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jueves, 11 de enero de 2018

PENSAMIENTOS COMPLEJOS


Pan y queso versus blockchain: el problema de validar lo complejo
Que la definición de los partidos del Mundial se haga con un bolillero y no con algoritmos, o que haya cuestiones que se dirimen con una moneda, son temas atados a la credibilidad social
Walter Sosa Escudero







Muchos recuerdan los mecanismos aleatorios de la infancia barrial habitualmente utilizados para dirimir cuestiones lúdicas: el famoso "piedra, papel o tijera", el "ta ,te, tí, suerte para tí", el más interactivo "avión japonés", o el "pan y queso", esa entrañable versión urbana del duelo criollo.
Llama la atención que, a diferencia del acné y ciertos gustos musicales, el paso del tiempo y la avasallante evolución de la tecnología en las últimas décadas no logren desterrar estas prácticas simples, tanto en el barrio como en la sociedad toda. Y así es que en épocas de blockchain, en el fútbol profesional se sigue tirando una moneda para decidir cuestiones relevantes (como de qué lado empieza jugando un equipo) o, más recientemente, se apela a un aparatoso sistema de pelotitas con papeles adentro para armar el fixture del mundial de fútbol, como millones de ansiosos fans de todo el mundo hemos visto recientemente por televisión.
Ciertamente, parte de la explicación de la persistencia de estas aparentemente elementales prácticas, tiene que ver con el rito. Esa especie de sucesión de "pasos de comedia" que esperamos que anteceda a un evento importante, amén de la posibilidad de generar jugosas ganancias, como en el caso de la televisación del sorteo del Mundial.
Pero la explicación más relevante tiene que ver con la complejidad implícita de lograr acuerdos sociales, en términos de transparencia y comunicabilidad.
Obviamente que en lo que se refiere a garantizar la aleatoriedad, hace muchos años que la tecnología puede reemplazar a la mayoría de los mecanismos sencillos antes mencionados. Cualquier teléfono celular tiene una calculadora que puede generar números al azar y así, reemplazar el lanzamiento de una moneda. El punto es que más allá de ciertas disquisiciones filosóficas sobre la mera existencia de lo aleatorio, cualquiera entiende la naturaleza azarosa -y, por ende, justa y transparente- de revolear una moneda al aire y atraparla. Por el contrario, la generación de números al azar a través de un algoritmo (como los que utiliza cualquier calculadora portátil o de un celular) es un problema exhaustivamente estudiado en matemática y computación, pero de compleja comprensión para el lego y, entonces, sospechoso para el conspirativo.
Imagínese el lector el aluvión de cuestionamientos que provocaría que en un partido de fútbol profesional se reemplace el lanzamiento de una moneda por un clic en el celular del árbitro, máxime a la luz de la polémica generada por la implementación reciente del sistema de videoarbitraje VAR.
Las cuestiones de cómo la tecnología interactúa con la transparencia, la comunicabilidad y la confiabilidad, van mucho más allá de la resolución de disputas lúdicas o deportivas y afectan al corazón de las cuestiones sociales y económicas.
A muchos les llama la atención que las voces más cautas en relación al voto electrónico, provengan del mismísimo corazón de la informática y la tecnología, como quien sospecha de ciertos embutidos porque sabe cómo se fabrican. Por arcaica que parezca, la "tecnología social" de sobres, boletas impresas, urnas, fiscales, listas, telegramas y conteos provee ciertas garantías éticas y funcionales que lo más avanzado de la electrónica no parece ofrecer. Lo que aún en épocas de nanotecnología y exponencialidad sostiene al sistema de voto con boletas, es exactamente lo mismo que valida el uso de moneditas en cotejos internacionales de fútbol y de rimas simpáticas en la niñez: una percepción social de transparencia y legitimidad. Eso no habla del atraso de la tecnología ni de la resistencia al cambio, sino de lo complejas que son las cuestiones sociales.
Naturalmente, se trata de una cuestión de grado: ninguna tecnología es infalible ni ajena a cuestionamientos éticos. Y así es como, luego de cada elección, se escucha hablar de listas fraguadas o de boletas duplicadas, tanto como de la anécdota de las "bolillas calientes" en el sorteo del Mundial, que supuestamente indicaban al encargado de sacarlas cuál debía elegir, tan sólo apelando al tacto.
Es sólo en términos relativos que un sistema de bolitas y celebridades parece ser más transparente que uno que apele a los más recientes avances tecnológicos. Imagine el lector el escándalo mayúsculo que ocurriría si la ceremonia del sorteo del Mundial se limitase a ver cómo un oscuro jerarca de la FIFA hace aparecer el fixture en una pantalla presionando un botón que activa un algoritmo, por más matemáticamente sofisticado que este sea.
Varias cuestiones económicas están sujetas a la misma tensión entre los avances de la tecnología y las delicadas cuestiones de transparencia y comunicabilidad. En la Argentina, como en la mayoría de los países, la medición de la pobreza se realiza con un método de conteo, es decir, contando a los hogares cuyos ingresos son inferiores a un umbral (la "línea de pobreza"). De este enfoque es que salen cifras como "el 30,5% de los hogares argentinos es pobre". Este sistema de conteo es relativamente simple de computar y, fundamentalmente, de comunicar y validar socialmente.
Una fuerte crítica a esta metodología es que sólo distingue entre estar debajo o sobre la línea de pobreza, y nada más.
A modo de ejemplo, si el ingreso de todos los pobres cayera abruptamente pero no el del resto de la población, la tasa de pobreza por el método de conteo permanecería inalterada (la cantidad de pobres no aumentó), aun cuando resulte obvio que el bienestar ha caído (los pobres se han vuelto más pobres).
Existen métodos estadísticos que permiten sortear esta cuestión. Por ejemplo, el "enfoque de profundidad" mide no sólo si un hogar está por debajo de la línea, sino también cuán debajo está. Pero el cómputo de una tasa de pobreza resultante de este método requiere una sofisticación técnica simple para el especialista, pero compleja y de difícil comunicación para el ciudadano común. Nuevamente, no es ni la tecnología ni la estadística lo que en tiempos de big data prioriza una cifra sencilla, como la tasa de pobreza por conteo, sino la simplicidad comunicacional que ella conlleva y la consecuente promesa de transparencia. Sobre la relevancia de esta cuestión, no es necesario sugerir el peligroso "cóctel de credibilidad" que resultaría de alimentar oscuros algoritmos con datos sospechosos, a la luz de las cuestiones que afectaron a la credibilidad de las estadísticas oficiales de pobreza.
Tal vez no falte mucho tiempo para la llegada del voto electrónico, para medir la pobreza con algoritmos y datos chupados de Internet, para que los niños decidan la conformación de equipos con un clic en sus celulares, o para que el comienzo de un partido se dirima "revoleando un bitcoin" como jocosamente sugirió alguien en las redes sociales. Lo que explica el rezago es que en relación a esta problemática sucede algo parecido a lo que pasa con la velocidad de la luz, que impone un límite superior al resto de las velocidades: en lo que se refiere a la construcción de acuerdos sociales, la tecnología no puede avanzar más rápido que la tasa a la cual la sociedad entera puede garantizar su comprensión y transparencia.

Profesor de la Udesa e investigador del Conicet

miércoles, 27 de abril de 2016

LAS LOCAS MEZCLAS DE WALTER SOSA ESCUDERO


"Todo tiene que ver con todo", repetía Pancho Ibáñez, el conocido locutor televisivo. Frase que la economía parece haberse tomado a pecho en los últimos años, a la luz del fenómeno Freakonomics liderado por Steve Levitt y sus populares libros, en los que muestra que la "ciencia sombría" parece no haber dejado títere con cabeza. Así, luchadores de sumo, narcotraficantes, miembros del Ku Klux Klan, prostitutas y arqueros de fútbol son escrutados con las técnicas que otrora se usaban para dar cuenta de la causa de la riqueza de las naciones, como en el libro seminal de Adam Smith.


Y en esta discepoliana "mezcla misteriosa de sabiondos y suicidas" el rock no se iba a quedar afuera. La mayoría de los nexos entre el rock y la economía son triviales, a la luz de los efectos negativos de la economía cotidiana y de la naturaleza quejosa y locuaz de los rockeros. Por ejemplo, cuando allá por los sesenta los Rolling Stones gritaban "¡no puedo conseguir satisfacción!" no decían algo muy distinto de quien se da de bruces contra su restricción presupuestaria y no llega a fin de mes.
Cualquier rockero que se precie de tal y que se haya hecho cargo de eso de "si se pone de pie para señalar algo que está mal pero no pide sangre para remediarlo" -como pontificaba Pete Townshend, el mítico líder de The Who- a la larga se ocupó de la economía, conscientemente o no. Y las referencias van desde el "Money", de Pink Floyd, y su comienzo alienante de sonidos de cajas registradoras, hasta "Electioneering", de Radiohead, y su mención a la "economía vudú" de los vaivenes económicos en épocas de elecciones, que tan cerca nos pasa a los argentinos, económica y fonéticamente, en alusión solapada a nuestro ex vicepresidente y aficionado al rock Amado Boudou.


En la misma línea, el mago de la guitarra, BB King, cantaba el "Blues de la inflación", una suerte de carta abierta a su presidente en donde le pide que "haga algo con el precio del azúcar, porque el café me gusta dulce". Bob Dylan, el poeta de una generación, en "Slow Train" -una larga y críptica diatriba en contra de los Estados Unidos- pone nerviosos a los economistas cuando dice "¡no me importa la economía!", tranquilizándolos un poco cuando en la misma canción arremete contra la física ("¡no me importa la astronomía!"), porque mal de muchos, consuelo de todos.
Así como parece existir un episodio de Seinfeld para ilustrar cualquier aspecto de la vida cotidiana, el rock provee un escenario fértil para la enseñanza de la economía. Este es el desafío que aceptaron el profesor Joshua Hall y sus colaboradores, quienes escribieron una completa guía llamada De Abba a Zeppelin: recursos para enseñar economía, una detallada documentación de cómo el cancionero del rock puede servir para motivar y ejemplificar la mayoría de los conceptos económicos básicos.
En una línea similar, el profesor Simon Bowmaker, de la Universidad de Nueva York, dicta una asignatura llamada "La economía del sexo, las drogas y el rock and roll", que pone los pelos de punta a los tradicionalistas que insisten con el libro de Samuelson y las curvas de oferta y demanda, y a cualquiera que acuse a la economía de ser una disciplina imperialista, al prometer en su programa que "la economía puede ayudar a entender cualquier aspecto del comportamiento humano".


En los ejemplos anteriores es el rock el que se ocupa de la economía. Pero así como hacen falta dos para bailar el tango, muchas veces es la propia economía la que se ocupa de "la música del demonio", tal como la caracterizaba el reverendo Jimmy Snow en sus sermones de la época de Elvis y Bill Haley.
El espíritu meterete e iconoclasta (¿rockero?) de la profesión hace que ante la frase "sobre gustos no hay nada escrito", los economistas sientan un deseo irrefrenable de correr a la computadora y abrir el Word. Y es posiblemente en este sentido que Robert Oxoby, de la Universidad de Calgary, utilizó técnicas experimentales para meter la cuchara de la economía en uno de los "River-Boca" del rock and roll: ¿quién fue el mejor cantante de AC/DC, el finado Bon Scott o su reemplazante, el ex camionero Brian Johnson? La gélida balanza de la ciencia social se inclina por Johnson, para espanto de aproximadamente la mitad de los fans de la icónica y argentinizada banda de hard rock.
Y continuando con la versión dura del rock, los economistas Richard Florida y Charlotta Mellander encuentran que la cantidad de bandas de heavy metal de un país correlaciona positivamente con su bienestar económico. Tentados a derivar inferencias causales a partir de una burda correlación, los aficionados al rock apoyaríamos enfáticamente una drástica reforma educativa que fomente programas como el de Escuela de rock, la entrañable película protagonizada por Jack Black, y también resolver el problema de la sequía repartiendo paraguas, ¿o acaso no es cierto que siempre que la gente anda con paraguas llueve, tanto como que el heavy metal mejora el bienestar? Estos ejemplos muestran que, contra lo que todos creen, sobre gustos hay mucho escrito, pasa que nadie lo lee.
Pero quizá la madre de todos los vínculos entre el rock y la economía sea el hecho de que el más famoso de los economistas es un rockero emblemático. Avenidos a la conveniente definición de que economista es cualquiera que haya estudiado economía, Mick Jagger se convierte en el abanderado rockero de la ciencia de Marx y Smith, habiéndose formado en la prestigiosa London School of Economics, la misma escuela que tuvo en sus claustros a Martín Lousteau, ex ministro y actual embajador argentino en los Estados Unidos.
Como todos sabemos, en algún momento Jagger prefirió el camino del rock, sobre lo cual su tutor, Walter Stern, escribió en un reporte: "El Sr. Jagger me informó hoy que va a abandonar la facultad para formar una banda de rock. Le advertí que no había mucho dinero en ese negocio", brindando una prematura y elocuente muestra de las sospechosas habilidades predictivas de los economistas.


¿Y por casa cómo andamos? En "José Mercado" Charly García describe a un oscuro personaje de los años de plomo (y que refiere tangencialmente al ex ministro de la dictadura José Alfredo Martínez de Hoz), que "compra todo importado", para terminar diciendo que "José es licenciado en Economía", en una espeluznante escena de economía en carne viva. Jamás el rock se atrevió a tanto. Jamás el rock y la economía estuvieron tan peligrosamente cerca.
El autor es profesor de la Universidad de San Andrés e investigador principal del Conicet