Historias de película: los caballeros las prefieren rubias y el momento en que Marilyn Monroe empezó a ser tomada en serio como actriz
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La brillante comedia musical dirigida por Howard Hawks le dio su primer gran papel protagónico; formó con Jane Russell una magnífica dupla de mujeres que salía con determinación a conquistar con diversas armas los corazones masculinos, pero también marcó el comienzo de su batalla desigual contra el mito
Marcelo Stiletano
En la breve vida de Marilyn Monroe –de cuya muerte se acaban de cumplir 60 años– Los caballeros las prefieren rubias no podría ser vista como una película más. Le dio en 1953 su primer cartel protagónico en Hollywood, aunque haya figurado en los créditos por debajo de Jane Russell. Y gracias a esa aparición, también por primera vez empezó a ser tomada en serio como actriz, según el autorizado veredicto de Norman Mailer.
Marilyn tenía 27 años cuando hizo esta película, la segunda a las órdenes de Howard Hawks, prócer indiscutido de la época de oro de Hollywood y uno de los más grandes directores de la historia del cine estadounidense. Hawks sabía a quién llamaba cuando la convocó para protagonizar lo que sería su primer y único musical en una carrera que abarcó casi todos los géneros. Ya había recurrido a ella un año antes para un papel secundario en Vitaminas para el amor (Monkey Business, 1952).
Jane Russell y Marilyn Monroe, protagonistas excluyentes de Los caballeros las prefieren rubias“Monroe nunca fue buena interpretando personajes de la realidad. No creo que haya hecho ninguna buena película relacionada con historias reales. Siempre actuó en una especie de cuento de hadas y cada vez que le tocó hacer algo así estuvo realmente muy bien. Algo especial ocurría con ella”, dijo Hawks en 1967, entrevistado para la BBC por su colega Peter Bogdanovich.
No hay que tomarse nada en serio –recomienda Hawks– de todo lo que se ve y se escucha en Los caballeros las prefieren rubias. “Es una caricatura absoluta, una parodia y una burla a todo lo que tiene que ver con el sexo”, señaló el director en otro diálogo con el mismo interlocutor. En su libro de conversaciones con grandes realizadores clásicos de Hollywood, Bogdanovich destaca el irónico detalle de que la película que transformó definitivamente a Marilyn en el símbolo sexual por excelencia del cine es una obra que jamás se toma en serio esa materia. La mira, en cambio, con ironía y desdén.
Una imagen de Marilyn Monroe a pura seducción en una de sus mejores comedias, Los caballeros las prefieren rubiasEste gran musical narrado en clave de comedia brillante, inspirado en una popular novela de los “locos” años 20 escrita por Anita Loos, conserva todo su esplendor y perdura hasta hoy sin haber perdido ni un gramo de sus atributos originales. Vista hoy, casi 70 años después de su estreno, Los caballeros las prefieren rubias es una pequeña gran fiesta de chispa, frescura, energía y elegancia visual. “Todo lo que podemos hacer al verla es disfrutarla, divertirnos y pasarla bien, sobre todo mientras las vemos actuar”, aconsejó Hawks, poniendo el énfasis en la presencia del dúo protagónico femenino. El imán es la irresistible aparición conjunta y protagónica del dúo Monroe-Russell. La rubia y la morocha, dos mujeres independientes y dispuestas siempre a tomar la iniciativa, como corresponde a todos los grandes personajes femeninos del cine de Hawks.
Esta actitud trajo últimamente algunos equívocos, porque algunas lecturas recientes de la película se hacen desde una mirada feminista. Esta postura, distante del pensamiento y la visión del mundo que tenía Hawks, se apoya precisamente en el temperamento de las dos protagonistas y la actitud decidida que exhiben durante todo el relato. Quedan desde esta visión en un segundo plano los recursos de los que ellas se valen para cautivar a los hombres.
De un lado está la determinación de Russell, que toma provocativamente la delantera a puro impuso y decisión. Del otro, la belleza irresistible de Monroe, por primera vez retratada frente a una cámara con todos los signos que la elevarían más tarde a una altura mítica casi inigualable: la magnética atracción de su cabellera rubia, la voz susurrante, el aire deliberadamente ingenuo de sus movimientos, el poderoso tono carmesí de los labios justo en el centro de un rostro del piel tersa y blanquísima, un cuerpo de curvas perfectas y armónicas que se luce en cada movimiento.
¿Es posible que ese retrato vivo de una mujer que en apariencia es puro candor y que parece dispuesta a dejar que los hombres se aprovechen de ella se transforme en una bandera de reivindicaciones femeninas? Si nos acercamos un poco a la idea que Hawks tiene de la mujer en su obra podríamos entenderlo. Lorelei Lee (Monroe) y sobre todo Dorothy Shaw (Russell) son dos típicas mujeres hawksianas (sobre todo la segunda) dentro del particular contexto de una ligera comedia musical que no quiere ser tomada para nada en serio.
Jane Russell en su gran momento musical dentro de la películaA la rubia Miss Lee lo único que le interesa es tener a su lado a un hombre que le proporcione la mayor riqueza material posible. Por eso los diamantes siempre “son el mejor amigo de una chica”, como canta Monroe (y la verdad es que entona muy bien) en uno de los dos grandes momentos musicales de la película, que Hawks dejó completamente en manos del extraordinario coreógrafo Jack Cole.
Aquí es donde Hawks quiere dar vuelta la idea que tenemos de Monroe como símbolo sexual. Ese aspecto inseparable (e incomparable) de su personalidad como estrella se convierte en una máscara (y en una completa parodia) desde el momento en que Lorelei, detrás de su imagen de tonta ingenuidad, en el fondo lo que busca es el amor pleno a través de una relación que se libera desde el primer momento de cualquier preocupación material. Para la rubia protagonista de este musical, cualquier romance respaldado por la solidez de una buena posición económica (y cuanto más grande es la cuenta bancaria, mucho mejor) puede ser el definitivo.
Lorelei, al mismo tiempo, se pregunta por qué su amiga Dorothy no entiende sus razones y busca otra cosa: el placer efímero, la diversión fugaz, pasarla bien. “Quiero que encuentres la felicidad y dejes de divertirte”, le dirá en un momento, cuando Russell pone sus ojos en el atractivo físico del equipo olímpico que la acompañará durante el viaje en un transatlántico de lujo que lleva a las mujeres de Nueva York a París. Con ese grupo comparte el otro gran momento musical de la película, “Ain’t There Anyone Here for Love?” (¿Hay alguien aquí listo para el amor?)
Marilyn y el momento en que canta y baila de la mano de "Diamonds are a Girl's Best Friend"Lo más destacado en una película que tiene dos protagonistas femeninas excluyentes (toda una rareza para la época) es que ellas representan dos caras de una misma idea: la mujer es quien propone, quien primero define cómo será la relación con los hombres que aparecen en la historia, quien configura el vínculo y quien le pone límites. Lorelei, el personaje de Marilyn, primero pone sus ojos en el tímido e ingenuo Gus Esmond (Tommy Noonan), heredero de una rica familia empresaria, personaje que había sido pensado originalmente para Cary Grant, uno de los actores predilectos de Hawks. Y más tarde queda prendado del anciano dueño de una inmensa mina de diamantes en Sudáfrica (Charles Coburn).
En ese sentido, Dorothy no comparte la manera en la que Lorelei busca al amor de su vida, pero elige en su momento defender esa causa en vez de abandonar a su amiga. Una de las mejores escenas de la película la muestra en un tribunal disfrazada como Lorelei, a quien se investigaba por el presunto robo de una valiosa tiara de diamantes. En un momento Dorothy se enamorará del detective privado Ernie Malone (Elliott Reid), enviado por el padre de Gus para seguir a la rubia durante el viaje y desenmascararla como una cazafortunas, pero no sacrificará a su mejor amiga por esa relación. En todo caso sabrá manejarla a su antojo.
La presencia de Russell, uno de los grandes sex symbols de aquel tiempo dorado de Hollywood, es tanto o más fuerte que la de Monroe en la película. De hecho, la hoy casi olvidada Russell cobró por esta película un salario total de 200.000 dólares y Marilyn, que estaba por entonces bajo contrato con los estudios 20th Century Fox, ganaba apenas 500 dólares por semana. Tan consolidada estaba Russell como actriz que le alcanzaban, según recordó Hawks en su conversación con Bogdanovich, apenas una o dos tomas para lograr la escena perfecta. Marilyn, en cambio, necesitaba un poco más de tiempo para alcanzar el mismo objetivo. “Cuanto más la dejabas hacer, mejor le salían las cosas”, dijo el director sobre su trabajo con una estrella que progresaba en cada nueva toma.
Pero con el tiempo el aura de Marilyn terminó eclipsando por completo a su compañera. “Quizá sea esta película la que la colocó en el corazón del mito. Los otros títulos (La comezón del séptimo año, Nunca fui santa, Una Eva y dos Adanes) tienen más a la actriz que a la gloriosa muchacha dorada”, escribió Guillermo Cabrera Infante.
El esplendor de la belleza de Marilyn y su talento para la comedia aparecen en plenitud por primera vez en esta películaBogdanovich agrega que ella representa el sacrificio más conmovedor que se haya hecho al “arte de la mitología cinematográfica” en todo el siglo XX, con personas reales convertidas en deidades. “Marilyn fue la última diosa del amor surgida de una pantalla, la definitiva Venus o Afrodita”, dice sobre alguien que “la pasó mal desde el día en que nació como Norma Jean Mortenson, el 1° de junio de 1926″.
Tal vez sin saberlo, pero con la intuición que solo poseen los grandes creadores, Hawks percibió en Marilyn algunos de los rasgos que Arthur Miller anotaría para la misma época, cuando llevaba un par de años de incipiente relación con Marilyn. Se casarían poco después, en 1956. “Por entonces era incapaz de condenar, ni siquiera de juzgar, a cuantos la habían ofendido, y estar con ella era ser admitido, como salir de un mundo donde la sospecha era de sentido común, pero poseía algo más sagrado, una penetrante clarividencia de la que sólo era consciente a ráfagas: para ella, los seres humanos eran necesidad pura, herida abierta”, escribe Miller de Marilyn en su autobiografía, Vueltas al tiempo.
Marilyn y Arthur Miller en 1956La estrella de triste destino, fallecida trágicamente, y antes de eso tantas veces humillada, sometida, vapuleada y hasta abandonada a su suerte por quienes decían quererla bien, se lució como pocas veces en su corta carrera en el cine (apenas 18 apariciones entre 1950 y 1961) en una gran comedia musical sobre mujeres que toman la delantera y eligen con libertad y desparpajo qué quieren hacer con los hombres. Por eso, en la vida de Marilyn Monroe, Los caballeros las prefieren rubias no fue una película más.
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