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miércoles, 20 de diciembre de 2017

COLORES Y PREJUICIOS


Rojo pasión y verde esperanza: qué vemos cuando vemos los colores



En el invierno muy frío de 1961, cierta escuela parisina vivió un escándalo: a dos hermanas respetuosas y aplicadas se les prohibió la entrada al colegio. Iban de pantalones y, aunque se permitían en los días helados, el director consideró que ellas habían cruzado un límite intolerable. Los pantalones eran rojos. "¡Nada de rojo en un centro escolar de la república francesa!", era la consigna del ministerio de Educación en la década del 60: sin que nadie pudiera decir bien por qué, el rojo era un color peligroso y subversivo que remitía al fuego, la sangre, la violencia, la guerra, la falta y el pecado (¿ahora entienden lo que padecimos los niños pelirrojos?). Esta es apenas una de las decenas de anécdotas que aparecen en Los colores de nuestros recuerdos, el sensacional ensayo del historiador francés Michel Pastoureau que acaba de publicarse acá: más que la naturaleza, el pigmento, el ojo o el cerebro, la sociedad de cada época crea el significado de los colores.
"Definir el color no es un ejercicio fácil", escribe Pastoureau: "Cada cultura lo concibe y lo define según su entorno natural, su clima, su historia, sus conocimientos, sus tradiciones". ¿De dónde viene que el verde remita a la esperanza? ¿O el blanco a la pureza? En una mezcla de ensayo, libro de historia, manual de arte y anecdotario personal, el historiador especializado en colores, imágenes y símbolos analiza la semántica cromática en su intento por responder una pregunta negra: ¿la memoria transforma los colores a su antojo? "Entre nosotros y nuestros recuerdos se intercalan otros recuerdos, los nuestros y los que nos han contado", dice y aunque recordemos de nuestra infancia un conejo de peluche azul, un vestido rojo o una bicicleta amarilla cada memoria estará teñida por el significado que le demos a ese objeto.



Inspirado en el genial libro Me acuerdo, de Georges Perec, donde cada recuerdo banal toma la forma de una epifanía vital, Pastoureau abre el galpón de su memoria para mostrarnos el infinito universo de los colores y sus significados: en muchas tribus africanas, lo importante no era definir un color como azul o amarillo sino como húmedo o seco y liso o rugoso y en la Alta Edad Media los tonos se ponderaban según cuán contrarios eran al blanco (en el ajedrez, las piezas negras eran antiguamente rojas y ese, el color de la pasión, era el opuesto al de la pureza). La evocación de un color devuelve a la memoria un episodio, un rostro o un lugar olvidados. Y también: "Hay multitud de recuerdos visuales que no conservamos en tonos definidos, ni siquiera en blanco y negro, ni en blanco, negro y gris". Si es cierto que hacemos un intento inconsciente por colorear nuestro pasado, es probable que pintemos de verde un recuerdo feliz y de negro uno triste.
El historiador sabe bien que el pasado no es sólo lo que fue sino también lo que la memoria hace de él. El color del recuerdo depende de la mirada melancólica de aquel que observa. En el secreto de los ojos se esconde un enigma que planteó el mismísimo Goethe en su legendaria Teoría de los colores de hace doscientos años: "Un vestido rojo, ¿sigue siendo rojo cuando nadie lo mira?"


LISTAMANÍA
CINCO DATOS CURIOSOS SOBRE LOS COLORES
Blanco
Por siglos fue el único color admisible para la ropa interior por razones prácticas (al hervirla no decoloraba), higiénicas y morales: los colores vivos eran pecaminosos.
Azul
Es el más usado en la ropa formal: a principios del siglo XX reemplazó al negro en los uniformes, en un intento por suavizar la percepción de la autoridad.
Amarillo
El único color que Jorge Luis Borges distinguía pálidamente en su ceguera era el que atribuía a la luna (el escritor también decía que el sol era blanco).
Beige
Un tono ignorado hasta que apareció documentado por primera vez en la Europa del siglo XIII para calificar la lana natural, ni teñida ni blanqueada.
Negro
En la época feudal, el elegido por los artistas religiosos para pintar el pelaje de los animales que acompañaban al Diablo: de allí viene la tradición maldita del gato negro.

N. A.

viernes, 23 de diciembre de 2016

PREJUICIOS DE GÉNERO....HISTORIA DE VIDA



Tenía bellísimos ojos claros y un aire austero, como de quien vive al margen de la sustancia diaria del mundo. Su sueño había sido ser astrónoma, pero terminó siendo profesora de matemática. La mejor que pude tener.



Con ella, astronomía -sección más o menos marginal en la clase de cualquier otro docente- se convertía en viaje estelar. Días y días de inmersión en agujeros negros, sobrevuelo de planetas, disquisiciones sobre la inmensidad del cosmos. Era buena enseñando aritmética, pero si se trataba del universo resplandecía. Un año se ocupó -si mal no recuerdo, prácticamente sola- de organizar la mejor de las excursiones: escuela de noche, varios micros, alguna vianda y a la ruta, hacia el Observatorio Astronómico de La Plata. Desfile ante la enormidad del telescopio, ajuste de lentes, pasen y vean: Saturno y sus anillos, la Luna y sus cráteres, el infinito y más allá.


La recuerdo siempre sonriente. Incluso cuando nos confesaba que sí, desde luego, su sueño había sido estudiar astronomía. "Pero no es carrera para una mujer", decía, apacible. Y ella, estado civil soltera, profesora de matemática en una escuela secundaria, insistía en que no, que cómo estudiar astronomía si el casamiento y la familia y los hijos y el ser mujer.
Pensé en aquella profesora cuando vi Code: Debugging the Gender Gap, documental de Robin Hauser Reynolds que se exhibió durante el Anima Film Fest y al que tuve la oportunidad de volver en estos días. Allí aparece Helen Bradley, ingeniera en informática, vicepresidenta de NetApp y antigua estudiante del MIT. Bradley recuerda el día en que un profesor -quizá con la mejor de las intenciones- le dijo que por qué mejor no se iba a casa, que en el entorno masculino del MIT no iba a poder abrirse paso. Pero resultó que los aguerridos años 60 ya habían llegado a los Estados Unidos y a Bradley, que todavía no había salido de la adolescencia, no le dio ninguna gana seguir tan paternal consejo

 Al día de hoy es una de las pocas mujeres que ocupan lugares decisivos en la industria ligada a lo digital. Por eso su testimonio forma parte de la película de Hauser Reynolds, quien al filmarla se hizo la gran pregunta: ¿por qué casi no hay mujeres en el campo de la informática, en una época donde la matrícula universitaria femenina no para de crecer, y cuando ya está claramente demostrado que no hay un gen femenino o masculino que dictamine el gusto por la ciencia, las matemáticas o la tecnología?
Pioneras como Bradley y jóvenes programadoras recién ingresadas al universo de lo informático van desgranando sus experiencias frente a las cámaras. Y todas aluden al momento, más o menos conflictivo según las edades o la pertenencia social, en que alguien las miró raro y les dijo: "¿En serio vas a estudiar eso?" Porque quién te va a mirar si te convertís en una nerd, y cómo una mujer, sensible por naturaleza, va a sobrevivir en esa selva de hombres racionales y competitivos.


"Amenaza de estereotipos": entre los múltiples aspectos que explora el documental, el más gráfico es el que sintetiza esta frase. Según cuenta una de las entrevistadas -integrante de una familia donde padre, madre e hija se dedican a profesiones ligadas con lo tecnológico-, la expresión era una suerte de talismán ante cualquiera que osara cuestionar sus elecciones. Pero, más allá de la brecha de género al interior de la informática, el documental intenta alertar sobre una pérdida que atañe a toda la sociedad: la complejidad de nuestra época demanda más profesionales ligados a lo digital, y también mayor diversidad y riqueza de puntos de vista en los equipos que desarrollan esas tecnologías.
Le debo algunos de mis mejores recuerdos escolares a una profesora que renunció al mayor de sus deseos en nombre de lo que "una mujer debía ser". Lo que se perdió la astronomía.