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martes, 24 de marzo de 2020

PENSAMIENTOS INQUIETANTES,


Viaje a la dimensión del coronavirus, y los peligros de la infodemia
Cuando este coronavirus (hay muchos) llegó a los titulares, pensé que siempre fue bastante difícil imaginar lo infinitesimales que son los virus. Ahora, las nuevas tecnologías pueden darnos una idea. Escalofriante, pero aleccionadora.
El coronavirus tiene un tamaño de entre 50 y 200 nanómetros. Otro virus que está azotando la región, el del dengue, está entre 40 y 60 nanómetros. No solo son invisibles, sino que ni siquiera pueden verse con un microscopio convencional. Hace falta un microscopio electrónico.

Sin embargo, y por primera vez, estos valores incomprensibles tienen un ancla en la realidad. Los transistores (los componentes activos de los cerebros electrónicos) hoy andan entre los 14 y 22 nanómetros.
Así que estamos fabricando maquinarias cuyos componentes son de 2 a 14 veces más pequeños que los virus mencionados arriba. Un cerebro electrónico moderno, que mide algo más de 1 centímetro cuadrado, puede contener entre 1400 y 2100 millones de transistores.
Esto no significa que los virus a parezcan con la misma densidad en, por ejemplo, una superficie infectada. Significa, en cambio, que estamos lidiando con agentes infecciosos que existen en una dimensión por completo ajena. Por eso andar con un barbijo es inútil. Los virus pueden hacer contacto con la mucosa ocular.
Por eso también es tan importante lavarse las manos o usar alcohol en gel. No podemos verlos. No podemos eliminarlos uno por uno. Podría haber millones en la punta de tus dedos. Así que por ahora no tenemos muchas otras opciones que la de arrasar con esas partículas. Por eso enjuagarse las manos así nomás tampoco sirve. Tratamos de eliminar estas partículas tan bien como podamos, pero sin verlas, olerlas o sentirlas. Dicho simple, hay que hacer un lavado estadístico.

Otro campo en el que la pandemia se cruzó con la tecnología es el de las redes sociales. Con una parte de razón, aunque a mi juicio se le mezclaron las cartas, la Organización Mundial de la Salud (OMS) dijo, en la conferencia de Munich, el 15 de febrero, que no estábamos lidiando solo con una epidemia, sino también con una infodemia. Es decir, que las noticias falsas se esparcían más rápidamente que el coronavirus y que son más peligrosas que este.
Es una afirmación fuerte que tiene cierto asidero. Pero el origen de la (por entonces) epidemia (ahora pandemia) está en un patógeno que pasó de un animal salvaje a los humanos. La supuesta infodemia se basa en el hecho de que las personas podemos comunicar nuestras ideas y opiniones libremente. Gracias a Internet, de forma global. Se llama libertad de expresión.
Por fortuna, el discurso de Munich no sugirió restringir este derecho humano, sino trabajar con las grandes plataformas online y con los medios.
 Pero aun así deja un regusto amargo el que un organismo como la OMS hable de infodemia. Aunque el daño de las fake news sea más o menos evidente, no es el resultado de la libertad de expresión, sino de un número de sociópatas y grupos y organizaciones esquinados que explotan este derecho con fines criminales.
La censura previa fue la primera solución que aplicó China contra el coronavirus. Los resultados están a la vista. Eso sí, no sufrieron ninguna infodemia.

A. T.

jueves, 7 de noviembre de 2019

PENSAMIENTOS INQUIETANTES,


Qué es lo que ven tus ojos
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En su momento, el uso cotidiano de las pantallas pasaba por los monitores de las computadoras de escritorio. Algunos recordarán los filtros utilizados para reducir el cansancio de la vista. Con el paso de los años, los celulares ocuparon nuestra atención con modelos de smartphones cada vez más grandes. Y cada vez más demandantes.
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Ante las crecientes críticas sobre el tiempo de uso de los smartphones, tanto Apple como Google desarrollaron herramientas como Screen Time y Bienestar Digital, que registran la cantidad de veces que llevamos la mirada a la pantalla por algún motivo. Para mirar la hora, entrar a Instagram o solo para calmar la ansiedad por ver un mensaje irrelevante en WhatsApp.
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Algunos utilizan el smartphone unas cuatro horas diarias, otros seis o más. Sería poco práctico utilizar un filtro de pantalla para cuidar nuestros irritados ojos, aunque eso no impide que muchos le pongan un film protector para que no se rompa el vidrio del display. Más simple, los fabricantes comenzaron a ofrecer un reductor de luz azul en smartphones y tabletas, el principal responsable de alterar el sueño en las horas de descanso. En los dispositivos iPhone y iPad de Apple se puede utilizar el modo Night Shift, que cambia los colores de la pantalla al extremo más cálido del espectro, mientras que varios modelos de Android también ofrecen una función similar para que se pueda utilizar estos equipos durante la noche. Más allá de este ajuste, vale recordar que siempre es recomendable dejar de lado la pantalla de los celulares y las tabletas a la hora de dormir.
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A todo esto, tanto iOS 13 como Android 10, las últimas versiones de los sistemas operativos de Apple y Google, ahora ofrecen el modo oscuro, una opción que permite oscurecer el aspecto del sistema y las aplicaciones para descansar la vista durante el uso cotidiano.
Por el mismo camino van el navegador Chrome, Google Maps, YouTube e Instagram, y WhatsApp ya prepara una versión para ponerse a tono con la oscuridad en la pantalla del smartphone.
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Sin bordes, con colores más vivos y una mejor resolución, las pantallas de los modelos más sofisticados también se pueden volver a configurar en escala de grises.
¿Quién desearía volver a la época de los televisores en blanco y negro? Aunque parezca extraño, esta configuración extrema te puede ayudar si estás demasiado atento a la pantalla del celular para evitar los constantes estímulos visuales que nos envían las aplicaciones móviles, con números de mensajes no leídos, las solicitudes de amistad sin responder y el buzón de correo electrónico que no deja de recibir la correspondencia digital.

G. T.

martes, 23 de julio de 2019

PENSAMIENTOS INQUIETANTES,


Pregunta incómoda: ¿qué tal si nosotros fuéramos robots?
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Hablábamos con Ricardo Sametband, -el podcast de tecnología -, acerca del futuro, las predicciones delirantes y los pronósticos acertados, de los errores que cometemos al anticiparnos (si es que lo son, está por verse) y de visiones de muy largo plazo en las que incluso la definición de humano podría cambiar. En los últimos 350.000 años algunas cosas se han alterado sustancialmente (pasamos del Animismo, en el que le otorgábamos personalidad e intención a, por ejemplo, la Luna, a caminar por la Luna). Pero otras no han cambiado en abs
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Tengo la impresión de que la única forma de más o menos acertar (nunca nadie va a poder anticipar los detalles finos; y esta es una predicción#facepalm) es hacer planteos incómodos. El futuro tiende a ser incómodo para mucha gente, porque para poder sobrevivir necesitamos adaptarnos al presente. Por eso las épocas de cambios constantes, rápidos y disruptivos, como la actual, resultan tan perturbadoras y nos tientan a oír a el canto de sirena de los augures, que, ya se sabe, meten la pata todo el tiempo. Invertimos mucho esfuerzo en adaptarnos a la realidad en la nacemos, y resulta que de pronto todo eso se vuelve obsoleto.
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Pero, para bien o para mal, es la historia de la civilización. Tratamos de predecir un porvenir que en realidad no queremos que llegue. Por lo tanto extrapolamos el presente y eso a lo que llamamos "Futuro" en realidad es un "Presente versión 2.0", un "Hoy con upgrades". Pero las cosas no funcionan así. Si en mi adolescencia hubiera anticipado que en 40 años las personas iban a sacar fotos con sus teléfonos, me habrían internado. De hecho, toda vez que predije que una cierta actividad iba a desaparecer, me saltaron al cuello. Porque nos costó adaptarnos y ahora no tenemos más energía para volver al pupitre. Porque de esa actividad dependen nuestros ingresos. Porque las personas, salvo que tengan un problemita psiquiátrico bastante serio, prefieren sentirse seguras y vivir en paz, sin conflictos. Así que no está mal equivocarse al predecir el futuro. Está bien, es sano, desde un punto de vista psíquico.
Para demostrar eso habría que salir un poco de la zona de confort. ¿Vamos?
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¿Hay mañana?
Toda vez que se habla del futuro intento poner en tela de juicio el supuesto implícito detrás todas estas especulaciones. Esto es, que existe algo así como el futuro. ¿Estamos seguros de eso? Veamos.
Para empezar no estamos haciendo los deberes para que este pequeño planeta siga siendo habitable para la especie humana en los próximos 50, 500 o 1000 años. Así que, todo bien, pero para especular sobre el futuro primero hay que construir ese futuro. Y resulta que estamos haciendo todo lo contrario. Seguimos consumiendo energía como si sobrara y como si no contaminara; le prestamos escasa atención a la economía circular; y nos colgamos de cada slogan políticamente correcto, sin analizar con verdadera frialdad si esa nueva tecnología es realmente beneficiosa para el medio ambiente. Para los distraídos, medio ambiente es eso sin lo cual no hay futuro alguno.
Aparte de esto, que depende de nosotros, existen fenómenos que nos superan. Hoy estamos pensando en detectar a tiempo los grandes asteroides que podrían destruir este planeta en un santiamén. Pero hay otros peligros, cierto que remotos, como los brotes de rayos gama, que esterilizarían la superficie terrestre sin dejarnos mucho porvenir.
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En todo caso, la cuestión más incómoda acerca del futuro es que no lo tenemos asegurado. Ni siquiera nos estamos tomando muy en serio aquello que podríamos hacer para garantizarnos un futuro mediato. En ese contexto, nos ponemos a pronosticar la Singularidad Tecnológica o los coches voladores. Bajen un cambio, muchachos.
De hombres y de máquinas
Dejando de lado el hecho de que estamos haciendo poco y nada para que haya un futuro sobre el cual especular, me gustaría, a modo de ejemplo, poner patas para arriba algo de lo que hablamos a diario cuando se trata de nuevas tecnologías: la inteligencia artificial y los robots.
Me llevó bastante tiempo notarlo. Pero díganme si no somos un poquito ingenuos y a la vez soberbios al hablar de los robots como si nosotros no lo fuéramos.
Tranquilos, no me cambiaron la medicación. Pero ocurre que para hablar en serio del futuro hay que ser bastante cartesiano. Ponerlo todo en duda. ¿Fabricamos robots? Sí. ¿Eso significa que nosotros somos qué, exactamente? Producto de la evolución biológica en le planeta Tierra, ¿cierto? Sí, claro. Es la explicación aceptada y, por favor, créanme, soy de esa idea.
El problema (a la hora de anticipar el futuro) es que las explicaciones aceptadas pueden llevar a conclusiones ridículas. Anticipamos lo que harán los robots o la inteligencia artificial sin preguntarnos primero si acaso nosotros no somos la fabricación de una civilización sobre la que no tenemos ninguna noticia. Puesto que hacemos electrónica (a la que juzgamos muy avanzada, pero esperen 50 años) basada en circuitos de silicio y cobre, entonces creemos que todas las maquinarias deben ser así. Y resulta que un transistor es hoy 400 veces más pequeño que un glóbulo rojo. Ups.
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Dicho de otro modo, ¿cuál es el obstáculo para imaginar una civilización que desarrolló tecnologías basadas en los cromosomas, los genes y la bioquímica del carbono, y cuyos resultados no se parecen en nada nuestros smartphones o nuestros robots, sino que se parecen a la biología terrestre? Ningún obstáculo. Ni siquiera es una idea nueva.
Reitero, antes de que alguien se enoje mucho y me venga a tocar el timbre de casa, no creo que esto sea así. La cuestión es que podría serlo. (Ahora que lo pienso, el verdadero riesgo aquí no es que me toquen el timbre de casa, sino que baje una nave espacial en mi jardín con unos extraterrestres muy enojados porque descubrí su Plan Maestro.)
El hecho es que en nuestro propio origen hay suficientes puntos oscuros como para empezar a observar los robots y la inteligencia artificial con otros ojos. ¿Cómo se originó la vida en nuestro planeta? No lo sabemos con certeza. ¿Cómo obtuvimos el don inigualable del lenguaje, sin el cual no tendríamos ninguna ciencia? Hay teorías, pero no estamos seguros. ¿Qué es la consciencia? Carecemos de una buena definición, lo siento.
Diré todavía más. Imaginemos que en realidad no hubo ningún Plan Maestro (zafé de la nave espacial). Al más puro estilo Stanislaw Lem, podríamos imaginar que los ladrillos básicos de la biología terrestre, desarrollados por una civilización extinguida hace millones de años, llegaron en el momento justo al planeta adecuado e hicieron aquello para lo que habían sido diseñados: replicarse y evolucionar. Quizás esa civilización no nos reconocería como los descendientes de sus robots, pero lo seríamos. Tres mil millones de años después, cosas fabricadas con una tecnología ajena alcanzaron la consciencia, progresaron, se creyeron fruto de la evolución natural en ese planeta y un buen día se pusieron a fabricar robots.
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Podríamos tejer muchas otras historias. Casi ninguna del todo original. Por ejemplo, que en realidad nos plantaron aquí intencionalmente (ahí viene la nave de nuevo). O que la realidad es una simulación de computadora, como enThe Matrix. La cuestión es que la forma en que especulamos sobre los robots es contradictoria. Por un lado, son algo diferente de nosotros. Nosotros somos humanos, biológicos, fruto de la evolución natural en la Tierra. Ellos, los robots, son fabricaciones. Decimos inteligencia artificial, ¿no?
Pero, al mismo tiempo, nos la pasamos figurándonos que esas máquinas no solo serán cada vez más semejantes a nosotros (¿Pueden los robots sentir emociones o ser creativos?, nos preguntamos cada vez que queremos parecer tecno-filosóficos), sino que en un punto nos superarán. Elon Musk, con su particular aptitud para tirar títulos, dijo hace unos años que "la especie humana podría ser el diskette biológico de arranque de una civilización mecánica". Musk es bueno para los negocios, pero no se hará popular escribiendo ciencia ficción. Primero, porque ya pensamos en eso media docena de veces antes (mínimo) y, segundo, porque, como señalé antes, da por sentado que ser biológico descarta que seamos una fabricación.
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Así que, por favor, pongámonos de acuerdo. Si estamos creando algo que va a independizarse, entonces hay dos conclusiones inmediatas: que en algún punto dejarán de ser fabricaciones, y, como consecuencia, nosotros podríamos ser también el resultado muy avanzado de tecnologías alienígenas.
Una vuelta de tuerca más, ya que estamos. ¿Y si esa civilización que creó los primeros robots orgánicos, antepasados remotos de la humanidad, estaba constituida por maquinarias de otra tecnología todavía más exótica? ¿Maquinarias creadas por quién?

A. T.

lunes, 6 de mayo de 2019

PENSAMIENTOS INQUIETANTES,


Yo odio Internet. ¿y usted?

Internet: un sitio maravilloso donde se puede negar el cambio climático, malinterpretar la Biblia y criticar la teoría de la evolución de Darwin (o afirmar que la Tierra es plana, agrego yo). Internet, ese lugar donde cualquiera de nosotros escupe sus opiniones sobre todos los temas posibles, es la protagonista de Odio Internet, la gran novela americana de esta época: recién publicada acá, es un torrente de respuestas posibles a las preguntas importantes de hoy. ¿Por qué vivimos esclavizados por nuestros teléfonos? ¿Por qué aplaudimos a los dueños de las empresas tecnológicas que hacen fortunas a expensas de nosotros? ¿Por qué les entregamos nuestro dinero y les regalamos nuestra propiedad intelectual? En fin: un gigantesco no me gusta.
"Es un libro muy confuso con un protagonista que nunca aparece", avisa en la página 24 su autor, un escritor estadounidense de origen turco llamado Jarett Kobek, al que algunos definieron como "el Houellebecq norteamericano" porque destripa todas las vacas sagradas de hoy: "La trama del libro, como la vida, gira en torno a nada y trata de sufrimientos emocionales que no tienen sentido". Pero aunque sí es una novela muy confusa que carece de intriga y que parece estar compuesta por una serie de tuits ("una mala novela, una lección moral sobre Internet", insiste Kobek dos páginas más adelante), es posible identificar una trama. Se trata de Adeline, una ilustradora estadounidense de mediana edad que comete el único pecado imperdonable del siglo XXI: dice algo muy polémico en una clase con alumnos y se olvida de que cualquiera puede estar grabándola. Lo que sigue es un derrotero por las consecuencias de los dichos y los actos en una era en la que se opina de todo y de todos (y la opinión sobre otras personas comparte una bromatología emocional con la cloaca de un manicomio). En su concepción, Odio Internet fue autoeditada por su autor, pero al poco tiempo se transformó en un pequeño fenómeno editorial: traducida a siete idiomas y celebrada por escritores y críticos, describe esta época como American Psycho describió el yuppismo de los 80, la década del cinismo conservador y las montañitas de cocaína.

Repleto de innumerables citas a la cultura contemporánea, desde el Ulises de James Joyce hasta los superhéroes de Marvel, el libro de Kobek comparte con el objeto de su odio una narrativa atolondrada, casi una catarsis. "¿Qué estás pensando?", pregunta Facebook, y sea en la red social, la literatura o la vida misma, la respuesta será una catarata de pensamientos, opiniones, rumores, noticias falsas o insultos: una broma infinita.
LISTAMANÍA
Cinco preguntas existenciales sobre Internet, según el escritor Jarett Kobek
Internet. ¿Es un invento maravilloso o una red de computadoras que la gente usa para recordarles a otros que son una basura?
Facebook. ¿Es una red social o una máquina muy bien aceitada que convierte la información personal de sus miembros en dinero?
Instagram. ¿Es un álbum de fotografías o un catálogo de los productos que consumieron, o quieren consumir, sus usuarios?
Amazon. ¿Es la gran vidriera del siglo XXI o un sitio web no rentable dedicado a la destrucción de la industria editorial?
Twitter. ¿Es un foro público para intercambiar opiniones o una empresa que no produce nada propio pero que factura publicidad para sí?
N. A.

lunes, 24 de septiembre de 2018

PENSAMIENTOS INQUIETANTES,


Resultado de imagen para cómo ser felices.A comienzos de año, la Universidad de Yale lanzó un curso optativo que rápidamente se convirtió en el más numeroso jamás creado en los 316 años de historia de esta prestigiosa institución educativa. Uno de cada cuatro alumnos, fuera cual fuera la carrera que estuvieran haciendo, se anotó para participar. La cantidad resultó tan alta que excedía largamente la capacidad de las aulas más grandes y debió dictarse con retransmisión simultánea en un gran número de salas. ¿Cuál era el contenido de este curso que despertó semejante furor? El tema era cómo ser felices.
Cuando leí la noticia inicialmente me descolocó. Si ser felices es probablemente la meta más importante que todos tenemos en la vida, ¿no deberíamos a esta altura haber aprendido bien cómo lograrlo? ¿Cómo podía ser que tantas personas necesitaran estudiar la manera de hacerlo? Me propuse investigar el tema y hacer una de mis columnas de radio sobre ello. Preparando el material, decidí hacer una encuesta que confirmó en números lo que el episodio de Yale indicaba: pese a que 97% de las 2100 personas que respondieron cree que es una de las principales metas en la vida, a la mayoría ser felices les resulta difícil o muy difícil.
Resultado de imagen para cómo ser felices.
Descubrí que el curso estaba disponible para ser tomado online y decidí hacerlo. Contrastando mi propia experiencia y las respuestas a muchas otras preguntas en mi encuesta, terminé de confirmar que el problema es que ¡somos muy malos entendiendo cómo funciona nuestra propia felicidad! El contenido es tan extenso que no puede agotarse en una sola nota y lo iré cubriendo en el tiempo en más de una edición.
El nivel de felicidad de una persona es, a grandes rasgos, determinado por tres factores: la genética, los hábitos y las circunstancias de la vida. Allí apareció el primer malentendido. Consultando a las personas por la importancia relativa de cada uno, la relevancia de la genética fue significativamente subestimada. Solo 5% creyó que era importante. Sin embargo, diferentes estudios científicos estiman que la genética explica el 50% del nivel de felicidad que una persona logra. Algunos vienen mejor "cableados" que otros para ser felices. Aspectos como el grado de optimismo, el humor o la sensibilidad tienen un fuerte componente hereditario. Pero como la genética no es modificable, no hay nada que podamos hacer a este respecto. Dependemos de cuán favorecidos salimos en la lotería de los genes.
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Pero un segundo malentendido es mucho más relevante: la mayoría de los consultados dieron a las circunstancias de la vida (qué trabajo tenés, dónde vivís, si tenemos un sueldo mayor o menor, en otras palabras: si te va bien) mucho más peso en relación a los hábitos de lo que realmente tienen. En general, creemos que lo que nos falta para ser felices es mejorar nuestras circunstancias y lo que el curso muestra, citando abundantes estudios científicos que lo sustentan, es que para mejorar la felicidad es mucho más importante desarrollar ciertos hábitos que conseguir un aumento de sueldo o cambiar el auto. Y esos hábitos en general tienen que ver con mejorar nuestro vínculo y conexión con otras personas, más que con lograr conseguir más cosas.
Esta conclusión puede sonar a obviedad, y sin embargo la encuesta y la observación cotidiana se ocupa de mostrarnos que, pese a creer que lo sabemos, nuestra conducta y nuestras prioridades no se ajustan generalmente a esos principios. En definitiva, el curso tuvo tanto éxito porque la mayoría necesitamos todavía aprender mucho sobre el funcionamiento de nuestra propia felicidad.

S. B.

jueves, 12 de abril de 2018

PENSAMIENTOS INQUIETANTES


Una con androides casi indistinguibles de los humanos y otra con un viaje espacial a Júpiter que propone una reflexión sobre la evolución de la humanidad, hace cinco décadas se presentaban dos de las obras maestras que moldearon nuestra visión del futuro y plantearon preguntas que todavía cuestionan nuestra propia naturaleza, nuestro lugar en el cosmos y nuestra relación con la tecnología.

Ambas,
¿ Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela de Philip Dick, publicada por Doubleday en Nueva York, que en 1982 dio lugar a la icónica Blade Runner (cuya secuela se presentó el año pasado con un maduro Harrison Ford), y 2001: Una odisea del espacio, la película de Stanley Kubrick que se estrenó en los primeros días de abril de 1968 y la novela de Arthur Clarke que se produjo en simultáneo, son obras de culto por su visionaria pintura de problemas que hoy tienen una acuciante realidad. A tal punto son icónicas que en un comentario publicado en el último número de Nature Piers Bizony cuenta que, en el Festival de Venecia de 2007, el propio Ridley Scott le dijo a la audiencia que "después de 2001... la ciencia ficción está muerta".
Las obras de Dick, que prácticamente no tuvo educación universitaria, pero sin embargo fue autor de 44 novelas y 121 cuentos cortos (parece que entre 1963 y 1964 escribió seis novelas en 12 meses), son fuentes de inspiración frecuentadas por los guionistas de Hollywood y dieron lugar a varios notables éxitos de taquilla. Pero ninguna como la historia de esa sociedad en la que los androides se hacen cada vez más humanos mientras los humanos se parecen cada vez más a las máquinas nos inquieta de forma tan visceral y sigue inspirando preguntas que agitan las discusiones que actualmente se dan en ámbitos académicos.
Como destaca Ananyo Bhattacharya, en una evocación publicada también en Nature (lo que de algún modo habla sobre la importancia de la ficción en el rumbo de las investigaciones en el mundo "real"), incluso el nombre del protagonista, Deckard, encargado de cazar "replicantes", evoca el del filósofo francés René Descartes, que ¡hace 500 años! ya se preguntaba si era posible distinguir, sin tener acceso a sus mentes, entre un humano y un autómata. Al final de la novela, el personaje llega a afirmar que "esas cosas eléctricas también tienen sus vidas".
Varios años antes de que se fundara Apple y surgiera la computadora personal, Clarke, que urdió su trama junto con Kubrick y contó con el asesoramiento de Marvin Minsky (entre otras cosas, le preguntó al pionero de la computación si pensaba que para 2001 las máquinas podrían hablar y este le contestó que sí, pero que dudaba que "supieran" lo que estaban diciendo), se anticipó a muchas de las tecnologías que hoy son rutinarias (como los satélites geoestacionarios de comunicación, la red de TV satelital, las estaciones espaciales y las ubicuas tablets). También de otras que, aunque no fueron concretadas, se discuten todavía entre los ingenieros, como el "elevador espacial".
Al mismo tiempo se plantean muchos de los inusitados dilemas que agitan las aguas de la filosofía de la ciencia; por ejemplo, si las máquinas evolucionadas deberían gozar de derechos, si la disponibilidad ilimitada de dispositivos electrónicos puede dañar la experiencia sensible que nos trajo hasta aquí y si la dependencia de estos sistemas nos vuelve demasiado vulnerables.
En momentos en que, como suele advertir el investigador argentino en inteligencia artificial Diego Fernández Slezak, la mayoría de las transacciones financieras globales son decididas por computadoras, y cuando ya existen compañías en Silicon Valley que invitan a llegar a la inmortalidad "cargando" nuestra mente en una máquina, las visiones de futuro que proponen las obras maestras de Dick, Clarke y Kubrick nos resultan demasiado cercanas y terriblemente inquietantes.

N. B.