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jueves, 29 de diciembre de 2022

POLONIA, POTENCIA MILITAR...


Polonia se consolida como potencia militar de Europa
El temor al expansionismo de Moscú desde la invasión a Ucrania movilizó al gobierno ultranacionalista a dotarse de una de las mejores fuerzas armadas del continente
Luisa CorradiniEl presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, y su par polaco, Andrzej Duda
PARÍS.– Cuando un misil perdido cayó en una ciudad fronteriza polaca en noviembre y provocó la muerte de dos personas, los dirigentes europeos se preocuparon tanto de la eventual reacción del gobierno ultraconservador de Polonia como de que Rusia fuera responsable del disparo. Polonia siempre desconfió de todo lo que viene de Moscú, y el gobierno actual nunca ocultó su profunda antipatía por el régimen de Vladimir Putin. Eso explica que, de Bruselas a Berlín, todos temieran que cometiera una imprudencia.
Sin embargo, en vez de perder su sangre fría, Polonia manifestó una estoica serenidad. Puso sus fuerzas armadas en alerta y esperó pacientemente los resultados de la investigación, que rápidamente demostró que se trataba de un misil de la defensa antiaérea ucraniana, tratando de interceptar un ataque ruso. Una calma que responde a una simple realidad, ignorada durante años por gran parte de Europa: Polonia dispone en este momento de las mejores fuerzas armadas del continente, según muchos expertos. Y está decidida a seguir reforzándolas.
El 27 de julio, una noticia provocó la consternación en los medios militares. Polonia anunció haber firmado con Corea del Sur el acuerdo más importante de armamento jamás firmado por un país europeo del ex bloque soviético. De completarse, debería convertir las fuerzas armadas polacas en las más importantes del Viejo Continente.
En total, Varsovia encargó 980 tanques K2, 672 cañones automotores de 155mm K9 y 48 aviones caza FA-50 a diversas empresas surcoreanas. El monto total de la operación fue estimado en unos 15.000 millones de dólares por los especialistas, equivalente al presupuesto anual de defensa de Polonia.
“El Ejército polaco debe ser tan poderoso que, gracias a su envergadura, no tenga necesidad de ir a la guerra”, declaró el primer ministro, Mateusz Morawiecki, en vísperas de la fiesta de la independencia nacional, el 11 de noviembre. Una evolución que encuentra buen eco en el aliado indispensable de Varsovia.
“Polonia se ha convertido en nuestro socio más importante en Europa continental”, afirma un alto responsable de las fuerzas armadas de Estados Unidos en el continente, evocando el papel crucial de ese país en el apoyo a Ucrania y en la consolidación de las defensas de la OTAN en los países Bálticos.
Este año, Varsovia anunció que su presupuesto de defensa pasaría de 2,4% del PBI a 5%. Al mismo tiempo, Alemania, que consagró el año pasado cerca de 1,5% del PBI a la defensa, no está segura de llegar al 2% que pide la OTAN a sus socios, una vez que haya agotado el fondo especial de inversión para la defensa de 100.000 millones de euros que aprobó a comienzos de año.
Polonia posee ya más tanques y lanzadores de obuses que Alemania, y sus fuerzas armadas deberían aumentar: el objetivo es llegar a 300.000 hombres antes de 2035, contra 170.000 en Alemania actualmente. Hoy, las fuerzas polacas cuentan con 150.000 efectivos.
Según el gobierno polaco, la decisión de la nueva compra fue tomada debido a la ofensiva rusa en Ucrania, que despertó el temor de un expansionismo de Moscú en la frontera oriental de Europa.
“Aprendimos la lección de lo que sucede en Ucrania. No podemos esperar. Tenemos que armar las fuerzas armadas polacas”, declaró entonces el ministro de Defensa, Mariusz Blaszzak, explicando que, si el acento fue puesto en las fuerzas terrestres para la compra, fue porque “las fuerzas blindadas y la artillería son de gran importancia en los campos actuales de batalla”.
Esa última compra vino a agregarse a otras anunciadas el año pasado. En 2020, Varsovia ya había anunciado la adquisición a Estados Unidos de 32 aviones caza F-35, por un total estimado en 4600 millones de dólares, y de 20 lanzacohetes múltiples Himars, por 410 millones, que se sumaron a otro contrato por 250 tanques norteamericanos Abrams, por 5000 millones.
“Polonia refuerza su Ejército desde 2014 y la anexión de Crimea, península que considera haber sido abandonada por los occidentales. Los polacos están convencidos de que deberán defenderse solos”, explica el especialista en geoestrategia Frédéric Encel.
“Por otra parte, Varsovia quiere tener un papel de primera importancia en la OTAN y dejar de ser percibida como un ejército de segunda categoría”, agrega.
Para ir rápido, el gobierno de Mateusz Morawiecki decidió comprar equipamientos ya utilizados y en gran parte disponibles. Así, 180 tanques K2 y 48 cañones K9 deberían ser entregados este fin de año o a comienzos de 2023, y se esperan 12 aviones FA-50 en seis meses.
Principio de urgencia
“Polonia está guiada por un principio de urgencia que no se siente necesariamente en Europa occidental. Esa inquietud se acentúa con la cesión de cierta cantidad de su material a Ucrania”, analiza Thibault Fouillet, experto de la Fundación para la Investigación Estratégica (FRS). Varsovia es uno de los gobiernos que más armamento entregó a Kiev desde el 24 de febrero, día de la invasión rusa: por ejemplo, con el envío de más de 200 tanques T-72 y PT-91 de sus propios stocks.
El presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, agradeció anteayer personalmente –y con un cálido abrazo– esa ayuda a su homólogo polaco, Andrzej Duda, a su regreso de Washington. El encuentro se produjo en Rzeszow, en el sur de Polonia, ciudad por la cual transita gran parte de la ayuda destinada a Ucrania y cuyo aeropuerto está protegido por un importante contingente estadounidense.
“Analizamos planes estratégicos para el futuro, las relaciones bilaterales y las interacciones a nivel internacional para 2023”, explicó Zelensky.
¿Acaso la potencia militar de Polonia estará acompañada de una mayor influencia política en Europa? Hasta el momento, no ha sido así debido a que las fuerzas centristas que dominan la UE desconfían profundamente del gobierno ultranacionalista polaco. La pulseada que opone a Varsovia y Bruselas es la prueba: la UE denuncia el irrespeto de las reglas democráticas y el Estado de derecho de Polonia.
Y si bien Washington se congratuló de los compromisos asumidos por Polonia en términos de presupuesto militar, la administración Biden se pregunta si Varsovia cumplirá esas promesas. Sin hablar de la auténtica irritación provocada por el hecho de que el país haya recurrido a Corea del Sur para concluir sus adquisiciones más importantes.
“Si la opción coreana es atractiva es porque el equipamiento militar de Seúl es mucho más barato que todas las alternativas estadounidenses y europeas”, analiza Encel. Y con esa decisión Varsovia hizo un “pito catalán” a los sueños de “autonomía estratégica” del presidente francés, Emmanuel Macron, que alienta una Europa capaz de defenderse con sus propias armas.
Los dirigentes polacos no ocultaron que las presiones europeas debido a sus controvertidas reformas judiciales y otras conflictivas medidas sociales jugaron un papel importante en la decisión de ir a Seúl a hacer las compras.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

martes, 27 de marzo de 2018

HISTORIAS DEL HORROR

POLONIA: Pierde su memoria y relaciona Auschwitz con el sufrimiento polaco, no con los judíos.
Tuve la oportunidad de visitar ese campo de concentración en 2016; en los barracones pueden verse como elemento dominante las fotos de los polacos que sufrieron el exterminio y en menor medida fotos de los judíos, las cuales quedan relegadas a fotos generales, ej., cuando eran bajados de los trenes, cuando se los clasificaba y luego eran conducidos a las cámaras de gas, entre otros horrores, pero en raras ocasiones se pueden ver sus caras en primer plano.
Todas las referencias son hacia la innegable responsabilidad de los alemanes (nazis), en la solución final. No hay en la práctica referencias claras a la colaboración de los polacos en ella, sólo a los que salvaron o protegieron a judíos y fueron exterminados, pero esa es sólo una parte de la historia.
Si tienes la oportunidad de ver ese horror institucional de parte de un Estado que glorifico la muerte e hizo de ella su razón de ser y seguramente te encontraras con estudiantes de colegios de Israel que hacen una peregrinación al espanto de la locura y la insensatez de la muerte, donde algunos seres humanos fueron considerados indeseables (ratas); pero el contexto y las explicaciones van por el camino ya expresado.
Nunca se habla de la colaboración de una parte del pueblo polaco, del antisemitismo que existió en esa sociedad. Si algo me quedo claro es que los nazis no estuvieron solos, fueron ayudados por los oportunistas de siempre que movidos por la envidia, por el negocio o por la simple maldad que anida en el alma humana, no perdieron la oportunidad de sacar su tajada de sangre de los débiles, de los que no podían defenderse.
El Holocausto no fue un hecho exclusivamente alemán. La maquinaria de la muerte encontró manos cómplices en muchos países sojuzgados por la ideología hitleriana, y entre ellos también está Polonia.
El 25 de enero de 2018, en la víspera del Día Internacional de las Víctimas del Holocausto, el Parlamento de Polonia aprobó una ley que prohíble utilizar la expresón "Campors de concentración polacos", que prevé penas de prisión de hasta tres años por “atribuir falsamente los crímenes de la Alemania nazi a Polonia”. Era claro intento de los parlamentarios de ahogar el debate sobre la historia del Holocausto. Ante las críticas, las autoridades polacas se pusieron primero a la defensiva y luego pasaron al ataque. Para comprender lo ocurrido se debe retroceder un poco.
Hace exactamente 50 años, las autoridades comunistas de Polonia emprendieron una cruel campaña antisemita que expulsó al exilio a los últimos judíos supervivientes del país. Los medios de comunicación se llenaron de grandes exclamaciones, “¡Los sionistas a Sion!”, el primer secretario del Partido Comunista exigió que los judíos polacos se apartaran de los puestos de autoridad, que exigían “cierto grado de patriotismo polaco”.
Los “sucesos de marzo de 1968” fueron una de las pocas campañas de propaganda comunista que encontraron eco en la sociedad polaca. Por desgracia, el antisemitismo siempre ha sido un elemento, quizá incluso un elemento constituyente, de la cultura polaca. Los sentimientos antisemitas, eran fuertes antes, se reforzaron aún más durante la guerra, y siguieron siendo importantes después, incluso cuando la comunidad judía en Polonia desapareció. Una de las características del antisemitismo es que puede persistir y prosperar durante generaciones, incluso aunque no haya judíos.

La caída del comunismo en 1990 introdujo la democracia y la era de la sociedad abierta, pero también los demonios del pasado.
Los optimistas, sostenían que el tiempo y la educación los eliminarían, pero la prueba de fuego llegó en 2001, con la publicación de Vecinos, de Jan T. Gross. Un estremecedor relato sobre los habitantes de un pueblo polaco que asesinaron a sus vecinos judíos en 1941 y desató un tremendo debate y un conciencia.
El mito de la inocencia nacional, de la superioridad moral de nuestros antepasados frente a unos enemigos más fuertes y despiadados es uno de los rasgos definitorios de la identidad nacional polaca. Reconocer la complicidad con el Holocausto es poner en tela de juicio las convicciones de millones de polacos. Pero la realidad histórica es más compleja que la visión idealizada de toda esa gente, pero esas verdades desagradables, incómodas e indignantes están asociadas en su mayoría al Holocausto. Puede ser útil hacerse unas cuantas de esas “preguntas incómodas” que los nacionalistas polacos desean evitar, ej., sobre el grado de complicidad de ciertos sectores de la sociedad polaca con los alemanes en el genocidio de los judíos: como explicó Jan Karski en su informe de 1940 para el Gobierno polaco en el exilio, el odio a los judíos formó “un estrecho puente en el que se encontraron los alemanes y grandes sectores de la sociedad polaca”. O sobre el robo masivo de bienes judíos por parte de sus vecinos polacos. O sobre el papel de la letal Policía Azul polaca y los destacamentos de bomberos voluntarios en la liquidación de los guetos y la persecución de los judíos fugados y desesperados. ¿Qué formas de control social permitieron mantener los guetos abiertos y semi abiertos en provincias sin seria presencia alemana?.

Fuera de Polonia, pocos recuerdan que allí había más de 13 millones de judíos y que su exterminio se produjo delante de 20 millones de polacos. Que ser espectador indiferente no era posible, el Holocausto involucró o afectó a todos los polacos porque sucedió literalmente delante de sus casas. Negar este simple hecho, no reconocer el pasado, es uno de los principales motivos de que ahora pretendan regular la historia a base de leyes.
En la primera década de este siglo, el relato nacional polaco abordó las complicadas relaciones con los judíos de diversas formas, en general con el propósito de que dejara de representar una amenaza para la conciencia nacional, tranquila y triunfante.
La matanza de Jedwabne, se presentó como un acto aislado, una aberración. Las autoridades construyeron, reforzaron y difundieron el mito de los buenos polacos que salvaron judíos y pretendieron hacer creer que el extraordinario comportamiento de aquellos pocos valientes fue lo normal durante la guerra, la actitud habitual de la sociedad polaca.
Es una falacia histórica que choca con las abrumadoras pruebas existentes en contra: los buenos polacos tenían terror a los alemanes, pero todavía más a sus vecinos.
La sociedad polaca sentía escasa simpatía por los judíos, los que ofrecían refugio a los judíos sabían que no contaban con el apoyo de los demás. Al contrario, tuvieron que hacer frente a la hostilidad general y a las denuncias frecuentes y mortales.
La exclusión y el miedo de los buenos polacos no terminaron en 1945, con la liberación. En los 90, muchos pidieran que los premios que se les otorgaban permanecieran secretos, para que sus vecinos no se enteraran, es significativo. A los nacionalistas les da igual: hace un año, las autoridades polacas inauguraron un Museo de los Polacos Justos en Markowa, dedicado a la memoria de la familia Ulma, que acogió a varios judíos. El museo cuenta bien la historia, pero no menciona que, mientras los Ulma escondían a los judíos, sus vecinos de Markowa y otros pueblos vecinos registraban áticos, sótanos, cobertizos y establos en busca de los judíos ocultos. Cuando los encontraban, los golpeaban, los robaban, los violaban y los entregaban a los alemanes para ser ejecutados. Esta historia, la “política historiográfica” polaca, no se cuenta.

Las consecuencias de ese relato pensado para lavar conciencias y servido a un país bien dispuesto se vieron muy pronto, aunque no se reconocieron. Según una encuesta de 2015, la mayoría de los polacos relaciona Auschwitz con el sufrimiento de los polacos, no de los judíos.
Las leyes no deben ser empleadas para ocultar la historia, sino para evitar que se repita, aunque supongamos que la norma no lo pretendiera, esta ley puede dar alas a tesis negacionistas y por eso debemos estar atentos, a los Argentinos se nos eriza la piel cuando vemos intentos de ese tipo, estoy plenamente convencido que los únicos totalmente inocentes fueron las víctimas. El Holocausto fue un crimen tan espantoso que nadie desea verse salpicado por él. Pero ocurrió y eso nadie lo puede negar.

lunes, 5 de marzo de 2018

QUIERO QUE POLONIA ME DEMANDE, ME ACUSE Y ME CRUCIFIQUE...AMEN

ANDREZY DUDA. PRESIDENTE DE POLONIA....TREMENDO HIJO DE PUTA PRO NAZI


Le pido que preste atención porque le quiero contar un hecho increíble pero cierto.
Acaban de aplicar una ley nazi en Polonia. Así de grave es la cosa y sin embargo no se armó el suficiente escándalo en la comunidad internacional. Estamos naturalizando el resurgimiento y la consolidación de posturas xenófobas, discriminatorias y que fomentan el odio racial. Escuche los detalles porque son incompatibles con la condición humana.
Polonia tiene una ley (repito, una ley) que prohíbe señalar a ese país como cómplice y mucho menos copartícipe del nazismo.
¿Escuchó bien? Por ley, el gobierno polaco quiere borrar la historia y mentirle descaradamente al mundo. La norma dispone hasta 3 años de prisión para quién use la expresión “campos de concentración polacos”, entre otras verdades. Lo cuento y todavía no lo puedo creer. Es como si Alemania decretara que Adolf Hitler no existió. O que Argentina vote una ley ordenando sanciones para aquellos que hablen sobre el terrorismo de estado argentino y Jorge Rafael Videla. Un despropósito pocas veces visto. La memoria de los pueblos no se puede borrar. Todo lo contrario, el Holocausto, la Shoa y todos los holocaustos hay que recordarlos para homenajear a sus víctimas y para no olvidar jamás. El olvido es una tragedia que vuelve. Memoria, verdad, justicia y castigo son los remedios contra los totalitarismos que masacraron multitudes en nombre de alguna idea o de algún Dios.
La novedad es que en Polonia acaban de aplicar esta ley de “la amnesia y el lavado de manos”. Una organización fascista llamada Liga Polaca contra la Difamación acusó al Página 12 y al escritor Federico Pavlovsky por una nota sobre una masacre cometida en el municipio polaco de Jedwabne en 1941 cuando 1.600 judíos fueron quemados vivos en un galpón. Esta Liga antisemita acusa al autor de la excelente nota de “manipular los datos con el objetivo de dañar a la nación polaca y la imagen de sus soldados y tratar de engañar conscientemente a los lectores para hacer creíble la tesis del antisemitismo polaco”. Suena a una locura. Pero le juro que es verdad. Una verdad de dementes hijos de puta.
Polonia está gobernada por un partido neonazi de los muchos que están creciendo en Europa. No hubo demasiadas voces potentes que se levantaran contra esta ley que quiere asesinar la historia para matar por segunda vez a las víctimas del Tercer Reich. Apenas un comunicado de la Comisión Europea que inició un sumario por “presunta violación al estado de derecho” y protestas diplomáticas obvias de Israel y algo de Estados Unidos.
Me siento con cierta autoridad para opinar sobre este retroceso brutal de la humanidad. Mi viejo nació en Polonia y de allí huyeron sus padres, la bobe Rosa y el zeide Samuel, es decir mis abuelos.
A mi Papa todos le decimos Mayor. Hoy tiene 95 años y la cabeza impecable.
Mi abuela decía “que los polacos habían sido peores que los alemanes, más sanguinarios”. Pero no quería dar detalles de historias desgarradoras de los pogroms y los cosacos.
Samuel y Rosa eran panaderos en una aldea llamada Charsznica, cerca de Cracovia y de Eslovaquia. Había muchos judíos entre los 2.000 habitantes y estaban desde la edad media. Como no les permitían tener animales ni tierras por ser judíos, en su mayoría se dedicaron a los oficios y a ser artesanos y comerciantes: carniceros, sastres, zapateros y panaderos como mis abuelos. Hablaban el idish, una mezcla de varios idiomas con el alemán medieval y tenían su escuela, su comida kosher, su sinagoga y su cementerio.
Todos los días hordas de fanáticos se metían en sus casas y en sus templos y profanaban lo que se les daba la gana. Escupían y humillaban a los judíos. En un momento los obligaron a lucir la estrella de David en el pecho con la condena en cuatro letras: “Jude”, es decir judío en alemán. Todo esa maquinaria criminal fue aumentando hasta que, los que pudieron, huyeron de ese país llamado Polonia pero que según su nueva ley no se llama Polonia. A mi bobe Rosa, la obligaron a elegir entre sus hijos porque no podía subir todos al barco que iba a navegar hacia la libertad de Argentina. No debe haber horror más terrible que una madre tenga que llevarse a sus hijos más chicos y dejar a los más grandes en ese lugar al cuidado de sus abuelos. Mi Papa y su hermana Lionti eran los más pequeños y se salvaron porque pudieron llegar a Córdoba sanos y salvos a sobrevivir en conventillos y a progresar con la cultura del trabajo de aquellos inmigrantes.
Pero sus hermanos más grandes no tuvieron la misma suerte. Berta y Rubén desaparecieron y nunca más se supo de ellos. Roberto, en su desesperación, se tiró al río Vístula para huir de una persecución y la correntada se lo llevó para siempre. El Vístula es el río más importante de Polonia, tiene 1.047 kilómetros de recorrido y desemboca en el Mar Báltico. Tal vez ahora con la legislación actual. El Vístula no quede en Polonia.
Pola y Frida conocieron el terror en persona. Al doctor “Muerte”, Josef Menguele. Era el que experimentaba con los seres humanos como si fueran ratas de laboratorio. Fracturaba huesos del cráneo de los chicos, extirpaba ovarios de mujeres embarazadas, quemaba gente viva para reducirla a cenizas. Era la perversidad atroz disfrazada con guardapolvo blanco.
Frida y Pola padecieron a este criminal de lesa humanidad porque fueron confinadas en Auschwitz, el campo de concentración y exterminio más grande. Auschwitz quedaba y queda en Polonia. Pero según la nueva ley, parece que no existió. Es un invento de los judíos. A Pola y Frida les tatuaron en sus brazos la marca del nazismo. La marcaron como ganado. Llegaron a pesar menos que un espantapájaros y varias veces estuvieron al borde de la muerte en las cámaras de gas. Ellas se salvaron de milagro. Pero los nazis alemanes y polacos asesinaron a 6 millones de judíos y también a 5 millones de otras minorías como los gitanos, comunistas homosexuales y hasta discapacitados. Los fanáticos de las SS, la Gestapo y la cruz svástica utilizaron hornos crematorios a donde incineraron montañas de cadáveres raquíticos.
Todo para que la raza aria, la raza superior, dominara el mundo, como soñaba Hitler.
En Auschwitz que según el gobierno polaco no existió, además de mis tías Pola y Frida estuvieron Primo Levi, Elie Wiesel, premio Nóbel de la paz y Ana Frank, entre el millón trescientos mil personas que pasaron por ese lugar tenebroso.
Mi viejo era un pibe cuando llegó a la Argentina a tratar de salir de la miseria y vivir en paz y en libertad. Tenía los ojos tristes pero un apellido que nos llena de orgullo: Lewkowicz. En hebreo, Lev es corazón. Y lew significa León en polaco. Mi viejo tiene el corazón de león para pelearle a todas las adversidades. Pero cada vez que le nombro la palabra “Polonia”, tiembla y se llena de luto su alma. No sé cómo hacer para decirle que por una ley no existió jamás nada de lo que él y su familia padecieron.
La única manera que encontré es leerle este texto de la brillante escritora y psicoterapeuta, Diana Wang al que adhiero con toda mi alma. Dice así:
Quiero que Polonia me denuncie a mí también, que me demande, me acuse y me crucifique porque digo públicamente que: fueron polacos los que no devolvieron a mi hermanito, fueron polacos los que se apropiaron de las casas y de todo lo que había adentro una vez que los judíos había sido deportados.
Fueron polacos los que no dejaban a mi mamá caminar por las veredas y la echaban a la calle “por dónde van los animales”
Fueron polacos los que cuando vieron vivos a mis padres profirieron con desprecio “¿ah? ¿sobrevivieron?”
Fueron polacos los que pedían sobornos cuando descubrían a un judío.
Fueron polacos los que lo denunciaban aún después de sobornados.
Quiero que Polonia me denuncie que me demande, me acuse y me cruifique porque fueron polacos los que quemaron a sus vecinos en Jedwabne.
Fueron polacos los que mataron a los que volvían a Kielce.
Fueron polacos los que no dejaban que ningún judío integre sus grupos rebeldes
Fueron polacos los que iban atentos por las calles esperando cazar algún judío para ganarse la recompensa.
Fueron polacos los que escondieron judíos a cambio de dinero y los que, cuando el dinero se terminaba los denunciaron.
Fueron polacos los que vendían agua a precios exorbitantes cuando los trenes se detenían en su camino a Treblinka y Auschwitz.
Quiero que Polonia me denuncie que me demande, me acuse y me crucifique porque fueron polacos los que se burlaban de sus alumnos y compañeros judíos en las escuelas.
Fueron polacos los curas que predicaron siglo tras siglo el odio bajo la acusación de deicidio.
Fueron polacos los que aplaudían a las hordas nazis que arrancaba a los judíos de sus casas.
Fueron polacos los contratados para hacer cruzar ríos y fronteras a los judíos y los que los abandonaban en parajes desconocidos.
Fueron polacos los que después de abandonarlos los denunciaban.
Que Polonia me denuncie que me demande, me acuse y me crucifique aunque diga también que
el gobierno polaco en el exilio no fue cómplice del nazismo y que también fueron algunos polacos los que no se sometieron y ayudaron a los judíos también algunos polacos los escondieron, alimentaron y cuidaron arriesgando sus vidas,
también fueron algunos polacos los que les proveyeron de documentos falsos también algunos polacos integraron la red de salvación Zegota.
Sin esos polacos casi ningún judío podría haber sobrevivido.
Fueron miles esos polacos que iluminan por contraste y con crudeza a los millones de polacos cómplices, responsables y culpables por acción u omisión.
Por todo eso:
Quiero que Polonia me denuncie a mí también que me demande, me acuse y me crucifique.
Me sumo al rezo laico de Diana. Yo también, Alfredo Lewkowicz, más conocido como Leuco, quiero que Polonia me demande, me acuse y me crucifique. Amen.

jueves, 31 de marzo de 2016

LA VERDADERA POLONIA; JEDWABNE



Memorial de Jedwabne vandalizado con signos nazis en 2001
Los fueron a buscar a sus casas y los sacaron a patadas, los obligaron a desmalezar la plaza central con cucharas y a demoler un busto de Lenin mientras debían cantar "La guerra es culpa nuestra". Los llevaron a un granero, los asesinaron, tiraron sus restos a un hoyo. A los que fueron encontrando luego por las calles o escondidos -hombres, mujeres, niños- los llevaron al mismo pajar y les prendieron fuego. Los muertos eran los judíos del lugar, que para entonces eran la mitad de la población. Esto ocurrió el 10 de julio de 1941 en Jedwabne, un pueblo del nordeste de Polonia.


Después de haber sostenido por décadas que la masacre fue cometida por los alemanes y que algunos polacos habían colaborado operativamente, en 2000 el historiador Jan Gross publicó Vecinos,

 un libro demoledor en donde demostró con documentos irrefutables que quienes cometieron la matanza fueron ciudadanos polacos y que ese día murieron en condiciones inhumanas entre 400 y 1600 personas. Gross, profesor en Princeton y víctima de la ola de antisemitismo de 1968 por la cual debió abandonar Varsovia, es uno de los más grandes investigadores de la historia de los judíos polacos durante la Segunda Guerra y fue condecorado en su país de origen por sus aportes a la verdad histórica. 
A fines del año pasado, Jan Gross cuestionó en un artículo publicado en el diario alemán Die Welt la falta de solidaridad de los países del este europeo con los refugiados de Medio Oriente y aseguró que este desprecio no era algo nuevo. "Los polacos mataron a más judíos que alemanes", escribió entonces, y sus palabras fueron consideradas oficialmente "un insulto público a la Nación". El gobierno no sólo abrió una causa en su contra por la que podrían caberle hasta tres años de prisión, sino que ya anunció que van a retirarle sus distinciones por difamación.


La masacre de Jedwabne tuvo lugar poco después de que los nazis dieran la orden de producir pogroms locales en los territorios anexados. Al igual que otras localidades del este de Europa, Jedwabne cambió de manos varias veces durante la guerra y en todos los casos hubo purgas y contrapurgas. La matanza del 41 sucedió con los alemanes nuevamente en casa, aunque está documentado que quienes se ensuciaron las manos de odio voluntariamente fueron polacos.

 A partir de la investigación de Gross, el ex presidente Aleksander Kwaniewski ordenó una nueva investigación y pidió perdón públicamente a los familiares de las víctimas en 2001 en nombre del pueblo polaco. Hoy, en cambio, las autoridades de ese país -que responden al partido Ley y Justicia- se desdicen de los hechos y, según desde donde se lea, pretenden limpiar el nombre del país o reescribir la historia.

Acusaciones de autoritarismo, falta de respeto a la división de poderes, intentos de censura y cooptación de medios son cotidianas desde la oposición y desde otros países europeos en relación a quienes gobiernan Polonia desde 2015. El "affaire Gross" puso en evidencia muchas de estas polémicas. Dentro de esta promoción de una nueva lectura del pasado, la ONG Liga de Antidifamación Polaca apunta contra Gross en una campaña obscena en la que lo llaman "amenaza letal" contra el país. Un detalle que no es menor: según cuenta en un artículo de Tablet Anna Bikont -periodista y autora de The Crime and the Silence, otro libro sobre la masacre de Jedwabne-, entre los miembros prominentes de la Liga se encuentran el vicepremier y el ministro de Cultura del actual gobierno nacionalista y ultraconservador.


Las raíces del antisemitismo en Polonia, fogoneado incluso por autoridades de la Iglesia Católica a lo largo de los siglos, están documentadas y su fuerza ideológica, que aún puede advertirse, sólo admite ser reconocida y combatida. También está debidamente probado el nivel de resistencia de los polacos ante el avance del nazismo, su lucha contra los soviéticos y las acciones individuales de decenas de miles de polacos que ayudaron a judíos en los peores momentos de la guerra, arriesgando incluso sus vidas.
El nuevo gobierno polaco sólo pretende iluminar este costado de los libros de historia y barrer bajo la alfombra el resto, negando lo que el reconocido periodista y ensayista Adam Michnik llama la "contradicción polaca", esa paradoja por la cual los ciudadanos que enfrentaron como ningún otro pueblo a nazis y soviéticos debían a la vez confrontar con el prejuicio sombrío contra los judíos, las principales víctimas de los alemanes de Hitler. Como sabemos, la memoria histórica admite manipulaciones y el actual gobierno polaco, cuyos desvíos autoritarios y xenófobos le han valido preocupados llamados de atención por parte de la Unión Europea, no parece muy amigo de verdades dolorosas e inexcusables.

H. P.