Mostrando las entradas con la etiqueta NUESTROS HÉROES DESCONOCIDOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta NUESTROS HÉROES DESCONOCIDOS. Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de octubre de 2019

NUESTROS HÉROES DESCONOCIDOS,



Es excampeón de boxeo y creó un gimnasio para alejar a los chicos de la calle y las drogas
"Prefiero sacar a un pibe de la calle y no a un campeón", dice Jesús Romero. Esa es su frase de cabecera. La que resume el espíritu del proyecto que inició hace casi una década en el Bajo Flores, en el límite de la villa 1-11-14: un gimnasio albergue para ayudar a que chicos y chicas del barrio, atravesados por la marginalidad y las adicciones, puedan mejorar su vida a través de su pasión: el boxeo.
Resultado de imagen para jesús romero
Jesús fue campeón argentino y sudamericano de pesos liviano en la década del 80. Cuando se retiró, volcó toda su energía al barrio donde vive desde los 9 años, en el que su mujer, Ana, tiene un comedor, su hija una jugoteca y uno de los dos varones da clases de fútbol. "En el gimnasio tenemos unos 550 inscriptos. En estos años, ya sacamos a 53 pibes de la calle", resume Romero. Hay días en que van 100; algunas veces, 50; otras, solo cinco. Todo es gratuito y las puertas están siempre abiertas, de lunes a sábado.




El gimnasio de Jesús Romero, en el Bajo Flores

A las 10 de la mañana de un miércoles, un grupo de jóvenes dan saltos sobre la calle -una cortada- que está frente al gimnasio. Siguiendo las indicaciones de Rocky Flores, el entrenador, tiran golpes para entrar en calor. Sobre una de las paredes que dan a la galería exterior, hay un mural en el que se lee: "Jesús Romero, tercero en el Ranking Mundial", y un dibujo donde se lo ve con los guantes en alto. A un costado, el Jesús de carne y hueso mira a los chicos y suma a las de Rocky alguna indicación.
Jesús y uno de los chicos del gimnasio, en pleno entrenamiento 
Adentro del gimnasio, están el ring y máquinas de entrenamiento entre paredes cubiertas de afiches amarillentos y pegados con cinta scotch, que anuncian peleas que hicieron historia, como la de Muhammad Ali y Oscar "Ringo" Bonavena. Un santuario detenido en el tiempo.
Karina Celeste dejó atrás las drogas, la noche y alcohol 
Karina Celeste tiene 36 años y es la única mujer con los guantes puestos esa mañana. Pero son muchas más las que, como ella, encontraron en el gimnasio un espacio donde empezar de nuevo. "Vine por primera vez hace nueve años: estaba en una época muy oscura de mi vida y esta fue la mejor terapia que encontré. Tenía muchos problemas y en lugar de conectarme con la solución me tiraba a salir a bailar: en la noche, acá en el barrio, hay mucho consumo de drogas y alcohol. El boxeo me salvó la vida", cuenta Karina, una morocha de flequillo y ojos verdes.
Y agrega: "Cuando empecé a entrenar, me empecé a alejar de todo: cambié de amistades, porque las que tenía me llevaban para atrás. Empecé a conectarme con compañeros que tenían los mismos objetivos que yo. Todo el énfasis que antes le ponía a hacer cosas malas, lo empecé a volcar en las buenas". Hoy, Karina -que es mamá un nene de cinco y una adolescente de 19-, está estudiando el primer año del profesorado de educación física y es una de las entrenadoras del gimnasio. "Mi vida se basa en el deporte", asegura. "Es una campeona de la vida", suma Jesús. Puro orgullo.
Javier, ocho años después de su ACV, en el gimnasio
Su historia no es la única que se dio vuelta adentro del ring. Javier  (43), también se pudo poner ahí nuevamente de pie. Literalmente. Hace ocho años tuvo un ACV que lo dejó postrado, al borde del abismo. "Después, me enteré que tenía esclerosis múltiple; y, unos meses más tarde, enfermedad de Huntington (EH), la que tenía mi papá. Fue un bife, no me esperaba una cosa como esa", recuerda Javier. "Estuve varios meses sin poder moverme -continúa-, dependiendo de alguien para comer o ir al baño. Me devastó".
Cuando se enteró lo que había pasado, Jesús se acercó a su casa:
-Vamos, pibe. Arriba. No te vas a dejar morir: vamos a hacer rehabilitación.
"Era verdad: tengo cuatro hijos, no me podía dejar morir", dice Javier, que vive en la 1-11-14 y trabaja como instructor de formación profesional y docente de computación en una escuela. Todos los días era intentar algo nuevo. "Yo hacía rehabilitación en un sanatorio, pero era solo una vez por semana. No era suficiente. Jesús me iba a buscar, me traía al gimnasio y me hacía hacer ejercicios que quizás a la mayoría le pueden parecer tontos: subir y bajar escalones o caminar alrededor del ring -describe-. Ejercitar fue muy importante, sobre todo para el ánimo. Mi enfermedad sé que sigue avanzando. Pero esto me da una mejor calidad de vida, que es lo importante".
Ver a los chicos y chicas del barrio entrenando, fue para Javier una inyección de adrenalina. "Te dan ganas de estar a la altura de tanta lucha: no por el hecho de boxear, sino por el hecho de no dejarse vencer. Son pibes con historias difíciles, que están constantemente preocupados por sus compañeros", asegura.
Algunos de los jóvenes y sus entrenadores 
Llegar al Luna
La historia de Jesús Romero empezó el 4 de enero de 1954 en plena puna jujeña, en Abra Pampa. Su papá, Vicente, era gendarme. Su mamá, Esther, criaba 13 hijos.
Cuando tenía ocho años, lo mandaron a vivir con su abuela paterna a Villa Ángela, Chaco. "Yo era la oveja negra de la familia: me escapaba de la escuela. Me gustaba la calle. La calle y pelear", recuerda Jesús.
A los siete ya cambiaba golpes en peleas de "gallitos", donde los adultos apostaban mientras los nenes se medían sin guantes, las manos vendadas con lonas. Jesús siempre ganaba. En un campeonato regional, escuchó a hablar por primera del Luna Park. "El que quiere ser boxeador, tiene que ir al Luna", dijo alguien.
Con lo que había ganado en las peleas, se fue a la terminal de tren de Chaco:
-Un pasaje para el Luna.
Así le pidió al hombre que estaba atrás de la ventanilla. "¿A Buenos Aires? ¿Para quién es?", le preguntó. "Para mi papá", respondió Jesús, y se subió a un vagón con un bolso en el que había metido un par de guantes, una campera y unas zapatillas. Llevaba puesto un pantalón corto y un moño en el cuello. Tenía nueve años.
Tres días después, cuando llegó a Retiro, sintió que los edificios se le venían encima. Se tomó un colectivo, cualquiera: el 139, una línea que quedó en el pasado. "Hasta el final del recorrido". Se bajó de madrugada en el Bajo Flores.
Resultado de imagen para jesús romero BOXEO
"Vi un camión descargando garrafas y les pregunté a los muchachos si podía ayudarlos. A cambio, les pedí un matecocido. Me dieron un café con leche y una docena de facturas: en todo el viaje me había comido solo un sándwich de milanesa", detalla.
Cuando se le acercó un policía y le preguntó qué hacía, Jesús le respondió que quería ser boxeador. Esa noche, lo dejaron dormir en la comisaría y empezó a vivir con los oficiales. "Si quiere ser boxeador, va a tener que entrenar. Nada de salir de noche ni fumar", le dijo un día el comisario. Jesús cumplió. Los policías lo llevaban a la escuela en patrullero, le daban de comer y lo hacían entrenar en el Parque Chacabuco.
Jesús camina por las calles de la villa 1-11-14, en el Bajo Flores, el barrio al que llegó con nueve años 
Y se fueron sumando los títulos: campeón de aptitudes, de veteranos, tercero en los Juegos Panamericanos de Montevideo. En 1976, Jesús cumplió su sueño: debutar en el Luna Park. Convertido en profesional, se consagró como campeón argentino y sudamericano de livianos, y alcanzó además el tercer puesto en el ranking mundial.
El boxeo lo llevó desde Australia hasta Francia e Italia. Asegura que le dijo que no a la posibilidad de mudarse a un departamento en Belgrano y también a la de radicarse en Australia como entrenador. Eligió quedarse en su barrio, el Bajo Flores. En 2009 abrió su gimnasio. Al tiempo, fue reconocido por la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires como ciudadano ilustre del Bajo Flores.
Pero la anécdota que más lo emociona lo lleva a sus 18 años. Está en un partido de fútbol y un pibe más grande le busca pelea. "Le pegué una trompada tan fuerte que quedó en el piso" recuerda Jesús. Se hicieron amigos. Un día, el chico le pidió que lo acompañe al Hospital Piñero a visitar a su tía, que había tenido un accidente. "Cuando llegamos, la mujer me miró y me dijo: '¡Tito!'. Yo le pregunté: '¿Usted cómo me conoce? '. Ella me dijo: '¡Cómo no te voy a conocer, si soy tu mamá!'. Hacía diez años que no nos veíamos", dice Jesús, con la voz hecha un hilo.
Resultado de imagen para jesús romero BOXEO
Mientras baja la persiana del gimnasio, subraya: "Este es un lugar muy difícil: la droga, la junta, la bebida, hacen lo suyo. Me siento orgulloso de que muchos de los chicos que vienen a entrenar, volvieron a la escuela". Y agrega: "Este lugar es mi vida, lo que siempre soñé. Tiene más valor que todos los títulos que gané y lo hago en memoria de mi mamá: quiero que los pibes salgan de la calle, que sanen, que vuelvan a sus casa, con sus familias". Es el mediodía y se aleja caminando hacia su casa. En menos de tres horas, llega la tanda de la tarde y hay que volver a levantar las persianas.

M. A.

jueves, 10 de mayo de 2018

NUESTROS HÉROES DESCONOCIDOS


Pura vocación: médicos que viajan a los parajes más relegados para llevar salud
Atención odontológica. El equipo de odontología de Una Gota de Salud atiende a una paciente en el paraje El Abra, cercano a Cruz del Eje Crédito: Diego Lima
Atención odontológica. El equipo de odontología de Una Gota de Salud atiende a una paciente en el paraje El Abra, cercano a Cruz del Eje
Una vez por mes, un grupo de voluntarios monta puestos sanitarios improvisados en la zona más pobre de Córdoba; Chagas, malnutrición y parasitosis, los males más frecuentes
EL ABRA.- Pocas casitas, una cada tanto; mucho arbusto bajo y duro mezclado con cactus; algún chancho que se cruza por los caminos de tierra arenosa. Esa geografía desolada del noroeste cordobés es la que comparten los parajes de Pozo del Chaco, El Abra y Puesto Torrado, donde viven aproximadamente 350 personas. Allí y a otras comunidades aisladas de los departamentos de Cruz del Eje y Minas, en la zona roja de la pobreza estructural de esa provincia, un área de salinas al límite con La Rioja y Catamarca, viajan periódicamente los médicos de Una Gota de Salud.
Llevar atención sanitaria y odontológica adonde las posibilidades de acceso son sumamente limitadas, montando consultorios improvisados en casas de vecinos, es el objetivo de los 35 profesionales voluntarios que integran la organización social que nació de la mano de Susana Roldán, una médica con una vocación a prueba de todo.
La parasitosis, la desnutrición y la mala alimentación entre los chicos son los principales problemas de la zona. El nivel de necesidades básicas insatisfechas está por encima del promedio cordobés: según datos de la Dirección General de Estadística y Censos provincial de 2010, es el doble que en otras regiones, entre 25% y 30%.
Entrega de medicamentos. En la casa de María Rodríguez, vecina del paraje Puesto Torrado, una médica suministra medicamentos recetados a una mujer
Entrega de medicamentos. En la casa de María Rodríguez, vecina del paraje Puesto Torrado, una médica suministra medicamentos recetados a una mujer  - Crédito: Diego Lima
Acompañó a la ONG durante parte de una jornada que arrancó en la ciudad de Córdoba a las cuatro de la madrugada y terminó cerca de la medianoche.
Hace 14 años que Ramona Capdevila presta su casa en El Abra para que los médicos y odontólogos atiendan. La cocina se convierte en consultorio de dentistas y el alero de adobe, en una sala de pediatría.
Hay una "mesa de entrada" donde se controlan las fichas de los pacientes. Además, cajas llenas de medicamentos para entregar a quienes se los recetan y, una vez finalizado el control sanitario, la familia puede retirar una bolsa de alimentos y otra con artículos de limpieza.
El Abra está a unos 50 kilómetros de Cruz del Eje, pero su gente debe caminar ocho para tomar el colectivo (pasa pocas veces al día) y pagar 180 pesos para ir y volver. "Si no, hay que darle algo al vecino que nos lleva; todo es difícil", describe Capdevila.
Pocas oportunidades
Desde la organización social insisten en que el objetivo no es hacer "asistencialismo", sino llevar salud a quienes tienen casi nulas opciones para atenderse. Una de ellas es Natalia: cuando habla, se nota el efecto de la pobreza en sus dientes faltantes. Apenas supera los 40 y llega con sus tres hijos y un nieto en brazos. Asegura que si no fuera gracias a que los médicos se acercan al paraje "habría que ir a Cruz del Eje y cuesta mucho".
Leticia tiene 36 años y seis hijos de entre 21 y 6 años. Su familia es un ejemplo de obesidad malnutrida. "Vivimos de los animales que criamos; huerta no se puede hacer porque la tierra no da nada", asegura. No solo el suelo arenoso complica: el mayor problema es la falta de acceso al agua.
Control de talla. Una de las voluntarias del equipo médico toma las medidas de un niño frente a la casa de María Rodríguez. El problema de la malnutrición se refleja en la altura y el peso de los chicos

Control de talla. Una de las voluntarias del equipo médico toma las medidas de un niño frente a la casa de María Rodríguez. El problema de la malnutrición se refleja en la altura y el peso de los chicos  Crédito: Diego Lima
Las casas más cercanas a la escuela Manuel Lucero (ubicada a unos tres kilómetros y a la que van tres alumnos) tiran mangueras desde el pozo que tiene la institución y ponen dinero para el combustible del generador. Así, bombean el agua, que termina -con suerte- en un tanque de material. Los que están más lejos la acarrean a pie o en moto en bidones. La calidad es siempre dudosa.
Luz eléctrica, en este paraje, no hay. "Por eso hay mucho parásito y, como consecuencia, desnutrición", define Roldán. Son hijos desnutridos de madres desnutridas. "El nuestro es un pequeño aporte, pero se requiere más presencia del Estado, si no, este círculo será eterno", subraya.
Hace unos años, el gobierno provincial instrumentó un plan de erradicación de ranchos. Analía Villagra, coordinadora de Una Gota de Salud, señala que a futuro esperan que haya menos chagásicos: en la zona, el mal de Chagas es endémico.
Hugo Bertinetti es empresario y uno de los voluntarios que colaboran con la logística. Corre sirviendo leche con chocolate a los chicos; entregando cajas, armando camillas y balanzas. "Vienen, se atienden y se van mejor. Hay muchas mamás muy jóvenes; poco trabajo. Es duro vivir por estas zonas", subraya.
Es sábado y hay todavía menos gente de la escasa que se ve a diario por estos caminos. Las casas están alejadas unas de otras (la más cercana, a unos cien metros). Una Gota de Salud llega a Pozo Torrado a las 15 y hay una fila en la puerta de la casa de María Rodríguez, la anfitriona de los médicos.
La espera. Los habitantes de Puesto Torrado y otros que se acercan de parajes cercanos hacen fila esperando ser atendidos por los profesionales, mientras unos niños se divierten en las hamacas que donaron los voluntarios
La espera. Los habitantes de Puesto Torrado y otros que se acercan de parajes cercanos hacen fila esperando ser atendidos por los profesionales, mientras unos niños se divierten en las hamacas que donaron los voluntarios Crédito: Diego Lima
En general, quienes consultan siempre son más las mujeres y los niños; los hombres van poco, solo si tienen una urgencia. María tiene 29 años y tres hijos de 8, 9 y 14. Todos con problemas de nutrición. El más chico pesa 14 kilos. "Uno cree que los alimenta bien, pero parece que no. A veces falta leche", admite la mujer.
Las mismas palabras se repiten en la mayoría de los casos; por eso el esfuerzo para entregarles un refuerzo de leche y multicereal. Los médicos coinciden en que es el camino más adecuado para tratar de mejorar la nutrición. "Se está secando", comenta preocupada una mamá, y señala a su hijo varón. El pediatra pregunta; el nene y ella, responden; el diagnóstico -que buscarán ratificar con análisis- es "parasitosis".
La cría y la venta de algunos animales, los planes sociales y las pensiones por invalidez son el sostén de estos parajes. Una vez a la semana entra un camión que es un almacén-verdulería ambulante.
Para Roldán, el trabajo de Una Gota de Salud no solo se trata de llegar con una camilla y medicamentos: "Hay que escuchar necesidades, lamentos y tristezas de estas voces tan calladas. En estas tierras hay pobreza de todo; miseria y carencias", concluye.
Las principales problemáticas
El aislamiento y la escasez de recursos marcan la cotidianidad de los habitantes
1 Mala alimentación
La desnutrición y la malnutrición infantil, junto con la parasitosis, son las situaciones sanitarias pediátricas más graves. También hay sobrepeso por el consumo de alimentos poco saludables
2 Sin servicios básicos
La población rural -que en la zona ronda el 30%- tiene bajísimo acceso al agua potable. Excepto aquellos que la toman de perforaciones, en el resto de los parajes se abastecen de manera muy precaria
3 Chagas, un mal endémico
El gobierno provincial instrumentó un plan de erradicación de ranchos y sustitución de viviendas, pero muchas familias, junto a la nueva casa, reconstruyen el rancho de adobe
4 Lejos de la salud
El hospital más cercano está en Cruz del Eje, a 50 kilómetros de El Abra. En Guanaco Muerto hay una salita de salud que brinda atención semanal
5 Acceso a la educación
Para poder ir al secundario, los jóvenes de Pozo Torrado deben trasladarse a Guanaco Muerto, a unos 30 kilómetros de su paraje. La escuela primaria de Santo Domingo, en cambio, queda a ocho kilómetros y es un vecino el encargado de movilizar a los chicos en su camioneta
6 Poco trabajo
La mayoría de los pobladores viven de la cría y la venta de animales, de los planes sociales y de pensiones por invalidez


G. O.