Mostrando las entradas con la etiqueta SERES NO HUMANOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta SERES NO HUMANOS. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de julio de 2017

SOMOS HUMANOS IMPERFECTOS... ¿A QUÉ CLASE DE SOCIEDAD NOS LLEVA ÉSTO?





Consideramos la mente humana como algo maravilloso. Y en verdad hace cosas increíbles: es capaz de concebir una sinfonía como la Novena de Beethoven, la Teoría de la Relatividad, la jugada del gol a los ingleses. Pero también falla. Falla de manera sistemática y en aspectos que no son menores para nuestra vida. Un caso muy claro es el de las ilusiones ópticas: nos muestran una imagen de líneas que son iguales pero, por alguna razón, nuestra mente ve a una de ellas más larga que la otra. Nos explican que son iguales, nos las miden, nos cuentan por qué las vemos de diferente longitud. Luego de todo eso volvemos a observar. y vemos una más larga que la otra.
En el marco de nuestro cerebro, la memoria es el proceso de guardar información que luego podamos recuperar. La capacidad de recordar es una función fundamental: sería imposible construir cultura sin ella. A primera vista podemos ya darnos cuenta de cuán raro es el funcionamiento de este sistema en el cerebro humano: podemos reconocer a un compañero de primaria a quien no vemos hace veinte años y olvidar dónde apoyamos las llaves, hace apenas diez minutos. No nos olvidamos de cómo andar en bicicleta, aunque lo hayamos aprendido de pequeños y no hayamos vuelto a practicar, pero nos hacen una interrupción breve cuando estamos hablando y no somos capaces de retomar el hilo.


Quizás el déficit más notorio sea nuestra relativa lentitud: en el mismo tiempo que a nuestro cerebro le toma responder a la pregunta de cuánto es 2 más 2, el procesador con el que cuenta el celular que está ahora en tu bolsillo puede hacer varios millones de cuentas más complejas. Por estas razones, nuestra mente es, a la vez, maravillosa y profundamente mejorable.
Hasta hoy, la idea de poder perfeccionar el funcionamiento de nuestro intelecto sonaba a premisa de una mala película de ciencia ficción. Sin embargo, hace unas pocas semanas el más brillante emprendedor actual, Elon Musk, fundador de Tesla y SpaceX, anunció la creación de una nueva empresa llamada Neuralink que se propone hacer precisamente esto. Para ello, aspira a crear una red de electrodos que puedan implantarse en nuestro cerebro y nos permitan conectarnos con altísima velocidad a computadoras, redes u otros cerebros.


El objetivo es poder agregar a nuestra mente funcionalidades y capacidades como las que disponen los ordenadores, mejorando nuestra memoria, conectándonos a internet directamente desde nuestra biología, dándonos acceso a un volumen casi ilimitado de información y permitiéndonos computar mucho más velozmente, entre otras habilidades asombrosas. Esta tecnología permitirá también una comunicación entre seres humanos enormemente más fluida de la que es posible hoy, donde un individuo debe codificar un mensaje en palabras, otro individuo debe leerlo u oírlo, y finalmente decodificarlo, en un proceso que además de ser lento produce innumerables malos entendidos.


La idea resulta algo perturbadora. Después de todo, esas fallas tan idiosincráticas nos hacen ser quienes somos. La idea de integrar tecnología en nuestra mente, más allá de darnos capacidades extra, quizá cambie de manera radical la experiencia de ser humanos. Si estás pensando que seguramente falte mucho para que algo así suceda, parece que no tanto. Ya es momento de prepararse, dado que Musk espera tener un primer producto de este tipo en unos 8 a 10 años.
Como dijo alguna vez el futurólogo Arthur C. Clarke: "Cualquier tecnología suficientemente avanzada resulta indistinguible de la magia".

S. B. 

domingo, 24 de abril de 2016

NUESTROS AMADOS SERES NO HUMANOS


Tienen, en general, cuatro patas mientras nosotros andamos en dos piernas. Donde tenemos narices, ellos muestran hocicos. Nuestra piel va desnuda, en tanto sus cuerpos están cubiertos de pelos. Carecen de dedo pulgar, herramienta evolutiva esencial y salto cuántico en la posibilidad de construir artefactos y usarlos. No hablan ni cuentan con gramática; maúllan, ladran, relinchan, gruñen. La corteza cerebral ocupa una buena porción de nuestro cerebro y nos permite reflexionar, intuir, calcular, operar matemáticamente, imaginar, deducir y percibir la propia individualidad; la de ellos es pequeña y apenas aplicable al ejercicio de la inteligencia práctica. Aun así establecemos con nuestras mascotas relaciones de empatía, afecto y comprensión. Llegamos a entendernos, a cooperar, a percibir los sentimientos del otro e incluso a anticiparnos a ellas. Nos reconocemos en la distancia y en la multitud demostrándonos cariño mutuo.


En la relación con los animales se manifiesta a menudo una capacidad de aceptar e integrar lo diferente y diverso que a veces cuesta encontrar en el vínculo entre personas. Quizás ellos existan para que no se nos atraganten para siempre, hasta intoxicarnos, esos sentimientos, esa predisposición, esa vocación de servicio, esa capacidad de resignar en favor del otro que suelen verse obstruidas, desvirtuadas y hasta reprimidas en las relaciones humanas. Una mascota en la vida de un chico le enseña a cuidar, a entender, a comunicarse, a empatizar. Es verdad. Pero también los adultos aprendemos y ejercitamos estos atributos con quienes San Francisco llamó nuestros hermanos menores.
Los humanos somos los únicos seres morales, porque, fruto de la conciencia y la razón, sabemos qué es bueno y malo en relación con la vida (esto es la moral) y en función de esos principios elegimos cómo actuar, sea al margen de ellos o alineados con los mismos (depende de la ética de cada quien). Esa condición moral no nos hace superiores (aunque a menudo actuemos como si lo fuéramos), sino que nos exige responsabilidad. Somos solo una de las especies que habita el planeta, recuerda el filósofo James Rachels (1941-2003) en su valiosa Introducción a la filosofía moral, y afectamos a otras con nuestras acciones y decisiones. A diferencia de esas especies, sabemos lo que hacemos. Por lo tanto, dice Rachels, nuestra comunidad moral debe ampliarse hasta incluir a los animales. Son vidas (hay quienes sostienen que son almas), valen como tales y merecen respeto y atención a sus necesidades. Los animales que criamos entran en la esfera de las cuestiones morales, apunta Rachels. Aun sin pensarlo tanto, basta con advertir nuestra preocupación ante su enfermedad, nuestra voluntad de atenderlos y el profundo dolor que nos produce el final de sus vidas para advertir que llevamos este conocimiento en el inconsciente colectivo.
Tenemos deberes hacia ellos, pero no son recíprocos. Al no ser morales, los animales no deben actuar de acuerdo con ciertos valores. Según la filósofa inglesa Mary Warnock en Guía ética para personas inteligentes, violar los derechos de otro ser humano es injusticia, mientras maltratar a un animal es crueldad. Respetarlos es tan obligatorio moralmente como respetar a otra persona. Recibimos el mundo y la naturaleza en concepto de depósito y tendremos que dar cuenta de cómo los tratamos. Quizás porque lo sabemos es que establecemos con estos hermanitos vínculos tan hermosos.
Así es que dedico esta columna a Luana, la Beagle que durante 14 años presenció, acompañó y embelleció nuestras vidas hasta que murió.Y a Fixin un gato callejero que me adoptó hace 15 años Gracias Luana y Fixin. Ambos descansan bajo un enorme y bello árbol en la casa del mar.
E. M Y S. V