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lunes, 30 de octubre de 2017

LUCIAN FREUD...ARTE QUE DESNUDA Y DESAFÍA

INVESTIGADOR; DR. RICARDO "EL MORDAZ"

EL NIETO PINTOR DE SIGMUND
Lucian Freud era un personaje con tres características singulares que lo destacan del común de la gente: ser el nieto de Sigmund Freud, haber adquirido un estilo distinto y personal volcado exclusivamente a pintar seres humanos, especialmente sus rostros en forma perturbadora e inquietante. Finalmente, la tercera característica es haber sido el artista viviente cuyas obras alcanzaron las más altas cotizaciones en el mercado del arte.

Autorretrato. Colección privada
Lucian nació en Berlín en 1922, pero en 1933 emigró junto con su familia a Londres, porque sus padres que eran judíos tuvieron la premonición de que el régimen que acababa de instaurarse en Alemania era siniestro y presagiaba un futuro inmediato sombrío.
Desde muy joven su vocación fue la de ser pintor y estudió en buenas escuelas de donde egresó desarrollando una técnica algo lavada e impersonal. Hasta aquí nos encontramos con uno más de los miles de artistas que pretenden, sin mayores resultados, hacer de su arte no solo un medio de vida redituable, sino poder alcanzar la fama y la posteridad.
La cosa cambió, según lo relata el escritor Juan Forn, cuando a Lucian, quien a los veinte años trabajaba en una galería de arte, sus patrones le encomendaron trasladar una pintura de Picasso a un sitio más seguro para preservarla de los bombardeos de la aviación alemana que se ensañaba sobre Londres. Durante el viaje en tren Lucian puso el Picasso en el asiento frente al suyo y quedó extasiado contemplándolo a tal punto que se pasó de estación. Se trataba de uno de los más de 10 retratos que el pintor malagueño dedicó a Dora Maar, una de sus amantes, antes de abandonarla.
Al día siguiente, Lucian tuvo oportunidad de conocer a Francis Bacon quien por entonces se encontraba en Londres. Tanto Picasso como Bacon, con su estilo cubista el primero y con el neofigurativo, el segundo, distorsionaban los rostros de sus modelos hasta volverlos irreconocibles. Lucian quedó impactado con sus técnicas, pero no los imitó, decidió crear su propio estilo. Él no cambiaría la fisonomía de los personajes que en sus telas resultan fácilmente identificables, decidió que les desnudaría sus sentimientos. Podemos especular que aquí influyó la herencia genética de su abuelo Sigmund.
Lucian parece trasladar al lienzo el pensamiento freudiano, buscando descubrir lo que se esconde detrás de cada rostro. “Lo importante –sostenía– no es reproducir simplemente a quien me sirve de modelo. Pinto todo lo que siento sobre él, todo lo que pienso sobre él, todo lo que pongo en él cuando lo pinto”.

Tres rostros, el primero de la izquierda es el de la Reina Isabel II
Las obras de Lucian reflejan su propia vida y su propio entorno. Para él, “todo es autobiográfico y cualquier cosa es un retrato”. Por eso, se niega a trabajar con modelos profesionales para quienes la desnudez es una simple herramienta de trabajo. Sus modelos –sean amigos o conocidos ocasionales, hijos o nietos, amantes o colegas– entregan en forma resignada la intimidad de sus cuerpos para que él descubra en ellos sus personalidades y sus estados de ánimo.
Lucian no pinta la belleza de esos cuerpos. Sus retratos son perturbadores e inquietantes. Muestran al ser humano desprotegido, muchas veces en posiciones obscenas, exhibiendo los genitales y refugiados en sofás o habitaciones que parecen tristes decorados.
Quien se detenga a observar los numerosos retratos de personas, observará que no hay un solo rostro alegre, no esbozan sonrisas, por el contrario parecen tristes o sumergidos en profundas meditaciones. Sus propios autorretratos, que son numerosos, no eluden estos rasgos sombríos.

Mujer con perro blanco. Tate Galery, Londres.
Cualquier defecto físico que tuviera el modelo, Lucian lo exageraba en forma despiadada. El ejemplo más conocido y que suscitó la crítica de la nobleza inglesa es el retrato de Andrew Parker Bowles, el primer esposo de Camilla, actual duquesa de Cornwall y cónyuge del príncipe Carlos Parker Bowles se encuentra sentado vistiendo su uniforme de oficial del ejército, con el pecho cubierto de medallas pero con el saco desprendido del que sobresale un abultado abdomen. Ninguno de estos detalles impidió que en la subasta que hizo Christie en Nueva York en noviembre de 2015, el cuadro se rematara en 35 millones de dólares.

Andrew Parker Bowles. Colección privada
Lucían era muy trabajador, pintaba los siete días de la semana y agotaba la paciencia de sus modelos en decenas de sesiones. Por su estudio pasaron desde pequeños comerciantes anónimos hasta pares del reino, desde conocidos gángsters hasta duquesas excéntricas y como era un sexópata posaron ante su paleta, incontables amantes, sus esposas, que fueron varias y cuando tenía tiempo, retrataba a sus numerosos hijos, que era el único momento que estos tenían para estar con el padre. Cuando podía los desnudaba y cuando no lo lograba, se detenía en sus rostros, siempre buscando sus personalidades.
Otro componentes en la obra de Lucian, es un detallismo tenaz sobre cualquier elemento que rodee al personaje, la ropa, el bozal de la mascota que lo acompaña o la colcha con sus arrugas sobre la que yace el/la modelo.
Lucian era muy económico con los colores, detestaba los tonos vivos y tanto sus personajes como el ambiente que los rodeaba se caracterizan por tonalidades de escaso contraste. Como lo señalaron algunos detractores, ser retratado por Lucian equivalía a ingresar al panteón de los muertos vivos.
Se dice que fue para mejorarle la paleta, que algunos amigos le presentaron al excéntrico transformista australiano Leigh Bowery. El encuentro fue en el club Taboo, una creación del propio Bowery que rompía con todas las convenciones, fundamentalmente las sexuales, donde corrían drogas como el ecstasy y el comportamiento era de total descontrol.
La característica más destacada de Bowery era el uso de maquillaje, ropa y pelucas totalmente kitsch, que despertaban la curiosidad, el rechazo y el asombro en algunos y una atracción morbosa en otros. Esto sumado a que medía un metro noventa y pesaba ciento diez kilos, lo tornaba grotesco.
Bowery sabía de la existencia de Lucian, sentía por él respeto y admiración y le pidió que lo pintara, solicitud que encantó al artista quien en una ocasión confesó que le gustaban los personajes estrafalarios. Cuando Bowery ingresó al atelier del artista, en forma espontánea se quitó toda la ropa y a cara lavada y cuerpo desnudo se ofreció a la paleta del pintor. Pintar a este modelo le llevó a Lucian un tiempo considerable porque no se le ocurrió mejor idea que plasmar en tamaño natural a semejante Moby Dick.


Leigh Bowery. Smitsonian Institution
En los ocho años siguientes Lucian hizo diez cuadros de Bowery, en óleos que a veces alcanzan los tres metros de altura y cuando solo pintaba la cabeza también lo hacía en tamaño gigantesco usando telas de un metro cuadrado de superficie.
En la presente y limitada biografía que hago del pintor, se hizo necesario incluir a este singular personaje no solo por el número de cuadros que dedicó a su modelo, sino porque Bowery logró con su presencia en las inauguraciones de las muestras de Lucian, acrecentar aún más su fama. Además, antes de morir de sida en 1994, lo convenció de tener un marchand.
Lucian Freud falleció el 29 de julio de 2011 a la edad de 89 años. Todos los diarios del mundo informaron su obituario, no en balde está considerado uno de los mejores pintores británicos del siglo XX y entre los figurativos más originales y poderosos de la época. Y el dato adicional: fue el artista viviente más cotizado en el mercado del arte.


Juan Forn. Freud encuentra a Buda. Los Viernes, tomo 3. Emecé, Buenos Aires 2016.
María Cristina Melgar y colaboradores. Cuerpos pintados por Freud. Página 12, 04/08/2011.
Francisco Calvo Serraller. Fallece Lucian Freud, el pintor de los desnudos carnales. El País 21/07/2011.
Catherine Lampert. Lucian Freud obituary. The Guardian 22/07/2011.
Lucien Freud portrait of Camilla’s ex-husband sells for nearly $35 m. The Guardian, 11/11/2015.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

ENTREVISTA A SÁBATO POR HUGO BECCACECE

HUGO BECCACECE

Ernesto Sábato: "Esta civilización racionalista ha separado todo: el cuerpo del alma, la emoción de la razón, el arte de la ciencia, el hombre del cosmos"
¿Qué ocurre cuando uno de los escritores más importantes de habla hispana decide volcarse a la pintura?


Ernesto Sabato.
Hace tiempo entre los amigos de Sabato había cundido con sorpresa y curiosidad la noticia de que Ernesto se dedicaba a pintar, y no meramente como un "pintor de los domingos", sino con la misma seriedad con que había encarado en otras etapas de su vida la actividad científica y la literaria. El revuelo que causó fue mayor que si el escritor hubiera anunciado una novela inédita. Más tarde, ese rumor llegó a los oídos de un marchand, Natalio Povarché, quien se apresuró a informar que el novelista iba a exponer en su galería. Pero en esta entrevista en su casa de Santos Lugares, donde Sabato se refirió exclusivamente a la plástica, desmintió que vaya a realizar una muestra de sus óleos.
-¿Por qué se decidió a pintar ahora con tanta intensidad?
-Aunque parezca una broma, porque ando mal de la vista. Hace ya más de dos años se me declaró una lesión en las retinas, que me aconseja no hacer esfuerzos con los ojos, por lo menos en objetos tan pequeños como las letras. No es el caso de la pintura que es macroscópica, digamos. Así, casi imposibilitado de leer y escribir, me lancé sobre aquella vieja nostalgia que proviene desde mi niñez. Cuando me descubrieron esas lesiones, no diré que me puse a bailar, pero sentí una extraña y retorcida alegría, pensando que ahora podía dedicarme a la pintura sin sentimiento de culpa.
-¿Qué reacción tuvieron sus amigos pintores?
-La primera reacción la tuve en París cuando le dije a [Ernesto] Deira hace un par de años, que la pintura me daba una alegría y una paz que no encontraba en la literatura. Se echó a reír como loco, y hace unos meses Carlos Alonso me contó, también riéndose con ganas, la historia que ya había corrido. También me produce risa a mí, ahora, cuando empiezo a ver los graves problemas que acarrea. Comprendo pues la jarana de estos dos amigos, que, por otra parte, no habían visto ni han visto aún nada de lo que hago: era una risa a priori, por decirlo así, y tenía mucho fundamento. Mi idea no era, sin embargo, tan candorosa.
-¿Qué diferencia fundamental encuentra en la pintura con respecto a la literatura?
-Aparte de trabajar con colores y formas, la pintura es una artesanía, proporciona el goce de todo lo que se hace con la mente y las manos a la vez. Ese goce que el hombre de hoy ha perdido por esta civilización racionalista. Todo se ha separado: el cuerpo del alma, la emoción de la razón, el arte de la ciencia, el hombre del cosmos. Todo lo que tienda a reunificar al hombre es positivo y forma parte de lo que será la síntesis futura, cuando algo deba reemplazar a este mundo catastrófico. Eso da placer. Por eso quizás hay más pintores eufóricos que escritores eufóricos. Por un Whitman hay miles de desdichados y angustiados. Al revés en la pintura: piense en los hombres de 80 y 90 años que han pintado hasta su muerte, desde Tintoretto hasta Picasso. Hay en la artesanía pictórica algo que no existe en la literatura, en la que todo se hace con imaginación, desde una cara hasta un paisaje. En la pintura las caras se acarician, se tocan, se huelen, se gozan.
-Su caso como pintor es particular: aunque se trata de un principiante, y eso le otorga gran libertad, su fama como escritor lo debe condicionar bastante. ¿Ese contraste lo perturba?
-Es cierto. Apenas se comienza a trabajar en serio empiezan las angustias, aunque sean al lado de esas felicidades infinitas que dan los colores y las formas. Además, ese goce se debe en parte a que se es un desconocido, porque uno pinta lo que se le da la real gana, con el placer del inédito. Después viene todo lo que se sabe, el público, el "exponerse" en las exposiciones, la crítica. En todas las artes pasa desdichadamente lo mismo. Lo que sucede es que cuando hablé con mis amigos sobre este tema, me dejé llevar únicamente por mi euforia y porque pensé que podría hacer pintura en secreto, o algo así, como si eso fuese posible en una persona pública. Los chicos que comienzan no saben cuánta tristeza, cuánto manoseo, cuántas injusticias trae la notoriedad. E ingenuamente ansían esa notoriedad que luego ha de ser la más dolorosa de sus condiciones. La fama es un conjunto de malentendidos, ya se sabe. Es vivir en una vitrina, y para colmo desnudo, porque no hay desnudez más auténtica y terrible que la expresión artística, si es auténtica; ya que toda obra de arte es una autobiografía, no en el sentido literal de la palabra, sino en el sentido más profundo y grave: un árbol de Van Gogh es Van Gogh, es su propia y desnuda alma ante nosotros. Y el más vil de los criminales y corruptos de Dostoievski es, en muchos sentidos, el propio Dostoievski. Así, el paradójico destino del artista es comenzar siendo el más introvertido de los seres humanos para llegar a ser finalmente el más extrovertido, el más espectacular. Y, para colmo, un espectáculo a menudo grotesco y risible.
-¿Por qué se niega a exponer?
-Soy muy autocrítico. Lo mismo me pasó con la literatura. Escribí desde mi adolescencia, esas pavadas, claro. Pero sólo a los 34 años publiqué mi primer libro, Uno y el Universo; El Túnel apareció recién en 1948, tres años más tarde. Todas las editoriales argentinas se negaron a publicarlo. Encabezó aquel enérgico y entusiasta movimiento Guillermo de Torre, asesor por entonces de Losada, quien afirmó que nadie le haría creer que un físico podía escribir una novela. Yo recordé con timidez a Robert Musil, pero fue inútil. Finalmente salió con el sello de Sur, pero pagado por el generoso amigo, el doctor Alfredo J. Weiss que por entonces dirigía una revista literaria.
-¿Cómo fueron sus comienzos?
-Como ve, fueron muy duros y tenía, entre otros, el inconveniente de llegar a la literatura como un paracaidista. Imagínese lo que podría pasar si ahora se me ocurre esta locura de pintar en público. Pero no soy el primer escritor que trata de pintar. Goethe, Víctor Hugo, Hoffman, Valéry, Cocteau, Joyce, Cary, Henry Michaux, Bertold Brecht, Günter Grass, Henry Miller, Kafka, Artaud. algunos de los cuales son realmente de importancia. No creo que es deshonroso, pues. Debo confesar, en fin, que temo el manoseo, manoseo que tuve que sufrir de modo doloroso cuando empecé a escribir públicamente. Hasta tal punto la gente es prejuiciosa sobre la gente que tiene cerca. Imagínese ahora. Hace poco alguien sugirió que mi pintura sería literaria, una afirmación que es un puro prejuicio. ¿Qué se quiere decir con ese epíteto peyorativo? ¿Que hay temas, que hay ideas, que hay drama? Entonces todos los que pintaron la Pasión han hecho literatura, y Goya en sus monstruos, y Jerónimo Bosch y, sobre todo los expresionistas en general, empezando por precursores como Gauguin y terminando por Munch. ¿Ve qué difícil es para mí hacer algo en este momento? Además, no se enojen ni se alarmen: soy un modesto principiante que no va a hacer daño a nadie mucho menos a los grandes pintores argentinos. ¿Por qué no me dejan tranquilo, que ya bastante tengo con eso de la retina?


Profesión: físico, escritor y pintor
Rojas, 24 de junio de 1911-Santos Lugares, 30 de abril de 2011
El Túnel, Abbadón el exterminador y Sobre héroes y tumbas son las tres novelas de este autor -también ensayista-, uno de los escritores más reconocidos de la literatura argentina del siglo XX.
Presidió la Conadep y escribió el prólogo del Nunca Más.
Entrevista publicada en la nacion Revista el 5 de abril de 1981