En busca de una épica para un acuerdo indigerible
CFK es consciente del costo que un acuerdo con el Fondo supone en su electorado, pero admite la necesidad de tenerlo para que se consolide el repunte económico
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Francisco Olivera
Pepe Mujica, Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Lula da SilvaEl recálculo no fue gradual como parece, sino más bien silencioso: se aplicó de un modo abrupto a partir de una fecha concreta. Hubo un punto de inflexión reciente para el Gobierno que no surgió, como podría suponerse, del resultado electoral del 14 de noviembre, sino dos semanas antes, exactamente el 30 de octubre, después de la reunión que Alberto Fernández tuvo en Roma con Kristalina Georgieva, directora gerente del Fondo Monetario Internacional. Dicen en el Frente de Todos que la búlgara fue terminante ese día. Que marcó los lineamientos que debería tener un eventual acuerdo, se explayó sobre las consecuencias de no tenerlo y advirtió además que la alternativa de la ruptura perjudicaría más a la Argentina que al organismo multilateral. La escuchaban también el ministro de Economía, Martín Guzmán, y Gustavo Beliz, secretario de Asuntos Estratégicos del Presidente.
Esas recomendaciones activaron las alarmas. En el gabinete, desde ya, pero principalmente donde más cuesta aceptar este tipo de consejos, en el Instituto Patria. A Beliz le gusta definirlo así delante de sus confidentes: Cristina Kirchner entiende los riesgos y no está dispuesta a que su proyecto fracase. Por eso la expresidenta está frente a un dilema doctrinario. Es consciente del costo político que un acuerdo con el Fondo supone dentro de su propia base electoral, pero, al mismo tiempo, admite la necesidad de tenerlo para que se consolide el repunte en la actividad económica.
No debería sorprender entonces que haya decidido tomar distancia por carta hace una semana. Y es probable que sus feligreses necesiten más y nuevas explicaciones en el futuro. “Sinceramente militamos”, el himno camporista que la muestra a ella bailando con su hijo Máximo al ritmo de un estribillo que jura: “Esa deuda que dejaron no la vamos a pagar con el hambre de la gente”, tenía al momento de la charla con Georgieva apenas una semana de vida. El spot todavía aparece en las redes de militantes y funcionarios. ¿Qué hacer al respecto? Por lo pronto, darle la lapicera a Alberto Fernández. Ya habrá tiempo de discutir medidas. Es el meollo de la desconfianza empresarial: en esos detalles se esconde el diablo.
Es cierto que al Gobierno le queda mucho por negociar con los técnicos del Fondo. Pero consiguió al menos convencer a los más díscolos, los propios. Bastante. Es natural que este cambio de atmósfera interna haya envalentonado en las últimas semanas al Frente de Todos no kirchnerista. En primer lugar al Presidente, que pudo celebrar el repunte electoral en el conurbano bonaerense y tuvo, tres días después, su acto de respaldo en la plaza organizado por el Movimiento Evita. Esa noche, durante una comida con intendentes y parte de su gabinete, e incluso en presencia del camporista Eduardo de Pedro, Alberto Fernández soltó alguna crítica. Dijo por ejemplo que la primera carta de Cristina Kirchner, la del 15 septiembre, después de las primarias y en medio del aluvión de renuncias presentadas, les había restado muchos votos.
La expulsión de Débora Giorgi, la funcionaria más cercana a Roberto Feletti, se explica en parte por ese humor renovado. Es en ese ámbito, el del Ministerio de Desarrollo Productivo, que conduce Matías Kulfas, donde el Frente de Todos parece estar librando la discusión interna de modo más explícito. La respuesta camporista llegó recién esta semana, por cuenta de Andrés Larroque, que acusó en la radio de las Madres de Plaza de Mayo, en una entrevista con Daniel Tognetti, a Kulfas de estar pegándose un tiro en el pie e insinuó que el ministro nacional acaso no estaba preocupado por los aumentos en los precios. En el entorno de Alberto Fernández no volvieron a contestar. Tampoco explicaron las razones de la renuncia de Giorgi, a quien le venían cuestionando su excesivo esmero en congraciarse con la expresidenta. Las afinidades entre ambas no son sólo ideológicas. Es probable que hasta tengan un componente de admiración personal. Hace años, durante el segundo gobierno de Cristina Kirchner, cuando Giorgi era ministra de Industria, era habitual verla en los actos asintiendo con la cabeza y hasta completando con los labios cada afirmación de la entonces presidenta.
De todos modos, también Feletti parece querer convivir en armonía desde aquel último desencuentro. Esta semana posteó en Twitter fotos suyas con Guzmán y Kulfas, a quienes además invoca últimamente cada vez que les explica una decisión a empresarios. “Yo ni siquiera quería estar en el cargo, me lo pidió el Presidente”, admite ante ellos el secretario de Comercio, convencido de que la idea de convocarlo apareció de repente, cuando el Gobierno se asustó al ver los aumentos de la primera semana de octubre, que anticipaban alzas de hasta el 5% mensual.
Cada vez que hablan con él, los empresarios vuelven sobre una conclusión que parece extravagante, pero que ya no sorprende al establishment político argentino: el primero que no cree en que el congelamiento servirá como remedio contra la inflación es el propio Feletti. ¿Y para qué lo hacen?, suelen preguntarle. El secretario contesta que lo suyo solo consiste en alinear precios con ingresos de los consumidores, y que en todo caso de donde deberán salir las medidas estructurales es del Banco Central.
Sin decirlo del todo, Feletti da a entender la necesidad de una especie de puesta en escena. Un viejo hábito kirchnerista que, si se mira el contexto general, podría explicar también parte de los comportamientos en otros temas y otras áreas de la coalición. Si el acuerdo con el Fondo resulta indigerible para esa parte del electorado que supone que Néstor Kirchner jamás olvidó sus “convicciones en la puerta de la Casa Rosada”, ¿por qué no intentar al menos recuperar la épica callejera que tantos resultados ha dado en el pasado?
Es probablemente una de las razones del acto de ayer, que empezó organizado por colaboradores de Alberto Fernández y terminó acaparado y difundido por La Cámpora. Con la excepción de la vocera presidencial, Gabriela Cerruti, y algunos dirigentes como Mayra Mendoza, casi ninguno de los convocantes hizo siquiera esfuerzos por repetir la consigna formal de la convocatoria, la celebración de los 38 años de democracia. Ya la sola presencia del invitado principal, Lula, exponía segundas intenciones. El líder del PT es el leading case deseado de Cristina Kirchner: el investigado por corrupción a quien el Tribunal Superior le anula la condena porque advierte parcialidad en la etapa de instrucción. El lawfare perfecto. Es entendible que Oscar Parrilli haya desempolvado esta semana el proyecto de democratización de la Justicia para que a los magistrados los controle y remueva el voto popular.
“A mí me absolvió la historia”, dijo la vicepresidenta en diciembre de 2019, delante del Tribunal Oral. Si fracasa la economía, esa autosentencia correrá peligro. Es la mejor garantía que tiene Alberto Fernández para prometerle al FMI una negociación razonable: la “conciencia del riesgo” de que habla Beliz. No hay nada más explícito que el orden de prioridades de Cristina Kirchner.
Es cierto que al Gobierno le queda mucho por negociar con los técnicos del Fondo. Pero consiguió al menos convencer a los más díscolos, los propios. Bastante. Es natural que este cambio de atmósfera interna haya envalentonado en las últimas semanas al Frente de Todos no kirchnerista. En primer lugar al Presidente, que pudo celebrar el repunte electoral en el conurbano bonaerense y tuvo, tres días después, su acto de respaldo en la plaza organizado por el Movimiento Evita. Esa noche, durante una comida con intendentes y parte de su gabinete, e incluso en presencia del camporista Eduardo de Pedro, Alberto Fernández soltó alguna crítica. Dijo por ejemplo que la primera carta de Cristina Kirchner, la del 15 septiembre, después de las primarias y en medio del aluvión de renuncias presentadas, les había restado muchos votos.
La expulsión de Débora Giorgi, la funcionaria más cercana a Roberto Feletti, se explica en parte por ese humor renovado. Es en ese ámbito, el del Ministerio de Desarrollo Productivo, que conduce Matías Kulfas, donde el Frente de Todos parece estar librando la discusión interna de modo más explícito. La respuesta camporista llegó recién esta semana, por cuenta de Andrés Larroque, que acusó en la radio de las Madres de Plaza de Mayo, en una entrevista con Daniel Tognetti, a Kulfas de estar pegándose un tiro en el pie e insinuó que el ministro nacional acaso no estaba preocupado por los aumentos en los precios. En el entorno de Alberto Fernández no volvieron a contestar. Tampoco explicaron las razones de la renuncia de Giorgi, a quien le venían cuestionando su excesivo esmero en congraciarse con la expresidenta. Las afinidades entre ambas no son sólo ideológicas. Es probable que hasta tengan un componente de admiración personal. Hace años, durante el segundo gobierno de Cristina Kirchner, cuando Giorgi era ministra de Industria, era habitual verla en los actos asintiendo con la cabeza y hasta completando con los labios cada afirmación de la entonces presidenta.
De todos modos, también Feletti parece querer convivir en armonía desde aquel último desencuentro. Esta semana posteó en Twitter fotos suyas con Guzmán y Kulfas, a quienes además invoca últimamente cada vez que les explica una decisión a empresarios. “Yo ni siquiera quería estar en el cargo, me lo pidió el Presidente”, admite ante ellos el secretario de Comercio, convencido de que la idea de convocarlo apareció de repente, cuando el Gobierno se asustó al ver los aumentos de la primera semana de octubre, que anticipaban alzas de hasta el 5% mensual.
Cada vez que hablan con él, los empresarios vuelven sobre una conclusión que parece extravagante, pero que ya no sorprende al establishment político argentino: el primero que no cree en que el congelamiento servirá como remedio contra la inflación es el propio Feletti. ¿Y para qué lo hacen?, suelen preguntarle. El secretario contesta que lo suyo solo consiste en alinear precios con ingresos de los consumidores, y que en todo caso de donde deberán salir las medidas estructurales es del Banco Central.
Sin decirlo del todo, Feletti da a entender la necesidad de una especie de puesta en escena. Un viejo hábito kirchnerista que, si se mira el contexto general, podría explicar también parte de los comportamientos en otros temas y otras áreas de la coalición. Si el acuerdo con el Fondo resulta indigerible para esa parte del electorado que supone que Néstor Kirchner jamás olvidó sus “convicciones en la puerta de la Casa Rosada”, ¿por qué no intentar al menos recuperar la épica callejera que tantos resultados ha dado en el pasado?
Es probablemente una de las razones del acto de ayer, que empezó organizado por colaboradores de Alberto Fernández y terminó acaparado y difundido por La Cámpora. Con la excepción de la vocera presidencial, Gabriela Cerruti, y algunos dirigentes como Mayra Mendoza, casi ninguno de los convocantes hizo siquiera esfuerzos por repetir la consigna formal de la convocatoria, la celebración de los 38 años de democracia. Ya la sola presencia del invitado principal, Lula, exponía segundas intenciones. El líder del PT es el leading case deseado de Cristina Kirchner: el investigado por corrupción a quien el Tribunal Superior le anula la condena porque advierte parcialidad en la etapa de instrucción. El lawfare perfecto. Es entendible que Oscar Parrilli haya desempolvado esta semana el proyecto de democratización de la Justicia para que a los magistrados los controle y remueva el voto popular.
“A mí me absolvió la historia”, dijo la vicepresidenta en diciembre de 2019, delante del Tribunal Oral. Si fracasa la economía, esa autosentencia correrá peligro. Es la mejor garantía que tiene Alberto Fernández para prometerle al FMI una negociación razonable: la “conciencia del riesgo” de que habla Beliz. No hay nada más explícito que el orden de prioridades de Cristina Kirchner.
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