Cuando la angustia impide discriminar la información que ayuda de aquella que aturde
Es necesario encontrar narrativas que privilegien una función esclarecedora
José Eduardo Abadi
La pandemia genera una sensación de vulnerabilidad que frecuentemente se busca conjurar mediante el acopio de datos; esto deja al individuo a merced del bombardeo mediático.
Sin duda, la información permanente se ha convertido en una protagonista fundamental de la vida cotidiana de la gente. Son innumerables los medios de todo tipo que nos informan. Esto implica una afirmación que merece ser pensada: la noticia sintetiza la vida que circula de un modo permanente y cambiante. Con el vértigo propio de la comunicación de esta cultura posmoderna, te incluye en el mundo; sin ella, la vivencia es que se permanece afuera y ajeno al mismo.
Las noticias, sobre todo la “última noticia”, deben estar en conocimiento de todos. Nadie se atreve a discutir esto. Esta idea se ha convertido, por lo tanto, en una verdad no cuestionada. Algo que podríamos llamar “verdad mediática” y que supone, de un modo consciente o latente, que uno está y debe estar al tanto de todo. La meta es ser dueño de un saber (sin precisiones o sutilezas, obvio) de todo lo que “importa” (lo que no importa no merece ser expresado y entonces no existe).
Esto supone, pensamiento mágico mediante, el cumplimiento de la fantasía omnipotente de controlar la realidad. Así, la incertidumbre inherente a nuestra condición de sujetos quedaría inhibida, lo mismo que la posibilidad de sorprendernos y, ante lo inédito, angustiarnos.
Por otro lado, “la noticia” no es el relato de lo que tuvo lugar, sino aquello que está ocurriendo “en vivo”, en este instante. La vivencia de inmediatez convierte a los espectadores en supuestos participantes, en parte del elenco de la situación en desarrollo, con el corolario de afectos y emociones que esto despierta. Todos están activos en ese gran escenario en que ha devenido el mundo.
Vivimos en una sociedad donde el riesgo, aliado de lo nuevo y por lo tanto de lo desconocido como apertura, así como el cambio y la innovación, son entendidos como potenciales amenazas. Los miedos imaginarios se resguardan en la falsa comodidad y alientan la resignación, disfrazada de tranquilidad. Por eso, la tan desprestigiada rutina adquiere en la pandemia una jerarquía inusitada. Muchos intentaban planear una rutina estricta y otros directamente la reclamaban para no quedar atrapados en la ansiedad. ¿Cuál es el “beneficio” que ella ofrece en este momento? Nada menos que saber, y entonces dominar, lo que sucederá. Un anhelo eterno e imposible.
Llegamos entonces a una de las claves para comprender la dimensión que tiene la información: supone adquirir poder. El que informa posee el poder; al informar, lo exhibe y despliega; y el informado lo recibe suponiéndose fortalecido.
¿Qué ocurre con todo esto en la pandemia? Exploremos la cantidad y calidad de las noticias, anuncios y reflexiones que observamos. La ansiedad, el sentimiento de soledad, la ausencia de futuro, el aislamiento, el escepticismo y la depresión empujan a la busca de “datos” que puedan resultar armas de protección.
Esa necesidad lleva muchas veces a no medir la calidad de la información que se recibe. Impera la fantasía de controlar lo que ocurre mediante los datos que circulan. La angustia, que apremia, impide al sujeto diferenciar y discriminar aquello que realmente aporta, calma y enriquece, de aquello que solo despierta más tensión y “aturde”. Se genera así un estímulo nocivo para la salud psíquica. Cantidad y calidad inadecuada, dañan; la pertinente, en cambio, alivia y enseña.
Pero cuando la emoción deja de ser sinérgica con la razón y la bloquea, predominan la confusión, la frustración y la desesperanza. Los miedos imaginarios despiertan los terrores infantiles y llevan a muchos a quedar imantados frente a radios y pantallas. Inconscientemente se busca así, al consumir toda información relativa a la enfermedad, devenir centinelas que mantienen lejos el contagio y la muerte (esto tiene que ver también con los insomnios y las pesadillas, que han crecido durante la pandemia).
A veces se le ha otorgado a noticias falsas, a presunciones no verificadas y a especulaciones supuestamente científicas una expectativa salvadora: idealizaciones que culminan en decepción, insatisfacción y enojo.
La responsabilidad por lo que se dice e informa es enorme. Las falacias o fake news no son inocuas y conducen a manejos psicopáticos que producen daños lamentables. La desesperación provoca una inestabilidad que puede tener derivaciones muy perjudiciales.
La angustia de muerte lleva paradojalmente a seguir con atención la cantidad de muertos en cualquier lugar del planeta.
Pero cuando la emoción deja de ser sinérgica con la razón y la bloquea, predominan la confusión, la frustración y la desesperanza. Los miedos imaginarios despiertan los terrores infantiles y llevan a muchos a quedar imantados frente a radios y pantallas. Inconscientemente se busca así, al consumir toda información relativa a la enfermedad, devenir centinelas que mantienen lejos el contagio y la muerte (esto tiene que ver también con los insomnios y las pesadillas, que han crecido durante la pandemia).
A veces se le ha otorgado a noticias falsas, a presunciones no verificadas y a especulaciones supuestamente científicas una expectativa salvadora: idealizaciones que culminan en decepción, insatisfacción y enojo.
La responsabilidad por lo que se dice e informa es enorme. Las falacias o fake news no son inocuas y conducen a manejos psicopáticos que producen daños lamentables. La desesperación provoca una inestabilidad que puede tener derivaciones muy perjudiciales.
La angustia de muerte lleva paradojalmente a seguir con atención la cantidad de muertos en cualquier lugar del planeta.
¿Qué se busca, inconscientemente? El alivio de no figurar en esa lista (¡bueno, estoy vivo!). Pero también aparece el miedo es ser parte de los próximos. Por lo tanto, la obsesión por esas estadísticas no es saludable, sino que potencia la ansiedad.
Es tan difícil como necesario encontrar narrativas que privilegien una función nutritiva, esclarecedora y didáctica. Que no queden atadas a tentaciones efectistas. Que apuesten al equilibrio, a la creatividad y a la soberana vocación de decir la verdad.
Cuando el informar-informarse logra, como muchas veces sucede, este objetivo, todos los protagonistas del diálogo y la comunicación se sienten acompañados. No mágicamente blindados, pero juntos, y por lo tanto más fuertes. Cuando lo que se comunica crea vínculo interpersonal y argumento, las palabras adquieren una empatía humanizante que hace de lo incompleto e imperfecto un motivo de solidaridad y crecimiento.
Psicoanalista, ensayista y dramaturgo
Es tan difícil como necesario encontrar narrativas que privilegien una función nutritiva, esclarecedora y didáctica. Que no queden atadas a tentaciones efectistas. Que apuesten al equilibrio, a la creatividad y a la soberana vocación de decir la verdad.
Cuando el informar-informarse logra, como muchas veces sucede, este objetivo, todos los protagonistas del diálogo y la comunicación se sienten acompañados. No mágicamente blindados, pero juntos, y por lo tanto más fuertes. Cuando lo que se comunica crea vínculo interpersonal y argumento, las palabras adquieren una empatía humanizante que hace de lo incompleto e imperfecto un motivo de solidaridad y crecimiento.
Psicoanalista, ensayista y dramaturgo
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA