martes, 24 de mayo de 2022

ENOLOGÍA...JOYAS OCULTAS




Joyas ocultas.
Qué hay en la colección de vinos más grande de la Argentina,
Sebastián A. RíosAlan Dayan en el sótano de Perón al 1600 con una botella del Aberdeen Angus Centenario 1973, el primer vino comprado por su padre para ser guardado
Quienes más se sorprenden al bajar a la enorme cava que se encuentra debajo de una de las calles más transitadas del microcentro son los enólogos. En el subsuelo de lo que fuera un viejo garage se encuentran con cosechas de sus vinos de las que creían que no había más botellas. Vinos icónicos de los 90, los 80 y hasta los 70... miles de cajas de ellos que fueron celosamente guardadas a través de los años, y que hoy dan forma a la colección de vino argentino más grande del mundo.
En el sotano de 43 metros de largo por 9 de ancho, donde duermen las 205.000 botellas de una colección que en total consta de más de 400.000, se encuentran las primeras añadas del Catena Zapata Estiba Reservada, del Felipe Rutini y del Trapiche Medalla, o más de 500 botellas del legendario Weinert Estrella 77, entre muchas otras. Incluso hay vinos que nunca salieron al mercado, pues la cosecha completa fue adquirida por los dueños de esta colección construida a través de tres generaciones y que hoy comienza a ver la luz en la cuenta de Instagram @vinosguardados.
“Durante tres décadas mi papá fue comprando vino argentino para guarda cuando nadie lo hacía. Guardaba y guardaba y no vendía ni una sola botella. Le dolía cuando se tenía que desprender por algún compromiso de una botella y solo abría una para beber en un día muy especial”, cuenta Alan Dayan, tercera generación de la familia propietaria de una cadena de venta de bebidas, quien hoy está detrás del cuidado de la colección que deslumbra a las personalidades del vino y de la gastronomía que la visitan, y que encuentran en ella joyas de la vitivinicultura argentina.
De garage a cava
La colección comienza a gestarse en 1923, con la llegada a la Argentina de Moisés Dayan, proveniente de Damasco, Siria. “Mi abuelo fue un inmigrante sirio que se escapó de la guerra, y que vino muy joven, con una mano adelante y una atrás, sin siquiera saber el idioma –relata Alan–. Con el tiempo pudo construir una carrera en el rubro textil. Pero si bien tenía una muy buena situación económica, el haber padecido necesidad y el tener 10 hijos le hacían comprar las cosas en volúmenes grandes para encontrar un mejor precio y para saber que iba a tener por mucho tiempo”.
En la década del 60, ya retirado, solía pasar el día en un garage de su propiedad ubicado en Perón al 1600, donde con 13 años su hijo Víctor, que había dejado la escuela, se ganaba unos pesos limpiando los vidrios de los autos. No había perdido la costumbre de comprar en cantidad, lo que en un momento se trasladó al vino. “Cuanto más compraba, más le mejoraban el precio, y así un día terminó comprando unas 200 cajas de vinos de 12 botellas... para consumo personal”, recuerda Alan.
“Pero él tenía principio de diabetes y era hipertenso, y todo ese vino genera un conflicto con mi abuela, que derivó en que la idea de que mi papá venda en la playa de estacionamiento los vinos a los clientes”. Así, quienes compraban una caja de vino no pagaban la estadía. La venta funcionó: en un par de semanas se agotaron los vinos, y Moisés volvió a comprar... una vez más, otra vez más. “Le vieron la veta comercial. Había gente que no venía a estacionar al garage, pero pasaba por la puerta cargaba las cajas de vino y seguía su camino.”
El negocio de venta de vinos creció tanto que ya complicaba la logística delg ar a ge. Entonces cuatro de los hijos de moisés abren un loca la la vuelta sobre Montevideo, en el número 218, llamado Dayan Hermanos, que con el tiempo pasaría a llamarse Vinfiar: Vinos Finos Argentinos. El negocio del vino ya estaba funcionando, pero si bien fue el germen de la colección, esta todavía no había nacido.
Pelea en un bar de Burdeos
“De los cuatro hermanos, mi papá era el más apasionado por el vino, y le gusta coleccionar: desde cuadros y muebles antiguos, hasta botellas de agua que guarda cuando viaja”, afirma Alan. A mediados de los 70, Víctor viaja a Burdeos, Francia, a la exposición de vinos Vinexpo, donde realiza todo un descubrimiento.
“Mi papá cuenta que estaba en un bar, en Burdeos, y había un grupo de jóvenes como pelándose. Le dice al mozo, y este le explica que no estaban peleando, sino que estaban eligiendo el vino. Acá en Argentina era tinto o blanco, como mucho Borgoña o Chablis, pero en Francia había varietales, había zonas, había añadas... Incluso era común que desde el taxista hasta el mozo tuvieran su pequeña cava para guardar vino”.
A la vuelta de su viaje, Víctor se cruza con don Raúl de la Mota, uno de los importantes enólogos argentinos, y le cuenta la anécdota. “Don Raúl le confirma que en el mundo existía esta otra dimensión del vino, y que en la Argentina era algo que se venía. Y le recomienda a mi papá que empiece a armar una pequeña colección de botellas, que él lo iba a asesorar”.
De la Mota comienza a sugerirle que compre 10 o 20 cajas de tal o cual vino, pero Víctor –siguiendo la tradición familiar– compra 100 o 200... o incluso 1000 por etiqueta. “Así nace la colección. El primer vino que tenemos guardado es del 73, un Aberdeen Angus Centenario”.
Y así fueron pasando los años... y los vinos. Las cajas comenzaron a apilarse en el fondo del subsuelo del garage de Perón al 1600, de atrás para adelante, ocupándolo todo, hasta llega un momento en que comenzaron a utilizar otros depósitos para poder seguir expandiendo la colección.
Salir del sótano
Desde mediados de los 70 y hasta comienzos del nuevo milenio, la colección solo fue creciendo, no se vendió ni una botella. Pero entonces llegó la tercera generación. “Soy el hijo más chico de cuatro hermanos, y para el 2000/2001, ya estábamos metidos en la empresa y veíamos que había un negocio en los vinos guardados –recuerda Alan–. Comenzamos entonces a desarrollar la venta y a mandar algunos de estos vinos a los locales, porque no solo no había botellas en los locales, sino que ni siquiera sabían que existían”.
Los vinos guardados fueron muy bien recibidos por los visitantes de la vinoteca, que por aquel entonces eran mayormente turistas a los que el cambio favorable los invitaba a descubrir los vinos de guarda argentinos. También los consumidores de vino argentinos comenzaron a encontrar estas joyas, en tiempos en que el conocimiento del vino crecía como contraparte de la sofisticación de la gastronomía local.
Pero los Dayan nunca dejaron de comprar y guardar. ¿Cómo eligen hoy los vinos? “Guardamos los que nos gustan: vinos de muy alta gama, de gamas medias e incluso vinos baratos que nos gustan –explica Alan–. La experiencia nos enseño que hay vinos que no fueron pensados para ser guardados, pero que trascienden hasta 50 años y están impecables. Lo que no guardamos son estos vinos de moda, como los naturales, que creemos que son algo pasajero”.
A fines del año pasado, Alan decidió comenzar a difundir la colección a través de redes sociales. “El negocio es rentable, pero me cansé de juntarme con referentes del mundo del vino que no sabían que había una guarda... y me dieron ganas de dar a conocer que existe esta colección, y que el vino argentino tiene potencial de guarda. El otro día, por ejemplo, vino Gastón Acurio, un referente de la gastronomía mundial, y se quedó impactado por los vinos que hay acá, y por probar vino argentino de guarda”

Los 5 más caros




• Catena Zapata Estiba Reservada 1991, $5.539.781

• Felipe Rutini 1982, $3.168.982

• Fabré Montmayou 1994 (botella de 5 litros), $1.286.839

• Luigi Bosca Malbec 1978, $941.760

• Catena Zapata Malbec Argentino 1994 (botella de 6 litros), $853.778

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