La mejor copa
“¿Abro esa gran botella que llevo guardando años para servirme solo una copa?”, es una pregunta que desvela a los wine lovers que saben que una vez retirado el corcho el oxígeno irá oxidando el vino. La solución llegó hace unos años con el Coravin –que actualmente se deja ver en exclusivos restaurantes y winebars locales–, un dispositivo que introduce una suerte de aguja a través del corcho, para extraer vino y luego llenar el espacio vacío con gases inertes, que evitan que el resto del vino decaiga. Al retirar la aguja, el corcho queda inalterado y la botella puede volver a su lugar en la cava, por meses o años, ya que es como si no se hubiera abierto.
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La contracara de los amores “vampiro”
Miguel Espeche
La actualidad pareciera generar amores tímidos, lejanos y pasteurizados. Todos hablan de mantener su lugar, de no perder la identidad, de mantener la distancia y evitar los compromisos asfixiantes. Claro… ¿cómo no se va a apuntar a ese tipo de cuidado, a ese no despeinarse por amor, si toda la movida pro lejanía emocional es fruto del miedo y de la rebeldía contra los amores vampiro?
Las relaciones vestidas de distancia afectiva, con rutinas de “levante” con escape incluido y lenguaje desamorado, son la reacción contra su contracara: una idea del amor que bordea lo caníbal o vampírico, dada la noción de que amar al otro es… comérselo, para así dominarlo y hacerlo formar parte de la propia identidad.
Los amores vampiro necesitan al otro, no lo aman. Son dominantes, celosos, posesivos y tienden a apropiarse del otro y no a generar una atracción genuina. Muchos creen que para defenderse de ellos hay que tornarse escurridizos para así no caer en la trampa, usando conductas de lejanía y de irresponsabilidad afectiva que a la larga desgastan y entontecen.
Años atrás el actor William Hurt decía que en la vida nos debatimos entre el miedo y la fe. Cuando la elección es el miedo, reflexionaba, lo que se busca es la seguridad. Cuando se opta por la fe, lo que se procura es la libertad.
Si nos permitimos ser un poco filosóficos en función de esta sabia reflexión, podemos decir que la idea de controlar, propia del vampirismo afectivo, es fruto directo del miedo y de allí que procure la seguridad de la dominación. A su vez su contracara, la de la conducta evasiva y lejana, también viene del miedo y se defiende así de los supuestos afanes domesticadores del otro.
Si no es el miedo el que rige los encuentros afectivos aparece “eso” que, parafraseando a Hurt, podríamos nombrar fe, que es lo que hace que las relaciones puedan ser aceptablemente buenas, sin necesidad de canibalismo posesivo ni escapismo perpetuo.
La fe a la que acá aludimos no es sinónimo de atolondramiento ciego o de sobreactuación amorosa. En general tiene más que ver en confiar en la propia percepción (vemos mejor la realidad cuando no tenemos ansiedades ni miedos), y no tanto en arrojarse de manera embobada a los brazos de quien la dibuja de persona ideal, sin remotamente serlo.
Para el caso, el amor de pareja no se forja a partir de lo que nos falta, sino de lo que nos sobra. Es un amor de abundancia, y por eso su mejor versión se basa en compartir las ganas de estar con el otro, no en buscar que el otro llene los vacíos.
Dure un día o una vida, vale vivir el buen amor sin vampiros ni fugitivos a la vista. Es que la libertad a la que refería William Hurt tiene que ver con eso: dejar de ser esclavos del temor, entendiendo que, a partir de eso, lo demás irá viniendo de la mejor forma
El autor es psicólogo y psicoterapeuta @Miguelespeche
La actualidad pareciera generar amores tímidos, lejanos y pasteurizados. Todos hablan de mantener su lugar, de no perder la identidad, de mantener la distancia y evitar los compromisos asfixiantes. Claro… ¿cómo no se va a apuntar a ese tipo de cuidado, a ese no despeinarse por amor, si toda la movida pro lejanía emocional es fruto del miedo y de la rebeldía contra los amores vampiro?
Las relaciones vestidas de distancia afectiva, con rutinas de “levante” con escape incluido y lenguaje desamorado, son la reacción contra su contracara: una idea del amor que bordea lo caníbal o vampírico, dada la noción de que amar al otro es… comérselo, para así dominarlo y hacerlo formar parte de la propia identidad.
Los amores vampiro necesitan al otro, no lo aman. Son dominantes, celosos, posesivos y tienden a apropiarse del otro y no a generar una atracción genuina. Muchos creen que para defenderse de ellos hay que tornarse escurridizos para así no caer en la trampa, usando conductas de lejanía y de irresponsabilidad afectiva que a la larga desgastan y entontecen.
Años atrás el actor William Hurt decía que en la vida nos debatimos entre el miedo y la fe. Cuando la elección es el miedo, reflexionaba, lo que se busca es la seguridad. Cuando se opta por la fe, lo que se procura es la libertad.
Si nos permitimos ser un poco filosóficos en función de esta sabia reflexión, podemos decir que la idea de controlar, propia del vampirismo afectivo, es fruto directo del miedo y de allí que procure la seguridad de la dominación. A su vez su contracara, la de la conducta evasiva y lejana, también viene del miedo y se defiende así de los supuestos afanes domesticadores del otro.
Si no es el miedo el que rige los encuentros afectivos aparece “eso” que, parafraseando a Hurt, podríamos nombrar fe, que es lo que hace que las relaciones puedan ser aceptablemente buenas, sin necesidad de canibalismo posesivo ni escapismo perpetuo.
La fe a la que acá aludimos no es sinónimo de atolondramiento ciego o de sobreactuación amorosa. En general tiene más que ver en confiar en la propia percepción (vemos mejor la realidad cuando no tenemos ansiedades ni miedos), y no tanto en arrojarse de manera embobada a los brazos de quien la dibuja de persona ideal, sin remotamente serlo.
Para el caso, el amor de pareja no se forja a partir de lo que nos falta, sino de lo que nos sobra. Es un amor de abundancia, y por eso su mejor versión se basa en compartir las ganas de estar con el otro, no en buscar que el otro llene los vacíos.
Dure un día o una vida, vale vivir el buen amor sin vampiros ni fugitivos a la vista. Es que la libertad a la que refería William Hurt tiene que ver con eso: dejar de ser esclavos del temor, entendiendo que, a partir de eso, lo demás irá viniendo de la mejor forma
El autor es psicólogo y psicoterapeuta @Miguelespeche
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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