEL ESPECHE Y LA SALUD

MIGUEL ESPECHE


Sépalo: usted es un enfermo. No importa que su corazón bombee razonablemente bien, que sus huesos lo sostengan con alguna dignidad y que, a la hora de que un elefante le pase por enfrente, usted perciba un elefante y no una mariposa y, por supuesto, se corra para no ser arrollado por el mastodonte. Usted es un enfermo igual, como lo es toda la población humana, sin remedio alguno. O, por el contrario, con demasiados remedios?
Esto es así por culpa de una organización que es muy buena, pero que quizás merezca (aun con los riesgos del caso) algún tirón de orejas. Esa organización se llama Organización Mundial de la Salud (OMS). Y el tema es así: según dicha organización, "la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades".
Claro, defina usted "completo bienestar físico, mental y social" y verá que, además de ser un enfermo, sumará a su vida algo así como una depresión (¡otra enfermedad más!), al percatarse de que usted nunca, jamás, será "sano". Un dolor de muelas, una alergia que lo haga estornudar, una rodilla maltrecha, un momento de angustia (o dos, o tres?), una pena de amor, una penuria económica por pérdida de empleo, todo eso lo transforma a usted en un enfermo porque lo saca del "completo bienestar" exigido por la máxima organización de salud del planeta.
Diga que a varios se les ha dado por quejarse ante este despropósito (la revista médica The British Medical Journal, por ejemplo, se hace eco de varias críticas en ese sentido). Inclusive algunos muy malpensados han dicho que, al transformar en patológica a la vida misma, los mercados se amplían infinitamente para todos aquellos que fabriquen y vendan productos para "curar" aquello que es el mismo vivir y no otra cosa. No son pocos los que patalean ante esa definición de la Salud y se plantan para que la vida sea algo más que un prospecto de remedio, lleno de contraindicaciones, advertencias y prevenciones, como si vivir fuera un mero evitar el dolor y la muerte, y nada más.
Ante esta definición, siempre apelamos a la sencilla, pero fecunda frase del psicólogo Carlos Campelo, ya fallecido especialista en salud Mental Comunitaria, que decía que "la enfermedad no impide la Salud". Esto significa que, si usted sufre de un resfrío, una hepatitis o un dolor del alma, igualmente es sano, aunque esté -quizás- enfermo. La Salud es la vida misma, el pulso vital, mientras que la enfermedad es un estado, un accidente de la salud.
Quizás sienta ya algún alivio al leer que no son pocos los que le están diciendo a la OMS que debe "bajar un cambio" y entender que, como también decía Campelo, "el deseo de salud es ya salud", una frase que incorpora el espíritu vital a la definición de lo saludable, y le quita ese packaging de aviso publicitario a un concepto de salud que deja en "orsai" a toda la humanidad.
Si usted se enferma y desea curarse, usted ya es sano, aunque pueda estar enfermo. El deseo de desplegar sus capacidades, aun en momentos duros, haciendo lo que hay que hacer con virtudes como la prudencia, el coraje, la templanza, la aceptación o la generosidad, ya lo ponen en el equipo de los sanos. La salud es jugar el partido con cuerpo y alma, y el resultado es un accidente que no depende ya tanto de nosotros.
Físicos o metafísicos, digamos que podríamos rastrear la salud por el lado del amor. Aun en los lechos de muerte el amor puede existir, ya que la muerte, sabemos, no es una enfermedad sino un destino. No es la muerte lo que nos derrota sino la pérdida de fe en la vida, y la vida, también sabemos, se vive hasta lo último, y aunque a veces duela, si la honramos, seremos por siempre sanos.
El autor psicólogo y psicoterapeuta

miércoles, 10 de enero de 2018

PENSEMOS JUNTOS

MIGUEL ESPECHE


"Justo a mí me tocó ser yo", dijo Felipe, aquel amigo entrañable de Mafalda. Lo dijo compungido, al darse cuenta de que su manera de ser no cambiaría demasiado, más allá de sus esfuerzos por "ser otro".
La frase, surgida del genial Quino, tiene la condición de clásico. Es que esa pelea entre lo real de lo que somos y el ideal de lo que quisiéramos ser es un problema endémico que va más allá del pintoresquismo.
Si usted intenta leer estas líneas en la playa, mientras el viento hace volar el diario, sus chicos le tiran arena y gritan, su pareja se enoja por algo y lo hace notar en voz alta y, además, se da cuenta de que se olvidó el protector solar y deberá volver largos pasos para buscarlo; todo esto, mientras los de la sombrilla de al lado parecen niños suizos, hablan en voz baja y calma, el viento no les complica la vida y la arena parece esquivarlos a la hora del desparramo, entenderá qué quiso decir el bueno de Felipe en esa ocasión.
Es que la sensación de que el destino ha jugado una mala pasada emerge, con fuerza, cuando uno imagina un mundo mejor, cuyos habitantes transitan una dimensión que excluye sin esfuerzo todo lo malo. Los miembros de ese mundo de privilegio son flacos, saludables, deportistas, profundos, amables, prósperos, risueños, calmos y con hijos peinados y sosegados, que no gritan ni se pelean por ver quién se come el último churro o quién usa ahora la única tabla de barrenar en existencia.
Hay varios territorios en los cuales se da la situación de "querer ser otro" para dejar de "...ser como yo". Ese cuerpo bajito o demasiado alto, esa panza, esa nariz, o, en otro plano, esa argentinidad ("¡quisiera ser suizo!"), esa condición social, esa familia o esa propensión a los problemas, son los escenarios en el que el conflicto entre la propia condición y el ideal "comprado" hace sufrir a muchos.
Querer ser otro no soluciona nada, porque somos lo que somos, y a mucha honra. Claro, esa "honra" hay que percibirla, y en un mundo dado a modelos crueles e imposibles, como la imposición de la "rubiez" como valor superior de belleza en un país lleno de morochos, o la delgadez extrema en personas con genética totalmente diferente, de rasgos más gruesos y contextura menos longilíneas, es lisa y llanamente violencia, de esa que no se ve, pero se siente.
Claro que lo antedicho corre también, como señalamos antes, en relación a escenarios menos "corporales", como aquel de la playa antes descripto, en el cual el propio "despelote" parece mayor porque se cree que los otros no lo tienen. Allí aparece, secretamente o no, el "quisiera ser otro" del caso. Sin embargo, los otros no son tan perfectos como parecen; lo que llamamos "perfecto" no es de verdad una real virtud; parte del problema es que se pone tanta energía en maldecir el propio destino que se termina generando lo temido.
Ejemplo: los hijos atolondrados de la playa notan que los padres, en vez de ir marcando la cancha de a poco para que llegue la calma, están demasiado mortificados en lamentar su situación. Esa percepción pone más nerviosos a los chicos, que hacen más lío, entrando la cuestión en una espiral compleja, que empeora cuando se mira a esos otros "perfectos" y se piensa por un momento en hacer un trueque de hijos, tanta es la envidia ante la calma y el manejo de esos otros que se solazan en la armonía y la paz familiar.
Hoy por hoy, la propuesta es ponerle amor a eso que somos, porque es aquello que nos hace ser, lo que no es poco. "Justo a nosotros nos tocó ser nosotros", y ese es nuestro punto de inicio. Sin honrar ese punto inaugural del camino, todo lo demás será un mero espejismo o un atajo, una simulación sin savia ni verdad, con toda la tristeza que eso trae aparejada.
El autor psicólogo y psicoterapeuta

domingo, 17 de diciembre de 2017

EN "ESPACIO MENTE ABIERTA"; MIGUEL ESPECHE


Los entretelones de la infidelidad
Miguel Espeche




Traición, desengaño, soledad, rabia, claudicación... y dolor, mucho dolor. Eso y mucho más aparece en el escenario emocional cuando se descubre una infidelidad en la pareja. En un muy importante número de casos, ese descubrimiento significa la corroboración del final de un sueño.
Se pierde la vivencia de transparencia en la relación y la clandestinidad emerge como elemento en un espacio que alguna vez pretendió exclusividad y cercanía.
La infidelidad, cuando sale a la luz, termina a veces en separación lisa y llana, y a veces no.
Hay parejas que se reconstruyen a partir de ella, otras continúan con muletas y otras, en un importante número de casos, se terminan formalmente separando, aunque en ocasiones ya habían terminado su vínculo emocional antes de que apareciera la tercera persona en discordia, a la que muchas veces se le echa la culpa de todo.
La infidelidad es signo de una problemática de la pareja. El tercero entra por la puerta de la dificultad o conflicto que ya existía en una relación que cruje, está marchita o afronta circunstancias que no pudieron ser sinceradas. Es difícil imaginar la entrada de un tercero en la relación si esta no tiene alguna herida, alguna grieta, alguna zona tóxica o algún dolor o bronca que no pudieron ser puestos de manifiesto...
Podrán dictarse sentencias morales ante los infieles, pero, más allá de esa posibilidad que muchos ejercen, queda muy corto el moralismo ante este tipo de circunstancias, sobre todo si lo que se desea es comprender bien el fenómeno.
Claro está que hay muchísimas maneras de ser infiel, desde el marido que "se va de juerga", a veces con la callada anuencia de la esposa, hasta aquel cónyuge que, en medio de una historia de conflicto crónico en su pareja, genera, a través de una infidelidad, una crisis que le habilita la salida, más allá de los perjuicios del caso.
Hay infidelidades terribles, que obligan a las personas que las sufren a resignificar toda una vida, y ponen en tela de juicio su propia capacidad de percepción, generando una suerte de catástrofe emocional. En tal sentido, suele decirse que los signos de la infidelidad están a la vista y que el que no quiere verlos no los verá. Eso sin dudas es así. Sin embargo, la experiencia de casos y más casos indica que más allá de esa real responsabilidad en la ceguera, a veces es genuina la sorpresa ante el emerger de una infidelidad.
Son casos, por ejemplo, en los que la situación se ha extendido en el tiempo en clave de "doble vida". Es muy dolorosa la sensación de haber vivido en una mentira, más allá de las responsabilidades del caso que, aunque en diferente medida, siempre atañen a ambos miembros de la pareja.
El peso cultural
Muchas veces ayuda a la infidelidad una cultura que a menudo erotiza lo prohibido por sobre lo que ocurre a la luz de la "legalidad". Es de esos mitos que, a modo de buzón, muchos compraron y sufren las consecuencias. También ayuda a la existencia de la infidelidad, creer que la pareja es el final del camino, cuando de hecho es el comienzo. Recostarse en la mecánica de la pareja, y no tener cercanía, intimidad y curiosidad por el proceso del otro ayuda a que existan esos abismos que, luego, abren la puerta a terceros que vienen a denunciar el deterioro.
Mucho más podría decirse del tema, y cada uno tendrá su óptica. No se trata, en todo caso, de centrar todo en evitar la infidelidad con gualichos, detectives y control de mails y WhatsApp, sino, en todo caso, en promover y enaltecer la lealtad, la vitalidad del vínculo, el erotismo en su amplio sentido, y desde allí, pasarla bien en la pareja, que cuando ese es el objetivo es más difícil que un tercero entre al ruedo con las complicaciones que eso trae aparejadas.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta

martes, 24 de octubre de 2017

PENSALO.....

LIC. MIGUEL ESPECHE

Aquel que se conduce de manera prepotente, atropellando, arrasando y más preocupado por vencer al otro que por generar una experiencia mínimamente acordada, muestra más lo que no puede que un genuino poder y convicción. El que habita el territorio de la prepotencia raya con lo violento, es decir, no tiene en cuenta al otro, lo considera un objeto de su deseo, un estorbo o un elemento para dominar.
Un ejemplo de prepotencia al que hoy queremos referirnos es el ligado a las cuestiones de género y la manera de abordarla que tienen muchos a la hora de poner su perspectiva sobre la mesa. El tema, lamentablemente, se ha transformado en tierra de batallas encarnizadas. De hecho, existe una suerte de patrullaje ideológico sobre la cuestión, que termina siendo violento, inhibiendo la posibilidad de una genuina toma de conciencia y sano intercambio sobre una temática que requiere madurez y generosidad para ser abordado.
En general, las transformaciones culturales no se logran a fuerza de imposiciones, sino de convicciones y valores que van impregnando la vida de la sociedad. Nada bueno se consigue "de atropellada".
Las opciones sexuales, las maneras de ver lo femenino y lo masculino, las costumbres centenarias y hasta milenarias que, buenas o malas, forjaron a todos en lo que a la sexualidad se refiere (inclusive la de aquellos que, con criterio o sin él, critican esas formas y pretenden una modificación sustancial) merecen un abordaje que no esté guiado por un afán imperativo que pretenda "colonizar" una sociedad.
Los elementos de una cultura no se toman por asalto sino que se van moldeando al calor del tiempo, de la comprensión, de la incorporación de nuevas variables que, sin dudas, van tallando las maneras en que esa cultura ve y vive las cosas. Dejar de lado segregaciones violentas, profundizar la mirada sobre las cuestiones de género, entender que es importante la equidad (más que la igualdad) no solamente para las mujeres, sino para los hombres que, también, sufren los efectos del machismo? tantas cosas hay para pensar, transformar, tomar conciencia, legislar, pero con otra "onda", porque hacerlo desde el "patrullaje" ideológico y político muestra más fragilidad y banalidad, que genuina convicción.
El resentimiento, la violencia, la lucha contra la propia sombra, el afán de dominación, "viajan de colados" en las más nobles causas. No es bueno que cualquier abordaje de la cuestión de género deba hacerse poniéndose el casco y el escudo para no sufrir los efectos de la violencia que este tema genera en muchos. Eso es signo de poca convicción, miedo a la diferencia en nombre, vaya paradoja, del respeto por las diferencias.
Muchos militantes de las diversas causas, cuando pierden el foco, terminan siendo violentos, aunque digan luchar contra la violencia. Terminan siendo egos en pugna. Potentes sí, prepotentes no, esa es la cuestión. No hacen falta provocaciones ni inquisiciones, sólo humanidad, sentido común y dejar de lado el afán de batalla, porque en las cuestiones de la cultura, la victoria está en ganar el corazón del "enemigo", no en doblegarlo, humillarlo y erradicarlo del mapa.

M. E.

lunes, 9 de enero de 2017

EN EL "ESPACIO MENTE ABIERTA"; VACACIONES SEGÚN MIGUEL ESPECHE


Cómo no sucumbir al estrés de las vacaciones
Conviene tener una "actitud filosófica" que permita reflexionar, discernir e identificar qué es lo que se desea de verdad para el período de descanso
Miguel Espeche



Vaya paradoja: descansar a veces cansa. Así parece demostrarlo el esforzado fervor vacacional de los habitantes de las grandes urbes, que se arrojan a las repletas rutas con la idea de descansar en lugares que prometen, durante la ansiada quincena estival, todo aquello que el resto del año mezquina.
El ansia por llegar rápido a destino; los imperativos del "protocolo vacacional", que ordena placer inmediato; la adaptación a un nuevo lugar y a nuevas rutinas.
El esfuerzo para lograr el descanso no es menor, y así como autos, valijas y mochilas se llenan de objetos, la mente y el alma se cargan de ansiedades y anhelos. Estamos ante el estrés de las vacaciones.
La cercanía de ese tan ansiado período de descanso permite vislumbrar un horizonte de disfrute y de alivio, una tierra prometida con forma de playa, sierra, lago, puesta de sol, caipiriña o boliche ininterrumpido, según los gustos.
No es novedad que las vacaciones cargan, pobres, con el peso de todo un año de trabajo que pide a gritos compensación al esfuerzo realizado. Trabajar, para muchos, es lo opuesto a disfrutar, y es así como esa quincena se llena de aquellos sueños de vida liviana, grata, natural y libre que habitan en el alma de quienes durante el año trajinan las calles atestadas, las oficinas estresadas, el tiempo tirano de la agenda sin resquicios y la familia como trámite, con una intimidad emocional acotada por el funcionamiento cotidiano o el cansancio del final del día, que da para saludar a los seres queridos al volver del trabajo, luego comer, ver algo de tele y, después... dormir.
Así las cosas, digamos que las vacaciones requieren arte y mucha sabiduría si uno no quiere sufrir frustraciones superlativas. Las expectativas pueden jugar en contra, sobre todo, cuando son exageradas. En esa quincena muchos se imponen la obligación de amortizar con placer, diversión e intensidad todo aquello invertido en dineros y sueños para que esas vacaciones cumplan con su cometido.
La paradoja antes señalada se manifiesta en varios aspectos del cotizado receso. Es que, por ejemplo, se torna un imperativo el "sentirse libres" y se hace exigencia el no sentirse exigidos. 

También existe la idea de aprovechar las vacaciones para una mayor cercanía emocional con la familia, si bien, a la vez, no siempre se ofrece el ritmo sereno que esa cercanía requiere para irse desplegando.
La industria de la vacación sigue las leyes de mercado, pero se nutre (y seguimos con lo paradojal) del afán humano de, justamente, volver a lo humano, saliendo de la idea de que la vida es solamente algo destinado a la supervivencia material.
Ahora bien: aceptemos que en nuestra cultura el territorio del descanso llamado "vacaciones" tiene forma de quincena o, como mucho, de mes entero, y que ese tiempo anhelado es motivo de ansiedades y tensiones. Sin dudas deberemos generar estrategias para no sucumbir a la parte difícil del asunto y poder optimizar de esa manera aquello grato que habita en el tiempo "no laborable".
Sirve mucho tener una "actitud filosófica", que permita reflexionar, discernir e identificar qué es lo que se desea de verdad para las vacaciones. Un deseo que no tenga tanto que ver con un "hacer" concreto, sino que esté vinculado a un sentir con el cual se quiere de verdad sintonizar. En esa sintonía, justamente, es más difícil perderse en espejismos y exigencias, evitando las frustraciones que surgen cuando las cosas no son como se las esperaba.


Vale como ejemplo del caso un video que se hizo viral en las últimas semanas. En él se ve un hombre que maneja un auto junto a su mujer. Mientras lo hace le cuenta a ella acerca de la honda necesidad que tiene de sentir un poco de naturaleza y de paz en la playa, junto al mar. Ante eso, ella, con sorprendente generosidad, le ofrece hacer una imitación del sonido de la playa y de ese mar anhelado, quizá como anticipo de esa paz que su marido quiere sentir. Él asiente ante la propuesta, esperando alguna imitación de la plácida musicalidad del mar o del soplo del viento marino, pero no: "¡Helado! ¡Helado!", grita ella, "¡A los churros!", clama con cruel realismo, imitando lo que pasa en las playas de nuestro país, llenas de gente apiñada e invadidas por la gritona multitud de vendedores que caminan sobre la arena caliente.
La cruda realidad que grafica el video es entendida por todos: descansar cansa, tanto como cansa el tránsito de los vendedores que acallan ese mar silenciado, pero tan necesario. Y, a su vez, el sentimiento de paz no se encontrará en "esas" playas, sino en otras, en las cuales sí puedan escucharse el oleaje y el viento como música que permita el reencuentro con la serenidad deseada.
Digamos que el ejemplo abre también a preguntarnos por qué en las vacaciones a veces se apiña tanto la gente en lugares en los cuales se recrea el ruidoso hacinamiento urbano tan vilipendiado. Es interesante, en este sentido, reflexionar qué problema existe con el silencio, al que se extraña pero a la vez se teme.

 ¿Será que el silencio permite escuchar otras cosas (quizá temidas) que el "ruido" del hacinamiento, la música a todo volumen y los gritos de los vendedores impiden escuchar?
Por otro lado, el modo vacacional influye en la familia, por razones obvias. Tal el caso de lo que ocurre con las parejas. Tras un año en el que quizá se acumularon temas pendientes, desencuentros y lejanías propias de la vida ajetreada que propone la modernidad, los miembros de la pareja deberán convivir las 24 horas, con o sin hijos, sin lugar para el escape. A veces eso es muy grato y esperado. Otras es algo temido o molesto, por lo que se llena el ambiente de "ruidos" y actividades excesivas con tal de no asomarse a ese silencio que permite abrir la puerta a una dimensión más honda, y también un poco temida, de la relación.
La experiencia indica que, pasado ese inicial miedo a la intimidad reencontrada, muchas parejas afinan su relación en el correr de los días, aprovechando las vacaciones no ya para descansar solamente, sino para revitalizar el vínculo.
Obviamente en las vacaciones los hijos son también un capítulo fundamental. Sabido es que los más chicos se llenan de ansiedad los primeros días de adaptación, mientras que los adolescentes parecen muchas veces huéspedes con horarios a contramano, por aquello de que para ellos la vida "real" está pasando más por la salida a lo social que por lo familiar. Reencontrarse con los hijos también tiene lo suyo, e implica un desafío importante, que suele ser oportunidad para la mejoría de los vínculos, si bien esa oportunidad a veces tiene que pasar, primero, por lugares tormentosos.


Para finalizar vale una reflexión acerca del "día después" de las vacaciones. La idea es llevarse a la casa algo de lo que se abrió en ese período de descanso y reencuentro con paisajes naturales, pero también paisajes anímicos que oxigenan el alma.
Así vistas, las vacaciones pueden ser algo más que un refugio desesperado ante la estresada vida "real", ya que pueden ser un recordatorio de lo que somos cuando el silencio nos deja escuchar sus sonidos y nos evoca otras dimensiones de nosotros mismos.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

EN EL "ESPACIO MENTE ABIERTA"; FAMILIAS



La opción no debería estar entre lo novedoso y lo viejo, sino entre lo genuino y lo inauténtico

Miguel Espeche

Las familias ensambladas, esas que surgen de la unión de "los tuyos, los míos y los nuestros", parecen ya ser parte de una añeja tradición, sobre todo si las comparamos con las nuevas formas de familia que aparecen en el paisaje, como el recientemente aprobado matrimonio igualitario, los adoptantes solteros, el alquiler de vientres o, como es la novedad más reciente en este rubro, las madrastras que se casan con hijastras (episodio que se conoció hace algunos días en Rosario), entre otros.
Independientemente de su magnitud cuantitativa en la sociedad, esas nuevas formas de concebir lo familiar, aun con la polémica del caso, significan un cimbronazo al universo conceptual acerca de lo que llamamos "familia".


Sabemos que el cambio no es un valor en sí mismo y, por tal causa, es muy importante pensar con hondura éste tipo de cuestiones , no generando una nueva "grieta", sino aportando a una genuina intención de progreso, que incluya variables que antes no eran tenidas en cuenta a la hora de definir lo que es una familia.
La opción no está entre lo nuevo y lo viejo, sino entre lo genuino y lo inauténtico dentro de lo que llamamos familia, opción que marca la eficacia trascendental que la familia tiene como matriz a partir de la cual la especie puede continuar su camino como tal.


No sabemos con exactitud en que terminarán algunos de los nuevos formatos de familia que se hacen visibles en los nuevos tiempos. Si bien hay ejemplos de familias de homosexuales que han llevado adelante y de buena forma los procesos de crianza de sus hijos, igualmente existe un gran territorio inexplorado sobre los alcances de varias de las propuestas de familia que surgen en la actualidad. Un ejemplo de ello es la sorpresa que significó el hecho de que jóvenes nacidos de fecundaciones en las que se había usado esperma donado o vendido a través de bancos de semen, una vez arribados a cierta edad, pedían saber quiénes eran sus padres biológicos. No lo hacían para renegar de su familia o del amor que recibían de ella, sino para, de alguna manera, completar la noción de identidad imprescindible para transitar su propia vida, algo que no pudieron saber de antemano los padres, los legisladores que legislaron sobre el tema, y menos aún aquellos donantes que creían poder desligar su aporte biológico de su humanidad.



Psicólogos, antropólogos, filósofos y la sociedad en general, apuntan a encontrar dentro de los nuevos esquemas familiares aquellos elementos en común imprescindibles para que una familia sea vista como tal. Se buscan las claves que habilitan a que un grupo humano sea considerado como una organización afectiva y funcional que logre, entre otras cosas, ofrecer un eje mínimamente adecuado para que los hijos se desarrollen de la mejor manera.
La palabra clave que atraviesa aquellos grupos y los transforma en "familia" podría ser "amor", pero, convengamos, dicha palabra (la palabra, no el amor) puede ser malversada con excesiva facilidad. Existen aquellos que ven al amor solamente como un sentimiento que aparece como un torrente vital, sin cauce ni forma y lleno de energía pasional e imperativa. Otros, en cambio, agregan a esa pasión un elemento que la hace sustentable en el tiempo y habilita a una acción que, como la de crianza de los hijos, requiere algo más que emoción. Ese elemento es el orden, a través del cual, y en sus diferentes dimensiones, las cosas se distinguen, se disciernen y cobran sentido, impidiendo que la fluctuación emocional, a veces caótica y tiránica, se adueñe de todo.
El amor humano es esencialmente vincular, y necesita un orden y un ritmo para poder manifestarse y saber qué se vincula con qué. Si todo es lo mismo, nada se vincula con nada ya que todo es una masa informe. Se sabe, por sentido común y por investigaciones científicas, que los chicos crecen mejor en ambientes previsibles, confiables, amorosos y sostenidos, en los que las palabras nombren las personas, las funciones, y las cosas, distinguiéndolas en su diferencia e integrando lo mejor posible a la familia con su comunidad. A su vez, los chicos se angustian en ambientes excesivamente volátiles, desordenados, indiferenciados, imprevisibles y lejanos de su medio cultural-social. Es verdad que los antedichos requerimientos no están en su totalidad garantizados por el mero respeto a un formato "tradicional" de familia, algo que se comprueba cuando de muchas de las familias con ese formato surgen situaciones críticas y nocivas, sobre todo, cuando el orden tradicional es un fin en sí mismo o un mero medio de control social.


A la vez, cuando se pone el foco en las formas novedosas de las familias, lo pintoresco y transgresor puede inhibir la percepción de la esencia de la cuestión, transformando la modificación "revolucionaria" de la forma familiar en un fin en sí mismo, una suerte de reacción adolescente contra el "viejo orden".
El debilitamiento de la red social (la real, no la que está en las pantallas), la brecha entre las generaciones, el cinismo, la economía inhumana, entre tantas otras razones que escapan quizás a nuestra conciencia, son parte del territorio sobre el cual valdría hacer foco para sanar la familia, evitando distraernos en demasía con la puja de las formas, nuevas y viejas, que sin savia vital son, ambas, la nada misma.
Sabemos que el amor no "circula" sin algún orden, algo que es hoy difícil de decir en forma pública sin recibir las agresiones correspondientes, por la idea de que es algo represor y autoritario. Pero más allá de eso vale encontrar un orden que sea vivo, fecundo y sustentable, que permita que el amor familiar se exprese y se transforme en espacio para una vida afectiva plena y lo más armónica posible.
Lo que está ocurriendo en algunos sectores de las nuevas corrientes que piensan la familia es que se confunde la modificación o evolución del orden tradicional con la abolición de cualquier orden, el que sea, porque lo "malo" es el orden como valor, no su uso distorsionado. Eso es, sin dudas, algo grave, que atenta contra el ADN de los vínculos humanos.
Es notable también que algunos pensamientos que llaman a respetar "lo diferente", paradojalmente en muchos casos reniegan de la diferencia, forzando igualdades allí donde no las hay. Hombres y mujeres no son lo mismo, hijos y padres tampoco, y los asuntos que hacen a la administración justa y amorosa de esas diferencias no se solucionan aboliendo las mismas con un "igualismo" facilista.


Los deseos no son necesariamente derechos. Es dentro de la familia que es posible entender la anterior afirmación, ya que en la familia hay una interacción permanente que debe necesariamente regularse para que puedan coexistir sus integrantes. Son los padres quienes deben asumir esa función, más allá del formato que tenga la familia.
En su mejor versión, la familia es un lugar para educar el respeto y coexistencia de lo diferente, dentro de la cual hay una diversidad de funciones distinguibles (materna, paterna, filial) no un paisaje homogéneo, sin matices, masificado por aquello de que abolir los contornos es signo de amplitud o libertad.
Por eso, a la hora de pensar las cuestiones de familia, habrá que despojar de ideologismo la temática, honrar, valorar y ejercer las diferencias, y actuar con ponderación y sobriedad, porque la mera militancia atolondrada atenta contra la intimidad de los afectos, esa intimidad sagrada que es la esencia y el corazón de lo que consideramos familia.at.
Psicólogo y psicoterapeuta

lunes, 31 de octubre de 2016

LA MAMA SEGÚN EL LIC. ESPECHE


Una crítica positiva a la madraza
Miguel Espeche


Digamos que mejor es ser madre que "madraza". Vale la reflexión poco antes del gran día, el de la madre, que suele mover emociones que van mucho más allá del obvio criterio comercial que viaja de colado en dicha jornada. Hay una suerte de moda cultural que apunta a pensar que, si una madre se preocupa y angustia mucho por sus hijos y les "está encima" siempre y en todo lugar, es mejor madre que aquella que no vive alarmada en relación a los críos y ejerce la maternidad de manera más sobria, pero no menos amorosa.
Es verdad que expresar lo anterior ubica a quien lo hace en zona de riesgo. "Nadie se atreva a tocar a mi vieja" cantaba Pappo, y en un país edípico como pocos, decir algo contra la idea de la "madraza" como modelo a seguir puede generar rispideces y críticas.
Pero dado que en la vida hay que asumir algunos riesgos, acá se dice que la idea de una maternidad ejercida a modo de epopeya, que defiende a la cría cual leona, y hace ostentación de dicha actitud, a veces sobrecarga los circuitos, y pareciera competir con aquella maternidad quizá menos protagónica, pero no menos eficiente y cariñosa de muchas mujeres que se toman las cosas con un poco más de tranquilidad, más allá de que llegado el caso de algún peligro real, serían capaces de todo para cuidar a su prole.
¿Quién podría poner en tela de juicio el afán de "cuidar a los pollos" que la mayor parte de las madres tiene, a partir del amor que sienten por su progenie? Sin embargo, este deseo convendría ejercerse con la idea de que la finalidad de ese cuidado dispensado es que, llegado el momento, los "polluelos" rompan el cascarón y emprendan caminos de creciente autonomía.
Está en la madre saber cuidar, nutrir, cobijar, contener? y también pujar, llegado el momento, para que el chico salga a la vida, alejándose de aquel líquido amniótico en el que flotaba despreocupado.

En el sentido literal del parto, o como metáfora de los sucesivos pasos del crecimiento de los hijos en los cuales la madre "empuja" al chico a crecer, el pujo materno es símbolo de esa fuerza que trasciende el miedo y confía en la vida, al punto que suelta cuando tiene que soltar, y no por eso es menos amorosa, cuidadosa o prudente en relación con la prole.
Si ser "madraza" es defender, cuidar, cobijar, nutrir, pero también pujar, marcar territorios, nutrirse emocionalmente no solamente de los hijos y abrirle a éstos la puerta para que salgan a jugar y valerse de sus propios recursos, bienvenida sea la idea de una maternidad "superlativa".
Si se trata solamente de estar sobre los hijos, sobreactuar el rol, preocuparse muchísimo con la idea de que una madre muy preocupada es una mejor madre que una que no se atormenta tanto , habría que arriesgarse y decirlo de nuevo: mejor madre que madraza.
El rostro de la madre, su estado de ánimo, su pulso emocional, marca el ritmo anímico del hogar. No es un decir edulcorado ni una lisonja de esas que abundarán en estos días, sino un hecho no solamente real, sino muy importante.
Por eso, el ánimo de una maternidad más serena, menos alarmada, más generadora de confianza que "defensora" ante un mundo visto solamente como hostil y nunca hospitalario, es determinante de una fluidez saludable entre los miembros de una familia.

La sacralidad de la función materna está dada por el misterio que anida en esa fecundidad biológica, pero, sobre todo, emocional y espiritual (que se percibe en quienes adoptan, por ejemplo) que alimenta la vida de los chicos y la hace sustentable. Vale celebrar esa fuerza y esa capacidad de sostener lo vital desde el amor. Un amor que confía y ofrece confianza como alimento, para que los hijos se lo lleven en el bolso al emprender el camino hacia ese destino que los está esperando.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta

miércoles, 14 de septiembre de 2016

TEMA DE REFLEXIÓN

MIGUEL ESPECHE

En una cuadra perdida del conurbano, y en unos pocos segundos, se abrió una suerte de “aleph” borgiano, un punto que contiene en sí al universo entero, pero, en este caso, un universo de violencia y tragedia, la misma que es pan cotidiano de gran parte de la población desde hace ya años.
En un instante, los destinos de varias personas cambiaron para siempre de una manera brutal, mientras que la mirada de toda una sociedad se centró, al menos por un rato, en un problema de signo trágico que no logra resolver: la violencia que roba el alma de una comunidad y se transforma cada día en miedo, sangre y, desgraciadamente, en una filosofía de vida.
No estamos analizando una noticia, sino una vivencia humana espantosa. Y en ella vemos, como en aquel “aleph”, todas las escenas de violencia que se han vuelto habituales en muchos lugares de nuestro país, a la vez que, también, percibimos las diferentes dimensiones de ese hecho terrible que terminó con la vida de un hombre y marcó para siempre la vida de otro que, hasta minutos antes del suceso, se dedicaba a sanar vidas y no a segarlas.
El sabor de la sangre en la boca, el sonido de los disparos, las voces de amenaza y el dolor físico que, a veces, es el aviso de una muerte inminente están lejos de las polémicas y los ideologismos acerca de la cuestión.
Eso es lo que se vive cuando lo que para algunos es un dato o una noticia se transforma de pronto en esa realidad sin símbolos que es la violencia concreta, inapelable, que de repente arrasa la realidad en la que se vivía hasta ese momento.
El miedo es la música de fondo de barrios enteros y, quizás, de toda nuestra sociedad.
Tiende a distorsionar la vida cotidiana de manera perversa, llenando de rejas la existencia y transformando la vida comunitaria en un recuerdo por aquello de que “el hombre es el lobo del hombre”.
Por tal motivo, para vivir hay que defenderse del prójimo y blindar las casas y los corazones.
Cuando sucede algo como lo ocurrido en la calle El Pensamiento, de Loma Hermosa, que tuvo por consecuencia un delincuente muerto, algunos dicen “uno menos”, otros hablan de las condiciones socioeconómicas que favorecen la delincuencia y otros se refieren a la justicia o a la venganza, mientras se reabre el viejo debate respecto de las armas, su conveniencia o no para la defensa.
Sin embargo, nada de eso quita la vivencia del horror cuando éste pasa por el cuerpo. Y mucho menos soluciona la noción de fragilidad que aparece en poblaciones enteras cuando el sentido de lo comunitario se quiebra para abrirle las puertas a lo peor de la condición humana.
Es muy probable que miles se hayan preguntado: “¿Cómo reaccionaría yo ante una situación así?”. Todos desconocen la respuesta… y habrá que convivir con eso.
Ante esa pregunta sin respuesta se puede comprar un arma y depositar en ella una sensación de seguridad que, muchas veces, juega en contra; se puede rezar para que nada malo ocurra; se puede ejercer acción cívica para mejorar las condiciones que propician el delito.
Pero llegado el caso de estar en esa misma situación, nadie sabe qué es lo que haría, porque muy pocos se conocen a sí mismos hasta ese extremo.
Lo que sí sabemos es que es imprescindible que no sea la claudicación ante la violencia la que gane la partida.
Cuando eso ocurre se generan estragos a nivel de la salud de una población, que le otorga prestigio al poder del malevaje.
Lo último es particularmente trágico: los jóvenes sienten que poderoso es aquel que profundiza en el camino violento, y no quien genera proyectos de vida a través de caminos fecundos y constructivos.
Conviene juzgar las acciones, no a las personas. No se trata de definir quién es bueno o quién es malo en esta situación ni en ninguna otra.
Pero sí es importante definir y juzgar qué conductas son las que se aceptan y qué conductas no, dentro de una sociedad que quiera algo más que rejas y armas en su horizonte.
Psicólogo, especialista en vínculos