Modos, grietas y fisuras que ordenan la dinámica política
La persistente confrontación fortalece los extremos en el peronismo y el antiperonismo, y redobla la presión sobre los sectores moderados
El autor es director del Centro RA de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires ,Luis Tonelli | Ilustración Alfredo Sábat
Cuando la política se fragmenta –y esto es lo que ha venido sucediendo en la Argentina desde 1983– es necesario que más políticos se tengan que poner de acuerdo. Por suerte, descubrimos algo que afortunadamente ya existía: las coaliciones.
Por el lado del peronismo, la cuestión se decidió dentro de su tradición movimientista, recurriendo al recurso un tanto gaseoso del Frente para juntar compañeros, algunos camaradas y algún que otro ucedeísta. En el “no peronismo”, con su prosapia institucional, se recurrió al artefacto típicamente coalicional: el de la “Alianza”, para después tornar hacia el más marketinero “Juntos”.
Ya desde el vamos hablamos de peronismo y no peronismo. Esos dos “modos” sempiternos de la política argentina heredados del siglo pasado y que, pese a toda el agua que ha pasado debajo del puente, siguen siendo los ordenadores de la política argentina. Lo que es lo mismo que decir que el voto por estas playas sigue determinado estructuralmente por variables sociodemográficas.
Estos dos modos no agotan la política argentina. Siempre hubo un tercer modo, una especie de cajón de sastre que reúne a los que no votarían ni a un peronista expreso ni a un no peronista manifiesto, si es posible votar por un tercero “independiente” de cierta relevancia. Sin embargo, esta tercera variante muestra, en última instancia, que los dos modos principales también determinan ese voto tercerista. En 2015, obligados a votar entre un candidato peronista (Daniel Scioli) o uno no peronista (Mauricio Macri) el 20% que había votado a Sergio Massa y forzado el ballottage terminó poniendo la boleta en la urna como lo indica el patrón sociodemográfico: los votantes provenientes de sectores más populares apoyaron al candidato peronista; los más acomodados, al representante no peronista.
Este tercer sector no es una Corea del Centro, como muchas veces se lo ha nombrado, sino un “norte” de Corea del Sur y un sur de Corea del Norte. Más aún, cuando Massa unió al Frente Renovador con el Frente de Todos, Alberto Fernández obtuvo en las PASO el mismo porcentaje de votos que Scioli en el ballottage (48%). La gran diferencia es que el sector peronista del Frente Renovador acompañó a Massa en esa aventura con el Frente de Todos.
Un dato adicional: los electores que habían votado a Felipe Solá para gobernar la provincia de Buenos Aires en 2015, dividiendo al peronismo y permitiendo, así, que María Eugenia Vidal venciera a Aníbal Fernández, votaron en bloque en 2019 a Axel Kicillof, siendo derrotada Vidal, pese a conseguir más votos que en 2015.
No hay nada escrito para que ese tercer sector no crezca y pueda colocar a su candidato entre los finalistas, pero hasta ahora eso no sucedió. Macri, quien inicialmente tenía afinidades peronistas, adoptó finalmente un perfil más antiperonista y lideró –y quiere liderar– ese “no peronismo”.
La política de los extremos
Que haya estos modos, sin embargo, no explica cómo se dan la dinámica política y la competencia electoral. No hay que confundir “modos” con “grieta”, que es una lógica que dirige la política hacia los extremos, que se sostienen, paradójicamente, por el nivel de rechazo de ambos. Nadie de un extremo votaría al otro extremo. Los enemigos de estos exponentes polarizados son los políticos de su propio modo que asumen una posición centrista.
La polarización ideológica –la grieta– no genera una polarización electoral: más bien, aliena a un centro que podría votar a una tercera opción (el Frente Renovador en 2015). Lo que genera polarización electoral es la convergencia de las dos fuerzas mayoritarias al centro, según lo postuló el maestro Giovanni Sartori. Y gana la fuerza que conquista el centro. Como siempre pasó en la Argentina, Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Néstor Kirchner, Cristina Kirchner, Macri y Alberto Fernández. La expresidenta, representante excluyente de uno de los polos y sabiendo que no le alcanzaba para ganar, entronizó al “profesor de la UBA” y actual Presidente, quien permitió la incorporación del moderado Massa y conquistó el centro, en primera vuelta.
Tenemos “modos”, “grieta” en los extremos de ambas posiciones principales y “fisuras” dentro de los modos. Los contrincantes de los polos no son los unos contra los otros, sino sus propios socios políticos. Estas tensiones internas (fisuras) han marcado la dinámica del gobierno de Fernández, bloqueado por las divergencias internas y condenado a “no gobernar, para sobrevivir”. Cualquier política importante concreta, hubiera enervado al sector posicionado en contra de ella. Como pasó con el acuerdo con el FMI.
Bullying a los moderados
La estrategia de los extremos es hacerle bullying a los moderados de su modo, con el apoyo de las minorías intensas, que protagonizan el espectáculo de la política (incluso atrayendo la atención de los moderados). Pero eso no significa que eso se traduzca en apoyo electoral.
La cuestión se complica cuando aparecen dentro de los modos, verbigracia, el no peronismo, las fisuras de las fisuras: no solo compiten los extremos contra los moderados, sino también al interior de los extremos y al interior de los moderados. Esto se exacerba en Juntos por el Cambio, por la impresión generalizada de que el peronismo tiene el boleto picado. Aunque en la política, como el fútbol, hay que ser humildes en las predicciones y soberbios con el diario del lunes.
Todo este escenario ha llevado a una parálisis gubernamental, en medio de una crisis que no ha sido aguda porque se ha tornado crónica. Los problemas son estructurales y demandan acuerdos sólidos sobre análisis profundos, cosa que simplifica la dinámica polarizada que consiste en insultar al otro del modo más ingenioso posible.
En el peronismo hay ruidos sordos en relación con las candidaturas, pero operaciones que no han tenido suficiente delicadeza ya presentan a Massa como candidato. También apareció la fórmula Juan Schiaretti-Juan Manuel Urtubey, que si llega a buen término y va por afuera puede restarle votos al candidato del Frente de Todos. Recién comienza la carrera, pero la elección de un candidato centrista sigue la lógica que llevó al Frente de Todos a la victoria, aunque esta vez navega un Titanic que no se hunde porque esta varado.
La respuesta de la oposición ha sido presentar a estos moderados como lobos con piel de cordero, con los opositores asumiendo el papel de lobos. La fisura entre el polo extremo y el larretismo centrista es, así, cada vez más grande. Pero la oposición debe recordar la máxima electoral más importante: “Modo que se fragmenta, pierde”.
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