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martes, 24 de abril de 2018

HABÍA UNA VEZ...."SIEMPRE NOS QUEDA PARIS"


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Francia, mi amor, siempre he de volver por tus semillas, y a París por su aura. ¿Has escalado sus cumbres? ¿Has hecho el amor a sus parques, jardines, calles? ¿Te has vestido con sus glorias, sus sombras, sus ardores? ¿Has saboreado sus cortinados, sus buhardillas, sus tejados? ¿Te has entregado a su militancia de cafés, pastis y croissants? ¿Has nombrado sus intimidades, sus senos, su frenesí? ¿Te has adornado en galas con sus estrellas y pasado? ¿Has comprendido su hacer de humores y arrogancias? ¿Has respetado sus tradiciones, sus fábulas, sus secretos? ¿Has visto cómo abraza sus libertades, las tuyas y las propias?
París es la mariposa del amor, la sangre de la palabra, el color de mi ilusión.
Hacía frío, me había puesto botas de cuero hasta la rodilla, mi grueso saco negro tejido de lana llegaba casi al piso. No tenía botones, por lo que siempre me lo ataba con un cinturón de cuero rojo, la hermosa vanidad del vestir. El día anterior había fallecido el couturier Givenchy, una de las grandes tijeras de Francia; su legado y garbo serán para siempre un sello de lacre soberano, un galón agraciado sobre las espaldas esbeltas de los galos. Su pequeño vestido negro parecía ser la misma piel y el alma de París. Un resumen preciso del silencio y mesura de la gracia.
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Caminé desde la Île Saint-Louis por la rive gauche hasta la Torre Eiffel pasando por los puestos de libros del Quai.
Desde la distancia, las barandas de los puentes parecían desmochadas por el tiempo y por los alientos de intelecto de la ciudad. La mujer parisina trajina sus calles con prestancia prístina e irreverente, como si su belleza fuera dada por los reflejos de la ciudad y por los fantasmas que la reverencian. Ellos han sido parte y han inspirado al amor, al arte, al deseo y a la guerra. Una ciudad festejada por las lágrimas y los triunfos de arquitectura que se gozan y leen en su trazo, escala y perspectiva. La fuga de sus avenidas entre árboles y monumentos con el temple de sus museos en cada esquina.
Me arrodillé en el piso y hundí mis manos hasta los codos en la enorme bolsa de arroz. Al hacerlo, bajé mi cabeza y sentí el perfume del Basmati. Olía como el amor en el mejor de sus días.
Cerré los ojos y pensé en la sazón; ajo, cebollas y laurel. Estaba en el mismo almacén iraní que conocí cuarenta años atrás. Entonces no imaginaba que la ciudad regiría tantos tramos de mi vida y tampoco pensé que ese mismo arroz con tanta fragancia emanaría siempre origen e hidalguía en su elegante simpleza. Cada indicio, insinuación, vestigio de mi sartén y sazón residen entre las alcantarillas y las cumbres de las mansardas de París.
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Luego de haber cocinado por tantas décadas todo parecía resumirse en este plato preferido. Cada vez que lo comía me trasladaba a la misma esquina del 7º distrito, donde se olía a canela, coriandro, cúrcuma y cardamomo. Compré un bolsón de veinte kilos, con envío a mi casa de Provenza, y un frasco muy hermético de hebras de azafrán.
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Esa noche, al llegar a casa, estaba solo. Dispuse un tazón de arroz en la cacerola y lo cubrí con caldo de cebollas, ajo y laurel. Solo eso. 
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También, una pincelada de sal de Guérande.
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 Me senté en una silla al lado de la hornalla mientras escuchaba el Réquiem de Wagner y el borbotear de mi arroz. En el florero, las camelias ya estaban marchitas, pero mi alma aún no. Latía en estruendos de deseos, tenía tantos besos por dar, tantos poemas por leer, tantas tardes aún de trajines por París, tomado de las manos de mis hijos. Será que ellos un día comprenderán esta pasión.
París, brego por los vestigios ocultos de tus instintos e intuición que habita los pasillos de cada una de mis esperanzas.
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Comí en silencio mientras rallaba un añoso queso Comte sobre mis granos.

F. M.

jueves, 26 de octubre de 2017

PARÍS SIEMPRE ES UNA FIESTA....

Los restaurantes han sido siempre templos de socialibidad en donde las celebraciones más diversas cosechan silenciosos y discretos laureles. Alrededor de la mesa, la comida y el vino siempre exisistieron extensiones de intereses que dejaron el ámbito del hambre y el sacio para rondar agendas de negocios, trabajo, amores y crímenes. Desde la entrega de un anillo, la firma de un contrato, el acuerdo de partes para una adquisicion o sencillamente el revolver que mata entre destrozos de servilletas, cazuelas y escándalo. La historia lo ha visto todo.
Había templanza en su voz, en sus pasos y también en el movimientos de sus manos, que parecían acariciar cada cosa que tocaba y también las que no. Tenía un solo anillo coronado por un rubí y las uñas pintadas impecables a la francesa. Sus ojos, apenas marrones, contenían la belleza de su ciudad natal, París, como si traslucieran los monumentos, puentes y cuadros de sus museos. Se leían en sus ojos algunos rasgos sacros que convergían opuestamentre entre el convento de Montmartre y las festivas noches del Moulin Rouge. Era ángel o demonio.
Su edad era difícil de adivinar, podía tener 28 años quizá. Una edad joven para sostener tamaña presencia. Había una franqueza en su mirada que arrasaba con cualquier sospecha. Era casi flaca, llevaba el cabello atado con un pañuelo de seda tan pequeño que casi no llegaba al nudo.


Se sentó en la esquina de una silla y apoyo sobre su falda una Kelly bag gastada. Mirándola desde el bar, mientras terminaba de abotonar mi chaqueta de cocina, pensé si la cartera sería de su madre o la habría comprado usada, ya que con su edad parecía imposible que la hubiera gastado de esa manera.
Ella trabajaba allí hacia tiempo y cada cliente parecía conocerla, y cuando los acompañaba a la mesa depositándolos sobre el impecable mantel blanco de damasco parecían quedar solos y abandonados mientras ella regresaba triunfante a la entrada. Caminaba con elegancia, sin insinuaciones. Era un halo de misterio que cada día recorría por horas cada pasaje del salón.
El restaurante, como siempre, estaba muy lleno para el almuerzo. Allí se reunía cada día lo mejor de la ciudad; príncipes del comercio y de las artes comían y bebian vinos añejos. Se vendían cuadros y esculturas y se convenían traspasos de compañías, compartiendo miradas con los submundos de la vanidad; aristócratas de la omisión.
Desde mi puesto de trabajo en la cocina del primer piso veía, a través del vidrio, la sala donde cada mediodía más de un centenar de personas almorzaban fastuosamente. Las sartenes de níquel en el comedor flambeaban crêpes, el troley de madera con un enorme coulibiac de salmón dejaba humeantes rodajas por las mesas, del rechaud salían finísimas tajadas de rosbif servidas con Yorkshire pudding y salsa de rábano picante. Contrastaban los banqueros, con sus impecables trajes, con los artistas que recorrían los corredores entre las mesas con excéntricos atuendos. Sobresalían éstos ante tanta prudencia y circunspecto.
Se podía leer desde la distancia en cada uno de los presentes que estaban allí no por la comida, sino porque era el lugar donde se cosechaban triunfos. El solo hecho de estar y ser habitué parecía ir sumando condecoraciones en aquella ciudad cosmopolita y vital regida por la codicia de negocios y afectos.
Esa tarde, cuando ya la cocina estaba siendo lavada por enormes esponjas, lampazos y baldes de agua, la vi caminando hacia mí. Iba saltando obstáculos con sus dientes blancos y un aura de traviesa alegría. Me invitaba a caminar, subimos por la calle cincuenta y ocho hasta el parque casi sin hablar. Sin casi conocernos estábamos juntos.
F. M

viernes, 22 de septiembre de 2017

SABROSAS MEMORIAS DE PARIS


Todo empezó en París, en los más apacibles orígenes de la elegancia, cuando la ciudad la coronó como un emblema de su vida diaria. Simplemente perfecta. Bálsamo de tantas mañanas, devota compañera de cada comienzo. Abrazaba en cada bocado y al mismo tiempo los contrastes mullidos y lo crocante del desayuno.
Antes del petrissage, en aquel mes de abril, ella era casi blanca, como los vestidos de Dior colgados a la espera de ilusionadas novias en la Av. Montaigne. Descansaba como un alma pura, manteniendo la forma en la que la habían dejado. Predispuesta, amparaba aquella calma augusta, una serenidad que comulgaba con sus orígenes campestres enraizados en el misterio fecundo de sol y lluvia.


Cada año todo comenzaba con un brote que rompía el surco de tierra donde semanas antes habían semillado, iniciando la lucha por reforzar esa diminuta fragilidad que con el correr de los meses se convertiría en bella espiga, distintivo de la comprensión humana y del compartir. El trigo era historia de historia, un símbolo de comunión, hermandad y sosiego. Luego del paso por el molino se convertía en la más fina de las harinas. Embolsada en papel marrón, subía el ascensor como todos los lunes a un sexto piso del Quai d'Orsay sobre el Sena.
Sintió las dos enormes manos que la tomaban, casi como un rezo, disponiéndola suavemente sobre la vieja mesada de mármol. Todo estaba listo para el amasado, la harina, la levadura en fermentos, la manteca de Normandía, el palo, la sal, la leche, el agua y el azúcar. El sol sobre la ciudad iluminaba los oros de los caballos alados del puente Alexander III con sus treinta y dos farolas de fundición y sus dos ninfas centrales en bronce cincelado; un ejército soberano de belleza e ilusión.
Las ventanas llegaban hasta el piso y el río se veía furioso con el ir y venir de los bateaux mouche.
Desde allí, París mostraba su hegemonía universal, con sus gestos heroicos, razón, intelecto y trazo. La ciudad representa la aristocracia del beso y la caricia, las nacientes del amor donde artistas, arquitectos, ingenieros y paisajistas abrazaron espacios vacíos, llenándolos con los bocetos de sus sueños.
El elongado horno de leña en la terraza mantenía la temperatura perfecta, el piso de ladrillos caliente tenía el lustre de años de cocción con la pátina de apoyo de millares de horneadas y el raspado de las palas.
Cuando el pastón envolvió la manteca para comenzar las cinco vueltas que tendría la masa, con descansos de heladera, ambas se encontraban frescas y a la misma temperatura. A lo lejos se reflejaban los vuelos de pájaros sobre las curvas de los techos vidriados del Gran Palais construido para la exposición universal de 1900.
La precisión del palo de amasar, el fresco estar del mármol, la maestría del panadero con la irrefutable calidad de los ingredientes llevaron la masa al momento de corte y enrollado para un último descanso nocturno antes de hornear.
Aquella noche, mientras descansaba sobre una cama de papel encerado en las finas estanterías de madera, escuché a lo lejos el sonar de piano del escandaloso Boudoir de Madame Cocó, donde cada noche se estremecía de deseos una clientela cuidada entre copas de champagne, bustiers de lino y la gruesa de voz de ella que leía fragmentos de Dumas al tiempo que en el piano sonaba Frou-Frou con Edith Piaf.
Al amanecer llegó la hora del horneado y desde la misma puerta del horno, mientras se inflaba y formaba la crujiente capa de su amasado en finas vueltas, reconoció su estirpe. Al salir del horno, aún tibia sobre la bandeja de desayuno del Hotel Plaza Athénée, supo que llamarse croissant era un galardón, un alto honor galo en el romance de la memoria universal del sabor.
F. M.

sábado, 2 de julio de 2016

SIEMPRE NOS QUEDA PARIS...N. B.



Volver a París, aunque sea por un par de días es siempre una experiencia sin igual.
¿Qué agregar a los miles de páginas escritas sobre esta ciudad en la que, como alguna vez exclamó riendo un ingeniero nacido allí, "siempre es fascinante perderse"? Era 1995 y estábamos a bordo de uno de los buses verdes que recorren el tejido enmarañado de sus calles cuando el ingeniero, que según nos contó había trabajado varios años en Chile, se ofreció gentilmente a orientarnos y había dejado pasar su parada.



Ese día estábamos tratando de dilucidar cómo llegar hasta Shakespeare & Co., la mítica librería creada por Sylvia Beach (con el nombre de Le Mistral), que hoy se encuentra sobre la rive gauche, a dos pasos del Sena y de la catedral de Notre Dame, y que en los primeros años del siglo XX era frecuentada por personajes como Hemingway, Pound, Scott Fitzgerald y James Joyce, cuyo Ulises Beach fue la primera en editar. Reabierta después de la guerra, se cuenta que también se alojaron allí algunos de los nombres más rutilantes de la generación beat, como Ginsberg, Ferlinghetti, Gregory Corso y William Burroughs.



Definir el secreto de esta urbe sin igual que en el año 55 a. C., cuando fue conquistada por los romanos, era apenas un villorrio de pescadores y hoy es invadida anualmente por decenas de millones de turistas llegados de los cuatro puntos cardinales es casi imposible. Ya sea que uno camine por los túneles del metro, tapizados de coloridos afiches anunciando una miríada de actividades culturales, que visite sus palacios, hoy convertidos en museos, o que se deje llevar sin mucha planificación por sus avenidas y sus callejuelas cargadas de historias, la belleza de esta joya de la humanidad que combina la globalización y la escala humana es irresistible.



Pero aunque sus atracciones no se agotan y siempre queda algo por descubrir, por alguna razón no puedo abandonarla sin pasar por Montmartre, donde se desarrolló la novelesca gestación de gran parte del arte de la primera mitad del siglo XX.

Hay que remontar la Avenue de l'Opéra en un bus de la línea 95 hasta la base de la pequeña colina, la Butte, y comenzar a ascender por sus callecitas serpenteantes para que uno se sienta ya como un personaje de Medianoche en París, esa película en la que un escritor frustrado se reencuentra en sus ensoñaciones con la vida cultural de la preguerra y con la que Woody Allen le declara su amor a la Ciudad Luz.




A pesar de la próspera industria turística que llenó de bistrots, tiendas de chucherías y retratistas aficionados el centro y sus alrededores, todavía se pueden advertir en este pueblo diminuto, que está a una hora de caminata del centro, los rastros de la aldea que encontró Picasso cuando llegó allí en 1900, a los 19 años.



Como cuenta Jean-Paul Crespelle en La vida cotidiana en el Montmartre de Picasso (Argos Vergara, 1983), en ese ambiente campestre, con granjas, huertos y chozas, toda una generación de futuros grandes nombres del arte, como el propio Picasso, Derain, Van Dongen, Braque y Juan Gris, darían forma al fauvismo, el cubismo y el arte abstracto mientras vivían como clochards, en piezas gélidas y ruinosas, sustrayendo un vaso de leche o un pedazo de pan, o superando la inanición gracias a la beneficencia de algún frutero y de las jóvenes de vida ligera que los "adoptaban".

Uno de los puntos de peregrinación de la Butte es el Bateau-Lavoir, el miserable atelier situado frente a una placita adoquinada en el que se alojó el artista malagueño, y también lo hicieron Gauguin, Brancusi, Modigliani y muchos otros. Hoy, tras un incendio de 1970, sólo queda la fachada, pero hasta no hace mucho exhibía fotos conmovedoras de cómo había sido su interior en esos tiempos legendarios. 

Otro es Le Lapin Sgile, el cabaret diminuto que fue testigo de las noches de bohemia creativa, y en el que los artistas se reunían con poetas y hasta algún científico para discutir sus teorías.


"Todos volveremos al Bateau-Lavoir. Sólo allí hemos sido verdaderamente felices", decía Picasso.

 Tal vez sea ese espíritu de fraternidad juvenil, esa aura de felicidad que se da, independientemente de la riqueza material, cuando todo está por hacerse lo que nos atrae una y otra vez a lugares como éstos, que son hechizantes.