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lunes, 19 de octubre de 2020

PIENSA, ANALIZA Y RAZONA


Productividad inclusiva, clave para la Argentina




Juan J. Llach


Ya antes de la pandemia, y ahora más, eran muchos los países necesitados de aumentar su productividad y de más y mejor inclusión. Ambas cosas son complementarias porque, sin inclusión, la política o la sociedad cuestionan la productividad y, sin ella, la inclusión no es financiable.
Para abordar este problema en la Argentina, conviene inscribirlo en un marco global. La gran recesión de 2008, que siguió al estallido de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, pegó fuerte en la productividad de los países avanzados, que ya en los años ochenta mostraban aumentos de la desigualdad por menor participación de los asalariados en el producto bruto interno (PIB), por el aumento de la concentración de los ingresos en el 1% y el 1 por mil de la población y por los cambios tecnológicos de la "cuarta revolución industrial".
En la última década se acentuaron los reclamos de soluciones inmediatas a las desigualdades y creció el populismo en Europa y en Estados Unidos, alentado por el nacionalismo, el sentimiento antiinmigración y aun el racismo. Aquí entendemos por "populismo" la demanda de soluciones inmediatas con independencia de sus costos futuros.
Entretanto, desde 1990 muchos países emergentes afianzaban su liderazgo en el crecimiento económico global, con China y otros países de Asia a la cabeza. También mostraban una fuerte reducción de la pobreza, aunque no de la desigualdad, e iniciaban un camino de convergencia hacia del nivel de vida de los desarrollados, probablemente más corto que la divergencia anterior, que duró 500 años. América Latina disfrutó solo en parte esta bonanza, a punto tal que, en el siglo XXI y pese al "viento de cola", fue la región del mundo que menos creció.
El liderazgo de los emergentes se da también en el crecimiento de la población, al que aportarían nada menos que el 97% en las próximas dos décadas, la mitad en África. En el entorno globalizador vigente, con rápido aumento del comercio internacional, muchas regiones manufactureras del mundo desarrollado perdieron posiciones respecto de China y otros asiáticos, erigiéndose en baluartes de la de la antiglobalización. Ante este cuadro, cabe preguntarse si ella continuará, más aún en la pospandemia. Nuestra visión es que la globalización seguirá en pie, acotada, pero sin retroceder al proteccionismo. En ese marco, potenciado por un gran endeudamiento, es probable que el crecimiento sea menor, incluso en los emergentes, aunque sin perjudicar su liderazgo. La Argentina tendrá oportunidades, sin vientos de cola ni de frente a la vista.
Una planta automotriz en plena producción, en la provincia de Córdoba 
Desafíos para la Argentina
En nuestro país, la productividad por persona ocupada cae desde hace diez años, debido principalmente al derrumbe de la inversión en capital físico, de 19,5% del PIB en 2007 a solo 11,5% en 2019 y, Covid-19 mediante, a 10% en 2020, la menor desde 1950. En teoría, la productividad podría haber aumentado con una performance estelar del capital humano, pero no ocurrió. Comparando ocho indicadores de educación de la Argentina con países latinoamericanos -desde la escolarización hasta el aprendizaje, pasando por la doble jornada o la graduación- nuestro país es superado por cinco o seis naciones, algo sin precedentes. La inversión en capital humano no fue el precio necesario de un aumento de la inclusión, y el deterioro de la educación respecto de países latinoamericanos se observó también en indicadores de pobreza, salud, vivienda, nutrición y empleo formal. Por caso, nuestra esperanza de vida al nacer (76,5 años) ya es menor que la de seis países de América Latina, algo inédito.
La propuesta
¿Qué hacer ante tamaños desafíos? En el IAE y la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad Austral comenzamos en 2018 un proyecto permanente de investigación de la productividad inclusiva (PI), que comprende diagnósticos y políticas. Nuestras propuestas se asientan en un trípode: inversión, empleo e inclusión. Es decir, invertir en capital físico y humano, para aumentar así la productividad y el empleo formal, y combatir la pobreza y mejorar otros aspectos de la inclusión.
Esas orientaciones bastarían en un país menos complejo, pero no en la Argentina. Padecemos demasiados males, inexistentes en casi todo el mundo. Varios de ellos implican una ruptura del contrato fiscal entre los ciudadanos contribuyentes y el Estado: alta inflación y déficit fiscal crónicos, gasto público, presión tributaria y evasión muy elevados, carga impositiva regresiva y desalentadora de la inversión y las exportaciones, además de ser el país más bimonetario del mundo. La PI necesita que estos problemas sean superados. Emprender un rumbo en el sentido de nuestro trípode también ayudaría a superar los mencionados desafíos macroeconómicos. Por caso, el camino genuino para resolver la escasez de divisas es un salto duradero del saldo comercial externo por mayor inversión orientada a las exportaciones, para depender así menos de sus precios o de la demanda y más de la productividad aumentada por la inversión.
Eduardo Duhalde preside la Mesa de la Concertación en la Casa Rosada, en diciembre de 2002 
Además de necesitarse mutuamente, productividad e inclusión solo pueden sostenerse si se basan en acuerdos políticos y sociales sólidos. Muchas de las políticas pro-PI requieren más de un período presidencial, por lo que su eficacia depende de una continuidad rara vez observada en la Argentina. La grieta política actual dificulta o impide los acuerdos, y harán falta estadistas para lograrlos. En nuestra historia existen algunos casos de interés. Perón los intentó en su segunda presidencia, convocando a un congreso de productividad y bienestar social que arribó a algunos acuerdos, pero naufragó por el violento clima político de 1955. En las circunstancias críticas de la crisis de 2002 tuvo lugar el Diálogo Argentino, que llegó a muy buenos acuerdos, también inviabilizados por cuestiones políticas. En 2017, en fin, se acordó y se hizo ley una sólida reforma tributaria, pero la crisis la dañó y fue prácticamente abandonada ahora. En fin, las mesas sectoriales recién convocadas no tienen alcance suficiente para lograr la productividad inclusiva.
¿Reactivación o crecimiento?
Hoy se discute, sordamente, si el camino para salir de la crisis es reactivar la economía o apuntar al crecimiento. Quienes apoyan la reactivación apuestan al liderazgo del consumo y el gasto público. El problema de esta alternativa es que, tarde o temprano, suele terminar en crisis fiscales y externas. Nuestra propuesta de la PI sugiere que el camino más eficaz y menos riesgoso es un crecimiento compatible con la reactivación, cuyo corazón es impulsar la demanda con protagonismo de la inversión en capital físico y humano y vinculada a las exportaciones. Eso favorece una mayor creación de empleos formales y una generación de divisas más sostenible. La inversión requiere un cambio cultural de la sociedad que lleve a confiar en el futuro del país, no solo con grandes proyectos, públicos y privados, sino también con la refacción o ampliación de la casa, el taller o la oficina, las obras municipales y hasta la ambición personal de graduarse en la universidad, en la secundaria o en un oficio. Todo eso reactiva y contribuye a la PI, simultáneamente.
El rumbo es crucial
¿Hacia dónde marcha la Argentina? Muchos se formulan esta pregunta, aún sin respuesta. El Gobierno declina decirlo y tampoco da señales de estar planteándoselo. No advierte que ese mutismo es un gravamen para el país, más aún cuando, erráticamente, se anuncian estatizaciones o expropiaciones sin fundamento que coexisten con el fenómeno de empresas que se van del país o reducen sus operaciones en él. Se puede creer más o menos en el rol del Estado en la economía, pero es muy costoso desconocer sus crónicas recaídas en la insolvencia.
Un taller de robótica recién inaugurado en La Escuela Técnica N°6, de San Nicolás 
Actuar erráticamente es aún más dañino en un contexto tan incierto como el de la pandemia. En contraste, el anuncio de un rumbo fundado y creíble podría atraer capitales que, además de sus efectos positivos sobre la inversión y el crecimiento, acarrearían divisas productivas e impulsarían la propensión al gasto y a alargar los horizontes de planeamiento. En otras épocas, el rumbo se escribía en un plan de desarrollo, en varios tomos, casi siempre incumplido. No se propone aquí volver a ese pasado, pero sí hay que tener metas, plazos, costos y beneficios de las acciones y políticas del Estado.
Políticas para la inclusión
Ilustraremos nuestra visión de la PI mencionando algunas de las políticas generales analizadas en el proyecto, buena parte de ellas más urgentes por la pandemia. No se incluyen aún propuestas sectoriales.
Productividad del Estado. El sector público debe dejar de ser una caja negra y, cumpliendo parte del contrato fiscal, debe publicar un informe anual, en los tres niveles de gobierno, que muestre su producción y productividad. Entre ministerios, secretarías y subsecretarías, el Estado nacional tiene 274 organismos, además de una treintena de gabinetes de asesores. Un volumen inexplicable, contrario a la productividad y a la inclusión de los más necesitados.
Información. Pese a los progresos del Indec, todavía debe mejorarse sustancialmente la información. Un ejemplo es corregir la subdeclaración de ingresos en las encuestas de hogares, que subestiman la desigualdad y sobreestiman la pobreza, sin negar la gravedad de ambos males en la Argentina de hoy.
Más y mejor inversión en capital humano. Como ninguna otra, esta inversión aporta al mismo tiempo a la productividad y a la inclusión y es el núcleo central de la PI en un país como la Argentina. Posible instrumentos son una nueva ley de financiamiento educativo, vinculado a metas; fortalecer el combate contra la desigualdad educativa, con escuelas ricas de jornada extendida para los más pobres; continuidad de las evaluaciones censales, con devolución de resultados a las comunidades educativas para la mejora escolar; un nuevo contrato docente, con incentivos a los logros, optativo para quienes ejercen y obligatorio para los ingresantes; especialización de los institutos de formación docente; jerarquizar la preparación para el trabajo en la educación primaria, media, terciaria y en la formación profesional; inducir más vocaciones en ciencias duras y tecnologías; en el nivel superior, informar a los estudiantes las perspectivas de las profesiones que eligen (como se hizo en el año 2000); mejorar la articulación con el secundario; aumentar la cantidad de becas, financiadas con un impuesto a los graduados (como en Entre Ríos o en Uruguay) y mejorar continuamente su pertinencia, arraigo y relevancia, identificando las áreas de vacancia por regiones.
Mejor y mayor inversión en ciencia y tecnología, basada en un nuevo plan estratégico, con asignaciones crecientes a las áreas prioritarias. Junto a un rumbo claro del país, esto podría ayudar a reducir la fuga de cerebros que nos afecta, erráticamente, desde hace décadas.
Empleos formales y personalización. Para ser tal, la PI debe aumentar la productividad sin reducir el empleo. Un camino relevante para eso es bajar el costo laboral no salarial, que en la Argentina supera en dos tercios a los de los países desarrollados. Eso facilitaría la formalización de muchos trabajadores, algo esencial para la PI. También es esencial reemplazar los planes sociales permanentes, salvo la AUH, por capacitaciones laborales personalizadas con posterior acceso de sus beneficiarios al empleo formal.
Nutrición y salud. En la Argentina pre-Covid era mucho mayor la malnutrición que la desnutrición. Este problema mejoraría si la tarjeta alimentaria vigente tuviera descuentos mayores para los alimentos más nutritivos. La salud es otro componente esencial de la inclusión. El acceso a ella podría facilitarse, gradualmente, con una cobertura universal y una solución financiera para el PAMI, muy compleja.
Otras inclusiones en mora. En la agenda pendiente del proyecto PI figuran las dificultades que se oponen a la plena realización de las mujeres y de otras minorías, por ejemplo, en el mercado laboral; también, las desigualdades intergeneracionales, en especial la previsional y la ambiental, ambas muy postergadas. Está pendiente además la esencial cuestión de la vivienda digna.
Una menor desigualdad requiere, además de las políticas mencionadas, un impuesto a las ganancias realmente más progresivo y una sustancial mejora de los impuestos patrimoniales, sin duplicaciones y generadores de inversión.
Políticas para crecer
La previsibilidad, esencial para la inversión, requiere seguridad jurídica protegida por un Poder Judicial independiente, un tema todavía no resuelto en la Argentina.
Respecto de la inserción en el mundo, no se conoce la agenda externa de la Argentina, crucial para el crecimiento y para la PI. Ella debe contemplar volver a poner en valor el Mercosur, lograr su ampliación, persistir en el acuerdo con la Unión Europea y promover un mayor acercamiento a África y Asia, los continentes con mayores perspectivas de crecimiento. China es, por cierto, un socio estratégico, pero sería erróneo erigirlo en "salvador".
Carga impositiva. Tal como establecían los acuerdos legislados en 2017, aumentar la inversión requiere reducir la altísima carga tributaria que castiga a la producción y las exportaciones, Hasta tanto se recupere espacio fiscal para restablecerlos, pueden licitarse cupos de las rebajas allí previstas, otorgándolos a quienes más inversión comprometan y más empleo y divisas generen por peso de impuestos rebajados.
Protección arancelaria. Otro modo de incentivar la inversión y las exportaciones es integrar gradualmente la economía argentina al mundo, dando carácter contractual a la protección arancelaria, con magnitudes y plazos que dependan de la inversión comprometida y de los acuerdos comerciales que logre la Argentina.
Economía del conocimiento. El país cuenta todavía con una dotación de capital humano con potencial para diversificar la producción y las exportaciones mediante la creación de empleos calificados. El Congreso aprobó recientemente una nueva, y polémica, versión de la ley respectiva. Es casi seguro que atraerá menos inversión y empleos que la anterior. Un error común a ambas leyes es no incluir a toda actividad económica que genere empleos de científicos, profesionales o técnicos, o que patente descubrimientos.
Empresas y trabajadores
En una sociedad de economía mixta como la nuestra, la PI requiere el concurso de los trabajadores, los empresarios, las empresas como organizaciones y el Estado. Hay quienes avizoran que en la pospandemia surgirá una nueva institucionalidad socioeconómica. No lo sabemos, pero lo vemos poco probable. Sí es seguro, en cambio, que la PI no solo requiere mucha mejor calidad de políticas públicas. También necesita una renovación de las empresas, de la calidad de sus prácticas de management y de la integración y la participación de los trabajadores, para construir así organizaciones empresarias que aporten más y mejor a la productividad inclusiva.

Sociólogo y economista

viernes, 25 de octubre de 2019

CLAUDIO ZUCHOVICKI, PIENSA


¿Y si contrarrestamos los dogmas usando el sentido común?

Claudio Zuchovicki
Cuenta la historia que el Rey de Siam (actualmente Tailandia) acostumbraba a regalarle un elefante blanco a los súbditos con los que estaba molesto. Quienes recibían el obsequio debían darle comida especial al animal y permitir al resto de los súbditos la posibilidad de venerarlo, en visitas que le demandaban al nuevo dueño un esfuerzo enorme. ¿El objetivo? Arruinar a ese súbdito con el costo del mantenimiento.
Un elefante blanco es un modismo para expresar una posesión que es valiosa, pero cuyo costo de mantenerla se vuelve insostenible para el propietario. Esta frase se usa actualmente para referirse a un objeto o a un negocio inviable.
Con los dogmas y fundamentalismos pasa igual. Con frecuencia la gente se aferra a muchos de ellos, que en realidad surgieron en otros contextos, realidades o culturas. Y algunos comerciantes de ideas o vendedores de elefantes blancos buscan conquistar fieles usando esos dogmas. A la larga, el mantener esos fundamentalismos termina siendo una carga muy pesada para la sociedad.
La escenografía se completa con nosotros. Parece que nos gusta que nos mientan, que nos prometan. Aprendimos a crecer con "lo último que se pierde es la esperanza". Nos aferrarnos a consignas vacías y esperamos que alguien o algo nos salve. Depositamos en otros la fe de estar mejor o culpamos a otros si no vemos esas mejorías.
Les propongo utilizar el sentido común para desmitificar ciertos dogmas de nuestra cultura, que nos terminan afectando como si fueran verdaderos elefantes blancos. Empiezo citando a Ronald Reagan, quien sostuvo: "La visión gubernamental de la economía puede resumirse en unas cortas frases: ?si se mueve, póngasele un impuesto; ?si se sigue moviendo, regúlese y si no se mueve más, otórguesele un subsidio'".
- El sentido común muestra que es muy caro ser pobre en la Argentina. El exceso de proteccionismo cuida a los más ricos. Quien tiene dinero puede viajar y comprarse ropa o tecnología en otro país a mitad de precio (y le devuelven impuestos). El más pobre tiene que comprarse cosas al doble del precio que quien puede viajar. Quien tiene dinero puede comprar al por mayor, tiene varias tarjetas con descuentos o compra con Club la nacion. El pobre tiene que pagar al contado y comprar en envase chico, que proporcionalmente es más caro.
Un dogma establece la necesidad de proteger a la industria nacional. Pero los productos locales no son más caros por culpa del productor local, sino por la carga impositiva. Un producto hecho aquí vale más por lo que se paga en conceptos de Ingresos Brutos, IVA (y ojo con bajar esos impuestos, porque las provincias no aceptarán desfinanciar su burocracia). El sentido común nos dice que, finalmente, solo se financian los costos de la burocracia. Y mientras los vendedores de dogmas dicen que lo hacen por nuestra industria, la Argentina ya tiene más burócratas que industriales. Si quieren cuidar a la industria local, deberían observar que en Perú, Chile o Colombia una empresa paga 30% de cargas sociales, mientras que aquí el costo es de 67%.
Ya no sé si es un tema de educación, o si obviamos "el sentido común".
- Hay un dogma que proclama que los ricos deberían pagar cada vez más impuestos. Se llegó a plantear cobrarle a los productores rurales retenciones por el 70% de lo facturado.
En la última reforma alguien pidió una alícuota de Ganancias de 42%. Eso, sumado al IVA y a todos los impuestos existentes, daría un 65% de carga fiscal por los ingresos.
Pongamos en ese reclamo un poco de sentido común. ¿Vale la pena esforzarse y arriesgarse a emprender algo dando trabajo, para ganar solo 30%/35% de lo que uno genera?
Lo que nos quieren vender sería: si invertís y te sale mal, el 100% de las pérdidas son tuyas; si sale bien, el 65% es para el Estado y el 35% de tus ganancias es para vos. ¿Invertirías? No entremos en ideologías ni en cifras; solo usemos el sentido común: ¿qué harían en ese caso? La mayoría pierde el incentivo a crear, a arriesgar, a crecer. Con este dogma se termina provocando la fuga de capitales y, peor aún, la fuga de talentos. Los capitales se van y las inversiones no vienen porque no cierra la ecuación rentabilidad / seguridad jurídica.
Los inversores se mudan donde te cobran muchos impuestos pero te dan todos los servicios a cambio (Europa), o donde te cobran menos impuestos pero te dan la libertad individual de contratar servicios (EE.UU.). Solo los cautivos se quedan donde pagan mucho y reciben poco.
Ya no sé si es un tema de educación, o si obviamos "el sentido común".
- También están los defensores de que, si necesitamos dinero, lo único que tenemos que hacer es imprimirlo, desconociendo que un gobierno que emite dinero sin respaldo acaba empobreciendo a su pueblo vía inflación. Con una moneda sin valor, por otra parte, no podríamos pagar las divisas que necesitan las importaciones, con la consecuencia de quedar desabastecidos (Venezuela).
El sentido común nos debería avisar que, si todo fuera tan fácil como imprimir dinero, todos los países lo harían y no habría ni deudas ni problemas económicos en el mundo.
Ya no sé si es un tema de educación, o si obviamos "el sentido común".
- Sumo a esto la demagogia de que la culpa siempre es del que nos prestó dinero. En post de una mística tribunera siempre terminamos proclamando un default y expropiaciones sin medir costos. Nunca pensamos que el que cumple paga muy poco de tasa de interés y el que sale en el Veraz solo consigue prestamistas de última instancia, como el FMI, cueveros o buitres, a tasas descomunales. Es negocio ser honesto. La picardía siempre sale cara. A los holdouts, al Club de París y al FMI, en su momento les devolvimos todo y hasta con punitorios, pero al pobre ahorrista argentino siempre le hicimos quitas y lo penalizamos cobrándole impuesto a la renta financiera. Es el sentido común el que nos dice que aquí siempre ganan los buitres y los organismos multilaterales.
Refuerzo el concepto: había una vez un país que decidió en mayo de 2014, resarcir a Repsol y comprar el 51% de sus acciones en YPF. Para ello se emitieron US$6000 millones de deuda, incluido el Bonar 2024 con un interés del 8,75% anual. Ahora se está perdiendo un juicio por US$3000 millones por cómo se hizo esa operación. O sea, pagamos US$9000 millones más intereses por el 50% de una empresa que hoy, completa, vale la mitad. Hubo un ganador: "el expropiado". Y un perdedor: el contribuyente.
Ya no sé si es un tema de educación, o si obviamos "el sentido común".
- El gran Tomás Bulat invitaba a no confundir distribución con movilidad social. Distribuir es sacarles a unos para darles a otros. Movilidad social es progresar sin sacarle a otro. Supongamos que en un país viven 40 millones de personas. Para vivir dignamente es necesario comer un kilo de proteínas a diario. En ese país, cada día se generan 40 millones de kilos de proteínas y está todo tan bien distribuido que toca un kilo por persona. Por tanto, la renta per cápita anual es de 365 kilos de proteínas por persona. Pero como la tecnología avanza, supongamos que llega un tal Dylan, el genio de la genética conocido como "el Steve Jobs de la proteína", y pide quedarse con el 30% de las utilidades. Se hace cargo de contratar a Alan, un sabio de las finanzas que consigue patentar y financiar la idea y a cambio le pide el 10% y contrata a Andrés, un gran comercializador, que logra distribuir esa patente en el mundo a cambio del 10%. Con este milagro de la tecnología, la producción mundial de proteínas sube a 120 millones de kilos diarios, de los cuales Dylan, Alan y Andrés se quedan con el 33%, o sea, con 40 millones de kilos. El resto ahora tiene 80 millones de kilos y se reparten dos kilos por persona; o sea, se duplica la porción o la riqueza de todos los habitantes.
Muchos titularían con una verdad irrefutable: "Milagro, tres personas lograron duplicar la riqueza del país". Otros titularían con otra verdad irrefutable: "Drástico aumento de la desigualdad, solo tres insensibles personas se llevan un tercio de la renta del país", y proclamarán: "Echemos a esos tres vende patria y nacionalicemos el invento." Las afirmaciones son verdaderas. Todos los habitantes pueden comer el doble y la desigualdad ha crecido dramáticamente.
El objetivo de este cuento es contradecir el dogma. Es mentira que, para enriquecerse haya que empobrecer al resto.
Ya no sé si es un tema de educación, o si obviamos "el sentido común".
El autor es licenciado en Administración con un posgrado en Finanzas, especialista en Futuros y Opciones; director académico del Laboratorio de Finanzas de la UADE

viernes, 14 de junio de 2019

ANDRÉS MALAMUD, PIENSA


Es el peronismo, estimado

Andrés Malamud
Al elegir a su compañero de fórmula, Cristina conquistó el apoyo abierto de los gobernadores peronistas. Al elegir al suyo, Macri conquistó el apoyo encubierto. Aunque muchos gobernadores harán campaña por los Fernández, la mayoría estaría más cómoda en un gobierno de Macri y Pichetto. Por eso, la gobernabilidad del segundo mandato está asegurada; sólo falta asegurar el segundo mandato.
Cuando eligió al Frank Underwood argentino como su candidato a vicepresidente, Mauricio Macri interrumpió el modelo de construcción política que cultivaba desde 2007. Ya no apela a mujeres que suavicen su imagen sino a un hombre que la viriliza. Se aparta de la nueva política para entregarse a la política tradicional. Y se reconcilia con el círculo rojo y con Wall Street, de cuya tranquilidad depende el trayecto que va de las PASO a octubre. En el mundo de Trump, Duque y Bolsonaro, la pureza obamiana no paga. Registrarlo demoró algunas corridas y varias derrotas.
Cuando eligió al Frank Underwood argentino como su candidato a vicepresidente, Mauricio Macri interrumpió el modelo de construcción política que cultivaba desde 2007
En términos ideológicos, Miguel Pichetto aporta un combo infrecuente. Tiene un discurso duro sobre la inmigración, pero enarbola el pañuelo verde del aborto legal. Es el peronista más crítico de Cristina, pero la preservó de la cárcel. Reivindica la rosca, pero no aporta votos. Estos contrastes son lo de menos. Su contribución fundamental consiste en alimentar la división del peronismo, sin la cual no hay ballottage.
Contra las primeras impresiones, esta designación no se hace a expensas del radicalismo. Al contrario: el centenario partido recibirá compensaciones en las listas legislativas y en el futuro gabinete. El gran perdedor es Marcos Peña , que ya no será el timonel del segundo mandato. Esta democión es parcialmente injusta: el peor fracaso del gobierno fue la economía, donde Peña tuvo poca incidencia. Pero los fusibles están para saltar, aunque los cortocircuitos sean ajenos.
Se impone un minuto de silencio por Alternativa Federal y la ancha avenida del medio, esas entelequias criptoperonistas que se cansaron de carretear sin alas. La grieta impone su lógica, que es bipolar: si hay un solo gobierno, dos oposiciones sobran. Pero esto no viene de ahora: los sistemas presidencialistas inducen el bipartidismo. La fragmentación legislativa es una cosa, la ejecutiva es ninguna cosa.
Se impone un minuto de silencio por Alternativa Federal y la ancha avenida del medio, esas entelequias criptoperonistas que se cansaron de carretear sin alas
Los próximos días serán de negociaciones febriles, muchas tras bambalinas, para armar las listas de legisladores nacionales en los 24 distritos. Habrá heridos en ambas veredas y ambulancias que circularán entre una y otra. Los jueces federales olisquearán el ambiente antes de tomar decisiones. Muchos ya habrán borrado la aplicación Telegram de sus celulares, visto el infortunio caído sobre el inquisidor Sergio Moro.
Restan varias elecciones provinciales hasta las PASO, y todas ellas auguran derrotas para el gobierno. Está por verse si la designación de Pichetto tiene algún efecto sobre los realineamientos posteriores. Después de todo, Cambiemos sólo ganó cuatro gobernaciones en 2015, y sin embargo conquistó la presidencia.
Ahora sólo falta conocer al candidato a vicepresidente de Roberto Lavagna , dice Roberto Lavagna.