Mostrando las entradas con la etiqueta SILENCIO. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta SILENCIO. Mostrar todas las entradas

sábado, 2 de diciembre de 2017

AUTOLESIONES....GRITOS MUDOS DE ANGUSTIA


Llamémosla Marina, por preservar su intimidad. Tiene 15 años, es buena alumna, adora la música. Viste como visten las chicas de su edad: entre el desparpajo y el juego, entre la moda de no estar a la moda y el descubrimiento de sí misma. Lleva siempre, no importa el tiempo que haga, mangas largas. Las luce con gracia. Con elástica displicencia, como si nada. Como si nadie fuera a preguntarle, nunca, qué son las cicatrices que esconde con géneros más o menos gruesos según el momento del año.


Por razones difíciles de entender, Marina se lastima a sí misma. En la intimidad de su cuarto, toma objetos punzantes y traza pequeños surcos sobre la piel. No son piercings, ni tatuajes, ni nada ligado con la estética o la provocación. Son señales; mapas de un dolor que no puede encontrar palabras.
Como bien saben psicopedagogos, docentes y otros profesionales habituados a tratar con adolescentes, los casos de chicos y chicas que se autolesionan son más frecuentes de lo uno podría suponer. En cuanto a Marina, tampoco es la única que lo hace en su familia.

Camila, su prima, mujer hecha y derecha, profesional y a todas luces exitosa, me confió su mayor secreto: cuando la presión la desborda -una angustia sin nombre que amenaza desgarrarla por dentro- se encierra donde sea y se muerde los nudillos, antebrazos, extremos de la mano. A diferencia de su sobrina, algo puede explicar de esos arrebatos: "Si no lo hiciera, terminaría gritando. Pero gritando tanto...", asegura. Nombra lo que, supone, la arrasa: estrés. El momento en que el barómetro del día a día entra en zona roja y algo dentro de sí vocifera que ya no puede más.
"Cosas de la edad", me cuenta que desdramatizó el padre de Marina al descubrir los brazos lastimados de la adolescente. "Cosas de la edad", ironiza con algo de amargura Camila, mientras se toma el ansiolítico de turno. "Privatización del estrés", pienso yo, recordando la idea que trabaja el británico Mark Fisher en su libro Realismo capitalista. Además de escritor, crítico y colaborar de medios como Sight & Sound, Fisher -fallecido a principios de este año- daba clases en escuelas secundarias de su país. Y observaba, pasmado, los elevados índices de depresión entre un alumnado del que podían esperarse muchas reacciones menos apatía. 

Entre otras cosas, en su libro toma nota de la carrada de psicofármacos que marcan la vida de jóvenes y adultos occidentales, desesperados por encontrar la pastilla que les permita dormir, o los serene, o les facilite mayor concentración. Y concluye que, con todas sus variantes, de lo único que hablan estos cuadros es de un enorme sufrimiento psíquico. Sufrimiento cuyo origen no habría que buscar exclusivamente en el recorrido personal de cada quien, sino en los rasgos de toda una época. "Las causas sociales y políticas del estrés quedan de lado, mientras que, inversamente, el descontento se individualiza e interioriza", escribió, señalando lo que otros denominan "la sociedad del cansancio" o la de la "hiperindividualidad". Porque, si todo depende pura y exclusivamente de uno mismo, y desde esa soledad, hay que ser brillantes, innovadores, activos en redes, dueños de múltiples talentos, productivos, flexibles, solventes, acaparadores de likes y promotores de continuos éxitos laborales... en algún momento la maquinaria chirria y algo en la psiquis colapsa. Se quema. Burn out.


Curiosa especie, la nuestra. De un lado del mundo, un grupo de personas masacra a centenares de semejantes básicamente a causa de una leve diferencia en la interpretación del libro sagrado que todos, víctimas y victimarios, leen. Del otro lado del planeta, entre sofisticaciones y razones varias, una población de hámsteres gustosos compite por quién gira más rápido en la interminable rueda cotidiana. Algunos, a veces, gritan. Escucharlos sería un modo de paliar el absurdo.

D. F. I.

domingo, 18 de diciembre de 2016

NO HAY MEJOR IDIOTA QUE EL QUE SE HACE


Cuando saber es una obligación
No lo sabía, dice el arzobispo de Mendoza. No lo sabíamos, repite su vocero. No lo sabíamos, dicen en la Dirección General de Escuelas, en Salud, en Desarrollo Social, en la Justicia. No lo sabíamos, empiezan también a decir en La Plata, desde que se informó que Nicola Corradi, uno de los curas detenidos ahora en Mendoza por abusos sexuales contra los alumnos del Instituto Próvolo para chicos sordos, había recalado primero en la sede platense del establecimiento, adonde llegó desde Italia después de un escándalo por pederastia. Él y su cómplice en Mendoza, el también sacerdote Horacio Corbacho, se habían desempeñado antes en La Plata, y a juzgar por las denuncias que está recibiendo la fiscalía de esa ciudad, también allí, antes de ser trasladados a Mendoza, habrían cometido delitos.


No lo sabíamos, no lo sabíamos, no lo sabíamos, se escucha.
¿Alcanza con decir eso? Cuando se tienen semejantes lugares de responsabilidad, ¿saber no es una obligación?
Desde que la Justicia detuvo a dos sacerdotes y tres empleados de ese establecimiento mendocino, en el arzobispado y en los distintos niveles del estado provincial con responsabilidades sobre lo ocurrido, todos empezaron a hacen público su compromiso en averiguar qué fue lo que falló. Algo parecido se escucha desde La Plata y se puede leer entre líneas en el comunicado de la Conferencia Episcopal Argentina, que anteayer reaccionó ante el escándalo con una serie de medidas largamente esperadas que prometen ajustar clavijas internas para poner orden.
Haremos una investigación, un sumario interno, una auditoría, haremos nuevos protocolos, nuevas guías de acción, se escucha en todas las oficinas ahora, después de tanto tiempo con el problema silenciado.



Ojalá. Ojalá cale hondo la vergüenza. Ojalá que el sentimiento de culpa que hoy arrasa el ánimo de tantos padres estafados se traslade de las casas a los escritorios de los clérigos y los funcionarios. Ojalá la pesadumbre que se percibe en algunos despachos -junto con la a veces indisimulable ansiedad por sacarse la papa caliente de encima- logre superar la mordaza de los lazos corporativos.


Que la justicia de Mendoza no proteja a la fiscal que hace ocho años recibió la denuncia de una mamá del Próvolo y en un año y medio no había citado a ninguna víctima a declarar. Que la Dirección General de Escuelas se atreva a revisar el trabajo de los docentes, directivos e inspectores que no vieron ni escucharon nada. Que los responsables de Salud y Desarrollo Social de la provincia analicen en serio dónde falló el procedimiento que debería haber evitado lo que pasó. Que las autoridades eclesiásticas de La Plata expliquen cómo es que no tenían información. Ojalá que Bergoglio, además de grabar un mensaje navideño para niños sordos, justo en este momento, pueda asegurarles que nunca más van a estar en peligro cuando sus padres los confíen al cuidado de un sacerdote.
Ojalá que la Iglesia pase de una vez por todas de la retórica a los actos y termine con la estrategia del traslado que protege y encubre a sus sacerdotes acusados.
O mejor: ojalá que la sociedad argentina empiece a exigir ante sus representantes que los delitos cometidos por miembros del clero sean siempre investigados por la justicia ordinaria, que no exista la opción de ampararse en el derecho canónico, con procedimientos internos y opacos, o en tribunales eclesiásticos, muy lejos de la igualdad ante la ley.

C. A. 

domingo, 13 de noviembre de 2016

EL SILENCIO


Amo el silencio. Desde que recuerdo, desde niño, he dedicado muchas horas a estudiarlo. Quiero decir, a escucharlo. He descubierto que adopta mil formas y que es en realidad muy difícil encontrar siquiera un instante de verdadero, absoluto silencio. Sería ése, tal vez, un hallazgo aterrador.



A los veintipocos leí la novela El silenciero, que de inmediato se convirtió en una de mis favoritas. Me crucé varias veces con Antonio Di Benedetto en los pasillos , en los últimos años de su vida, pero nunca me atreví a decirle cuánto me había identificado con ese libro suyo. Ignoro si fue timidez o si me pareció más adecuado, en ese caso, guardar silencio y ofrecerle una sonrisa de admiración y gratitud.

No es ausencia de sonido. Ni es presencia de sonido. El silencio tiene su propia sustancia aterciopelada, y existe sólo en la medida en que escuchemos bien lejos y bien hondo. Es, pues, una paradoja.



Inevitablemente, la madrugada es el hábitat de los cazadores del silencio. Durante años me acosté muy tarde, práctica para nada inusual entre los que trabajamos en matutinos, y así, en mi cama, sumido en la calma del barrio, oía cómo la inmensa Buenos Aires se ponía en marcha. El levísimo rumor -tejido de pasos y motores y trenes y voces y barcos y sirenas- crecía palpable, pero informe, como el desperezarse de un leviatán, y ese murmullo creciente me arrullaba hasta que me dormía. Ocurría cada día, exactamente a las mismas horas. Cada día, excepto los domingos y feriados.


Hubo una mañana, sin embargo, en que noté que la ciudad no se despertaba. Desde mi cama, vi, a través de las persianas del antiguo caserón, que empezaba a clarear. Hacía rato que Buenos Aires tendría que haberse dejado oír. Salí al patio. Presté atención. Nada. Detrás de los escandalosos gorriones y de algún ladrido remoto no había nada. Fue un lunes o un miércoles o un jueves, pero sonaba como un domingo. Cuando entendí lo que pasaba, di un paso atrás, espantado. Era 2002 y atravesábamos lo más oscuro de la crisis que se había iniciado el año anterior. No era silencio. Era estado de coma.
Hace poco me mudé lejos de la ciudad. Verifiqué entonces una antigua sospecha. El silencio, como el tiempo, es relativo. En el aparentemente callado barrio porteño, el zumbido de las computadoras en mi estudio no llegaba a oírse. En mi nueva casa parece ensordecedor.
Fascinado, dediqué muchas horas a descifrar esta nueva clase de silencio, más profundo, hasta cierto punto insondable, pero de ninguna manera despoblado. Existe un sinnúmero de equívocos al respecto. Es cierto, en el campo hay menos ruido que en la ciudad. Pero ese silencio es más amplio y más puro. Es también sinfónico. En primavera, el orfeón monumental de las ranas arranca al crepúsculo. El croar lo impregna todo, sin fisuras, como una metáfora de la vida, y su tenacidad revela la dimensión cósmica de ese silencio.


En algún momento, hacia la medianoche, se produce una tregua. No dura mucho. Aquí y allá los teros persiguen sus recelos y, en el agua, chapotean coipos y peces. A eso de las 4, el zorzal se pone a deletrear su frase milenaria, una que los insomnes conocemos de memoria. Llenará el aire con su llamado insolente hasta las primeras luces, cuando el resto de los volátiles sumen sus voces de variedad incontable. Me imagino a veces que ese gran canto es como una ola mansa que recorre el planeta acompañando desde siempre la línea del amanecer.


En verano, a la hora del bochorno, antes de que lleguen las cigarras, cuando todo parece quieto y los gatos y los perros duermen sus siestas envidiables, me quedo inmóvil, casi sin respirar, cierro los ojos y trato de oírlo, de oír el silencio. Sé que está ahí, en alguna parte, en todas partes, detrás de los suspiros pausados y de la tenue brisa de las casuarinas, pero se me escapa. Descubro entonces, una vez más, por qué me atrae tanto. Porque -lo vio claro Yeats- el hombre ama y ama lo que desaparece.

A. T.